RESUMEN.

Sintetizando lo dicho, entendemos que el campesino puertorriqueño adolece—en el órden físico—de faltas dependientes de su género especial de vida, tanto ó más que del clima de este país.

Que dicho género de vida puede y debe cambiarse por otro que tienda á mejorar aquellas condiciones, siendo el más importante de los medios para conseguirlo, la higiene; su enseñanza en las escuelas de instrucción primaria. Además, es preciso, por medios indirectos, mejorar la alimentación del campesino, oponerse á todo aquello que haga subir el precio de los alimentos de primera necesidad, suprimiendo los derechos de consumo, castigando el expendio de sustancias alimenticias de mala calidad y matando los privilegios.

Dirigir la educación física por medio del gimnasio en la escuela, organizando juegos gimnásticos adecuados á la época y hasta utilizando el sistema de premios al mejor desarrollo físico de los niños, etc.

El estado intelectual del campesino no es mejor que el físico. Las causas de ello están perfectamente explicadas en la falta de educación en que se ha tenido y aun se tiene á la familia rural.

Las escuelas, la educación en general, y en especial la de la mujer, remediarán este atraso.

El nivel moral del campesino es poco satisfactorio, y obedece, como hemos podido ver, á múltiples y complejas, causas de las cuales unas han cesado y otras persisten aun.

Para levantar este nivel es necesario que todos trabajemos; la administración ganándose la confianza del campesino, haciendo cesar los abusos que, cometidos en perjuicio del campesino pobre, han viciado su carácter; prodigando la educación, favoreciendo el trabajo honrado, tratando por todos los medios que están á su alcance de elevarle moralmente. El jíbaro, justo es confesarlo, ha sido tratado de un modo tal, que su desconfianza hacia el poder está plenamente explicada. "Gracias á Dios nunca he tenido que ver la cara á la justicia," dice el campesino puertorriqueño, no porque se vanagloríe de no haber cometido falta penable solamente, sino expresando que desconfía del éxito que habría alcanzado en caso que hubiese tenido que entrar en relaciones con razón ó sin ella con la justicia.

Esa desconfianza, las decepciones que le han aflijido le han hecho huraño, y le han inducido á huir de la sociedad buscando la libertad donde únicamente puede hallarla, entre sus bosques y montañas; aislándose, en una palabra, con perjuicio de su educación.

Hemos terminado nuestro estudio: en él hemos tratado de compendiar lo esencial, al ménos, de cuanto abarca el vasto problema social que encierra el tema propuesto. Al hacerlo hemos tenido que decir con franqueza ciertas cosas, bien que sin ánimo de herir á nadie; hicimos ni más ni ménos que lo que hubiera hecho una persona encargada de mostrar al médico el mal de que padece un miembro de su familia, descubrirlo y decir lo que sepa sobre las causas que lo motivaron. Si al descubrirle se ha enrojecido el paciente, mejor; conoce su estado; hará un esfuerzo para ayudar al médico. Si el médico aprecia las causas, el remedio le vendrá á las manos. Todos habrán ganado en ser francos.

Nosotros estamos satisfechos del fin que nos hemos propuesto, de la honradez que nos movió á tomar la pluma; pero desconfiamos de las condiciones de una obra superior á nuestras fuerzas y ejecutada con una precipitación que perjudica siempre á esta clase de trabajos. La ofrecemos, no obstante, persuadidos de que todo lo que tienda á mejorar nuestro estado social es digno de atención y obliga lo mismo al sabio que al último de los obreros.

Creyéndonos el último de todos, sólo aspiramos á que se nos reconozca la buena voluntad que nos ha guiado, siquiera á esa buena voluntad vaya unido también el interés que recuerda aquella máxima de Jorge Herbert: "Formaos una buena sociedad, y sereis uno de sus miembros."

FIN.