Cuestiones indecisas.
Corresponde también a este lugar la cuestión de la pluralidad del mundo, de lo que está fuera del cielo y otras parecidas.
Y no es esto sólo, sino que en las diversas partes de la tierra (que uno mismo no puede recorrer todas, pero que es necesario), por la multitud de las cosas dichas poco ha, son varias las opiniones de los hombres y ninguna la ciencia.
Y de las cosas que sucedieron mucho tiempo antes de nosotros y de las que después sucederán ¿quién puede afirmar algo cierto?
Con ocasión de esto es aguda la controversia habida hasta aquí entre los filósofos acerca del principio del mundo, de su eternidad o de su duración y fin; al cual nadie impuso, que sepamos, fin, ni habría de imponérsele por ciencia.
Pues ¿cómo lo corruptible podrá mostrar algo con certeza de lo incorruptible, lo finito de lo infinito? ¿Qué sabe de la eternidad quien vive sólo un instante como si no viviese y aun como si no fuese de lo sempiterno?
De todas estas cosas, que son muy nobles y muy necesarias para el conocimiento de todo lo demás, hay dudas en la Filosofía; la ignorancia de ellas trae, como consecuencia, el desconocimiento de todo.
Y que nada puede saberse perfectamente, del modo humano, vese claro en que el Peripatético con toda su escuela empéñase en probar con innumerables razones que el mundo es eterno y que no tuvo principio ni tendrá fin; y esto fué persuadido a los filósofos. De donde aquel romano (Plinio) tomó fundamento para su Historia Natural.
Y ciertamente, si te guías por la razón humana; lo advertirás mejor todavía. Pues viniste al mundo ya hecho, y tu padre también, y tus abuelos; marcharon ellos y marcharás tú, y verás a otros que nacen y mueren, mientras el mundo subsiste. Y no hay nadie que asegure o de palabra o por escrito, que vió el principio del universo o que vió a alguno que lo haya visto, o haya oído de otro que lo vió. Y, como dice el Sabio, «pasa una generación y viene otra generación; pero la tierra se mantiene perpetua; nace el sol y se pone, y vuelve a su lugar y, renaciendo allí, dirige su curso hacia el Mediodía, y declina después hacia el Norte; corre el viento soplando por toda la redondez de la tierra y vuelve a comenzar sus giros. Todos los ríos entran en el mar, y el mar no rebosa; van los ríos a desaguar en el mar, lugar de donde salieron, para volver a correr de nuevo. Todas las cosas del mundo son difíciles; no puede el hombre explicarlas con palabras».
Oíste el parecer de los filósofos; sin embargo, ves que lo contrario es totalmente verdadero, según la fe, y que el mundo fué creado, y que ha de tener fin, al menos según las cualidades que ahora tiene. Pues no será aniquilado, según aquello del Rey profeta: «Y como una vestidura los mudarás y serán renovados». Lo cual todo se sabe por divina revelación, no por discurso humano.
Y así aquel divino legislador, Moisés, teje divinamente desde la creación del mundo su divina historia, inspirado por el espíritu divino; totalmente al revés de lo que hizo Plinio.
Por consiguiente, tiene alguna excusa la opinión de los filósofos; pero ninguna la pertinacia en el descreimiento ni la contumacia contra la fe.
Pero volvamos atrás.
Otra causa
de nuestra ignorancia.
Hay también otra causa de nuestra ignorancia: que es tan grande la sustancia de algunas cosas que no puede absolutamente ser percibida por nosotros; en el cual género está el infinito de los filósofos, si hay alguno, y el Dios de los nuestros, que no puede tener medida alguna, ni límite alguno, ni por consiguiente, puede ser de modo alguno comprendido por nuestra mente.
Y no sin razón: pues debe haber cierta proporción del que comprende a lo comprendido, de manera que el que ha de comprender sea mayor que lo comprendido o, al menos, igual (aunque esto parece que apenas puede realizarse, que un igual comprenda a otro igual, como veremos en el tratado del espacio; pero ahora concedámoslo); mas, nosotros no tenemos proporción alguna con Dios, ni lo finito con lo infinito, ni lo corruptible con lo eterno.
Por esta misma razón Él conoce todas las cosas, como que es mayor que todo, superior, más excelente o mejor, y para que no parezca que hago comparación con las criaturas, es máximo, supremo y excelentísimo.
Cuanto es más cercano a este Artífice, por la misma razón nos es más desconocido.
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Hay otro linaje de cosas totalmente contrario a éstas, de las cuales es tan pequeño el ser, que apenas puede ser comprendido por la mente.
De esas cosas infinitamente pequeñas hay grande abundancia, y su conocimiento es muy necesario para la ciencia, y, sin embargo, casi ninguno tenemos.
Tales son, tal vez, todos los accidentes, que casi son nada; de tal manera, que hasta ahora ninguno hubo que haya podido explicar perfectamente su naturaleza, como tampoco de las demás cosas.
Nada sabemos: ¿cómo, pues, lo podríamos explicar?
Ni es de extrañar, si algunos juzgaren que los accidentes nada son en sí, sino sólo ciertas cosas que nos aparecen, las cuales nos aparecen varias según nuestra varia condición y disposición; como quien está febril todo lo juzga caliente, quien tiene lengua amarilla empapada de bilis todo lo juzga amargo.
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Todavía queda en las cosas otra causa de nuestra ignorancia, a saber, la perpetua duración de algunas, la perpetua generación de otras, la perpetua corrupción y la perpetua mudanza.
De suerte, que, no viviendo siempre, no puedes darte cuenta de ellas; ni tampoco de éstas últimas que no son jamás las mismas, y que tan pronto son, como no son.
De ahí sucede que la disputa acerca de la generación y la corrupción está todavía sin resolver, acerca de la cual diremos en otro lugar lo que sentimos.
¿Cuántos modos hay de generación, cuántos de corrupción? ¿Cuántos de crear, cuántos de destruir?
Y entre el nacimiento y la muerte, ¿cuántas mudanzas se hacen? Innumerables.
En los vivientes, la perpetua nutrición, el crecimiento temporal, el estado, la decadencia, la generación, la variación de partos, la mudanza, los defectos, las añadiduras, la perfección de las costumbres, las acciones, obras diversas, muchas veces contrarias en el mismo individuo; todo es variación y movimiento.
Ni es de extrañar si fué sentencia de algunos, que de un mismo hombre, después de una hora, no puede afirmarse que sea el mismo que antes de ella; no se ha de rechazar totalmente, acaso tal sentencia es verdadera. Pues es tanta la indivisibilidad de la identidad, que si añades o quitas un solo punto de cualquier cosa, ya no es enteramente la misma; pero los accidentes son de esencia del individuo los cuales variando perpetuamente, le imprimen variación.
Sé, dices, que mientras permanece la misma forma, es siempre el mismo individuo, pues de ella llámase algo uno; y que las minucias de estos accidentes no mudan la identidad.
Dije que nada se ha de mudar en la identidad; de lo contrario no sería totalmente lo mismo. Una sola forma hace un uno. Por ventura informa siempre la misma, pero no totalmente lo mismo; pues, en esto hay perpetua mudanza, como en mi cuerpo.
Soy compuesto de ambas cosas, de alma, principalmente, y de cuerpo menos principalmente; de los cuales, variado alguno, varío también yo; pero de esto se hablará en otro lugar más extensa y oportunamente.
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Y hasta aquí de los animales en su totalidad.
Mas si consideras las partes, es mucho mayor la duda. ¿Por qué son éstos así? ¿Por qué aquéllos? ¿Fuera mejor de otra manera? ¿Fuera peor? ¿Por qué no son más? ¿Por qué tantos? ¿Por qué tan grandes? ¿Por qué tan pequeños? No acabamos jamás.
En los seres inanimados, lo mismo.
¿Qué hay, pues, fijo de cosas tan mudables, qué determinado de cosas tan varias, qué cierto de cosas tan inciertas? Nada, absolutamente.
De ahí nació, por consiguiente, tan gran disputa acerca de la introducción de las formas y de su principio, que jamás la acabará nadie.
Y si quieres añadir los monstruos que se crían a veces, tantos y tan diversos, principalmente en el hombre; los sexos promiscuos en algunas especies y en los individuos de otras; las especies mixtas, como el mulo, del asno y la yegua, o el macho, del caballo y la burra; la licesca, de perra y lobo; el híbrido, de toro y yegua, que son vulgares entre nosotros.
En los árboles se observa la misma mezcla, y en otras plantas como en el melocotón-manzano, en el almendro-melocotón y en muchos otros, con los cuales, mediante injerto, adquiérese una naturaleza media entre el pie y el injerto. Si añades, por fin, la mudanza de las especies, cómo del trigo hácese muchas veces cizaña, y de la cizaña trigo alguna vez, y del centeno avena; y las mudanzas de los sexos en algunos seres, harás la cuestión totalmente difícil. Ni sabrás qué es esto, ni cómo, ni de dónde, ni por qué. Y yo menos.
En las cosas que carecen de alma hay todavía mayor mudanza, mayor diversidad en la generación, en la corrupción. Igualmente nos confunden los varios y múltiples efectos de la misma causa, y los efectos contrarios; y, al revés, las varias, muchas y contrarias causas de un mismo efecto.
Séate como único ejemplo (por no ser demasiado prolijo, comoquiera que en el examen de la naturaleza hanse de discutir estas cosas más extensamente) el calor, el cual engendra y destruye una misma cosa; blanquea y ennegrece, calienta y enfría, esclarece y espesa, disuelve y junta, derrite y solidifica, seca y humedece, enrarece y densifica, dilata y contrae, amplía y coarta, dulcifica y amarga, grava y aligera, reblandece y endurece, atrae y rechaza, mueve y cohibe, alegra y entristece. ¿Qué, finalmente, no hace el calor? Es el numen sublunar, la diestra de la Naturaleza, el agente de los agentes, el motor de los motores, el principio de los principios, la causa de las causas, el instrumento de los instrumentos, el alma del mundo. Y no sin razón, en la primera filosofía muchos antiguos creyeron que el fuego es el primer principio. Con razón llamó Trimegisto al fuego dios. Con gran razón Aristóteles pudo llamar a Dios ardor del cielo, aunque no creyere que el ardor del cielo sea dios, y, por consiguiente, en esto es mal censurado por Cicerón. Pues ¿qué nos sugiere mejor que el fuego la potencia y virtud del Dios máximo y alguna forma de su inefable divinidad? Él mismo insinuó esto, mostrándose primeramente a su siervo en una zarza que ardía y guiando por el desierto a su querido pueblo en ígnea columna y descendiendo en lenguas de fuego sobre el colegio de los elegidos.
Ves cuánto calor hace; sin embargo, es simple accidente, cuya razón, como las de las otras cosas, es desconocida. ¿Cómo él solo desempeña tantos oficios? Difícil es de entender, más difícil de decir, dificilísimo, o tal vez imposible de penetrar.
Distinguen, sin embargo, los filósofos, lo que es por sí de lo que es por accidente; objetan la variedad de los sujetos. Pero, ¿quién conoce exactamente esta variedad? Nadie. Sólo se tiene noticia de algunas cosas probables; de ninguna con entera certidumbre. Pero de esto hablaremos después. Baste ahora conocer que nosotros nada conocemos claramente.
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Por la misma razón, el mismo efecto producido por contrarias causas nos engendra máxima ambigüedad.
Hácese frialdad con el movimiento, como en la agitación del corazón, del tórax, de las arterias y del agua caliente, y con el descanso, como cuando el hombre, estando caliente, deja de moverse.
También el calor prodúcese por el movimiento, como en el salto y la carrera; en la quietud, si descansa el corazón o no se mueve el agua hirviendo.
La negrura, proviene del calor, como en los etíopes; del frío, en el muerto o en el miembro tiempo ha paralizado, principalmente si por la compresión se impide la circulación del aliento por las arterias.
La putrefacción se produce de todas las cualidades cuanto desaparece la sequedad.
Ni es esto sólo; sino que un contrario es producido por otro contrario; el calor por el frío, en la cal fría macerada, en nosotros, en las fuentes, en la tierra, en tiempo de invierno; de donde la sentencia: Los vientres, muy calientes en invierno y en verano.
El frío por el calor, en los cuerpos calientes que se queman; en ciertos seres, que son fríos por dentro, y en nosotros también en el estío.
Cómo se hace todo esto de ningún modo lo sé. ¿Tampoco los demás? No lo concluyo necesariamente, pero lo parece. Oigo lo que dicen de estas cosas; pero no por ello conozco mejor la cuestión. Lo mismo pensaba yo antes, y no saciaba el ánimo. Pues si algo hubiese conocido perfectamente, no lo hubiera negado, antes lo hubiese aclamado vehementemente, con alegría, pues nada puede ocurrirme de mayor felicidad.
Mas ahora me consumo en perpetua tristeza, desesperando que pueda saber perfectamente alguna cosa.
Y una de dos: o yo soy el más ignorante de todos los hombres o todos los demás lo son conmigo. Ambas cosas las creo verdaderas. Algo sabría, no obstante, si los demás supieran algo también; tampoco es verosímil que a mí solo me haya sido adversa la fortuna. Mas nada sé. Ni tú tampoco.
Muchas otras ocasiones de ignorar tenemos en las cosas; ocasiones que fuera largo e inútil traer aquí, cuando puedes verlas en cada uno de los tratados especiales, y yo mismo te las mostraré dondequiera que se tratare de ellas.
Sólo añadiré todavía alguna que otra de las principales.
La variedad de las cosas, la forma múltiple, la figura, la cantidad, las acciones y tantos y tan diversos usos, de tal manera atan la mente, o mejor, la distraen, que no puede preferir o sentir algo con seguridad, sin que sea sitiada por otra parte y forzada a abandonar su opinión; y así, variando de aquí y de allí, nunca está quieta.
Si afirma que la blancura (y baste traer ejemplo de los colores) la hace el calor, te contradirán la nieve, el hielo, los alemanes; si el frío, la ceniza, la cal, el yeso y los huesos calcinados; si la humedad, estas cosas; si la sequía, aquéllas.
Acerca de la negrura ocurren otras tantas dudas.
¿Y de los colores medios? ¿Qué temperatura les señalarás?
Y aun las cosas extremas parece que tienen causa manifiesta, como la nieve, el frío, la ceniza, el calor, porque ambas cosas las aprehendemos con los sentidos.
Pero ¿qué dirás de los animales manchados, la pantera, el leopardo, el perro y otros semejantes? ¿Qué de las hierbas, el dragoncillo, el cardo plateado, el trébol multicolor? ¿Qué de las flores de la betónica comestible y de las variedades de violetas? ¿Qué de los guisantes turcos? ¿Qué de las aves, del pavo real, del papagayo?
¿Señalarás, por ventura, diversas temperaturas al pavo, a las flores multicolores, al leopardo, en la misma pluma, en la misma flor, en el mismo pelo?
Y los colores son permanentes.
¿Qué dirás del iris, de la paloma variada, del vidrio lleno de agua y del otro sin agua, que por la diversa exposición al sol o por la varia posición del observador dan tan varios colores?
Con razón te quedarás mudo, como yo también.
Y en todas las otras cosas que señalamos arriba, mucho mas.
Y cuanto más escudriñamos, más perplejidades se ofrecen, más nos confundimos, más difícilmente hallamos luz. Pues donde hay muchedumbre allí hay confusión.
Infortunio
del hombre de letras.
Así, séanos lícito, no sin razón, comparar nuestra filosofía al laberinto de Creta, entrados en el cual no podemos volver atrás ni desenvolvernos, y si vamos adelante, caemos en el Minotauro, que nos quita la vida.
¡Este es el fin de nuestros estudios, éste el premio del perdido y vano trabajo, de la perpetua vigilia: el esfuerzo, los cuidados la solicitud, la soledad, la privación de todos los deleites, una vida semejante al no ser, habitando, pugnando, hablando y pensando con los muertos, apartándose de los vivos, abandonando el cuidado de las propias cosas, destruyendo el cuerpo por ejercitar el espíritu!
De ahí las enfermedades, muchas veces el delirio, siempre la muerte.
Ni el trabajo ímprobo vence de otro modo todas las cosas, sino porque quita la vida y acelera la muerte, que libra de todos los males; porque el que muere todo lo vence.
Así Horacio retrata la triste condición del hombre de letras cuando dice: Aunque vengas tú mismo, Homero, acompañado de las musas, si nada trajeres irás fuera.
Y el mismo Horacio dice mejor abajo: El rey dinero da mujer con dote y crédito y amigos y linaje y fortuna. Y al bien adinerado decoran Suadela y Venus.
Es también verdad ahora lo que también dijo Ovidio en otra parte: Es cerrada a los pobres la curia; la hacienda da honores, por ella es grave el juez, por ella formal el caballero. Hay ahora precio en el precio, da la hacienda honores, la hacienda da amistades; el pobre en todas partes es abandonado.
Se desprecia la doctrina, y las togas ceden a las armas, las lenguas se subordinan a la gloria. Los pensadores son despreciados. ¿Por qué, pues, nos consumimos? No lo sé; así lo quieren los hados.
Dió Dios a los hijos de los hombres esta ocupación pésima para que se ocupasen en ella. Hizo todos los bienes en su tiempo y entregó el mundo a las disputas de ellos para que no halle el hombre la obra que obró Dios desde el principio al fin.
No parece tampoco desemejante la misma filosofía (volviendo allá de donde nos habíamos apartado) a la Hidra Lernea, que venció Hércules. Mas a la nuestra no hay quien la venza. Cortada una cabeza, emergen cien otras más feroces. Pues falta el fuego de la mente, que conociendo perfectamente una cosa quite a las demás dificultades la ocasión de pulular.
Concluyamos.
El conocimiento
y los sentidos.
Todo conocimiento trae su origen del sentido. Fuera de éste todo es confusión, duda, perplejidad, adivinación; nada cierto.
El sentido sólo ve lo exterior, pero no lo conoce. Ahora llamo sentido al ojo.
La mente considera las cosas recibidas de los sentidos. Si éstos se engañan, también aquélla; y si no ¿qué se consigue? Sólo considera las imágenes de las cosas, que admitió el ojo; la mente las mira por todas partes, las vuelve, preguntando ¿qué es esto, de qué procede tal cosa, por qué?
¿No significa esto, por ventura, la fábula antigua en que, invitando a comer la grulla a la zorra, ofrecióle una vasija de cristal de boca estrecha llena de puches, a la cual aplicando la zorra lengua y boca, pensaba en vano coger algo de la pitanza que veía?
De la misma manera engañó Zeusis a las aves con uvas pintadas, cuando aplicando el pico para comerlas, chocaban el pico contra la tabla. Y Parrasio engañó a un pintor con un velo tan primorosamente dibujado que parecía verdadero; de suerte que el rival, ensoberbecido como si hubiese vencido, y ansioso de ver la pintura que creía cubierta con un velo, aplicó la mano a la tabla para descorrer el velo y tropezó con la tabla.
Así nos presenta la Naturaleza las cosas para conocerlas.
Y esto decía Aristóteles en otro lugar: que nuestro entendimiento se ha a la naturaleza de las cosas, como el ojo de la lechuza a la luz del sol.
Juzgamos las cosas por sus simulacros. ¿Puede ser, por ventura, recto el juicio?
Ello aún fuera tolerable si tuviésemos por el sentido los simulacros de todas las cosas que deseamos saber.
Pero sucede lo contrario: que no los tenemos de las principales cosas. Sólo los tenemos de los accidentes que nada influyen, como dicen, en la esencia de la cosa, de la cual es la verdadera ciencia; y son los accidentes lo más vil de todas las cosas. Mas por éstos es menester conjeturar de todo lo demás. Lo que es sensual, craso, abyecto (son los accidentes y lo compuesto) nos es conocido por todas partes. Pero lo que es espiritual, tenue, sublime (son los principios de los compuestos y lo celestial) de ningún modo.
Sin embargo, esto último es por su naturaleza más conocible, porque es más perfecto, más ente y más simple; cualidades que producen el conocimiento perfecto.
Pero para nosotros todavía estas cualidades están más distantes de los sentidos. Lo más cercano a éstos nos es más conocido, no por otra razón sino porque nuestro mejor conocimiento depende del sentido; en cambio por su naturaleza es lo menos cognoscible, porque es imperfectísimo, casi nada. Sólo el ser es el objeto, sujeto y principio de todo conocimiento y aun de todos los actos y movimientos.
Ves cuánta ocasión se nos da de ignorar en las cosas del sentido y más aún en las de nuestro ser espiritual. Y lo verás mejor cuando vengamos a la explicación de ellas. Pues lo aquí dicho hase dicho sólo en general.
Mas todo ello no demuestra que nada se sabe. Ni me propuse demostrarlo (usando de tu concepto de la palabra demostrar) ni podría. Pues nada se sabe. Bástete que te haya objetado dificultades. Si puedes vencerlas, algo sabrás. Pero no podrás, a no ser que, desaparecido ocultamente, renazca en ti un nuevo espíritu...