Etimologías.

Añade a esto la frívola sentencia de otros que asignan a las palabras no sé qué fuerza propia, para deducir de ahí que los nombres fueron impuestos a las cosas según la naturaleza de ellas.

Guiados por lo cual, no menos neciamente empéñanse algunos en traer de algo propio las significaciones de todas las palabras; como lapis (piedra), de que hiere el pie; humus (tierra), de humedad. Y asno, ¿de dónde?: de ti, vano etimologista, porque no tienes sentido, pues a en griego y latín significa frecuentemente privación; sinus, como sensus, sentido; luego asno es lo mismo que sin sentido, o sea lo mismo que tú.

Pero ¿no es buena la etimología?

No, cuando se inquieren las palabras más bien por curiosidad que con verdad o utilidad; así todo lo haces derivativo o compuesto, nada simple o primitivo; ¿cabe mayor insensatez?

Si la dicción lapis (piedra) fué impuesta por la naturaleza de la cosa, como dices, ¿es la naturaleza de la piedra que hiera el pie? Pienso que no. Pero sea. ¿Cómo lædo (hiero) representa la naturaleza del daño que significa? ¿Cómo pes (pie) significa la naturaleza del pie?

Vamos a lo infinito.

Humus tampoco se dice de humedad; pues, al contrario, la tierra es, según tú, el más seco de todos los elementos; pero, aunque fuera humidísima y de la humedad se dijera humus, ¿de dónde se dirá tal la humedad? Si me das otra palabra preguntaré su abolengo. Y así, otra vez hasta lo infinito. Porque, si cesas en alguna, la obligaré a que muestre la naturaleza de la cosa que significa. Todas las intermedias parecen representar la naturaleza de la cosa, porque se derivan de otras que significan algo hasta la última, que de ninguna otra se deriva, según tú; pues bien, preguntaría lo mismo de la última.

¿Cuántas son las voces simples? Casi todas.

Además. Si pan ha sido impuesta, según la naturaleza de la cosa, ¿qué decir de la griega artos, o de la británica bara, o de la vascuence ouguia, cuya diversidad en el sonido, en las letras, en el acento, es tanta, que no tienen nada de común?

Si dices que sólo una lengua ha sido impuesta, según la naturaleza de la cosa, ¿por qué no las demás también? Y ¿cuál es ella? Si dices que la primera de Adán, acaso, pues pudo, por haber conocido las naturalezas de las cosas, como atestigua el autor del Pentateuco, darles nombre adecuado, pero entonces ciertamente habría hecho falta que su filosofía o la que tenemos hubiese sido escrita en su idioma. ¡Bella filosofía la que no puede ser enseñada o explicada con otro lenguaje que con el de Adán! Pero tú, varón prudentísimo, te contentas con el griego o el latín, que no han sido impuestos por la naturaleza de las cosas.

¿Y no se corrompen y mudan perpetuamente las voces?; ¿no hay libros franceses y españoles en los que hallarás muchas palabras cuyo significado se ignora totalmente?

¿No hay en latín muchas palabras anticuadas y no se inventan otras muchas todos los días? Lo mismo acontece con el estilo, y con otras cosas, que se varían con el uso continuo y, al fin, tanta mudanza se hace que degenera todo y todo se hace diverso; así pereció el antiguo idioma latino transformado ahora en el vulgar italiano; el griego del mismo modo.

Y si algunos libros conservan todavía sobrevivientes ambas lenguas, difieren tanto de aquel antiguo esplendor y sentido, que si nos oyeran hablando su lengua Demóstenes o Cicerón, se reirían.

Ni es esto solo, sino que los idiomas toman de los demás muchas dicciones; y así opino que no nos queda ninguna sincera y legítima lengua.

No tienen, pues, las voces ninguna facultad de explicar las naturalezas de las cosas, aparte de aquella que tienen por el arbitrio del imponente; y la voz canis la misma fuerza tiene, si te place, de expresar pan que perro.

Hay palabras impuestas a las cosas por el efecto o por algún accidente, mas no por la naturaleza. Pues ¿quién conoce las naturalezas de las cosas para que, según ellas, les imponga nombres? O ¿qué comunidad hay entre nombres y cosas? De aquellos los hay propios, como si llamas al hombre risueño o lloroso, en los cuales los primitivos risa o llanto no tienen otra fuerza que la que recibieron de nuestro arbitrio; así las locuciones que parecen más significativas.

Hay también palabras que por semejanza imitan los sonidos, las voces de aquellas cosas que significan, y, por ende, llámanse onomatopeicas, como el cacarear de las gallinas, el graznar de los cuervos, el rugir de los leones, el balar de las ovejas, el ladrar de los perros, el relinchar de los caballos, el mugir de los bueyes, el gruñir de los puercos, el roncar de los que duermen, el susurro de las aguas, el silbido, el tañido, el clangor de las campanas y clarines. (Baubantem est timidi pertimuisse canem.) Es del tímido temer al perro que ladra; y aquello otro: (Et tuba terribili sonitu taratantara dixit.) Y la trompeta con terrible sonido dijo taratantara; y también: (Quadrupedante putrem sonitu quatit ungula campum.) Con cuádruple sonido hiere con sus patas el polvoroso campo.

Y tampoco en esto hay alguna demostración de la naturaleza de aquellas cosas que significan, sino semejanza de sonidos.

Menos todavía debe buscarse derivación en todas las palabras; pues de otra suerte iríase a lo infinito.

Pero fuimos más lejos de lo que había pensado.

Vuelvo atrás.