La ciencia.
Veamos, pues, qué se ha de entender con el nombre de ciencia.
Pues si ésta es nula, no habrá quien sea llamado sabio.
¿Qué dice Aristóteles? Baste haber examinado a este autor sobre todos los demás (como quien fué agudísimo escudriñador de la Naturaleza y a quien sigue, las más de las veces, la mayor turba de filósofos); pues si contra todos se hubiese de combatir, se extendería la obra a lo infinito y abandonaríamos, además, la naturaleza, como es costumbre de los otros.
¿Qué dice, pues, Aristóteles? Ciencia es un hábito adquirido por la demostración. No entiendo. Esto es pésimo. Es definir lo oscuro por lo más oscuro; así engañan los hombres.
¿Qué es hábito? Lo sé menos aún que lo que es ciencia. Y tú, menos todavía...
Di, es una cualidad firme. Todavía menos. Cuanto más avanzas, menos me convences; cuantas más palabras, más confusión. Me echas a la línea predicamental, y de ahí, siempre al ente, que no sabes lo que es.
¿Hase o no de reducir todo a los predicamentos? Ciertamente que sí. ¿Qué se saca de ahí? Que todo se ha de llevar a un laberinto.
¿Qué son los predicamentos? Una larga serie de palabras. Pero ¿qué dije? Digo de palabras, unas comunísimas, ente, verdad, bien, si quieres; otras, menos comunes, sustancia, cuerpo; otras, propias, Sócrates, Platón. Aquéllas lo significan todo; las segundas, muchas cosas; las terceras, una sola.
Síguese que cuando dicen Sócrates es hombre, y de ahí animal, etc., se significa que esto que muestro (entiende Sócrates) llámase así con particular nombre; es decir, con los otros semejantes en figura. Con el nombre común, hombre; con el caballo y los demás que se mueven, pero que son desemejantes en figura, animal, con el comunísimo con todas las cosas, ente.
De los restantes predicamentos, lo mismo.
No basta. No contentos los lógicos con las palabras simples, para hacer la cosa más difícil, usan de palabras comunes, añadiéndoles alguna diferencia; como para el hombre, animal racional mortal, cualquiera de las cuales es más difícil que la primera. Pues donde hay muchedumbre hay confusión, y cuanto más amplias son las palabras tanto son más confusas y oscuras.
Esto es mezquino. Construyen sobre cosas extrañas. De esta serie de palabras (que se llaman predicamentos) disputan muchas cosas: del orden, del número, del género, de la diferencia, de las propiedades, de la reducción a ellas de todas las cosas; esto lo reducen a la línea recta, aquello a la lateral; esto, por sí; aquello, por razón de su contrario; esto es común de dos; aquello se reduce a lo otro; esto no tiene a qué se reduzca, y, por tanto, si hay cielo, si no obtuvo lugar en algún predicamento, nada es ya. ¿Qué diré? Por ahí se meten en infinitas bagatelas. Más todavía, enredándose en palabras, se echan a sí y a sus desgraciados oyentes en un caos profundo y estéril.
Con esto tienes toda entera la lógica de Aristóteles y mucho más las dialécticas que después de él escribieron los modernos. Pues a los nombres más comunes llaman géneros; a otros, especies, diferencias, propios, individuos...
Si preguntas qué es esto, te diré: algo común abstraído por el entendimiento; una ficción de Aristóteles no desemejante a las Ideas platónicas. Pues ¿y la quimera del entendimiento agente (cosa nueva), abstrayente o iluminante (más bien oscureciente) y del inteligente, de donde surge el universal animal? Llevan a tanto las cosas, que, asno significa la mente de estos lógicos, que no pueden comprender sino el asno común, y aun formarlo, cuando, no obstante cada uno de ellos es un asno particular.
¿Qué dices? ¿No es todo esto palabras y necedad? ¿Verdad que sí? Y esto sólo de los términos simples, que llaman predicables. De los cuales preguntan todavía ¿cuántos, cuáles, qué? Nada, líos.
Además, llaman a unos equívocos, a otros unívocos, análogos, denominativos, términos, voces, palabras, dicciones, simples, compuestas, complejas, incomplejas, mentales, vocales, escritas; arbitrarias, naturales; de primera intención, de segunda intención; categoremáticas, sincategoremáticas, vagas, confusas, y otras innumerables denominaciones de los nombres, y además otras de éstas; y acerca de cada una de ellas forman sutilísimas disputas, tan sutiles, que al menor golpe las sepultas en la nada.
¿Llamas tú a eso ciencia? Yo le llamo ignorancia.