Medios internos del conocimiento.

Cuentan los filósofos cinco medios internos: la vista, el tacto, el gusto, el oído, el olfato.

Las substancias de todos ellos son diversas. Por consiguiente, son también percibidas por los sentidos cosas diversas; pero, sin embargo, las hay comunes; las tocamos arriba: la magnitud, el número, la figura, etc.

El ojo ve un solo golpe; el oído percibe doble golpe; si no lo hubiese visto el ojo, sin duda juzgaría que había habido dos golpes. Supongamos un ciego; daré dos golpes, o bien uno, pero lejos de mí e inmediatamente otro, como por el eco. Advertido por alguno, si nunca lo viste, dirás que es por el eco, y será falso. Más: supongamos que ves, y mando que otro, oculto, dé un golpe después de darlo yo; dirás que es el eco, y no es.

Corriendo un caballo, muchas veces juzga el oído que son dos; o si son dos y marcan el paso a un tiempo, parece que es uno solo. Pues la vista si está a distancia de las cosas, si son muchas las que se mueven, se engaña más todavía.

En la magnitud ocurre otro tanto: lo que el ojo ve pequeño, lo aprecia grande el oído, y al revés. En la figura engáñase mucho más la vista que el tacto; como también se engaña éste menos que aquélla en la magnitud. Y en la distancia, ambos sentidos yerran igualmente: lo que está cerca, parece también alguna vez distantísimo al que lo ve o escucha.

No menos se engaña el tacto en la distancia; pues al sentir algo muy caliente, aunque sea de lejos, lo juzga, no obstante, como próximo, por la fuerte impresión que recibe. De igual manera ¿cuántas veces no se engaña el olfato?

¿A qué proseguir? Nada más cierto que el sentido, nada más falso que él.

***

Añade ahora a lo anterior las varias disposiciones de todos estos órganos, las cuales no pocas veces nos extravían y confunden.

Los diversos colores de los ojos, los varios temperamentos, la capacidad, sustancia, posición, virtud y transparencia de los tejidos y humores que hay en ese aparato complejísimo, ¿no engendran, por ventura, gran diversidad en la visión?

Muchas veces por causa externa parece que vemos nubecillas, moscas, telarañas y otras cosas semejantes, cuando en realidad no las hay.

Inflamado el ojo, todo aparece bermejo; empapado de bilis, cetrino. Si se adhiere humor a la pupila, todo aparece perforado o cubierto de un velo, grande o sutil, claro u obscuro.

Estos achaques son morbosos; pero aun quienes tienen la vista sana, ven mejor ya de lejos, ya de cerca; unos ven más agudamente, otros con menos claridad; éste ve grande, aquél pequeño; éste rojo, aquél amarillo. Finalmente, nadie ve con perfección o del mismo modo que los demás.

¿Qué mucho, pues, que, por el ojo, tan sujeto a mudanzas y aun tan vario en sí y no menos por el aire y todavía más móvil e incierto, veamos nosotros las cosas también confusas e inestables, de muy diversa suerte que ellas son, y que perpetuamente nos engañemos y no podamos alcanzar cosa alguna con certeza y, por consiguiente, nada podamos afirmar?

Y cuenta que la vista es el más principal y cierto de todos los sentidos...

***

Pues si te vuelves a las otras cosas, aún hallarás mayores dudas y tinieblas.

¿Cómo lo que es siempre caliente juzgará con igual rectitud de lo caliente y de lo frío? Así acontece que los que están en las termas o baños artificiales, juzgan fría la orina y el agua tibia, lo cual de suyo es falso.

¿Por ventura todo lo que tocamos no está en el aire y es influído por él?, ¿por ventura no somos nosotros afectados perpetuamente por el mismo? Y el aire ¿no lo es por el agua, tierra y astros?

¿Qué obliga, pues, a decir que el agua es fría, ni que el aire es caliente? A los muy ardorosos, lo menos cálido aparece frío. Tales, por ventura, nosotros. En invierno, porque somos harto impresionables al frío exterior, el agua recién sacada del pozo o la fontana se nos antoja caliente porque es menos fría que la que corre al cierzo; en verano, aunque caliente, parece fría, y el aire, si lo mueves con un abanico, parece también más fresco, siendo, no obstante, de suyo caliente, y en el estío más.

¿Qué es, pues, el calor? ¿Qué el frío? Para entender qué cosas son calientes o cuáles frías, nada puede aquí la razón. ¿Quién conoce la íntima razón de las cosas? Nadie. El juicio hase de confiar a los sentidos.

Mas, aunque el sentido percibiera muy bien y discerniese aquellas cualidades, no por eso las sabría mejor: las conocería exteriormente, como el rústico distingue su asno del buey del vecino o de su propio rocín.

¿Qué sabemos, pues? Nada.

***

Discurre por otros sentidos. Menos. Y este es el principal conocimiento de los hombres. ¿Qué hará la mente engañada por el sentido? Engañarse más. Supuesta una falsedad, inferirá otras muchas, y de éstas otras (pues error pequeño en los comienzos es grande en el fin).

Últimamente, cuando advierte el error (pues la verdad es única y consecuente consigo misma), vuelve atrás la inteligencia; busca el lugar que es causa del defecto. No lo halla; sospecha de éste o de aquél; investiga nuevamente sin acertar a conocerlo, porque la verdad está sobre el sentido y el hombre, engañado por él, cuando no por los errores de la razón, fluctúa entre muchas probabilidades sin llegar a una conclusión definitiva.

Lector: experiméntalo en ti mismo. No te impongo mis opiniones; si estuviese contigo, acaso te mostraría fácilmente de palabra que todo es dudoso; pero, lo escrito no permite tan espaciosa libertad.

Mas por lo arriba dicho pudiste verlo siquiera en torpe esbozo; después, acaso lo verás mejor.

De cómo la imperfección
humana excluye
un conocimiento perfecto.

Sigo mi tesis. Ya hablé de la cosa que ha de ser conocida, primero de los términos que hay que distinguir, como dije, en el problema del conocimiento; hablé también de los sentidos o medios de conocer: hablemos ahora del sujeto que conoce. Mejor dijera del sujeto que ignora. Porque la vida es breve y el arte es largo, es infinito; las ocasiones de conocer son pocas y fugitivas; la experiencia es peligrosa, el juicio harto difícil. ¿Quién habrá, pues, verdadero conocimiento de las cosas?

Empecemos por el hombre incipiente; una vez nacido es una mole de cera, capaz de casi todas las figuras, lo mismo en el cuerpo que en el alma; pero más en ésta. De suerte que no es mala comparación la ya sabida de la tabla rasa en la cual nada hay escrito; mas no se afirma bien cuando se afirma que todo puede escribirse en ella. No todos son aptos para las letras, aunque se les suministren todos los elementos precisos. ¿Cómo, pues, podrían pintarse en el alma las naturalezas de todas las cosas?

Dos hay en el recién nacido: nada impreso en acto; en potencia poco o mucho, pero nunca todo.

Pero esa potencia es sólo pasiva, a la cual se opone otra pasiva impotencia, por la cual cada uno es totalmente inepto para ciertas cosas.

En este punto se nos asemejan también los otros animales, puesto que el papagayo con aquella primera potencia puede imitar la palabra humana, la cual el mono no puede imitar por aquella segunda impotencia. Este, al contrario, por la primera potencia ejecuta muchas cosas a imitación del hombre, que no puede ejecutar el papagayo por la segunda impotencia. Así, entre los hombres, éste es totalmente inepto para la gramática; en cambio, es muy apto para la navegación y aquél todo lo contrario.

Mas tenemos nosotros una potencia activa de que carecen los brutos y por la cual hállanse las ciencias y las artes.

Pero de esto se tratará extensamente cuando se trate del alma. Baste ahora haber traído estas cosas para entender lo que sigue.

¡Cuán pocos, pues, de tantos millones de hombres son capaces para las ciencias, aun para aquellas que hoy profesamos! Apenas alguno que otro; perfectamente, ninguno.

Es necesario que sea hombre perfecto el que haya de saber algo perfectamente. ¿Hay alguno así?

Tú dices que el alma es en todo igualmente perfecta (ignorando su naturaleza, como mostraremos en otra parte), y que el cuerpo es la causa de que unos sean más doctos, otros menos, y muchos totalmente incapaces. Sea como tú dices.

¿Es, por ventura, nuestra alma bastante perfecta para que sepa el hombre algo perfectamente? No. Mas supongamos que sí: en tal caso quien tenga el cuerpo menos perfecto sabrá imperfectamente las cosas, pero quien tenga mayor perfección corporal habrá de saberlas perfectísimamente.

Esto es lo que más racionalmente parece colegirse de tus razones. Mas ¿a quién le fué dado cuerpo perfecto?

Yo llamo con Galeno perfectísimo al cuerpo que es templadísimo y hermosísimo y produce todas las operaciones perfectísimas, empezando por las del entendimiento, padre de la Ciencia.

Hubo algunos médicos que afirmaron que el médico para que fuese perfecto debía padecer todas las enfermedades antes que pudiese juzgar perfectamente de ellas. Y no parece del todo descabellada la opinión, por más que entonces mejor fuera no ser médico. Pues ¿cómo podrá sentenciar rectamente del dolor el que nunca lo sintió? Los dolores y enfermedades, mejor los conocemos en nosotros mismos y curamos que en los demás.

Pues ¿cómo habrá de discernir el ciego de colores, ni el sordo de sonidos, ni el paralítico de las cualidades táctiles? Es necesario, pues, que vea cabalmente quien cabalmente ha de juzgar de colores, y oiga quien juzgue de sonidos, y palpe quien discierna lo tangible, y guste quien hable de lo sabroso, y se mueva quien estudie el movimiento, y sufra quien haga juicio del dolor, e imagine quien haya de saber de fantasías, y entienda quien del entendimiento investigue. De otra suerte, como dijo Galeno, será navegante de libros que, sentado muy seguro en su sillón, describirá muy bien los puertos, los escollos, los piélagos más lejanos y guiará muy bien la nave por la cocina o sobre la mesa; pero si se lanza al mar y le encomiendas el timón de un navío, se meterá en aquellos Escilas y Caribdis que tan lindamente sabía describir a pies enjutos.

Y por esta razón dícese también que Cristo Señor nuestro quiso sobrellevar las humanas miserias para que, experimentando nuestras calamidades, se compadeciese más. Pues el que fué alguna vez indigente se compadece mejor del pobre; el que fué preso, del cautivo, y, finalmente, el que se vió desamparado siente mayor lástima del miserable y del triste.

El perfectísimo conocimiento requiere, pues, un cuerpo perfectísimo unido a una perfectísima razón, pues todas las cosas perfectas gozan de las cosas perfectas, son hechas por los perfectos y por medios igualmente cabales.

¿Qué cosa más perfecta que la creación? Es hecha por el solo Perfecto, por la perfección misma, que es Dios. ¿Con qué medio? Con su perfectísima potencia, la cual es la sola y única perfectísima, porque sólo ella es infinita, porque es el mismo Dios.

Todo lo demás que sea perfecto en su línea es hecho por algo semejante o superior a sí: por ejemplo, lo que hacen los cuerpos celestes no puede ser obrado por cuerpos inferiores.

Razón de todo esto: El agente siempre que va al paciente, trasciende; pues todo ser ambiciona transformar a otro en sí. Lo cual no es posible si no se le comunica. Y en comunicándose los dos el uno es término pasivo del otro; empéñase, sin embargo, el paciente en conservarse en su ser (lo cual ha sido grabado en todos); en parte resiste y en parte quiere también convertir al otro en sí, extiende y ejerce cuanto puede su potencia en el agente y le imprime fuerza; mas, porque le es inferior, es vencido en la lucha y es forzado a seguir las huellas del otro, a introducirse en él, despojado de su primer hábito.

Si, pues, el agente es perfecto, también debe ser perfecta la acción y los medios para ejecutar la obra y el paciente que recibe la acción, en cuanto la recibe, aunque por otra parte sea imperfecto.

Y si no sigue a la acción la conversión del paciente en el agente, al menos la obra que de tal acción se hace es perfecta siendo de agente perfecto, imperfecta si de imperfecto. Pues los partos, dicen los médicos, dan testimonio de sus principios. Lo que se hace bien, es siempre con medios idóneos.

Y así, el perfecto agente ayudado por perfectos instrumentos y medios solícitos, obrará en el paciente y ejecutará la obra intentada mejor que con imperfectos.

Ve esto en todas las acciones tanto naturales como voluntarias: el sol, que es el más perfecto de todos los cuerpos (de donde los antiguos lo juzgaron Dios), ¿qué acción hace? Perfectísima, parecida a la acción de Dios. Pues éste crea, pero aquél engendra las cosas, que es el segundo grado después de la creación; pero se diferencian en que Dios crea por sí solo, de la nada y sin medio ni instrumento alguno. El sol, teniendo su potencia de Dios, engendra, estimula y mueve por medios naturales y congéneres.

***

Pero objetarás, tal vez, que el sol corrompe también, la cual es pésima acción. Mas, no es así. No corrompe, sino que, mientras engendra, síguese necesariamente la corrupción, como una consecuencia natural. Y que engendra primero, es manifiesto. Pues primero es el ser que el no ser; el acto, que la privación; la vida, que la nada.

Ningún ser obra por nada o intenta nada (de donde tampoco el mal por sí, pues el mal es privación del bien, cuasi nada), pues todo es por un fin, y la nada no puede ser fin para un ser. El fin es perfección, la cual entre los seres ocupa el primer lugar.

Privación, destrucción, defecto, mera negación del ser; ¿con qué otro nombre llamaré a la nada que con el tenebrosísimo de nada? ¡Opuesta y enemiga a toda perfección, a todo ser; finalmente, nada!...

¿Quién la intentará, quién la buscará? Todas las cosas la huyen naturalmente. Nada me aterra, entristece y postra el ánimo como la Nada cuando pienso que alguna vez pudiera yo ver sus abismos, si, acompañada mi alma de la fe, esperanza y caridad, no destruyesen este miedo, y me confirmasen prometiéndome, después de la disolución de este compuesto, de mi carne y mi espíritu, indisoluble nexo con Dios óptimo y máximo.

El sol, pues, el más perfecto de todos los cuerpos, ¿intentará la corrupción, la hará? No, pues engendra. ¿Con qué medio? Con el calor, que es la más perfecta, principal y activa de todas las cualidades.

***

Tú añades también la luz; pero yo no lo consiento. La luz, sin embargo, es otro argumento a mi favor.

Bellísima cosa es la luz, amicísima y queridísima de los hombres. Dios llámase a sí propio Luz, y a ella se compara la vida como a las tinieblas la muerte. Gracias a su benéfico resplandor gozamos de los colores, de los matices y las formas; sin luz seríamos semejantes a los ciegos, viviríamos como dormidos y absortos en la sombra de lo interior y lo exterior, vagando como las ánimas de los difuntos, sin vernos a nosotros mismos e ignorando la Naturaleza ¡Cuán triste silencio en la noche nublada y tenebrosa! ¿No parece la imagen del caos y de la muerte? Más quisiera morirme que vivir sin luz...

Padre el sol de ambos, del calor y la luz, de ellos usa, conforme a tu misma opinión, para fecundar las cosas, mas no para corromperlas. En saliendo el sol todo revive, renace, germina, pulula, se remoza, florece y fructifica. Los animales, entumecidos por el frío, los seres corruptibles y todos aquellos que se corromperían totalmente con la ausencia del astro, así que le ven se levantan de las tinieblas, tórnanse más ágiles y gozosos, corren, saltan, retozan, gallardean y cantan el advenimiento del astro generador y hácense más aptos para generar a su vez, para vivir y trabajar con alegría, singularmente en la primavera y en el verano. Yo, sólo entonces vivo...

Mas en apartándose de nosotros el ojo derecho de Dios (séame lícito apellidar al sol de esta manera) todo languidece, todo se arrice y se amustia. ¿Qué son el otoño y el invierno sino imágenes de nuestro fenecer? A la muerte llaman los poetas fría, glacial, pálida, macilenta, y a la vida, en cambio, robusta, floreciente y ardorosa. La muerte viene del frío; la vida, del calor. Por esto el sol es el más perfecto de los cuerpos, porque hace, mediante la más perfecta cualidad, el calor, la más perfecta de todas las acciones naturales.

***

Pues en lo que se refiere a las acciones voluntarias ¿por ventura el pintor, el escultor, el músico, no pintará, no esculpirá, no tañerá más consumadamente si usan de los instrumentos más perfectos? ¿Cantará bien el ronco, saltará el paralítico, escribirá el que tiene la mano torpe o rota? Y ¿qué instrumento más hábil y flexible que la mano del hombre pudo haber escogido la madre naturaleza? Era preciso que el más perfecto de todos los animales, el hombre, hubiese el más perfecto instrumento para hacer con la mayor perfección y elegancia las muchas y difíciles cosas que ejecuta.

En resolución: todo lo perfecto produce cosas perfectas y usa de medios idóneos para producirlas.

¿Qué se deduce de ahí? Que el alma humana, la más perfecta de las criaturas de Dios, para la más perfecta de todas sus acciones, el conocimiento perfecto, necesita de un cuerpo perfectísimo.

¡Cómo! —dirás—. Pero la intelección no depende, en modo alguno, del cuerpo, sino exclusivamente del alma, de su facultad intelectual... —Eso es falso —respondo— y ya te lo probaré en otra parte. Falso es decir que el alma entiende, que el alma oye, pues ambas cosas no son función exclusiva del alma ni del sentido, sino del hombre todo en su unidad de espíritu y de cuerpo, indisoluble en cualquiera de sus actos. Nada hace el alma sin los órganos del cuerpo ni el cuerpo sin la acción y gobierno del alma.

¿Por qué este hombre es menos docto que aquél, si el alma, como tú dices, es igualmente perfecta en ambos? Será por defecto corporal, según decías también. Luego el más docto gozará de un cuerpo privilegiado, capaz de obrar consumadamente las cosas, lo mismo las del sentido que las del entendimiento. Y el hombre que fuere doctísimo, tendrá un cuerpo perfectísimo y será el verdadero sabio...

Pero ¿dónde, repito, está ese cuerpo privilegiado y perfectísimo capaz de un perfectísimo conocimiento? Yo, médico y filósofo, no le hallé jamás. Y como no es posible que semejante cuerpo exista, no creo posible tampoco el perfecto conocimiento o, lo que es lo mismo, la Ciencia.

Al llegar aquí tal vez me arguyas: —Para entender no necesitamos de los brazos y piernas; por consiguiente, aunque ellos sean defectuosos, mientras tenga bien el cerebro me basta. —No te basta —replico—, pues las cosas físicas influyen no poco en la parte moral y en la función del entendimiento, los órganos se corresponden todos y se influyen mutuamente, aun los más apartados y distintos, por todo lo cual un cerebro sano es incompatible con otros órganos enfermos.

Un miembro imperfecto, una deformidad cualquiera, un vicio morboso, pueden ser adquiridos o congénitos: si el cuerpo viene mal conformado desde los orígenes, anduvo el defecto ya en la materia de que se hace, ya en la virtud generadora, y en ambos casos la imperfección es fatal no sólo para el miembro u órgano defectuoso, pero también para muchos o algunos de los demás, tanto en lo exterior como en lo interior. Y si el vicio o deformidad sobreviene después, sea por causa interna o externa, ocurren iguales alteraciones. En suma: un cuerpo cabal y perfecto no existe o duraría un instante.

Luego, repito, no habiendo seres de tal perfección, no hay un conocimiento perfecto, no hay un perfecto sabio, nada se puede saber de un modo cabal.

Pero dirásme, tal vez, que también el hombre imperfecto, por muy defectuoso que fuere, tiene capacidad para el ejercicio de las ciencias. Yo te lo concedo gustoso, como te concedí otras muchas cosas, pues aquí arguyo sin vanidad ni rigidez. Hay hombres, incluso llenos de estigmas y deformidades, que son idóneos para el cultivo de las ciencias, pero no todos ni cualquiera de ellos. Es necesario que el hombre, dentro de su imperfección, esté dotado de un cierto temperamento para ejercer con eficacia las disciplinas científicas. ¿Cuál será ese temperamento? Lo ignoramos. Pero aunque lo supiésemos ¿cuántas mudanzas del aire, del espacio, del alimento, de la edad, la educación, las opiniones, las doctrinas, de todo cuanto rodea, influye y mueve en este oleaje de la vida humana a nuestro cuerpo y nuestro espíritu, no habrá de padecer el más capaz y atemperado de todos para la investigación de la Verdad?

Piénsalo y experiméntalo en ti mismo.

Nuevas dificultades para
la investigación de la Verdad.

Si el hombre es rico, trátase deliciosamente, dase a todos los gustos del sentido, engorda, se enerva, tórnase todo carnal, inepto para la contemplación y el estudio. Como el alma y el cuerpo —según dicen— solicitan siempre cosas contrarias, el rico tiende a desamparar el espíritu. Desde la niñez los padres no le consienten que se fatigue con el estudio y el trabajo, sino que todo se lo disponen para culto y regalo del cuerpo; únicamente celosos, y no siempre, de las costumbres, de la moral exterior, enseñan a sus hijos (como hacen la mayoría de los hombres por el impulso disculpable de la naturaleza) a cuidar la salud, acrecentar el caudal y todos los demás bienes que suelen hacer felices a las gentes vulgares, sin dejar resquicio ni vagar para el estudio de las letras y ciencias. Mas aunque los padres permitieran y desearan semejante estudio, ya se encargaran los hijos de rechazar aquellas trabajosas disciplinas, pues el cuerpo apetece el ocio y tiene al trabajo por enemigo mortal.

Las riquezas distraen el ánimo, los placeres le perturban, el mundo le seduce y engaña. ¡Bienaventurados aquellos y dignos de eterna admiración, que en el disfrute de los bienes del siglo, aciertan a abandonarle y a despreciar sus falsos y vanísimos tesoros para entregarse, pobres y libres, a la contemplación de las cosas! Pero almas de esta sublime condición son aves raras en el mundo. Los hombres abrazan la Ciencia para granjear aplauso, riqueza o dignidad, no por sí misma, por amor desinteresado y puro. Y de esta suerte cada cual trabaja mientras le urge para llegar al fin, no al fin de la ciencia, sino al de su ambición...

***

Los pobres, en cambio, corren a los estudios con triste principio, con medios adversos y también, casi siempre, con bastardo fin. Como es la necesidad la que les impulsa, una vez saciada, suele concluir la ciencia de los pobres, ya que no trabajaron sino para hurtarse a la pobreza.

De aquí la frase: «El ingenio vuela, mas la pobreza lo deprime.» Y aquella otra: «La bolsa llena hace al ingenio divino.» Y esotras de un poeta: «Hase primero de buscar el oro, que ya vendrán con él la fuerza y la sabiduría; sin Ceres y sin Baco se enfría Venus y también Minerva...»

«Los papagayos charlan y aprenden mejor después de beber vino: tal les sucede a muchos hombres.» Acerca de lo cual también se dijo: «Las copas llenas ¿a quién no hicieron elocuente?» Y añado yo: ¿a qué no obligan la sed y el hambre? No acabaríamos nunca si hubiésemos de contar las desventuradas proezas a que impulsa la triste necesidad...

A todo el que estudia no debe moverle otro fin que saber. Al necesitado, en cambio, no le mueve ese fin o sólo le mueve mientras evita su necesidad. Así, quien sólo estudia por el vientre, cuando lo llena cierra los libros y se echa las ciencias a la espalda. El pobre, si no es apto para la contemplación de las cosas, no halla nunca deleite en el estudio; y si es apto, su propia indigencia le impide gustar esos manjares tan sutiles. ¿Hay algo más digno de compasión?

***

Y si todavía insistes en que el rico y el pobre son igualmente capaces para la austera investigación de la Verdad, yo quiero suponer que es así; pero ve cuántas dificultades se siguen.

Ambos han de ser instruídos desde los rudimentos, ya que nadie fué tan dichoso que saliera enseñado del vientre de su madre o lograse instruirse por sí mismo, sin necesidad de textos ni de aulas. Y ¡cuántas miserias en la instrucción y enseñanza de los jóvenes! ¡Cuán pocos lograron haber buenos maestros!

Unos por la poca retribución o por desidia, por enfermedad o pobreza, otros por envidia, temor o vanidad, por amor o por odio, por ineptitud o ignorancia, por todas estas y otras muchas cosas, esconden o desfiguran la verdad, si la conocieron alguna vez, y enseñan el error. ¿Qué mayor calamidad para un principiante? Bebido el error ya nunca se sacude su ponzoña, sobre todo si se bebió en la niñez y era insigne la autoridad del maestro.

De donde se dijo: A la vasija nueva dura el resabio de lo que se echó en ella.

Por esta razón Timoteo pactaba retribución sencilla con el principiante; mas a aquel que había aprendido con otro preceptor, pedía retribución doble, pues que era menester doble trabajo, uno para arrancar el error que había ya bebido y otro para sembrar la verdad.

De los errores en la enseñanza nacieron las sectas de los filósofos, y aquello de jurar en las palabras del maestro; el pasar los años disputando por cosas ociosas y peregrinas, unos para defenderlas, otros para negarlas; llenar volúmenes sobre entender al profesor; fingir nuevas e infinitas explicaciones, inteligencias y distinciones, las cuales no imaginó él ni aun en sueños.

Y aún hay doctores tan sandios que se jactan de poder defender todo lo que ha sido enseñado por éste o por aquel autor; dispónense para ello con argucias y bagatelas, de tal manera cubiertos y armados de enredos, que se parecen a los cazadores que acechan con redes y con falsos silbidos a los tordos. Enredados no pocas veces ellos mismos, no se pueden desenvolver, y así caen en la fosa que preparan a los demás, como el cazador de Esopo, que mientras acechaba a la paloma, fué mordido por la sierpe.

Tales también aquellos que usan de las máquinas de guerra (que llaman arcabuces) y mientras a disparar aplican el ojo a la mira para que salga recto el proyectil y ponen fuego a la pólvora, si está obstruída la máquina, experimentan el efecto contrario: que el tiro vuelve atrás y les atraviesa la cabeza.

Así estos falsos doctores mientras maquinan falacias, ellos mismos caen en las redes de su propia falsedad.

***

Unos pretenden recoger lo esencial de un asunto y hacen un epítome. Otros recorren tablas, capítulos, libros, que fueron confusamente escritos por otros. Éstos, al contrario, amplían, añaden, extienden, comentan y critican muchas cosas. Aquéllos se empeñan con supersticiosa y fatua piedad en conciliar a los disidentes y reducir a la paz a los beligerantes. Otros, al contrario, hacen enemigos a los que sienten lo mismo, al afirmar que escriben y entienden cosas diversas. Esotros afirman que tal obra es de aquél; sus adversarios pugnan por demostrar que la robó del cercado ajeno. Y en probar tales monsergas, ¿qué de argumentos no usan? ¿Qué no gritan? ¿Qué no claman? ¿Qué no torturan?

Si no bastan las pruebas falsas, emplean verdades reprobables, a saber, contumelias, invectivas y libelos.

Finalmente, no contentos aún, vienen a las armas, para que lo que la razón no pudo lo pueda la fuerza, a estilo militar.

Así, los que se dicen científicos se hacen brutos. Pues, ¿no es todo esto furor y demencia?

Los que presumen de investigar la naturaleza nada hacen sino disputar y absorber en minucias y simulacros toda su vida, como el perro, que, viendo en el agua la sombra de la carne que lleva en la boca, suelta la carne para asir la sombra en el agua, y como el toro, que, persiguiendo al lidiador, cogida su capa, se ensaña en el trapo, sin preocuparse del hombre.

Así los falsos investigadores de la naturaleza, que, a espaldas de la realidad, no saben sino repetir, como papagayos, lo que en los libros hallaron escrito, ignorantes seguramente de lo que dicen.

De tales entes hay una gran multitud en las ciencias; varones sinceros que investiguen la realidad en sí misma, muy pocos, y aun esos pocos varones son juzgados indoctos por los primeros y por el vulgo.

***

Y no es de extrañar.

Cada uno juzga a los demás por su propia condición.

Así, el docto juzga al docto y lo alaba, porque entiende lo que dice; el ignorante le desprecia, porque no le entiende, y levanta al necio, porque siente en necio; todo semejante goza con el semejante y rechaza al que no lo es.

¡Ay del mozo infeliz que beba en la turbia fuente de tan ruines preceptores!

Si estudia siempre bajo el mismo doctor, siempre errará, si erró una vez. Y su error será cada vez más profundo. Error pequeño en un principio es grande en el fin; dado un absurdo, síguense muchos. Y ¿quién hay que no yerre una vez? o ¿quién que yerre una sola vez? ¿no erramos casi siempre?

Y si el joven es enseñado por muchos maestros ¿no le será más fácil extraviarse y confundirse?

Pocos, a quienes amó el justo Júpiter y levantó el ardiente juicio a lo celestial, pudieron librarse de errores y poseer todos los caminos de la oscura selva. ¿Cómo, pues, no ha de perderse el miserable ingenio del principiante, distraído y desgarrado en las contiendas y tumultos de escuelas y maestros?

Este le inculca una doctrina; aquél se empeña en persuadir la contraria. Pues ¿quién ve que convengan dos en todas las cosas?

El mayor juicio de certidumbre de una verdad y, por tanto, también de alguna ciencia, es la concordancia de los doctores; pues la verdad es siempre concordante consigo misma. Al contrario, nada arguye más la incertidumbre de una ciencia que la diversidad de opiniones.

Basta advertir cuán común es esta diversidad en los doctores de cualquier ciencia, para colegir también cuán poca certidumbre hay en nuestros conocimientos.

Y así al débil novicio tráenle contrarios doctores en confusión y ambigüedad. Sin acertar adónde orientarse, inclínase a éste o aquél, según le parece; y con más frecuencia al que le engaña; pues éste es el que más grita, con el desenfado propio de los que sostienen sinrazones.

Ahí tienes al sabio.

Así, durante mucho tiempo, lucha en los oleajes de esta furiosa tempestad; las más de las veces toda la vida.

***

Y si nos acercamos al método de enseñanza, no habrá aquí menor dificultad, antes mayor, ya atiendas a los que enseñan de viva voz, ya a los que enseñan por escrito. Pues tienen ambos las mismas viciosas maneras.

Cabalmente, por este lado, viénele al estudiante, o la mayor utilidad, si emplea buen método el doctor, o el más grave daño, si emplea un método perverso. Pues nada tiene en el enseñar tanta importancia como el método; el cual, por consiguiente, es tan vario para los hombres. Saber usar del método no es menos laborioso que útil, y no menos raro que necesario. ¡Cuán pocos maestros aciertan aquí!

Siendo, por ventura, el arte infinito, como ya dijimos, y la vida de todas las cosas harto breve, cuando es necesario medirla para enseñar o aprender, impone grandísimo cuidado. Medir lo infinito con lo finito y, lo que es más, comprenderlo; ¿no parece cosa inaccesible?

Así hay preceptor que se empeña en contraer el arte (al cual no le es posible producir la vida) y hace más largo el camino, más oscuro y difícil por la brevedad (pues hágome oscuro cuando me empeño en ser breve).

Hay otros que exponen difusamente, y hácense viejos en los primeros principios y nosotros con él. A éstos condenan los impacientes en el trabajo, los de agudo ingenio; porque inculcan con muchas palabras lo que ellos con pocas. En cambio, les alaban los morosos y rudos para quienes nada está jamás bastante explanado.

Y si alguno escribe con términos medios, es reprobado por todos, porque no es bastante breve y porque es más breve de lo justo. Pues el medio siempre es contrario a ambos extremos. Sólo es agradable a quienes también se gozan en el término medio, que suelen ser muy pocos y escogidos.

Hay quien habla castiza y hermosamente; hay quien de un modo áspero y rudo. Este escritor hurta los trabajos ajenos y los da como propios; repite aqueste íntegras sus páginas, olvidado de sí. Uno lo mezcla y lo confunde todo o lo deja como indiscutido e inédito. Tal otro es parlador y sofista; aquél, severo y grave; éste, agudo inventor de cosas nuevas; esotro, torpe repetidor de lo viejo.

¿Qué más diré? ¿Quién agradó nunca a todos? Ni aun la misma naturaleza. ¿Cuántos no se atrevieron a condenarla e increparla?

Tanta es la variedad de las cosas, que parece que la naturaleza juega en ellas y se regocija de nuestra confusión; que buscándola nosotros por aquí y por allí, teniéndola delante de los ojos, se burla y nos escarnece.

***

Y no sólo se advierte variedad en las cosas varias.

Un mismo hombre, ora quiere, ora rechaza; ya afirma una cosa, ya condena la misma; hoy profesa esto, de lo cual, si mañana le preguntas, no se acuerda ya ni quiere acordarse; en esta parte del globo florecen ahora las letras, y en el resto, hay omnímoda brutalidad; antes, aquí, lo eran todo las espadas; ahora no tienes otra cosa que libros... Hoy priva una opinión; Fulano es el doctor de moda: mañana será todo lo contrario...

***

Ejemplos de todas estas cosas verás si lees las historias; no obstante, traeré algún ejemplo singular.

¿Qué hubo más esplendoroso en letras que el antiguo Egipto y la antigua Grecia? ¿Qué más fértil en el culto de los dioses? ¿Dónde más ilustres varones, ya en cualesquiera ciencias, ya en las armas? Hogaño no hallarás allí museo ni ídolo ni varón insigne.

En Italia, en Francia, en España ni por sueño había entonces un doctor; lo eran todo Mercurio y Júpiter. Ahora siéntanse aquí las Musas, y habita Cristo entre nosotros.

Y en las Indias, ¿cuánta ignorancia no reinó hasta hoy? Ya, ahora, hácense poco a poco más religiosos, más agudos, más doctos que nosotros mismos.[9]

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¿Qué hará, pues, en tanta variedad de cosas el desdichado mozo? ¿A quién seguirá? ¿A quién creerá? ¿A éste?, ¿a aquél?, ¿a nadie?

Si se entrega a un solo maestro, hácese esclavo, no docto; defiende sus dogmas con cualquier razón y con cualquier injuria; hácese soldado que sigue a un capitán dondequiera que le lleve, para combatir por él; no se acuerda más de sí; perece con él.

De esta suerte nuestro joven y su ciencia perecen cuando se adhieren con pertinacia a un solo preceptor. Que no sin daño de la verdad puede uno jurar sobre las palabras del maestro.

Y si el estudiante cree igualmente a todos, o no cree a nadie, y pretende escoger de todos lo que mejor le parezca, ello es más libre, pero también más arduo, pues ¿qué juicio no necesita quien se empeña en dirimir pleitos de todos? Cada cual tiene en su favor razones y argumentos en apariencia inexpugnables, y no hay aquí sentencia posible sin riesgo de la verdad y del propio juez.

Así como en la guerra acontece que el arte y la astucia rinden a quien es superior en armas, en caballos y bríos, así el que busca la verdad y la defiende suele ser arrollado por el error, que es, no pocas veces, más agudo y sutil.

¡Cuántos, armados de su pérfida ciencia silogística, no tiñen de verdad el error y hacen que lo falso parezca verdadero y lo verdadero falso, hasta envolver en sus redes al más valeroso campeón! Y ¡cuántos, muy doctos, caen vencidos en la ingeniosa trampa de un silogismo falaz, más inermes aún que aquel ignorante que en presencia de un sofista charlatán, empeñado en persuadirle de que lo blanco es negro, respondió al sofista: Yo no entiendo tus razones porque no estudié como tú, pero por nada del mundo me harás creer que son iguales lo blanco y lo negro; arguye tú cuanto quisieres, que a mí me sobran para saber de colores estos dos ojos de mi cara!

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Recuerdo que, al iniciarme en la dialéctica cuando niño, fuí provocado muchas veces a disputa por los más viejos en edad y en estudio para probar mi ingenio; oprimido por engañosos silogismos, cuya falacia yo no conocía, llegaba a conceder lo que encubiertamente era falso, mas apenas advertía la falsedad manifiesta, sentíame atormentado en lo más hondo de mi corazón y ya no descansaba hasta buscar y comprender el defecto del cauteloso silogismo. ¿No hubiera sido harto mejor que el tiempo que perdía en estas sutilezas lo empleara en conocer alguna causa natural?

Porque en semejantes lides parece más docto el que charla mejor, el que construye con más ingenio un artificio con que vencer al contrincante y forzarlo a que conceda lo más absurdo y falaz. ¡A este sistema, el más pernicioso para el entendimiento y la lógica, llaman doctrina científica!

El propio Aristóteles, cuando escribió su aguda cavilatoria para librarse de los engaños del silogismo, intentó en vano curar con semejante tríaca los efectos de este veneno destructor; pues no hay posible medicina para un veneno tan fuerte.

¿Cuántos remedios, peores que la enfermedad, no se han inventado posteriormente? ¿cuántas otras falacias, cuántos volúmenes de suposiciones, de exponibles y reflexiones de todo jaez? Ya la Dialéctica es otra Circe que convierte en asnos a sus amantes...

A punto me vi, como ellos, de beber las aguas circeas, de embriagarme en sus traidoras linfas y rebuznar perpetuamente sus silogismos engañosos, en torno a esa puente de la Ciencia que bien merece llamarse la puente de los asnos. Valiéronme entonces mi natural indócil y los versos de Ulises para hurtarme al yugo de aquella hechicera dama y renegar de sus figuras y embelecos en la artificiosa puente de los silogismos.

¡Qué de tormentos sufren los amadores de tan áspera Circe! ¡Qué modos tienen de honrarla y defenderla, pugnando hogaño por mantener y apuntalar su vieja y desmoronada habitación! ¡Hasta qué punto se rebajan y pierden por amartelar y servir a su despótica Dueña!

Así Eneas, el héroe, totalmente ajenado de sí mismo y olvidado de Italia, adonde iba por el mandato de los dioses, vestido de lasciva clámide, envilecido y muelle, entregado por amorosa esclavitud a Dido, no atendía más que a ella, no curaba de otra cosa que de sus torpes embelesos; hasta que avisado por Mercurio, abiertos los ojos, avergonzado de sí mismo, conoció cuán miserablemente vivía, y, despojado al punto de la mujer, vistióse del hombre y con ello se hizo señor de gran parte del mundo, guiándole la virtud y acompañándole la fortuna. ¡Pluguiera al cielo que yo fuese Mercurio para nuestros Eneas cautivos, para que, abandonada la hechicera Dido, la Dialéctica engañadora, volviesen los bríos y la voluntad a la robusta Naturaleza, con lo que muchos se harían, por ventura, dueños y señores del orbe!

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Pero dirás acaso: ¿Qué? ¿Quieres que, como si fueras un dios, aceptemos por cosa confirmada sin razón y sin prueba, cuanto dijeres, y más en detrimento de cosas que están todavía muy firmes y como en altares en las casas de los doctos?

No pretendo tal: sólo aspiro a abrir los ojos y el entendimiento a la incauta juventud y desbrozar los caminos de la libre y ancha Naturaleza.

¿Qué hará, si no, el mozo mal experimentado que al asomarse al campo de la Ciencia sólo ve en él zarzas y ortigas, dificultades y estorbos? Pues enredarse en ellas como les sucedió antes, a su vez, a sus maestros y preceptores, y, a espaldas de la hermosa realidad, amontonar libros y libros, hacer perpetuos los sofismas y eternas las ignorancias...

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Pero supón a un estudiante de buena fe que apoyado en su solo juicio, luego de haber aprendido largo tiempo en las aulas y visto tanta diversidad de opiniones, quiere sentenciar por sí mismo. ¿En cuánto riesgo no se hallará? ¿Cómo encarecer las dificultades y peligros de considerar escrupulosamente y sin ayuda ajena todas las cosas puestas en pleito en las lides científicas?

De aquí nueva multitud de errores, de divergencias y disputas, de interpretaciones falsas, de retrocesos inútiles; de aquí el dar por flamantes novedades las cosas más añejas y sabidas, el oponer un dogma a otro dogma, el sentenciar contra los pareceres ajenos, más por ser ajenos que por ser erróneos, y, finalmente, el alejarse cada vez más de la directa inspección de los objetos en litigio.

¿Qué hacer, pues, si los viciosos métodos de enseñanza, los abusos de la autoridad, el ciego empeño de buscar la ciencia en los libros, la tentación de convertir la especulación intelectual en granjería, el triste espectáculo de las disputas ociosas, de las opiniones apasionadas y hostiles, no se remedian con el solo y libre juicio individual?

Conclusión. Los únicos criterios de la Ciencia:
el experimento y la crítica.

El que quiera saber algo no tiene más camino que contemplar las cosas en sí mismas.

Pero ¿ello es fácil? Nada tan penoso, nada tan ambiguo, nada tan lleno de confusión e incertidumbre.

Viste ya cuánta diversidad hay en las cosas, qué de mudanzas y vaivenes; cuánto de inaccesible y amargo para el que aspira a la Ciencia. ¿Qué no sucederá cuando pretendamos acercarnos a las cosas mismas?

Ni es posible, dados los límites en que se mueve el conocimiento humano, la contemplación directa de las cosas.

Con todo: hay dos medios subsidiarios que no suministran ciencia perfecta, pero que, en suma, algo perciben y algo enseñan: son la experiencia y el juicio. Pero no separados jamás, sino en íntimo enlace y unión, como demostraré en otro libro. Los experimentos son muchas veces falaces y siempre difíciles, y hasta cuando llegan a la perfección nunca nos muestran más que los accidentes extrínsecos, jamás las naturalezas de las cosas. El juicio recae sobre los resultados del experimento, y por consiguiente no traspasa los límites de lo exterior, y aun esto lo discierne de una manera incompleta, sin que sobre las causas pueda pasar de una probable conjetura. Se dirá que nada de esto es ciencia. Pues no hay otra.

Ni aun tales medios subsidiarios pueden ser perfectos en un joven. Pues, omitiendo las dificultades de toda experimentación para el hombre más apto y maduro, ¿qué experiencia puede tener el mozo de pocos años que empieza a cultivar las ciencias en el aula?

Necesario es haber vivido mucho y haber experimentado no pocas cosas para juzgar rectamente, y aun así, como decíamos al principio, pueden estar mal trabados y disconformes los años y las experiencias. De esta suerte, quien hoy opina esto, juzga mañana otra cosa y defiende ahora lo que condenaba ayer.

Nadie, antes de conocer el imán, el pez torpedo, el pez rémora, les hubiese atribuído las virtudes que tienen. Decíamos ha poco que toda atracción proviene del calor, de la sequedad, del miedo al vacío. ¿Qué decir ahora de la electricidad?

¿Habríase nunca imaginado que el veneno añadido al veneno lejos de matar al hombre le serviría de tríaca? Ciertamente que no, pues, por ventura, antes de experimentarlo afirmábase que lo que no hace uno lo hacen dos, a pesar de haber demostrado lo contrario la atroz consorte de Ausonio, que empeñada en matar a su marido lo más rápidamente posible, mezcló mercurio al veneno que le tenía preparado, con lo cual escapó Ausonio de la muerte.

¿Quién hubiese creído tampoco que la cicuta añadida al vino matase más prontamente, sobre todo a los temperamentos biliosos, y tantas otras cosas que la experiencia acredita en contra de lo que parece racional?

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Mucha experiencia, pues, hace al hombre docto y prudente. Así los varones más ancianos son más duchos por razón de la experiencia que tienen, y más a propósito que los jóvenes, para la gestión de los negocios públicos, si les asiste a la par un juicio agudo y sazonado.

Y para acrecentar ese tesoro de la experiencia, para conservarle al través de los siglos, imaginaron los hombres la escritura, merced a la cual todo lo que uno experimentó en su vida, lo aprenda otro después en breve espacio. De esta suerte, las generaciones, las experiencias, los hechos, las invenciones de cada época, se van eslabonando y acreciendo sin cesar, por lo que, gráficamente, cada generación que surge a la vida y a la ciencia se ha comparado a un niño jinete en el cuello de un gigante.

Utilísimo es para la ciencia y la vida ese caudal inmenso de experiencia acumulado siglo tras siglo en las bibliotecas del mundo. Pero (aun omitiendo que los libros, como todas las cosas humanas, no son perennes, pues los consumen la guerra, el fuego, la incuria, la novedad de otras opiniones y, finalmente, el tiempo y el olvido) sucede que la sugestión de esa riqueza nos ofusca. ¿Cuántos siglos necesitaríamos vivir para leer esas ingentes muchedumbres de libros? ¿Cuántos de ellos no mienten o disimulan la verdad? ¿Cuántos no se escribieron por el único móvil de granjear la gloria o mendigar opinión, cuando no por razones más miserables? ¿Cuántos, en todo caso, son del todo accesibles a nuestro entendimiento?

A fuerza de leer y releer, de poner en claro y en concierto nuestras lecturas, se nos pasan los años más preciosos; vivimos entre montañas de papel, sólo atentos a los hombres y a sus obras, de espaldas a la viva Naturaleza. Así, muchas veces, por el afán de saberlo todo, nos convertimos en necios...

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Mas supongamos que los libros no mienten, que exponen con entera verdad lo experimentado por sus autores. ¿Qué me aprovecha que otro haya experimentado esto o aquello, si yo no experimento lo mismo? Ello no engendrará en mí ciencia, sino fe. De aquí que el mayor número de los escritores modernos sean más fieles que sabios, pues beben de los libros lo que poseen sin experiencia ni juicio propios, sin otro fundamento que lo que hallaron escrito, sin otra novedad que lo que pueda deducirse de los supuestos tradicionales.

Dada esta condición, quien pretenda saber algo ha de estudiar perpetuamente, ha de leer todo lo que fué dicho por todos, y, en el caso mejor, comprobar a cada paso, hasta el final de la vida, las experiencias de las cosas con las experiencias de los libros. ¿Hay algo más triste y miserable que ese linaje de vida? Linaje de muerte le llamo yo.

Por bien constituído que imaginemos a un mozo sometido a régimen tan inhumano, por cabal que sea la salud de que goce, marchitaráse prontamente, y consumidas las fuerzas corporales en el estudio, afligido por numerosas y terribles dolencias, afectada la mente en su sede principal, el cerebro, morirá sin haber apenas gozado de la vida ni de la ciencia.

Pero aunque por excepción se vea libre de tales pesadumbres, no le faltará siquiera la oscura melancolía que acompaña a los excesos mentales. Y ¿cómo ha de juzgar un melancólico de todas las cosas, cuando para juzgar rectamente todo buen juez ha de carecer de toda afección?

Y aun suponiendo, que ya es suponer, horro y salvo a nuestro joven de todo achaque y tristeza, ¿sabrá por eso alguna cosa? Nada ciertamente.

Pues en él, como en las demás cosas de este mundo, hay continua mudanza. Y la principal de todas es la edad. ¿Cuánto no se diferencia el mozo del varón maduro y éste del anciano? ¿Qué diversidad no hay en ellos de principio, de medio y de fin? El que ahora joven juzga esto y lo cree verdadero, lo revoca y reprueba en la edad viril y torna acaso a defenderlo en el crepúsculo de su vida. En otros casos acaece lo contrario y nadie es, jamás, consecuente consigo mismo.

Ni hay quien editando hogaño un libro valeroso pueda decir que mañana no cantará la palinodia, ni quien, errando ayer, no confiese, si es probo, que se engañó entonces. Y los que, por ignorancia o amor propio, no hacen tal y defienden con pertinacia sus errores, causan un grave daño a la verdad, tanto mayor cuanto más agudos sean sus ingenios.

Tampoco hay nadie en el mundo que si, en vez de dar a las prensas aceleradamente sus obras, las guarda por muchos años, deje de corregirlas y enmendarlas uno y otro, aunque viviera cien. Y si eternamente viviera, eternamente andaría quitando aquí, mudando allí, rehaciendo acullá.

¿De dónde tanta innovación, tanta variedad e inconstancia?

Ciertamente, de la ignorancia humana. Pues, si supiéramos perfectamente lo que una vez escribimos, nada habría de mudarse luego.

¿En qué edad, pues, se juzga mejor? Dirás: en la ancianidad. Pero, más racional parece en el tiempo en que todo está en vigor; en la vejez, todo languidece y por eso se compara a la infancia; de donde la frase: Malditos los niños de cien años.

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Aparte estas mudanzas del cuerpo, impiden también el conocimiento de la verdad las afecciones del ánimo. Lo dijimos ya arriba. El amor, el odio, la envidia y lo demás que allí nombramos, se opone a que se juzgue bien.

Y ¿quién es tan equilibrado que no caiga en alguna de esas pasiones? Mas si de todas ellas se viere libre, ¿no caerá en el amor propio? Pues, ¿quién hay que no crea que dijo lo cierto, que halló el nudo de la dificultad y que entiende muy bien las cosas? Omitiendo, finalmente, que cada uno se estime más docto, más agudo, más perspicaz, más prudente, más sabio que los demás.

Nadie, dice el vulgo, es juez recto en causa propia. Y cada uno trata su causa cuando afirma algo de palabra o por escrito.

Nada, pues, sabemos.

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Pero, supongamos (cosa imposible) que carece nuestro juez de tales defectos. Aun así, no sabrá más en lo sucesivo, aunque se guíe por la común sentencia de que perpetuamente nos hacemos más doctos, pues sucede lo contrario a todos aquellos que se proponen conocer perfectamente las cosas.

Yo, antes que hubiese comenzado a considerarlas, parecíame que era más culto. Pues lo que había recibido de mis preceptores, lo tenía por sobradamente sabido y propio, estimando que el saber consiste en haber visto, oído y retenido muchas cosas.

Conforme a lo cual con revolver en el magín los conceptos ajenos parecíame que lo sabía todo, y cada día me aficionaba más a este linaje de ciencia.

Mas, tan luego como me convertí a las cosas, abandonada en un todo la fe primera (aquella fe con humos científicos), comencé a examinarlas, como si nadie hubiese dicho jamás cosa alguna; y cuanto más me parecía saber antes, otro tanto vi que ignoraba entonces, y a tal punto llegué que hoy me parece que nada sé ni espero que pueda saberse; cuanto más contemplo las cosas más dudo.

Pues ¿cómo no dudar, si no puedo percibir ni conocer las naturalezas de las cosas, fuentes de la verdadera ciencia?

Harto fácil es ver el imán; pero ¿qué es el imán en sí? ¿por qué atrae al hierro? Esto sería saber lo que es el imán si pudiéramos conocer las cosas. Con todo, los que se dicen sabios responden que la atracción se debe a una virtud oculta. Y a esto llaman saber, cuando verdaderamente es ignorar. Pues ¿qué diferencia hallaré entre quien me dice que no sabe por qué se hace una cosa y quien me afirma que se hace por una oculta y misteriosa propiedad?

Y si a la duda de la atracción del hierro se añaden estas otras que aunque tuvieren satisfactoria respuesta provocarían nuevas interrogaciones sin fin, ¿quién se resiste a la evidencia de nuestra ignorancia? ¿Cómo tocado el hierro por el imán, de aquella parte de la piedra que en su criadero miraba al Norte, se vuelve siempre al Septentrión, y huye del lado contrario, merced a lo cual rodeamos la tierra en pequeña nave y conocemos en medio del océano un punto cualquiera con infalible certidumbre? ¿Cómo el imán no sólo atrae a un solo anillo ni a una sola aguja, sino que difunde también la fuerza transmitida por agujas y anillos a otros muchos hasta suspenderlos todos en el aire? Y si, finalmente, se le unta con ajo, ¿por qué languidece y pierde la fuerza de atraer?

Este y otros innumerables ejemplos que podrían ponerse ¿no rinden los bríos de la razón al más docto y experimentado de los hombres?

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Así ¿qué hará nuestro juez, ese juez imaginario de las cosas, aunque viva cien años en ancha y cabal plenitud? Experimentar algunas de esas cosas; experimentarlas mal y juzgarlas peor. De ninguna de ellas sabrá en absoluto nada.

Pero aunque viese y estudiase muchas, no podría, sin embargo, examinarlas todas, que sería el único medio de aprender a conocerlas. A cada paso le asaltaría una duda: ¿habré experimentado bien? Y si consulta a otros diversos autores sobre los mismos objetos en examen, los hallará diversamente experimentados y traducidos: lo que uno dice que probó, asegura otro que es imposible; una experiencia contradice a otra experiencia.

¿Cómo, pues, juzgará rectamente de lo oscuro y recóndito, de lo que en modo alguno puede ser alcanzado por el sentido, quien no está cierto de las cosas que al sentido se nos presentan y que por él han de conocerse?

Y si, apartándonos de los doctos, nos arrimamos al vulgo, ¡cuánta variedad, cuánta discordia, qué de ignorancia y confusión!

Se me replicará que de los hombres rudos ha de esperarse menos que de los letrados. Mas ¿no se dice comúnmente: Voz del pueblo voz de Dios? Y en verdad que es difícil suponer que todo el pueblo se engañe y sólo el filósofo tenga razón, principalmente en las cosas que estriban más en la experiencia que en el juicio. En general ha de creerse al vulgo en lo que se refiera a la agricultura, navegación, arte mercantil y oficios mecánicos, según la profesión de cada cual, pues también es dicho común que más vale el ignorante en su oficio que el sabio en el ajeno.

Con todo, si se ha de escoger entre la opinión del pueblo y la opinión de los filósofos, se inclina el ánimo casi siempre a diputar por verdadero lo que el docto afirma. Y aunque parece racional que los que acierten sean pocos, también parece duro creer que se engañe tanta muchedumbre allí donde uno solo dice que dice la verdad.

Por otra parte, lo que es tenido y confirmado durante largo tiempo por muchos parece que tiene mayor certidumbre que una novedad enseñada por uno solo. Claro está que hay verdades que viven desconocidas luengos años, pero también hay verdades harto conocidas que al cabo se hunden en el descrédito.

¿Qué decir de tu opinión nueva, filósofo novel, que luchas contra el vulgo? ¿Es una verdad desconocida que ha de triunfar o es en el fondo una antigualla que debe morir? Si dices lo primero, tú y yo lo ignoramos. Y si respondes que tu opinión es una verdad añeja y autorizada (por aquello de que nada se dice que antes no se haya dicho) y me pruebas que ya otros hombres afirmaron antaño igual que tú, exactamente lo mismo puede afirmar y probar el que defiende un error, pues no hubo nunca opinión, por necia que fuere, que no hallase en el mundo seguidores.

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Todo esto pugna, al cabo, contra mí al querer probar que nada se sabe, cuando hoy todo el mundo opina de diversa suerte. Pero, no obstante, algo hay a mi favor en el fondo de ese optimismo universal. ¿No dicen que la ciencia, para merecer tal nombre, ha de ser cierta, infalible y perenne? Pues ¿qué juzgará de la certidumbre, infalibilidad y permanencia del conocimiento científico el miserable anciano, por muy experimentado que fuere, al cerrar las últimas páginas del libro de su vida?