II

En fin, a vuestras manos he venido,

do sé que he de morir tan apretado,

que aun aliviar con quejas mi cuidado,

como remedio, me es ya defendido.

Mi vida no sé en qué se ha sostenido,5

si no es en haber sido yo guardado

para que solo en mí fuese probado

cuánto corta un espada en un rendido.[336]

Mis lágrimas han sido derramadas

donde la sequedad y la aspereza10

dieron mal fruto dellas y mi suerte.

Basten las que por vos tengo lloradas.

No os venguéis más de mí con mi flaqueza;

allá os vengad, señora, con mi muerte.