INTRODUCCIÓN

Garcilaso de la Vega nació en Toledo, año de 1503; fue hijo segundo de D. García[1], notable político de la Corte católica, y de D.ª Sancha de Guzmán, señora de Batres; hubo en su estirpe escritores, artistas, santos y guerreros, desde D. Pedro Laso, almirante del Rey Alfonso el Sabio, hasta su hermano el mayorazgo, llamado también D. Pedro Laso, corregidor de Toledo y capitán del partido rebelde al comienzo de las Comunidades, cuando estas defendían sinceramente los fueros castellanos[2].

Siendo Garcilaso mozo de pocos años quedó huérfano de padre; pasó en Toledo su primera juventud[3], y cuando fue de edad para servir al César, recibiole este en la noble guardia de su persona.

«En el hábito del cuerpo tuvo justa proporción, porque fue más grande que mediano, respondiendo los lineamentos y compostura a la grandeza; la trabazón de los miembros igual, el rostro apacible con gravedad, la frente dilatada con majestad, los ojos vivísimos con sosiego, y todo el talle tal, que aun los que no le conocían, viéndole le juzgaran por hombre principal y esforzado, porque resultaba de él una hermosura verdaderamente viril[4]

Fue un perfecto cortesano; hablaba el griego, el latín, el toscano y el francés; manejaba las armas con gentileza; tañía el arpa y la vihuela con rara habilidad, y en las fiestas galantes, con Boscán, Acuña, Mendoza y Villalobos, triunfaba por su ingenio y su donaire; llevole a la corte de Francisco I una airosa embajada de la Emperatriz; en la deleitosa Nápoles, predilecto del virrey D. Pedro de Toledo, sirvió al Estado en cargos de privanza; y en cortejos y amoríos, como poeta y caballero, rindió su tributo a las costumbres de su tiempo; dos amores, en distintas fechas, pasaron por sus versos con singular fragancia de sinceridad: el de Galatea o Elisa, la musa campesina de sus églogas, muerta en la juventud[5], y el de cierta dama napolitana, sirena misteriosa, musa gentil de sus sonetos[6]; en 1526, acaso demasiado joven, fue desposado con doña Elena de Zúñiga, señora muy principal, hija de D. Íñigo, el maestresala de la Reina D.ª Isabel; en 1532, por su complicidad en el desposorio de un sobrino suyo con D.ª Isabel de la Cueva, sobrina del Duque de Alburquerque, desobedeciendo la voluntad de los Reyes, estuvo algunos meses desterrado en una isla del Danubio[7].

Garcilaso, soldado, fue espejo de valientes; afecto al César por educación y gratitud, se batió contra los comuneros en Olías[8]; formó en la expedición de los sanjuanistas en defensa de la malograda isla de Rodas, 1522[9]; peleó contra los franceses en Fuenterrabía, 1523, y contra los florentinos en Italia, 1530; tomó parte, acaso, en el socorro de Viena, amenazada por Solimán el Magnífico, 1532, y luchó contra Barbarroja en la caballeresca empresa de Túnez; varias veces fue herido, y las más de ellas en el rostro; osado hasta la temeridad, se halló en trances de muerte, y en un siglo de héroes, la fama de su valor sobresalió hasta lo legendario[10]. En 1536, día 23 de setiembre, pasando las tropas imperiales frente a la torre de Muey, a cuatro millas de Frejus, en la Provenza, unos cuantos arcabuceros, con piedras y venablos, molestaron a los soldados desde los muros; en ellos abrió brecha la artillería, y como el Emperador se extrañase de que sus peones retardaran el asalto, picose más que nadie Garcilaso, maestre de campo de la gente que al caso estaba más obligada, y sin casco ni coraza, solo con rodela y espada, arremetió escala arriba temerariamente; despeñaron de lo alto una gran piedra que, alcanzándole en la cabeza, le hizo caer de espaldas en el foso con herida mortal; irritados sus soldados, escalaron la torre, y el Emperador, sañoso, mandó demolerla hasta los cimientos y ahorcar a sus defensores, «rigor desacostumbrado en el ánimo benigno de tan gran Príncipe, que nos muestra bien el exceso de dolor y rabia con que destrozó su alma tan trágico suceso»[11]; llevado el herido a los reales de Niza, acabó sus días en 14 de octubre, a los treinta y tres años de edad[12].

Perdiose el poeta Garcilaso antes de manifestar plenamente el fruto de su virtud; la guerra y la política ocuparon su actividad; gastó su vagar en ejercicios cortesanos, y solo por deleite, por homenaje de amistad, por discreteo galante o por desahogo de su corazón dio a las letras, en cortas ocasiones, el regalo de sus versos. Era en su tiempo el humanismo gala de la nobleza, privaban los poetas entre las gentes de calidad, y los príncipes y los magnates estudiaban las obras de los clásicos.

No publicó él sus versos ni acaso se cuidó de conservarlos; olvidados quedaron los que escribió en toscano y en latín[13], y de los castellanos, solo han llegado hasta nosotros los que la diligencia de Boscán, su entrañable amigo, logró reunir; estos fueron tres églogas, dos elegías, una epístola, cinco canciones y varios sonetos[14], los cuales, dados a la imprenta en 1543 por D.ª Ana Girón de Rebolledo, viuda de Boscán, juntamente con los de su marido[15], fueron reeditados en aquel mismo siglo hasta veinticuatro o veinticinco veces.

La métrica italiana, apenas importada por Boscán, halló en Garcilaso un feliz defensor; si erró su gusto en la rima al mezzo, acertó en el terceto y en la octava rima; del verso suelto solo dejó un breve ensayo; dio del soneto y de la estancia lírica ejemplos acabados, y de su dulce lira tanto supo pulir la perfección, que el mismo fray Luis no pudo aventajarle; por su destreza técnica y su intuición poética, aventajando extraordinariamente a sus compañeros Acuña, Mendoza y Boscán, primeros adalides del verso endecasílabo, aseguró en España, con triunfo prodigioso, el estilo toscano[16].

Con las nuevas formas métricas recibimos de Italia abundantes materiales de su Parnaso; «nuestros poetas se apropiaron, como bienes mostrencos las ideas que —en aquellas formas— habían vertido los italianos, y estos y los clásicos antiguos de Grecia y Roma abastecieron a la Musa ibérica, de tal modo, que en los unos y en los otros pueden buscarse, casi siempre con fruto, durante los dos últimos tercios del siglo XVI y una buena parte del XVII, las fuentes de nuestro vasto caudal de asuntos y pensamientos poéticos. Todos imitaban, todos traducían; trajímonos con los moldes la masa echada en ellos, y nuestro Parnaso perdió en originalidad genuínamente española cuanto ganó en brillantes atavíos, en amplitud de formas y en riqueza y variedad de modos de expresión[17]

Los modelos preferentemente seguidos por Garcilaso fueron Sannazaro en las églogas, y en las canciones y sonetos, el Petrarca; el Brocense y Herrera, grandes eruditos, pusieron tal cuidado en descubrir sus imitaciones, que apenas le dejaron idea original; fueron en gran parte justificadas las protestas que esto ocasionó. Hallose Garcilaso en el principio de una edad naciente, rota la vieja tradición poética, transformada la vida nacional y encendido el espíritu en nuevas ideas con el hervor de las humanidades; no fue pequeña empresa en tales circunstancias adaptar su sentir al gusto clásico, sacar de la Edad Media al habla castellana dándole la dulzura y flexibilidad que faltaba a su bizarría, y sin hacer de las letras profesión —entre las armas del sangriento Marte—, tomando ora la espada, ora la pluma[18], echar los fundamentos de la lírica moderna. Media en la historia de nuestra poesía, un paso de gigante entre Garcilaso y el más moderno de sus predecesores.

Si en sus obras falta, realmente, originalidad, castellanía, espíritu de raza, en fin, alma española, las andanzas de su vida, el provecho de sus pocos años, su obra mal conservada y su temprana muerte le disculpan.

Es su estilo suave y armonioso, dotado de elegancia y humildad en admirable ligamento; «las sentencias son agudas, deleitosas y graves; las palabras, propias y bien sonantes; los modos de decir, escogidos y cortesanos; los números, aunque generosos y llenos, son blandos y regalados; el arreo de toda la oración está retocado de lumbres y matices que despiden un resplandor antes nunca visto; los versos son tersos y fáciles, todos ilustrados de claridad y ternura, virtudes muy loadas en los poetas de su género»[19]; el castellano ha conservado fielmente todos sus giros y modismos; después de cuatro siglos de existencia, su lenguaje aún mantiene lozanía y juventud.

Por natural predilección de su temperamento fue más afortunado en la llaneza de las églogas que en el petrarquismo de los sonetos. Admiraban las gentes la bondad de su trato, el agrado de sus palabras y la singular simpatía con que ganaba los corazones; enemigo de vituperio, detúvose de sí mismo sorprendido, si alguna vez a sátira se fue su paso a paso[20]; sentía la paz del campo, la majestad de la naturaleza, el encanto del agua y de los árboles, del cielo y de la luz; envidiaba a Boscán en su vida burguesa y sosegada[21], y en más de una ocasión, deseando, sin duda, apartarse de la milicia y de la Corte, solicitó servicios provincianos; soldado del gran César, no se inspiró su musa, al parecer, ni en los triunfos de las armas ni en el esplendor imperial.

Nótase en el fondo de sus versos cierto amargor de vida malograda, cierta inquietud y descontentamiento de una no realizada aspiración; sentíase corrido y salteado de generosa vergüenza ante la flaqueza de su voluntad ([Canción IV, 53]); lamentaba el errado proceso de sus años ([Soneto VI]), y maldecía las horas y momentos —gastados mal en libres pensamientos— ([Canción IV, 119]). Diez años fue casado, y de ellos más de seis anduvo lejos de su hogar; pródigo de su pluma con amigos y parientes[22], el nombre de su esposa D.ª Elena, en el desconsuelo de su soledad, no tuvo entre sus versos, que se sepa, ni una dedicatoria ni un recuerdo; y en tanto Elisa —D.ª Isabel Freyre—, cuyos cabellos de oro tejieron la red en que el poeta vio enredada y revuelta su razón ([Canción IV, 101]), fue númen inspirador de sus composiciones más sentidas; Elisa, Galatea y acaso Camila, fueron D.ª Isabel, como Salicio y Nemoroso, y acaso Albanio, fueron, en suma, Garcilaso[23]; lícitas eran, ciertamente, en aquellos tiempos del amor perfecto, galanterías que hoy condenan nuestras costumbres, pero ello no fue obstáculo para que el mismo traductor de El Cortesano, el buen Boscán, cantara las delicias de la vida doméstica y las bondades de su propia mujer[24]. Si drama hubo secreto en la conciencia del poeta, y hay medio de poderlo descubrir, no faltará quien pronto nos lo diga; sea, entre tanto, permitida la indiscreción de estos aventurados pormenores, contra la injusticia de los que han culpado a Garcilaso de vano, artificioso y falto de interés en la expresión de sus sentimientos.

Llamáronle sus contemporáneos príncipe de los poetas castellanos; cien ingenios lamentaron su muerte en canciones de duelo; sus imitadores y partidarios fueron denominados garcilasistas por Cervantes; Lope, en muchos pasajes, le tuvo en la memoria; Sebastián de Córdoba, viendo cuán común y manual andaba su libro entre las gentes, pretendió mejorar su doctrina vertiéndolo a lo divino[25]; por el mismo camino, D. Juan de Andosilla Larramendi salió con su Cristo Nuestro Señor en la Cruz, hallado en los versos de Garcilaso, y el sabio Sánchez de las Brozas, el divino Herrera y el culto Tamayo de Vargas pusiéronle con sus comentarios en la consideración de un autor clásico; estas son pruebas fehacientes de la popularidad que en todos tiempos disfrutó Garcilaso.

El texto de la presente edición se ajusta exactamente al que Fernando de Herrera dio en sus Anotaciones; Clásicos Castellanos prefieren reproducir este texto famoso, indiscutiblemente útil para el estudio de las letras, en vez de lanzarse a una edición nueva, semi-erudita, que, sin responder de lleno a las exigencias de la crítica filológica, pudiera resultar indigesta e ineficaz en su misión vulgarizadora.

Herrera usó en su libro aquella escrupulosa ortografía, por él ideada, que apenas tuvo partidarios sino en Sevilla, entre sus familiares[26]; de ella respeta esta edición todo lo que puede tener valor fonético, como en la Égloga I, [dino 34], [vitoria 35], [entristesco 254], [mesquina 368], [inesorable 377], [comovida 383], en la Égloga II, [acidente 131], [eleción 166], [mesclado 252], [noturna 297], [nétar 1298], etc.; pero se ha modernizado aquello que solo afecta a la escritura, como en la Égloga I [apressura 18], [iedra 38], [avezina 83], [immortales 395], y se ha repuesto la vocal, prescindiendo del apóstrofo, en formas como nombre ’n todo ([Égloga I, 8]); [qu’ apressura 18], [qu’ en vano 20], al’ otra ([Elegía II, 20]), etc.

Entre nuestras notas ha sido recogido de los libros del Brocense, Herrera, Tamayo y Azara todo cuanto ha parecido adaptable al carácter de Clásicos Castellanos, omitiendo, por tanto, muchas citas sobre concordancias e imitaciones, que son asunto para tratarlo detenidamente en un trabajo de pura erudición.

Tomás Navarro Tomás.