XXXVI

A la entrada de un valle, en un desierto,

do nadie atravesaba ni se vía,

vi que con estrañeza un can hacía

estremos de dolor con desconcierto;

ahora suelta el llanto al cielo abierto,5

ora va rastreando por la vía;

camina, vuelve, para, y todavía

quedaba desmayado como muerto.

Y fue que se apartó de su presencia

su amo, y no le hallaba, y esto siente:10

mirad hasta dó llega el mal de ausencia.

Moviome a compasión ver su acidente;

díjele lastimado: «Ten paciencia,

que yo alcanzo razón, y estoy ausente.»[391]