III

El aliado de Marenval, por su parte, no había permanecido ocioso. En cuanto volvió de su viaje al rededor del mundo se ocupó en los cuidados de su nueva instalación. Un hombre rico, bien emparentado y miembro de los principales círculos, no puede instalarse como un extranjero que viene á pasar seis meses en París. Tuvo, pues, que buscar una casa, disponerla á su gusto, amueblarla, comprar caballos y ajustar servidumbre. Durante unas semanas Tragomer vivió como en campaña, ocupándose de esos menesteres, comiendo en el círculo y viendo tan sólo á sus parientes y á algunos amigos íntimos. La comida en que había encontrado á Marenval era la primera de ese género á que asistía. Le había llevado Maugirón y Tragomer no sospechaba las consecuencias que iba á tener aquella fiesta á la que concurría sin propósito alguno.

Pero el noble bretón, reflexivo, tranquilo y tenaz, desde el momento en que cerró su convenio con Marenval no tuvo más que un pensamiento: conseguir lo que se habían propuesto. Desde el día siguiente se puso en campaña. Hacía dos años que tenía casi olvidado á Sorege, pues su intimidad con él cesó naturalmente en cuanto la condena de Freneuse hizo desaparecer el lazo que les unía. Había visto al conde muy afectado, en apariencia, por la desgracia del amigo común y le había oído deplorar las locuras que le habían conducido á tal catástrofe y defenderle con generoso ardor contra las censuras de los indiferentes. Poco tiempo después emprendió su viaje y no sabía qué había sido de Sorege.

Cuando se encontraban en el círculo, se saludaban y cada uno se iba por su lado. Entre aquellos dos hombres que durante años habían vivido juntos y que se tuteaban, existía una frialdad glacial y parecía que hasta les costaba trabajo saludarse, como si se odiaran. Tragomer, sin embargo, no experimentaba sentimientos hostiles hacia Sorege. Aun en el tiempo en que eran camaradas, no le había querido. La naturaleza franca y viva del uno no concordaba bien con el temperamento frío y calculador del otro. Sorege había sido siempre reservado con Tragomer y cuando éste se lo hacía observar á su amigo común, Jacobo respondía:

"Déjale. Hay que tomar á Juan como es; no conseguiremos cambiarle. Es un diplomático; jamás dice lo que piensa."

Precisamente la certidumbre de que Sorege no hablaba nunca con franqueza era lo que alejaba de él á Tragomer, el cual decía con frecuencia á Freneuse cuando éste le acusaba de su alejamiento:

—¡Qué quieres! ¡No lo puedo remediar! No me gusta nada ese joven.
Cuando estoy al lado suyo me parece que tiene puesta una careta.

—Entonces, es un gran compañero para ir al baile de la Ópera, replicaba alegremente Jacobo que, con su carácter turbulento, no tenía tiempo de estudiar á sus compañeros de locuras.

Fuera de esto, no se podía menos de hacer justicia á Sorege, y Tragomer no podía negar que el amigo de Jacobo era un hombre perfectamente educado, instruído, elegante y de cara agradable, muy valiente, según había probado en diversas ocasiones, y de excelente consejo cuando se le consultaba un asunto difícil. Frisaba en los treinta años, era de estatura mediana, cabello castaño, barba cortada en punta y algo clara, bigote retorcido y ojos muy cubiertos con los párpados, lo que daba á su fisonomía un aspecto de firmeza. Cuando estaba callado y su mirada velada se deslizaba imperceptible á través de las pestañas, era imposible adivinar lo que pensaba.

Tragomer le encontró tal como le había dejado, con el mismo aspecto frío y seguro y el mismo modo de hablar preciso y reservado, y trató de buscar quién le diese noticias acerca de su hombre, sin despertar la curiosidad ni provocar una indiscreción. Para ello le pareció que el indicado era Maugirón, una de esas gacetillas parisienses que se meten en todas partes, que todo lo conocen y que adivinan lo que no saben.

Era Maugirón un amigo de la infancia, con el que no había para qué gastar cumplimientos, y Tragomer, seguro de una acogida entusiasta, se puso en camino á eso de las once y media y desde su casa, calle de Rembrandt, bajó á pie hasta el boulevard Malesherbes, donde, casi esquina á la plaza de la Magdalena, vivía Maugirón. Este joven vividor tenía como principio invariable el almorzar siempre en casa.

"Si queréis, decía, conservar el estómago, aun haciendo los más continuos excesos en el comer, almorzad en casa todas la mañanas: almorzaréis medianamente, pero eso os salvará."

Aunque resuelto á no infringir nunca esta regla, Maugirón no llevaba su cordura hasta imponerse la obligación de almorzar solo, y como todos sus amigos estaban seguros de encontrarle en casa á las doce, rara vez callaba su campanilla y casi todos los días alguna voz de hombre ó de mujer decía alegremente:

"Maugirón, un cubierto; vengo á almorzar medianamente contigo."

Entonces el sabio higienista hacía subir de la cueva los mejores vinos y, así como por casualidad, tenía siempre delicados y suculentos platos que ofrecer á su convidado ó convidada. Esto era lo que él llamaba conservarse el estómago.

Aquella mañana había gran fiesta, como dijo Marieta de Fontenoy cuando al entrar con Lorenza Margillier vió á Tragomer que estaba fumando un cigarrillo en el cuarto de Maugirón.

—¿Dónde está el dueño de la casa? dijo Lorenza echando descuidadamente el sombrero en un sofá y besando amablemente á Tragomer.

—Está poniéndose guapo. Y bien, Marieta, ¿no me dice usted nada?
Observo que su amiga de usted ha estado conmigo mucho más expansiva…

—Mi amiga es de la casa y debe hacer los honores. Por lo demás, mi querido Cristián, si no hace falta más que un beso para contentar á usted, no ha de quedar por tan poco. Y echó los brazos al cuello del bretón. En seguida dijo, volviéndose con ligereza:

—¡Qué hambre da esta carne de hombre!

—Entonces, queridas amigas, á la mesa, exclamó Maugirón levantando una cortina. Los huevos revueltos con trufas acaban de aparecer; no les hagamos esperar. Ya nos diremos cumplimientos mientras comemos.

Pasaron al comedor, en el que se revelaba el lujo bien entendido del hombre que sabe vivir, por los brillantes accesorios de fino cristal, hermosa porcelana y rica argentería.

—Buenos días, cielito mío, dijo Lorenza. ¿Has dormido bien después de la agitación de anoche? ¡Cuidado que te pusistes chispo, maridito, después de comer!

—¿Yo? dijo Maugirón, yo estaba fresco como una lechuga. El que estaba un poco… tocado era Tragomer. ¡Qué cosas nos contó, ese monstruo!

—Si, hablemos de lo que nos contó… Hizo sus confidencias á Marenval.
Á nosotros nos puso en la puerta.

—Peor para él. Nosotras acabamos de pasar la noche en la Olimpia. Aquello es delicioso. La Rustigieri canta con los pies y baila con la garganta. ¡Y viva Italia! ¡Lo que nos reímos!…

—Me gustó más la Loïe Fuller.

—¡Oh! no; hace daño á la vista.

Se produjo un momento de silencio mientras los convidados probaban un château Iquem que Maugirón les había recomendado y que parecía obtener los sufragios de todos. Tragomer, que ordinariamente no bebía más que agua, dijo al dueño de la casa:

—En efecto, tu vinillo es bastante bueno… Oye, ayer encontré á
Sorege y me pareció muy serio. ¿Le ha ocurrido alguna desgracia?

—La peor de todas, amigo mío. ¡Se casa! Hubo una exclamación general.

—¡Oh! Es muy cursi burlarse del matrimonio… Maugirón, tu degeneras.

—El matrimonio, dijo Marieta, es una institución que se debe conservar como oro en paño. Primero, porque sin él habría una cantidad enorme de solteros. Después, porque los nobles arruinados no sabrían cómo reponerse. Y por fin, porque las señoritas norteamericanas, perderían aquí un importante mercado…

—¡Esta Marieta es asombrosa! ¿Por qué no escribes en la Vida
Parisiense
?

—Por no oscurecer á los redactores.

—¡De modo que Sorege se casa? continuó Tragomer, que no quería que se extraviase la conversación.

—Eso se dice por ahí, hace algún tiempo.

—¿Y con quién?

—Con una de esas americanas que preocupan á Marieta, no sin razón. Con miss Lydia Harvey, de Minneapolis. El padre es un gran ganadero que ha hecho una inmensa fortuna y sus hijos siguen el negocio.

—Pero Sam Harvey vive en París. Es el que ha hecho edificar ese hermoso hotel en la avenida del Bosque de Boloña.

—Bien puede pagarlo. Los periódicos norteamericanos hablan de su fortuna como de una de las más importantes del país.

—¿Qué tal es la muchacha?

—Pequeña, flaca, morenucha. Hay en ella sangre mejicana. Se dice que su madre era una mestiza con la que Harvey se casó después de tener con ella cuatro hijos. Se ha quedado en Minneapolis. La hija es una excéntrica que dará mucho que hacer al frío Sorege.

—¿Cuándo se ha decidido ese matrimonio?

—¡Oh! Hace mucho tiempo que se entablaron las negociaciones, que han sido eternas. Hace más de seis meses que Juan está rondando á esa morenilla, pero parece difícil de atrapar. Ha sido preciso el viaje á América para poner las cosas en su punto.

—¿Qué viaje á América?

—Harvey llevó á Sorege á sus propiedades el verano último. Le dijo:
Venga usted á ver mis bueyes; y Juan tomó el vapor con la muchacha.

—¡El viaje á Citerea, vamos!

Tragomer no llevó más adelante sus investigaciones. Sabía ya lo más importante; el hecho capital estaba probado. En el momento en que creyó reconocer la voz de Sorege en el cuarto de Jenny Hawkins, en San Francisco, el conde estaba en América, lo que hacía verosímil su presencia en el teatro y afirmaba con fuerza todas las consecuencias que de ella se deducían. Sus sospechas no eran ya queméricas, sino que se fundaban en un hecho real. Sorege estaba en América, luego no había coartada posible. No importaba que América fuese muy grande; para Tragomer, bastaba que Sorege hubiese atravesado el Océano, para que su presencia en San Francisco fuese indiscutible. No había otro francés que hubiese podido pronunciar su nombre en tales circunstancias.

Pero aquí se detenían las deducciones de Cristián. De que Sorege hubiera pasado por San Francisco en la misma época que él y de que estuviera en el cuarto de Jenny no se deducía que fuese un criminal. Y, sin embargo, si Jenny Hawkins era Lea Peralli… Al llegar á este punto, Tragomer se encontraba ante un oscuro abismo que en vano intentaba sondar. Adivinaba la profundidad de la sima y los horrores que ocultaba, pero no podía romper las tinieblas de que estaba llena.

Entonces pensó que su empeño era cuestión de tiempo. "No puedo pretender," se decía, "resolver de golpe un problema tan arduo y tan complicado y que han estudiado ya de buena fe jueces competentes y sabios, sin encontrar la solución. Si Sorege es culpable, si es cómplice, si solamente conoce la verdad y la encubre tan infamemente, es que tiene un grave interés en hacerlo así, y siendo tan dueño de si mismo y hábil y calculador por excelencia, ha debido tomar todas las precauciones para ponerse á salvo de una sorpresa. Pero él ha estado en América, ha pasado por San Francisco y atribuía gran importancia á no ser visto por mí y más, acaso, á no ser visto en compañía de Jenny Hawkins. Esa mujer es, pues, quien tiene la clave del secreto." Los convidados interrumpieron estas meditaciones.

—¡Qué! El matrimonio de Sorege te infunde esa melancolía… Estás hecho un simple.

—Querido Cristián, no hemos querido causarte pena.

—¿Tanto quieres á Sorege?

—Pues no es un muchacho muy simpático.

—¡Es guapo!

—Pero tan frío…

Tragomer preguntó:

—¿Le habéis conocido queridas?

—¡Oh! No es hombre de amar á una de nosotras, dijo Lorenza. Ha debido buscar relaciones discretas y económicas. Me ha hecho siempre el efecto de un zorro consumado.

—¡Como que las mujeres de la buena sociedad no cuestan tan caras como nosotras! exclamó Marieta. Pregunta á Maugirón cuánto ha pagado en casa de Doucet y en casa de Worth cuando le honraba con sus favores la hermosa señora de…

—¡Nada de nombres propios! interrumpió Maugirón.

—¡Bah! como si no lo supiera todo París… Por mucho que te ocultabas, mi pobre amigo, no engañabas á nadie y menos al marido. Tú mismo me has confesado, tú, tú mismo, que esa señora te saqueaba de tal modo, que te habías arreglado conmigo para hacer economías.

—¡Á tu salud, Lorenza! Tú eres una mujercita que no compromete…

—¡Oye, grosero!

—Desde el punto de vista del dinero, se entiende, porque en cuanto al corazón…

Se levantaron de la mesa y pasaron al salón, donde Tragomer, viendo que eran las dos de la tarde, se despidió á fin de volver á su casa á esperar á Marenval. Se habían dado cita para cambiar noticias después de sus respectivas averiguaciones. Tragomer estaba acabando de vestirse para ir á comer al círculo, cuando Marenval, que salía de casa de la señora de Freneuse, llegó á la calle de Rembrandt. El industrial tenía un aire grave y casi solemne.

—Ha sido usted exacto, dijo Cristián. ¿La voluntad no ha flaqueado desde ayer? ¿Esta usted decidido á marchar adelante?

—¡Más que nunca! Lo que he oído en casa de la señorita de Freneuse no es para desanimarme. La paciencia y el valor de esas dos mujeres, amigo mío, son admirables. ¡Ellas tampoco dudan! ¡Ah! ¡Qué alegría les ha causado mi intervención! Se puede decir que han sido tan cruelmente abandonadas por todo el mundo…

Tragomer hizo un ademán de protesta.

—¡Oh! No lo digo por usted, amigo mío, dijo en tono bondadoso Marenval, sino por mí mismo. Sé que usted ha sido alejado por la señorita de Freneuse, mientras que yo me alejé voluntariamente y no estuvo nada bien lo que hice. Un caballero hubiera obrado de otro modo, pero yo no era en ese caso un caballero, sino un millonario mal desvastado aún de su comercio y que temía perder sus nuevas relaciones. Me arrepiento de mi conducta y quiero repararla… ¡Por vida de!… y lo lograré, gracias al concurso de usted. Después veremos si alguien se atreve á vituperarme.

Cristián escuchaba á Marenval con visible impaciencia deseando hacerle una pregunta.

—¿Ha hablado de mí la señorita de Freneuse?

—Sí.

—¿En qué términos?

—Escuche usted, Tragomer; no estamos aquí para decirnos cumplimientos, ¿verdad? Pues bien, María es severa para con usted. He aquí lo que ha respondido textualmente cuando yo les aseguré el afecto y la adhesión de usted: "Nos ha abandonado á mi madre y á mí; yo le he borrado de mi recuerdo como él nos borró de su corazón."

Cristián bajó la cabeza con tristeza.

Acaso tiene derecho para tratarme tan duramente, dijo, pero le falta indulgencia. En el paroxismo del dolor, se negó á ver hasta á los que querían permanecer fieles y facilitó así el abandono. Á su lado no hubiera yo sido tan débil; su deseo de resistir á la mala fortuna me hubiera dado energía. Nos hubiéramos animado mutuamente. Pero su pena altanera juzgó en definitiva á los que no se declararon abiertamente en favor de su hermano. Yo no tuve ese hermoso desprecio del qué dirán, lo confieso humildemente, pero si María quiere reflexionar, comprenderá cuántas circunstancias atenuantes militan en mi favor.

—Su madre defiende á usted y lo disculpa… ¡Es horroroso! Esa pobre mujer confiesa, ella misma, que aun estando convencida de la inocencia de su hijo, se ve en la imposibilidad de probarla. ¿Cómo, entonces, no perdonar á los extraños un poco de vacilación, sobre todo cuando se ofrecen á reparar su falta?

Cristián movió dolorosamente la cabeza y cambió de conversación.

—¿De modo que en la casa nadie ha cambiado de convicción?

—Están más firmes que nunca. Solamente que no saben nada acerca de nuestro hombre, ó saben tan poco que no vale la pena de hablar de ello. Impresiones morales, nada más. Lo que equivale á decir que vuelvo de vacío.

Yo tengo más noticias. He sabido que Sorege se va á casar con miss Lydia
Harvey y que ha estado en América.

—He aquí por qué desapareció durante seis meses. ¡Miren el disimulado! ¿Y se casa con la chica de Harvey? ¡Bonita fortuna! El padre no se deja ahorcar, ciertamente, por veinte millones de dollars. Pero tiene, lo menos, seis hijos y los varones son siempre mejorados en América. Sin embargo, es un buen capital. Pero ¿cómo concilia usted los proyectos matrimoniales de ese mozo y sus relaciones can Jenny Hawkins?

—No los concilio; pongo en presencia los hechos para estudiarlos. Unas relaciones con Jenny Hawkins no excluyen un proyecto de boda con Miss Harvey; al contrario. Si la querida ambiciona el dinero, debe animar á Sorege á casarse con una mujer rica. Además, el matrimonio sería un medio de ocultar lo que puedan tener de peligrosas las relaciones de Sorege con la cantante, y es muy admisible que Jenny favorezca ese proyecto, sobre todo si quiere conservar su amante. Por fin, si Sorege tiene el proyecto de expatriarse y marcharse á vivir en Nueva York, para defenderse contra toda investigación, esa boda se explicará perfectamente.

—Todo eso es razonable, dijo Marenval. Lo indispensable sería saber exactamente quién es esa Jenny Hawkins.

—Solamente Sorege podría decírnoslo y él se guardará bien de hacerlo. Á no ser que…

—¿Y bien?…

—Á no ser que nos lo diga Jacobo de Freneuse.

Marenval hizo oir una especie de silbido que le servía habitualmente para expresar sus dudas.

—Sí, pero, vaya usted á buscarle. ¡Está lejos!

—¡Bah! dijo Tragomer; veinte días de travesía en un barco que ande regularmente.

Marenval hizo un movimiento de asombro.

—¡Qué! ¿Piensa usted ir á la Nueva Caledonia?

El bretón miró tranquilamente á Cipriano.

—¿Por qué no, si fuera preciso?

El antiguo comerciante dirigió una mirada de terror á su asociado y pensó: "¡Dios mío, en qué berenjenal me he metido! Este hombre es terrible y no retrocederá por nada. Habla de ir á la Numea como de tomar el tren para Marsella. Se planta en los antípodas con una facilidad increíble… Pero ¿y yo, Marenval, retirado de los negocios para gozar de la vida? ¿Estoy loco?"

Cristián no le dejó tiempo de concluir.

—Esta sería una magnífica ocasión para usted de mostrarse un verdadero sportman, ocultando así hábilmente detrás de ese viaje de placer las graves causas de nuestra expedición. Vea usted, amigo Marenval, cómo los Vanderbilt vienen continuamente á Francia desde América y cómo Goron Bennett se encuentra con más frecuencia en Niza que en Newport. No le aconsejaré á usted que compre una isla en la embocadura del San Lorenzo como ha hecho su rival. Creo que le bastará anunciar en el círculo, con aire de indiferencia, que va usted á hacer conmigo una expedición á Alaska, por ejemplo. ¡Vería usted el efecto! Los periódicos se apoderarían de la noticia y estaría usted en evidencia durante ocho días por lo menos. Desde ese momento formaría usted parte del gran estado mayor de los sportmen para quienes no existe la distancia, que mandan en el mar y que son, en suma, los verdaderos príncipes en esta época de la clase media, ¿Acaso le desagradaría á usted todo esto? ¿No tendría usted, siendo fuerte y vigoroso, el valor de arriesgar una partida semejante?

Marenval, un poco asustado, pasó por muchos sentimientos contradictorios durante la exposición de Tragomer. Por el pronto, lo repugnaba la idea de una larga permanencia en un barco. La inconstancia de los vientos y la agitación de las olas le inspiraban un prudente terror. Se estremecía pensando que tendría que acostarse en un estrecho camarote contra cuya pared se estrellarían sin tregua las olas amenazando destruírla. ¿Cómo dormir con tales emociones? Por otra parte estimulaba su orgullo la idea de entrar en el rango de los grandes señores modernos que dominan todas las dificultades materiales por la fuerza del dinero. Después de todo ¿no podía él intentar lo que otros realizaban? ¿Tan aventurado sería el imitar su ejemplo? Acaso sus terrores eran iguales á los de los que en otro tiempo hacían testamento antes de montar en el tren. El progreso, pensaba, lo ha simplificado y facilitado todo. Los viajes por mar eran partidas de placer reservadas solamente á los millonarios célebres por su lujo y su confort. No sería mucho lo que tendrían que sufrir en sus frecuentes travesías, pues, ciertamente, no gastarían tanto dinero en procurarse molestias. El nombre de esos millonarios, no cabía dudarlo, estaba en todas las bocas y el sport mas costoso, el más raro y el más brillante era el yachting. ¿Por qué no había él de figurar entre los diez ó doce soberanos de la mar? ¿No tenía los medios? Nadie sabía lo rico que él era, y esta vez no se podría dudar de su fortuna viéndole alternar con los más grandes y tirar el dinero á manos llenas.

El temor, sin embargo, se volvió á apoderar de él. Nunca había navegado más que para ir del Havre á Trouville y de Calais á Douvres, y aun en estas cortas travesías había tenido tiempo para sentirse malísimo. Sin embargo, en la fiebre del momento no se acordaba de aquellas molestias. Pero la adquisición de un navío, su organización, el ajuste de la tripulación y del capitán, ¡qué dificultades tan insuperables para él! Pensó vagamente que todo eso era más que difícil, imposible de realizar y sintió un alivio delicioso. Entonces miró á Tragomer tratando de reír.

—Pero, querido amigo, usted no conoce obstáculos. Para navegar hace falta un barco, y éste no se construye tan de prisa…

—¡Bah! dijo el bretón, se encuentran alquilados todos los que se quiera. Los puertos de Levante están llenos de yates magníficos que están á la disposición de los aficionados. Si su decisión de usted es firme, encontrará en quince días un yate bien acondicionado, con una tripulación escogida y un buen capitán. Es una industria inglesa. Se alquilan los yates como las casas de campo y hasta se encuentra donde elegir.

—¡Ah! dijo Marenval estremeciéndose. ¿Tan fácil es?

—Todo es fácil con dinero. En el orden material casi no hay límites. Solamente se encuentran en el orden moral. Hay todavía conciencias que no se compran, lealtades que no tienen precio y virtudes que desafían toda subasta; digámoslo en honor de la humanidad. Para todo lo demás, golpee usted de cierto modo su bolsillo y tendrá cuanto le plazca. Pero no se ponga usted en camino tan pronto, querido amigo; tenemos todavía mucho que hacer aquí, aun admitiendo que alguna vez necesitemos emprender ese viaje. Por el pronto, quiero ver á Sorege y hablar con él.

—¡Qué! ¿Va usted á descubrir nuestras baterías?

—Están ya descubiertas, no lo dude usted. Conviene pues que tengamos la ventaja de saber cómo se defiende nuestro hombre. Obraré con prudencia, esté usted tranquilo. Pero es necesario que trate de ver su juego.

—¿Y yo, qué debo hacer?

—Usted debía tratar de saber quién es Jenny Hawkins, de dónde viene, qué hace. Y acaso fuera también conveniente que hablase con algún magistrado de rango elevado de la posibilidad de un error judicial. ¿Conoce usted al fiscal del Supremo?

—No, pero uno de los sobrinos de Chambol, Pedro de Vesín, es fiscal. Vesín es un muchacho muy distinguido y puede darnos un buen consejo. Le he conocido niño y me quiere mucho. Iré á verle.

—Es lo mejor.

Marenval tuvo un momento de vacilación y luego preguntó:

—¿Está usted satisfecho de mí?

—Asombrado, sencillamente. No lo hubiera creído capaz de tal denuedo. Yo había pensado: Marenval ha entrado en campaña en seguida porque tiene un alma generosa. Ante la idea de que un desgraciado sufre injustamente se ha exaltado, pero eso no durará. Á las primeras dificultades retrocederá y me dejará continuar solo mi camino. Porque soy testarudo y estoy decidido á salirme solo con mi empeño. No admito que una empresa comenzada se quede sin terminar, á menos que no se demuestre que es imposible. Pero usted no sólo no ha retrocedido sino que acepta todas las dificultades con la calma de un hombre resuelto. Su valor de usted es extraordinario.

Marenval bajó la cabeza.

—No me coloque usted tan alto en su estimación. Debo confesarle que, en el fondo, he dudado más de una vez. No he nacido temerario y solamente á fuerza de voluntad me pondré á la altura de las circunstancias. Si hay riesgos que correr, no se asombre usted de verme temblar un poco; mi naturaleza tiene que manifestarse. Pero espero que llegaré á dominarla por el razonamiento. Usted lo ha dicho muy bien hace un instante: un desgraciado sufre injustamente y si no hago cuanto pueda por salvarlo, no tendré ni una hora de tranquilidad en la vida. Me alegro de haber confiado á usted mis debilidades, porque así me ayudará usted, si es preciso, á vencerlas y, Dios mediante, no nos quedaremos en el camino.

Tragomer no respondió; estaba sinceramente conmovido y pensaba: "He aquí uno de los hombres más animosos que he conocido. Tiene conciencia de ser tímido y aun así sigue adelante". No quiso decir á Marenval lo que pensaba, temiendo asustarle si le hacía comprender hasta qué punto le juzgaba digno de estima.

—Pues bien, querido amigo, dijo ofreciéndole la mano; esta noche en el pequeño círculo, si no tiene usted nada que hacer. Hacemos nuestro plan para mañana.

—Convenido. Pero le veo á usted vestido para salir; ¿quiere usted que le lleve á alguna parte?

—Bueno; á la Magdalena.

Salieron, muy contentos el uno del otro. Marenval porque se veía crecer á sus propios ojos. Tragomer, porque tenía esperanza de rehabilitarse ante la señorita de Freneuse.

Sorege estaba en el círculo cuando Tragomer, á eso de las siete, entró en el salón. El conde, apoyado en la chimenea, hablaba con un grupo de socios y mostraba en la conversación aquella fisonomía firme y fría que ocultaba tan bien sus impresiones. Mientras hablaba sus ojos permanecían medio cerrados sin que nada pudiese denunciar su pensamiento íntimo; cara de diplomático precavido y astuto, que también podía ser de traidor. Tragomer no se aproximó al grupo y Sorege no hizo ni un movimiento para ir hacia su antiguo amigo.

Tragomer cogió de la mesa un periódico ilustrado pero no tuvo tiempo de volver dos páginas. Maugirón le tocó en el hombro.

—¿Vas á comer?

—Sí, contigo, si quieres.

—Con mil amores. Tengo una mesa con Frecourt.

—Me alegro. Tengo, precisamente, que pedirle unas noticias.

Frecourt, al que llamaban "Semifusa" era uno de los aficionados á la música más eruditos de París. Conocía todas las partituras, todas las escuelas y todos los cantantes desde hacía treinta años. Hablaba enternecido del comienzo de la Patti y contaba los primeros pasos de Yvette Guilbert en el Diván Japonés. Su eclecticismo era absoluto y hablaba con el mismo entusiasmo de Paulus, el notable cancionero, que de Reszké, el gran tenor dramático. Á este propósito decía: "Hay, evidentemente, una jerarquía de géneros, pero cada uno de ellos es notable en grado igual."

Cantaba también con voz de falsete, capaz de rasgar los oídos mejor dispuestos, y era la broma obligada entre sus amigos hacerle cantar después de comer. Era buen muchacho y vivía con una bailarina de la Ópera, con la que tenía dos hijos.

El jefe de comedor se presentó á anunciar que la comida estaba dispuesta y todos se dirigieron á la mesa.

Había siempre en el círculo una concurrencia media de cuarenta ó cincuenta personas que iban á comer; muchos militares retirados, solteros que por casualidad no estaban invitados y transeuntes como Tragomer. Disponían de una gran mesa de veinticinco cubiertos y de otras más pequeñas en los rincones y en el salón inmediato.

—Apreciable Frecourt, vas á hacernos el favor de hablarnos de todo menos de tu sempiterna música.

Maugirón lanzó ese ultimátum á su amigo en cuanto se sentaron á comer.

—Sí, querido, ya sé que no eres melómano. ¿Quieres que hable de cocina, de estrategia, de pintura, de política?

—No hables, lo prefiero.

—Aunque rabies, espera un poco… Canción de Silvain, los Dragones de
Villars, acto segundo, escena…, dijo Frecourt riendo.

—¡Vaya! Ya se desató.

—Déjale, dijo Tragomer. Yo encuentro su música muy digestiva. En Texas, los jefes indios hacen que les canten canciones durante las comidas.

—¿Oyes, Frecourt? Los salvajes.

—¡Oh! Desde que existe la civilización, la música es el accesorio obligado de los festines.

—¿Á que vas á pedir tziganes?

—Mira el cuadro de las bodas de Caná. Allí ves músicos que rascan las cuerdas en trajes suntuosos mientras los convidados vacían las ánforas en las que el agua se ha convertido en vino. Aquellos son los tziganes de ese tiempo.

—¿Se iban ya entonces con ellos las princesas?

—Es muy probable. Alain Chartier fué besado en los labios por una reina y no era más que poeta…

—¡Digo! Si hubiera sido músico…

—Sí, dijo Tragomer; pero las bacantes mataron á Orfeo.

—Estaban borrachas… Y, además, ¿quién sabe? Acaso Orfeo no quiso tocar lo que ellas le pedían.

Maugirón se puso á tararear, con aire malicioso.

—¡Ah! Maugirón, aquí te cojo, exclamó Frecourt; ahora eres tú el que canta. Una multa; que traigan champagne…

—¡Qué herejías dicen estos músicos! ¡Champagne! Yo que tú pido limonada. Vais á probar un Château Lafite como no se bebe en ninguna parte. Yo se lo he proporcionado al círculo, porque habéis de saber que el encargado de los vinos no sabe de eso ni jota.

La comida continuaba y en todas las mesas subía poco á poco el tono de las conversaciones. Era la hora benéfica en que los estómagos contentos reparten por todo el ser una especie de beatitud. Maugirón estaba benévolo y no se burlaba de Frecourt. El mismo Sorege, sentado en la mesa grande, bastante lejos de los dos amigos, sonreía, menos enigmático que de costumbre. Se estaba sirviendo el plato de pastelería y Tragomer, que estaba silencioso, se volvió hacia Frecourt y le dijo en tono indiferente:

—Usted, que conoce á todos los cantantes del universo, ¿quién es Jenny
Hawkins?

—¿Jenny Hawkins, la que hace expediciones al extranjero con Novelli?
Pues es, sencillamente, Juana Baud.

Al oir esto, Tragomer no pudo contener un movimiento.

—¡Juana Baud! Es un nombre francés.

—Lo mas francés del mundo. Juana Baud ha cantado operetas en Variedades. No estaba entonces en candelero, la pobre muchacha. Hizo el papel de una de las acompañantes de la princesa de Mantua, en Périchole. Era bonita y bien formada y su voz prometía; pero era preciso estudiar y la tal Juana se divertía demasiado para ocuparse en el solfeo. Sin embargo, yo predije su porvenir.

—Pero, interrumpió Tragomer, ¿llevaba entonces su nombre?

—Se hacia llamar Juana Baudier. ¡Oh! Usted, Tragomer, no ha podido conocerla; entonces no se ocupaba usted de teatro. Además esa muchacha era en aquella época completamente ignorada.

—¿Qué edad puede tener?

—Unos treinta años.

—¿Qué señas tenía?

—Era morena, de facciones regulares, magníficos ojos negros y boca algo grande con unos dientes como perlas. Una mañana desapareció y no se ha vuelto á oir hablar de ella sino con el nombre de Jenny Hawkins, que suena infinitamente mejor que Juana Baud ó Baudier. Los ingleses la creen compatriota y eso les halaga.

—¿Cuánto tiempo hace que se marchó?

—Debe hacer unos tres años. Pero si esto interesa á usted, hay una persona que le enterará exactamente:

—¿Quién?

—El agente de teatros Juan Campistrón; es el que recluta las compañías y conoce todo el personal, hasta el que no trata con él.

—¿Dónde vive ese agente?

—¿Campistrón? Calle de Lauery, 17. Pero todo el mundo lo conoce.

—¡Estás loco! exclamó Maugirón; tú lo conoces porque vives entre toda esa gentuza, pero ¿cómo quieres que Tragomer sepa de tu agente de gorgoritos?

—Puede conocerlo por haberle visto en el círculo. Vino con frecuencia cuando se trató aquí de organizar un espectáculo como si hubiéramos querido hacer competencia á los Menus-Plaisirs. El tal Campistrón hace de todo, desde el primer papel de una tragedia heroica hasta el tirador de carabina que rompe huevos sobre la cabeza de su hijo, como Guillermo Tell; ó el exhibidor de perros sabios, ó el que rompe cadenas… Es un tipo asombroso. En provincias ha cantado de tenor de fuerza.

—¡Nos estás aburriendo con tu cómico de la legua! interrumpió furiosamente Maugirón… No sé cómo te sufre Tragomer.

—Nada de eso; me interesa, por el contrario, dijo amablemente Tragomer.
Tú no entiendes de nada, Maugirón, en cuanto te sacan de catar vinos.
Oye lo que decimos mientras te bebes tu Lafite… ¿De modo, Frecourt,
que usted ha conocido á esa Juana Baud?

—Sí, amigo mío, la conocí en el Conservatorio en la clase de Achard. Tenía una preciosa voz de mezzo-soprano, pero vivía en una continua juerga, y eso es malísimo para los órganos vocales. Llegaba siempre al faubourg Poissonnière en una preciosa berlina tirada por un caballo de ciento cincuenta luises… Y era de ver la cara que ponía Ambrosio Thomas… ¡Decadencia y corrupción! decía levantando los brazos al cielo. Nuestra buena pieza no obtuvo el premio y tuvo que contentarse con un accésit; y por cierto que armó un tumulto en la sala á causa de su traje y de las perlas que llevaba en las orejas. En aquella época la mantenía Salveneuse, que pegó de palos en el boulevard á Armando Valentín por haber escrito una crónica feroz contra su amiga. Juana Baud abandonó el arte durante cinco ó seis años y corrió en grande con los jóvenes más á la moda… Después, un día apareció en Variedades, donde enseñó, en una Revista, el más bonito par de piernas y el seno más sólido que se habían visto hacía mucho tiempo.

—Pero dí, Tragomer, ¿es verdad que te divierte este cronicón de bastidores?

—Claro que sí. Fumo, descanso, y estoy bien.

—Yo le encuentro antediluviano con su Juana Baud y su Salveneuse, al que me parece estar viendo con su perro, sus patillas teñidas y su pantalón ancho. Creo que estoy oyendo historias de mi abuelo… Apuesto á que nos va á hablar ahora de Valentino y de Markowski.

Tragomer se echó á reír.

—¡Vamos! joven viejo, un poco de indulgencia para los viejos jóvenes… Siga usted, Frecourt, estoy suspenso de sus labios.

—¡Ah! querido amigo; si le divierten á usted las historias de aquel tiempo, las sé más asombrosas.

—No, dijo vivamente el barón; sigamos con Juana Baud; el asunto está empezado; acabémosle.

—¿Pero qué te importa la tal Juana Baud? dijo en tono do enfado
Maugirón. ¡Es inaudito lo simple que estás esta noche!

—No comprendes, Maugirón, contestó gravemente Tragomer. Algún día te daré explicaciones y te quedarás asombrado.

—En ese caso, viejo Frecourt, sigue con tu historia, puesto que parece que es palpitante.

Y Maugirón se puso á fumar con aire de mal humor. Sirvieron el café mientras que varios socios salían ya del comedor y la intimidad del lugar se hacía mus grande. Frecourt aventuró un codo sobre la mesa y prosiguió:

—Si Juana hubiera sabido vivir, hubiera llegado á hacer fortuna. Tuvo un hotel en la calle de la Faisanderie y un tren suntuoso. De entonces datan sus relaciones con Woreseff y también su pasión por Sabina Leduc.

—¡Anda con Dios! No le faltaba nada á tu Juana Baud. ¡Me repugna esa clase de mujeres!

—No es á tí solo. Probablemente Woreseff era también de tu opinión, porque abandonó repentinamente á Juana, la cual vivió durante un año de los restos de su lujo. Después, acosada de cerca por sus acreedores, se eclipsó para reaparecer en el extranjero con el nombre de Jenny Hawkins… El hotel fué vendido y no se oyó hablar de ella, si no es alguna vez en los periódicos. Jamás ha vuelto á París, como si guardase rencor á la gran ciudad de su desilusión.

Al acabar el relato de Frecourt, todos se levantaron y se dirigieron hacia los salones. Sorege, extendido en un sillón, parecía digerir la comida con una satisfacción completa.

Tragomer dejó á sus compañeros, se aproximó al joven y tocándole en el hombro por encima del alto respaldo del sillón, le dijo:

—Buenas noches, Juan, ¿estás bueno?

Sorege abrió los ojos y lanzó á Tragomer una rápida mirada; en seguida sus pupilas velaron de nuevo los misterios de su pensamiento. Una vaga sonrisa se dibujó en sus delgados labios y con voz tranquila respondió:

—¡Calla! Tragomer, ¿estabas ahí? ¿Por qué no has comido en la mesa grande con nosotros?

—Maugirón me guardaba un puesto en su mesa. Por cierto que he sabido una noticia importante para ti. Me han dicho que te casas.

Un ligero estremecimiento agitó la boca de Sorege, que continuó sonriendo.

—¡Ah! ¿Habéis hablado de ese proyecto?

—¡Proyecto! Pero ¿no es seguro?

—¿Lo es algo en el mundo?

—¿Y es una americana tu elegida?

—Sí, una persona encantadora, miss Harvey… ¿La conoces?

—No tengo ese honor, pero cuento con que querrás presentarme á ella.

—Con mucho gusto, aunque eres un compañero peligroso con tu musculatura y tu aspecto de vigor… Estos primitivos de América tienen un culto por la fuerza…

Tragomer observaba á Sorege con todas sus facultades; escuchaba las entonaciones de su voz y espiaba los movimientos de su cara. Nada acusaba agitación en el conde, excepto un pequeño temblor de la boca, que podía ser nervioso. Entonces Tragomer, cubriendo con una mirada á su interlocutor, dijo recalcando las palabras hasta darles un tono amenazador:

—Dime; ¿has conocido á miss Harvey durante tu viaje á América? Sorege no levantó los ojos, siguió cerrado é impasible, pero se levantó lentamente, cogió un cigarrillo y le encendió en la chimenea, como si quisiera tomarse tiempo para reflexionar. En seguida respondió:

—No, la conocí antes. Su padre fué quien me llevó á América.

Tragomer se quedó desilusionado. Esperaba que Sorege, bruscamente atacado, tendría miedo, perdería la cabeza y negaría el viaje, ó aparecería, al menos, turbado por aquella pregunta inesperada. Pero su adversario no perdía la cabeza tan fácilmente y jamás se asustaba. Cristián tuvo muy pronto la prueba. Sorege abrió los ojos por completo, mostró su mirada azul de una claridad poco tranquilizadora y se echó francamente á reír.

—¿Y tú, te has divertido en tu viaje? No parecía que te divertías mucho en San Francisco, en el magnífico palco en que oías Otello…

Entonces fué Tragomer el que perdió pie. No sólo no se ocultaba Sorege sino que salía al encuentro de las explicaciones.

—¿Me viste, acaso?

—¡Diablo! No había medio de no verte. Viniste á bloquearme en el cuarto de una cantante cuando yo tenía más necesidad de conservar el incógnito.

—¿Por qué?

Sorege se sentó á horcajadas en una banqueta, de modo que el calor y la claridad de la chimenea le diesen en la espalda y dijo con admirable tranquilidad á Tragomer, que, estupefacto, se había sentado al lado suyo:

—Figúrate tú que estando en San Francisco con M. Harvey y sus hijos, la casualidad me hizo encontrar á una antigua amiga á la que no había visto en tres ó cuatro años y que estaba corriendo el mundo en busca de fortuna…

—¿Jenny Hawkins?

—La misma. No he de andar en hipocresías contigo. Hacía dos meses que mi futuro suegro me llevaba dando tumbos por sus ranchos, lo que me resultaba monótono. Aquella muchacha me hizo una acogida calurosa y la ocasión, la primavera… Salí de toda aquella cuaresma americana con una buena cena á la europea…

—¿Estabas entonces en el cuarto cuando yo entré?

—Estaba allí cuando te presentaste con tus dos yanquis. Puedes figurarte que no me dí prisa á mostrarme. Tú me hubieras abrazado; mi presentación á tus indígenas era inevitable; éstos hubieran hablado de nuestro encuentro y Harvey y sus hijos hubieran sabido que yo me iba á picos pardos, lo que, contando con el pudor anglosajón era para mí un serio contratiempo… Preferí, pues, suprimir el abrazo… ¿Me guardas rencor?

Tragomer se había repuesto y estaba reflexionando. La explicación de Sorege era ciertamente aceptable y hasta verosímil, pero aquel relato, para un espíritu tan prevenido como el de Cristián, adolecía de exceso de habilidad, estaba demasiado bien compuesto y establecido y revelaba la preocupación de engañar. Tragomer quiso llevar hasta el último extremo á aquel admirable actor y obligarle á mostrar todos tus recursos.

—No te guardo rencor, puesto que tuviste interés en obrar de ese modo.
¿Pero me conocía también Jenny Hawkins?

—¿Por qué?

—En el momento en que se cerró la puerta, tú dijiste en voz baja:
"¡Cuidado! ¡Tragomer!…"

Sorege frunció imperceptiblemente las cejas. Acaso se sentía algo rudamente apurado y empezaba á ponerse de mal humor. Con cierta sequedad respondió.

—¿Oíste? ¡Ladino! Tienes buen oído. Pues bien, sí, Jenny te conocía. Y de un modo muy sencillo. Yo te había visto desde mi localidad en cuanto entraste en el teatro, pero ella, como artista interesada en conocer el público y en descubrir á sus amigos, te había observado y visto que eras extranjero. En cuanto llegué á su cuarto me habló de tu yanqui y de su compañero. "Juraría que es francés" dijo.—Y parisiense, respondí—¿Sabes quién es?—Cáspita, es mi mejor amigo—Tráemele—Tú bromeas. Si Tragomer te gusta, espera que yo me vaya." Jenny me llamó tonto. Yo no podía contarle que si no quería ser visto con ella era porque me iba á casar y salí del paso fingiendo una escena de celos. Por eso, cuando entraste me apresuré á cerrar la puerta diciendo como advertencia tu nombre y como amenaza ¡cuidado!

Tragomer no discutió aquel relato un poco largo. Tenía prisa por esclarecer los hechos en su conjunto.

—Entonces eras tú el que venía con ella en coche después de la representación?

—Naturalmente. Bien nos contrariaste con tu aparición repentina en el momento en que me disponía á bajar del coche. Íbamos á cenar juntos.

—¿Y os separásteis allí, sin volver á veros?

—¡Por supuesto! dijo Sorege con alegre abandono. En cuanto te decidiste á entrar en el hotel, volvió á salir Jenny y fué á reunirse conmigo en el carruaje. En vez de cenar en el hotel de los Extranjeros, fuimos á Golden House. Justamente al salir de allí, á las dos de la mañana, Jenny cogió frió y una ronquera que le obligó á suspender la representación y á marchar á Chicago.

—¿Marchaste con ella?

—Puedes figurártelo. Allí nos indemnizamos cumplidamente de los embarazos que nos habías causado. Y ahora, á mi vez, ¿quieres explicarme qué furor te entró de espiar á aquella pobre Jenny como lo hiciste?

—¡Bah! ¡Esa es buena! La encontraba encantadora y observé que un personaje misterioso ocupaba el sitio que yo ambicionaba. Quise saber á qué atenerme y ver el partido que podría sacar. Prontamente me convencí.

Sorege, con los ojos cerrados, fumaba sonriendo.

—La cosa es muy sencilla… Hemos sido rivales durante veinticuatro horas. Á no ser por el diablo de mi suegro y de sus cow-boys de hijos, te hubiera presentado yo mismo sencillamente y de muy buena gana, y hubieras participado de mi buena fortuna. Eso se hace entre amigos, sobre todo de viaje.

Tragomer dejó pasar unos instantes y después, como si le acometiese de nuevo la curiosidad, preguntó:

—¿Dónde conociste á Jenny Hawkins!

—¡Ah! ¿eso te preocupa? Pues bien, sal de dudas. La conocí en Londres, en la Alhambra, donde cantaba y bailaba, sin que se pudiese sospechar que llegaría á ser una estrella.

—¿No es italiana? preguntó bruscamente Tragomer.

Los ojos de Sorege se abrieron y dijo con voz seca, solo detalle que tradujo un poco su emoción:

—¿Por qué ha de ser italiana? ¿Porque canta en italiano? Todas las cantantes saben esa lengua; es para ellas indispensable; pero eso se aprende en veinte lecciones.

—En todo caso, no es ni inglesa ni americana. Mis yanquis de San
Francisco me lo dijeron.

—Si lo sabes, amigo mío, ¿por qué me lo preguntas?

—Para saber si tú lo ignoras.

—Podría ignorarlo perfectamente, pues el pasado de esa amable muchacha no me interesa gran cosa, pero no lo ignoro, querido Cristián. Me entero por gusto de lo que se refiere á las personas que trato, aunque sea de pasada, y estoy al cabo de la calle acerca de Jenny Hawkins.

—Que no se llama así.

—No, dijo fríamente Sorege, se llama Juana Baud, ó Baudier, y es francesa. ¿Estás contento, Tragomer?

En el tono de estas palabras hubo tal acento de sarcasmo, que Cristián apretó los puños de rabia. Su interlocutor parecía decirle: "¡Busca, desgraciado, que no encontrarás nada! No me cogerás en ningún renuncio. Hace una hora que te traigo y te llevo contándote mentiras para hacerte descubrir á Juana Baud, que es un personaje real, en cuya autenticidad te vas á estrellar."

En este mismo momento Tragomer adquirió la certidumbre de que Jenny Hawkins no era Juana Baud y de que en esto estaba el nudo de la intriga. Era preciso descubrir debajo de Juana Baud á Lea Peralli. Porque la máscara con que la cubría Sorege era doble á no dudar. El conde había levantado la de Jenny y mostrado á Juana; no había nada más que esperar. Cristián, por otra parte, tenía un interés capital en no agriar sus relaciones con Sorege. Tomó, pues, un tono jovial y respondió:

—Perfectamente. Veo que eres el mismo de siempre; muy avisado y cauto en cuanto haces. En el tiempo en que vivimos, no es ciertamente mala cualidad.

—Trato de razonar un poco. Hay tantas personas que dan vueltas como palominos atontados… Bastantes ocasiones hay de romperse la cabeza sin divertirse en escoger los malos caminos.

—Cuando te cases ¿irás á vivir en América?

—Dios me libre. América, como has podido ver, es un país imposible. Tanto valdría vivir en una manufactura de provincia, en medio de la agitación de los negocios y sin ningún recurso para distraerse. Los americanos que han hecho fortuna saben bien que su país es inhabitable como no sea para ganar dinero. Por eso se apresuran á venir á establecerse en Europa. Si se les quisiera jugar una mala pasada, no había más que obligarles á vivir en sus United States. Se morirían de fastidio.

—Por eso sus hijas manifiestan tan decidida propensión á casarse con franceses ó ingleses.

—Si tienes en ello alguna idea, en las relaciones de Harvey quedan algunas encantadoras misses, muy rubias, de talle largo y piernas cortas y la barbilla un poco maciza, que tienen dotes apetecibles. Hay que cruzar las razas, Tragomer.

—Sí, esas son las nuevas cruzadas. No estoy de esa opinión por el momento. Pero daré con mucho gusto la enhorabuena á tu prometida por la buena elección que ha sabido hacer.

—Pues bien, te llevaré á casa de Harvey una de estas noches. Se beben allí licores extraordinarios. Tú no los extrañarás mucho.

—Lo que haré será no beber nada.

Ambos reían con perfecta seguridad de buenos muchachos sin segunda intención. Al verlos y al oirlos no se hubiera sospechado la gravedad de las palabras que habían cambiado ni la importancia de los intereses que andaban en juego. Sin embargo, si alguien hubiera tocado el cuello de Sorege, hubiera observado que le tenía empapado en sudor como si acabara de dar una larga carrera. Los dos amigos se levantaron y, familiarmente cogidos del brazo, pasaron á la sala de juego y se aproximaron á la mesa del baccará.

—¿Juegas ahora? preguntó Tragomer.

—De vez en cuando, para pasar una hora.

—¿Y ganas?

—Algunas veces.

Tragomer miró á Sorege y dijo tristemente:

—No eres entonces como el pobre Jacobo. Ese no ganaba nunca.

Por muy dueño que fuese de sí mismo, Sorege se estremeció al oir aquel nombre. Su cara se cubrió de palidez y, casi en voz baja, replicó:

—En el juego que él hacía era imposible ganar.

Tragomer, entonces, sacudió la cabeza y dijo con voz firme:

—Sobre todo cuando hay que habérselas con adversarios que señalan las cartas…

Los ojos de Sorege aparecieron chispeantes y sus labios temblaron, como si fuese á dejarse llevar á alguna declaración imprudente. Pero logró dominarse, dió tres pasos para dejar á Tragomer y volviendo en seguida hacia él, le dijo:

—¡Cada cual es dueño de su destino, Tragomer! Si el desgraciado Jacobo estuviese aquí, él mismo te lo atestiguaría.

Levantó la cabeza orgullosamente, dirigió á Tragomer un ademán de despedida y se alejó.