V

M. Harvey poseía uno de los más hermosos hoteles de la plaza de los Estados Unidos. Le había parecido patriótico vivir en la plaza que lleva el nombre de su país, lo que, según él, le hacía vivir al mismo tiempo en París y en América. Por su gusto, sin embargo, hubiera vuelto hacía mucho tiempo á su país, si su hija no se hubiera opuesto resueltamente declarando que en modo alguno quería abandonar la Europa. El padre había dicho entonces á su hija:

—Querida mía, si quieres obrar á tu capricho, cásate, porque yo también tengo los míos y quiero vivir, en lo posible, de un modo que no me resulte enteramente desagradable.

—¿Pero qué tiene de desagradable vivir en un país donde encuentra usted todo lo necesario para ser dichoso?

—Yo no lo soy si no vivo en América seis meses del año, por lo menos.

—Veo que sigue usted siendo un verdadero salvaje.

Á esta insolencia filial, Harvey respondió con sonrisa indulgente:

—Es posible. Yo mismo lo creo.

—Me casaré, entonces, puesto que eso simplificará la vida para usted y para mí.

—¿Y con quién, querida mía? ¿Con un europeo ó con un americano?

—Con un europeo y, probablemente, con un francés. Para gente ordinaria tengo bastante con mis hermanos. Quiero vivir con un hombre bien educado.

—Eres libre.

—Lo sé; y usted lo será también después de mi boda.

Aquel ganadero que había desplegado tanta energía para fundar su fortuna y crear sus ranchos; aquel hombre que poseía cientos de miles de bueyes pastando en las fértiles praderas indianas, no había podido nunca luchar contra la voluntad de miss Maud y como hombre práctico ante todo, había tomado el partido de obedecerla, lo que evitaba las discusiones y simplificaba las relaciones de familia. El espectáculo que ofrecían los Harvey, padre é hijos, en América, conducidos por aquella morenilla delgada y débil, era sumamente curioso. En la cabeza de miss Maud había muchas más ideas de las que podían producir los cerebros de sus hermanos. La voluntad de la muchacha, matizada con una nerviosidad debida al perfeccionamiento do la raza, recordaba la tenacidad de su padre. Harvey lo sabía y se complacía en ello. Con frecuencia decía:

—Mis tres hijos juntos no valen lo que mi hija. Si la naturaleza no se hubiera equivocado y la hubiera hecho varón, esta muchacha hubiera aumentado en diez veces mi fortuna; mientras que los jóvenes no harán más que gastarla.

Tenía por ella una alta estimación, lo que es la mayor prueba de afecto en un americano. También decía, hablando de ella.

—Mi hija sabe gastar el dinero.

El yanqui quería decir con esto que Maud sabía ser pródiga cuando las circunstancias lo exigían, y económica en la vida diaria: Hacía un año que se había instalado con ella en Francia y se aburría soberanamente, pues no comprendía las minucias y las delicadezas de la vida parisiense. Acostumbrado á expresar siempre redondamente su modo de ver, causaba el asombro general emitiendo opiniones tan singulares por su fondo como por su forma. La ingenuidad de aquel americano resultaba discordante con las sutiles hipocresías de la sociedad en que vivía, y cuando hablaba, sin cuidarse de las protestas ni de las exclamaciones de las damas, se hubiera dicho que estaba tirando pistoletazos en una pajarera.

Era tan rico, que en todas partes se le acogió con entusiasmo. El gran mundo parisiense no está ya cerrado como en otro tiempo. Los cambios económicos que se han producido en Francia han modificado la base de las fortunas, y la nobleza, arruinada por su ociosidad, ha tenido que transigir con la aristocracia del dinero, produciendo así un primer fenómeno de nivelación social. Dentro de poco tiempo no habrá más que dos castas, la de los ricos y la de los pobres, que continuarán la lucha secular por la posesión de la autoridad y de la inteligencia.

En un mundo tan abierto á la influencia del dinero y en el que las colonias extranjeras están como en su casa, Harvey no podía menos de ser bien acogido. Recibía, tenía un yate, sabía prestar quinientos luises sin reclamarlos jamás y tenía una hija elegante, original y con un dote colosal. No hacía falta tanto para conciliarle todos los favores. Había sido recibido en el Club automóvil, formaba parte de la sociedad de los Guías y era miembro influyente de la Unión de los yates. Pero se aburría, sin embargo. Para aquel salvaje, como le llamaba su hija, la atmósfera de los salones era asfixiante. Bostezaba en la Ópera, ganaba y perdía sin emoción grandes sumas al juego y no estaba contento más que sentado en el pescante de su mail, guiando cuatro caballos del Kentuki, ó á bordo de su yate de mil doscientas toneladas, un verdadero transatlántico tripulado por sesenta hombres y armado de seis cañones, con los cuales hubiera podido defenderse, pero que no le servían más que para saludar á los puertos.

La persona del conde de Sorege le fué antipática desde el primer momento. Aquel personaje circunspecto y glacial que no decía nunca sino la tercera parte de lo que pensaba y no miraba jamás á los ojos de las personas, le desagradaba extraordinariamente. Era el antípoda de su modo de ser. Cuando su hija le participó que se había comprometido con aquel joven, se atrevió á hacer algunas observaciones.

—¿Estás segura, Maud, de que el señor de Sorege es el hombre que te conviene? ¿Has estudiado su carácter y crees no arrepentirte de haberle dado tu palabra?

Miss Harvey expuso tranquilamente á su padre las razones que habían decidido su elección.

—El conde Juan es de buena familia, y en Francia, padre mío, como en todas partes, hay bueno y malo, verdadero y falso. Es necesario no dejarse servir género de pacotilla. Todo el mundo sabe que nosotros, los americanos, no somos inteligentes en muchas cosas, y por eso tratan de hacernos aceptar cuadros copiados, tapicerías rehechas, objetos falsos y nobles sin autenticidad. Es, pues, preciso mirar muy de cerca, informarse, comprobar, para no ser engañado y esto es lo que he hecho. El señor de Sorege está emparentado con todo lo mejor, tiene una regular fortuna, está agregado al ministerio de negocios extranjeros, habla inglés muy correctamente y es un joven muy bien educado… He aquí por qué me he comprometido con él.

—No mira jamás; parece un buho…

—Pues á mí me mira muy bien.

—¿Sabe, al menos, montar á caballo? Nunca se le ve más que en los salones.

—No es un gaucho, seguramente, pero irá á pasear con nosotros cuando queramos…

—¿Es cazador?

—Todos los franceses lo son.

—¿Sabe tirar un tiro con puntería?

—No supongo que sea un Buffalo-Bill… Pero no creo que pensemos hacerle perseguir bisontes ó cazar osos grises.

—Creo que toda la fuerza de ese hombre está en la cabeza, dijo Harvey con desdén, y que sus brazos y sus piernas no valen gran cosa.

—Habla muy bien y esto es lo que me gusta. Para los ejercicios corporales, tendrá usted á mis hermanos; para los del espíritu á mi marido.

—En fin, Maud, eres libre.

El yanqui acogió á Sorege con perfecta cordialidad, pues no entraba en su carácter discutir sobre asuntos ya resueltos. Le dió golpes en las rodillas capaces de aplastar un búfalo y observó con placer que el joven no flaqueaba. La prueba de los cocktail fué también favorable á Sorege, que era de esas personas que beben sin riesgo porque hablan poco y no se aturden con su propia excitación. Montó en el mail, supo coger las riendas en un momento en que Harvey se fingió cansado, y ejecutó vueltas perfectas á gran velocidad sin que pareciese hacer esfuerzo alguno.

En el Havre visitó el yate y mostró tener el aplomo de un marino. Harvey, en una palabra, no pudo cogerle en falta en ningún punto y tuvo que reconocer que su futuro yerno era un sportman muy completo. Pero á pesar de todo no se sentía unido á él por una de esas simpatías que le eran tan fáciles y tan necesarias. Entre Sorege y él había siempre un velo, el de los párpados que ocultaban habitualmente la mirada de aquél.

Para probar á su yerno de un modo más completo, pretextó la necesidad de hacerle conocer sus hijos, de enseñarle sus propiedades, de explicarle sus empresas, y le llevó consigo á América. Cuando volvieron, la opinión de Harvey era la misma. Confesaba que no tenía nada de que acusar á Sorege más que de no gustarle. Hablando de él, decía á su amigo y compatriota Weller:

—Durante los tres meses que hemos vivido con el conde, no le he visto cometer una incorrección ni decir una inconveniencia. Usted me creerá, si quiere, Sam, pero hubiera dado diez mil dollars por sorprenderle blasfemando ó abrazando á una camarera de á bordo. Pero ni lo más mínimo. Ese hombre es demasiado perfecto y me da miedo.

Acaso la resistencia opuesta por Harvey á aquel proyecto de enlace excitó á miss Maud á encontrar á Sorege más aceptable. Nunca mostró tanta prisa por casarse que al volver su prometido. Hasta entonces sus relaciones con Sorege no habían sido para el mundo más que una coquetería sin importancia, pero al volver á París el conde fué declarado futuro marido. Entonces se difundió la noticia en los círculos parisienses y la supo Tragomer. El ganadero era demasiado conocido en el mundo que se divierte para que no le hubiera encontrado Marenval. Su modo de conocerse sirvió de texto durante veinticuatro horas á las murmuraciones de la buena sociedad. Se daba una comida en casa de una americana conocida por su excentricidad de lenguaje y por su afición inmoderada á la música. Ambas personas habían sido mutuamente presentadas por la dueña de la casa:

—El señor Marenval. Mi compatriota Julio Harvey.

Sir Harvey ofreció entonces la mano á Marenval, con una franca sonrisa:

—¡Ah! Marenval y compañía, ¿verdad? Conozco á usted muy bien. Hace veinte años que Harvey and Cª provee á Chaminade, de Burdeos, todo el pino para las cajas de embalaje de su casa de usted… ¡Tanto gusto!

La cara que puso Marenval, cuya única ambición consistía en hacer olvidar las pastas y las féculas origen de su fortuna, proporcionó á la concurrencia un precioso rato de diversión. De aquella presentación databa la antipatía manifiesta de Marenval por Harvey y, en el fondo, por todos los americanos, á quienes englobaba en el desdén que le inspiraba el ganadero. Cuando miss Maud pasaba delante de él, brusca, decidida y ruidosa, Marenval le dirigía miradas de conmiseración y tenía por incomprensible que nadie quisiera casarse con aquella marimacho. Cuando supo que el elegido era el conde de Sorege, bromeó diciendo:

—Son tal para cual… ¡Un hipócrita con una desvergonzada! ¡Qué dichoso cruzamiento!

En los días en que Tragomer y Marenval estaban preparando su viaje, fueron invitados á comer en casa de la señora de Weller y se encontraron allí con Harvey, su hija y su futuro yerno. Sorege estaba siendo objeto de una verdadera revista por parte de la colonia americana y sufría filosóficamente todos los cumplimientos de los compatriotas de su prometida. Al ver entrar á Marenval y Tragomer, un ligero fruncimiento de cejas acusó solamente su contrariedad. Su sonrisa amistosa no se borró y escuchó con tranquilidad á su suegro cuando éste le explicó las antiguas relaciones comerciales dé Harvey and Cª y Marenval y compañía.

Pero cuando Tragomer fué presentado á miss Maud por Sam Weller y se habló del viaje al rededor del mundo realizado por el joven, Sorege observó contrariado que el ganadero manifestaba por Cristián una repentina simpatía. Después de la comida, que había sido suntuosa, rápida y acompañada de música, lo que hizo imposible toda conversación y simplificó así las relaciones entre los convidados, reduciendo la comida á una simple manifestación gastronómica, los invitados se repartieron por los admirables salones del hotel Weller. Los hombres se fueron á fumar en el despacho de Sam.

En aquella habitación están coleccionados los más hermosos cuadros de la escuela de 1830, comprados á peso de oro por el fastuoso americano. El Degüello en una mezquita de Delacroix, fraterniza con el Concierto de los monos, de Decamp, y la Merienda de los segadores, el mejor cuadro de Millet, hace pareja con la Danza de las ninfas , de Corot. La puesta del sol, de Díaz, la Orilla del río, de Dupré, los Grandes bosques agostados de Rousseau, disputan la admiración á las preciosas praderas de Trayon y á los magníficos estudios de Messonnier. En cuanto Harvey encendió un cigarro, se dirigió á Marenval y á Tragomer, que estaban sentados no lejos de Sorege, y les dijo señalando á los cuadros de su amigo:

—Sam Weller tiene una hermosa galería, pero si ustedes vienen á mi casa del Dakotah, verán que mis cuadros valen tanto como los suyos. Solamente que yo no tengo más que pintores antiguos… Rembrandt, Rafael, el Ticiano, Velázquez, Hobbema…

Marenval miró á Harvey de reojo é interrumpió:

—Esos son los que se copian más fácilmente.

—Sí, pero los míos son todos originales.

—Eso es lo que creen todos los coleccionadores, y como los que les venden cuadros cuidan de no contradecirles…

—¿Pero Sam Weller no tiene más que cuadros auténticos?

—¡Um!… dijo Marenval con acento de duda.

—Los pintores que los han hecho son conocidos y hay todavía personas que se los vieron pintar.

—¿Y sus Rembrandt y sus Hobbema de usted, quién los garantiza? replicó
Marenval con ironía. ¿También se les ha visto hacer?

—Los franceses sois incrédulos, dijo Harvey con calma. Yo he comprado mis cuadros y cuando hayan estado treinta años en mi galería y los hayan visto todas las personas que me conocen, nadie dirá, si quiero venderlos, que puedan ser falsos, pues saldrán de mi casa y yo soy muy conocido.

—El razonamiento, dijo Tragomer, no deja de ser justo. El pabellón da valor á la mercancía. Hay cuadros, pagados muy caro, que no han tenido más mérito que el nombre del coleccionador.

—Ustedes se burlan de los americanos, continuó Harvey, porque somos espíritus sencillos; nos consideran ustedes casi como salvajes, que bailan cuando se les enseñan unas cuantas bolas de cristal pintado. Hay algo de verdad en ese juicio, pero nuestra sencillez pasará. Nos formaremos y el día en que lleguemos á conocer nuestras propias fuerzas, prescindiremos de Europa y nos fabricaremos nosotros mismos nuestros cuadros falsos. Desde hace veinte años hemos hecho progresos considerables y cada vez nos perfeccionamos más. Ya les enviamos á ustedes cueros, maderas, máquinas, caballos, trigo, y acabaremos por enviárselo todo.

—¡Y quién sabe si también cañonazos! dijo con acritud Marenval.

—¡No lo quiera Dios! respondió Harvey. Seríamos unos hijos ingratos y despreciables, pues todo se lo debemos á las naciones de Europa, que nos han creado, y especialmente á Francia, que nos ha dado la libertad.

—¡Es una noble respuesta! dijo Tragomer.

—En América estimamos á los franceses.

—Y vuestras hijas los aman más que ustedes, interrumpió Marenval.

Harvey sonrió.

—Es cierto, dijo. Los franceses son amables, finos, bien educados… No tienen más que un defecto; el de amar demasiado á su país… Ellos no van bastante á los demás países, y hay que venir al suyo… No digo esto por el señor de Tragomer, que es un viajero infatigable. Pero, usted, Marenval, con su fortuna, ¿por qué no viaja usted?

El defecto capital de Marenval era la vanidad. No pudo pues privarse del placer de deslumbrar á Harvey, y dijo, sin calcular el alcance de sus palabras:

—Pues bien, será usted complacido, Harvey, porque voy á hacer un viaje á ultramar con Tragomer…

No terminó, porque la mano de Cristián, le apretó fuertemente el brazo. El conde de Sorege, que estaba fumando con beatitud sentado en un sillón, sin que pareciese prestar atención á lo que se hablaba, se levantó y se aproximó al grupo del que Harvey era el centro. El ganadero, interesado por la noticia de Marenval, preguntó:

—¿Y dónde irán ustedes, si no es indiscreción?

Marenval permaneció mudo y Tragomer se encargó de las explicaciones.

—Tenemos el proyecto, Marenval y yo, de hacer una expedición al
Mediterráneo. Llegaremos hasta Smirna y volveremos por Túnez y Argel.

—Sí, dijo Harvey con indulgencia, es un bonito viaje para empezar. Se conoce que el señor de Tragomer quiere ahorrar molestias á Marenval ¿Se marea usted?

—No he navegado nunca, confesó Cipriano, pero no creo que sea más difícil que cualquiera otra cosa.

—Para un hombre libre, amigo Marenval, no hay sensación comparable á la de sentirse dueño de su barco en medio del Océano, entre el cielo y el agua. Allí se está verdaderamente en presencia de Dios… Pero en ese lago interior apenas perderán ustedes de vista las costas… Vénganse ustedes conmigo en mi yate; les llevaré á donde quieran… Hace tiempo que tengo gana de ir á Ceilán; esa será una ocasión.

—Gracias, Harvey, respondió Marenval; para prueba nos basta ese lago interior, como usted llama desdeñosamente al Mediterráneo, que es muy traidor, entre paréntesis…

—¿Y en qué barco irán ustedes?

—Tenemos en tratos un yate, dijo Tragomer; el que sirvió á lord Spydell para ir al Cabo el año último. Es un vaporcito de sesenta metros de largo, de buenas condiciones marineras y que anda doce nudos. La tripulación se compone de veintiséis hombres. La arboladura tiene dos palos, lo que permite servirse de las velas y ahorrar el carbón…

—Y hasta hay á bordo cuatro buenos cañones, añadió Marenval, que parecía decidido á hablar siempre que debía callarse.

—¿Y qué piensan ustedes hacer con esa artillería? dijo una voz burlona.
¿Van ustedes á bombardear Malta ó á tomar Trípoli?

Tragomer se volvió y se encontró con Sorege, que sonreía de un modo enigmático.

—Los cañones estaban á bordo y los hemos dejado. ¿Quién sabe? Las costas de Marruecos no son muy seguras; no hace mucho tiempo los piratas apresaron un barco de comercio. Si hace falta podremos defendernos.

—Marenval, en efecto, sería una buena presa; le exigirían un enorme rescate… Pero la idea del viaje ha sido repentina. Me parece que no pensaba usted en eso hace pocos días, cuando hablamos…

—La verdad es que Marenval me anima, dijo Tragomer con descuido. Por mi gusto hubiera descansado todo el invierno. Diga lo que quiera M. Harvey, la locomoción intensiva durante un año es muy fatigosa. Pero descansaremos en las costas cuando queramos. Seguramente estaremos en los puertos más tiempo que navegando. Y acaso llevemos con nosotros algunos amigos… Yo he pensado en Maugirón. Con él estaríamos seguros de comer bien; él se ocuparía de eso.

—Entonces, dijo Sorege, si vamos á Niza y á Mónaco, ¿encontraremos á ustedes?

—Seguramente, amigo mío y si usted quiere ir á encontrarnos en Marsella, tendremos mucho gusto en llevarle por mar dentro de quince días.

Al oir esta proposición la fisonomía de Sorege se tranquilizó. Movió la cabeza y dijo en tono cordial:

—Agradezco á ustedes vivamente su amabilidad, pero no puedo alejarme de París. Miss Harvey extrañaría con razón mi partida y yo no tendría gusto alguno en marcharme. Seguiré á ustedes, pues, con el pensamiento.

—Entretanto, amigo mío, interrumpió Tragomer, que temía verse descubierto por su astuto interlocutor, va usted á presentarme á miss Maud Harvey como ha prometido…

—Con muchísimo gusto, á menos que M. Harvey no desee hacer él mismo esa pequeña ceremonia… Como navegante le debe á usted toda clase de deferencias…

—Sí, por cierto, dijo flemáticamente el americano. Creo, señor de
Tragomer, que á mi hija le gustará conocer á usted…

Pasaron al salón, donde la señora de Weller, en el centro de un grupo de señoras, estaba haciendo funcionar un admirable fonógrafo que acababa de recibir de América. El aparato era la última palabra del progreso y reproducía exactamente las voces humanas y los sonidos de los instrumentos. Una cuadrilla de indios cantaba una canción semi-salvaje que hacía entonces furor en todas las poblaciones americanas y bailaban una danza desordenada. Todo estaba exactamente reproducido, hasta las pisadas epilépticas de los bailarines y los aullidos de entusiasmo de los espectadores.

—Ahora, si ustedes quieren, dijo la dueña de la casa, oirán á la Patti y á Mac-Kinley…

Harvey y Tragomer se aproximaron á miss Maud, y en el momento en que Mac-Kinley empezaba á decir: Fellow citizens of the senate…, el ganadero, señalando á su hija el joven, dijo:

—Te presento al vizconde de Tragomer, un amigo de tu futuro marido…
Miss Harvey, mi hija.

La delgada fisonomía de la americana se esclareció con una sonrisa. Señaló á Cristián una silla al lado de su sillón y dijo en tono un poco autoritario:

—Siéntese usted. Celebro mucho hablarle; deseaba conocerle hace mucho tiempo. Algunos amigos míos me han hablado de usted con frecuencia.

—Su prometido…

—¡No! El señor de Sorege no ha pronunciado jamás su nombre de usted. Y, sin embargo, sé que ha sido su amigo durante muchos años. No debe usted extrañar el verme tan bien enterada; soy curiosa y me gusta saber lo que atañe á las personas con quienes entablo relaciones… ¡Y no las hay más importantes que las del matrimonio! Me alegro, pues, de conocer á los que han rodeado á mi futuro marido: se juzga muy bien á las personas por las que les acompañan… ¿Por qué Sorege no habla nunca de usted? ¿Están ustedes regañados?

Tragomer, algo sorprendido por aquel atrevimiento, inclinó un poco la cabeza para disimular su embarazo. Le repugnaba dar á miss Harvey informes falsos y no quería declarar el enfriamiento de sus relaciones con Sorege. Una palabra dicha por ella á su promedito bastaría para ponerle en guardia.

Tan poco enfadados estamos, que si su padre de usted no me hubiera hecho el honor de presentarme, iba á hacerlo Sorege mismo.

—¡Tanto mejor! Yo quisiera que el señor de Sorege tuviera muchos amigos como usted… Parece que los tuvo muy malos en otro tiempo… ¿Quién era aquel Freneuse, que tan mal acabó?

Al oir aquella pregunta imprevista, Cristián se puso rojo y miró atentamente á miss Harvey. Desde que tenía que habérselas con Sorege desconfiaba de todo. Sospechó que la americana servía inconscientemente de cómplice al hombre de las miradas ocultas y que aquella prueba había sido preparada como un lazo. Quiso entonces penetrar hasta el fondo del pensamiento de miss Maud y dijo:

—Ese pobre Freneuse, señorita, era un infeliz muchacho que conocíamos el señor de Sorege y yo desde la infancia y cuyas aventuras han sido causa de una gran aflicción para todos los que le tratábamos.

—¿Por qué el señor de Sorege tiene tanta repugnancia en hablar de esas aventuras y del que fué su protagonista?… Nunca he podido sacar de él mas que respuestas vagas y lloronas sobre este asunto.

—Pero, señorita Maud, ¿por qué esa curiosidad?

—¡Ah! Hay entre mis conocimientos muy malas lenguas que critican todo lo que se hace sin su intervención… Se ha criticado mucho mi proyecto de matrimonio con el señor de Sorege y como no se encontraba nada reprensible en su conducta, han recurrido á la de sus relaciones… De este modo he tenido que conocer ese desgraciado asunto de Freneuse. Ha habido quien me ha hecho entender que habiendo el conde vivido en intimidad con un culpable, no sería imposible que él llegase á serlo. Como es natural, he acogido esos absurdos con el desprecio que merecen; pero he interrogado á Sorege sobre su antiguo amigo y él, que es tan dueño de sí mismo, se ha turbado y ha parecido estar en un suplicio. Entonces me propuse poner en claro lo que hubiese en el asunto.

—Pero, señorita, me cuesta trabajo comprender que una joven como usted, sin inquietudes y sin cuidados, aplique su atención á asuntos tan dolorosos como el que usted evoca. Y en todo caso, si el hecho de haber sido amigo de Jacobo de Freneuse es comprometedor, permítame usted harcerla observar que yo también fui amigo suyo.

—Sí, pero usted le defendió, usted no teme hablar de él, ni se pone violento cuando se pronuncia su nombre… Tengo la costumbre de pensar muy claramente y de hablar con mucha franqueza. En este asunto de Freneuse hay algo que me choca en lo que se refiere al señor de Sorege. ¿Qué es? Usted debe saberlo; dígamelo.

Cristián permaneció impasible.

—No tengo nada que decir á usted, miss Maud, sino que Jacobo de Freneuse no ha cesado de afirmar su inocencia y que algunos amigos suyos no han creído en su culpa, á pesar de las apariencias y á pesar de las pruebas.

—¿Y usted es de esos amigos?

—Sí, soy uno de ellos.

—¿Y no ha hecho usted nada hasta ahora para probar que no se engaña?

—¿Qué he de hacer? La justicia ha pronunciado su fallo.

—¿Y si se ha engañado?

—La justicia no se engaña, aunque es algunas veces engañada, que no es lo mismo.

—¿Había, pues, en ese asunto alguien que tuviera interés en engañar á la justicia?

—Acaso.

—¿Le conoce usted?

—No, no le conozco.

En este momento Sorege, inquieto al ver que la conversación de Tragomer y de su prometida se prolongaba, apareció en la puerta del salón. Miss Harvey le hizo seña con el abanico de que se aproximara y con todo el ímpetu incontrastable de su naturaleza, le dijo:

—Venga usted por acá. Estoy encantada de que mi padre me haya presentado al señor de Tragomer, que me está interesando mucho con el asunto de Freneuse, sobre el cual nunca he podido arrancar á usted ni una palabra. ¿Por qué no me ha dicho usted que le creía inocente?

—¡Quisiera creerlo! dijo Sorege con voz sorda.

—Tiene usted menos sencillez de espírtu ó menos indulgencia que el señor de Tragomer, porque él admite la inocencia de su amigo.

El conde inclinó la cabeza con tristeza.

—Tragomer tiene muchas razones para querer que Jacobo sea inocente; por eso afirma lo que desea…

—¿Qué razón es puede tener que usted no tenga? Era amigo de aquel desgraciado como usted, no más.

—¿No ha dicho á usted entonces los lazos que le unían á la familia
Freneuse?

Miss Maud fijó en Tragomer su clara mirada. El joven se sonrió.

—Es verdad; la señorita de Freneuse era mi prometida cuando ocurrió la catástrofe que echó por tierra todos nuestros proyectos. ¡Oh! Confieso que fué por mi culpa… No tuve constancia ni firmeza para desafiar y despreciar la opinión pública y sufrí débilmente la influencia de cobardes consejos. Me alejé un poco de esas desgraciadas señoras y cuando volví hallé la puerta cerrada y los corazones llenos de desdén… Por eso he paseado por el mundo entero mi tristeza durante diez y ocho meses, sin lograr calmarla. Aquí tiene usted mi historia, que es la de todos los amigos de Jacobo de Freneuse, y ahora comprenderá usted porqué á Sorege le es desagradable hablar de este asunto.

—Le hubiera agradecido que me confesase la verdad, como agradezco á usted mucho su franqueza… Comprendo la resolución de la hermana de aquel desgraciado… Yo no perdonaría nunca una falta de valor moral… Me explico que se tenga miedo delante de un tigre ó de un león. Es un efecto físico que no se puede razonar, pero creo que sería inexorable para un desfallecimiento intelectual. Después de volver del viaje, ¿ha hecho usted alguna tentativa para ver á su antigua prometida ó á su madre?

—No, dijo sordamente Tragomer; sé que sería inútil…

—¿Y usted, conde, no las ha vuelto á ver?

—Nunca.

Miss Harvey se quedó un instante pensativa. Después dijo, con una expresión de melancolía que contrastaba con su habitual vivacidad:

—La suerte de esas pobres mujeres es de lo más triste que se puede soñar. ¿Siguen creyendo en la inocencia del joven?

—Siempre.

—¿Y no hacen nada?

—¡Qué quiere usted que hagan?

—¡Si yo estuviera en su lugar haría algo! No es admisible el estarse llorando y meditando en un rincón cuando se ha cometido una injusticia. Yo, señor de Tragomer, si uno de mis hermanos hubiera sido víctima de una maquinación semejante, no hubiera tenido ni un instante de descanso hasta hacer proclamar su inocencia; hubiera gastado para ello mis fuerzas, mi inteligencia y mi fortuna, pero no hubiera dejado al inocente en presidio aunque tuviera que arrancarle de él á la fuerza con una cuadrilla de filibusteros…

Á estas últimas palabras Sorege prorrumpió en una carcajada que produjo un ruido falso. Su mirada pasó por los entreabiertos párpados hasta fijarse en la cara de Tragomer para estudiarla con inquieto cuidado.

—Usted es, dijo, una verdadera amazona, miss Maud… Pero esas cosas no se hacen tan cómodamente como usted cree. Para guardar á los penados hay buenas tropas, sólidas fortificaciones y rápidos navíos que recorren las costas.

—¡Parece usted encantado por ello! contestó con vivacidad la joven. La verdad es que no lo comprendo. Hay momentos en que parece que odia usted á su antiguo amigo.

—¡Odiarle! no; pero le vitupero severamente por haber malgastado tan torpemente su vida y alterado la de los demás. No tenía más que seguir tranquilamente el camino que se le ofrecía y por su afición á los caminos extraviados se hundió en tal cloaca de vicios que fué imposible impedir que se perdiera. Le guardo rencor por eso, miss Maud, por eso solamente, y así pruebo una vez más mi amistad.

—Pero, si está usted aún preocupado por ese muchacho, ¿por qué no participa de la creencia de su amigo? ¿Por qué no trata de discutir la culpa del condenado?

—¡Ah! Eso es imposible. Nos estrellaríamos contra la evidencia, dijo Sorege con fuerza. Negar los hechos materiales y reconocidos, probar, lo inverosímil, cerrarse á la evidencia, no es empresa para un ser sensato. Se puede gemir, lamentar maldecir, revolverse contra el buen sentido; pero combatir contra la verdad, ¿para qué?

—Sorege tiene razón, miss Maud, dijo fríamente Tragomer. Lo comprendo tan bien que mis convicciones son enteramente platónicas. Si hubiera algo que hacer, ya lo hubiera intentado, esté usted segura. Precisamente porque todo lo creo inútil he tomado el partido de viajar para distraerme.

—Puesto que viaja usted, ¿por qué no va á ver á ese desgraciado?

Tragomer se estremeció y se preguntó una vez más si la americana estaría de acuerdo con Sorege para hacerle hablar. Pero la audacia misma de la pregunta destruía esa suposición. La joven estaba sencillamente influida por el genio aventurero de su raza, por el desconocimiento de los obstáculos que caracteriza á las grandes fortunas y por la inconsciencia de las leyes que es propia de la mujer.

—¿Ir á Numea? preguntó Sorege con su voz falsa. ¡Triste expedición!

—No tendría valor, dijo Tragomer, para ver en la abyección un hombre á quien he conocido bello y brillante. ¡Cómo estará después de dos años de vida común con aquellos innobles compañeros! El carácter se rebaja pronto, el cuerpo se gasta y las malas costumbres se apoderan del hombre. El presidio convierte un individuo inteligente y fuerte en un ser envilecido y degradado… Prefiero no ver ese espectáculo que me causaría profunda pena…

—Y, sin embargo, usted le cree inocente y se resigna á pensar que vive en esas miserables condiciones, sin tratar de sacarle de ellas. Va usted á pasearse por el Mediterráneo de modo de poder desembarcar en Cannes ó en Montecarlo, lo que es muy agradable y muy higiénico. Allí no verá usted espectáculos tristes, si trata de no mirar á los tísicos. Me habían dicho que los franceses eran los últimos enamorados de la Quimera y que no se cometía en el mundo una heroica locura sin que tomasen parte en ella. Celebro ver que han adquirido sentido práctico y que antes de tomar una resolución consultan sus intereses. Señor de Tragomer, buen viaje. Tengo mucho gusto en haber conocido á usted. Probablemente, habrá usted vuelto de su expedición en la primavera; si quiere venir con mi padre y conmigo á la isla de Wight, á donde iremos como todos los años, hará un viaje muy de su agrado, pues se divertirá sin emociones ni disgustos.

Al hablar así miss Maud miraba al joven con una sonrisa violenta que daba á su cara expresión de desdén extraordinario. Sorege intervino con aire paternal.

—¿Pero hay que estar loco, miss Maud, para agradar á usted? No es justo sermonear á Tragomer por mi causa. ¿Por qué exigirle una sublimidad de que yo no le doy el ejemplo? Esta noche está usted de humor regañón, y en este caso aquí estoy yo para servir de blanco. Pero, por favor, que se salven los transeuntes.

Miss Harvey se echó á reir.

—Después de todo, conde, tiene usted razón, como decía su amigo, y él también la tiene. He hecho mal en ponerme agresiva.

—¡Los pueblos nuevos! dijo Sorege. Ya pensarán como nosotros, razas cansadas.

La joven ofreció la mano á Tragomer y le dijo con su amabilidad acostumbrada:

—Me he exaltado un poco; espero que me dispensará usted.

—Con mil amores, dijo el bretón; y con más motivo todavía, puesto que
Sorege es el que ha hecho el gasto.

Todos rieron y el mismo Sorege se dignó alegrar un poco su impasible fisonomía.

—Ahora, dijo la americana, no me interesa ya permanecer aquí y me voy.

Hizo una señal á su padre y se alejó seguida de Sorege. Marenval, que acechaba á su compañero hacía largo rato, se acercó entonces y preguntó, no sin inquietud:

—¿Qué diablos de conferencia han tenido ustedes los tres en ese rincón?
Por los ademanes, me parecía que la conversación era grave.

—Y no se engañaba usted. Á poco me ofrece miss Maud llevarme ella misma á la Nueva Caledonia…

—¡Usted se chancea!

—No, por cierto. Y esto, delante de Sorege. Todavía tiemblo.

—¿Entonces la hija después del padre? ¡Pero esta familia tiene la manía de pasear á la gente por el mar!

—Me ha hecho sufrir un verdadero interrogatorio á propósito de Jacobo de Freneuse…

—¡Bah! ¿Para qué?

—Eso quisiera yo saber. He sospechado un instante que Sorege había preparado esta encerrona para cogerme… Pero no; estaba tan violento como yo… Todo ha sido casual… En todo caso pienso, en un momento dado, sacar partido de la entrevista. Miss Harvey no permanecería indiferente á nuestros esfuerzos en favor de Freneuse. Si hay necesidad de pedirle su ayuda en una circunstancia decisiva, no la creo mujer de regateárnosla.

—¿Contra su prometido?

—Hasta contra él.

—¿Está usted seguro de no haber dejado adivinar nuestros proyectos?

—Completamente. He preferido dejar que esa muchacha se burle de mí. En este momento le inspiro una deplorable opinión. Yo haré que la modifique.

—¿Se va usted?

—Sí, tengo que terminar aún algunos preparativos y que arreglar algunos negocios.

—¿Dónde nos veremos mañana?

—Á las tres, en casa de la señora de Freneuse. Quiero tratar de verla y cuento con usted para que me reciba.

—Hasta mañana, pues.

El sombrío hotel de la calle de Petits-Champs pareció despertar de su lúgubre silencio cuando el timbre de la puerta resonó, impacientemente movido por Tragomer.

Giraud salió á abrir, sonrió á Marenval y se quedó estupefacto al ver á Tragomer. Su cara volvió á tomar el aspecto taciturno y cuando Marenval le preguntó:

—¿Están visibles las señoras?

—Para el señor, ciertamente, respondió el criado, pero no sé si el señor de Tragomer…

El acento lleno de censuras de aquella frase interrumpida impresionó profundamente á Tragomer. Desde el primer paso veía exactamente los sentimientos que había para él en aquella casa. ¡Aquel hombre que en la niñez le llevaba á su casa después de jugar con Jacobo, y que le daba paternalmente golosinas y caricias, dudaba si sus señoras querrían recibirle! El hotel de los Freneuse aparecía silencioso y desolado, Jacobo no estaba allí ya, el criado se presentaba encorvado, tembloroso y triste, y él volvía á entrar como un extraño en aquella mansión antes abierta y risueña…

—Haga usted el favor, Giraud, de anunciar á las señoras mi venida; voy á esperar en el saloncillo donde…

Al decir estas palabras tan llenas de recuerdos para él, las lágrimas se agolparon á sus ojos.

—¡Ah! señor Cristián, exclamó el criado conmovido. Nuestro Jacobo no le hará á usted compañía como en otro tiempo… Pero creo que no le ha olvidado usted y que le quiere todavía… ¡Oh! Bien pensaba yo que era imposible que hubiese abandonado á su amigo como los otros…

—No, Giraud, no le he abandonado. Ya tendrá usted la prueba. Pero es importante que hable con la señora de Freneuse. El señor Marenval va á pedir que me reciba. Condúzcale usted y yo esperaré que me llamen.

Entró en la pieza donde Marenval había interrogado tan largamente á Giraud acerca de Sorege, y el criado y Cipriano se encaminaron al salón en el que aquella madre desconsolada pasaba su existencia sin esperanza. La hija estaba trabajando silenciosamente en el hueco del balcón. Fuera de los detalles corrientes de la vida, las dos mujeres no hablaban nada: estaban tan de acuerdo que no necesitaban palabras para comprenderse.

La puerta se abrió y apareció Marenval detrás de Giraud. La señorita de Freneuse dedicó al recién llegado una amable sonrisa, se levantó y ofreciendo la mano á Cipriano le condujo hasta su madre.

—Había prometido volver muy pronto, queridas primas, dijo el antiguo comerciante, y aquí estoy para traer á ustedes mejores esperanzas que la última vez.

—¿Ha sabido usted algo favorable á nuestra causa? preguntó turbada la señora de Freneuse.

—Sí, ciertamente, muy favorable… Pero ante todo, no quiero que se me atribuya á mi solo el mérito de lo que se ha logrado. En este asunto he tenido un aliado hábil y perseverante á quien se debe la parte más importante de los resultados obtenidos;… es Tragomer.

La frente de María se oscureció, pero Marenval no se desconcertó por eso.

—Es indispensable que le vean ustedes. Sólo él podrá darles los importantes datos que posee, pues él es quien los ha obtenido á fuerza de perseverancia y de sagacidad.

La señora de Freneuse miró á su hija para ver cómo acogía esta petición.
La joven hizo un movimiento de protesta, palideció y dijo, sin embargo:

—Recíbele, madre mía, si tienes en ello interés. Yo me retiraré.

—¿No puedes mostrarte menos rigurosa?

—Nunca olvidaré lo que ha hecho, bien lo sabes.

—Sin embargo, si repara su falta y trabaja con nosotros por la rehabilitación de tu hermano…

—Para convencerme necesito algo más que vanas palabras, dijo la joven con amargura.

Llamó y dijo á Giraud, que apareció en la puerta:

—Haga usted subir al señor de Tragomer.

Y sin decir más, pasó por delante de su madre y de Marenval y salió.

—¡Ese pobre Cristián! dijo Cipriano á la señora de Freneuse. Cuando usted sepa lo que ha hecho y lo que está dispuesto á hacer, será usted su abogado cerca de María. Es preciso no desanimar á un hombre tan útil. ¡Diablo! ¿Qué sería de nosotros sin él?

Tragomer entró. Durante un momento permaneció indeciso en la puerta, buscando con la vista á María, y no vió más que á la señora de Freneuse enlutada y con el cabello blanco. Sus labios se conmovieron, sus ojos se pusieron húmedos y sin poder articular palabra, Cristián fué á arrodillarse con respeto filial ante aquella mártir. La anciana abrió los brazos y ambos confundieron por un instante sus lágrimas. Por fin la señora de Freneuse se separó, enjugó sus ojos y dijo mirando afectuosamente al joven:

—Gracias, Cristián, por haber vuelto. Por unos minutos ha hecho usted resucitar el pasado. Veamos ahora qué ha hecho para que el porvenir sea mejor.

Tragomer se levantó, se apoyó en la chimenea y contestó, dirigiéndose tanto á Marenval como á la madre de Jacobo:

—He adquirido la convicción, más aún, la certeza, de que la mujer por cuya muerte fué condenado Jacobo, vive.

—¡Lea Peralli! exclamó con estupor la anciana.

—Lea Peralli. Ha habido en este asunto una parte misteriosa que estoy en vías de aclarar y no retrocederé ante nada para conseguirlo. Nuestro amigo Marenval me ayuda valerosamente, animado del mismo deseo y del mismo ardor que yo. Al fin de nuestra empresa esta la declaración de inocencia de su hijo de usted. Esto es lo que vamos á tratar de realizar.

—¿Pero cómo?

—Mañana salimos para un largo viaje por mar. Nos vemos precisados á costear por el Mediterráneo á fin de aparecer en Niza, en Nápoles, en Palermo y en Alejandría, engañando así á los que nos observan. Pero repentinamente cambiaremos de rumbo, pasaremos el canal de Suez, nos lanzaremos á todo vapor en el mar de las Indias y, por Colombo, llegaremos á la Nueva Caledonia. Allí bajaré á tierra, veré á Jacobo y le plantearé las formidables preguntas que deben esclarecer por completo la oscuridad de que tan hábilmente han sido rodeados los pormenores del crimen.

—¿Van ustedes á verle? exclamó la madre juntando las manos con ademán suplicante. ¡Oh! Llévenme con ustedes.

—No podemos. La presencia de usted á bordo sería una confesión de nuestros proyectos. Por el contrario, es preciso que cuide usted de salir alguna vez durante nuestra ausencia, para que todo el mundo sepa que está en París.

—¡Todo el mundo! ¿Quién tiene interés en vigilarme y en temerles á ustedes?

—El ó los cómplices, ó los culpables mismos, en cuyo lugar sufre y expía Jacobo… Si los ponemos en guardia pueden escaparse. Para apoderarnos de ellos, es preciso, que caigamos encima como un rayo…

—¿Pero yo los conozco? preguntó con angustia la anciana.

—No me pregunte usted, respondió Tragomer; conténtese con la esperanza que le doy. Después de haber vivido durante dos años en el aniquilamiento y en el dolor, puede usted volver á la esperanza y á la alegría.

—¡La alegría! ¡Ay! Nunca la recobraré, aunque vuelva á ver á mi hijo. Estas pruebas rasgan el corazón por toda la vida. Véame usted; estoy encorvada, blanca y arrugada como una octogenaria y no tengo cincuenta años. Ruego al cielo que los que me han proporcionado mi horrible tortura no sufran todo el castigo que merecen…

—¡Oh! señora, le sufrirán terrible, porque su maquinación tuvo tan buen resultado, que se creen seguros de la impunidad. Ha sido preciso un conjunto de circunstancias increíbles para que yo haya encontrado el primer hecho que me abrió los ojos. De pesquisas en pesquisas, hemos necesitado mucho tiempo y muchos esfuerzos para llegar al punto en que estamos y aún nos queda todo por hacer.

—¿Pero tienen ustedes, al menos, esperanzas de lograr su empeño? dijo la anciana, espantada por las restricciones de Tragomer.

—Mi querida prima, dijo Marenval, míreme usted bien. Yo no me aventuro con frecuencia y, sobre todo, jamás lo hago á la ligera. Para que un hombre como yo, al fin de su carrera, acomodado, dichoso, libre, rico, y sin otro cuidado que el de vivir bien, emprenda un asunto como este en que nos hemos comprometido Tragomer y yo, es preciso que esté firmemente seguro del resultado… ¡Sí! Lo lograremos.

La señora de Freneuse miró con extrañeza mezclada de asombro á Cipriano y éste añadió con acento de bondad:

—Tragomer me lo ha prometido y tengo confianza en él.

—Pero ¿cómo sabremos lo que suceda?

—Todo lo he previsto. Mi ayuda de cámara recibirá nuestras cartas y se las traerá á ustedes; así estarán al corriente, sin recibir una correspondencia directa. La indiscreción de un empleado ó la charla de un doméstico podrían descubrirnos y echarlo todo á perder.

—¿Y que haré yo para responder á ustedes?

—Seguirán el mismo camino. Mi ayuda de cámara es un hombre de confianza, como Giraud… Pueden ustedes darle sus cartas y él las dirigirá al capitán de nuestro yate.

—Lo que encargo á ustedes desde ahora, dijo con intensa emoción la anciana, es que abracen á mi desgraciado hijo en mi nombre y le aseguren que mi corazón no ha dudado jamás de él y que mi pena no me ha importado pensando en la suya. Ha cometido muchos errores y muchas faltas, pero está pagando su mala vida con un suplicio que le limpia y le engrandece. Díganle ustedes esto que le consolará si ha llorado y antes de prometerle la rehabilitación háganle ver que nada es perdido en este mundo, ni aun el dolor…

—Realizaré sus deseos, señora, dijo gravemente Tragomer; pero si usted piensa que se puede expiar cualquier error, dígnese ser indulgente con los que yo he cometido. ¿No querrá usted abogar por mi con la señorita de Freneuse? Sería muy dulce para mi decirle adiós antes de marchar. Si sigue inexorable por lo que á ella concierne, acaso quiera animarme por cariño á su hermano. No pido ningún perdón, ninguna esperanza. Un sencillo deseo de buen éxito y si no vuelvo, una oración.

La señora de Freneuse se levantó, pasó á la pieza contigua, donde estuvo un instante, y volvió á aparecer seguida de su hija. Las dos mujeres estaban pálidas y con los ojos llenos de lágrimas. María se adelantó hacia su antiguo prometido y dijo con voz segura:

—Ha pedido usted verme, señor de Tragomer, antes de partir. Sé que va usted á intentar la salvación de mi hermano y no puedo oponerme á ese deseo. Aquí estoy.

Tragomer permaneció delante de ella turbado, temblando y desgraciado. Quiso hablar, pero había prometido callarse. Su justificación le subía á los labios y su corazón estaba lleno de pena viendo después de dos años, adelgazada y abatida por el dolor, á la que había conocido risueña, y dichosa. Le parecía más hermosa en el dolor que en la alegría. Su cara había tomado un carácter de nobleza y de altivez en vez de su antigua expresión de discuido y de candor. Se adelantó hacia ella y dijo con dulzura:

—María…

La joven se estremeció ante los recuerdos que evocaba en su mente aquel nombre pronunciado por su antiguo prometido. Todo el pasado desfiló por sus ojos. Vió la casa alegre y animada, á su madre dichosa, á su hermano mimado á pesar de sus locuras, y á ella sonriente ante un porvenir de felicidad.

Ante ese cuadro tan dulce de la antigua vida, acabada para siempre, la joven no pudo contener su emoción y llevándose las manos á la cara rompió en sollozos. Tragomer, entonces, sin poder contenerse dijo con vehemencia apasionada:

—Esas lágrimas, María, me afligen y me encantan á la vez, porque indican que no lo ha olvidado usted todo y que su corazón no está cerrado para siempre. ¡Oh! si, se abrirá de nuevo para mi, lo sé, y me perdonará. Tanto haré que olvidará usted su justo resentimiento. Si hubiera partido sin ver á usted, creo que mi empeño hubiera fracasado. Ahora que ya no tengo ninguna inquietud, estoy seguro de triunfar. Sepa, pues, que por usted haré todo lo que he pensado y entonces, comparando mis errores con la reparación conseguida, llegará un día en que usted me perdone.

María se levantó tranquila, fuerte, decidida, y mostrando á Cristián su hermosa cara transfigurada por la esperanza, pronunció estas palabras:

—¡Logre usted su empeño!…

Tragomer lanzó un grito de júbilo y viendo la mano de María que caía con descuido por encima de su falda, la cogió arrodillándose é imprimió en ella respetuosamente sus labios. Después se inclinó ante la señora de Freneuse y dijo:

—¡Vamos, Marenval; ahora partamos.

—¡Partamos! repitió Cipriano con energía.

Y abrazando calurosamente á las dos mujeres, siguió á Tragomer.

SEGUNDA PARTE

VI

La chalupa de vapor se detuvo al pie de la escalera del muelle y un sargento de infantería de marina tiró con un gancho de la embarcación para facilitar el desembarque del pasajero. Éste se levantó de la popa, donde estaba sentado al lado del timonel y dijo en inglés:

—Esperadme aquí hasta que vuelva. Acaso tardaré largo tiempo; que ni un solo hombre baje á tierra.

—Muy bien, master Cristián.

Tragomer vestido de tela blanca y llevando en la cabeza el casco colonial de corcho, saltó con ligereza á las losas mojadas de la escalera y subió al muelle. Una bandada de canacos vestidos de sórdidos oropeles se agolpó delante del viajero. El sargento exclamó rudamente.

—¡Atrás! atajo de brutos…

Y levantando un revenque que tenía en la mano pareció dispuesto á poner de acuerdo sus actos con sus palabras. Los indígenas hicieron plaza al recién llegado y éste se encontró solo en presencia del jefe del puesto.

—¿Ha desembarcado usted del pequeño navío inglés; caballero?

—Sí, dijo Tragomer con un fuerte acento inglés, he desembarcado para todo el día. Quisiera visitar el establecimiento penitenciario…

—Hay que pedir permiso al gobernador.

—¡Ah! ¿Y dónde está el gobernador?

Con la habitual complacencia francesa, el sargento buscó con la vista al rededor y viendo un vigilante canaco que estaba holgazaneando sentado en el parapeto de la estacada, le gritó:

—¡Derinho! Vas á acompañar hasta el palacio á este señor extranjero… No encontrará usted al gobernador, caballero; está haciendo un viaje á bordo del aviso de guerra… pero le recibirá á usted su secretario… Si, son las tres y debe estar allí todavía… Si por casualidad se hubiera marchado, lléguese usted al café de la Cousine.

—Gracias, dijo sonriendo Tragomer, y no queriendo ofrecer dinero al digno sargento, sacó del bolsillo una petaca de paja de Manila y la presentó al jefe del puesto.

—Hágame el favor de aceptar un cigarro.

—¡Con mucho gusto!… ¡Cáspita! ¿Ha pasado usted, al venir, por la
Habana?

Cristián vació la petaca en las manos del soldado y, saludándole, siguió al guía que le esperaba.

—Esta vez, exclamó alegremente el soldado viendo alejarse al viajero, si atrapo el cáncer del fumador, no será con colillas…

Y encendiendo voluptuosamente un cigarro de banquero, continuó su interrumpida ronda de vigilancia. Hacía un calor sofocante apenas dulcificado por la brisa del mar. La isla de Nou extendía enfrente de la rada su costa baja orlada de espuma y en el cielo sin nubes se recortaban las agrestes y verdosas cimas de la isla de los Pinos. La bahía estaba animada por el movimiento de las chalupas y de los lanchones conducidos por marineros canacos. Un gran barco carbonero estaba llenando sus calas y repartía en derredor una mancha negra, mientras algunos navíos mercantes, con las velas plegadas en las vergas y las chimeneas inactivas, balanceaban su mole sobre las ondas azules. Unos cuantos metros más lejos, un yate blanco, armado en goleta, de poca altura sobre el agua y cortado para carreras, levantaba su chimenea amarilla por la que se escapaba un ligero penacho de humo: En el palo de popa flotaba la bandera inglesa y el movimiento de la tripulación en el puente indicaba que el navío tenía sus calderas encendidas y estaba pronto á marchar.

Por un paseo de árboles cuya vitalidad no honraba á la administración colonial, Tragomer entró en la población precedido por el guía. Como hacía buen tiempo, una espesa capa de polvo cubría el camino, que en la época de las lluvias debía convertirse en un río de cieno. Á uno y otro lado se veían algunas tiendas poseídas por expenados y que ofrecían á la población objetos de utilidad ó de lujo. Las muchachas canacas, con sus sombreros trenzados y sus vestidos de algodón de colores, pasaban, de vuelta del mercado, mostrando las cestas llenas de pescados y respondiendo con sonrisas á las miradas de los soldados de marina. El vigilante acortó el paso y Tragomer vió delante de él una construcción bastante vasta en la que se ostentaba la bandera tricolor.

—¡Palacio!… dijo con énfasis Derinho, escupiendo un charco de saliva enrojecida por el betel.

—Bien, respondió Tragomer, que divisó al centinela apoyado negligentemente en su fusil á la sombra de la garita.

Cristián dió una moneda al guía y entró en el palacio. Una cuadrilla de penados estaba componiendo el techo de un pabellón y el vigilante, sentado en una viga, fumaba tranquilamente. Sobre una puerta Tragomer leyó: "Administración penitenciaria—Despacho del Gobernador—Secretaría general;" Entró y un empleado soñoliento levantó la cabeza al oir pasos y dijo con voz agria:

—¿Qué desea usted?

—Hablar con el señor secretario…

—¡Otro inglés! murmuró el empleado; y levantándose perezosamente entró en la habitación contigua.

—Pase usted, dijo reapareciendo un momento después.

El secretario estaba medio echado en una butaca, con el chaleco desabrochado y la corbata deshecha. Al ver al visitante se levantó, indicó con mano negligente un sillón enfrente del suyo y con una cara que expresaba grande asombro, pues nadie iba á aquel país sin estar obligado, dijo:

—¿Á quién tengo el honor de hablar?

—Sir Cristián Fergusson, de Liverpool, y aquí tiene usted una carta del cónsul de Francia en Colombo que me recomienda á la benevolencia del señor Gobernador.

—¿El señor es inglés? dijo el secretario cogiendo el papel con amable indiferencia. Sí, no vemos visitantes si no son ingleses ó americanos. Los franceses no vienen jamás… Esos no viajan… ¿Para qué venir, por otra parte, á este endiablado país? ¡El establecimiento! ¡Los campos penitenciarios! ¡Bonito espectáculo! En fin, cada uno su gusto…

Echó una ojeada á la carta y continuó:

—Está usted haciendo un estudio comparativo del régimen penal de las naciones europeas… ¡Ingrato trabajo! Hay que ver de cerca á los penados, como nosotros los vemos, para darse cuenta del escaso partido que se puede sacar de ellos para colonizar… ¡Mal ganado, caballero, mal ganado! ¡Y difícil do conducir! Todos creen, al llegar aquí, que van á estar en Jauja. Los hay que están en las cárceles de Francia y matan para ser enviados á la Nueva Caledonia… Ven la colonia á través de sus sueños y cuando se encuentran con la realidad viene el desencanto. Aquí no gozan de una existencia de plantador ó de sibarita… ni con mucho. Creen que van á pasar el tiempo fumando en la orilla del mar, como parisienses de veraneo, y se sublevan cuando ven las cuadras, los dormitorios en que duermen encadenados, los vigilantes revólver en mano… ¡Oh! Cuando se portan bien, la administración es paternal con ellos. Se les admite en las oficinas, se dulcifica su suerte y se les hace casi dichosos… Pero ¿cuántos se hacen dignos de esos favores?… La mayor parte no tienen más que una idea: robar y escaparse…

El secretario tomó aliento. Su oyente le había escuchado con una atención que le halagaba, y ya se preparaba á proseguir, cuando Tragomer le preguntó:

—¿Son frecuentes esas evasiones?

—Muy frecuentes, pero casi siempre inútiles. Para que un penado se pueda escapar, es preciso que le recoja un navío. Tuvimos en otro tiempo la evasión de Rochefort con Olivier Pain, que se cita como una especie de leyenda. Pero es preciso gastar mucho dinero y tener cómplices fuera para que salga bien una tentativa semejante… Generalmente, los que se escapan se meten en las malezas y viven allí como bandidos corsos, hasta que los cogen los canacos ó se rinden ellos mismos… Su única probabilidad de salvación es apoderarse de una lancha y tratar de llegar á la Australia… Pero entonces corren el riesgo do morirse de hambre ó de que se los coman los tiburones.

—¿Y dónde se escapan más fácilmente?

—En la isla Nou… El último que nos jugó esa partida consiguió despojar de su uniforme al vigilante y atarle como un salchichón… Después se escapó en su lancha, pero se le alcanzó en el mar y fué preso… Es un antiguo sacerdote, condenado por atentado al pudor. ¡Oh! un buen punto… Le echaron encima cinco años de célula… Allí puede decir sus rezos á la sombra.

El secretario se echó á reír, pero se repuso ante la calma imperturbable de su interlocutor.

—¿Hay en este momento penados cuya conducta sea ejemplar y que merezcan los favores de que me hablaba usted hace poco?

—¡Ah! Ya veo que está usted haciendo averiguaciones serias, dijo el secretario, mirando con curiosidad á Cristián.

—Sí; voy á publicar un trabajo á mi vuelta á Inglaterra, en el Century-Magasine… y deseo reunir datos.

El secretario cogió un librote, lo hojeó y dijo:

—Tenemos en el almacén un antiguo notario condenado á veinte años por haber arruinado un pueblo entero de provincia… Nos presta muy buenos servicios… Aquí, en el hospital, hay un médico condenado á perpetuidad por haber envenenado á su querida… Estuvo admirable, hace poco tiempo, cuando la epidemia de viruela: sin su abnegación, no sé cómo hubiéramos salido del paso… Yo no quiero que me cuide otro médico cuando esté malo… Y la familia del gobernador forma parte de su clientela…

—¡Muy curioso! dijo Cristián. Verdaderamente francés!

—Amigo mío, contestó el secretario, no hay que andarse con prejuicios ante el peligro. Es mejor ser curado por un presidiario que morirse tratado por un santo.

Yes. ¿Y hay otros?

—Sí; le indico muy particularmente un joven de buena familia condenado á perpetuidad por haber matado á su querida. Ha caído en un misticismo extraordinario, hasta el punto de edificar con su piedad al capellán. Si el señor gobernador le dejase libertad para ello y los reglamentos lo permitieran, se haría cura… Nos hemos visto obligados á separarle de los demás penados, que le colmaban de injurias y de malos tratamientos y hubieran acabado por matarle, tomándole por un espía destinado á denunciarles.

—¿Y cómo se llama ese hombre tan extraño?

—Se llamaba Freneuse. Ahora está matriculado con el número 2317.

Tragomer se estremeció, su cara se cubrió de palidez y su corazón se oprimió dolorosamente. Respondió, sin embargo, con calma:

—¿Me será posible ver al notario, al médico y á ese apóstol?

—Sí, si así lo desea usted.

—Creo que me será útil.

—Pues voy á dar á usted un permiso.

—Será usted muy amable.

El funcionario escribió unas líneas y dijo:

—Doy orden para que pongan á la disposición de usted la lancha de la administración; eso simplificará todas las formalidades. El patrón acompañará á usted.

¡All right!

—Pero son las diez dadas. ¿Ha almorzado usted?

—No; no he hecho más que desayunarme esta mañana. Si quiere usted permitir á un viajero con el que ha sido usted tan complaciente, que le invite á almorzar, llegará al colmo de su buena hospitalidad… tan francesa.

—Realmente, soy yo quien debe hacer los honores…

—Me disgustaría usted, dijo Cristián sonriendo.

—Pues acepto.

Se puso la corbata, se abrochó el chaleco, cogió el sombrero y salió precediendo á Tragomer.

El mismo día, á las tres, la lancha de la administración, impulsada, por seis vigorosos pares de remos que manejaban otros tantos presidiarios, atracaba en la isla Nou, y Cristián, conducido por el patrón del barco, se dirigía al establecimiento penitenciario. En la muralla que rodea el campo de los penados se apoyaba un pequeño edificio en cuya puerta se leía, en letras negras y rojas, estas palabras: Pretorio disciplinario. Era el tribunal ante el que comparecían los indisciplinados para responder de sus fechorías. Un estrado y unos cuantos bancos guarnecían la sala, cuyas paredes estaban tendidas de cal.

—Siéntese usted un instante, milord, dijo el vigilante. Voy á buscar al 2317 y se lo traeré… Puede usted fumar si gusta…, no huele á rosas aquí.

Tragomer inclinó la cabeza sin responder, y se apoyó en el estrado desde el cual se distribuían castigos á aquellos desgraciados que parecen, sin embargo, haber llegado al máximum del sufrimiento. Una indecible angustia le oprimía el corazón. Había llegado al fin de su empresa; el presidio le había abierto sus puertas y dentro de un instante iba á encontrarse en presencia del que venía á buscar desde tan lejos.

Conocía ya su estado moral, pues el secretario se lo había descrito claramente; pero ¿cuál sería su estado físico? ¿Cómo habría soportado la terrible prueba de la vida común con tantos bandidos? ¿Qué habría sido, después de dos años, del hermoso Freneuse? ¿Habría persistido el vigor en aquel cuerpo sometido á repugnantes trabajos, á privaciones de alimento y á un clima mortífero? ¿No le habría minado y destruído la pena? ¿Llegaría á tiempo la salvación? Se oyeron pasos, la puerta se abrió y el vigilante dijo.

—Entre usted. Aquí está el extranjero que tiene autorización para verle.

Tragomer se volvió. Quería que Jacobo no pudiera reconocerle al entrar. No sabía si el vigilante les dejaría solos y temía que un grito, un ademán, una palabra, redujesen á la nada toda su combinación. El vigilante se acercó á él:

—Milord, aquí está el personaje. Está un poco chillado, ¿sabe usted? Escuche sus tonterías el tiempo que guste y cuando se canse no tiene más que llamarme. Yo me quedo á la puerta.

Tragomer experimentó una tranquilidad deliciosa. Iba á poder hablar libremente á su amigo. Ahora ardía en deseos de volverse y de verle. Le sentía allí, á tres pasos, humilde y obediente, esperando sus órdenes. Veía de reojo su silueta miserable con el traje de lienzo del presidio. Una sombra interceptó la claridad de la puerta; era el vigilante que salía. Cristián, entonces, se volvió y poniéndose un dedo en los labios como para recomendar la prudencia á su amigo, avanzó hacia él sonriendo.

Jacobo de Freneuse no hizo un gesto ni pronunció una palabra. Un tinte lívido invadió su cara enflaquecida y afeitada, sus ojos se agrandaron asustados como á la vista de un espectro, tembló con todos sus miembros y, las manos juntas, los labios balbucientes, dijo muy bajo, como si temiera hacer desvanecerse aquella dichosa visión:

—¡Cristián! ¡Cristián! ¿Es posible? ¡Cristián!

Las lágrimas brotaron de sus ojos tristes y dulces y se deslizaron por sus demacradas mejillas. Y se quedó allí inmóvil, el pecho anheloso y medio muerto de angustia y de esperanza. De pronto percibió á su amigo que venía hacia él, sintió que dos manos afectuosas estrechaban las suyas y oyó una voz que decía:

—¡Cuidado! El vigilante puede oírnos, y todo se perdería… ¡Jacobo! ¡Mi pobre Jacobo! ¡En qué estado te encuentro! Mírame… que yo vea tus ojos… ¡Cómo has debido sufrir para llegar á esta delgadez, á este abatimiento!…

Le atrajo al ángulo más lejano de la sala, donde era difícil verlos é imposible oirlos desde fuera. Se sentaron en un banco y Tragomer cogió en sus brazos al pobre mártir y le estrechó contra su corazón riendo y llorando á la vez. Jacobo, sin embargo, trataba de desasirse, como avergonzado.

—¿No te causo horror? dijo con amargura. Mira mi traje y este número, que es ya mi único nombre, ¡Estás abrazando á un presidiario, Tragomer! ¡Bien sabes, sin embargo, que soy un asesino!

—¡No! Sé que eres inocente y acabo de navegar millares de leguas para decírtelo y para ayudarte á probarlo. Jacobo, bésame en la mejilla; la última boca que se ha posado en ella es la de tu madre.

—¡Mi madre! dijo Jacobo con extravío. ¿La has visto, vienes de su parte y me traes sus besos? ¡Oh! Cristián, he aquí un momento que me compensa de muchas penas… ¿Se habrá el cielo apiadado de mí? Pero no me escuches… ¿Qué importa lo que yo digo? ¿Qué puedo decirte? Mi vida se resume en la palabra desgracia. ¡Háblame! Tengo sed de oirte!…

—Los instantes que hemos de estar juntos son preciosos, Jacobo mío. He entrado aquí con nombre falso. Me creen inglés. Tengo un navío anclado en el puerto. Marenval, pronto y decidido á todo, me espera.

—¡Marenval! ¿De dónde viene ese celo imprevisto?

—De sus remordimientos por no haber hecho bastante por tu causa y de su deseo de reparar su falta.

—Pero ¿qué intentáis?

—Escucha. En el momento de la sentencia protestaste de tu inocencia con toda la energía de que eres capaz. Nadie te creyó. Los que más te amaban, pensaron que habías obrado en un momento de locura, pero con gran dolor suyo, tuvieron que privarse de defenderte. El asesinato era un hecho cierto, evidente, indiscutible.

—Sí, dijo Jacobo, pero no le había cometido yo. En la cárcel, durante la prisión preventiva, me cogía la cabeza con los manos y me volvía loco, porque, como tú dices, la evidencia me aplastaba. Y, sin embargo, yo sabía bien que era inocente. Cuando los testigos desfilaban delante de mí en la sala de audiencia, y todos probaban mi crimen; cuando el fiscal tomó la palabra para acusarme, yo me preguntaba si mi razón me había abandonado, porque todos decían cosas que yo no podía negar ni refutar y, sin embargo, sabía que era inocente. Mientras la notable defensa de mi abogado, yo comprendía que ninguno de los argumentos con tanta inteligencia aducidos por él llevaba la convicción á los ánimos, y oí mi sentencia sin asombro alguno. Sin embargo, era inocente. ¿Cómo se explica, Cristián, que se puedan producir iniquidades semejantes, que un desgraciado pueda ser entregado á los verdugos sin haber hecho nada para ser torturado, que se le insulte, que se le humille y que se le encadene, si no hay en su destino un castigo del cielo con el que ha sido ingrato? Nada ocurre en la vida sin que tenga una razón determinante; la dicha ó la desgracia se merecen por los esfuerzos hechos en el sentido del bien ó del mal. Yo nací bajo una influencia dichosa; la fortuna repartió en torno mío sus más preciosos dones, y yo, en vez de aprovechar esas influencias favorables para levantarme más y más, las usé para descender hasta la más horrible conducta. He afligido á los míos con mis caprichos y mis faltas. No puedo comprender esta catástrofe final sino como una expiación de mi mala vida. He meditado, he llorado, he sufrido y me he inclinado bajo la mano que me hiere, para merecer su misericordia por mi resignación.

—¿Así pues, has renunciado á toda esperanza de justificarte?

—¿Cómo probar hoy lo que no pude hace dos años? Para perderme se unieron mil circunstancias misteriosas. Tenía una deuda con el destino y la estoy pagando.

—¿Y si yo hubiera descubierto la trama misteriosa y criminal de esas circunstancias misteriosas?

—¿Sabrías tú lo que yo me maté inútilmente por saber?

—Lo sé.

—¿Cómo lo has descubierto?

—Por casualidad.

—¿Conoces al culpable?

—Todavía no, pero sé que no pudiste ser tú.

—¿Has descubierto al verdadero asesino de Lea Peralli?

—No lo he descubierto, por la sencilla razón de que Lea Peralli está viva.

Los ojos de Jacobo se pusieron fijos como si los atrajera una visión lejana y horrorosa. Movió la cabeza y dijo:

—La vi bañada en sangre. ¡Estaba muerta!

—Y yo la he visto llena de fuerza y de salud. ¡Estaba bien viva!

Una sombra de espanto pasó por la mente de Jacobo: el infeliz creyó que la locura venía de nuevo á asaltar su mente. Bajó la voz y dijo con terror:

—¡Cristián! ¿Estás seguro de no delirar? Tengo miedo por mi razón en algunos momentos. Los testigos, los jueces, todo el mundo ha estado de acuerdo. Yo estoy aquí con esta inmunda librea de presidiario porque Lea Peralli murió asesinada. ¿Qué significaría todo este rigor, toda esta infamia, si yo no tuviera que responder de un crimen cierto? ¿Qué formidable y monstruosa mistificación se habría cometido? ¿Y qué decir de los que se hubieran prestado á ella?

Se echó á reir sordamente; después sus ojos se llenaron de lágrimas. Bajó la cabeza, como para ocultar el llanto, y el movimiento acompasado de sus labios hizo creer á Cristián que estaba rezando.

—Jacobo, no puedo explicarte cómo ha sucedido todo esto, pero te afirmo que es cierto. Se ha cometido un error que no califico, porque me faltan palabras para ello, pero se ha cometido. Tu inocencia, en la que nadie ha querido creer, es cierta. Si se ha cometido un crimen no has sido tú el autor. Así lo he asegurado á tu madre y á tu hermana cuya desesperación he logrado apaciguar temporalmente. Así lo he declarado á uno de los magistrados que estudiaron tu causa, que te creía culpable y á quien he hecho dudar con mis afirmaciones. He probado tu inocencia á Marenval y ese escéptico, ese egoísta, ha sido presa de tal entusiasmo que ha fletado un navío, ha dejado sus placeres, y ha atravesado los mares desafiando peligros, fatigas y responsabilidades para acompañarme hasta ti. Y cuando llego á decirte que el crimen por el que estás condenado no se ha cometido, ¿serás tú el único que no quiera creerme?

—¡Pero se ha cometido un crimen! exclamó Jacobo con espanto. Veo todavía aquella mujer muerta, con su cabello rubio y su cara ensangrentada é informe…

—¡Informe!

—¿Quién era aquella mujer, si no era Lea?

—Eso es lo que vengo á preguntarte.

El presidiario se torció las manos, angustiado por su ignorancia, que él creía mortal.

—¡No sé! ¡No puedo saber! ¿Cómo quieres que sepa? ¡Oh! Me estás atormentando… Déjame en mi abyección y en mi rebajamiento… ¿Á qué querer remontar la corriente? ¡Estoy perdido sin apelación! El destino no cambia. Soy un desgraciado víctima de fatalidades inexplicables y en vano tratarás de arrancarme á mi suerte. No me revoluciones el pensamiento con esperanzas irrealizables. Déjame: no espero más que el reposo y el olvido de la muerte.

—¿Á tal abandono de ti mismo has llegado? exclamó Tragomer. ¡Qué! el efecto de la miserable condición en que vives hace dos años ha sido tan rápido y tan completo que renuncias á justificarte y á confundir á los culpables?

—Tú no sabes, Cristián, las torturas mortales que he padecido. ¡Todo me es indiferente ya!

—¿Hasta ver á tu madre y á tu hermana?

—¡Oh! no… Eso solamente, eso es lo que deseo. ¿Pero cómo lograr esa dicha? Soy un presidiario. Por muy benévolos que sean mis carceleros, no puedo esperar la libertad antes de años y años, y aun entonces no podré volver á Francia. Sería, pues, preciso que mi madre y mi hermana viniesen aquí y cuando ahora no han venido contigo es que juzgan que es imposible y no lo harán jamás. Ellas y yo moriremos sin habernos vuelto á ver. Eso es lo que me desgarra el corazón, Cristián; acepto mi miserable suerte, me resigno á sufrir, pero no á que sufran los que amo.

Dejó caer la cabeza hasta las rodillas y así, con el cuerpo enflaquecido, encorvado en su sayal de tosco lienzo, se echó á llorar como un niño. Al oir ese ruido el vigilante apareció en la puerta y viendo á Tragomer sentado con el preso, que lloraba á lágrima viva, dijo:

—¡Ah! ¿Está contando su historia y eso le conmueve? No es mal muchacho, aunque haya dado un mal golpe… Si todos aquí fueran como él, nuestro oficio no sería duro… Se podría tener humanidad… Pero la mayor parte, milord, son buenos mozos que le matarían á uno si no tuviera el revólver en la cintura… ¿Se cansa usted de hablar con él? Me le llevaré…

—Un instante, dijo Tragomer con calma. Ha logrado conmoverme y quiero conocer el fin de su aventura…

—Como usted guste.

Y el vigilante encendió un cigarrillo y fué á sentarse en la sombra para esperar al visitante.

—Ya ves, Jacobo, que tenemos los instantes contados. Voy á tener que dejarte y nada te he dicho de nuestros proyectos. Si esperas aquí que se pruebe tu inocencia, pueden pasar años. Tu madre puede morir sin haberte visto y tú mismo puedes desaparecer. Además es imposible que establezcamos las verdaderas responsabilidades y que desembrollemos la maraña de pruebas enredada al rededor de tu cabeza, si no estás á nuestro lado para trabajar y guiarnos. La obra emprendida será lenta y más lenta todavía la justicia. Hay que obrar y adelantarnos á ella atrevidamente.

—¿Qué has soñado? preguntó Jacobo con estupor.

—Que te escapes.

—¡Yo!…

—Si… No debe ser difícil… Tú gozas, según me han dicho, de una libertad relativa. Trabajas y duermes en un edificio que depende de las oficinas… ¿Á qué hora de la noche te encierran?

—No puedo decirte nada, contestó Jacobo con rudeza. Me tientas en vano… No quiero escaparme.

—¿Rehusas la libertad?

—No quiero tomármela.

—¿Crees que te la darán?

—Si tienes las pruebas de mi inocencia, intenta la revisión del proceso…

—¡Qué! ¿No comprendes que nos estrellaremos contra todas las dificultades acumuladas por tus enemigos, y que tenemos que contar con la mala voluntad de la justicia? Empieza por huir; después probaremos que no eres culpable, te empeño mi palabra…

Jacobo alzó la frente. En las frases de su amigo, le habían conmovido dos palabras: tus enemigos. Hasta entonces había acusado de su infortunio á la casualidad y la oscuridad impenetrable que rodeaba su pensamiento había contribuído á apaciguarle. El misterio, que al principio le exasperaba, fué después una causa de resignación. Pero, de pronto, Tragomer arrojaba en su espíritu una levadura inesperada y su calma se veía turbada por una repentina fermentación. ¡Sus enemigos! Quería conocerlos y una ardiente curiosidad reemplazó á su indiferencia envilecida.

—¿Crees que mi pérdida ha sido preparada por personas que tenían interés en hacerme daño?

—No me cabe duda.

—¿Las conoces?

—Sospecho que sí.

—Dime sus nombres.

Tragomer vió en los ojos de su amigo que la vida moral renacía en él.
Jacobo de Freneuse empezaba á reaparecer.

—Si te nombro al que sin duda alguna urdió toda la intriga, te vas á estremecer de horror ante una acción tan baja y tan cobarde de un ser con el que tenías derecho á contar, que no ignoraba nada de tus pensamientos ni de tus acciones y que estaba seguro de perderte, por lo mismo que habías confiado completamente en él. Figúrate otro yo; imagina que has sido vendido por otro Cristián, y si buscas tan cerca de tu corazón, encontrarás al hombre que buscas.

La fisonomía del desgraciado tomó una expresión terrible; sus ojos se agrandaron como si vieran un espectáculo aterrador, sus manos temblaron al levantarse hacia el cielo y en un grito inconsciente lanzó este nombre:

—¡Sorege!

Tragomer sonrió con amargura.

—¡Ah! No has vacilado; no podía ser otro. Sí, el sensato y cauteloso
Sorege es el que ha vendido y deshonrado á su amigo…

—Pero ¿por qué, exclamó en tono de furiosa protesta el desgraciado; ¿por qué?

—Eso es lo que le preguntaremos á él mismo y lo que tendrá que confesarnos, te lo juro, cuando lo cojamos los dos por nuestra cuenta. He visto ya su palidez y sus temblor cuando comprendió que yo sospechaba su infamia. Si entonces no hubiera temido descubrirle mis proyectos, le hubiera confundido, porque podía hacerlo. Pero en eso caso se hubiera escapado y tú no podrías salvarte. Le tranquilicé, por el contrario, y le dí una falsa pista para conservar mi libertad de acción. Si Sorege se pusiera en guardia, sus cómplices serían advertidos y las pruebas desaparecerían. Ahora comprendes, Jacobo, que es preciso que salgas de aquí sin tardanza. La ocasión es admirable. Tenemos un navío á nuestra disposición. Mañana podemos darnos á la mar y esa es la salvación, la libertad y la rehabilitación.

—¡Me vuelves loco! exclamó dolorosamente el penado. Tantos pensamientos nuevos y tan repentinos en un pobre cerebro entumecido y cansado, es un sufrimiento atroz. ¿Qué hacer? ¿Desperdiciar en un momento las pruebas de cordura y de resignación que he logrado dar?… ¿Exponerme, si me cogen, á pasar por un hipócrita y un embustero? ¡Tragomer, no puedo!… Abandóname á mi destino…

—Jacobo, si no vienes de grado, te robaré por fuerza, dijo Cristián con terrible resolución. Estoy dispuesto á todo. He jurado á tu hermana que te devolvería á su cariño… ¿Comprendes? á tu hermana María, á quien amo y que no será mía si no te salvo… No se trata solamente de ti, sino de mí mismo, y yo sé lo que quiero y lo que debo hacer. Vendré al frente de mis hombres y te arrebataré á mano armada, si á ello me obligas. Arriesgaré en esta lucha mi vida y la suya, pero les pagaré lo que haga falta y no vacilarán… ¡Decide!

—Pues bien, te obedezco, dijo Jacobo con repentina resolución. Para evitar tantas desgracias, me expondré yo solo al peligro… ¡Pero, qué riesgos! Salir de aquí no es nada… Un traje para que no sea reconocido fuera del campo…

—Te llevaré á un sitio convenido un traje como los de nuestros marineros.

—Será preciso que gane la playa y que espere la noche para que venga á buscarme la embarcación.

—Estaré contigo… Yo no te dejo.

—Pero la barca no podrá abordar sin ser descubierta, y habrá que ir á buscarla á nado… ¿Tendré yo la fuerza suficiente?

—Yo te sostendré… y te llevaré si es preciso.

—¿Y los tiburones? ¿Has pensado que pululan por estas costas y que hay cien probabilidades contra una de ser devorado por ellos? Son los mejores guardianes de la isla y la administración lo sabe bien… Apenas vigila el mar, tan peligrosa es la evasión.

—Nos aprovecharemos de esa confianza… y en cuanto á los tiburones, los desafiaremos… Quinientos metros, ó menos, á nado… Además, iremos armados y la lancha de vapor vendrá en un momento á nuestro socorro.

—Pues bien, sea lo que Dios quiera… Hasta mañana, pues… Vete, no despertemos sospechas, ya que la resolución está tomada… Separémonos.

Se dieron un apretón de manos y Tragomer sintió en el vigor de la mano de Jacobo que éste no faltaría á su palabra.

—Me voy, amigo, dijo al vigilante. Puede usted llevarse á su pensionista…

Al llegar á la puerta, el vigilante preguntó á Cristián:

—¿Le ha interesado á usted, milord? Es un pobre diablo completamente inofensivo… Anda por todas partes en libertad y no hay peligro de que quiera escaparse… Aunque le dejaran la puerta abierta no se iría… Ande usted, 2317, váyase solo á su departamento; yo voy á acompañar á milord…

Jacobo inclinó la cabeza para ocultar la animación de su fisonomía, y saludando á Cristián balbuceó:

—Hasta la vista, señor; no olvide usted que me ha prometido libros.

—Convenido. Hasta mañana.

El penado se alejó y Cristián lo siguió impasible con los ojos.

—Está algo loco, dijo al vigilante, pero creo, como usted, que es inofensivo…

—Un niño, milord.

—¿Dónde habita?

—Ahora le enseñaré á usted el sitio. Es al lado del capellán, en un pabellón que sirve de depósito de cordelería… El olor del cáñamo es sano y está bien allí… Y, después, puede hablar con el capellán… ¡Oh! Ese es su gran recurso y parece que tiene ideas muy extrañas… Un poco chiflado, como usted dice… Ahí tiene usted su chirívitil…

Tragomer se detuvo.

—Bueno; iré á visitarle mañana, pues vendré á ver también al médico y al notario…

—¡Ah! ¿Los Monthyons? dijo riendo el vigilante.

Y al ver la mirada de extrañeza de su interlocutor, continuó:

—Los llamamos así porque podrían concurrir al premio de virtud si se diera aquí como en París… ¡Una broma, milord! Sí, son las personas honradas del presidio…

—Volvamos á Numea, dijo Tragomer. Mañana vendré á la misma hora…
¿Habrá que pedir nuevo permiso?

—Es indispensable, aunque ya es usted conocido

—¿Y usted me acompañará?

—Seguramente.

Llegaron al muelle donde los remeros dormían en la lancha, expuestos al sol y mecidos por la ola ligera que iba á morir al pie de la escalera. El vigilante dió un agudo silbido con un pito colgado al uniforme, y los penados, turbados en su sueño, se incorporaron con los ojos asombrados y las caras lívidas.

—Puede usted embarcar, milord. ¡Adelante!

La embarcación hendió con su proa las aguas de la bahía, mientras Tragomer, perdido en sus pensamientos, se dejaba mecer por el movimiento acompasado de los remos al hundirse en el mar.

Una hora después Cristián subía con ligereza la escala del yate y saltaba al puente por la cortadura… Marenval, imposible de reconocer con su traje de franela blanca, gorra marina con galones de oro, tez curtida y barba descuidada, se lanzó al encuentro de su amigo y llevándole á la popa, bajo una toldilla de lona que abrigaba al puente de los rayos del sol;

—¿Y bien? preguntó con ansiedad. ¿Le ha visto usted?

—Acabo de dejarle.

—¿Todo está arreglado?

—¡No sin trabajo!

—¿Que me cuenta usted?

—La triste verdad. He necesitado casi amenazarle para decidirle á escapar.

Marenval hizo un gesto de asombro.

—¿Habremos llegado tarde? ¿No tendrá ya la fuerza y la energía necesarias para evadirse?

—Tiene fuerza. Lo que le faltaba era la voluntad.

—¿Prefería quedarse?

—Sí. Estaba bajo la influencia de no sé qué ideas de resignación fatalista; tenía horror á la lucha, al esfuerzo. La acción le espantaba. Hubo un momento en que creí que su razón había volado… Esa espantosa existencia es muy á propósito para quebrar los caracteres más enteros; cuanto más fino es el temple de un alma, más rápidamente es destruída por semejantes pruebas… He tenido que revelarle la traición de Sorege para hacerle entrar en posesión de sí mismo… ¡Oh! Entonces sí saltó de furor y gritó de desesperación… De este modo me apoderé de él.

—¿Qué han resuelto ustedes?

—El plan más sencillo es siempre el mejor. Mañana le llevaré una blusa, un pantalón y una boina de marinero. Me quedaré por la noche, bajo pretexto de visitar el interior de la isla por la mañana temprano, y ayudaré á Jacobo á llegar á un punto de la costa, donde esperaremos la oscuridad ocultos en las quebraduras de las rocas. Entonces vendréis con la chalupa de vapor á pasar por la isla, lo más cerca posible, en cuanto cierre la noche, lo que es aquí obra de algunos minutos… Nosotros nos echaremos al mar y llegaremos á nado á la embarcación. Si grito, forzaréis la velocidad hacia nosotros, pues será que estemos en peligro. En pocos instantes se decidirá nuestra salvación ó nuestra pérdida.

—¿Y el navío?

—El navío pedirá sus papeles mañana y pasará la visita, de modo de levar anclas á las siete de la noche. Es preciso que le encontremos á la altura de la isla Nou en condiciones de dar en un momento el máximum de velocidad. Podríamos ser perseguidos… Hay un vapor en la rada y si da la alarma, se nos dará caza en un instante.

—No hay nada que temer; nuestro yate anda bien.

—Y si nos cañonean…

Marenval se calló y su mirada se dirigió hacia los cuatro cañones cuyas bocas de cobre asomaban por la borda.

—Tenemos con qué defendernos ¿verdad? ¿Es eso lo que usted pensaba? preguntó Tragomer.

—Sí, dijo Marenval, Pero entonces nos convertimos en verdaderos filibusteros y la ley no se anda en bromas en esos casos. Hay que tratar de que no haya conflicto…

—¿Y si, á pesar de todo, es inevitable?

—¿El capitán y la tripulación obedecerán?

—El capitán es inglés y no se dejará coger. Su gente es disciplinada y le obedecerá.

Marenval dió un suspiro. Había previsto las dificultades y el peligro que se presentaban. Pero tomó valientemente su partido.

—Saldremos adelante, dijo. Hasta ahora todo ha resultado bien. Hemos tenido un tiempo magnífico; la travesía ha sido feliz; nuestro yate es capaz de andar diez y ocho nudos por hora durante doce, sin sufrir avería. El resultado dependerá de la actividad con que os ayudemos mañana por la noche. Puede usted contar con que todo se hará según su deseo. Yo no dejaré el puente y ¡qué diablo! si hay que jugar el todo por el todo pura socorreros, se jugará…

Caía la noche. Los fuegos de la isla Nou se encendieron poco á poco en la bruma transparente que se extendía por el mar, y, en lontananza, se dibujó la forma del presidio, de los campos y de los almacenes, contorneada por los faroles que los alumbraban. En aquella rada silenciosa, en medio de la oscuridad rápidamente caída sobre las ondas, aquel cuadro de presidio revelado por las luces que servían para vigilar á sus míseros habitantes, infundía en el pensamiento de los dos amigos, una profunda tristeza. ¡Cuántos dolores, cuántas penas y cuántas cóleras fermentaban en aquella ciudad del crimen y de la vergüenza! Bajo el cielo límpido y tachonado de estrellas, parecía que flotaba un grito de odio y de venganza. Y dentro de aquella tranquilidad, y de aquella atmósfera tibia y serena, unos hombres, verdaderos condenados, maldecían la vida que se arrastraba para ellos en el sufrimiento y la miseria, sin esperanza.