XII

Cuando Sorege volvió á su hotel después de la terrible velada en que Jacobo se apareció para confundirle, se sumió en una profunda meditación. No era hombre de perder el tiempo en sentimentalismos é iba siempre derecho á su objeto. Toda la cuestión para él era saber lo que podía temer ó esperar de Lea y hasta qué punto la cantante daría armas á Jacobo contra él.

No podía dudar que Lea le odiaba; se lo había dicho y repetido mil veces y, aun el día antes su furor por tenerle que sufrir se había roto en violencias y en injurias que le hacían aquella mujer más deseable. Era de esos monstruos á quienes gusta oir los gritos de su víctima y que se deleitan viendo lágrimas. El amor en él tenía un fondo de crueldad. Deseaba á Lea, pero la execraba y sujetándola á sus caprichos, se daba el placer de degradarla.

Que aquella mujer, á la que había tratado como una esclava, tomase contra el un desquite terrible, si la ocasión se presentaba, estaba muy en el orden. Él lo hubiera hecho en su lugar y ni le ocurría la idea de que Lea vacilase en hacerlo. En cuanto Jacobo y ella se confíen sus faltas recíprocas, pensaba, su alianza contra mi será un hecho. Pero ¿qué puede hacer Lea? Su esfera de acción está limitada por el miedo de comprometerse. ¡Perderme! Es tentador para ella, pero lo peor es que se pierde al mismo tiempo. ¿Y qué comparación cabe entre el daño que puede causarme y el que puede hacerse á sí misma? Ninguna. Me puede acusar de doblez, de engaño, pero tiene que confesar al mismo tiempo que ha hecho una muerte. Y sí me acusa ¿á quién podrá convencer? No hay testigos y su testimonio es único. Para Jacobo y para su camarilla de amigos ese testimonio tiene algún valor; ante un juez no tendría ninguno. No tengo, pues, gran cosa que temer por ese lado. Pero el perjuicio moral que esa miserable puede hacerme bastaría para vengarla. Me desacreditaría, me comprometería sin remisión y esto os lo que no sufriré por nada del mundo. ¿Cómo evitarlo?

Reflexionó mucho tiempo mientras fumaba un cigarro, y en las espirales de humo azulado que subían hasta el techo veía pasar vagamente las imágenes de Jacobo y de Lea, tan pronto lánguidas y cansadas, como activas y triunfantes, pero siempre juntas, unidas por el mismo deseo y ligadas por el mismo interés. Se levantó de pronto, disipó con un ademán aquella visión, que se desvaneció con el humo, y se puso á pasear por el cuarto, dejando escapar palabras entrecortadas, fugas de su hirviente pensamiento, escapes de vapor do una caldera.

—¿Qué puedo arriesgar? Un duelo con Jacobo ó con Tragomer… No les temo ni al uno ni al otro. ¿Una acusación por falso testimonio ante los tribunales? ¡Tontería! ¿Á qué les conduciría eso? No pueden nada contra mí… Y yo puedo mucho todavía… Es preciso que hable con esa estúpida Lea y que sepa lo que ha confesado á Jacobo… Y sobre todo que la impida escribir nada… En fin, es indispensable que desaparezca… ¡La aterrorizaré, si es preciso! ¡me teme y me obedecerá. Una vez que se haya marchado, representare mi papel valerosamente… No puedo salir del paso sino con audacia… Pero ante todo es preciso cobrar fuerzas. Se acostó y se durmió hasta el día.

Á la misma hora en que Sorege abría los ojos, después de haber dormido como si tuviera la conciencia tranquila, Jacobo estaba en el yate encerrado en la cámara con Marenval y Tragomer. Empezaba á levantarse la claridad gris y brumosa que alumbra las mañanas de la capital inglesa y se iniciaba el movimiento de los obreros en el muelle. Pero la atención de los tres hombres no se dirigía hacia el espectáculo de aquella actividad incesante y metódica que forma el sello del trabajo inglés. No les interesaba nada de lo que pasaba al rededor de ellos, preocupados con el relato que Jacobo les estaba haciendo de su conversación con Lea.

—Todo lo que nos figurábamos resulta exacto, dijo Tragomer, y tendremos la prueba irrecusable.

—Lea debe entregármela esta noche.

Llegamos á nuestro objeto, dijo Marenval con entusiasmo.

—Tenemos al monstruo acorralado, dijo Tragomer, pero estad seguros de que hará una formidable defensa. Por su audacia de anoche, cuando no estaba descubierto sino en parte, se puede juzgar lo que podemos esperar de él cuando ya se conoce toda la verdad. Es preciso atacarlo con toda energía, pues si no lo ponemos en seguida fuera de combate, se revolverá y tendremos que sufrir un choque desesperado. Ante todo, debemos, por honradez, prevenir á Harvey. Si le dejamos ignorar lo que es el hombre que piensa admitir en su familia, tendrá derecho para hacernos cargos. Por otra parte, he prometido á su hija decírselo todo.

—Esto va á dar un golpe mortal á las aficiones nobiliarias de las americanas, dijo Marenval. Si por nuestro dinero, dirán, no podemos pagarnos maridos de confianza, más nos vale quedarnos solteras.

—Habrá que avisar también á Vesín. Su concurso nos ha sido muy útil y es justo que sea de los primeros en saber el éxito de nuestros esfuerzos.

—Y prevendremos en seguida á mi madre de que todo va por buen camino, dijo Jacobo.

—Yo iré, si quieres, ahora mismo á ver á la señora de Freneuse, dijo
Tragomer.

—Sí, querido Cristián, respondió Jacobo sonriendo. Eso te corresponde porque eres el iniciador, el primero que vió en la oscuridad y mostró á Marenval la pálida y lejana luz que te guiaba.

—Cuando pienso en lo que ha sucedido desde hace seis meses, dijo Cipriano con sencilla expansión, me parece estar soñando. Me veo todavía en el comedor del círculo, cuando después de marcharse Maugirón con las mujeres, Tragomer empezó á contarme esta historia. Al principio su relato me pareció imposible, después empezó á interesarme la verdad que se vislumbrada y por fin me sentí como loco. Sentía un deseo terrible de entrar en el asunto y al mismo tiempo un miedo atroz de las complicaciones que iba á afrontar… ¡Ah! debo confesarlo; sin el ascendiente que tomó sobre mí Tragomer desde aquella noche, hubiera abandonado la empresa. Pero me impulsó, fuerza es decirlo. Y una vez el dedo meñique en el engranaje, tuvo ya que pasar todo el cuerpo. Después, la visita á la señora de Freneuse, las confidencias de Giraud, la entrevista con Campistrón… ¡Ah! querido Jacobo; aquéllo era extraordinario. Cada paso que dábamos en nuestro camino, veíamos más claro. Jamás dos hombres han corrido aventura más interesante. Ir en busca de un Nansen ó de un Andrée no era nada en comparación con el interés de nuestra empresa, pues no sólo íbamos á socorrer á un hombre, sino á descubrir la verdad. Vezín lo vió bien cuando nos dijo: "No van ustedes á lograr nada, pero les envidio la tentativa que van á hacer y si yo no tuviera una posición oficial, me iría con ustedes". Pues bien, después de haber ido contra viento y marea, henos aquí en el puerto, con Jacobo delante de nosotros y la verdad en el bolsillo. Es un hermoso éxito del que espero ha de hablarse por mucho tiempo.

—La verdad no está todavía en nuestro bolsillo, dijo Jacobo, pero lo estará esta noche.

Tragomer movió la cabeza con aire preocupado.

—Mientras no tenga en la mano las pruebas materiales, la confesión de la culpable, no estaré tranquilo.

—¡Bah! ¿Qué teme usted todavía? preguntó Marenval impaciente.

—Que Sorege haga desaparecer á Jenny Hawkins antes de que escriba su declaración. Conozco la autoridad despótica que ese bribón ejerce sobre la desgraciada mujer. La fascina, la aturde, la espanta. Me la escamoteó en mis barbas, en San Francisco, con una destreza prodigiosa. Es hombre para encontrar un medio de alejarla y, después, ¡échala un galgo!

—¡Por vida de!… Prevengamos á la policía inglesa, exclamó Marenval con la violencia de un hombre á quien se discute una victoria que considera ya obtenida. No nos dejemos vencer á última hora por ese malvado. Se burlarían de nosotros.

—No tengáis miedo, dijo Jacobo; he tomado mis precauciones. Lea se ha comprometido á permanecer encerrada en su casa y á no recibir á nadie hasta esta noche. Mañana se marchará y Sorege no podrá contar más que con nosotros. Hagamos, pues, lo convenido. Tú, Cristián, vete á llevar la buena noticia á mi madre. Usted, Marenval, á casa de Vesín. Yo iré á ver á miss Harvey y allí nos encontraremos todos después.

En cuanto Sorege despertó y tomó su desayuno, tomó un coche de alquiler y se dirigió á Tavistock-Street. Nunca el tal hacía las cosas á medias. Había dormido y comido bien y se sentía dueño de sí mismo. Lo importante era hablar á Lea. Si lo conseguía, no desconfiaba de traerla á su partido. Ante todo era preciso saber qué se había tramado entre ella y Jacobo. Al detenerse el coche ante la casa, salió Sorege de sus meditaciones. Saltó al portal y subió vivamente la escalera.

Un viejo gentleman, vestido con un pantalón roto, una levita adornada con numerosas manchas y un sombrero de copa, estaba ocupado en lavar concienzudamente el suelo del portal. Pero en la actitud, en la fisonomía y en el traje extremadamente miserable, Sorege observó detalles que le llamaron la atención y lo hicieron sospechar si aquel hombre sería un polizonte. Miró por el hueco de la escalera mientras subía lentamente y el hombre había dejado de lavar el suelo y le seguía con la vista. Llegado al segundo, Sorege llamó. Ningún ruido en el interior, ningún golpe de puertas, ni el más ligero rumor de pasos. Un silencio de casa vacía. Llamó de nuevo y esperó con el corazón agitado. Nada se oyó. Sorege tenía la convicción de que Lea estaba en su casa y no quería abrir y veía claramente que entraba en lucha con él y estaba ganada por sus adversarios. Palideció de cólera, pero resistió las ganas que tenía de echar la puerta abajo de un puntapié y entrar por fuerza. El gentleman de los guiñapos y del sombrero de copa, que había dejado de lavar, le hizo ser razonable. Si hago ruido, pensó y ésta idiota de mujer llama, puedo ser conducido al puesto de policía. No arriesguemos el tener que entrar en explicaciones. Permaneció todavía un instante escuchando á través de la puerta y le pareció oir como un vago rumor de respiración. Pensó que acaso Lea escuchaba también acechando con ansia su partida, y como si hablase á una sombra dijo en voz muy baja:

—Jenny, sé que está usted ahí. ¡Loca! Ábrame usted. Va en ello su salvación… Los momentos son preciosos… La engañan á usted… Escúcheme…

La sombra no respondió y Sorege, con el corazón henchido de rabia, hizo un gesto de amenaza y se decidió á bajar lentamente la escalera. El gentleman de los harapos se había vuelto á poner á su limpieza, y al pasar Sorege se llevó la grasienta mano al sombrero y dijo con voz ronca:

—¿Busca usted á la joven del departamento amueblado? Ha salido por todo el día…

Sorege no se dignó siquiera responder… Miró al hombre de alto á bajo y salió. Subió al coche que le esperaba y se hizo llevar á Hyde-Parck. Eran las diez. Bajó en la esquina de Piccadilly y se dirigió al jardín á pie. Su cara expresaba una gran contrariedad por aquel primer fracaso. Evidentemente Lea le hacía traición, pero ¿qué habría dicho? ¡Las mujeres son tan hábiles para presentar las cosas bajo el aspecto que más les conviene! Sin confesar toda le verdad, ¿no había podido echar sobre él la responsabilidad? Á este pensamiento cerró los puños y su semblante se contrajo. Como él mismo decía anteriormente, no había testigos y esto que le favorecía podía también hacerle daño, pues si bien él podía negar toda participación en el crimen, Lea por su parte, podía afirmar que era él quien le había cometido ó ayudado, al menos, á cometerle. La seguridad de los dos había siempre dependido de su unión. De acuerdo, podían defenderse; separados, estaban perdidos.

Allá, en la orilla de aquel precioso río artificial rodeado de verde musgo y sobre el cual inclinaban los árboles sus hojas nacientes, Sorege tuvo conciencia de su pérdida inevitable y tembló de miedo y de cólera. Pero no pensó en capitular; antes al contrario, se afirmó en el propósito de luchar hasta el último extremo, aunque hubiera de perecer. Una sonrisa crispó sus labios. ¡Perecer! sí, pero no solo. ¡Sucumbir! muy bien, pero no sin vengarse.

Los jinetes empezaban á aparecer por las anchas avenidas del bosque. Los coches rodaban al trote de sus tiros, los más hermosos del mundo. La vida elegante renacía en su diario y monótono esplendor. Sorege no pudo soportar el espectáculo de la tranquilidad ajena y se metió un el interior del parque, por el lado de Kensington, donde paseó como unas dos horas esperando el momento de ir á casa de Julio Harvey. Entró en una fonda de Regent-Street, comió como de costumbre, y dando las dos, llegó al hotel de Grosvenor-Square.

Subió la gran escalera y en el primer piso encontró al ayuda de cámara que le esperaba con la misma respetuosa deferencia de siempre, y que le introdujo como todos los días en el saloncillo donde miss Harvey tenía costumbre de estar. La joven americana estaba sentada al lado de la chimenea, donde ardía un claro fuego de leña. La ventana, en cambio, estaba abierta y dejaba entrar el sol á raudales. Maud se levantó al ver entrar á su prometido y salió á su encuentro sin que nada indicase en su actitud un cambio de disposiciones respecto de él. Tenía la cara jovial y la mirada tranquila, pero, por azar sin duda, sus manos estaban ocupadas en una labor bastante voluminosa en la que estaba trabajando, y no pudo dar la mano á Sorege. Le indicó un asiento enfrente de ella, dejó la labor sobre la mesa y cerró la ventana.

—El sol empieza á nublarse, dijo, y hace fresco. Esta primavera inglesa es glacial.

—¿Hace mejor tiempo en América?

—¡Oh! En América todo es mejor. Las estaciones no engañan, ni los hombres.

Sorege levantó la cabeza. La alusión era directa; el ataque comenzaba y había que responder inmediatamente.

—¿Ni las mujeres tampoco, sin duda?

Por los ojos de miss Maud pasó una llama.

—¡Las mujeres menos que nadie! dijo con orgullo.

Sorege la miró con aquellos ojos medio cerrados que no dejaban adivinar su pensamiento pero que tan bien seguían el de los demás, y dijo en tono seguro:

—Pues bien, miss Maud, hay que probarlo. ¿Qué significa la acogida que me hace usted?

La joven se levantó ligeramente de su sillón y replicó:

—Señor conde, se lo diré á usted cuando me haya explicado por qué dejó condenar, sin defenderle, á su amigo Jacobo de Freneuse…

Sorege hizo un gesto desdeñoso.

—¡Ah! ¿Volvemos á eso? Pues pregúnteselo usted á el mismo. Anoche le ha visto usted en su casa bajo el nombre de Herbert Carlton, y es de esperar que sabrá explicar á usted, mejor que lo hizo á los jueces, las circunstancias que le comprometieron. Una condena es siempre una mala nota entre personas honradas… No se condena á la gente con tanta facilidad… Y si América es el país de la sinceridad, Francia es el de la justicia.

—¡Bella frase! ¡Muy hermosa! Pero sé que habla usted con facilidad y no habrá usted de satisfacerme con palabras.

—¿Hemos llegado al caso de tener que disculparme con usted?

—Estamos en el caso preciso de que cada cual sepa á qué atenerse. Hace un momento enumerábamos las cualidades de nuestros países. América posee, entre otras, una que domina en todos sus actos: el sentido práctico. Yo soy enteramente americana en ese concepto y quiero, si me caso con usted, señor de Sorege, no tenerme que arrepentir de llevar su nombre.

—Tiene usted muchísima razón, miss Maud, pues es lo único que aporto al matrimonio, ó poco menos. Pero ¿sospecha usted que mi nombre pueda estar comprometido?

—Señor conde, hay muchas maneras de estarlo. Se puede estar comprometido materialmente por malos negocios que conducen á la quiebra. Esto no tiene importancia para nosotros los americanos. El que cae, puede levantarse. Es el eterno movimiento de báscula del comercio y de la industria; la cuestión está en acabar en lo alto. Pero á lo que atribuímos una transcendencia enorme es á la integridad moral. Para una joven que se respeta, es tan imposible casarse con un hombre que ha cometido una acción deshonrosa, como con un criado negro ó un esclavo chino.

Sorege sonrió. Entreabrió los párpados y dijo con tranquilidad perfecta:

—¿De qué se me acusa? Porque se me acusa de algo, no puedo dudarlo, y para justificarme es preciso que conozca las calumnias que se han inventado contra mí.

—Deseo con toda mi alma que sean calumnias, porque me avergonzaría de haber puesto mi mano en la de usted si hubiese hecho lo que se le atribuye…

—Pero, ante todo, ¿quiénes son los que declaran contra mí?

El señor de Tragomer, el señor de Marenval y por fin, el mismo señor de
Freneuse…

—¡Freneuse! Era de esperar; necesita echar la culpa á alguien… ¡Tragomer y Marenval! También se explica; el uno es amigo y el otro pariente…

—¡Pero usted también era su amigo! Y eso es lo que hace incomprensible su conducta. ¿Por qué no tiene usted para Freneuse la adhesión absoluta de Tragomer? ¿Por qué no tiene usted la ciega confianza de Marenval? ¿Por qué, cuando en otra época hablaba á usted de este asunto, me daba respuestas evasivas y ahora hostiles? ¿Hay un secreto entre los dos? Sea usted franco y diga qué les ha separado y qué les separa todavía.

—Su crimen, dijo Sorege fríamente, y su condena. Es, por cierto, bastante. ¿Piensa usted que si yo hubiera perdido hasta ese punto la memoria, el mundo no me hubiera recordado que Jacobo de Freneuse fué arrancado por los gendarmes del banquillo de los acusados y conducido con esposas primero á la cárcel y después á presidio? Mi alejamiento, que usted convierte en un crimen, es el mismo de todo el mundo. Un infeliz que cae tan bajo, es un apestado del que todos se apartan con horror. Esto no es, acaso, sublime, pero si muy humano. Nadie elige un presidiario por compañero habitual. Cuando la sociedad ha arrojado lejos de ella por una severa condena á un hombre indigno, no es el momento de irle á buscar para hacerle caricias y glorificarle. Yo no soy más que un hombre y no un san Vicente de Paul. Y por otra parte, ¿obraron de otro modo Tragomer y Marenval? El desgraciado Jacobo fué un paria para ellos como para todos los que le conocían. El abandono fué completo y la huída general. ¿Á qué vienen hoy á acusarme? Tragomer ha necesitado dos años para cambiar de opinión y eso, ¿sabe usted por qué? Porque ama á la señorita de Freneuse y no ha podido olvidarla aunque lo ha procurado viajando por el mundo. En cuanto á Marenval, es un snob, á quien se hace ir á donde se quiere sin más que prometerle que hablarán de él los periódicos. Esos señores han tenido el deseo de arrebatar á Freneuse de su prisión y traérsele á Europa y han ejecutado su plan con una suerte rara. Ya está el condenado en libertad. Pero de eso á probar su inocencia hay la misma distancia que de la Nueva Caledonia á Inglaterra. Y no es acusando á diestro y siniestro á todo el mundo como lograrán probar que un juez de instrucción, doce jurados, tres magistrados y la justicia en masa se han engañado groseramente y enviado un inocente á presidio.

—Á no ser que se pruebe, dijo miss Harvey, que las apariencias fueron arregladas tan hábilmente que fué imposible no creer en la culpa de ese desgraciado.

—¡Oh! eso lo dicen todos los condenados… Es muy fácil… Pero en cuanto á dar una prueba…

—¿Y si esa prueba existiera?

Sorege se puso lívido, sus ojos lanzaron un relámpago y exclamó:

—¿Qué prueba?

—La confesión del crimen por su autor.

—¿Y ese autor, ¿quién es?

—Una mujer. ¿Tendré que decir á usted su nombre? ¿Cuál, en este caso? Porque se le conocen tres: el que usted nos dijo al introducirla aquí, Jenny Hawkins, la cantante de Covent-Garden; Juana Baud, la fugitiva que usted hizo venir á Inglaterra hace dos años; y Lea Peralli, la miserable con la cual maquinó usted el complot contra Jacobo de Freneuse. Esto es muy claro, señor de Sorege; ahora se trata de responder sin más ambigüedades.

—¿Y Jenny Hawkins me ha hecho esas acusaciones?

—Y las renovará por escrito. Se ha comprometido á ello formalmente.

De todo lo hablado, la despierta inteligencia de Sorege no retuvo más que ese futuro: las renovará. Luego Jenny no había escrito nada todavía. Entrevió la salvación y tuvo un acceso de hilaridad que sonó de un modo extraño en el silencio del salón.

—¡Ah! ¿Conque escribirá? ¡Y á mi, qué me importa! Por dinero se hará escribir á esa individua todo lo que se quiera. ¿ Qué le cuesta eso? Se marchará con la música á otra parte llevándose el bolsillo bien repleto, y todo se reduce á cambiar otra vez de nombre. El mundo es grande. Italia y España están á su disposición… Las mujeres de teatro saben disfrazarse y engañan al mundo fácilmente. ¿Qué importa un escrito destinado á satisfacer la envidia ó el rencor de ciertas personas? Esta noche, miss Maud, traeré á usted, si lo desea, un mentís formal de todo lo que se afirma contra mi, firmado por esa muchacha. Y en cambio reclamaré que se me enseñe el escrito en que me acusa.

—Escuche usted. No quiero olvidar que he sido su amiga. Más le vale á usted confesar francamente lo que tiene que reprocharse, que insistir en negar contra toda evidencia. Se pierde usted, se lo juro… Esa mujer no miente cuando se acusa… Ni Tragomer, ni Marenval, ni Freneuse mienten…

Sorege se levantó bruscamente y dijo con acento furioso:

—¿Si no son ellos, soy yo?

En este instante se abrió la puerta y apareció Julio Harvey, rojo de indignación.

—¡Pardiez! sí, es usted, puesto que es preciso decírselo. ¿Hase visto obstinación semejante? Mi hija le ha tratado con demasiada consideración… Yo no hubiera tomado tantas precauciones.

Sorege hizo un gesto terrible.

—¿Cómo llama usted al modo con que se conduce conmigo? dijo. Esto se llama en todos los países del mundo una emboscada. ¡Estaba usted apostado para escuchar y sorprenderme!… ¡Vamos! Llame usted á sus acólitos. Ya es tiempo de que nos veamos cara á cara.

El Sorege circunspecto y discreto que ordinariamente se veía había desaparecido. Sus duras facciones estaban impregnadas de una indomable energía, sus ojos, entonces muy abiertos, echaban llamas, y se erguía, terrible, pronto á atacar y á defenderse. Detrás de Harvey, habían aparecido Tragomer, Marenval y Jacobo. Sorege les englobó á todos en el mismo insulto:

—¡Estabais escuchando en las puertas! Aproximaos, señores, y veréis más cómodamente. Doy un mentís formal á los que me acusan. No he sabido más de lo que dije anoche al señor de Freneuse, y muy tarde ya para utilizarlo en su favor. En cuanto á su conducta personal con sus antiguos amigos, más vale no hablar de ella, y si no se acuerda de los servicios que le prestó Lea Peralli, es un ingrato…

Tragomer hizo un movimiento tan violento hacia Sorege, que Jacobo le puso la mano en el brazo para detenerle.

—Las cuentas que haya podido tener con Lea Peralli, dijo, serán saldadas entre ella y yo. Las que tengo con el señor de Sorege son de tal naturaleza, que, por su interés, le invito á no insistir en ellas…

—¿Qué tengo que temer? preguntó audazmente el conde.

—¿Usted? ¡Nada! dijo Jacobo fríamente. Otro hombre temería la deshonra.

—¡Me insulta usted! exclamó Sorege lívido.

—Había dicho á usted que no insistiera, continuó Jacobo con calma. Nada tiene usted que ganar en ello y me asombra su tenacidad. Creí á usted más hábil. Pero en vista de que usted quiere que se digan las palabras decisivas, va á ser complacido. El que se ha portado con un amigo que le abría con toda su confianza su corazón, como usted se ha portado conmigo, es el último de los miserables, señor de Sorege. He visto en el presidio de que vengo muchos malvados, pero ninguno tan perfecto como usted.

—¡Eso es lo que usted quiere, un duelo conmigo, que le levante y que le lave!

—Se engaña usted. No busco tal duelo. Le juzgo á usted pero no me dignaré castigarlo.

—¿Se ha vuelto usted cobarde? dijo en tono burlón Sorege. ¡No le faltaba á usted más que eso!

—Me he vuelto paciente, dijo dulcemente Jacobo, y lo pruebo.

—¡Pues bien, séalo usted por completo!

Dió tres pasos y levantando el brazo, trató de pegar á su antiguo amigo en la cara. En este instante la fisonomía de Jacobo se transfiguró y se puso espantosa. Cogió el brazo á Sorege, rechazándole con fuerza, y dijo articulando un grito de furor:

—¿Tendré que matar á este hombre?

Se calmó instantáneamente, soltó al conde y dijo dirigiéndose á miss
Harvey:

—Perdone usted, señorita. No quería que fuese usted testigo de una escena de violencia, pero me han obligado.

Sorege se volvió hacia miss Maud y dijo con imperturbable audacia:

—He prometido á usted pruebas, miss Harvey, y suceda lo que quiera, se las daré.

Saludó á Julio Harvey con un movimiento de cabeza y mirando despreciativamente á Tragomer, á Marenval y á Jacobo, dijo en tono altanero:

—¡Nos veremos, señores!

—No se lo deseo á usted, dijo Marenval con desdén.

Sin responder, Sorege fué hacia la puerta y salió. Cuando hubo desaparecido todos los presentes se sintieron como libres de un enorme peso. Miss Maud se acercó á su padre y le dijo con sonrisa un tanto forzada:

—Perdóneme usted por haber resistido á sus consejos queriendo casarme con ese personaje. No le había á usted engañado su golpe de vista y había juzgado con acierto.

—Querida mía, un hombre que no es aficionado á los caballos, ni á los perros, ni á los barcos, y que no mira jamás de frente, no puede ser honrado. Eras libre y te dejaba hacer. Pero creo que causarás un gran placer á tus hermanos cuando les digas que has puesto en la puerta á ese caballero.

—¡Un snob! murmuró Marenval. ¡Me ha llamado snob!… Por mi vida, que me las ha de pagar.

—¡Silencio! dijo Cristián en voz baja. No es hora de recriminar, sino de tener actividad. Con un mozo como Sorege todo es de temer mientras no le hayamos puesto á buen recaudo. Ya habéis visto cómo se ha defendido. Dejemos á Jacobo y vamos á casa de Vesín.

Los hermanos de Maud acababan de entrar y estaban desarticulando los hombros de los visitantes de su padre á fuerza de hercúleos apretones de manos. Tragomer y Marenval aprovecharon la confusión para desaparecer. Al pasar oyeron á miss Maud que decía á Jacobo, sentado á su lado:

—Su madre de usted y su hermana no deben vivir esperando el resultado definitivo de esta empresa… Quisiera conocerlas. Usted me presentará á ellas, ¿verdad?

Jacobo respondió:

—Sí.

En la escalera se detuvo Marenval y dijo con aire malicioso:

—¿Sabe usted lo que pienso, Cristián? Que miss Maud está á punto de enamorarse de nuestro amigo. Esa americanita es novelesca como una alemana…

—Y no le disgustaría hacerse francesa.

Sorege salió de casa de Harvey temblando de furor. Ya en la calle se desahogó jurando terriblemente, hasta el punto de escandalizar á un guardia que hacía tranquilamente su servicio. Al principio anduvo sin objeto ni saber á dónde iba. La sangre le hervía y su cabeza parecía querer estallar. Aquel hombre frío había perdido la calma y se encontraba en uno de esos momentos en que no se da importancia á la vida, ni propia ni ajena. Si con una palabra hubiera podido aniquilar el hotel Harvey y todos los que en él estaban, la afrenta que acababa de sufrir hubiera sido terriblemente vengada. Sorege anduvo calles y calles rumiando sus reveses y su cólera. De pronto se detuvo; se encontraba detrás de Withe-Hall y se puso á pasear delante del palacio pensando profundamente.

Á pesar de sus precauciones y de sus estratagemas todo se venía abajo por culpa de aquel miserable Freneuse. Las mentiras y las perfidias acumuladas para perderle no habían servido para nada. Arrojado al fondo de un abismo tan profundo que parecía imposible salir de él, Jacobo subía hacia la luz, hacia la libertad, hacia la dicha, y él tenía que asistir impotente á aquel cambio de fortuna. Un deseo claro y terminante de venganza se impuso á su pensamiento; necesitó herir á su enemigo aunque él tuviese que sucumbir al mismo tiempo. En el trance en que se encontraba había que jugar el todo por el todo. Sorege no dudó é hizo de antemano el sacrificio de la vida, con tal de aniquilar á Jacobo.

Entonces decidió volver á casa de Lea. Ella debía decidir de su triunfo ó de su pérdida; ella sola podía proporcionarle medios de defensa. Si Lea quería, si él lograba una vez más dominarla, fuese por la persuasión, fuese por la violencia, todo se podría arreglar. Tomó por el Strand y se dirigió hacia Tavistock-Street. Eran las cuatro cuando pasó por Charing-Cross.

Sorege pensaba: Lea comerá en su casa antes de ir al teatro, según su costumbre. Si esta mañana no estaba en casa cuando me presenté, la encontraré seguramente ahora. Cueste lo que cueste, por cualquier medio, es preciso que logre hacerme escuchar por ella aunque no sea más que un cuarto de hora. Que yo la vea, que mis ojos se fijen en los suyos y la obligaré á obedecerme. Su voluntad será paralizada por la mía.

Llegó á la casa, entró y observó con satisfacción que el polizonte de por la mañana no estaba en el portal. Subió vivamente y llamó á la puerta del departamento. Nadie respondió; el mismo silencio de abandono. Permaneció escuchando un largo rato y no percibió señal alguna de vida en la casa. Sorege tembló al pensar que acaso Lea se había marchado para no encontrarse enfrente de él. Si Jacobo la había hecho mudarse, ¿cómo encontrarla en aquella inmensa población? Y la hora avanzaba, y el peligro se hacía cada vez mayor. Era preciso impedir á toda costa que la traición se consumara. Si Lea había hablado había que impedir que escribiese, pero para esto había que verla, y la puerta seguía cerrada, y la casa parecía vacía. Sorege dijo en voz alta:

—Aunque tenga que estar aquí hasta la noche, la he de ver.

Se sentó en un escalón y allí permaneció en la oscuridad, emboscado como un cazador al acecho. Al cabo de un instante dijo otra vez:

—Esta loca tiene miedo de mí, que vengo á salvarla, mientras que los otros la engañan y la pierden.

Ni un aliento, ni un rumor que revelase la presencia de un ser viviente. La cólera se apoderó de Sorege. Se levantó y dijo estremeciéndose de impaciencia:

—Aunque tenga que echar la puerta abajo, yo sabré si esta mujer se oculta de mí.

Retrocedió dos pasos y se arrojó con tal fuerza contra la puerta, que esta no quedó, evidentemente, en estado de recibir otro golpe. En el mismo instante se abrió la puerta y Lea, muy pálida, apareció en el umbral. Con un ademán indicó la casa á Sorege y dijo con voz cansada:

—Puesto que no puedo escapar á su persecución, entre usted.

Sorege entró sin replicar, dichoso por haberlo logrado á pesar de su resistencia, y augurando bien de aquella primera ventaja. Se sentó en el saloncillo sin que nadie se lo indicara y Lea permaneció en pie, con los brazos cruzados y mirándole con aire preocupado.

—¿De modo que te has pasado al enemigo? dijo Sorege en tono sardónico.
¿Qué te han prometido para que te vuelvas contra mí?

Lea no respondió.

—¡Sin duda te han asegurado la impunidad! ¿Pero cómo es eso posible? Lea Peralli viva supone Juana Baud enterrada. Y si es Lea quien la mató, no fué Jacobo de Freneuse. ¿De qué modo, por qué prodigio se establecerá la inocencia del uno y se salvará al mismo tiempo á la otra?

Lea respondió con acento dolorido:

—¿Y quién permite á usted creer que yo quiero salvarme?

—¿Entonces buscas tú misma la expiación?

La cantante irguió su frente soberbia y dijo con gran tranquilidad:

—¿Por qué no?

—¿Has llegado á tal grado de debilidad que ya no quieres defenderte?

—Estoy cansada de astucias, de engaños, de fugas y de misterios. Todo antes que volver á empezar la vida que arrastro hace dos años.

—¡Sí! ¡Quéjate todavía! Nunca has estado tan favorecida. Has logrado la celebridad y la riqueza. ¡No parece sino que la sangre es un abono para la dicha! ¿Y vas á despreciar todas estas hermosas condiciones de vida? ¡Vamos! Reflexiona, porque la cosa vale la pena.

—¡Me canso de ser una mentira viviente!

—¡Sí! ¡Será mejor que seas la sinceridad muerta! Estás divagando, querida. ¿Sabes lo que te espera si desempeñas el papel que te ha aconsejado la camarilla de Freneuse? El presidio, por lo menos, y acaso el patíbulo.

—¡Estoy pronta!

—¡Vamos á ver, Lea, no estamos representando el cuarto acto de la Hebrea! No se trata ahora de hacer gorgoritos en la cavatina. Aquí todo es real, serio y decisivo. No hay que jugar con la justicia, que no tiene nada de benévola. Con ella no hay laureles artísticos que valgan. Esos hombres togados te condenarán duramente si te dejas coger. Óyeme con buen sentido solamente un cuarto de hora y después eres libre de hacer lo que quieras. ¿Está convenido, verdad? En primer lugar, veamos, ¿qué te ha dicho Jacobo? ¿Qué te ha pedido? ¿Qué le has prometido tú? ¿Os habéis visto ayer después de la maldita velada de Harvey? Hacía mucho tiempo que no os hablabais y no ha debido reinar entre vosotros la mayor cordialidad. ¡Debe guardarte rencor! ¡Y á mí me odia de muerte! Puedes comprender, querida, que nuestros destinos están estrechamente ligados y que permitir que me hieran mis enemigos es herirte tú misma.

Sorege podía hablar á su antojo; Lea no trató de interrumpirle ni una sola vez. Apoyada en la chimenea y con el codo sobre la guarnición, jugaba maquinalmente con una larga aguja de sombrero, de cabeza de oro incrustada de zafiros. Pinchaba con distracción el peluche de la chimenea y no parecía prestar la menor atención á lo que decía Sorege. Éste no perdió la paciencia, pues sabía que con aquella naturaleza violenta y arrebatada era necesaria la astucia, y continuó sus argumentos.

—El objeto de Jacobo era evidentemente obtener de tí una confesión. Sospechaba lo más gordo del negocio y necesitaba conocerle en detalle, que es lo que da á los hechos toda su fuerza é inspira á las personas una certidumbre. ¿Te ha hecho hablar?… ¿Qué le has dicho? ¿Cómo ha logrado convencerte? ¿Qué comedia ha representado? ¿Acaso ha fingido que te ama todavía?

Á esta última insinuación, dicha con una voz dulzarrona, la vió estremecerse y comprendió que había dado en el clavo.

—¿Qué le cuestan las frases de ternura? Conoce tu credulidad ¡Ha abusado de ella tantas veces! ¡Unas cuantas palabras cariñosas, una promesa de olvido, acaso una esperanza de reconciliación!

El proyecto de iros muy lejos á olvidar las horas malas para no acordaros sino de vuestro antiguo amor. ¿No es eso?

Una gran palidez se apoderó de la cara de aquella mujer. Sus ojos se pusieron sombríos y su aliento se hizo corto. Sufría horriblemente. Entonces Sorege, con una risa en la que sonaba la venganza, añadió:

—Si, sin duda alguna; y tú has caído en la red. ¡Vamos! Ya era tiempo de que yo viniese para hacerte volver á la razón.

Lea levantó la cabeza y dijo con gravedad:

—¡Es verdad! Ya era tiempo, en efecto.

—¡Ah! ¿Lo ves? exclamó Sorege triunfante.

Lea le miró con sublime desprecio.

—Ha comprendido usted mal. Todo este día que he pasado encerrada, sola y reflexionando, ha estado lleno de malas horas. El peligro infunde sospechas y yo sé que corro peligros. El deseo de salvarnos nos hace cobardes, y á pesar de las promesas que se me han hecho, me preguntaba con angustia si no tendría que temer algún engaño. He reflexionado para decidir si cumpliría el compromiso que he adquirido ó si me sustraería á él por la fuga. Cuando usted ha llegado, dudaba. Ahora estoy resuelta.

—¿Te vas?

—Me quedo.

—¡Te pierdes!

—Pero salvo á un inocente.

—¡Estás loca!

—Ya me lo ha dicho usted y ha habido instantes en que he podido creerlo, pero usted mismo acaba de volverme al sentimiento de la verdad y de la justicia. En pocos minutos se ha mostrado usted tan bajo, tan cobarde y tan miserable, que no puedo dudar del buen derecho de aquel contra quien usted se encarniza. Tenía la bochornosa debilidad de dudar entre la salvación de Jacobo y la mía: usted me ha aconsejado. Ya no hay duda posible. Entregarme de nuevo á un monstruo como usted, sería completar mi crimen.

Sorege dió un salto al oir el ultraje y dijo, ya de pie:

—¿Así recompensas los servicios que té he prestado? ¡Me he comprometido por ti y me entregas á mis enemigos!

—Yo no he sido más que un instrumento de odio en las hábiles manos de usted. Ahora lo veo. El mal que yo he hecho, usted lo ha concebido y premeditado y es más responsable que yo. Usted no se ha comprometido por salvarme, me ha perdido para satisfacer su odio. Yo he sido siempre su víctima, siempre sublevada y ahora implacable…

Sorege dijo en tono burlón:

—¡Vamos! Ya tenemos, por fin, la verdad. ¿Qué arma vas á dar contra mi á ese héroe de tu última novela?

—Mi confesión escrita y firmada para probar su inocencia y mi crimen.

Sorege se dirigió hacia ella.

—¿Dónde está ese papel?

—¡Qué le importa á usted!

—Vas á dármelo ahora mismo.

—¡Jamás!

—¡Ah! Estúpida criatura ¡Ten cuidado! Me conoces bastante para saber que no dudaré en hacerte pedazos, si es preciso para mi seguridad.

—Puede usted buscar. No encontrará nada.

—¿Le has enviado ya?

—Esta mañana.

—¡Mientes! Acabas de decirme que hasta mi llegada habías vacilado…

Lea hizo un movimiento al verse adivinada é instintivamente volvió los ojos hacia un escritorio, cerca de la ventana. Sorege se arrojó á él de un salto y á pesar de los esfuerzos que ella hacía para impedírselo, conteniéndola con una mano y registrando con la otra, se apoderó de una carta en cuyo sobre estaba escrito el nombre de Jacobo.

Sorege se apartó con aire sombrío, miró á Lea profundamente y dijo:

—¡Aquí está! ¡ No creía que fueses capaz de denunciarme!

—¿De qué le sirve á usted coger ese papel? gritó la cantante encolerizada. Si usted la destruye, puedo escribir otra declaración.

—Por eso voy á tomar mis precauciones en consecuencia. Siéntate á esa mesa.

Y mostró á Lea el escritorio del que había cogido el papel. La cantante no contestó, ni se movió siquiera. Sorege se llegó á ella, la cogió bruscamente por un brazo y la empujó hasta la silla colocada delante del escritorio.

—Ahora, escribe.

—¿Qué?

—Sencillamente esto: "La pretendida confesión que posee el señor de Freneuse me ha sido arrancada con amenazas de muerte. Libre y dueña de mi misma, me retracto de ella completamente. Jamás he cometido el crimen de que se me obliga á acusarme."

Lea le miró con tranquilidad.

—¿Y después?

—Nada más.

La cantante se levantó y ambos quedaron cara á cara, sin contenerse ya y respirando el odio y la violencia.

—¡Por el diablo! ¡Si no escribes, estúpida, te aplasto.

Cogió la mano de aquella mujer y la apretó con toda su fuerza. Lea enrojeció de dolor y de cólera y trató de desasirse, pero él la tenía como con una tenaza de acero.

—¡Me hace usted daño! ¡Déjeme!

—¡Obedece!

—¡No!

—¡Obedece!

Lea lanzó un grito desesperado y se retorció, con las lágrimas en los ojos.

—¡Oh! Me martiriza usted… ¡Cobarde!

—¡Obedece, mal bicho, ó te rompo el brazo!

Aquel hombre cataba espantoso de furor y el pensamiento de un asesinato aparecía en sus ojos. Lea cayó de rodillas enloquecida. Cerca de ella la aguja de acero y cabeza de zafiros, verdadero estilete, estaba caída en la alfombra. Lea la cogió con la mano izquierda y se levantó. Sorege le dió un tremendo empujón hacia la mesa.

—¡Vamos! ¡Despachémonos! No tengo tiempo de andar en contemplaciones.
No tienes la mano tan estropeada que no puedas escribir… ¡Pronto!

Lea permaneció como atontada, de pie, sin moverse, y él le dió un golpe violento en un hombro.

—¿Vamos á volver á empezar?… ¡Ira de Dios! Te voy…

No dijo una palabra más. Dando un grito de rabia, Lea se volvió y le hirió en la garganta con la larga aguja. Sorege se quedó de pie, con los ojos fijos y una sonrisa estúpida en los labios. Sus brazos se abrieron y buscaron en el aire un punto de apoyo. Trató de arrancarse el estilete de acero que tenía clavado, dió dos pasos vacilantes, sus rodillas flaquearon y cayó dando un suspiro aterrador. Al caer, la aguja se lo introdujo hasta la cabeza de zafiros. Sufrió una convulsión que le hizo volverse de espalda y se quedó inmóvil.

Inclinada sobre él, Lea le vió contraído, terrible, inerte. No había corrido ni una gota de sangre. La aguja tapaba herméticamente la herida y su punta había llegado al corazón. Con pasos cauteolosos, como si temiese despertar de su espantoso sueño al que temía más muerto que vivo, se echó un abrigo por la espalda y huyó á la calle. Sin saber lo que hacía, tomó la dirección de su teatro. Eran las seis.

Pasó por delante del conserje, que le dijo:

—Señora Hawkins viene usted con mucho adelanto. Aquí tiene su llave. La doncella no ha llegado todavía. ¿Va usted á comer en su cuarto?

Lea no respondió y subió la escalera que conducía al primer piso. Siguió un largo pasillo, abrió una puerta y entró en la habitación que le servía de salón de recibo. Se sentó, sin encender luz, y se puso á llorar desesperadamente, lanzando desgarradores sollozos.

Aquella noche miss Harvey llegó á su palco, contra toda costumbre, al tiempo de levantarse el telón. Capuleto estaba presentando su hija á los señores reunidos en su palacio. Julieta sonreía, pero una gran tristeza velaba la gracia de su semblante. Cantó con brillantez febril el vals y la escena del encuentro con Romeo le valió una entusiasta salva de aplausos.

La artista no saludó, como si permaneciese indiferente al favor del público. Dijo con acento profundo la frase:

Y la tumba será nuestro lecho nupcial.

Bajó el telón y no volvió á levantarse, á pesar de los gritos entusiastas de todo el público. Nunca la Hawkins y Novelli habían cantado mejor, según la impresión unánime de todo el teatro. La representación empezaba de tal modo, que tenía que acabar en un gran triunfo. Harvey y sus dos hijos estaban en el palco, donde reservaban un sitio para Marenval. Tragomer y Jacobo tenían otro palco más oculto á fin de no dejarse ver. Habían comido con la señora de Freneuse y María y el tiempo se había deslizado tan dichoso en la dulce intimidad de la familia, que estaban dando las once cuando los dos amigos entraron en el teatro.

El cuarto acto llegaba á su fin. En cuanto bajó el telón, Tragomer fué al palco de Harvey y Jacobo se metió entre bastidores. Conforme estaba convenido, quería ver á Lea y recibir de ella la declaración escrita que debía servir para rehabilitarle.

Conducido por un celador, llegó al primer piso, y envuelto en una atmósfera enrarecida y perfumada Jacobo siguió el corredor como un enamorado que va á ver á su bella, según opinaron de aquel elegante joven los que se cruzaron con él en el camino, y se detuvo ante una puerta á la que su conductor llamó discretamente. La doncella abrió y Freneuse vió á la cantante tendida en un diván y rodeada de ramos y canastillos de flores. Pálida, inmóvil, vestida con el blanco traje nupcial, parecía la hija de Capuleto dormida con el sueño remedo de la muerte. Al ver á Jacobo no hizo ni un movimiento; una triste sonrisa se dibujó en sus labios y dijo dulcemente:

—Llega usted tarde, amigo mío. He tenido un gran éxito… Vea usted estas flores… Me aclaman, me envidian… Soy un hermoso ídolo ¿verdad? ¿Quién no querría estar en mi puesto?

La doncella salió, y apenas se cerró la puerta Lea se levantó de un salto y toda cambiada, la cara contraída, la voz temblorosa, dijo llevándose á Jacobo al punto más apartado de la pieza:

—Mírame bien… ¿No me encuentras nada nuevo en la mirada? ¿Soy la misma mujer?

—¿Qué tienes? preguntó Jacobo, asustado por su agitación. ¿Qué ha sucedido?

—Lo que debía suceder fatalmente, respondió Lea con una actitud de extravió. Sorege ha venido á mi casa…

—¿Y le has recibido?

—No he tenido otro remedio. Ofrecía estarse allí hasta que saliera. No podía escapar. ¡No se evita lo inevitable! Te lo había dicho… Lo sabía… Mi suerte estaba decidida…

—¿Pero á qué se ha atrevido? preguntó Jacobo, que empezaba á estar inquieto.

—Á todo aquello de que es capaz…

Lea se quitó los brazaletes y dijo enseñando en sus brazos las huellas de los dedos de Sorege:

—Casi me ha roto el brazo para obligarme á desmentir mi declaración…
Creo que me hubiera matado…

—¿Y has obedecido?

La cantante levantó la frente, miró á Jacobo á los ojos y con una sonrisa que recordaba á la tierna, fiel y enamorada Lea de otros tiempos, contestó:

—¡No! No he obedecido, Jacobo, no porque se trataba de mi vida, sino porque quería salvar la tuya…

—¿Entonces?…

Lea bajó la voz y dijo con aire aterrado:

—Se trataba de él ó de mí, Jacobo; era preciso elegir y he elegido. ¡Ya no hará daño á nadie! La declaración que yo debía darte está en su bolsillo; allí la encontrarán… Yo no me atreví á cogerla… Está caído en el suelo en el salón de la casa de Tavistock-Street, con los ojos terriblemente abiertos y la boca todavía amenazadora…

—¿Le has matado?

—¡Cállate, desgraciado! No se debe saber eso hasta mañana. Es preciso que yo esté libre hasta el fin del espectáculo. Aún no he terminado mi misión. Me pagan y tengo que cantar. Precisamente esta noche está el público loco conmigo…

Al decir esto, tenía un aire tan extraño, que Jacobo creyó que el cerebro de aquella mujer no había podido resistir las duras pruebas que venía sufriendo, y se había vuelto loca. Pensó llamar y no creyó lo que le decía. Pero vió en los ojos de la infeliz un pensamiento de desesperación tan terrible, que tuvo el presentimiento de una desgracia inmediata.

La voz del traspunte se oyó en el pasillo:

—Á escena para el último acto…

Y al pasar cerca de la puerta:

—Miss Hawkins, ¿se puede empezar?

—Sí, respondió Lea tranquilamente, ya bajo.

Cogió de un canastillo una orquídea blanca con manchas rojas y dijo presentándosela á Jacobo:

—Guárdala en memoria mía. Esta flor es como mi alma; ensangrentada y, sin embargo, pura…

—Lea, dijo Jacobo asustado, pide un momento de descanso; no estás en posesión de ti misma…

—¡Sí! Jamás he estado más segura de mi… Es el acto de la muerte,
Jacobo; verás qué bien le canto… Anda, vete á verme. Lo quiero…

Jacobo trató de detenerla, de calmarla.

—¡Lea!

La cantante lo miró profundamente, le dirigió otra sonrisa y se arrojó en sus brazos en un movimiento apasionado, diciéndole:

—Dame un beso, ¿quieres? Es la última vez que estamos juntos. Permíteme que al partir lleve en la frente el recuerdo de tus labios.

Jacobo se prestó dulcemente á ese capricho y ella entonces le apretó contra su corazón con una fuerza extraordinaria y exclamó:

—¡Oh! Si me hubieras amado siempre, viviría y sería dichosa…

Hizo un ademán de desolación y prosiguió:

—¡Ay! ¡Ya no es tiempo! ¡Adiós!

Le echó un último beso con la punta de los dedos y se lanzó fuera. Ya la orquesta ejecutaba el sublime preludio del acto de las tumbas. Jacobo, turbado y lleno de preocupación, entró en la sala y se reunió con Tragomer. El acto había comenzado y Romeo estaba cantando. Jacobo se inclinó al oído de Cristián y murmuró:

—No sé qué va á pasar, pero Lea ha perdido la cabeza. Acaba de decirme que esta tarde ha ido Sorege á amenazarla, á violentarla, y que ella le ha matado.

—¡Dios mío! exclamó Tragomer. Pero ella, entonces, la desgraciada…

—¡Mírala! Está aterradora…

Con la palidez de la muerte en las mejillas, Julieta se levantó de la tumba y fué á caer en los brazos de su amante. Con voz que parecía velada por el crepúsculo de la noche eterna, la hija de Capuleto esperaba la embriaguez de su dicha al despertarse sobre el corazón del bien amado. Después el veneno hacía su efecto y Romeo palidecía, sucumbiendo. Julieta le retuvo con fuerza, como si se acusase de aquella muerte que él se daba por su amor. En seguida arrancó de la cintura de Romeo el puñal que de ella pendía y echando á la aguda hoja una mirada de dichoso alivio, pronunció como un grito de libertad esta frase:

"¡Ah! ¡Bendito puñal! ¡Eres mi último recurso!"

Y con firme brazo se asestó una puñalada en el mismo sitio en que había herido á Sorege. Siguió de pie, pero la voz se extinguió en sus labios. Un hilo de sangre surgió de la garganta y se deslizó por el traje blanco. Sus ojos se nublaron. Novelli se levantó en este momento y se arrojó sobre su compañera gritando:

—¡Socorro! ¡Se ha herido!

Un espantoso rumor partió de todos los puntos de la sala. Los espectadores, de pie, miraban aterrados. La cantante agitó lentamente la mano como para decir que todo era inútil. Bosquejó una sonrisa, esperando que la recogería Jacobo. Su belleza era tan brillante en aquel momento supremo, que los tres mil espectadores que ocupaban el teatro se callaron como por una fuerza misteriosa, y se oyó el último suspiro que se exhalaba de los labios de la artista. Vaciló como una flor cortada, y cayó muerta en aquella misma escena en que acababa de triunfar su arte.

* * * * *

M. Melville, avisado por teléfono, salió de Scotland-Yard y se dirigió al domicilio de la cantante. Sorege estaba tendido en la alfombra del salón, lívido y horrible. En el bolsillo de su levita se encontró la declaración de Lea probando la inocencia de Jacobo, que fué enviada á la embajada francesa por la policía de Londres. Vesín marchó á París, á fin de activar la revisión del proceso. Los Harvey en su yate y Marenval, Tragomer y la familia de Freneuse en el Magic, se habían dirigido á Cowes.

Los jóvenes pasaron dos meses deliciosos en la intimidad de una existencia activa y libre, navegando por el tranquilo mar ó anclados en las radas del Solento. La belleza de María, realzada por la esperanza, brilló entonces con todo su esplendor. La joven se mostró encantadora y tierna con Cristián, como si quisiera hacerle olvidar los pasados rigores.

Jacobo sencillo, dulce, un poco grave, y tan diferente de si mismo que era imposible reconocerle, se complacía en hablar con miss Harvey que le pedía interminablemente el relato de sus aventuras y de sus miserias. El joven confesaba sus errores, sus locuras y sus faltas y describía los sufrimientos de su vida con una humildad y una emoción, que conmovían profundamente á la americana. Jacobo no demostraba el ardor y la fuerza de la juventud sino para remar y montar á caballo con los hijos de Harvey, y aun éstos tenían que rogárselo vivamente así ellos como la señora de Freneuse, inquieta por las tendencias místicas de su hijo y deseosa de verle volver á los gustos de la vida normal. Con este mismo fin la madre de Jacobo favorecía la intimidad de su hijo con miss Maud. Pero pronto quedó sentado que nada modificaría en las horas de felicidad los proyectos madurados en las de angustia.

El mes de agosto expiraba y Julio Harvey anunciaba el propósito de marchar á Portsmouth para hacer provisiones de carbón y de víveres á fin de volver á América. Tenía que arreglar negocios en su país y sus hijos debían volver á los prados para vigilar las ganaderías. Miss Maud se resignó á acompañar á su padre, pero quería llevarse con ella á las señoras de Freneuse y á Jacobo.

—El proceso, decía, que consagrará la inocencia de su hijo de usted, no será resuelto hasta dentro de algunos meses. ¿Qué van ustedes á hacer hasta entonces? Si vuelven á Francia no podrán vivir sino muy retiradas y probablemente el señor de Freneuse tendrá que constituirse en prisión, pues hasta que se pronuncie la nueva sentencia le considerarán como culpable. Vénganse, pues, con nosotros á Nueva York… Dejaremos á mi padre y á mis hermanos ir á Dakota y nosotros nos instalaremos tranquilamente en Newport. El señor de Tragomer nos acompañará, pues á Marenval le creo muy deseoso de volver á París.

—Véngase usted, Tragomer, decían los cow-boys; iremos hasta las altas mesetas á tirar á los bisontes. Hay todavía hermosas manadas, y acamparemos en las tiendas con los Cherokees… Allí verá usted potros, como no los hay en el mundo, que corren veinticuatro horas sin descansar… Pescaremos el salmón en los creeks… Hay rincones donde se cogen piezas que datan del diluvio… ¡Unos monstruos! Venga usted, Tragomer, venga usted… Cuando tengamos á Jacobo en el suelo americano, le pondremos en forma… Es un buen sportman; no hay que dejarle hacerse cura.

Miss Maud se encargó en persona de intentar el esfuerzo supremo. Una noche en que se paseaba con Jacobo por la cubierta del Magic, en la rada de Cowes, se detuvo repentinamente y se apoyó en la borda del yate. El mar estaba fosforescente. Por todos lados las luces eléctricas marcaban el sitio de los barcos anclados y un viento tibio y ligero cantaba en las vergas. Innumerables estrellas bordaban el cielo en sus resplandores de oro pálido. La joven estaba mordisqueando una rosa y miraba al mar sin decir palabra. Jacobo, á su lado, escuchaba distraídamente una música que se oía á lo lejos en la oscuridad. Miss Maud se levantó y dijo, fijando en la cara de Jacobo sus ojos perspicaces:

—Señor de Freneuse, conviene hablar esta noche sinceramente, para que no tengamos después ni penas ni arrepentimientos. Usted tiene proyectos que afligen á su madre y á su hermana. No hablo de sus amigos, entre los que nos contamos, pues la autoridad que pueden tener sobre usted es muy débil comparada con la de esas dos mujeres que tanto han llorado por usted. Existe ademas otra afección que puede tener una influencia decisiva en la vida de un hombre. Y aun esa es preciso que el que la provoca, la sienta.

Se detuvo un poco confusa, tanto por la gravedad de la confidencia como por la dificultad de completarla. Pero era un espíritu enérgico y continuó atrevidamente:

—Ha hecho usted muchas locuras, pero las ha expiado con muchos sufrimientos. Está usted, pues, en paz consigo mismo. ¿Por qué insiste usted en dejar el mundo á pesar de la pena que causa á su familia? Debe usted ciertas compensaciones á las que han sufrido por su causa. En fin, si una mujer, conmovida por sus desgracias, interesada por su rehabilitación y sinceramente enamorada de usted, se ofreciera á cuidar las heridas secretas de su corazón, á curarlas y á cifrar su dicha en hacer de usted el hombre que debe ser, ¿rechazaría usted esa ternura?

Levantó su frente en la que brillaban la inteligencia y la voluntad, y prosiguió:

—Yo soy esa mujer que le ama y que le ofrece la mano. Si usted la admite, tendrá en mi una compañera resuelta y adicta. El bien que usted se propone hacer á la humanidad á cambio del mal que de ella ha recibido, lo haremos juntos. Todo lo que pido es que me hable usted francamente para saber si debo esperar ó resignarme. Diga Usted sí, y vamos juntos á ver á mi padre y á que yo abrace á su madre de usted con todo mi corazón. Diga usted no, y mañana parto, para que no me vea usted llorar.

Maud ofreció su mano y Jacobo la vió pálida, en la clara noche, y con los ojos brillantes de emoción. El joven se inclinó con respetuoso dolor:

—Aunque mi sinceridad aflija á usted, miss Maud, voy á obedecerla hablando francamente. Estoy conmovido hasta lo más profundo de mi ser por su generosa y caritativa afección. Usted ha sido impulsada, cosa digna de una mujer, por la obra de dulzura y de piedad que desea realizar cerca de un desgraciado. Pero yo me juzgo más severamente que usted y sé cuántas manchas contiene todavía ese corazón que usted cree purificado. Mido mejor que nadie la profundidad de mi caída y no creo que un ángel como usted pueda levantarme tan fácilmente. No me siento digno de usted, mis Harvey, y lo confieso con una humildad muy meritoria, llorando de agradecimiento por su bondad.

Cogió su mano y llevándosela á los labios la mojó con sus lágrimas.
Después continuó con voz alterada:

—En fin, preciso es que se lo confíe á usted como á todos mis otros amigos; no soy libre de disponer de mi. He hecho un voto. En el momento más grave de mi vida, cuando se estaba decidiendo mi salvación ó mi pérdida, juré dedicarme á Dios si me permitía volver á mi familia y á mi país y probar mi inocencia.

Dios me oyó y ya no me pertenezco. Me entrego al que después de haberme castigado justamente, tuvo piedad de mí. Perdón, miss Maud. Si una mujer podía realizar la obra que usted había soñado, esa mujer es usted. Solamente Dios habrá sido preferido.

Maud le miró por última vez y comprendió que todo había acabado. Suspiró y dejando caer en el mar la flor que tenía en los labios, como caían en la nada los ensueños acariciados por su pensamiento, pronunció esta sola palabra.

—¡Adiós!

Y desapareció por el puente, como una sombra.

El día siguiente el yate de Julio Harvey zarpó en dirección de la costa inglesa.