CAPÍTULO IX.

En que se da cuenta de unas fiestas solemnes, y juego de sortija, que se hicieron en Granada, y como se iban encendiendo los bandos de los Zegríes y Abencerrajes.

Ya sabía el valeroso y gallardo moro Abenámar, cómo el valiente Sarracino era aquel con quien había tenido la pendencia aquella noche en la plaza de palacio, y estaba muy enojado contra él, porque le había herido, e impidió su música; y mirando a los balcones, vio que hacía Galiana a Sarracino muchos favores, de lo cual sintió mucho dolor y pena, y procuró olvidar a la ingrata, visto que no admitía, ni se acordaba de lo que había hecho en Almería y Granada en su servicio.

Y para ejecutar su propósito con todas veras, puso los ojos en la bella Fátima, que ya la habían traído a Granada, y estaba tan hermosa como de antes, y con tanta salud; y tenía mucha esperanza el moro galán que no le sería ingrata Fátima respecto de tener olvidado a Muza, por la certidumbre que tuvo de los amores que trataba con Daraja.

El moro enamorado empezó a servirla con grandes demostraciones de amor. Fátima que vio las veras con que Abenámar la amaba, comenzó a favorecerle y amarle con grande amor, por ser muy galán, discreto y valiente.

En este tiempo Daraja y Abenhamín Abencerraje estaban ya para casar, por lo cual el valeroso Muza había puesto los ojos en la hermosísima Celima, hermana de la bella Galiana; y no había caballero de estima que no tuviese puesto todo su amor en alguna dama de palacio, y así cada día había fiestas y regocijos en la corte.

El valiente Audalá amaba a la hermosa Aja, y como era caballero Abencerraje, y muy preso de amor, por dar gusto a su dama, ordenaba y hacía muchas fiestas.

El valiente Abenámar por vengarse de la linda Galiana y de Sarracino, suplicó al rey que se hiciese una fiesta el día de S. Juan de juego de cañas y de sortija, y que él quería ser mantenedor della.

El rey era muy amigo de fiestas, y porque se regocijase toda la corte y se ejercitasen los caballeros, ordenó que se hiciesen, por el contento que todos tenían de que se hubiese escapado Malique Alabez de las manos de D. Manuel Ponce de León, que fue mucha ventura, y por la salud que ya tenía.

Habida la licencia del rey, mandose pregonar por toda la ciudad el juego de cañas y sortija: que cualquiera caballero que quisiese correr tres lanzas con el mantenedor, que era Abenámar, que saliese a él, y trajese el retrato de su dama; que si fuese vencido el aventurero, había de perder el retrato que trajese; y si el mantenedor fuese rendido, llevase el vencedor el retrato de la dama del mantenedor, y una cadena de mil doblas.

Todos los caballeros enamorados se holgaron del pregón en extremo, lo uno por mostrar el valor de sus personas, lo otro porque fuesen vistas las hermosuras de sus damas, con esperanza de ganar al mantenedor su dama y cadena.

El valeroso Sarracino entendió el motivo de Abenámar, y holgose de ello, porque por aquella vía entendía dar a conocer a su señora Galiana el valor de su persona; y él y los caballeros amantes que pretendían correr sortija, hicieron retratar a sus damas, como mejor y más al natural pudieron, y con aquellos vestidos y ropas que más de ordinario acostumbraban traer, porque fuesen conocidas.

Venido el día de S. Juan, fiesta tan celebrada de todas las naciones del mundo, todos los caballeros granadinos se adornaron de las mejores galas y joyas que pudieron, así los que eran del juego como los que no eran, salvo que los del juego se señalaban en las libreas.

Saliéronse a la ribera del fresco Genil, hechas dos cuadrillas para el juego, la una de Zegríes, y la contraria de Abencerrajes: hízose otra cuadrilla de Almoradís y Venegas, y otra contraria de esta de Gomeles y Mazas, y al son de muchos instrumentos comenzaron el juego de cañas.

La cuadrilla de los Abencerrajes iba de tela de oro y leonado, con labores muy costosas y diferentes, unos soles por divisas, y penachos encarnados. Los Zegríes salieron de verde, con tejidos de oro y estrellas sembradas por las vestiduras, y por divisas medias lunas. Los Almoradíes salieron de encarnado y morado, y muy ricamente aderezados. Los Mazas y Gomeles salieron de morado y pajizo.

Era un caso de grande admiración el ver estas cuadrillas corriendo por la Vega de dos en dos, y de cuatro en cuatro, porque más parecía campo de batalla que caballeros de juego.

El rey Chico estaba entre los caballeros con unas vestiduras de inestimable valor; andaba con ellos solo por evitar las ocasiones de pesadumbres que se podían ofrecer.

La reina y todas las damas estaban mirando el juego desde las torres del Alhambra, admiradas de ver el gran concierto que tenían y la destreza de los jugadores.

Los caballeros Abencerrajes y Almoradís fueron los que más se señalaron aquel día. El valeroso Muza, Abenámar y Sarracino hicieron cosas notables en el juego.

Cuando el rey vio que andaba muy trabado el juego, y que se iban encendiendo los Abencerrajes y los Zegríes, temiendo no hubiese otra desgracia como la pasada, mandó cesase el juego; y luego fue obedecido, y empezaron un concertado caracol, y luego dieron muchas carreras, con lo cual concluyeron el juego de cañas.

El gallardo y fuerte Abindarráez se señaló aquel día más que ninguno de los jugadores, porque estaba mirándole la hermosa Jarifa, su dama.

La reina dijo a Jarifa:

—Por dichosa te puedes tener, por ser tu galán tan bizarro y valiente.

Jarifa disimuló, encendiéndose el rostro de vergüenza que la dio de oír aquello.

Fátima no apartaba los ojos de su Abenámar, por estar muy cautiva de su voluntad: Jarifa, entendiendo que miraba a su amado Abindarráez, porque se paseaban juntos los dos enamorados moros, le dijo a Fátima muy celosa:

—Muy grandes son las maravillas de amor, Fátima, hermana y amiga, que donde quiera que da, no puede estar encubierto, porque brota por los ojos, cuando la lengua calla: no me podrás negar, amiga, que tú estás tocada de pasión amorosa, pues realmente tu hermoso rostro da de ello clara señal, que solías estar como la rosa en su zarza, y ahora te veo triste y melancólica, y son todas las mudanzas evidentes señales que causa el incendio de la llama amorosa que en tu pecho labra: y si no me lo niegas, el causador de todo es el valeroso y gallardo Abindarráez, y así no me debes negar ni encubrir tu secreto, pues sabes cuán leal y verdadera amiga te soy.

Fátima, que era muy astuta, sagaz y discreta, luego entendió el blanco donde tiraba el pensamiento de la hermosa Jarifa, porque ya sabía que trataba amores con Abindarráez, y no se lo quiso dar a entender, y disimulando, la respondió:

—Si las maravillas de amor son grandes, no han llegado a mi noticia sus efectos, ni de ellos experiencia tengo. El no tener mis colores como de antes, y estar melancólica, bien sabes que es la causa muy urgente, pues estas presentes fiestas me renuevan mi dolorosa llaga de las tristes pasadas, en las cuales fue muerto mi amado padre, como duran los comenzados bandos entre Zegríes y Abencerrajes; y en caso que de amor procedieran las causas que dices, te certifico que nunca por Abindarráez fuera, porque en el juego de cañas hay caballeros que son de tanto valor, esfuerzo y bondad como él, y en comprobación de mi verdad el día de la sortija se verán los retratos de las damas servidas, que los caballeros sus amantes sacan, y entonces echarás de ver si te he negado el punto de verdad.

Con esto cesó la celosa conversación de las dos enamoradas damas, y levantando Fátima los ojos para ver la trabada escaramuza, vio entre los caballeros a su querido Abenámar, que hacía notables destrezas; conociole la rendida mora en un pendoncillo morado con una F de plata, encima una media luna de oro, armas y divisa de la bellísima Fátima.

Habiendo escaramuceado el rey y los caballeros desde antes que el sol saliera, hasta las once del día, se tornaron a la ciudad por aprestar lo que cada uno había de sacar en el juego de sortija. Por este día de S. Juan, y fiesta que en él se hizo, que fue muy señalada y notable, se hizo aquel antiguo romance, que dice así:

La mañana de S. Juan,

al tiempo que alboreaba,

grande fiesta hacen los moros

por la vega de Granada.

Revolviendo sus caballos,

jugando van de las lanzas,

ricos pendones en ellas,

labrados por sus amadas.

Ricas aljubas vestidas,

de oro y seda labradas:

el moro que amores tiene,

allí bien se señalaba;

Y el moro que no los tiene,

de tenerlos procuraba:

míranlos las damas moras

desde torres del Alhambra,

Entre las cuales había

dos de amor muy lastimadas:

la una se llama Jarifa,

la otra Fátima se llama.

Solían ser muy amigas,

aunque ahora no se hablan.

Jarifa llena de celos

a Fátima le hablaba:

¡Ay, Fátima, hermana mía,

cómo estás de amor tocada!

solías tener colores,

veo que ahora te faltan.

Solías hablar de amores,

ahora obras y callas;

pero si lo quieres ver,

asómate a esta ventana,

Y verás a Abindarráez,

y su gentileza y gala.

Fátima como discreta,

de esta manera le habla:

No estoy tocada de amores,

ni en mi vida los tratara;

si se perdió mi color,

tengo de ello justa causa

Por la muerte de mi padre,

que aquel Alabez matara;

y si amores yo quisiera,

está, hermana, confiada,

Que allí veo caballeros

en aquella vega llana,

de quien pudiera servirme,

y de ellos ser muy amada.

Habiendo el rey y los demás caballeros ocupado los miradores de la plaza nueva, donde se había de hacer el juego de la sortija, vieron junto a la fuente de los Leones una rica y hermosa tienda de brocado verde, y junto a la tienda un alto aparador con un dosel de terciopelo verde, y en él puestas ricas joyas de oro, y en medio de ellas estaba asida una riquísima cadena, que valía mil doblas de oro, y aquesta era la cadena del premio, sin el retrato de la dama que con ella se ganaba.

No quedaba en toda la ciudad hombre ni mujer que no viniese a ver aquella fiesta; y no faltaron tampoco en ella los moradores de los lugares vecinos.

No tardó mucho espacio de tiempo, cuando se oyó muy dulce son de ministriles que salían por la calle del Zacatín; y la causa era que el valeroso Abenámar, mantenedor de aquella sortija, venía a tomar su puesto, y su entrada fue de esta manera: primeramente cuatro hermosas acémilas de recámara, todas cargadas de lanzas para la sortija, con sus reposteros de damasco verde, todos sembrados de muchas estrellas de oro, y pretales de cascabeles de plata, y cuerdas de seda verde.

Estos fueron con hombres de a pie y de a caballo, sin detenerse hasta donde estaba la tienda del mantenedor, y allí junto fue armada otra muy ricamente aderezada de libreas verdes y rojas, con muchos sobrepuestos de plata, todos con plumas blancas y amarillas: venían quince de una parte, y quince de otra, y al fin de todos ellos, y enmedio, venía el animoso y valiente Abenámar con un vestido de brocado verde, labrado a muchísima costa, y marlota y capellar de inestimable valor y aprecio, y traía una yegua rodada; los paramentos y guarniciones de ella eran del mismo brocado verde, testera y penacho muy rico de verde y encarnado.

Llevaba el gallardo mantenedor sembradas muchas estrellas de oro finísimo por todas las ropas y vestiduras, y en el lado izquierdo sobre el rico capellar un sol muy resplandeciente, con una letra que decía:

Solo yo, sola mi dama;

ella sola en hermosura,

yo solo en tener ventura

más que ninguno de fama.

Esta misma letra se divulgaba por la plaza.

Después del valiente Abenámar venía un rico carro triunfal, adornado de muchas señas; traía hechas en él seis gradas muy bien aderezadas, y por encima de la más alta grada había un arco triunfal de extraña hechura, y debajo de él una rica silla, y en ella sentado y puesto el retrato de la hermosa Fátima. Estaba tan perfecta, que si su original no estuviera con la reina, dijeran que era ella.

Causaba espanto ver el adorno y gala del retrato, que no había dama que no la envidiase, ni caballero que no la pretendiese. Era el vestido turquesco, de muy extraña y vistosa hechura, la mitad pajizo y la otra mitad morado, y todo sembrado de estrellas de oro, y con muchos tejidos y recamados de oro.

El tocado artificioso y galán, sus cabellos sueltos, como una madeja de oro de Arabia; sobre ellos una hermosa guirnalda de rosas blancas, y tejidas muy al natural; sobre su cabeza parecía el dios de Amor, niño y desnudo, con sus alas abiertas y plumas de mil colores, poniendo la guirnalda a la bella imagen; y a los pies de ella estaba el arco y aljaba de Cupido, como por despojos del rendido. De esta suerte iba el bello retrato de la hermosa Fátima, que agradaba mucho su vista a todos.

El carro en que iba tiraban cuatro yeguas, más albas que la nevada sierra. Después del carro iban treinta caballeros de libreas verdes y encarnadas, con penachos de las mismas colores.

De la forma dicha entró el bravo y valiente Abenámar, mantenedor de la justa, y al son de los ministriles y otros instrumentos músicos que llevaba, dio vuelta por la plaza nueva, pasando por debajo de los miradores del rey, quedando admirado él y los caballeros de la gallardía, invención y traza.

Así como llegó el carro a los miradores de la reina, ella y las damas se admiraron de ver la belleza, adorno y galas de la efigie de la hermosísima Fátima, y cuán natural era a su señora.

Fátima estuvo junto a la reina, y con ella Daraja, Sarracina, Galiana, Celima, Cobaida, y otras damas, cifra de la hermosura, y alegrándose de ver la invención que Abenámar traía, la dijeron:

—Por cierto, hermosa Fátima, que si como lleva la ventaja vuestro galán y defensor caballero a todos los demás en industria, cifra y galas, la lleva en defenderos, y alcanzar el premio de la victoria, que os podéis tener por la más dichosa y bien afortunada dama del mundo.

Fátima, disimulando lo posible, respondió a las damas:

—No sé yo con qué intento ha hecho Abenámar lo presente; pero si bien advertís, son novelas de caballeros, y por esta vía querrían obligarme: no me da cuidado ninguno, ni es cosa que me toca; y poco se me da que me defienda o no.

—No sin misterio —dijo Jarifa— el caballero Abenámar se ha puesto a hacer tal desafío a todos los caballeros enamorados, y a sacar tu retrato.

—Este motivo de Abenámar —respondió la hermosa Fátima— él solo lo entiende, y cada uno hace y deshace a su gusto: si no, mira a Abindarráez, que por ti, y por lo que a él le está bien, tiene hechas cosas muy dignas de memoria.

—Lo de Abindarráez para conmigo —dijo Jarifa— es cosa muy pública, y saben todos los de la corte que es mi amante; pero ahora lo de Abenámar nos parece a todas cosa muy nueva; y cierto que me pesaría si Abindarráez y Abenámar fueran competidores.

Dijo Fátima:

—Y que lo sean, o no, ¿qué se te da a ti?

—Dame pena —respondió Jarifa— que tu retrato, que hoy ha entrado con tanto adorno, viniese a mis manos.

—¿Pues por tan cierta tienes la victoria de parte de Abindarráez —dijo Fátima— que ya me tienes por tuya? Pues no tengas tanta confianza en tu amante caballero, que el que hizo un desafío general, ha hecho tantos gastos, y se ha esmerado tanto en la efigie, sabrá muy bien defender su partido, y al fin son casos de la fortuna, sujetos a ella.

La reina que estaba oyendo las disputas de las damas, les dijo:

—¿De qué importancia es tratar cosas de que se saca poco fruto? Ambas sois iguales en hermosura, hoy veremos quién lleva la palma, y gloria: cese esa plática, y atiéndase al fin de la aventura.

Con esto dieron fin a sus razones, y mirando a la plaza, vieron como Abenámar habiendo dado vuelta a toda ella, llegó a la tienda, y habiendo puesto su precioso carro junto del aparador, donde estaban muchas y muy ricas joyas, mandó poner el retrato de la hermosa Fátima al son de muchas dulzainas y ministriles, con que recibieron todos mucho gusto. Luego se apeó del caballo, y dándoselo a sus criados, se sentó a la puerta de su tienda en una muy rica silla, aguardando que entrase algún caballero aventurero. Todos los caballeros que habían acompañado al esforzado Abenámar, se pusieron a una parte, haciendo todos una larga y vistosa carrera.

Estando ya los jueces puestos en un tablado, en lugar y en parte que pudiesen muy bien ver correr las lanzas, aguardaban todos que entrase algún aventurero. Los jueces eran dos caballeros Zegríes muy honrados, dos Gomeles y un Abencerraje llamado Abenámar. Este era alguacil mayor de Granada, oficio y cargo que no se daba sino a caballeros de gran cuenta y valor.

No tardó mucho de oírse un grande ruido de música de añafiles y trompetas, y mirando hacia la calle de los Gomeles, vieron desembocar por ella una bizarra cuadrilla de caballeros, con librea de damasco encarnado y blanco. Los penachos y plumas eran blancas y encarnadas.

Pasada la cuadrilla, iba un caballero en un caballo tordillo, vestido a lo turquesco, paramentos y cimeras de brocado encarnado, con todas las bordaduras de oro, y penacho de las mismas colores. La marlota y capellar sembrada toda de mucha pedrería de inestimable valor.

Así como lo vieron, fue de todos conocido que era el fuerte y bravo Sarracino.

Tras él venía un carro labrado a mucha costa, encima del cual se hacían arcos triunfales de extraño artificio, en los cuales estaban pintados los asaltos y escaramuzas, que habían pasado entre moros y cristianos en la vega de Granada, entre las cuales estaba la batalla tan reñida que pasó entre el valiente y valeroso mancebo Garcilaso de la Vega, y Audalá, moro de gran fama, sobre el AVE MARÍA, que llevaba escrita en la cola del caballo: tan naturales parecían en la pintura, que era cosa muy peregrina.

Debajo de los cuatro arcos triunfales le hacía un trono en redondo, que por todas partes se podía bien ver era de blanco y finísimo alabastro, y en él entretalladas muchas y diferentes labores. Iba puesta encima del trono una imagen muy hermosa, vestida de brocado azul, con muchos recamados de oro; todo ello de mucho precio y estima. A los pies de la bella imagen muchos militares despojos y trofeos, y el Niño Amor vencido y arrodillado ante ella, quebrando su arco y rota su aljaba, tirando la imagen a todas partes las saetas, y denotando que a todos hería de amores.

El bravo Sarracino llevaba una divisa de un mar, y en ella un peñasco combatido de muchas ondas, y una letra que decía:

Tan firme está mi fe como la roca,

Aunque el viento y el mar siempre la toca.

Esta letra se extendía por toda la plaza, para que a todos fuese manifiesta.

Así entró el valeroso Sarracino con su carro, no menos rico y costoso que el del mantenedor Abenámar, al cual carro tiraban cuatro caballos bayos, muy briosos y ricamente enjaezados: y así con solemne música dio vuelta el bravo Sarracino a la plaza, dando a todos los que le miraban muy gran contento.

Luego conocieron todos el retrato, que era de la bellísima Galiana. Decía todo el vulgo: «Bravo competidor tiene el mantenedor.»

La reina, admirada de la singular destreza del artífice que retrató aquel bello trasunto, y cuán natural estaba con su original, se volvió a Galiana, y la dijo admirada:

—Secreto estaba este negocio para conmigo, no me podrás negar ahora de tus amores: bizarro y galán caballero has escogido. No le faltaba nada de esto a Abenámar, pero en este caso no hay que disputar por ser de tu gusto.

Galiana disimulando calló. El rey dijo a los caballeros:

—No es posible sino que hoy hemos de ver cosas dignas de memoria, porque el mantenedor es muy esforzado y los aventureros valerosos, que cada uno ha de procurar alcanzar la victoria, por defender su dama, y por ganar el premio del contrario.

Y mirando hacia Sarracino, vieron como después de haber dado la vuelta por la plaza, mandó arrimar su carro a un lado de ella, y paseándose se fue a la tienda del mantenedor, y le dijo:

—Caballero, ya sabrás a qué es mi venida, y te prometo que cada instante se me hace un siglo hasta correr las tres lanzas puestas; porque entiendo por muy cierto que ha de gozar mi adorada dama el retrato de la tuya y la estimada cadena. Si mi desgraciada suerte tuviere ordenado que pierda el retrato de mi señora, llevarás junto con él esta preciosa manga, labrada por mi dama, la cual tiene de valor cuatro mil doblas.

Era así que tenía aquel valor, porque estaban bordados todos los extremos de alfójar, perlas y pedrería, y por ella se dijo este

ROMANCE.

En el cuarto de Comares

está la hermosa Galiana,

con estudio y gran destreza,

labrando una rica manga

Para el fuerte Sarracino,

que por ella juega cañas:

la manga es de gran valor,

que precio no se le halla.

De alfójar y perlas finas

la manga iba esmaltada,

con muchos recamos de oro,

y lazos finos de plata;

De esmeraldas, y rubíes

por todas partes sembrada.

Muy contento vive el moro,

con el favor de tal dama;

La tiene en el corazón,

y la adora con el alma:

si el moro mucho la quiere,

ella mucho más le ama;

Pues si el moro es de tal suerte,

bien merece Galiana,

que era la mora más bella,

que en muchas partes se hallaba.

Muchos moros la sirvieron,

nadie pudo conquistarla,

sino el fuerte Sarracino,

que ella de él se enamoraba,

Y por sus tiernos amores

dejara los de Abenámar:

contentos viven los dos

con colmadas esperanzas,

Que se casarán muy presto

con regocijo y con zambra;

porque entiende el rey en ello;

y tiene ya la palabra

Del alcaide de Almería,

que es padre de Galiana;

y así en Granada se dice,

que se casarán sin falta.

Finalmente, la manga no tenía precio su valor, y el fuerte Sarracino confiado en su gallardía y destreza, quiso poner la manga en ventura de perderla, no considerando el bravo competidor que tenía delante.

El cual, así como oyó hablar a Sarracino, dijo que aquel era el premio del vencedor, corriendo tres lanzas mejores que el contrario; y si lo vencían perdía su fama y joyas.

Y diciendo esto, pidió que le diesen un caballo de ocho que tenía enjaezados, como se ha dicho, y tomando una gruesa lanza de sortija, se fue paseando por la carrera con tal donaire y brío, que a todos los que le miraban les daba gran contento.

Y viendo la bizarría que tenía, dijo el rey a los caballeros:

—No se niegue el buen parecer y postura que tiene Abenámar a caballo: Sarracino también es buen caballero, y hoy veremos quién lleva la palma del vencimiento.

A la sazón llegó al cabo de la carrera Abenámar, y haciéndole dar a su caballo una vuelta en el aire, dio un brinco muy alto, y luego salió como un rayo, y en medio de la carrera tendió su lanza con un donaire gracioso, y llegando a la sortija, dio por el extremo de arriba, y por muy poco no se llevó la sortija en la punta de la lanza; y no valía nada la que no se llevaba la sortija dentro del hierro, ni se podía ganar el premio si no era de esta manera.

Y deteniéndose miró a ver la suerte que haría el venturoso Sarracino, el cual estaba muy confuso y descontento, habiendo visto el golpe que había hecho el valeroso Abenámar, y mostrando buen ánimo, confiado en su mucha destreza, tomó una lanza, y poniéndose en la carrera arrancó con tanta velocidad, como si fuera una bala despedida de una culebrina por la gran violencia de la encendida pólvora, y tendiendo la lanza la llevó tan seguida, que la metió por medio de la sortija, y se la llevó dentro de la lanza.

Toda la gente que estaba mirando la justa dieron muy grandes voces, diciendo:

—Abenámar ha perdido; su retrato y cadena la ha ganado el vencedor Sarracino, porque la fortuna le ha sido muy favorable, y está de su parte la victoria.

Cuán ufano quedó Sarracino con la algazara que levantaron todos, no se puede encarecer, porque ya se consideraba poseedor de los premios del vencido; y así dijo, que le entregara el retrato y la cadena, pues la había ganado.

Mas el valeroso Muza, que era padrino del mantenedor Abenámar, replicó que no había ganado, porque eran tres lanzas las que habían de correr, y faltaban las dos. El padrino de Sarracino, que era un caballero Azarque, dijo que era ganado el premio con aquella lanza; y todos daban voces, cada uno alegando su derecho.

Los jueces mandaron que callasen, que ellos lo determinarían, y fue determinado que no había ganado Sarracino, atento que le faltaban dos lanzas que correr.

Sarracino estaba ardiendo en viva cólera, porque no le daban los premios ya ganados por la voz del pueblo, y más se encolerizó cuando sentenciaron que aún no había ganado. No estaba con menos cólera Abenámar que Sarracino, por haber perdido la primera lanza, y porque el vulgo le había dado el lauro a Sarracino.

Quien en estos debates mirara a Galiana, viera en su rostro una mudanza extrañísima de alegría que tenía por la desgraciada suerte que había tenido en la primera lanza el valiente Abenámar; y lo contrario se viera en Fátima por la buena suerte de Sarracino, aunque con discreción disimulaba su pena, pero no tanto que no se sintiese.

Y Jarifa, como dama en quien había tanta discreción, le dijo a Fátima:

—Amiga, mal le va a vuestro caballero y galán Abenámar: si así es hasta el fin, no le arriendo la ganancia.

—No tengo cuenta con eso —respondió Fátima—; pero si ahora le ha ido mal, podrá ser que le vaya bien después, y tanto que te pese, lo cual veremos al fin.

—Bien dices —dijo la hermosa Jarifa—, y eso aguardo; pero cree que los buenos principios siempre traen buenos fines.

—Eso niego —dijo Fátima—, y espero que me dirás que tengo razón, por este símil. Bien has visto y oído que un enamorado galán, en las primicias de sus amores, sirve a su dama con gran cuidado, siendo puntual en darla gusto, en regalarla, en darla músicas, en rondarle la casa, y en idolatrarla. Hácele mil promesas, que mientras más fuere, más la servirá y querrá, y que tan imposible será el dejar de quererla, como dejar el sol de calentar en el estío, y querer arrebatar con la mano la luciente luna de su lugar, y otros muchos imposibles que dicen, y sobre todo, el casarse con ella, todo con motivo y fundamento de gozar la dama a quien desea. La inocente, obligada con obras y promesas, entrégale su libertad, y viene en su deseo y gózala. ¿Aquestos son buenos principios, Jarifa?

Ella respondió:

—Sí.

Dijo Fátima:

—Pues apenas ha gozado la rendida dama el fraudulento amante, cuando, porque pasando un caballero por su casa le quitó el bonete por cortesía, dicen luego que es su galán, y que no se admiran, que quién entregó su honor a él, lo entregará a muchos; no queriendo admitir el perverso y fementido amante, que debajo de sus promesas y juramentos se le rindió la desdichada dama. Mira, Jarifa, cuánta es la malicia de los que esto usan, y traen por flor, que por solo que le dio algún rayo del sol en su balcón, desisten de la amistad de la recogida dama, y la dejan burlada, presa de amor, y deshonrada, por cuya causa viene a tener desastrado fin. ¿Son estos buenos fines?

—No por cierto —dijo Jarifa—, y confieso ser así lo que dices, y así pasa hoy en el mundo, y yo conozco algunas señoras pobres, cuya hermosura han gozado algunos caballeros, y solo por ser pobres las han dejado, y están arrinconadas y perdidas para siempre; por lo que debemos las doncellas escarmentar en cabeza ajena, y no creer a nadie de ligero, sino ir con el gusto de nuestros padres. Y si te parece miremos a los competidores.

Y mirándolos, vieron como Abenámar tomó otro caballo y lanza, y aunque disimuló, ardiendo en cólera por la mala suerte pasada, arrancó a toda furia, y tendiendo la lanza la llevó derecha como una bala, y pasando por la sortija como un pensamiento, se la llevó dentro de la lanza.

La gente dio gran gritería diciendo:

—El mantenedor va victorioso.

Sarracino dio la carrera con muy gran desenfado y gallardía, y enristrando su lanza con cuidado, tocó un lado de la sortija, y no hizo efecto ninguno.

Abenámar dijo a Sarracino:

—Caballero, otra carrera nos queda para que concluyamos nuestro pleito; concluyámoslo luego.

Y diciendo esto pidió una lanza, y en dándosela se fue poco a poco, y puesto en la carrera, la dio con la lanza tan bien puesta, que embocándola por la sortija, se la llevó dentro.

Entonces fueron las voces de toda la gente más levantadas de punto, diciendo:

—Ganado ha el mantenedor sin duda; suyo es el retrato hermoso de Galiana y la rica manga.

Bien se aparecía en Galiana el sentimiento que en su alma había, por la poca esperanza que tenía de que su enamorado Sarracino ganase. El cual se puso en la carrera, y al llegar a la sortija dio con la punta de la lanza en un extremo, que con el gran movimiento cayó en el suelo.

En parando el caballo del animoso Sarracino, fue llamado por los jueces, y le dijeron que había perdido el retrato de su dama y la rica manga. El moro respondió:

—Si ahora en juego he perdido, en escaramuzas sangrientas ganaré.

Abenámar, que con él estaba picado por lo que ya hemos dicho, respondió que si por vía de escaramuza entendía cobrar algo de lo perdido, que le avisase si quería luego cobrarlo, o que se quedase para cuando hubiese ocasión, que él le cumpliría de justicia a medida de su deseo.

Los jueces y padrinos los apaciguaron, y no consintieron que se tratase más en aquel caso. Sarracino salió de la plaza junto con los caballeros que le acompañaron. Abenámar mandó poner los ricos despojos a los pies de Fátima, su señora, sonando al ponerlos muchos instrumentos músicos.

El gozo y alegría que sintió la discreta y hermosa Fátima fue grande, por la alcanzada victoria; y más cuando vio a los pies de su retrato trofeos tan ricos y estimados.

Mas todo este regocijo lo celebraba entre sí, por disimular el mucho amor que tenía a su querido Abenámar, porque ella no quería que con demasiada certidumbre supiesen lo que sospechaban; en lo cual era muy diferente en el gusto que las otras damas de palacio, que se holgaban siempre de que sus negocios se supieran.