II

Un mes había pasado desde que Julia desapareció de la aldea.

El señor Jaime, sentado en un banquillo ante el hogar, cuidaba de unas patatas que en él se guisaban. Al quedar viudo tomó para sí el cargo de cocinero, y con él siguió en lo sucesivo.

Pedro, sentado en un montón de cuerdas, con los brazos cruzados sobre el pecho, parecía abstraído en sus pensamientos.

El señor Jaime, tan pronto atizaba la lumbre, como revolvía las patatas ó se quedaba mirando á su hijo.

Sólo se oía en la habitación el gorgoteo de la cazuela.

Aquella casuca en que padre é hijo vivían, fué construída por los abuelos de éste. Estaba sola, en el borde de la costa, sobre un alto acantilado; en su mayoría, había sido construída con vigas y tablas, siendo la cal y el ladrillo los elementos que en menos cantidad habían entrado en su construcción.

Se componía de tres habitaciones: la primera, donde se hallaban en aquel momento, servía de cocina, comedor y portal, todo á un tiempo; las otras dos, que juntas ocupaban un espacio de terreno igual al de la primera, la una servía de dormitorio; la otra fué dedicada á servir de almacén.

Lo prolongado de su vida, la débil construcción y los vendavales y tormentas que en aquella altura sufriera con harta frecuencia, desde largos años, la tenían algo deteriorada; pero á palacio sabíales á sus moradores.

No era de los más pequeños el temporal que en aquella ocasión se debía disponer á resistir, á juzgar por la fuerza del viento, lo encrespada que la mar se iba poniendo y lo ennegrecido que por los nubarrones se hallaba el cielo. Aquella tormenta que se echaba encima por momentos, era la primera de aquel otoño; el verano había terminado á poco de ausentarse Julia.

Decíamos que el señor Jaime se ocupaba alternativamente en mirar á Pedro, en revolver las patatas y atizar la lumbre; pero más justos hubiéramos sido diciendo que no quitaba la vista de su hijo, pues que las dos últimas operaciones hacíalas sin dejar de mirarle.

De tal manera le dolía al pobre viejo verle de aquel modo, que, algunas veces, su rostro bondadoso se contraía de ira, y sus ojos miraban á un punto imaginario, como si amenazaran á un ser invisible.

No pudiendo aguantar más, el viejo rompió el silencio:

—De veras te digo, Pedro, que en la vida podías pensar cosa mejor que la que ahora estás pensando... si es que piensas en olvidar á... esa mujer.

—¿Olvidarla?—contestó Pedro como si volviera de un sueño.—¡Vamos, padre, no diga usted eso!

—Pues... ¡coles!... ¿qué quieres que diga?—masculló el señor Jaime quitando con un brusco movimiento la tapa de metal de la cazuela.—¿Es que quieres pasarte la vida así?

Y al mismo tiempo pegó un fuerte porrazo con la susodicha tapadera en la piedra del hogar, á la par que retiraba la cara para huir la nube de vapor que salía de la cazuela.

—No puedo olvidarla, padre; ¿qué quiere usted que haga?

—No puedes olvidarla porque no quieres, porque no te lo propones; probaras á ello y ya verías si lo conseguías.

—Me lo he propuesto, padre, me lo he propuesto muchas veces y no he podido conseguirlo; está muy metida en el corazón...

—Voluntad... voluntad... y ¡voluntad!—El señor Jaime, cogiendo una cuchara de palo, se puso á revolver el guiso, que cada vez despedía mejor olorcillo.—Todo es cuestión de voluntad, créeme á mí, Pedro. A estas horas, mientras tú te estás haciendo los sesos agua, á fuerza de pensar en ella, á buen seguro que la chica estará divirtiéndose de lo lindo.

—¡Padre!...

—Pero ¿es posible que sigas creyendo que á Julia se la llevaron á la fuerza? ¿Es posible que en un mes que llevas de cavilar, más que si fueras para sabio, no te hayan venido razones á la cabeza que te demuestren lo contrario?

—No, padre..., ¡no!

—Pues yo te digo y te repito, y no me pesa el decírtelo, aunque te haga daño el oirlo—que lo que daña cura—, que ella se fué por su gusto. ¿Es que así como así se lleva á una persona á la fuerza y se la tiene oculta un mes sin que nadie sepa de ella? ¡Pues floja voz tiene una mujer para gritar... cuando quiere que la oigan!

—Un señorón como ese tiene medios para todo, padre.

—Ya lo creo que tiene medios para todo; por eso se llevó á Julia sin necesidad de recurrir á la fuerza.

—Pero ¿es que va usted á suponerla tan mala y tan perversa que se fuera con un hombre al que no hacía más de quince ó veinte días que conocía?

—Eso... que tú supieras, que el tiempo que hacía, ellos se lo sabrían. Pero, de todos modos, ¿te parecen pocos quince ó veinte días para convencer á una mujer, cuando se sabe dar en el quid? Bien pronto daría el señor ese con los argumentos que en Julia habían de hacer mella; no era muy difícil encontrarlos.

—¿Qué quiere usted decir, padre?

—Que Julia no había pensado nunca en ser la mujer de un pescador.

—¿No era mi novia?

—Era tu novia porque sabía muy bien que eres el mejor muchacho de la aldea; te guardó para ella, porque si no lograba cosa más de su gusto, tú eras lo mejor de que aquí podía disponer; pero no porque te quisiera; no había más que observar su modo de mirar, siempre á lo lejos... á lo lejos, para comprender que no eras tú el objeto de sus deseos.

—¿Que Julia no me quería?

—No. Julia no quería á nadie; se quería á sí misma. Aún me parece estarla viendo con aquel aire desdeñoso que tenía para todo el mundo; la niña parecía una diosa.

—Y lo era, padre; por algo nació tan hermosa.

—No te lo niego. Pero no es lo malo que lo fuera, sino que llegó á persuadirse de ello. Hermosa era tu madre, como hay pocas, y nunca la oí una palabra que no fuera en alabanza de la hermosura ajena, que nunca reparó en la suya propia; y con ella me casé sin tantos rodeos ni circunloquios como Julia empleaba contigo; y fuí feliz, y á no ser porque á Dios le pareció bien el llevárselos, más de diez hermanos tendrías ahora contigo. Bien es verdad que mujeres de la casta de tu madre, de las que vienen al mundo para hacer la felicidad de aquellos que las rodean, son tan difíciles de hallar como aguja en un pajar; que las más son de la pasta de Julia; de las que se meten por los ojos de un hombre para zambullirse en el corazón y hacer jigote con él; de las que al risueño le vuelven triste, mudo al hablador, pobre al rico; de las que, en fin, truecan y trastornan el mundo de tal manera, que todo lo vuelven patas arriba; y éstas, que, por ser tantas, son casi todas, hablan más que cotorras para decir que son unas esclavas..., y que no hay hombre bueno..., y que ¡quién hubiera nacido con pantalones, en vez de con faldas! Hermosa era Julia; pero estaba demasiado ufana de su hermosura, para que pudiera ser buena; que no hay bueno que de sí mismo se ufane ni envanezca. Bien sabía ella que su cuerpo era gentil y esbelto; que era pequeña su cintura, redondas sus caderas y firme y no escaso su pecho; bien sabía ella que en su cara de virgen había una boca pequeña con labios rojos como cerezas, por entre los cuales asomaban sus dientes iguales, pequeñitos y blancos; que tenía unos ojos grandes y una naricilla bien cortada y fina; que su pelo era negro y tan largo, que las dos trenzas en que lo peinaba le llegaban casi al suelo. No necesitaba ella que nadie le dijera que sus pies eran pequeños como los de una niña, que bien le gustaba bajar á las rocas, para que el mar, acariciándolos mansamente, les quitara la tierra que los manchaba, dejándolos blancos como los copos de la nieve; y por eso que todo lo dicho se lo sabía ella de memoria, algún día hubo de pensar que era mucha su hermosura para entregársela á un pobre pescador.

—Pero ¿qué supone usted, padre, qué supone usted?

—Que ese señorón acertó á ofrecerla lo que ella había soñado, y con él se fué sin tenerle que dar cuentas á nadie; porque, siendo sola en el mundo, nadie tiene que se las tome.

—¿Y yo?

—Tú no eras más que su novio.

—¿No íbamos á casarnos?

—Tanto pensaba ella en casarse contigo, como yo en ser obispo. Desengáñate y piensa que mientras tú estás penando, ellos se estarán divirtiendo.

—¡Porque usted no me ha dejado ir á Madrid!—replicó Pedro apretando los dientes.

—Ni te dejaré... ¡recoles!... ¿Qué ibas á lograr allí?

—Eso... ¡yo me lo sé!

—También lo sé yo; por eso no te dejo. Olvida, Pedro; haz caso de mis consejos, que aunque las mujeres como tu madre sean en el mundo escasas, alguna puede que quede todavía, y tal vez no sea muy difícil encontrarla para ti. Ahí tienes á la Pepita, que es mujer de buena pasta, y es limpia y hacendosa, sin que sea menester mentar lo de que es mujer honrada. Ella cuida de la casa de sus padres, que son viejos, y de sus hermanos, y aún la ves que tiene tiempo para ir al mercado cuando hace falta vender gallinas ó pollos para allegar dineros con que atender á las necesidades de la casa.

—Ya lo sé, padre, ya lo sé; mas para mi ya no hay mujer ninguna en la tierra.

—¡Buena tontería! A los veinte años se olvida todo bien pronto..., y casándote con la Pepilla lo olvidarías mucho antes; conque ánimo y á ello. Tráete tú para acá á la Pepilla, y tráiganos ella después un par de chiquillos; que sea por la costumbre que de ellos tengo ó sea por... lo que sea, seguro estoy que mientras no vengan no saldrá de esta casa la tristeza que la habita desde que murió tu pobre madre.

Dispuesto parecía el señor Jaime á seguir dando consejos; pero abstúvose de hacerlo al ver el poco ó ningún efecto que los anteriores habían causado en Pedro, cuya actitud más parecía de ausente que de presente.

Renunció, pues, el señor Jaime, á seguir predicando en desierto, y dando la última vuelta á las patatas, que ya transcendían á guisadas, las retiró de la lumbre.

—Ponte la mesa, Pedro, que esto ya está, y el comer y el dormir es un gran remedio para toda clase de males.

Sin replicar palabra púsose Pedro á cumplir lo que su padre le había mandado; aunque bien sabía Dios que para él no era de gran necesidad el comer.

Pronto estuvo la mesa dispuesta, porque en ella, que no era mesa sino banco, no había que hacer otra cosa más que poner éste en medio de la habitación, y en él la cazuela con más una libreta, ni muy blanca ni muy tierna; dos cucharas de madera, un cuchillo y un vaso de metal; en el suelo, una botella con vino; por asientos, los dos extremos del banco.

La cena comenzó amenizada por los bramidos del huracán que iba en aumento y que hacía oscilar la luz del candil que alumbraba la habitación, metiéndose dentro por las muchas rendijas que tenía la casuca. Al pie del acantilado, el mar rompía sobre las rocas, escupiendo sobre ellas espumarajos blancos. El cielo, negro, amenazador, empezaba á desplomarse convertido en torrentes de agua; el trueno dejó oir su majestuoso y grandioso retumbar.

—Atranca bien la puerta, Pedro, y acostémonos—dijo el señor Jaime así que hubieron acabado de cenar.

—Mal se nos pone para la pesca...

—Paciencia, hijo, y esperemos; por fortuna, no nos falta con qué.

Aseguró Pedro la puerta con una fuerte tranca, mientras el señor Jaime recorría las ventanas para ver si estaban bien cerradas, y después ambos se recogieron á la habitación que les servía de dormitorio.

Acostados ya, el viejo, haciendo abanico de su boina, apagó el candil que había colgado de un clavo. Un espantoso trueno resonó en el espacio con estridente y prolongado tableteo; al extinguirse éste, se oyó la sirena de un vapor que desesperadamente pedía práctico para ganar el vecino puerto de la capital.

—Muy apurado debe estar ése—dijo el señor Jaime.

—Me parece que no van á poder darle práctico; tendrá que poner proa á la mar y capear el temporal hasta el amanecer—respondió Pedro.

—Dios los ayude.

El señor Jaime, católico ferviente, como buen marinero, dió principio á sus oraciones acostumbradas por el alma de su mujer, item más las que en día de tormenta rezaba por los que estaban en el mar.

Pedro, aunque buen cristiano, como su padre, hacía tiempo que no rezaba por nada ni por nadie; nada había que pudiera apartar su pensamiento de Julia, ni en su imaginación cabía otra idea que la de ir á Madrid.