II

Describir, ¡qué digo describir!, dar idea, siquiera aproximada, del entusiasmo con que fué recibido Pelotón en Cornejilla la Vieja, sería tarea punto menos que imposible. Chillando los chicos delante, gritando los hombres detrás, y saludando con los pañuelos, desde puertas y ventanas, las mujeres, fué llevado en hombros hasta el Ayuntamiento, donde fué agasajado y festejado por demás.

Allí, en el salón de sesiones, en medio de un griterío ensordecedor, el Alcalde propuso que se diera á la plaza del pueblo el nombre de Juan Pacheco; un concejal dijo que era mucho mejor asignarle una pensión; otro, que hacer las dos cosas; por último, se acordó dejar el asunto para la primera sesión.

En todo aquel día pudo Juan disponer cinco minutos de su persona; todos le asediaban con preguntas y más preguntas, y más de cien veces tuvo que repetir cómo había recibido la herida.

¿Y por la noche en casa de Dolores? Si apenas pudo preguntarla:

—¡Hola!... ¿Cómo estás, chica?

Nada; á contar de nuevo la acción, y á decir cómo había luchado contra dos... y cómo á los dos los había hecho polvo; cosa que no le parecía de mayor cuantía, porque es lo que decía él:

—El que uno sea torpe pa aprender la instrucción no es razón pa no ser listo en dar leña antes que se la den á uno.

El caso es que Pelotón seguía siempre el relato hasta su salida del hospital, y que, si bien era parco en lo que al hecho de armas se refería, era de oir cómo se eternizaba hablando de Doña Amparito.

Contemplábale Dolores con ojos fijos, y oíale sin rechistar. No parecía muy contenta la moza, que digamos, y algún pesar oculto parecía dominarla.

Los cinco ó seis primeros días fueron de ajetreo continuo para el héroe: hoy comía aquí, mañana cenaba allá... Y luego, á casa de la novia, á repetir el hecho ante los padres y las visitas, y á entusiasmarse hablando de la linda enfermera. Dolores, que en los días transcurridos aun no había escuchado de su novio ni una palabra cariñosa, hacía puntilla, sin levantar cabeza en todo el rato.

Al séptimo día, el mozo decidió quitarse ya el uniforme y vestir, como antaño, el pantalón de pana y el chaquetón de paño burdo; lo cual que fué como dar la señal para que empezara á decaer el entusiasmo público, y para que el Ayuntamiento, que aun no se había puesto de acuerdo, cesara en las discusiones de que si había de ser el nombre á la plaza, la pensión, ó las dos cosas á la vez.

Aquella noche hubo protestas por parte de los padres de la novia, porque se había quitado las prendas militares. Dolores, que parecía muy nerviosa, nada dijo, y escuchó por milésima vez los elogios que su novio hacía de aquella tan decantada Amparito.

A la hora de despedirse, y cuando le llegó el turno á ella, díjole á Pelotón, muy bajito:

—Juan, si quieres hacer el favor, espera junto á la reja de mi cuarto, que he de hablarte sin que nadie nos oiga.

Algo le sorprendió al mozo el encargo; pero cumplióle y esperó donde se le había pedido.

Poco tardó Dolores en salir á la ventana llevando un paquetito en las manos. Al verla Juan, exclamó:

—Más impaciente me tenías, que el día que te esperé aquí mismo pa que me dijeras que sí... que me querías... ¿Qué te sucede?

—Poca cosa—replicó Dolores, con no poca sequedad—. Quería, en primer lugar, darte este paquete.

Tomó Juan el paquete que Dolores le alargaba, y examinando el contenido, lanzó una exclamación:

—¡Congrio...! ¡Estas son mis cartas!

—Y todos cuantos regalos tengo tuyos—añadió Dolores.

—¿Es que no tienes sitio pa guardarlos?

—Lo he tenido, y lo tengo... pero no sé si lo tendré en lo sucesivo.

—¿Qué quiés decir con eso?

—Que todo tiene su límite, Juan, y que mi paciencia ha llegado al suyo; que desde que has venido no sabes hablar más que de tu bendita Doña Amparo, sin que hayas encontrado ocasión de decirme: «Dolores, cuánto he penao porque no te veía». Que, sin saberlo, nos has enterado á todos de que estabas enamorao como un burro, que cada uno se enamora como lo que es, de tu Doña Amparito, y que, como yo soy moza que tiene derecho á que el hombre que se case con ella no piense más que en su mujer, pues se me ha ocurrido que tú debes volverte á la guerra á que te den otro tiro, ó marcharte donde quieras... porque ¡vamos! que tú á mí... ¡tú á mí no me cuentas más lo que te ha pasado con ella!

Y la hermosa hembra, echando lumbre por la cara, cerró con fuerza la ventana.

Juan, que parecía haberse quedado atontado con aquel discurso, quiso impedirlo con la mano; pero sólo consiguió que medio le pillara un dedo.

Sacudió la mano con fuerza, y chupóse después el dedo para mitigar el dolor que, á lo que parece, sirvió para devolverle el habla.

—¡¡Recongrio...!! ¿Pues no se atreve á decir que estoy enamorao de la otra...? Lo que tú tienes es que estás enrabiada porque ves que yo... y que ella... y que tú... ¡Y que puedes esperar sentada, si piensas que yo he de venir á rogarte...! ¡A mí con humos...!

Y Pelotón, recogiendo el paquete que había dejado caer al suelo por la fuerza del dolor del dedo, salió de allí botando, y tan deprisa como le permitía su cojera.