IV

A los quince días fué publicado el artículo que Jacinto escribiera en su primera noche de escritor cómico.

Cuando Martínez terminó de leerlo, en alta voz para que todos los compañeros, incluso el Jefe, lo oyeran, el autor recibió una ovación en toda regla.

El Jefe, arrellanado en un sillón, movía convulsivamente su enorme vientre á impulso de la risa.

—Eso, hombre, eso...—decía, entrecortadamente, mirando á Jacinto.—Éste, á su vez, con una gran tristeza reflejada en el semblante, miraba á todos y estaba como asustado ante aquella explosión de risa que había causado su artículo.

—¿Quién te ha cambiado chico?—dijo Pepe.

—Si me lo dicen, no lo creo—agregó Gutiérrez.

—Hay que ver qué gracia tiene eso del encuentro con el compañero al ir á empeñar la alhaja—refunfuña el Jefe entre grandes carcajadas.

—Y que eso es verdad, ¿eh? Eso le sucede á cualquiera.

—¿Y lo de los chicos disputándole la cordilla al gato?

Jacinto sentía ganas de pegar, de morder á todos aquellos que se reían de sus desdichas, bien que no supieran que eran suyas; sentía una gran angustia que le ahogaba y ganas de llorar... de llorar mucho... Nunca hubiera creído que en la desgracia se pudiera aprender el difícil arte de hacer reir á los demás. Él, que nunca había podido escribir nada cómico en sus tiempos de relativa felicidad, lo había escrito cuando la amargura más grande laceraba su corazón.

Cuando salió de la oficina, le parecía que no llegaba nunca á su casa; le tardaba el momento de verse en ella, de verse entre los suyos, entre aquellos nenes queridos y aquella dulce compañera, que no se reía de sus tristezas, sino que las compartía.