XXII
Primeros rumores de partida.—Pájaros.—Viajes desde mi cuarto.—El Monte Parnaso.—Romance de un soldado.
COMENZABASE á susurrar nuestra partida: nuestros compañeros la veian y la deseaban; yo no cesaba en mi acopio de apuntaciones, preguntando aquí, inquiriendo allá, y formando al fin tal guirigay de notas, que no las he podido desenmarañar despues.
Una mañana entera pasé en un almacen de pájaros, de tan ricos plumajes, de tan variadas formas y de cantos tan armoniosos, que pasé las horas con positivo embeleso.
Tucanes con sus pechos airosos; guacamayas colosales ostentando por trages el azul de los cielos y la púrpura; águilas audaces, de férrea garra, ojos de llama y encorvados picos, y colibrís hermosos, ostentando matices y reverberaciones de todas las piedras preciosas y de todos los caprichos del íris.
La China, la Australia, las Islas de Sandwich, la América del Centro, México y los mares, habian dado su contingente para la alabada exposicion, y de todas partes del mundo tenian demanda los hechiceros habitantes del aire.
Al presenciar mi sincera admiracion, me decia el general Vallejo que me acompañaba:
—Es imperdonable en vd. marcha tan próxima: no puede vd., aunque quiera, formarse ni dar idea de los tesoros que encierra este Estado.
No conoce vd. ese tendido Valle de Napa, compuesto de paisajes deslumbradores, los pórticos de sus casitas blancas entre cortinajes de enredaderas, en medio de las olas de oro de sus feraces trigales.
No se le ha mencionado á vd. siquiera á Calistoya, entre bosques en cuyos árboles parecen dormir y reposarse las blancas nubes. Sus manantiales son de aguas más calientes que las del Peñon de los Baños, cerca de México.
No ha querido vd. honrar mi casa yendo á Sonoma, llamado por los indios el Valle de la Luna, y cuyo pueblo lo habria representado la mitología griega, coronado de pámpanos, con una copa de oro en la mano.
Sonoma es un valle risueño, salpicado de quintas como palacios, dividido en alegres sementeras, ceñido de feraces campos en que pastan los ganados más robustos y más bellos que se puede imaginar.
Santa Rosa es la capital del condado, y se persigue, que no se mira, entre bosques intrincados de alisos, madroños y sándalo, formando alfombra como un tapiz de oro los trigales, que como que inundan los piés de los árboles y forman cambiantes de luz divina entre las sombras y los rayos de sol que filtran por entre las hojas de los madroños y de las lianas que se columpian en los aires.
Esos valles han llegado á producir de cuatro á cinco millones de galones de vino, que se conoce con los nombres de Clarete, Tockay, Susfaudel, etc., á más el riquísimo aguardiente, del que no he podido hacer cálculo.
El cultivo del Valle de San José nació ayer: entre sus alegres casas circundadas por barandales que limitan los jardines, crecen la uva y el olivo y nos sorprenden galanos árboles con frutas semitropicales. Cruzan los campos los ferrocarriles, y como si los rieles fueran surcos que contuvieran hombres, la poblacion ha subido á 60,000 almas en ménos de diez años.
San Leandro y Alameda cuentan 80,000 almas en igual período, y hasta los lugares desiertos parecen preparados por génios invisibles para esperar y enriquecer á la humanidad desheredada.
Del Valle de Yosemita no hablo á vd., porque hace poco ha visto en mi compañía la descripcion del árbol monstruoso que tiene más de quinientos piés de altura; es decir, los más altos árboles de Chapultepec, no llegan á la tercera parte de la altura de ese gigante inverosímil.
Puede vd. asegurar, sin ser desmentido, que se conserva en ese valle, á raíz del suelo, el tronco de un árbol que es del tamaño de la parte alta del zócalo de la Plaza de Armas de México.
Por cierto que los americanos que derribaron ese árbol, queriendo dar idea de él á los pueblos del Este, usaron de un procedimiento que me pareció ingenioso.
Ahuecaron el tronco, dividieron la corteza y la encajonaron; despues la armaron y quedó un conjunto que daba idea perfecta del grueso del árbol.
Santa Bárbara sorprenderia á vd. con sus minerales de azogue. En su seno le halagarian las auras perfumadas de sus tierras calientes, y el naranjo le brindaria sus frutos de oro, bajo las tendidas hojas de sus exuberantes platanares.
En San Clemente hallaria minas de petróleo que compiten en riquezas con las de plata, y por último, en San Diego, veria realizado todo un Olimpo de deidades, porque es sacrilegio llamar mujeres á aquellas hermosuras.
A propósito, voy á relatar á vd. el romance de un viejo soldado presidial, que quiso dar idea del Monte Parnaso.
No se fije vd. ni en la rima ni en el giro del verso: es un romance tosco y descuidado como los primitivos de nuestro idioma, pero que da idea de aquellos hombres y de su manera de sentir. Oido á la copla:
El Monte Parnaso de Monterey Cal
Al más mexicano de los mexicanos que conozco,
A “FIDEL”
Majestoso y soberbio,
Sobre el mundo apoyado,
Se percibe el gigante
Que se llama el Parnaso.
Los bosques le circundan,
Su pompa custodiando,
Y los jardines tienden
Tapices esmaltados
A todo el que de cerca
Pretende contemplarlo.
Allá están los pinares
De follaje gallardo,
Verdes como esmeraldas,
Umbrosos.... sosegados,
De los extensos mares
Las olas contemplando.
La encina está más léjos
Junto al roble lozano,
Haciendo pabellones
A los enamorados,
Que á sus ninfas les cantan
Canciones como Bardos.
Este monte es más lindo
Que aquel otro Parnaso,
Todo con embelesos
Y todo con arcanos,
Y con sus nueve musas
Y nueve mil resabios.
Aquí se ve patente
Al Dios de lo creado,
El que á la luz da vida
Y mieses á los campos.
De lo alto de este monte
¡Qué lindo es el Océano,
Cómo en tropel sus olas
Van corriendo al ocaso!
Rielando con la luna
Que gira en el espacio,
En posesion grandiosa,
Seguida de sus astros!
Miro á “Punta de Pinos,”
Al poderoso Faro
Del navegante amigo,
Y amparo de los barcos;
Allí ostentan sus gracias,
Cuando llega el verano,
Las bellas que produce
El suelo afortunado.
De lona alegres tiendas
Bordan los verdes campos,
Y se pueblan los aires
De músicas y cantos.
En vistosas carreras
Compiten los caballos,
Y hay damas y convites
En medio de los campos.
Monterey á la falda
Del excelso Parnaso,
Parece hermosa niña
En maternal regazo.
¡Oh qué bello es su puerto
De pueblos circundado!
Y las sierras del “Toro,”
El “Gavilán” mentado,
Huerta del “Rey Saucito,”
“Cañada de los Gatos,”
“Huerta vieja,” “Cayuelas,”
Muy cerca “Los Berracos,”
“Cañada del Teniente,”
“El pocito del Blanco,”
“Cañada de los Hornos,”
“Picadero”.... y me callo,
Porque al fin esta sarta
De nombres tan extraños,
Tan solo los conocen
Los soldados de antaño.
¿Qué fueron de las casas
De adobes y enjarrados?
¿De dónde nos vinieron
Jardines y palacios?
Silencio, que no hay huella
De los pasados años,
Que desde aquí al olvido
Corriendo se marcharon.
¿Dónde está la capilla,
Iglesia de soldados,
Que hicieron á su costa
Como buenos cristianos?
¿En dónde está el castillo,
Cuyo fuerte artillaron
Los hombres más valientes
Que este suelo pisaron?
Triste está la Bahía
De Monterey ufano,
Dió tono á California
Por más de sesenta años.
¡Salve, Monte Carmelo!
Con tu templo arruinado,
Cuya cúpula miro
Como en mis verdes años.
¿Por qué no detuviste
Los tiempos que pasaron?
Viendo estoy á tus puertas
A los viejos soldados,
Hablando reverentes
Con frailes franciscanos,
Con sus espadas unos
Y otros con sus breviarios.
En bella lontananza
Con la vista cruzando
La bahía, se mira
Santa Cruz, la de Mayo,
Cuyos valles y montes
Desde tiempos lejanos
Están siempre cubiertos
De palos colorados,
De Laureles, Madroños,
De esbelto encino blanco,
De fresnos y de Alisos
Y grandes Avellanos.
El rio San Lorenzo
Camina serpenteando,
Llevando entre montañas
Su curso manso y claro.
Allí de Branciforte
Los ricos hacendados,
Cogen pingües cosechas
De flores y de granos.
Allí “Soquiel ameno,”
“Corralitos” y el “Pájaro,”
Se enlazan con sus valles
Al de San Cayetano,
Y se unen á Salinas
Con el Montereyano,
Orgullo de sus hijos
Do descuella el Parnaso,
Realidad portentosa
Del artífice Magno.
¡Qué escena tan grandiosa
Oh, y cuán sublime cuadro!
No en el antiguo mundo,
Aquí es dó está el Paraiso.
——
Si alguno este romance
Quisiere criticarlo,
Le suplico que lo haga
Subiendo á lo más alto
Del monte que describo,
Con calma, paso á paso,
Llevando de Champaña
Lo ménos un canasto,
Y diga, cual yo digo:
“¡Salud, Monte Parnaso!”
Recitaba el general con tal entusiasmo su romance, que aunque me aseguró que era de un viejo presidial, yo me atrevo á afirmar que es hijo de su númen, y así se lo hice presente, convenciéndome cada vez más de que la sangre estira.
Como he dicho en otra parte, el general es la encarnacion de la historia de California, y en esta última entrevista, me relató biografías, leyendas y rectificaciones históricas, que siento mucho que mi mala memoria se niegue á recordar.
Hablóme de los gobernadores Rivera, Moncada, Fajes, Arrillaga, Sola, Tamariz y Echandía.
Me describió con vivísimos colores la expedicion rusa para la pesca de nutrias, en 1831.
Hablando de tradiciones, se remontó al año de 1817: me representó la expedicion de los piratas, y cómo en el estrecho de Karkines, se desfiguraron los indios espantosamente para librar una tremenda batalla que dió su nombre al Monte del Diablo.
Por último, como cuento de niños, me relató el descubrimiento del oro, en estos ó semejantes términos:
—Ha de estar vd. para bien saber, y yo para mal contar, que en aquellas tierras invadidas por los rusos, que despues se llamaron Sacramento, vivia y bebia un capitan Sutter, dueño de una máquina de aserrar madera: la máquina resistente y el capitan resignado, hubieron de ponerse de acuerdo en trabajar poca cosa con el asentimiento de un Mr. Marshall, soldado divertido, buen fumador de pipa como Sutter, y amigo de la contesta y del trago, como soldado viejo.
Terciaba en tan buena sociedad la esposa de Sutter, señorona expedita, rolliza, cejijunta y de resueltos movimientos, con un lunar en un carrillo como una tarántula.
Yendo dias y viniendo dias, en una calurosa siesta, en que entre dormitando y durmiendo creia departir muy formal el terceto descrito, un peon del campo, con cierto desgaire que se parecia á la indiferencia, allegóse al grupo, con un puñado de tierra en la mano y le dijo á Sutter: “Vea, señor; ¿de qué serán estas chispitas?” Abrieron los tres personajes tamaños ojos con la noticia de las chispitas.... las chispitas eran oro, oro purísimo....
Pidieron más chispitas, y aquel era inagotable manantial.
La madama iba y venia alborotando el cotarro, arrojó líquidos, vació botellas, y á poco, todos los trastos de la casa estaban rebosando en brillantes chispitas....
La cosa no tuvo gran publicidad; pero ha de saber vd. que el capitan Sutter debia cierto piquillo que le molestaba, y los acreedores, ignorantes de lo de las chispas, cayeron sobre él y sus posesiones, con tan resuelta furia, que á la primera negativa querian dar con el bravo militar en la cárcel. “Eso no en mis dias,” dijo la arrebatada esposa de Sutter, y les metió por los ojos unas botellas de chispitas, que los dejó aturdidos: aquellas botellas cayeron como áscuas sobre pólvora en el público, y en el mundo entero tocaron á rebato con el maravilloso descubrimiento del oro.
Muy gratas y muy instructivas para mí fueron las conversaciones del Sr. Vallejo, á quien consigno agradecido este recuerdo.
LIT. DE H. IRIARTE MEXICO.
Palace Hotel.