PATRIA.—5 DE MAYO.
¡Patria! ¡oh mi patria! al invocar tu nombre,
Llena la mente con tu luz de gloria,
Mi pecho de patriota, mi alma de hombre
Se inundan en la luz de tu victoria;
Enjugo el triste llanto,
Y dispersas las nubes del quebranto,
Brilla en los cielos, como sol, tu historia.
De orgullo y pompa, y de esplendor vestida,
Bella y convulsa con tu aureola de oro,
En medio de tus hijos insepultos,
En la tierra teñida
Con sangre, vindicando tu decoro,
La luz divina de tu excelso asiento
En tu infame verdugo reflejaba,
Augurio de baldon y de escarmiento.
¡Grande es la guerra! grande la matanza
Cuando encendidos de furor los pechos,
Los pueblos sin cuidar de su pujanza
Se levantan vengando sus derechos.
¡Grande es la guerra! entre el fragor tremendo
Se columbra un arco-íris de esperanza,
Se miran sus horrores con delicia,
Cuando descuella en medio de los héroes
Llevando su estandarte la Justicia.
Y así te ví, mi México querido:
A tí se lanza el Galo enfurecido:
Con las calumnias escupió tu frente:
Tu hermoso cuello amenazó su planta:
Fué escarnio el llanto de tus ojos bellos,
Y pegar quiso al suelo tu garganta
Para su alfombra hacer de tus cabellos.
"—Yo fuí tu amiga, te tendí mis brazos
"Y te senté en mi hogar.—Baldon y muerte!
"Mírame herida.—Tu dolor me alienta!
"Mírame desdichada.—Yo soy fuerte,
"Tengo sed de tu sangre y de tu afrenta...."
Clamó así el invasor.... sus estandartes
En alto van, relinchan sus bridones,
La faz erguida, undívagas las crines,
El sol irradia en vivos reverberos,
En el cuello que tienden sus cañones,
En las olas que forman sus aceros.
"Guerra!" gritan agudos los clarines,
Y marcando soberbio su camino,
En ese mar de horror alegre ondea
La bandera triunfal de Solferino,
Ceñida con los lauros de Crimea.
¿Dónde va ese torrente
A desfogar su saña omnipotente?....
Negra traicion le guía,
Descollando á su frente.
"¡Pueblos, en pié! que de la patria se oye
"El doliente gemir: en pié, valientes!
"Oidme montañas, escuchadme mares!
"¡Venganza y muerte! ¡Independencia y guerra!"
Y conmovida palpitó la tierra
Vibrando el trueno de la voz de Juares.
—Horrenda fué la lid! el extranjero
Escaló como furia las montañas,
Dejó como reguero,
Palpitando en la tierra sus entrañas.
El rayo, el trueno, el raudo torbellino,
Desatan en la tierra sus horrores;
Aturdida vacila la Victoria,
La luz en luto envuelve sus fulgores,
Y al fin estalla en ráfagas de gloria
El sol de Mayo que alumbró en Dolores.
A esa luz vimos tu divina frente,
Zaragoza inmortal, tu inmensa aureola
Ese sol fué, los cantos que á tus hechos
El renombre entonó, repercutieron
Cuando implacable el Dios de las batallas
A su justicia plugo
Poner en la picota á tu verdugo
De la Francia humillada en las murallas.
¡Gloria, sí, gloria y timbres de grandeza,
Pero ventura no: duelo y quebranto
Tendrá ¡oh mi patria! tu sin par belleza;
Divinos ojos, pero eterno llanto;
Coronas de laurel sobre tus sienes
Y espinas taladrando tu cabeza;
Pisando siempre con tu planta herida
La alfombra que recama tu riqueza;
Rasgando del dolor en la maleza
Su velo de oro tu preciosa vida.
¡Oh mi patria! ¡oh mi bien! tierno amor mio!
Yo siento como labios en mi frente
La tierra de tu suelo, de tus auras;
Mi pecho como tumba está vacío;
Tu sol falta á mi sér.... con no mirarte,
En mi alma siento de la muerte el frio:
Mendigo de la luz, hongo del suelo,
Llevo como cadena la existencia,
Y me insulta el sonreir de la hermosura
Y me hiere el placer de la inocencia....
Ah! si fueras feliz, sobre mi llanto
Un rayo de consuelo luciria,
Como en el manto de la noche umbría
Tiemblan los resplandores de la estrella.
Si tú fueras feliz ¡oh patria bella!
Orgulloso la mano me pondria
Sobre mi abierta herida, y triunfal himno
A este sol de tu gloria entonaria;
Pero así desdichada, más te adoro,
Yo, el cantor de tu duelo y de tu luto,
Y á tu inmenso infortunio le tributo
En tu ara santa reverente lloro!
Guillermo Prieto.
Al alzar mi lápiz de la cartera, desperté como de un sueño: mis amigos me hacian la guardia fuera del smokin; pero Pancho, prefirió que no almorzase á que dejara sin concluir los anteriores versitos: estábamos al frente de una poblacion, pregunté su nombre y me dijeron que no era un pueblo como me pareció por su aspecto, sino la famosa fábrica de armas del conocido Remington....
Poco ántes habiamos pasado frente á Siracusa, famosa por sus fábricas de sal. Las operaciones de las salinas se hacen por medio del vapor y el comercio es muy considerable.
En Siracusa hay un excelente hotel, un buen teatro y un hospital, costeado por Remington, para cuya fundacion, que lleva su nombre, dió doscientos mil pesos.
Frente de Utica pasamos tambien: es un pueblo de tantos como hay en el camino, que tiene setenta mil habitantes, lindos edificios, frondosas arboledas y amplias calzadas.
La fábrica de armas de Remington, de universal reputacion, está situada en Ilion, condado de Herkirner, y gira bajo la razon social de "Remington é Hijos."
En medio de un terreno accidentado, lleno de árboles, sementeras y casitas pintorescas, se forma un círculo imperfecto de pequeñas y verdes colinas, y en su centro se encuentra la fábrica; mejor dicho, se encuentra la negociacion de catorce ó diez y seis edificios de diferentes dimensiones, formando cuadros con sus techos en desvan, sus chimeneas en alto arrojando humo, y la monótona uniformidad de ventanas con persianas perfectamente iguales.
Contigua á los edificios de la negociacion y unida á ella por amplísima y sombría calzada, está la poblacion, que cuenta de ocho á nueve mil habitantes.
La fábrica es no solo de grande y merecido renombre, por la excelencia de sus armas, por su riqueza y por las activas relaciones que mantiene con las principales naciones del mundo, sino por el sistema económico que sigue y puede servir de modelo para el mantenimiento de la buena armonía entre el capitalista y el trabajador.
El trabajo por participacion se sigue con grande escrupulosidad, y el resultado es que no hay un solo individuo que no tenga interes en la prosperidad creciente de la negociacion.
Los Sres. Remington é Hijos son propietarios de edificios y maquinaria; pero el trabajo se hace por contratos con los representantes de los grupos ó secciones en que se dividen.
Cada contratista, de los que hay más de treinta, asume la responsabilidad de su obra y busca operarios á propósito para su desempeño, discutiendo el precio y en el precio entrando el cálculo del interes recíproco.
El sistema expuesto está ligado con el de la subdivision del trabajo.
Cada una de las piezas de que se compone una arma, se fabrica en oficina separada, dándose lugar á su celeridad y perfeccionamiento.
Se calcula que se invierten treinta y tres dias en las ochenta y tres distintas operaciones necesarias para concluir un fusil Remington, desde el cilindro de acero fundido, hasta que llega á manos del ensamblador, convertido en brillante tubo, calibre 50, para entregar á México por ejemplo.
El tren que nos conducia hizo parada, como todos los que por allí atraviesan, porque así lo exige el tráfico de la fábrica, y entró á nuestro carruaje un jóven á quien yo habia conocido y tratado en México en la casa de D. José María Sanchez.
Es José María Sanchez, hermano de D. Delfin, enlazado con la distinguidísima familia del Sr. Juarez.
Entró como dependiente en la casa de Remington, y á fuerza de inteligencia y trabajo logró un rango superior en la negociacion, viniendo á México en calidad de su apoderado y haciéndose en esta plaza, por su finura, formalidad y honradez, de generales simpatías.
El jóven transeunte á que me refiero es amantísimo de México, para mí la primera de todas las recomendaciones: agobiélo á preguntas, charlamos y remojamos la palabra como debe hacerlo la gente que se respeta.
Aprovechando el tiempo y el corto descanso del tren, desde la plataforma le señalaba los edificios que más llamaban mi atencion, pidiéndole explicaciones.
—¿Y ese edificio, el más grande de todos, que tiene cinco pisos, y como que se aisla adelantándose á los otros?
—Esa es fábrica de instrumentos de agricultura, en que se fabrican máquinas baratísimas de las más recientes invenciones, y se expenden palas, picos, arados, hoces, rastrillos y cuanto puede necesitar la finca de campo mejor montada.
—Más acá estoy viendo otro edificio muy aislado, de tres pisos.
—En efecto: esa es la fábrica de cartuchos.
El primer piso está destinado á cortar el metal en ruedas como pesos, segun el calibre del cartucho.
El segundo piso contiene la maquinaria por donde se estira el metal, que pasa por seis operaciones ántes de poder recibir la bala.
El tercer piso es el de primor: es un paraíso que alberga á la coleccion de muchachas más lindas que puede vd. imaginar: trescientas de estas criaturas están exclusivamente destinadas á poner la pólvora en el tubito metálico y colocar el fulminante, operaciones curiosas que requieren, así como el engrase, mucha delicadeza.
Está aislado el edificio, porque es un gran depósito de pólvora rodeado de las más previsoras precauciones. En ese edificio ha llegado á construirse hasta un millon de cartuchos por dia.
Contiguo á ese edificio está el de esas maravillosas máquinas de escribir, de las que se han visto varias en México y de las que aquí se sirve todo el mundo con la mayor comodidad.
Escribe uno como quien toca un piano, y puede soltar pliegos y pliegos como por vapor, cuando está diestro, y sin experimentar cansancio; es como la máquina de coser para las mujeres: los hilvanadores de letras, harán tambien á centavo la vara de escritura, andando los tiempos.
—El grupo de edificios que se ve detrás, sí parece unido, observé á mi guía.
-Sí, señor; están unidos por puentes y se recorren todos sin tocar en tierra.
Al frente tiene vd. el despacho de Remington, viejo de fisonomía un tanto áspera, pero lleno de generosidad, sincero, franco y deseoso como pocos de hacer el bien.
La historia de los Remington es curiosa.
Hace algunos años, esto se encontraba muy poco poblado: en un rincon de esas llanuras, ahora cubiertas de fincas, arboledas y sembrados, entónces casi desiertas, habia un humilde rancho; en ese rancho trabajaba como oscuro campesino Eliphalet Remington, fundador de la actual casa.
Un dia el jóven Eliphalet, con la petulancia de un chico de ménos de quince años, pidió dinero á su padre para comprarse una escopeta.
¡Bonito el viejo para andar gastando en armamento! Por supuesto que el chico no vió un solo centavo del bolsillo paterno para cumplir su antojo.
Pero tratábase de un hijo del Norte, y si han puesto en su pabellon las estrellas, es para cogerlas con la mano. La negativa irritó al mancebo, á quien preocupó, sin descanso, la idea de la escopeta.
Entre los viejos enseres del rancho habia una fragua que en total abandono esperaba su ruina completa.
Eliphalet se dedicó á reparar la ruina; puso en corriente la hornilla, limpió el cañon de la chimenea, recorrió el fuelle, y la fragua quedó servible.
Con la misma diligencia de la reparacion, colectó fragmentos de fierro, los fundió, templó, pulió, y á poco tenia en sus manos un cañon que satisfizo su ambicion.
Faltaban la llave y la caja: emprendió, en cuanto pudo, un viajecillo á Utica, donde se conchavó con un armero, quien completó su obra, y cantó victoria el muchacho tenaz, fabricante de cañones.
El armero que proveyó de caja á Eliphalet, era hombre de conciencia; le elogió su trabajo, y el chico dijo: "Haré más cañones, puesto que me salen bien." Acreditóse la mercancía, la demanda de los cañones crecia y le dejaba utilidad.... goahed, adelante! y la fragua se acompañó de otra, y en dos edificios flamantes se construian llaves y cajas.
Tal fué la primitiva fábrica de Remington en la cabeza de la cañada, donde permaneció nueve años, extendiendo por todas partes su reputacion. (De 1816 á 1825.)
En 1825 compró Remington el terreno en que hoy está la fábrica y tiene el nombre de Ilion. En 1835, Eliphalet era rico fabricante y tomó parte en las contratas que la casa de Sprienfield y C.ª tenia con el gobierno de los Estados-Unidos.
Entónces la fábrica tomó mayores proporciones, y Eliphalet asoció á dos de sus hijos mayores de edad, á sus trabajos.
Con uno de los hijos de Remington se repitió la anécdota del pedido de una escopeta; pero Remington el capitalista, no era el labriego su abuelo; dióle el cañon de la escopeta al chico para que él fabricase la llave y la caja. El testarudo retoño del enérgico Eliphalet se dió tales trazas, que produjo al fin el fusil Remington, sin rival en el mundo, y fuente de la riqueza de la familia y del hermoso pueblecito de Ilion.
Vd. perdone mis divagaciones. Quedamos en la puerta del despacho. Entrese vd. de rondon y verá una gran sala tapizada de estantes, en donde hay armas de todos los tiempos y de todas las naciones, conservadas con delicado primor.
Pared de por medio del despacho, está la oficina del tesorero, que tiene en movimiento algunos millones de pesos.
A la vista del jefe de ese departamento, se ven como cuarenta tenedores de libros, de cada una de las secciones de las fábricas, y uno que los comprende á todos, como si dijéramos, encargado de la formacion, dia por dia, de la cuenta general.
Abandona vd. esa elegante oficina, pasa unos puentes, y el ruido, la llama y hombres como demonios, aturdiendo con sus martillazos en el yunque, le advierten que está bajo el dominio de Vulcano.
Cuarenta hornos despiden llamas y chispas en aquel lugar, que sorprende por su actividad y por su aspecto fantástico. Desde el tejo que envía Inglaterra, hasta el tubo reluciente que se coloca marcado en la caja, se ve en aquellas fraguas, pudiéndose seguir sus curiosas trasformaciones.
En otro edificio de tres pisos se trabajan percutores y martillos.
En otro, muelles reales; en el salon de junto se pulimenta.
En otro edificio se arman los fusiles.
Por último, la carpintería no es un taller, sino un palacio en que se ostentan los adelantos más recientes y costosos.
Por cientos de miles se cuentan las armas fabricadas para todas las naciones. Oiga vd. lo que recuerdo:
| España | 500,000 |
| Egipto | 250,000 |
| Francia | 300,000 |
Muchos miles las repúblicas americanas, entre las que figura México con 40,000.
El capital invertido en edificios y maquinaria se calcula en cinco millones de pesos, sin que entre en esto el capital circulante, ni me sea fácil calcular el movimiento de caudales.
Siento que no pueda vd. ver el pueblo nacido de la fábrica, en que se gozan los beneficios de la civilizacion, y la casa del Sr. Remington, que á todo el mundo dispensa una hospitalidad generosa, y á quien mucho aman por sus relevantes virtudes.
Vdes. para sus instrumentos de agricultura podian haber aprovechado esas relaciones, tanto más, cuanto que Pepe Sanchez conoce á México y es el apoderado solícito de Remington.
—Pero como no tiene casa abierta....
—¿Cómo no? Calle de Plateros núm. 4....
—Yo creí que solo se trataba de máquinas de coser, y de que las despacha una jóven lindísima y muy apreciable.
—Eso le trabucó á vd. las ideas.
—Bien puede ser....
Poco despues de haber oscurecido, llegamos á la estacion de Albany, gran capital del Estado de Nueva-York.
Era sábado, es decir, dia de gran movimiento: los guías que nos secuestraron, apoderándose de nuestros equipajes, nos dijeron que eran innecesarios los carruajes, puesto que el hotel á que íbamos á parar, estaba á unos cuantos pasos de distancia. Pero esto lo dijeron haciendo líos, cargando maletas y penetrando como caballos desbocados entre un mar de gente que nos empujaba, nos hacia variar camino y nos amagaba con dejarnos á la ventura, flotando entre la multitud: tiendas, luces, carruajes, todo formaba torbellinos y nos envolvia, con especialidad á mí, bobo y distraido por demás.
El trayecto de la estacion al hotel me pareció interminable: empujones, magullones, codazos, rizas y extrañezas acompañaron aquella procesion de fardos, que cayeron al fin en el renombrado Hotel del Globo, cuya muestra es un farol esférico de vidrios encarnados.
A la entrada del hotel tuvimos la fortuna de encontrar á D. Andrés Cupia, muy conocido en México como empresario del extinguido Circo de Chiarini.
Este caballero, atento y servicial, facilitó los arreglos de instalacion, y hétenos descansando en nuestros aposentos.
Aunque el hambre me hacia insinuaciones urgentes, la quietud imperturbable del comedor me impuso respeto.
Busqué la cantina y el despacho: tenia más bien aspecto de sacristía, por lo mústio de la gente y la frialdad dominante en cuanto me rodeaba.
El Globo, si mal no recuerdo, está en la calle de la Perla, calle en ese momento invadida por un gran gentío; las damas con sus túnicos largos y sus gorritos; los caballeros con el sorbete bajo de copa y ancho de ala, chalecos blancos, holgados sobretodos de alas volantes, grandes cadenas de acero y zapato bajo con hebilla, con cierto aire pretensioso y grotesco, que no habia visto en otra parte.
Entré en un bar-room mugroso y ahumado, con sus antepuertas de alambre, situado en el subterráneo ó bassement del hotel.
Crucé á la acera de enfrente, donde me vieron la pinta de extranjero en un restaurant de apariencia elegante, unos criados ceremoniosos y pedantes: me cobraron dos pesos por dos piltrafas perdidas en un bosque de perejil, unos truscos de mantequilla, y un café abominable.
Volvíme á la estancia, bien lóbrega por cierto, del Hotel del Globo.
Allí me encontré en la mesilla de noche una gran Biblia, y en la pared, en que se hace de un huésped un kuakero, un reglamento como para un fraile meditabundo y austero; advirtiéndose que en aquel hotel á nadie se servian, ni se permitia el uso de los licores, porque era un hotel de temperancia.
Fiebre tenia yo de verme sujeto á tanta gazmoñería y tanta regla conventual; jamás la tiesura y las pretensiones cortesanas me cayeron más en desgracia.
Estaba realmente desesperado.
Para ahuyentar en lo posible mi mal humor, abrí mi guía y copié:
"Albany.—Capital del Estado de Nueva-York, situada á la orilla occidental del rio Hudson, 80,000 habitantes.
"Fundaron la ciudad los alemanes en 1614, un poco más abajo de donde se encuentra la ciudad actual, donde se construyó el Fuerte Orange en 1623. Este fué el primer establecimiento europeo, en los trece Estados originales que formaron la Union.
"La ciudad fué conocida con los nombres de Veaberwyk y de Williams Tadt, ántes que recibiese su nombre actual en honor del duque de York y Albany, despues Jacobo II.
"En 1664 cayó en poder de los ingleses: en 1798, se declaró capital del Estado."
Por otros datos que pude procurarme, vine en conocimiento que la importancia comercial de Albany es muy secundaria en el Estado de Nueva-York. Debe la importancia que tiene á su posicion sobre el Hudson y sobre los canales Erie y Champlain. Se comunica con el lago Ontario, y por consiguiente con el Mississippí, Missouri y San Lorenzo.
Líneas directas de ferrocarril ponen á Albany en comunicacion constante con Boston, Búffalo y Nueva-York, circunstancias que harán que acrezca su comercio. Los artículos principales de éste, son: maderas de construccion, harinas, lanas y varias manufacturas, entre las cuales la del tabaco tiene grande importancia.
Copiando, copiando, y entre si sigo, y si cierro los ojos, y entre si escribo ó si borro, me quedé dormido.
Al despertar, me sorprendió muy agradablemente el toque de las campanas: primero me pareció, y despues me persuadí, que tocaban sonatas con bastante perfeccion.
Asoméme á la ventana de mi cuarto; la ciudad estaba de todo punto desierta; el silencio dominaba desde los altos edificios, uniformes, austeros y monótonos como todos los de los Estados-Unidos.
Las líneas de vapores y los trenes estaban suspendidos.
Era mucho eso de comulgarse veinticuatro horas en la ciudad desierta y en un hotel obligado á claustro de temperancia.
Reinaba en el hotel un silencio sepulcral, entristecian sus angostos claustros y sus cuartitos como celdas.
Sonó la campana lúgubre del comedor. A la entrada de éste se nos presentó un maestro de ceremonias de peinado pretensioso, gran furia, abultados bucles, frac, y corbata blanca, con la servilleta blanca bajo el brazo, que nos señaló, conforme graduaba nuestra categoría, los asientos que debiamos ocupar, extendiendo el brazo con majestad impertinente y pedantesca.
Como movidos por un resorte, los de la pequeña colonia mexicana le hicimos una seña de renuencia, y nos instalamos todos reunidos, provocando el primer desazon al gendarme aquel tan ceremonioso.
Para el servicio de las mesas habia una excelente coleccion de muchachas de tinte devoto y timorato, pero por lo mismo de cierta atraccion no del todo despreciable en aquellas alturas monacales.
Una amiga de esas ladies servidoras, M. Emma, fué objeto de mi especial solicitud: era alta, desembarazada, atenta, sabia frances, y detractando al maestro de ceremonias, mi maledicencia abrió el camino de las simpatías á la colonia mexicana; pero á pesar de sus generosos esfuerzos, la comida americana en su último grado de perfeccion, tan insoportable para nuestros estómagos, en su degeneracion en aquella casa era otra cosa; era la fantasmagoría, la impostura de los manjares, la suplantacion de las formas, la calumnia de la alimentacion.
VIAJE DE FIDEL
LIT. H. IRIARTE, MEXICO
El Niágara.
Era la hoja de higuera cocida, llamada lechuga; las bolas de astillas de carpintero, apellidadas papas; la vaqueta remojada, designada con el nombre de biftek; el engrudo, desfigurado con el título de puré; la hacha de fierro pasada por la grasa, y dada á conocer como costilla.
Y todo esto servido en unos platos del peso de media arroba, de cantería barnizada, en tazas que hacian abrir los labios como un freno, con picheles en el medio de las mesas, como parvulitos en paños menores: nada de mantel.
Pedimos vino.... y se nos vió con desden, sin darnos respuesta....—Pues dénnos vdes. cerveza.—El maestro de ceremonias nos volvió la espalda.
—¿Pero quién ha dicho á vdes. que nos hemos de alistar en la temperancia los que vamos pasando?
Esto dije como recado á Emma, para el maestro de ceremonias. Emma, yo no sé cómo tradujo, que el D. Fachenda de las ceremonias bramaba como toro: yo le preguntaba:—¿Qué es lo que dice?—Tonterías.—Y Emma le plantaba otra banderilla que bufaba, atribuyéndome no sé cuántas indignidades.
De todos modos, Emma fué mi protectora en Albany: era una flor de azahar caida, por una caprichosa inconsecuencia de la suerte, en un tazon de chapurrado añejo.
Albany está construido sobre colinas cuyo descenso es al rio, y desde su orilla, alzándose la vista, se distinguen en las alturas edificios magníficos, templos suntuosos, plazas y arboledas de delicioso aspecto.
Yo me dirigí solitario al muelle rodeado de almacenes cerrados, restaurants sin gente y tercios regados bajo los portales.
La calle del Estado sube un escalon escarpado desde el agua, limitando al fin de la calle la vista, la plaza del viejo Capitolio edificado en 1807.
El Nuevo Capitolio que se está construyendo será un edificio que solo tendrá rival en el gran Capitolio de Washington.
Construido el Nuevo Capitolio en la parte más alta de la ciudad, su torre tendrá 320 piés de altura.
La librería del Estado contenida en un edificio cuadrado, á prueba de fuego, tiene 86,000 volúmenes y varios objetos curiosos, entre ellos una espada y una pistola de Washington.
La casa de gobierno, edificada en 1843, es de mármol blanco, y tuvo de costo 350,000 pesos: en ella están las principales oficinas.
Siempre con mi guía en la mano, ví la parte exterior, porque todo estaba cerrado, de la casa del Ayuntamiento, que costó doscientos mil pesos.
Un viejecillo italiano que me encontré dormitando en un café, y que como yo, parecia rebelde á las sociedades de temperancia, me dijo que haria bien en procurar ver los varios bancos de la ciudad, que tienen en giro sobre dos millones de pesos: me elogió el Observatorio, fundado por Mr. Blandina, que tiene una buena librería y magníficos instrumentos.
Del Colegio de Medicina y de su valioso Museo, me habló tambien con mucho encarecimiento. La Escuela de Jurisprudencia de Albany, es de las mejores del país.
El viejecito italiano, de ojos pequeñísimos, cara joco-séria, nariz de alcatraz, boca desdentada, y gran tomador de rapé, es hombre á mi juicio entendido, y como me dijo, tenia hambre de hablar en su idioma.
—Lo que yo quisiera que vd. viese y examinase, me decia, era la Escuela normal de Profesores: aquí la educacion es una ciencia, el arte de enseñar está elevado á la categoría de los primeros conocimientos humanos.
Por otra parte, las asociaciones hacen prodigios.
La asociacion de los jóvenes tiene una biblioteca de doce mil volúmenes.
La de los aprendices, cinco mil.
La del instituto, nueve mil.
Vea vd., me dijo por último, el edificio en que están depositadas las colecciones públicas de historia natural, geología y agricultura. Es de los más interesantes edificios, y en ellos tiene entrada todo el mundo.
Despedíme del viejecito, despues de pedirle instrucciones para ir á la Catedral y á la iglesia de San José, los más famosos templos de que tenia yo noticia.
La Catedral es un vasto edificio con sus torres puntiagudas, bastiones, ojivas y una mezcla de estilos que la afean y complican, á fuerza de querer imitar las iglesias europeas de la edad media. El interior es espacioso y tiene capacidad para cuatro mil asientos.
Más que la iglesia de San José me agradó la de San Pedro, hermosísimo edificio de correcto estilo gótico. Dícese que posee un magnífico juego de plata para el servicio de la Comunion, regalo de la reina Ana para los indios Conondagas.
No me fué posible visitar la parte norte de la ciudad, que se dice es la que contiene más suntuosas habitaciones, en edificios que, como la Penitenciaría, gozan de renombre en todos los Estados-Unidos.
Literalmente producia pavor andar en las calles desiertas; el ruido de los pasos se oia á distancia, y el encuentro con otra persona producia extrañeza.
Las calles de la Perla, la llamada Hig-Street, la de Jay, ostentan grandes edificios, muros cubiertos de muestras y letreros: animadas, deben producir sorpresa y contento al viajero; pero en aquel momento de catalepsia dominical, me produjeron tristísima impresion.
Al volver al hotel, en su despacho, me presentaron á la familia de una niña Zárate, que con el carácter de liliputiense, se estuvo exponiendo en México en compañía de otro parvulillo en diminutivo.
Confieso que yo no soy afecto á esos espectáculos en que aparece envilecida y como descarriada la naturaleza; esos personajes de un cuerno en la frente, de tres ojos, de rabo, desmesuradamente grandes, ó exageradamente pequeños, me parecen ejemplares echados á perder, que léjos de darse á luz, deberian guardarse cuidadosamente.
La vista de la niña me hizo mal.
Tendrá poco más de tres cuartas; es morena, delgada, de voz chillona y su conjunto trae irresistiblemente la idea del monito, por sus saltitos, por la movilidad de sus ojos, por sus movimientos caprichosos.
Por otra parte, yo bien conocia que los padres de la niña, que son personas excelentes, hacian bien de sacar partido de aquella extraña produccion, en beneficio de la misma niña; pero me contrariaba que conocieran á las mexicanas en aquella abreviatura raquítica y enfermiza. Por fortuna, el angelito hacia su gimnasio y mostraba todas sus simpatías á Gomez del Palacio, quien muy grave, pero comedido y amable, celebró aquella monería de la naturaleza.
Yo descendí al despacho, donde nos reunimos para comer.
La comida fué tan mal servida, tan ceremoniosa y molesta para mí, como el almuerzo, no obstante las atenciones de Emma, único rayo de luz social en medio de aquella temperancia, de aquella tiesura y de aquella repelente gazmoñería.
Al concluir nuestra desabrida colacion, porque no puedo darle el nombre de cena, el Sr. Cupia me dió algunas cartas de recomendacion para Nueva-York.
La casa de Cupia en Nueva-York es casa de huéspedes, y como conocen sus directores nuestras costumbres, el servicio es el mejor y más cómodo que se puede apetecer en aquella gran ciudad.
En aquella casa vivió mucho tiempo la familia del Sr. Juarez; allí residió Berriozabal; allí se prodigaron cariñosos cuidados al Sr. Doblado, quien murió rodeado de aquella familia generosa; allí vive Felipe Mantilla, amigo nobilísimo de los mexicanos, honra de las letras por su saber, y de la humanidad por su levantado corazon.
Nuestra conversacion se animaba: Emma, que tenia cierto rango en la casa, se acercó y me hizo algunas preguntas sobre México, y yo, hambriento de charla, con unos ojos seductores al frente, comencé á hablar de mi tierra, sin exageraciones, sin una sola cosa fingida por mi mente, pero con la pasion que es de suponerse.
Llamaron á M. Cupia unos amigos, y yo quedé en el extenso despacho, sin cuidarme de entrantes ni salientes, describiendo á Emma un México tan risueño, tan encantador, que me saborea ahora mismo que estoy escribiendo en mi estancia sombría, con un velon al frente, mis cigarros á granel sobre la mesa y rodeado de la fria atmósfera de la soltería.
Brillaban los ojos verdes de la linda irlandesa, con la pintura de nuestros volcanes y nuestros lagos, nuestro paseo de la Viga y nuestro Chapultepec romancesco.
Por supuesto, que puse en relieve la libertad, las consideraciones de que gozan y el bienestar de muchos extranjeros.
A la media hora de conversacion, Emma estaba casi decidida á marchar á México: yo, al principio, le ofrecia toda clase de facilidades; pero confieso que su resolucion me alarmó, y hablé algo de vómito y de lo riesgoso de la navegacion.
Pero Emma era una amiga que no queria abandonarme y que á su vez me procuraba todo género de facilidades.
Confieso que no me divertia mucho eso de volver á México con la adquisicion americana. ¡Oh, qué holgorio para mis buenos amigos! ¡Oh, qué cosecha para la caricatura! ¡Oh, y qué despabilado viejecillo con la lady viajera llenando las calles!
¡Por vida del demonio! El flujo de lengua me tenia en un apuro. En los ademanes, en los arranques, en aquella expedicion de Emma, conocia, sin que me quedase ninguna duda, que aquella criatura me iba á manejar como un chiquillo.
¿Pero hay cosa más natural que hablar con cariño de nuestra tierra?
Nada de gazmoñerías, Sr. Fidel. Vd. habló de cierta manera, y ha llevado vd. su merecida.
¿Y los sesenta inviernos? y las arrugas? y esa exigüidad de fondos que lo tienen en un ¡ay!....?
—¡Oh! lindo México!.... yo va, y tiene mucho dollar y está listo.... Vd. siñor rica y de guberne, dice á M. Cupia....
—¡Jesus me ampare!.... Vea vd., señora, yo tengo que ir primero á Rusia, á ver en lo que quedan las cosas de la guerra.
—Ecsatly: primero vamos Rusia, y despues te vas por mí Chapoltepeca.
Yo me estaba ahogando materialmente, y comencé una especie de retractacion, diciendo que los lagos producen fiebres, que hay víboras de cascabel en Chapultepec y que los bandoleros hacen horrores.... esencialmente con las irlandesas.
Yo no sé qué trastorno produjo en mi cerebro aquella resolucion de la irlandesa, que me dormí despues de mucho tiempo de dar vueltas en la cama, con extraña inquietud.
Soñé, por esas incomprensibles extravagancias de los sueños, que me encontraba en una de las llamadas Rejas en los conventos de monjas. Es decir, una gran sala dividida por una gruesa pared, en cuyo centro habia un cuadrado con una gran reja de palo que daba á la parte interior del convento, y una gran reja de fierro para la parte exterior de la pieza que daba á la calle.
Por el lado del convento se ponian las monjas, por fuera las visitas, y los medios de comunicacion eran: un torno incrustado en la pared y una cuchara con luengo mango, donde se ponian cigarros, dulces, etc., para los recíprocos obsequios.
Yo estaba con mis padres y algunos amigos, muy entretenido en ver por entre las rejas el patio del convento, sus flores y arbustos, su limpia fuente de azulejos y sus altos arcos con cortinaje de yedra, bañados con la luz del sol.
De repente se oyó un estrépito en la calle, volví los ojos y me encontraba absolutamente solo; mis padres, las visitas, las monjas, todo habia desaparecido: en la puerta de la calle habia un toro lanzando mugidos feroces, y me heló el espanto hasta la médula de los huesos, pero no vacilé; me lancé á la reja y comencé á escalarla con ardor febril: por mi fortuna, la reja se estiraba hácia arriba y me ponia muy distante del terreno invadido por la fiera.... aquello me alivió como de un gran peso; pero en mi rapidísimo ascenso, creí oir algun ruido tras de mí sobre los hierros de la reja: volví los ojos.... y ví que el toro, como si corriese por una superficie plana, ó como si estuviera dotado de piés y manos como yo, escalaba la reja en mi seguimiento. Creí entónces morirme de terror, las fuerzas me faltaban, mi angustia era indecible sobre toda ponderacion. Pero la extrañeza del caso me hizo volver el rostro de nuevo, no obstante estar á una inmensa altura, y entónces, ¡oh espanto! ¡oh asombro! ví que la fiera, pero no sé cómo, circuida de extrañeza y expresion diabólica, tenia una fisonomía humana; era.... el rostro de la irlandesa del hotel, con aspecto de toro feroz.... y me perseguia encarnizado y espantable.... entónces me entró una convulsion horrible, crispáronse mis manos, me solté sobre el abismo y.... desperté!......
Desperté lleno de angustia, sudaba á mares.... la luz se insinuaba por las rendijas de la puerta: aquello me sirvió de infinito consuelo.
Sin ser visto, como un prófugo, como un ladron, abandoné el hotel, seguro de que Francisco arreglaria todo, y me refugié en la estacion, desde el alba hasta la hora de la salida de los trenes para Nueva-York, siempre temiendo á la irlandesa convertida en toro.
NUEVA-YORK
XV
El Parlor-Car.—El rio Hudson.—Los suburbios de Nueva-York.—La gran estacion del ferrocarril.—Entrada á Nueva-York.—Primeras impresiones.—Quinta avenida.—Plaza de Washington.—El hotel.—Primera excursion.—Brodway á prima noche.—De dia.—El cochero y los carreteros.—"Columbia Opera House."—Un entreacto.—La cantina.—A dormir.
Frustrado el viaje por agua por falta de vapores, salimos de Albany en un Parlor-Car, con la mayor comodidad.—El Parlor-Car, ó Carro-salon, como suele llamarse, lo forman tres saloncitos que se unen ó separan por medio de sus elegantes puertas. En cada uno de los saloncitos hay ocho poltronas giratorias de terciopelo ó tafilete, y durante el viaje, puede caminarse en aislamiento completo, en íntima comunicacion con las personas de su familia, con total desahogo.
A poco de partir el tren, ó mejor dicho, ántes de partir, ya admirábamos el extenso rio Hudson, con sus aguas azuladas y relucientes, rizando la superficie un viento apacible que levantaba vellones de blanca espuma.
Alegres vapores atravesaban el rio, sonando sus agudos pitos y haciendo temblar los aires con sus alaridos de marcha; botes y barquichuelos, grandes y pequeños, se deslizaban en todas direcciones, activando el trabajo; y pomposa la embarcacion antigua, llevaba con majestad hinchadas sus velas, y se cantoneaba como una ave acuática, alzando sus palos entre el humo de las chimeneas de los vapores.
A lo léjos, parecian espiarnos entre los árboles las mil casitas blancas con sus cercados y sus flores, sus animales domésticos y sus chimeneas y palomares invadiendo el espacio.
Extiéndese el terreno en uno y otro lado del rio, en séries de empinadas y deprimidas lomas que forman pequeñas colinas, hondos valles, laderas caprichosas cubiertas de verde aterciopelado, que con los claros que dejan los árboles al separarse, ó con las sombras que forman cuando se apiñan, hacen el lujo de los hermosos caprichos de la luz.
El suelo y el rio entran en lucha abierta con el ferrocarril, y entónces nos absorben las mil peripecias de la carrera del monstruo titánico que nos conduce. Invade por una y más veces el camino el rio, y el reptil gigante lo salva sobre pequeños ó levantados puentes; obstínase el rio, parece detenernos en su carrera: entónces, como una ancha faja, desenvuelve la madera sus durmientes, lecho de los rieles, y cruza la poblacion errante sobre las aguas, equilibrándose trémula y viéndose azotar las olas bajo el puente inseguro. Esos muelles y puentes parecen á lo léjos una fila de arañas acuáticas que sumergen sus patas en el agua: es el cientopiés que pone el lomo para que corra sobre él el vapor.
Empéñase el camino, y cierran las montañas y las lomas el paso á los viajeros; entónces se verifica la horadacion de la montaña, ya ligera, ya dilatada y laboriosa. En el primer caso, es un rápido eclipse que todo lo borra, que hace desaparecer instantáneo el paisaje, al ruido agudo de la máquina que pasa como sobre un teclado; en el segundo, es la noche, es la tiniebla asaltándonos y obligándonos á una excursion en lo desconocido y terrible: una hundicion por el estremecimiento, el choque por algun derrumbamiento no podido observar, una desviacion del riel, un clavo flojo, todo nos puede sepultar en la nada. Oyense como estertor las voces humanas; la luz de los cerillos alumbra cavernosa.... blanquean al fin las paredes desiguales del túnel, y relinchando triunfal con su penacho de llamas, al ruido de sus pasos, al clamoreo de su campana, se baña el tren de luz y jadea satisfecho, como un gladiador que quedó vencedor en la lucha.
Y la lucha del rio es tenaz, sesga, abierta, toma la curva ó se precipita recta, se alza ó se deprime, y al combatirlo ó evitarlo el tren, lo observa desde la opuesta orilla el bosquecillo de sombras apacibles, el caserío opulento y la tupida arboleda, por donde chimeneas y almenas, minaretes, cúpulas y miradores caprichosos, lo van siguiendo, ya dispersos en la falda de la loma, ya apiñados en las alturas.
El rio cobra las proporciones de un mar; se convierten las lomas en altas montañas; barcos soberbios y botes humildes cruzan las aguas; las chimeneas de las fábricas levantan plumeros de humo; tiemblan en los aires los tendones del telégrafo, proclamando la superioridad sublime de la mente; un escándalo, una explosion de formas y matices nos embargan y producen emociones de delicias.
Apénas han contemplado los ojos el castillo feudal rodeado de árboles, cuando nos arrebata la atencion el sembrado curioso; vamos á detenernos en observarlo, y los pescadores nos distraen con sus tareas afanosas; queremos fijar el cuadro en nuestra imaginacion, y nos arroba el sepulcro solitario al pié de la loma, á las orillas de las aguas que parecen cantar una balada eterna al eterno sueño del polvo humano.
El camino más y más poblado, los paisajes más y más hermosos, no nos hicieron reflexionar que estábamos en Pickiskill, frente á su magnífico restaurant y junto á una opulenta fábrica de chimeneas.
Andando, andando, pareció como que el rio se habia perdido, y establos, maquinaria, madera amontonada y chozas humildes, nos cercaron.
Pero á poco, por entre las colinas, columbramos la reverberacion de las aguas que corrian caracoleando en la orilla, entre isletas cubiertas de árboles que se ven en su espejo, produciendo esas vistas inversas en que las copas de los árboles como que cuelgan y están mirando de cabeza la profundidad del vacío.
Pasó el tren bajo los arcos gigantescos de un puente cruzado por multitud de coches y carros, que parecian atravesar los aires, y al fin como vencedor, á su vez, empujando en semicírculo inmenso montañas gigantescas, apareció el rio, anunciando la inmensidad del mar.
El tren, como evitando la continuacion de la terrible lucha, se refugió en los brazos de la ciudad, que le esperaba amorosa como para compensar con caricias y agasajos sus fatigas.
En el curso rápido que seguiamos, por las ventanillas del carruaje, como por los vidrios de un estereoscopio, íbamos distinguiendo cercas y hortalizas, casas de campo con su pórtico, sus amplios corredores de madera, sus canastillos de flores suspendidos en alambres sobre las puertas, y sus cortinajes en el interior de las habitaciones; y estos augurios de lujo y de cultura, son entre las peñas, sobre las rocas, aprovechando los más leves recursos del terreno, casas opulentas que dan al viento veletas y banderas, y casucas sucias y oscuras, ostentando en tendidos cordeles calzoncillos abiertos de piernas, camisas boca abajo y enaguas humildes, columpiándose con insolente desfachatez, como secciones del cuerpo humano en vacaciones.
Y en los claros que deja la roca, y en las latas que forman las cercas, y en los tablones, que no paredes de la casa, y en el suelo y en todas partes se ve, abriendo tanta boca, el aviso, que es en este país la langosta, el mosquito, el acreedor, el pariente pobre del infeliz viandante, tras una mata Sozodout: en un palo Vinegar, en una lata Bitters, una camisa pintada, un chino, una fila de galgos interminable, una tempestad de motes de negros que fuman, de turcos que gruñen, de suertistas, adivinos, funámbulos, sonámbulos y.... la mar....
A poco de entrar en la ciudad, y cuando desaparece su iniciativa de aldea, la calle se hunde como haciendo una plancha gimnástica, entre dos barandales que la sostienen.
Corre el tren, y hay una sucesion rapidísima de fajas de luz y de sombra, que producen la alucinacion. Pide uno la explicacion del fenómeno, y es producido porque una calle se hundió en medio de las aceras de la que estaba construida, y quedaron las casas como filas de tropa á los lados de un canal. Entónces se avanzaron los tránsitos de las calles trasversales y se convirtieron en puentes, que suspendidos sobre la hundicion, producen aquellos efectos de luz.
Pero la locomotora se envuelve en perfecta tiniebla, y es porque el túnel la lleva dentro de su pecho; de vez en cuando la luz como que respira, saliendo á flor de tierra, y deja ver círculos luminosos.
Es que la calle, sobre el cielo de la bóveda del túnel, ha cobrado su continuidad, y en ella florece, entre los enverjados de fierro, un jardin pintoresco, figurando los respiraderos cestos de flores, en que se entretejen las enredaderas y cuelgan sus campánulas con simétrica compostura.
Y cuando todo esto se explica; cuando la poblacion subterránea siente el estremecimiento de la poblacion que corre en la superficie, se busca involuntariamente en el suelo otra superposicion de séres que tambien vayan de viaje por regiones desconocidas.
Al dejar la locomotora su manto de sombras y aparecer en el tumulto de la estacion, se nos figura que un mundo de séres invisibles nos ha venido acompañando y han cobrado con la luz, en insurreccion de vida, las formas humanas.
Estábamos en la inmensa estacion: los trenes quedaban como un caballo jadeando, que se para al finalizar su carrera; otros trenes estaban descargando bajo la bóveda inmensa de fierro y cristales de la estacion.
De las escaleras de los trenes descendian raudales de viajeros, extendiéndose y corriendo en varias direcciones, como las olas de detenidas aguas cuando el dique se rompe en partes diferentes.
El viajero expedito, con su saco en la mano, cayendo y perdiéndose en la multitud; la familia formando plaza con maletas y gorros, paraguas y bastones, el botiquin de los señores grandes, la maceta y la jaula del canario.
Centenares de agentes de hoteles, carreros y cocheros, esperan en la puerta á las familias.
La familia española es la característica: las libertades de los nenes, el orgulloso continente de las damas, lo ladino de las criadas y la suficiencia del señor que tiene muchos pesos, todo cae por tierra; ellos imponen su idioma, recurren á las señas, buscan entre aquel tumulto un intérprete. Si hay un hábil en el círculo, ese es la víctima.—¿Qué es lo que dice?—Recomiéndele vd. mi perico.—Dígale que ese es mucho dinero ganado por mi marido con su sudor y su trabajo.—El yankee urge, el intérprete dice lo que se le antoja.—Las viejas claman: "Ordinariote, salvaje," y los señoritos infatuados traducen á su modo el all right, el go ahead y las palabras no muy cultas de la gente de látigo.
Teniamos decidido parar en el Hotel de San Julian (Sn. Julien Hotel): entramos en un ómnibus, dimos las señas, y adelante.
Ibamos viendo altísimas casas de opulencia suma, anchas banquetas como para contener diez personas en fila marchando con desahogo, diáfanas paredes de cristales, porque así puede llamarse á la sucesion no interrumpida de aparadores, y el tumulto de sombreros y sombrillas, castañas y gorros en las banquetas, y de ómnibus, coches, buggies, diligencias y wagones en el medio de la calle.
La gente me parecia que iba como á una gran festividad, tanto así me deslumbró el lujo. Uno de los amigos que nos acompañaba nos decia:
"Esta es la famosa quinta avenida: la piedra de que están fabricadas esas casas es la de moda, Brown Stone (piedra morena).
"Las ventanas que sacan el ojo al ras de la banqueta son de los comedores; esos que remedan balcones son de las grandes salas de alfombras turcas, de candelabros gigantes, de ensueños de porcelana y cristal, de oro y de sedas.
"¡Qué escaleras! qué pórticos y qué profusion de magnificencia! Ese es el Hotel Everett, uno de los más opulentos: se puede calcular el precio por persona en diez pesos; pero es soberbio, y aun los hay mejores.... Fíjese vd. en esa estatua ecuestre: es la célebre estatua de Washington, con su sombrero en la mano; parece derramada el alma del héroe en la felicidad de su pueblo."
¡Hermosa plaza! los niños corren con sus aros y las nodrizas empujan las carretelitas de los bebes.—Ya sabrán vdes. la historia de aquella mano.—Parece brotar de aquella fuente polvo de cristal....
Instalados en el hotel, y descansando con los ojos cerrados en mi cuarto, me parecia el recuerdo de un delirio la memoria de mis primeras impresiones.
Dormia, en la más prosaica acepcion de la palabra, cuando de tropel entraron á mi cuarto unos chicos de buen humor y me arrebataron en medio del ruido tumultuoso, entre miles de carruajes que hacen peligroso el tránsito, á que viese un teatrito de segundo órden, frecuentado por gente alegre.
Sabian mi propósito de verlo todo para todo contarlo, de escabullirme en encrucijadas y vericuetos, en régios salones y en meetings tempestuosos, de llevar mi daguerreotipo frente á la Aspacia y á la Lucrecia, lo mismo reproduciendo el palacio espléndido, mansion del opulento, que la oscura buhardilla, antro de la miseria.
Era de noche: la parte alta de la ciudad, con pocas excepciones, se percibia oscura y desierta; era una masa negra y maciza, como un muro inmenso; pero ese muro se rompia de trecho en trecho, en claros de luz deslumbradora, como una compuerta que por sus grietas dejase salir las aguas.
Sobre el muro se iba alargando el horizonte sembrado de estrellas, ó se rompia expansiéndose en bocacalles y plazas.
El aspecto de la calle de Brodway (calle ancha), en que me encontraba, era deslumbrador: veíanse en alto bombillas de cristal, reverberando con la luz del gas y formando esplendorosa faja sobre las banquetas amplísimas, trazando en la sombra un carril que se prolongaba por más de dos leguas: sobre aquella faja estallaban los globos de cristal apagado, de gigantescos candelabros, arcos con globos tambien suspendidos á la entrada de cantinas y fondas, y surgian en promontorios y cascadas, grandes luces escarlatas, azules y rojas, reverberos de ráfajas de fuego, con todos los matices y todos los tintes de la luz, en aquel inmenso festin de perspectivas y primores.
Son como dos raudales de rayos de sol que chocan y se desbaratan en estrellas, en rieles de oro, en cascadas de esmeraldas, en rocas de ópalo y rubí.
La parte inferior de los edificios puede llamarse diáfana, tan gigantescos y limpios son los cristales que las constituyen, y de los que están hechos aparadores riquísimos iluminados en la parte interior; en los aparadores están agotando las mercancías la persuasion, las seducciones, la súplica, la sorpresa y el mandato.
Ya son sombreros de todas las formas, de todas las fisonomías imaginables, expuestos en gradas ó suspendidos en alambres: inmediatamente despues se divierte la vista con naranjas envueltas en sus papeles, plátanos á medio pelar y manzanas lustrosas con sus mejillas de escarlata: se separan los ojos de la fruta, y se despeña en cascadas que forman las alfombras, ó en montones de petacas, carteras y útiles de viaje, de vaqueta y cuero de Rusia: apénas vuela la mirada sobre esos útiles, cuando examina sobre negro terciopelo, collares de diamantes y de perlas, sortijas como chispas de fuego, mancuernas amorosas, prendedores lascivos, aretes acariciadores y adornos de peinado provocativos: un paso más y es un piélago de encajes y listones, entre cuyas ondas sobrenadan fallitas de niños, golas, baberos y mantillas: otro paso, y es un caos de zapatos, desde el botin de raso y oro de la lady, hasta la falúa inverosímil que calza la pata inconmensurable del hombre del Kentuky....
El cuadro, de dia especialmente, lo animan multitud de paseantes; los vendedores de bizcochos, dulces y frutas que se instalan á los lados de las banquetas; los pegadores de loza y vidrio; los carrillos con cacahuates, que aquí tienen rara preponderancia; los aparadorcillos de navajas, collares y anillos de dublé, y los canastos de preciosos ramilletes de las floristas.
En el centro de la calle son las encontradas corrientes de carruajes, con sus caballos arrogantísimos y sus cocheros, que á lo léjos muestran en la poblacion aérea, los diferentes grados de la fortuna.
El cochero del banquero, con sus guantes blancos, su frac de paño y su continente aristocrático, como desertado de una recepcion diplomática; el del ómnibus, con su gestudo sombrero como un retruécano, la tez aguardientosa y las manos como de corteza de árbol; el conductor del carro, con su cachucha y en mangas de camisa; y el negro carretero, con su sorbete estupendo, sus colosales botas y su leviton abierto como las dos alas de un ropero, cimbrándose y dando cada grito que tiembla el mundo.
Desde el rio de luz de la calle de Brodway se van viendo, al tocar en las bocacalles, travesías de ménos luz, ó sombras cruzadas por hileras silenciosas de farolas, en cuyas aceras se anuncia con mayor luz alguna diversion.
Llegamos al teatro llamado "Columbia Opera House," que se encuentra en la esquina de la calle 12.
El teatrito es reducido, más reducido aún que nuestro teatro de Corchero, con toscas bancas en el patio y una sola hilera de palcos, coronada por una desmantelada galería.
Como ya sabemos, no hay telones que desciendan; son tablones corredizos divididos en dos secciones, los que forman la decoracion.
El palco escénico es muy pequeño, cubierto por las dos alas de una cortina encarnada.
Nos posesionamos de un palco: á nuestra entrada, la orquesta, en que los palillos, el tambor, y sobre todo las trompetas, hacen gran papel, tocaba algo de sentimental y quejoso.
Eran los cuadros plásticos, es decir, personas que con camisetas y calzones de punto que remedan la carne humana, figuran grupos históricos con perfeccion. Es la enseñanza objetiva de la historia; para el libertino, funge de incentivo; para el artista, de estudio.
Representábase el Juicio de Paris; el teatro estaba medio oscuro; en el escenario se destacaba, entre un raudal de luz eléctrica que atravesaba sobre el cuadro, el grupo.
Hermoso el pastor mitológico, las deidades olímpicas en actitudes deliciosas.... cayó el velo, la música incitó el clamoreo del aplauso.
Abrióse la cortina, y se recreó la vista con un grupo de amazonas.
El grupo en que Frinea revela su hermosura con arrogancia triunfal, desarmando al areópago, me encantó, y me encantó porque cuando en esos grupos se observa el arte, se hace el culto de la estética, se glorifica la forma, como que revive y palpita la epopeya, como que se escucha suspirando la lira de Homero, en torno de esas hermosuras que han atravesado luminosas los siglos.
Y sin embargo, el pérfido albayalde de la diosa, la justipreciacion de sus formas, el nombre real de la chica de corta fortuna, escupido entre negra saliva de tabaco, aniquilan el ideal y nos sepultan en repugnantes realidades.
Apénas se indicó el entreacto, cuando pollos alentados, viajeros curiosos, zorros de entre bastidores y cazadores de gangas, dejaron sus asientos, atravesaron excusadas escaleras é invadieron un pequeño salon con sus mesas, su mostrador y su expendio de licores, cerveza, refrescos y tabacos.
Entre el humo en que se veian sorbetes y fieltros, rostros encendidos de bebedores, fisonomías de muchachos despiertos y canas de vejetes despabilados, fueron penetrando bulliciosas, saltadoras y con descoco inaudito, las deidades olímpicas, con sus lanzas de palo, sus cascos groseros de carton, sus collares y pulseras de cuentas de papelillo y vidrio, sus ropas de telas ordinarias, escudos, cetros y todo el descolorido atavío del teatro de la legua.
La jóven se sienta marcial, es invitada ó invita, se hace de confianza, toma el peso á la cadena del reloj, se extasía con los anillos, diciendo que son lindos, espléndidos, y que le vendrian bien.
Paletós y senos palpitantes, morriones y sorbetes, paraguas y escudos, mantos de púrpura y sacos rabones. Minerva con su cigarrillo, inclinando la frente bajo las alas del sombrero tendido de un labriego, Frinea componiéndose un zapato, otra divinidad con tantos bigotes de cerveza.... y no más, y nada más: por más que la malicia quiera protestar en contrario, toda aquella alegría artificial, todas aquellas miradas de pacotilla, toda esa mercería de dublé, compuesta de sonrisas, suspiros, celos y lágrimas, no es la lujuria, no la desenvoltura, no la orgía; es simple y friamente la especulacion del bar-room. Habrá sus ajustes exteriores, habrá la que se quiera; pero allí solo se trata de la venta de licores, entre el humo, los gritos y el aparato calculado del placer.
De repente suena una campana, y como bandada de gorriones que entre los surcos pepenaban el grano cuando oyen el tiro, vuelan ninfas y pastoras, nos codean y rozan, descendiendo por los angostos pasillos, sílfides, náyades y bayaderas, y el cortejo de bebedores sale como un convoy fúnebre del salon, que queda desierto.
Mis amigos estaban contentos, se aumentaba su gusto con la presencia de mis primeras impresiones: ellos eran soldados aguerridos.
Eran más de las doce de la noche: en el centro de la ciudad no cesaba el movimiento; las calles apartadas dormian profundamente, como los lacayos en las escaleras que conducen á un salon de baile.