XX

Mont Vernount.—Carta de Palma.—Carta de Fagoaga.—Richmond.—Excentricidades de yankee.—Catanogua.—Menphis.—El paso del Mississippí.—Un mexicano.—Historia de lágrimas.—Llegada á Texas.

Aunque fresca y alegre la mañana y realmente seductores los paisajes que tenia delante de los ojos, me preocupaba la idea de haber visto tan superficialmente Washington.

Tenia en mis manos la Guía, concluida en mi cartera la traduccion de Mont Vernount, y yo, ni por todos los tesoros del mundo, queria dejarla de consignar en mis apuntaciones de viaje. Allá va la apuntacion de mi cartera:

"Mont-Vernount está quince millas abajo de Washington, en el lado de Virginia del Potomac, y se llega á él por vapores, cuya navegacion por el rio es deliciosa y proporciona excelentes vistas del país y de los alrededores de Washington. Mont-Vernount; conocido ántes con el nombre de Huhtik Creck, fué legado por Agustina Washington, que murió en 1743, á Lorenzo Washington. El último le puso el nombre del Almirante Vernount, bajo cuyas órdenes habia servido en las guerras de España y al que profesaba grande afecto. George Washington heredó la propiedad en 1752. La parte central de la casa, que es de madera, fué construida por Lorenzo, y las alas de ella por Jorge Washington. Contiene muchas é interesantes reliquias históricas, entre las cuales está la llave de la Bastilla, regalada á Washington por Lafayette. Algunas piezas del avío personal y militar de Washington, retratos y pinturas de Rabreau Peale, representándole, delante de Yorktown. La tumba de Washington está en un local aislado cerca de la casa. Es una construccion sencilla, pero sólida, de ladrillo, con una reja de hierro, á través de cuyas verjas se puede ver el sarcófago de mármol que contiene los restos de Jorge y Marta Washington.

"La casa y la tierra que la circunda la compró en 1856 una Asociacion de Señoras, en 200,000 pesos, y la donó al Gobierno para que se considerase como propiedad de la nacion."

El camino me parecia en descenso; ni un solo palmo de tierra estaba sin cultivo, y como rebaños dispersos, se veian por aquí y por allá casitas blancas que indicaban propiedades de diligentes labradores.

La concurrencia del wagon que nos conducia comenzó á pardear (á contener negros), más de lo que yo hubiera querido; de suerte que ménos me divagaba y más importunaba á Francisco con mi eterno preguntar.

—Creí, le dije haciéndome el chistoso, que me habias prometido decirme algo sobre el hospital de mujeres dementes.

—En efecto, me contestó Francisco; pero no esperes que yo te cuente lo que he oido, á tu manera, sino á la mia, muy extraña á las flores y á los ambajes.

Es de advertir que Francisco tiene dotes poéticas eminentes, que pretende ocultar como un tuerto presumido su ojo apagado.

—Todo yo soy orejas.

—Vivia en la Nueva Inglaterra una jóven que se hacia notar por su hermosura angelical, y más aún por su recato, por su dedicacion al trabajo y por las otras virtudes que la distinguian.

Un jóven de arrogante presencia y de excelentes cualidades, se enamoró de Miss Harris, que es el nombre de la hermosa, rondó su casa, se mostró rendido y le dió palabra de esposo.

La encantadora lady, que realmente adoraba á su novio, con empeño tan formalmente contraido, dió rienda á su ternura y prodigó atenciones y cariño á su prometido, hasta donde el pudor y la decencia podian autorizarlo.

¡Qué paraíso de ilusiones! ¡qué cielo de ensueños! Eran envidia de amantes, modelo de novios consecuentes, y las polluelas almibaradas, cuando los veian pasar, decian: "¡qué felices son!"

Sin antecedente alguno, interrumpiendo sus visitas y sus hábitos, el jóven se trasladó á Washington, donde estaba empleado en el Ministerio del Tesoro.

Al principio palió su ausencia el jóven con sus ocupadones; despues sus cartas parecieron tibias; al último dejó de escribir.

La jóven no creia en su inmensa desdicha: todo cariño tierno es indulgente; disculpó á su amante, atribuyó la que llamaba aparente frialdad, á escasez de recursos, y voló á Washington á allanar todo inconveniente y unirse al amado de su corazon.

Llegó desasosegada y encerrando un mar de pasion en su pecho: anunció su arribo á la ciudad, y el mal caballero, el indigno jóven, le dió una cita para una casa no frecuentada por los santos amores.

Supo Miss Harris el ultraje de que se la queria hacer víctima, y sintió que su corazon se despedazaba.

Disimuló sin embargo y provocó otra cita. Entónces supo que el nuevo lugar que se le designaba, tenia mujeres desenvueltas, se oian allí palabras que quemaban la piel, se distinguian fisonomías de bacantes; y humillada, trémula, enloquecida, fué en busca de quien así restregaba en los suelos, su honra, su alma, su inocencia y su vida.

Dirigióse la ultrajada señorita á la oficina del jóven, en pleno dia; le llama, mediaron algunas palabras, y con un revólver que llevaba prevenido, dió muerte al jóven que habia querido sepultar en el fango, cuanto tenia de más amado en el mundo.

Aprehendida la mujer desdichada, bella como nunca con su indignacion y su infortunio, fué conducida al Jurado.

Su defensor, el célebre abogado Brady, expuso con tal elocuencia la situacion de aquella mujer, sus creencias despedazadas, la naturaleza del ultraje inferido, que por unanimidad la absolvió el Jurado. El defensor pintó su excitacion como una verdadera demencia, y adujo el testimonio de algunos alienistas que justificaban su asercion.

El pueblo, que oyó la causa y la defensa, estalló, en "¡vivas!" al saber el veredicto de absolucion del Jurado, paseando en triunfo á la terrible vengadora de su honor.

Pero la niña desventurada, al aniquilar al verdugo de su alma, habia destrozado su corazon. En medio de las aclamaciones de regocijo, dió señales del espantoso extravío de su razon.


Ahora se visita el Hospital de mujeres dementes del Distrito federal, y en el departamento de mujeres suele pasar delante del viajero una jóven alta, hermosa sobre toda ponderacion, que solloza, ríe y queda sepultada en honda meditacion.

—"¿Quién es esa mujer?" se suele preguntar.—"Es Miss Harris, la misma á quien pasearon en triunfo hace tiempo por las calles de Washington......."

—Mucho te agradezco tu anécdota, dije á Francisco, y voy á unirla á la historia de un plagio que mucho llamó mi atencion, por no ser fruta de estas tierras, y que corrobora el refran que dice: "En todas partes cuecen habas." Oye mi historia:

Hace más de cuatro años, un Sr. Roos, rico comerciante de Germantown que, como tú sabes mejor que yo, es una prolongacion de Filadelfia, tenia dos hijos, uno de seis y otro de cuatro años: el de cuatro años se llamaba Charley; era alegre como los ojos de una china de mi tierra, y lindo como un serafin.

Los chiquitines, con sus vestidos primorosos, sus sombreritos llenos de listones y sus juguetes en las manos, salian solos á la calle y se daban unas paseadas, que era un contento.

Una tarde que los chicos corrian con sus aros, bajo las frondosas arboledas de una de las calles más céntricas de Filadelfia, se detuvieron ante ellos dos hombres que iban en un bogue. Al parecer, aquellas eran personas decentes, puesto que los niños no mostraron extrañeza, cuando uno de ellos se apeó del carruaje, y dijo al grandecito que les llevaria á dar un paseo y les compraria dulces y juguetes.

Los niños partieron con sus raptores; pero el mayor de los dos mostró disgusto del paseo, dió señales de inquietud é impaciencia, y los hombres del bogue le bajaron del carruaje, cerca de su casa. En ésta, á la llegada del niño, se supo la aventura, y desde ese momento comenzaron las diligencias para buscar al otro niño, con cruel ansiedad.

Cuatro años habian trascurrido desde la aventura del bogue, sin que el niño pareciera. La casa de M. Roos, ántes tan llena de la alegría de los niños, estaba lúgubre y como desierta.

El desventurado padre de Carlitos habia recorrido los pueblos más remotos de los Estados-Unidos, la prensa en constante clamoreo, habia simpatizado con el grande infortunio de M. Roos, haciendo cargos tremendos á la policía.

En tales circunstancias, recibió M. Roos un anónimo en que se le pedian veinte mil pesos por la devolucion de su hijo. La policía lo supo y se opuso á aquella condescendencia, diciendo que estaba sobre la pista de los plagiarios.

Las pesquisas se redoblaron, se consideró como punto de honor del Estado descubrir á los malvados, y toda diligencia fué en vano.

M. Roos, no obstante que no habia envejecido, estaba enfermo, devorado por la idea fija de encontrar á su hijo, y aniquilada su cuantiosa fortuna, ofreció diez mil pesos al que le diera noticias del niño; la policía hizo igual oferta, y la misma el Estado.

Muchas veces escribieron cartas misteriosas al padre dándole falsas noticias; abandonaba sus intereses y su casa, se galvanizaba, corria, se formaba risueñas ilusiones y volvia á su triste hogar, abatido y con la desesperacion en el alma.

En una de estas ocasiones hubo un robo famoso en Nueva-York; fueron en él sorprendidos dos malhechores; uno de ellos, al morir, en la penitenciaría, declaró que era uno de los plagiarios del niño de M. Roos, á quien tenia un compañero suyo.... Entónces revivieron las esperanzas, la prensa narró todos los detalles de la declaracion del bandido, produciéndose en el público intensa sensacion: se dijo que el niño se encontraba por Texas. M. Roos, que estaba bastante enfermo, pareció revivir con aquella noticia, se puso en marcha, recorrió el Oeste, registró los últimos rincones de Texas, y volvió hecho un viejo, doblado por los sufrimientos, á caer sobre la tumba de todas sus esperanzas.

Jamás se ha sabido del niño; muchas personas creen que murió ó lo mataron, temiendo que se descubriera el crímen.


—Muy triste, dijo Francisco, está siendo nuestro camino con esas relaciones; lee las cartas que te entregaron en la estacion. Veamos si esos muchachos dicen algo que valga la pena.

—Mira, dije sacando una de las cartas. Esta es de Luis Palma, aquel chico despabilado que siempre hablaba de política y queria acompañarnos hasta Washington.

—Excelente muchacho, dijo Francisco; esas ligerezas y ese brío que tu le echabas en cara, son cosas de la edad. Leamos su carta.

—Escucha:

"D. Guillermo:

"Ménos del plazo que conceden á un ahorcado le pido á vd. de espera, para que paseemos juntos siquiera dos dias en la Capital de la Union.

"¡Qué buenos ratos nos podemos pasar! aunque no abundan las diversiones, como en Nueva-York, no falta en que pasar el tiempo, y veria vd. comedias diplomáticas divertidas.

"Es singular: estos yankees, que viven tan sans façon, y de cuyo desparpajo se ocupan todos los viajeros, esencialmente si son franceses, observan la etiqueta con inflexible escrupulosidad.

"El chisme, aunque de guante blanco y casacon con bordados y cruces, recorre grandes y pequeños salones, y con finura no vista, se despellejan las potencias amigas, al darse tiernos besos de confraternidad.

"Lo que quiero es que pasemos revista de los grandes hombres que tienen en sus manos la suerte de la gran nacion americana.

"¿No conoció vd. á Hayes cuando estuvo en Nueva-York? Es un hombre que representa cincuenta y cinco años; ántes se le oyó mentar en la guerra como Coronel de voluntarios, y era en realidad un hombre oscuro, apénas conocido en el Ohio, de donde era Gobernador accidental cuando se reunió allí la convencion de Chicago, y resultó candidato de presidente, de la pura anarquía y desacuerdo para elegir, de entre los hombres eminentes del partido republicano: su poca importancia, que á nadie inspiraba celos, fué el secreto de su elevacion: de esto se ve todos los dias.

"Hayes tiene una fisonomía comun, y en su porte y maneras, más bien parece un hombre de iglesia que un político. De secretario de un obispo no tendria precio.

"La parte moral corresponde á ese físico, es retraido y monástico. Es un metodista severo y solo comparable á su esposa. Pertenece el austero matrimonio á la Sociedad de Templanza, al extremo de pretender suprimir el vino en los convites diplomáticos.

"Cuando convidaron á comer al Príncipe Constantino de Rusia, estuvo muy á pique de beber agua, de susto; pero los periódicos ridiculizaron tal ocurrencia, y se dispuso entónces que solo para el Príncipe se sirviese vino, teniendo los demás que ver y desear, entre cuero y carne, es decir, en el fuero íntimo.

"En el órden comun de convites, cuando se sirve pescado, le hacen seguir del café para que el animalito no reviva, y despues continúa proveyendo el líquido elemento, como en los dias de la creacion.

"No obstante ser la costumbre del Presidente ir en coche á la iglesia, á él le asaltó el escrúpulo de andar en coche el domingo, con beneplácito de sus amigos de creencias.

"Lo notable hasta ahora de su política es el retirar las fuerzas que se decian oprimir al Sur, y algunas ternezas con México, que más vdes. que yo pueden calificar.

"Otra cosa es M. Evart, Ministro de Relaciones, jefe del gabinete, su alma y su vida, como decimos nosotros.

"M. Evart es alto, delgado, seco, acartonado y huesudo; su rostro es lampiño, pequeño, y su frente calva; vese su cabeza como una naranja clavada en una asta bandera. Son desairados sus movimientos, como los de todo largo, porque miéntras el espíritu anda por un lado, queda como en huelga el resto del cuerpo. La edad de M. Evard es de sesenta años; no es aleman como habian dicho á vd., sino de la Nueva Inglaterra; pero ha residido constantemente en Nueva-York.

"Carece M. Evard de antecedentes políticos; pero como abogado, ha sido considerado como el primero de Nueva-York. Su erudicion es variada y profunda en la ciencia del derecho; su palabra, tarda y pesada, se pasea en todos los vericuetos forenses, y es verbosa, difusa, sin aliño. Si hubiera nacido en España, se le habria comparado á Gregorio López ó al Conde de la Cañada.

"En la prensa se le censura la longitud de sus períodos, que le achacan que mide por la sombra de su cuerpo.

"Cuando se propone desleir su pensamiento en la fuente de sus palabras, corre y corre su discurso, hasta que despues de varios dias se le encuentra el fin.

"Pero el título de más reciente celebridad de Evard es su triunfo forense en la causa del R. Beecher, de que voy á hablar á vd.

"El R. Beecher es orador eminente y ejerce influencia poderosa en el país.

"Pastor evangélico, reside en Broklyn, llamada Ciudad de las Iglesias, y la suya es la de más moda y renombre de la Ciudad Santa.

"Dicen los entendidos en materias literarias, que Beecher es elocuentísimo, y que sus dotes oratorias, unidas á una gallarda presencia, le hacen positivamente seductor.

"Creció su fama y se desarrolló la influencia de este personaje en la pasada guerra, en que favoreció con su palabra la causa de la Union, convirtiéndose en una verdadera potencia.

"Además de ocupar Beecher lugar tan prominente como orador sagrado, es escritor de mucho mérito.

"Se ha acusado siempre al Reverendo de inclinaciones mundanales.

"Entre las ovejas que apacentaba el siervo del Señor, de que hablo á vd., se contaba Elisabeth, mujer de Tilton, escritor religioso muy amigo del Reverendo.

"Yo no sé qué clase de ejercicios poco piadosos notaria Tilton, el caso fué que estallaron disturbios conyugales, y acusó al párroco de adulterio, demandándole cien mil pesos por daños y perjuicios.

"Estos daños y perjuicios me han caido mucho en gracia, porque al fin se valúa en alto precio la corona.... del martirio.

"El escándalo fué estupendo: los periódicos se apoderaron del gran chisme, y anécdotas, retratos y todos los medios de producir sensacion, se pusieron en juego á medida que avanzaba la célebre causa.

"En medio de una excitacion tremenda, se reunió el Jurado. Los abogados hicieron alegatos piramidales, y Evart, defensor de Beecher, habló de un hilo durante una semana.

"A la elocuencia de Evart, á la posesion de Beecher, que es hombre que gana en su iglesia anualmente de setenta á ochenta mil pesos, y á sus amigos poderosos, se debió la absolucion del Reverendo, quien solo tuvo débil mayoría en el Jurado; pero como vd. sabe, el voto de éste para la condenacion, ha de ser unánime, y á tal circunstancia debió Beecher tambien su buena fortuna.

"Tilton, con envidiable serenidad, se consoló de su infortunio con el renombre adquirido en su lucha con su socio conyugal, y que le produjo dinero en las lecturas públicas que comenzó á dar.

"Por su parte Beecher ganó en celebridad; la gente acudia en tropel á conocerle y escucharle, y era invitado á residir en los mejores hoteles, porque allí donde posaba Beecher, la concurrencia era mayor.

"El triunfo de Evart acentuaba poderosamente su personalidad cuando la eleccion de Hayes.

"Fué empleado por el partido republicano en la cuestion de la eleccion presidencial disputada en Luisiana y otros dos Estados para alegar por Hayes. Este es el precedente inmediato de su nombramiento de Gefe del Gabinete.

"Por lo demás, su política no se ha caracterizado de un modo especial: yo he oido decir que aspira á la próxima presidencia, y que uno de los medios de que piensa valerse, es provocar la guerra con México.

"En cuanto á los otros ministros, querido Fidel, sobran ejemplares en su país de vd., como el Ministro de la Guerra Mac-Greacrey, áspero, hombre de cartucheras al cañon, ardiente republicano y partidario de Hayes.

"Sherman, Ministro de Hacienda, es hermano del general célebre de la pasada guerra: debe en parte su elevacion al poder, á la influencia que tuvo en la eleccion de Hayes.

"El director del Correo, Rey, que como vd. sabe, forma parte del Gabinete, es una prenda de reconciliacion de los partidos, porque Rey fué separatista; es un buen orador y se le confiesa talento y probidad.

"En una palabra, vd. haria sus revistas de la gente de gobierno y se divertiria.

"Repito á vd. que estando abiertas las Cámaras, Washington cobra animacion; los diputados se reunen el primer lúnes de Octubre. Un mes entero se ocupan generalmente en el nombramiento de comisiones y de Speaker, que no se turna mensualmente, sino que dura todo el tiempo que funge la Legislatura, y tiene, por lo mismo, grande influencia....

"Con las alegrías de Noche Buena se dispersan los padres de la patria, y van á sus hogares á disfrutar sus vacaciones, volviendo á sus tareas desde el 2 de Enero, hasta que el calor los lanza de las curules; vuelven el otro Diciembre, en que el período termina forzosamente en Marzo, por las nuevas elecciones, porque el encargo dura por dos años, como entre vdes.

"El órden que se guarda en el Senado es el mismo.

"El Presidente del Senado, como vd. sabe, es el Vice-presidente de la República, y como el Senado funge en la administracion, y como hace parte del Gobierno como su Consejo, este carácter político le identifica con la accion del poder.

"En México, segun vdes. me contaban, no es lo mismo: el Vice-presidente es el Presidente de la Corte, y esto ingiere en la política activa á un poder esencialmente regulador de la marcha social, aumentando los elementos revolucionarios.

"Las sesiones del Congreso son de once de la mañana á cuatro de la tarde; pero cuando los negocios lo requieren, se prolongan las sesiones hasta la noche.

Miéntras dura la sesion, hay sobre el Capitolio una gran bandera, y durante los períodos en que están reunidas las Cámaras, una luz vivísima brilla sobre el mismo Capitolio, y se distingue como un astro á algunas millas de distancia.

"No hay solemnidad alguna para abrir y cerrar las sesiones. Al comenzarse, remite el Presidente un mensaje á las Cámaras, en que les da cuenta del Estado que guardan los negocios.

"Los Ministros envían sus Memorias y asisten á las comisiones, pero no dan funciones grátis en dimes y diretes con los diputados y senadores.

"Quédese vd. por tres ó cuatro dias en ese punto, y no se arrepentirá...."

Seguia Palma en su larga carta hablándome de los amigos de Nueva-York, mezclando siempre, como era su manía, la política á todas sus observaciones.

—Es divertida tu carta, exclamó Francisco; parece una foja del Almanaque de Gotta; pero si te ha divagado la murria, santo y bueno Sr. Palma. Veamos lo que te dice el Sr. Fagoaga.

Desdoblé mi carta, pasé los ojos por ella, y dije á Francisco:

—Este jóven es más previsor, y me quiere prestar un servicio.

Leo, pues:

"Supongo que una ó dos horas será lo que vd. se detenga en Washington, porque así lo requieren los cálculos de vd.: esta consideracion me hace no reunírmele como queria; pero deseando serle útil de alguna manera, le envío copia de las apuntaciones que hice en mi primera visita á Washington, en la calidad de agregado á la Legacion de mi país. Vd. tome de ellas lo que guste, corrigiendo, borrando y poniendo en cristiano papeles que escribí para mi uso privado. De todos modos, y aunque no sirva á vd. de nada el mamarracho, él le probará mi decidido afecto y el interes que tengo porque su obrita contenga el mayor número de noticias posible.

"Así como confieso lo desaliñado de mi escrito, le aseguro que le garantizo la verdad de cuanto en él expongo, pues repito que, como para mí, no pude tener la pretension de engañarme.

APUNTACIONES DE MI VIAJE Á WASHINGTON.

"La poblacion de Washington varia constantemente, como que se forma de empleados que á cada cambio de gobierno andan á salto de mata, individuos de la Cámara que van y vienen como las aguas, personajes del cuerpo diplomático que aparecen y desaparecen como sombras chinescas, y ricos caprichosos que suelen pasar el invierno disfrutando de aquella buena sociedad, que en obsequio de la justicia, es fina é inteligente como pocas.

"Las costumbres por una parte, y el modo con que se verifican las reuniones, hacen que en realidad se goce en ellas poco.

"Hay personajes distinguidos que declaran su casa abierta: así se publica en los periódicos ó se advierte por invitaciones; pero toda persona decente tiene acceso á la reunion aun sin invitacion especial, como se puede ir á la iglesia ó á ver un Museo.

"Las piezas de las habitaciones son en general pequeñas, aunque muy decentemente amuebladas: la señora y el señor de la casa se colocan de pié á la entrada del salon en que se recibe: se llega, se saluda sin detenerse y se entra en busca de conocidos y amigos; pero todo esto sin detencion especial, de pié, como de viaje, como en la estacion de un ferrocarril.

"Nadie se sienta, con excepcion de tal cual anciano, ó de tal cual enfermo.

"Semejantes centinelas en aquel agolpamiento, no es posible que emprendan conversaciones; están como en espera de algo para marcharse. "¿Cómo está?" "¿qué tal va?" es lo que se escucha entre costado y costado, y como si se lo dijeran dos viajeros que cruzan en opuestos rumbos.

"Estas recepciones son de noche.

"A las once, poco más ó ménos, despues de tener la comodidad que en una plaza pública, se hace la invitacion para pasar al comedor, donde tampoco hay asientos.

"Sobre una gran mesa hay fiambres y licores, que sirven los criados con diligencia y compostura. Es general en la alta sociedad el consumo del Champaña.

"Cuando no son los criados bastantes, entónces los caballeros sirven á las señoras que conducen ó quieren obsequiar, teniendo fatigas para conquistar en aquella confusion, unas cuantas hebras de ensalada ó una medita de galantina.

"Pero la posicion en pié hace la escena del servicio difícil y á veces cómica; el caballero tiene el plato á la altura de los brazos de la señora, ésta pica infirme y se acomoda á lo inseguro del suplemento de mesa.

"La señora, á veces, no consiente en aquel espectador cercano de su alimentacion; entónces ella sostiene su plato, embarazada con el pañuelo, el abanico ó cosas semejantes, haciendo á cada bocado prodigios de prestidigitacion, si no es que algun caballero se encargue del depósito de sus atavíos, ó si no es que transite brusco un importante diputado del Oeste, con el pelo de la dehesa, muy raro en aquella sociedad distinguida, y dé un codazo á un plato ó vierta el vino sobre el vistoso trage de la lady, en uno de sus movimientos de mastodonte.

"En las reuniones que describo hay mucho lujo; las señoras gustan de lucir riquísimas alhajas.

"Suelen aparecer tipos ridículos de esos foráneos que solo tienen la primera silla.... curul.... Ellos monopolizan el leviton dominguero de la aldea, y sus consortes, trages y tocados que tienen la autoridad del tiempo que pasó. Es de advertir que aunque en esos salones hay gente desconocida, jamás se lamenta ninguna especie de desórdenes. Hay tertulias de este género que son de invitacion individual, y por lo mismo, más aristocráticas.

"Muchas y variadas son las recepciones de que acabo de hablar, pudiendo asegurar que desde Enero y Febrero que comienzan, hasta la Cuaresma, hay por lo ménos una cada noche. La concurrencia se disuelve á las doce.

"Las señoras por su parte tienen sus recepciones de dia. Comienzan á la una y concluyen á las cinco de la tarde. En ellas suele aparecer uno que otro caballero como mosca desvelada.

"Durante la semana, las señoras, segun las clases oficiales de sus maridos, dan esas recepciones diurnas, poco más ó ménos en el órden siguiente: el lúnes, las señoras de los Jefes del Ejército y la Marina; el mártes, las señoras de los individuos del Congreso; el miércoles, las señoras de los Secretarios del despacho, y así sucesivamente, siempre con excepcion de los domingos, en que ya se sabe que todo el mundo se aisla y se encierra en su casa.

"La del Presidente recibe señoras los sábados, de dos á cuatro de la tarde. El Presidente asiste á esa recepcion cuando sus ocupaciones se lo permiten.

"Durante la estacion del movimiento en Washington, el Presidente da tres ó cuatro convites de ceremonia, generalmente en el órden que sigue:

"1. Ministros del Gabinete y señoras.

"2. Cuerpo diplomático, sin comprender generalmente más que á los Jefes de Legacion.

"3. Los Presidentes de las Cámaras y algun otro diputado notable, pues en la mesa no caben mas que treinta y cuatro personas, y esto limita el número de convidados.

"La gran recepcion del Presidente es el dia de Año Nuevo.

"Comienza á las once y termina á las tres de la tarde.

"Esta recepcion se hace con la mayor formalidad. Se publica programa, se marcan las puertas para la entrada y salida de los coches, y numerosos policías cuidan de que se guarde la mayor compostura.

"El cuerpo diplomático se presenta en la recepcion, que es propiamente la felicitacion de Año Nuevo, de grande uniforme; el Presidente y los Ministros, de frac negro, como es la etiqueta, aun cuando el Ministro de Guerra haya sido ó sea militar: caeria en ridículo una incrustacion de sombrero al tres y de espadin, en aquel gabinete.

"Los Ministros mexicanos asisten á estas ceremonias, de veinte años á la fecha, de frac negro, sin singularizarse por nada.

"El gentío inmenso llega en interminable fila á dar la mano al Presidente; los Ministros extranjeros presencian los saludos á la espalda del Presidente, y la concurrencia es tanta, que se rinde el Presidente de dar la mano, y alguna vez han tenido que sostenerle el brazo.

"Un dependiente de palacio anuncia á las personas notables que saludan al Presidente.

"Es costumbre robustecida en los últimos años, que se feliciten las personas que tienen relacion, y cumpliendo con esa etiqueta, se da ménos importancia y aun se disimulan las visitas y el envío de tarjetas los dias de natalicios, pascuas, etc., etc.

"La fiesta de Noche Buena es, como entre nosotros, la fiesta del hogar; se verifican reuniones íntimas y de familia, siendo para ellos tan sacramental el guajolote (Torkey), como entre nosotros la ensalada de Noche Buena.

"Al cerrarse las sesiones se redoblan las visitas, pero con ménos ceremonia, y gran parte de la poblacion emigra á Nueva-York, donde hacen parada, unos para dirigirse á Long Branch, New-Port, Saratoga, Cap May, etc., y los que tienen grandes fortunas, emprenden viaje á Europa, donde gozan más y gastan ménos, porque la vida de los baños es en extremo costosa...."

Sin sentirlo, con la lectura de las cartas y sus comentarios, pasamos gran parte del camino, haciendo parada en un punto en que se vendian sandías y melones hermosísimos, y en que un hombre en una especie de cepillo de carpintero, inverso, convertia en polvo la nieve para mezclarlo á las frutas, á el agua y al vino.

La tierra estaba perfectamente cultivada, sin que dejase de tener cada campo su cerca de palo, notándose la opulencia agrícola de aquellas fértiles comarcas de la Virginia.

Pasamos por Richmond, capital de la Virginia, poblacion que renace de entre sus cenizas y sus ruinas, despues de los estragos que le causó la última contienda. Cuenta sesenta mil habitantes.

Richmond, situada á la orilla del rio James, está en el centro de una red de comunicaciones por agua y por vías férreas, con todos los Estados del Sur y los más importantes de la Union.

La agricultura y la industria manufacturera parecen haber establecido competencia para enriquecer á la capital privilegiada.

Exporta tabacos, granos y harina para Europa, y recibe esencialmente de la América del Sur, maderas, azúcares, melaza, cueros, guano, etc.

Valúanse sus productos manufactureros en veinte millones de pesos, y la sola industria de tabaco rinde siete millones.

La ciudad está situada como en fajas de colinas superpuestas, en cuyas alturas, conservándose los accidentes todos del terreno, se han construido las habitaciones entre arboledas y jardines, produciendo una vista deliciosa.

Al pié de la faja de habitaciones corren wagones y carruajes, y descendiéndose, está la parte comercial, en la que se ven edificios soberbios que, como el Capitolio, tienen renombre universal.

Como se sabe, el desenlace de la tremenda guerra del Sur se verificó en Pettersburg y en Richmond mismo; las tropas separatistas, ántes de abandonar la ciudad, la incendiaron, y la costosa victoria del General Grant se proclamó entre ruinas humeantes, el espanto y la desolacion.

Hablóse del Capitolio y del Parque que lo circunda. Se hizo mencion de una estatua de mármol que está en uno de los salones del gran monumento, obra del escultor Houdon, calificándola de obra de mérito.

Refiriéronse varias curiosidades que se encuentran en el Capitolio, como una estufa de los tiempos coloniales, que estuvo en la Casa Municipal al servicio de William Burg, y un busto de Lafayette.

Tambien no faltó viajero que hiciese la descripcion de la estatua ecuestre de Washington, que está frente al Capitolio, rodeada de varias estatuas de bronce de Jefferson, Nelson, Andrieu, Levis y otros héroes. Los americanos tienen en mucho la estatua de que hablamos, y autores hay que digan que el monumento es de los mejores del mundo.

Tres estatuas, una de Clay, otra de Foley y la otra de Jackson, completan la decoracion de la gran plaza del Capitolio.

Entre los templos, que hay muchos, y algunos suntuosos, se cuenta el Sant Pauls, donde Jefferson Davis recibió la noticia de que Lee estaba á punto de abandonar Pettersburg.

Aunque hay en Richmond muchos cementerios, el principal es Houngwod, que es un sitio de especial belleza, adornado de árboles venerables, prados y flores. En ese cementerio se guardan los restos del Presidente Monroe, del General Stuart, comandante de la caballería de Lee, y existen los sepulcros de cien confederados, entre los que descuella un soberbio monumento.

Nuestro paso por Richmond, puede decirse que fué á vuelo de pájaro; parece que á todos nos absorbian los recuerdos de la sangrienta contienda de los tiempos modernos, que eclipsó, por sus proporciones titánicas, cuanto habian cantado los poetas y perpetuado los historiadores en el antiguo continente.

Catanogua, por donde tambien atravesamos, debe su celebridad á la última guerra. Cuando quise fijarme en ella, habia pasado el tren como relámpago.

El tren que nos conducia nos hacia recordar con amargura las comodidades de los pasados alojamientos ambulantes; y de la concurrencia ni se diga, porque me hartó de feo hasta la punta de los cabellos.

En lo más hondo de la noche escribia yo en mi cartera:

"La luna está suspendida, opaca y triste, en la cima de la montaña oscura que sobresale en una hilera de eminencias silenciosas y lúgubres; detrás de ese muro, como que asomaban pasajeros relámpagos de miradas terribles, que parecian de furias acechando nuestro tránsito.

"Nuestro tren se dirigia al ocaso con su galopar de acero, tendiendo un manto de humo espeso bordado de chispas refulgentes, que como que formaban enjambres y se desbarataban en líneas fantásticas.

"Al Sur se tendia vaporosa y apacible una línea luminosa, que dilataba al infinito el horizonte dulce y melancólico sembrado de luceros....

"Ver á los cielos, hacer salir al alma en nuestra mirada, para recorrer el infinito, ¡oh, cuán bello es! como que flota el espíritu, como que halla en ese vago remedo de lo eterno, el testimonio de su inmortalidad sublime!"

Fuera de estos consuelos realmente poéticos, la noche fué infernal; sentia magullado y altamente comprometido el forro de mis cuadriles, con las sacudidas del carruaje, en aquel asiento de cantería.

Desvelado, hambriento, molesto, sahumado con la atmósfera que la negrería formaba en nuestro derredor, apénas salió la luz como ruborizada de alumbrar tanta fealdad, cuando yo, como quien empuña la espada del ángel exterminador, empuñé mi lápiz, y deseando que las letras se hubieran convertido en alacranes para picar á mis accidentales compañeros de viaje, escribí el siguiente bilioso romance:

PESADILLA DE DESPIERTO.
(ROMANCE.)

Por uno de los castigos

Que bien merezco por asno;

Por no saber esta lengua

Que quiero aprender á tragos,

Me introduje en un tugurio

Con ruedas, y no en el carro

Que me toca de derecho,

Porque al cabo el trato es trato.

Me embutí; pero es más cierto

Que en peso me trasladaron,

Porque todo el que no espica,

Es poco ménos que trasto.

Era un calabozo errante,

Una troj de guzarapos;

Eran visiones febriles

Que á reproducir no alcanzo:

Cabellos de llamarada,

Narices como de rábanos,

Unos bueyes con levita,

Cojos, tuertos, corcovados;

Donde no se ven pellejos,

Es por que danzan harapos:

¡Qué sombreros, santo cielo!

Son cataplasmas, redaños,

Hojas de col, gesto, pliegue,

Susto, risa, sueño, espanto!

Es la gorra y es la tiara,

El bonete, el sombrero ancho;

Donde no hay un agujero,

Es porque falta un pedazo;

Y la levita, y las botas,

Y el anónimo calzado,

Tina, fuelle, cañon, tubo,

Bolsa, funda, paca, fardo....

Y para que llegue al summum

Este diabólico cuadro,

Hervian negros y negras;

Ellas con gorros y ramos,

Ellos, como dos almohadas

De zangalete por labios,

Como forrando por fuera

A otro hombre de por debajo.

Yo no ví jamás conjunto

Tan fiero y patibulario,

Ni con carbon hecho en muro,

Ni de madera en grabados;

Y en esto de las posturas,

Sed liberanos á malo.

Uno saca las dos piernas

Por un postigo con garbo,

Miéntras deja en vacaciones

Sus faluchos de calzado;

Otro se muda camisa

Cual si fuese á entrar al baño,

Y el otro, de no sé dónde,

Desentierra luengo saco,

Y se improvisa un banquete

Sans façon, y andando, andando,

Lonjas de jamon (de piedra),

Trozos de pavo (de palo),

Queques que quiebran los dientes,

Y de cebolla pedazos,

Y por plus café, un ladrillo

De pestilente tabaco;

Y así, con otro belitre

De aire crudo y de hablar raro,

Hablan de Tilden y de Hayes,

Porque ambos están pensando,

El uno en una vía férrea

Por el centro del Océano,

El otro en cierto menjurje

Que tiene ya patentado,

Que en cuanto lo come un perro

Va resultando marrano;

Y todo esto entre las nubes

De humo espeso del tabaco,

Entre los negros y negras

Que se hacen mil agasajos,

Plagiando, segun infiero,

Las caricias de los diablos.....

Pues bien, de todo este embrollo

Y de todo este ganado,

Van á resultar familias

Felices.... que esos milagros,

En esta tierra realizan

La Libertad y el Trabajo.

Fidel.

¿Quién lo creerá? Me ha puesto de excelente humor la intempestiva presencia de unos girasoles, unas violetas y otras flores de mi antiguo conocimiento, cortejando y engalanando hermosísimas milpas. ¿Cómo andamos ahí, caballeros girasoles? ¿han tenido vdes. noticias de nuestra tierra? Supongo que vdes. están aquí de paso.... ¿y vdes., señoras mazorcas, qué tienen que hacer tan distantes

De la tierra del atole

De la tortilla y del tamal?

¿Por qué vienen á estas tierras

De trinquis fortis y tobac?

En efecto, las sementeras, las aguas cristalinas corriendo entre los surcos de las milpas, el aire tibio y sensual, las hermosas lomas y los blancos caseríos, me hacian la ilusion de que un pedazo del cielo de mi patria me cobijaba.

Los pocos de cara despercudida que nos encontrábamos en el incómodo tren, fraternizamos en un decir "Jesus," y en español, en inglés, en frances y en italiano, soltamos la sinhueso, entendiéndonos á medias y sacando una que otra hebra de buena inteligencia entre aquellas marañas de palabras.

Por supuesto, el tema favorito de la conversacion fueron las rarezas de los yankees; tema rutinero, es cierto, pero que se desea explotar para formar repertorios de novedades; y así como hay viajeros que yendo á España ansían por encontrar quien los salude en són de bolero y al repique de las castañuelas, y viajeros que yendo á México se desencantan de no hallarnos con el carcax al hombro y el arco en la mano, así queremos á fuerza que el yankee sea todo extravagancias, y cuando nos lo encontramos hombre como todos, nos pelamos las barbas de coraje.

Cierto es que el wagg ó gracioso, lo propio que el original ó excéntrico, tienen su boga y su prestigio; pero es cierto tambien que muchos payasean el papel y son impertinentes y groseros.

Yo contaba, refiriéndome á algunas singularidades que habia visto, que en mi primer viaje á Orleans, navegaba en el magnífico vapor "John Steefens," en que hacian su travesía multitud de viajeros, algunos de ellos de regreso de California, donde habian improvisado sus fortunas.

Entre esos viajeros habia uno grueso, cargado de espaldas, y de pelo rubio y entrecano, fumaba sin cesar, y donde quiera se abria de piernas, se tendia en banca ó silla, deteniéndose, mejor dicho, colgándose de la nuca con desvergonzado abandono.

No sé con qué motivo, álguien le preguntó de dónde venia y adónde se dirigia, con ese desplante que tienen para hacer preguntas los yankees mal educados.

—Vengo de California, donde fuí por un dinerito; voy á Durango á ver una muchacha que quiero mucho, y me caso con ella.....

No atino por qué, respuesta tan sencilla despertó la curiosidad, y á poco se le presentó otro viajero y le dijo:

—¿Vd. va á Durango?

—Sí, señor, vengo de California, donde fuí á recoger un dinero, y voy á Durango á ver una muchacha que quiero mucho, y me caso con ella....

No habia concluido su relacion el viajero, cuando llegó otro curioso y le interpeló:

—¿Va vd. á casarse á Durango?

—Sí, señor, contestó el yankee, vengo de California, donde fuí á recoger un dinerito, y voy....

Aquí llegó otro personaje.

—¿Vd. es el que viene de California?

Entónces el interrogado viajero les dijo:

—Esperen vdes. un momento.

Entró en su cuarto y volvió despues de un rato con un cuarto de papel blanco pegado en el sombrero. El papel decia: "Vengo de California, donde fuí á recoger un dinerito, etc., etc."

Fija su noticia en su sombrero como en un poste; se puso á leer su periódico, dejando que yentes y vinientes se fijaran en lo que decia el papel de su sombrero, sin dársele un ardite de lo que dijeran los lectores celebrando la ocurrencia.

—Pues ahora, dijo otro compañero de viaje, contaré á vdes. un rasgo de un yankee expedito, que merece figurar en esa coleccion.

Me encontraba en una barbería del Kentuky, cuando llenando la pieza, hundiendo el suelo y haciendo gemir el asiento que ocupó, se me puso al frente un personaje que era un cetáceo de carne humana, con un envoltorio estupendo bajo el brazo, envuelto en esas sábanas impresas que son sus periódicos.

El hombre del Kentuky depositó su carga en el suelo y pidió que le desmontasen cabello y barba.

Cumplió el barbero con su deber, dándole una tunda tremenda con navajas, cepillos, escarmenadores y uñas rajantes como las del tigre.....

Concluida la operacion quirúrgica del aseo, se inclinó el atleta sobre un lavabo, y con un jabon arenisco como de piedra pómez, se dió una raspada, que equivalió para mí á la sensualidad de desollarse vivo.

Despues se introdujo como furtivamente tras la armazon de la barbería.

La facha del hombre aquel me pareció repugnante; pero su desbarajuste, sus harapos, su mugre, sus botas despedazadas, lo hacian insoportable.... Sin embargo, seguia sus movimientos con curiosidad.

De repente, de por el lugar donde el rinoceronte aquel habia desaparecido, salió un caballero perfectamente vestido, airoso, de fieltro flamante, de calzado lustroso.... me pareció un banquero.... Era el mismo personaje del Kentuky, que habia hecho su trasformacion de pié y como quien se baña, dejando su equipo, ó como quien dice, su piel antigua, para que la tiraran á la basura......

Reímos del desenfado del de Kentuky, y un españolito de la primera tijera con el pelo de la dehesa, nos dijo:

—Pues á mí, fresquecito me acaba de acontecer un percance que me dijeron que era de un chistoso, y que me tostó la sangre.

Era un dia de Norte; la gente tiritaba, yo no tenia maldito el frio.... y por otra parte, estaba desprevenido contra aquel malhumor del cielo.

Así es que no fué obstáculo para que saliese á la calle, mi pantalon de lienzo y todo mi equipo de verano.

El lance fué en Orleans, y el teatro representa una casa en que se venden ostras, frente á la Levé.

Me azotaba la cara el cierzo: para refocilarme, resolví echar un buen trago sobre una docena de ostiones. Dirigíme á la casa susodicha; tras de la puerta estaba un viejecillo en cuatro dobleces, con más envolturas que regalo de novia.

Pedí en el mostrador las ostras y el Jerez, sin cuidarme del avechucho aquel de detrás de la puerta; pero éste me llamó, y despues de dar dos ó tres fumadas á su pipa, me dijo con voz agridulce llena de malicia:

—Ese pantalona está perdido por hoy....

Un tanto molesto, pero no queriendo ser descortés, le repliqué:

—Es cierto; pero salí con precipitacion....

Me volví al mostrador, tomé un plato y dije al viejo:

—¿Vd. gusta?

—Gracias, gracias.... aunque diré á vd. que ese pantalona está perdido por hoy....

—Pues vea vd., á mí no me importa.

—Justamente.... dijo el viejo.

Tomé mis ostras, bebí mi trago.

El viejo se puso en pié y me dijo:

—Siempre me permito, señor, decir á vd. que ese pantalona está perdido por hoy....

—Pues yo usaré el pantalon que se me dé la gana, está vd., y á vd. no le va ni le viene meterse en mis negocios; y si no fuera vd. viejo, le corregiria por imprudente.

—Tal vez lo mereceria.... añadió el moscon aquel; pero diré á vd. en mi conciencia, que ese pantalona está perdido por hoy....

Yo estaba al saltarle al cuello al viejo ridículo.... los dependientes de la casa reian... uno de ellos me dijo "que aquel era un caballero excelente; que usaba aquellas bromitas precisamente con las personas que le simpatizaban; que era un excéntrico...." En efecto, me brindó con una copa, y me encontré con el hombre más amable, y á quien quise mucho.... pero me dió un tabardillo.

Los dichos agudos que se citan de los americanos, tienen un carácter peculiar.

—No irriten vdes. á la Francia, decia un compatriota de Víctor Hugo, porque cada frances vale por tres yankees.

—Bien, bien, decia con flema el hijo de Guillermo Pen, ya les pondremos cuatro yankees.

—¿Por qué usan muchos de vdes. una sola espuela cuando montan á caballo?

—Porque el otro medio caballo nunca se queda atrás, respondió el yankee.

—Pondré á la vista de vdes., interrumpí yo, el retrato de un yankee de mi particular estimacion. Es uno de mis conocimientos más cariñosos de Nueva-York:

UN YANKEE.

Tengo un amigo: no entiende

Palabra de castellano,

Y cuando me da la mano

Parece que no comprende.

——

Yo nada pesco de inglés;

Pero si al paso le encuentro,

Hállome como en mi centro

Y á todo le digo: yes.

——

En frecuente ir y venir,

Con él placentero vago,

Y es mi encuentro un solo trago

De espumoso Laguebir.

——

Ayer, despues de una espera,

Lo percibí, y muy formal

Se montó en el barandal

Y así bajó la escalera,

——

Dizque por verme de prisa

Porque iba en el quinto piso:

Yo le contemplé indeciso

Entre el espanto y la risa.

——

Cruzábamos como hormigas

De gente entre un peloton:

El me alzó.... y á un carreton

Me colocó entre unas vigas.

——

Iba, lo juro, en un ¡ay!

El, satisfecho y contento,

Miraba mi aturdimiento

Y exclamaba alegre: ¡juay!

——

Parece el yankee hombre fino,

Cadena y anillos de oro,

En sus modales decoro,

No procaz, no libertino.

——

Fuimos, tomamos cerveza;

Pero ¡oh desgracia y oh chasco!

El cielo soltó un chubasco

De chupete, de grandeza.

——

Era nuestra calle un rio;

El sacó tres ocasiones

El reloj, de ocupaciones

Indicio: tambien vió el mio.

——

Me hizo seña de salir,

Me atranqué.... me dió la mano,

Y muy fresco y muy ufano

Se alistó solo á partir.

——

Y sin el menor recelo,

De levita, bien plantado,

Se quitó media y calzado,

Quedó con el pié en el suelo.

——

Mirarlo me calosfrió,

El me contempló riendo,

Alegre al partir diciendo:

No difference.... y corrió.

En estas pláticas llegamos á Menphis, capital del Mississippí, donde descansamos hasta las cinco y media de la tarde.

La estacion es un jacalon á la rústica; tiene adherido, como un lobanillo, un cuartito con las pretensiones de restaurant, y obsequia al viajero á su entrada, un tendajo con su aparador con botes de conservas y pikles, licores, queques y carnes frias.

Calles en iniciativa por aquí, tablazones por allá, grandes edificios con cristales, aceras intermitentes, duda sobre si se trata de una poblacion que espicha entre tablones y escombros, ó una sociedad que nace de entre el lodo y la yerba. Por supuesto que negrea de habitantes la poblacion.

A la salida del tren admiramos campos hermosos, horizontes risueños, fincas rústicas y ganados.

Menphis toma creces momento á momento: el tráfico, que alimentan Galveston y Texas, lo desarrolla poderosa la comunicacion con el Palestine Longvieu Troup; y colonias, en que palpita enérgico el trabajo y se desarrolla el comercio, hacen que Menphis proceda como á saltos y por improvisaciones, á su engrandecimiento.

Sobre todo, la nueva y poderosa empresa del ferrocarril del Pacífico (Souten Pacifique), llevará al Oeste las comunicaciones, en tres dias ménos que el actual ferrocarril que hemos recorrido.

Las nieves no paralizarán la nueva vía, produciendo grandes ahorros y haciendo regular el tráfico; los intereses agrícolas cobrarán creces invencibles, y los Estados del Norte sufrirán una crísis de incalculables consecuencias. Triunfará entónces la libertad mercantil, tomará otras fases el contrabando.... y nosotros.... nosotros.... arrogantes con el proteccionismo, compraremos unas chalupas para poner murallas á nuestros mares, y salvar los intereses de nuestras industrias protegidas por el Gobierno.

Apénas saliamos de Menphis, cuando como que nos salió al paso de entre las chozas y las milpas, el Mississippí, con toda su magnificencia.

Como corcel impetuoso que sorprendido por la presencia del torrente, echa hácia atrás el cuerpo, estriba en las tirantes patas, resopla asustado y queda trémulo sin avanzar.... así, como dotado de instinto y de vida, quedó el tren.... La vía férrea se abrió y desarticuló en secciones.... un buque que se hallaba á la orilla, se acercó como gente á tender su mano.... y pasar en sus hombros el tren.

El buque tenia sus rieles, que ajustaron perfectamente, por una série de operaciones rapidísimas, á la vía de tierra: la locomotora enmudeció, despues de rezongar con extrañeza, á la vista de aquel embarque extraordinario.... Estábamos embarcados con todo y wagones, y navegamos cortando de lo lindo las aguas del rio....

El jefe de aquellas maniobras, aunque lleno de tizne, con sus manos callosas y su mandil, parecia un hombre educado, conocia el español y lo designaban como ingeniero y mecánico muy hábil....

No sé cómo tuvo conocimiento de mi insignificante persona, de mis coplas y de mi admiracion á Mr. Bryant. Yo habia seguido con admiracion sus movimientos, por su destreza y atrevimiento. ¿Quién habia de creer que aquel jóven era un literato con pasion por los autógrafos, como otros muchos? Cuando estábamos del otro lado del rio, y yo materialmente absorto de la temeridad de nuestra travesía, se acercó el jóven por uno de los postigos del coche y me dijo, sin más cincunloquios:

—¿Vd. quiere ponerme en esta cartera su firma, Sr. Prieto, mexicano....?

—Con mucho gusto, respondí.... y no solo mi firma, sino una cuartetilla que se me escurrió, sin sentirlo, de la punta del lápiz.

Me dijo no sé qué cumplimientos con tan tierna expresion, que yo le pedí escribiese en mi (carnet), librito de apuntaciones, su nombre, y él, con unas letrotas como nueces, puso:

Julio 30 de 1878.

Querido de Prieto.

H. B. Nutt.

En Litl Roch, conjuncion de los caminos del Norte y el Oeste, cambiamos carruaje para continuar á San Antonio.

El nuevo wagon contenia viajeros de todas partes del mundo, que iban en calidad de colonos á Texas.

Era como el resíduo, como los harapos humanos de todo el globo; eran los Cuasimodos de todas las naciones, como regados sobre el fondo negro de la raza africana.

La marcha del tren era lenta, el camino fangoso, la luz del interior del wagon amarilla y enferma, la atmósfera espesa y pestilente.

Para que no nos faltara ningun disgusto que sufrir, como ataques de estornudos intempestivos, como invasiones nerviosas, yo no sé con qué motivo acometieron accesos de risa y alegría, á negros, negras y negritos, circularon de boca á boca botellas, reventando de wiskey, desenvainaron de no sé dónde unas guitarras los hijos de la tiniebla, sonaron los palillos, que repican como castañuelas, y aquello fué fandango.

Francisco, de un salto, se puso fuera del wagon, y se colocó en la plataforma, echando chispas; otros tres viajeros lo seguimos, resueltos á pasar la noche á la intemperie, ántes que estar en aquel infierno.

Entre los viajeros que nos seguian habia un hombre vestido de cuero, bruscos movimientos, aunque se conocia que eran afectados, y callosas manos; pero su fisonomía formaba contraste.

Era un hombre de semblante apiñonado, un tanto pálido y de ojos negros; el cabello descuidado, pero finísimo; la boca con el labio superior algo levantado, y la barba y el cuello de persona de alta distincion: desde que entramos al wagon, Enrique, á quien discretamente llamaremos así, nos colmó de atenciones, hizo que sus criados nos sirviesen y se captó nuestra voluntad.

Preguntéle si era español; me dijo que era mexicano; y en efecto, le era conocida no solo nuestra historia, sino peculiaridades de colegio, que convirtieron casi en íntimas nuestras nacientes relaciones.

Por su parte, para Enrique el nuevo conocimiento se advertia que le era muy grato; pero cuando Francisco y yo hablábamos de nuestras familias, se le veia hondamente afectado, y aun me pareció ver alguna vez que con disimulo enjugaba una furtiva lágrima.

En el grupo que formábamos los cuatro prófugos de la orgía, no daba luz alguna; sospechábamos movimientos y fisonomías, la noche era oscurísima, el carruaje marchaba lentamente; era un paseo en la barca Caron, porque nos deslizábamos como sombras.

Alguno me dijo:

—Aunque sea un cuento, cuéntenos vd., Fidel; ya este es mucho fastidio.

—A tí te toca, Francisco, que eres el que ménos hablas: haz ahora el gasto.

—Enrique, Enrique que es el más jóven, tiene obligacion de entretener á los viejos, dijeron los otros.

—Allá voy, dijo Enrique. Voy á contar á vdes. la historia de Fernando Verjeles, historia que me trajo por estos mundos, como por incidencia, por tabla, como dicen los jugadores de billar de nuestra tierra.

Ya advertirán los lectores que aunque Enrique supuso el nombre de Fernando, él realmente era el héroe de la novelita que voy á referir, aunque sin la naturalidad y la gracia que lo hizo Enrique, y sin el atractivo que le comunicaron las circunstancias particulares en que me encontraba.

Enrique, despues de anunciar su cuento, quedó con la cabeza inclinada. Acaso dudaba hacernos su confidencia; pero, como supe despues, superó en él la idea de vindicarse de la nota de bandido ó de traidor. Tan absorbido estaba en su meditacion, que fué necesario que le dijéramos:

—Estamos esperando el cuento.

Volvió en sí como quien despierta, y habló como sigue:

—Era de por estas tierras Fernando, pobre como Aman y entusiasta y ambicioso de gloria como César ó como Goethe.

Una madre anciana, una camisa sin parentesco con otra alguna, y un firmamento de esperanzas en el cielo de su alma, hé ahí su patrimonio.

En medio de tan escasa fortuna, su alma estaba dotada de la alegría, luz intensa, flor de ricas esencias que perfuma todos los caminos y corona de encantos la frente misma de la adversidad.

No sé qué traza se dió Fernando que resultó en México, como llovido del cielo, con su tierna madre á quien idolatraba, y se estableció en una casuquita interior en la calle de las Gallas, sin otro amparo que el del mismo cielo.

Un banco de cama tartamudo de piés, una mesa de palo blanco con una espina dorsal en el centro, que le quitaba toda utilidad, cinco trastos para guisos y servicio de mesa, una silla desfondada, pero conservando gravedosa su figura, y otra que mantenia al ocupante en cuclillas, hé ahí el ajuar de la casita de Fernando.

No obstante, con el brío y la entereza de que estaba dotado, entróse de capense en Letran, captóse la voluntad de Lacunza, y á poco el Dr. Arrillaga, capellan de Santa Brígida, le abrió de par en par las puertas de su confianza, y caten vdes. á mi capense con seis reales diarios, por escribir sermones y polémicas teológicas.

Doña Pepita, santa y nobilísima mamá de Fernando, tuvo su criada, apareció deslumbrante un espejillo en la desnuda pared de la sala, hasta media docena de sillas de tule iniciaron el ajuar, sintióse en la cocina calor y en la hornilla la alegre algarabía de las frituras.

Fernando trabajaba sin cesar, estudiaba, escribia, pronunciaba discursos y hacia unas coplas tales, que era el Campoamor de todas las costureras de modista, y el Zorrilla de todos los amantes de tres al cuarto y escasa fortuna.

Patio no lo habia en la casa, las piezas se encerraban en dos; no quedaba más campo á la inspiracion que la azotea, y la azotea fué el templo del ingenio y el pedestal de las soñadas glorias de Fernando.

Su hablar recio, sus aspavientos frente al sol poniente, sus apóstrofes apasionados á los horizontes y á las montañas, dieron cierta celebridad al poeta, con recamareras, cocineras, y niñas entregadas á la costura, frente á exíguas ventanillas que les regatean hasta pedazos de cielo.

Capotin destrozado y lleno de chorreones, sombrero independiente de toda línea y conformacion regular, calzado en desavenencia eterna con el pié, corbata buscando una tangente sobre el hombro, escondiendo uno de sus extremos como víbora en la abierta camisa, alborotado sobre la frente el rubio cabello, cubriendo casi los vidrios de sus anteojos, pero alegre, ufano, decidor y atrevido, he ahí á Fernando en sus paseos sobre las alturas, como ave torpe que sube á la cima del árbol, ensaya sus alas y las recoge triste desconfiando de su fuerza.

Paseando la azotea y espiando hácia abajo, ya por aquí, ya por allá.... le llamó la atencion en el centro de una azotehuelita reducida, un jóven vestido con cierta compostura, aunque muy pobremente.

Era levantado sobre la frente su rubio cabello, lleno de carrillos y gruesa papada, boca grande, pero con dentadura blanquísima, y unos ojos que tenian el reflejo del topacio.

Nada le pareció más perfecto que sus manos de alabastro, tan bien hechas y aristocráticas, que parecian haber sido modeladas para las caricias.

Estaba el jóven sentado en una sillita baja, de las que llaman de costura las señoras de nuestra tierra, y tenia en sus rodillas una de esas tablas que hacen una curva en uno de sus lados, de las que se servian en aquella época los sastres infelices para sus cortes y arreglos.

Sobre la tabla habia un lienzo; parecia trazar con una uña de jabon unos pantalones.

A la derecha del incógnito jóven, en otra sillita pequeña, habia abiertos unos libros, y una tira de papel con un lápiz descansando sobre ella.

El jóven trazaba su pantalon, tarareando no recuerdo qué; pero de repente apartaba los toscos lienzos y se entregaba á profundas meditaciones sobre su libro, haciendo apuntaciones.

Yo (digo, Fernando), tras el pretil de la azotea, todo lo veia, y veia, como entrada á la casa, una pequeña pieza que era la cocina, donde no habia percibido gente....

De repente el sastre-literato gritó: "¡Leonor!" y formándole marco la entrada á la cocina, vió Fernando una mujer de rara hermosura, que tal vez por lo inesperada le deslumbró.

Era la jóven delgada, pálida, augusta en su porte y en su inocente majestad.

Bajo su cabello negro se veia su semblante de alabastro, como bajo una nube un horizonte luminoso; sus grandes ojos negros resplandecian coronados por sus largas pestañas, que sombreaban la parte inferior de sus ojos; su nariz, de delicadeza griega, llevaba la vista á sus labios, que se habrian podido cerrar con el pétalo de un clavel, y su barba y su torneado cuello, como que abandonaban la provocacion al encanto, para glorificar aquella hermosura angélica.

Vestia Leonor humildísima muselina azul; pero el trage, tan limpio y bien tallado, que parecia orgulloso de estar al servicio de semejante dueño.

Formaba contraste con el primer aspecto de la hermosura severa, el regocijo, la gracia realmente infantil con que se acercó juguetona al jóven rubio.... tomó de sus manos el proyecto de pantalon, se sentó á su lado y comenzaron su trabajo; la una cosia, el otro estudiaba, y se interrumpian y cantaban en el colmo de la felicidad.

Unas veces suspendia su trabajo la niña, para tomar la leccion al hermano; otras el hermano daba su voto acerca de los pantalones, siempre riendo y como el cuchichear de dos alegres golondrinas.

Fernando estaba endiosado, no queria abandonar aquel espectáculo; el sol recogia en Occidente sus últimos rayos, y en la pared de la azotehuela se dibujaba perfectamente el busto del intruso espectador....

El jóven literato lo advirtió y alzó la cara: vió á Fernando y le dió las buenas tardes, sin abandonar su alegría.

—¿Qué hace vd. por ahí, amigo?

—Este es mi salon de estudio.... un poquito más grande y mejor ventilado que el de vdes. Este es un taller al aire libre, con mejores vistas....

—Pero de muy difícil subida, dijo Leonor.

—Diré á vd., señorita, las subidas son relativas á la altura de las azoteas.

—De todos modos, á mí no me podria acompañar Leonor.... y me hace falta.... ya vd. lo ve.

—En cambio, yo puedo deshacer mis pantalones bajando, con ménos trabajo que los que vdes. hacen, segun veo....

—¿No gusta vd. de pasar? le dijo el jóven á Fernando.

—De muy buena gana lo haria, respondió éste; pero vd. ve que no puedo hacerlo, sin comprometer la integridad de mi territorio.

—¡Eh! ahora, con el cloroformo, nada importa romperse una pierna.

—Vd. lo dice porque teniendo una sola pierna los pantalones, trabajaria ménos Leonor.

—Baje vd., decia ésta; traigo una mesa, sobre la mesa se pone una silla; así se alcanza á la azotea del palomar, y á ella se baja con un salto pequeño.

—Señorita, el salto de Alvarado fué á lo ancho siquiera.... si he de llegar á vd. por el camino de los héroes, avíseme con tiempo.

Hablando, hablando, trajo el letrado la mesa, se colocó la silla, me armé de resolucion, (se armó Fernando de resolucion), y despues de tres maromas, estrechaba la mano de los nuevos amigos.

No sé ni podria recordar todo lo que hablaron; pero todo era oportuno, risueño, caia en gracia, se celebraba con entusiasmo, aunque fueran tema de los epígramas los desdenes de la fortuna, que realmente trataba de perros á los tres actores de este drama.

—Pase vd., amigo: ¿cómo se llama vd.?

—Fernando, para servir á vd.

—Pase vd., y le hablará á mamá.

Atravesaron la cocinita y dos piececitas que servian de toda clase de departamentos de una habitacion, y en una de esas piezas estaba una viejecita limpia, afable y de dulcísima voz, que me felicitó (á Fernando), por el conocimiento que habia hecho con sus hijos.

Entónces fué el relato de las historias: ya vdes. saben la de Fernando; la de Miguel y Leonor era muy sencilla. Hijos de un opulento negociante, dejó parte de su fortuna para obras piadosas; los abogados de los conventos á quienes habia hecho el negociante legados, emprendieron pleito para quedarse cada quien con la mayor parte del caudal. En esto se destruyó la fortuna: la familia vivia á expensas de un bienhechor generoso y desinteresado, hermano de la mamá de los jóvenes, y éstos, estudiando el uno para abogado, y los dos cosiendo municion, atendian á las necesidades de la casa.

El trabajo, la virtud y la conformidad con la mala suerte, hacian la riqueza de aquella familia venerable y encantadora....

Miguel, que hemos dicho era el nombre del futuro abogado, quiso á Fernando con pasion desde que lo vió.

—Merienda vd. con nosotros, muy pobremente, le dijo.

—No muy pobremente, dijo Leonor; yo prepararé un banquete de manteles largos.

—Me van vdes. á hacer mal: á mí me tiene á dieta rigurosa el Dr. Arrillaga.

—Ya verá vd., yo soy una notabilidad de brasero.

—Yo en ese ramo, he aprendido á soplar; desbarato en cada fagina un aventador.

—Queden vdes. platicando, dijo Leonor, que yo voy á disponer la merienda.... y desapareció.

A poco de salir Leonor de la pieza, escuchó Fernando desusado tragin en la cocina; entraba y salia la mocita, y se escuchaban esos rumores que acompañan á los guisos y forman un lenguaje que comprende regocijado el estómago.

Poco tiempo duró la espectativa: llamólos la voz musical de Leonor á merendar, y no asistió á la mesa la señora por sus enfermedades.

La mesa albeando, la iluminacion a giorno, porque habia dos velas, la sal remolida, unas florecitas en una copa, fungiendo de ramo, todo revelaba mujerío completo, esmero delicado, y Leonor no cabia en sí de contento.

El festin verdadero estaba en las almas, los manjares eran pobrísimos; pero, ¡qué sazon! y cuántas atenciones de los muchachos á Fernando; se acogia cualquiera ocurrencia con placer, se reia y habia sus palmadas, como en estrepitosa francachela.

Lo singular de este cuento es que Fernando, no obstante desmorecerse por las hijas de Eva, y no obstante que Leonor era un verdadero prodigio de hermosura, no le dirigió palabra ni mirada que pudiera tener interpretacion amorosa; era una franca é inocente simpatía, una explosion de afectos puros, alegres, incontenibles; eran las auras de la juventud, abriendo las almas y embalsamando los aires.

Miguel penetraba en el espíritu de Fernando, y se enorgullecia de aquella relacion.

Modas, bailes, anécdotas risueñas, versos sentidos, cayeron como lluvia de perlas en el festin, y al despedirse los muchachos, Fernando ofreció su habitacion en la misma casa, con la más exquisita finura.

Al salir Fernando deslumbrado del convite, se felicitó de no haber hecho una de las suyas; esto es, de no haber insinuado afecto alguno á Leonor, que tanto respeto merecia.

Cumplia como caballero Fernando, puesto que estaba formalmente comprometido para casarse con Julia, su primer amor, la señora de su alma, el ángel inspirador de los primeros cantos de su lira.

Pero nada de esto obstaba para que Leonor fuese divina.

En estas circunstancias, la señora mamá de Fernando fué atacada de una angina de pecho; enfermedad cruelísima que puso desde su primer anuncio en peligro su existencia, convirtiendo en horrible la situacion de Fernando.

Salia la primera noche en busca del médico, sin saber qué hacer ni tener con qué pagarle, cuando se le unió Miguel, le llevó con un médico amigo, y volvieron con él á la casa.

Leonor, entre tanto, habia provisto á las necesidades de la casa; la señora mamá de Fernando estaba en su lecho, la vela encendida y todo á punto de emprenderse la curacion.

Calificóse el caso de gravísimo, se aplicaron á la enferma sinapismos, se recurrió al éter, se recetó cáustico, y todo apareció allí como por encanto.

Fernando tenia que concurrir á su colegio, no podia abandonar al padre, que era su recurso único de subsistencia, las noches las pasaba á la cabecera de la enferma, ó tirado á sus piés como un lebrel, atado con una faja á su brazo, para que le llamase su madre cuando sintiese el acceso del horrible mal que la privaba del sentido, y que cuando pasaba, dejaba trastornada su razon.

Iba Fernando á sus quehaceres dejando al arbitrio de una criadita de doce á trece años, la preciosa vida de su madre.

Cuando volvia Fernando á la casa, la hallaba perfectamente aseada; Leonor habia guisado, barrido, curado á la enferma, consolándola de sus penas, siendo el ángel bueno, el aroma y la luz de aquella mansion de dolor y miseria....

Y miéntras tanta diligencia y cuidado tenia Leonor, evitaba ver á Fernando, espiaba sus pasos, se valía de subterfugios para que no le humillasen sus favores, y tenia delicadezas de las que revelan una alma sublime y generosa.

Miéntras estas atenciones se hacian más sensibles, más respetuoso era Fernando con su bienhechora, á quien profesaba apasionada gratitud.

Miguel se recibió de abogado, y á poco de recibido, obtuvo un destino en Mazatlan, dejándome (dejando á Fernando), al cuidado de la casa, aunque, como se ha dicho, era su sostén un tio de la señora mamá de Miguel. Fernando varió de habitacion y de fortuna no sé por qué accidentes.

Una noche, á deshora, pasando frente á la Profesa, atravesaron dos señoras junto á Fernando, con rara precipitacion: una de ellas, anciana, iba sofocándose: siguiólas Fernando, y aquellas voces sonaban anegadas en llanto....

—¡Leonor! gritó mi amigo al reconocer á la jóven: ¿dónde van vdes.?

—Mi tio acaba de morir, contestó Leonor, vamos á su casa, calle de Capuchinas. ¡Dios nos ha traido á vd.!

Siguieron su camino en silencio; la señora iba sollozando.... entraron en una gran casa.... Fernando suplicó al portero que avisase á la señora su madre que no le esperase.

La sala á que penetraron estaba desierta; en el centro habia un lecho, entre cuatro robustos hachones de cera. En el lecho estaba el cadáver, con su hábito de San Francisco, sus manos cruzadas sobre el pecho.... y su silencio horrible sobre las rígidas facciones.

La señora madre de Leonor oraba de rodillas á corta distancia del cadáver.

Fernando y Leonor se colocaron, buscando fresco, en el balcon. La niña infeliz lloraba sin consuelo.... Fernando guardaba profundo silencio.

En la acera de la habitacion en que pasaba esta escena, caia la sombra, y se reflejaba la intensa luz de los cirios en la pared de enfrente; sobre las azoteas que se veian desde el balcon brillaba la luna, y al Sur culebreaban fugaces relámpagos sobre las montañas.

La situacion no se podia prolongar.... comenzó Fernando por excitar á Leonor á que cuidase de su mamá, á que ella, tan tierna y generosa, la consolase, y elevase su espíritu á la consideracion de que era el amparo de su familia.

Leonor casi no escuchaba, y entónces Fernando, por distraerla, le llamó la atencion sobre los encantos de la noche, la apacible claridad de la luna y la tranquila majestad del firmamento....

La luz de los cirios heria el perfil perfecto de Leonor; en sus ojos húmedos morian los destellos de la llama, cortejo de la muerte; el busto de la hermosa tenia esa animacion épica, sombría, de los retratos de Rembrat, presentando la lucha de la tiniebla y la luz sobre la fisonomía humana.

Fernando, arrebatado por la aparicion, sin premeditacion, frívolo, entusiasta, haciendo, sin quererlo, pueril alarde de su facundia arrebatadora, habló sentido, ardiente, enamorado, envolviendo en las ráfagas de su palabra á la niña inocente que se dejaba arrebatar, enloquecida de aquel torbellino de pasion intempestiva.... Dejábase arrebatar voluptuosa como la ola, sensual como el ave que se mece en las auras embriagadoras; se inclinaba, como la flor, á la lluvia que la refrigera y embellece....

Y habló de tal modo Fernando, que la niña le interrumpió diciéndole:

—Sí, vd. me ama, me ama, y si no, yo moriria: era capaz de haber hecho yo esta misma revelacion; pero vea vd. lo que dice, por Dios, vealo vd., porque un desengaño me mataria....

Y él, mal caballero y pérfido, creyendo acto tan solemne un galanteo, con el alma entregada á otro amor, con el corazon envenenado por el engaño, creyendo que con las sombras se disiparia aquel juego sin consecuencia.... seguia dejando escapar de su corazon notas vibrantes de falaz ternura...... y complaciéndose en ver perdida en el éxtasis de la fascinacion, á la niña, á la vírgen, al ángel bienhechor de su madre....

La voz de Leonor estaba convulsa y la entrecortaban los sollozos.... no se veia su fisonomía, Fernando la adivinaba, expresando la agonía y la locura....

Algun rumor que escucharon, los hizo volver el rostro.... La santa madre de Leonor seguia orando cerca del cadáver....


Pasó aquella noche como un sueño; ella envolvió aquellos juramentos y aquellas promesas.

Fernando evitó todo encuentro con Leonor.... murió su buena madre, ella se refugió con unas parientas infelices.

La fortuna de mi amigo habia cambiado; se enlazó á su prometida: gloria, distinciones, riquezas y honores le cercaron.... Solia á veces sombrear su frente un recuerdo.... lo separaba con aturdimiento y disculpaba su conducta con las locuras de la juventud....

Solian humedecerse sus ojos por un vago dolor, por una sombra errante que pasaba gemidora en su memoria.... pero se decia, usando el lenguaje del mundo: "Ella amará á otro.... ya no se usan las Eloisas: estamos en un siglo positivo."

Un dia entraba en palacio mi amigo con varios compañeros; un muchacho desbarajustado, haciendo caballo en un carrizo, le preguntó:

—¿Vd. es D. Fernando?

Hizo señas de que él era, y le entregaron un papel....

Calle de **** 2º núm. 4.

Ahora mismo.

Leonor.

¿Quién lo creerá? aquello fué para Fernando como el prólogo de una aventura de libertino. No vaciló; dejó á los compañeros y partió tras el muchacho; iba en el camino ensayando vil, actitudes cómicas, palabras de disculpa.... farsas de sentimentalismo....

Aseguro á vdes., por mi honor, que Fernando no era un malvado; pero, ó no tenia conciencia del mal que hacia, ó se le figuraba que era pasar por desairado y por imbécil, dejar sin galantear á una hermosa. Acaso pensó en que la jóven Leonor, con su actitud doliente y con sus lágrimas, con la pintura de su desesperacion y su abandono, tambien le representaba una comedia. ¡Nos da tantos tintes de experimentado y de diestro, decir que todo es artificio en las mujeres! ¡Nos acredita tanto decir que en ellas todo es fingimiento! ¡Es de tan mal tono presentarse como crédulo! Poseido de estas ideas, cuando el remordimiento atravesaba su espíritu, lo desechaba, y la entrevista misma se le presentaba con el atractivo de una novelesca aventura.

Entró risueño, feliz, en la casa.... era una humilde casa de vecindad, trascendia á incienso.... estaba regada de trebol y flores la escalera; subió precipitado, preguntó por Leonor.... Estaba en el quicio de una vivienda.... al frente de la puerta habia un altar, entre cortinas blancas como nieve salpicadas de rosas; la cera aún ardia: se acababa de servir el pan eucarístico.

Volvió el rostro: en un lecho purísimo de armiño, descansaba Leonor.... sus ojos le atraian con infinita ternura.

Fernando se acercó aterrado, estupefacto, yerto....

La niña retiró á la gente: quedóse sola con Fernando, y le dijo:

—Con mi alma lo amé.... con toda mi alma, y quiero dejar aquí mi secreto, porque turbaria mi felicidad en el cielo.... Creí.... y era nesesario morir.... una vida por un momento de dicha....

Pero vd. es jóven, vd. tiene música en su palabra y embriaga aun mintiendo.... ¿qué uso es ese de la voz de Dios y del talento? ¿qué placer se puede hallar en el envenenamiento de una alma que el delito que tiene es amarnos? ¿cómo pasa por frívolo ese juego que nos acarrea la prostitucion del espíritu, ó la muerte?

Sea vd. bueno, no haga de su elocuencia instrumentos de tortura; yo le perdono á vd., porque le he amado; le perdono, y me muero, queriendo que me hable para morir tranquila.... ¡Adios!.... y mi muerte sea una leccion contra el libertinaje de la palabra, que casi es una recomendacion en el mundo....

VIAJE DE FIDEL
LIT. H. IRIARTE, MEXICO
Templo Católico Mexicano.
S. ANTONIO.

Leonor quiso seguir.... sus manos errantes buscaban en vano la vida que se le escapaba; sus labios, en sus últimas contracciones, como que besaban el nombre de mi amigo.

Dejando familia, abandonando cuanto poseia, Fernando vino á sepultarse en estos desiertos, y yo le acompañé....


Enrique quedó inmóvil y silencioso: mucho tiempo despues de haber concluido su narracion, le oimos sollozar....

Habiamos pasado Palestine y la Troupe.

La aurora apuntaba en el horizonte: estábamos en el Estado de Texas.