GUSTAVO AIMARD

TRADUCCIÓN DE

LUIS CALVO

2.a EDICIÓN
TOMO II
BARCELONA
TIPOLITOGRAFÍA DE LUIS TASSO
ARCO DEL TEATRO, 21 Y 23
ESTA TRADUCCIÓN ES PROPIEDAD DE
D. Luis TASSO

[I]

COMPLICACIONES

Loick se calló.

Largo había sido el relato del vaquero, a quien don Jaime escuchó sin interrumpirle, con el rostro impasible y frío, pero chispeándole los ojos.

—¿Ha terminado V.? preguntó don Jaime volviéndose hacia Loick.

—Sí, señor.

—¿De qué modo ha sabido V. tan circunstanciadamente esa espantosa catástrofe?

—El mismo Domingo me la contó. ¡Ah! el pobre estaba como loco de dolor y de rabia, y al saber que yo tenía que verle a V. me encargó que le refiriese...

—Está bien, repuso don Jaime, interrumpiendo prontamente a Loick y fijando en éste una mirada de fuego; ¿no le dio a V. otro encargo para mí Domingo?

—Señor, balbuceó el ranchero lleno de turbación.

—¿Por qué te turbas de esta suerte? preguntó don Jaime. ¡Ea! habla o revienta.

—Señor, respondió Loick, temo haber cometido una majadería.

—En tu ademán contrito lo sospecho; pero en definitiva, ¿cuál es la majadería esa?

—Es que, respondió el bretón, Domingo estaba al parecer tan desesperado de no saber dónde encontrarle a V., parecía tener tanta necesidad de hablarle, que...

—Que no pudiste morderte la lengua y le revelaste...

—Donde se encontraba V., sí, señor.

Después de esta confesión el ranchero inclinó con humildad la cabeza cual si estuviese íntimamente convencido de que había cometido un gran crimen.

Hubo unos instantes de silencio.

—Como es natural, prosiguió don Jaime, le dijiste bajo qué nombre me ocultaba en esta casa.

—¡Diantre! profirió ingenuamente Loick, si no lo hubiese hecho así, apuradillo se hubiera encontrado Domingo para dar con V.

—Tienes razón. ¿Conque va a venir?

—Lo presumo.

—Está bien.

Don Jaime dio algunos pasos por el aposento, entregado a la reflexión, y luego acercándose a Loick, que continuaba inmóvil en su sitio, le preguntó:

—¿Vino V. solo a Méjico?

—López me acompaña, señor, pero le dejé en una pulquería de la puerta de Belén donde me está aguardando.

—Pues vuélvase V. allá y no le diga nada, y dentro de una hora, no, antes, véngase V. con él; tal vez necesite de ustedes dos.

—Pierda V. cuidado, señor, seremos puntuales, contestó Loick frotándose las manos.

—Ahora adiós.

—Dispense V., traigo una carta.

—¿Para mí? ¿de quién?

Loick sacó del bolsillo de su dolmán un billete cuidadosamente sellado y lo entregó a don Jaime, diciendo:

—Tenga V.

—¡De don Esteban! exclamó con gozo el aventurero después de dirigir una mirada al sobre y abriéndolo con presteza.

Aunque muy corto, el billete estaba cifrado, y su contenido era el siguiente:

«Todo marcha a pedir de boca; el individuo que V. sabe acude por sus propios pies al cebo. El sábado, a media noche; peral.

»¡Esperanza!

»CÓRDOBA.»

Don Jaime rompió el billete en partículas impalpables, y preguntó de improviso a Loick:

—¿En qué día estamos?

—¿Hoy? repuso el ranchero atónito ante una pregunta para él inesperada del todo.

—¡Necio! ¿Le parece a V. si me referiré a ayer o a mañana?

—Tiene V. razón, señor; hoy es martes.

—¿No podías habérmelo dicho inmediatamente? Cuando don Jaime estaba dominado por la alegría o por la cólera, tuteaba a Loick, y éste, que no lo ignoraba, en el modo como aquél le hablaba tenía un barómetro infalible.

El aventurero dio todavía algunos pasos por el aposento con ademán preocupado.

—¿Puedo marcharme? se arriesgó a preguntar el ranchero.

—Hace diez minutos que deberías estar fuera, respondió don Jaime con acento bronco.

Loick no se hizo repetir la orden; saludó y se retiró, dejando solo al aventurero.

Poco después se abrió la puerta del aposento donde éste se encontraba y en él entraron las dos damas, las cuales se encaminaron al encuentro de don Jaime, a quien doña María preguntó con voz turbada:

—¿Ha recibido V. malas noticias?

—Sí, hermana mía, respondió aquél, muy malas.

—¿Podemos saberlas?

—No me asiste razón alguna para callarlas; por otra parte atañen a personas queridas para ustedes.

—¡Virgen santísima! exclamó doña Carmen juntando las manos, ¿tal vez Dolores?

—Sí, hija mía, respondió don Jaime, la hacienda del Arenal fue sorprendida e incendiada por los juaristas.

—¡Dios mío! profirieron las dos damas con arranque de dolor; ¡pobre Dolores! ¿y don Andrés?

—Está gravemente herido.

—Demos gracias a Dios que no haya muerto.

—Poco más vale que un difunto, profirió el aventurero.

—¿Dónde se encuentran actualmente?

—En Puebla, donde llegaron escoltados por algunos de sus peones mandados por León Carral.

—Es un criado fiel.

—Sí, pero dudo que de ir solo hubiese logrado salvar a sus amos; por fortuna don Andrés tenía hospedados en la hacienda a dos caballeros franceses, el conde del Saulay...

—¿El que debe casar con Dolores? preguntó Carmen con viveza.

—El mismo, y el barón Carlos de Meriadec, agregado a la embajada francesa. Parece que estos dos heroicos jóvenes hicieron prodigios de valor, y que gracias a ellos nuestros amigos se han librado de la horrible suerte que les esperaba.

—Bendígales Dios, profirió doña María; no les conozco, pero me intereso ya por ellos como si fuesen antiguos amigos.

—No tardará V. en conocerles, a lo menos a uno de ellos, dijo don Jaime.

—¡Ah! repuso con curiosidad la joven.

—Sí, de un momento a otro aguardo al barón de Meriadec.

—Le reservaremos la mejor acogida posible, dijo doña María.

—Les recomiendo a Vds. que así lo hagan, profirió don Jaime.

—¡Pero doña Dolores no puede permanecer en Puebla! dijo doña Carmen.

—Tal es mi parecer, repuso el aventurero, y por eso cuento trasladarme allá.

—¿Por qué no viene ella aquí? preguntó la joven; estaría en seguro y su padre recibiría los cuidados que su estado exige.

—Es muy juicioso lo que V. dice, Carmen, replicó don Jaime; tal vez valdría más que pasase algún tiempo con Vds.; pensaré en ello; ante todo, empero, es preciso que yo vea a don Andrés para cerciorarme de si su estado consiente el viaje.

—Observo, mi querido hermano, dijo doña María, que nos habló V. de doña Dolores y de su padre, pero no de don Melchor.

Al oír estas palabras, el rostro de don Jaime adquirió de súbito una expresión sombría y se le contrajeron las facciones.

—¿Le ha sucedido acaso alguna desgracia? preguntó doña María.

—¡Ojalá Dios que así hubiese acontecido! respondió aquél entre triste y colérico; no hable usted nunca de semejante hombre, es un monstruo.

—Me llena V. de espanto, don Jaime.

—Ya les he dicho a Vds. que la hacienda del Arenal había sido asaltada por los guerrilleros, ¿no es eso?

—Sí, respondió doña María, palpitante de terror.

—¿Sabe V. quién mandaba a los juaristas y les servía de guía? don Melchor de la Cruz.

—¡Oh! exclamaron horrorizadas las dos mujeres.

—Luego, cuando en pos de un convenio don Andrés y su hija lograron la autorización para retirarse sanos y salvos a Puebla, un hombre les armó un lazo a no mucha distancia de la ciudad y les atacó traidoramente, y ese hombre era don Melchor.

—¡Es horrible! profirieron doña María y doña Carmen ocultando el rostro entre las manos y rompiendo en sollozos.

—Sí, es horrible, continuó don Jaime, tanto más cuanto don Melchor había calculado impasiblemente la muerte de su padre, cuanto por medio de un parricidio quería apoderarse de la fortuna de su hermana, fortuna a la cual no tiene derecho alguno y que el próximo casamiento de doña Dolores se la arrebataba por completo, o a lo menos él así lo creía.

—Ese hombre es un monstruo, dijo doña María.

La relación de don Jaime había aterrorizado a las dos damas, y con razón; su intimidad con la familia de la Cruz era grande; doña Dolores y doña Carmen se habían criado juntas, y aunque esta última tenía algunos años más que la primera, se querían como hermanas. Así es que la noticia de la desventura que de improviso vino a abrumar a la familia de don Andrés, las llenaba de dolor.

Doña María insistió calurosamente para que don Andrés y su hija fuesen conducidos a Méjico y pasasen a vivir en compañía de ella y de Carmen y así pudiesen recibir los cuidados y los consuelos de que tan necesitados estaban después de semejante desastre.

—Veré, procuraré complacerlas a Vds., respondió don Jaime; sin embargo, no me atrevo a prometerles todavía cosa alguna. Cuento partir hoy mismo para Puebla, camino de la cual saldría ahora mismo si no aguardara la visita del barón de Meriadec.

—Ésta será la primera vez que le veré separarse de nosotras casi sin pesar, dijo suavemente doña María.

Don Jaime se sonrió.

En esto los tres interlocutores oyeron abrir la puerta de la calle y resonar los pasos de un caballo en el zaguán.

—Aquí está el barón, dijo el aventurero saliendo a recibir a su visitante.

En efecto, el recién llegado era Domingo.

Don Jaime tendió la mano al joven, y dirigiéndole una mirada significativa, le dijo en francés, lengua que las dos damas hablaban muy bien:

—Bienvenido sea V., mi querido barón; estaba aguardando a V. con impaciencia.

Domingo, que comprendió que hasta nueva orden debía conservar su incógnito, respondió:

—Siento en el alma haberle hecho aguardar a V., mi querido don Jaime; pero acabo de llegar a escape y nada nuevo le comunicaría si le dijese que el camino es largo.

—Lo sé, repuso don Jaime sonriendo, pero no permanezcamos aquí más tiempo; véngase usted, quiero presentarle a dos damas que desean conocerle.

—Señoras, dijo don Jaime entrando, permítanme Vds. que les presente al barón Carlos de Meriadec, agregado a la embajada francesa, uno de mis más queridos amigos de quienes he tenido ocasión de hablarlas. Mi estimado barón, tengo la honra de presentar a V. doña María, mi hermana, y doña Carmen, mi sobrina.

Aunque intencionalmente, como es de suponer, el aventurero se hubiese callado el apellido de las damas, el joven pareció no advertirlo y las saludó respetuosamente.

—Ahora, añadió de buen humor don Jaime, se encuentra V. aquí como en medio de su familia, barón; V. ya conoce nuestra hospitalidad española; si necesita V. algo, no tiene más que hablar; estamos a sus órdenes.

Todos tomaron asiento y luego que hubieron servido los refrescos se entabló entre nuestros personajes el siguiente diálogo:

—Puede V. hablar con toda franqueza, dijo don Jaime; estas señoras están al corriente de la horrorosa catástrofe del Arenal.

—Más horrorosa de lo que Vds. suponen, profirió Domingo; y pues Vds. se interesan por esa desventurada familia, temo con mis palabras aumentar su dolor y ser mensajero de malas nuevas.

—Estamos íntimamente relacionados con don Andrés de la Cruz y su hechicera hija, respondió doña María.

—Entonces, señora, le pido anticipadamente mil perdones, repuso el joven vacilando; no tengo sino asuntos tristes que comunicarla.

—¡Oh, hable V., hable V.!

—Pocas palabras tengo que decir: los juaristas se han apoderado de Puebla; la ciudad se rindió a la primera intimación.

—¡Cobardes! exclamó el aventurero descargando un puñetazo en la mesa.

—¿No lo sabían Vds.? preguntó Domingo.

—No, respondió don Jaime, todavía la creía en poder de Miramón.

—Según su inveterada costumbre, continuó el joven, lo primero que hicieron los juaristas fue apoderarse de los extranjeros, sobre todo de los españoles, y exigirles rescate. De estos últimos, algunos fueron fusilados sumariamente. No siendo ya bastantes las prisiones, se ha echado mano de los conventos para encerrar a los prisioneros. Es espantoso el terror que reina en Puebla.

—Prosiga V., amigo mío, dijo don Jaime. ¿Qué ha sido de don Andrés?

—Probablemente ya sabe V. que el pobre está gravemente herido.

—Lo sé.

—Pocas esperanzas inspira su estado. El gobernador de la ciudad, a pesar de las representaciones de personajes notables y de los ruegos de toda la gente honrada, mandó prender a don Andrés como convicto de alta traición, y no obstante las lágrimas de doña Dolores y de todos sus amigos lo hizo trasladar a las mazmorras de la antigua inquisición. Luego saquearon y arrasaron la casa del infeliz.

—Pero, eso es espantoso; eso es barbarie pura.

—¡Pues todavía son tortas y pan pintado!

—¿Cómo se entiende?

—Don Andrés fue sumariado, y como protestaba de su inocencia, pese a todos los esfuerzos de sus jueces para obligarle a acusarse a sí mismo, le aplicaron el tormento.

—¡El tormento! exclamaron los oyentes, con gesto de horror.

—Sí, respondió Domingo, aquel anciano herido, moribundo, fue suspendido por los pulgares y recibió el trato de cuerda por dos veces consecutivas. No obstante, sus verdugos no pudieron conseguir que confesase los crímenes que le imputaban y de que estaba inocente.

—¡Oh! esto traspasa los límites de lo creíble, exclamó don Jaime. El desventurado murió, es indudable.

—Todavía no, o a lo menos todavía no lo estaba cuando me salí de Puebla; ni siquiera le han condenado. A sus verdugos nada les apresura, y como pueden disponer del tiempo que se les antoje, se divierten jugando con su víctima.

—¿Y Dolores? preguntó doña Carmen, pobrecita ¡cuánto debe sufrir!

—Doña Dolores ha desaparecido; la robaron, respondió Domingo.

—¡Que desapareció! exclamó don Jaime con voz de trueno. ¡Y V. vive para decírmelo!

—He hecho cuanto pude para que me matasen, replicó Domingo con la mayor sencillez del mundo, pero no lo he logrado.

—¡Ah! yo la hallaré, repuso el aventurero. ¿Y qué hace el conde?

—Está desesperado; ayudado por León Carral, busca mientras yo me vine a verme con V.

—Ha obrado V. bien; por quien soy le juro que daré con ella. ¿Así pues el conde y León Carral se quedaron en Puebla?

—Únicamente León Carral; el conde se vio obligado a huir para librarse de las persecuciones de los juaristas y se refugió con sus criados en el rancho; todos los días, el más joven de ellos, a quien creo llaman Ibarru, va a la ciudad para ponerse de acuerdo con el mayordomo.

—Dígame V., ¿vino V. a mi encuentro por impulso propio?

—Sí, pero primeramente tomé consejo del conde; no quise obrar sin que me fuese conocido su parecer.

—Hizo V. santamente, repuso el aventurero; y volviéndose a doña María, añadió: hermana, prepare V. una habitación a propósito para doña Dolores.

—¿Va V. a conducirla aquí? profirieron las dos damas.

—Sí, o sucumbiré en la demanda, respondió don Jaime.

—¿Partimos? preguntó Domingo con impaciencia.

—Pronto, estoy aguardando a Loick y a López.

—¿Loick está aquí?

—Él es quien me trajo la noticia de la toma de la hacienda.

—Yo le envié.

—Me lo dijo. Su caballo de V. está fatigado, de consiguiente va V. a dejarlo aquí para que cuiden de él; ya le proporcionaré otro.

—Como V. quiera.

—¿Usted ha oído pronunciar sin duda los nombres de los principales perseguidores de don Andrés?

—Tres son: el primero el primer secretario, el alma condenada del nuevo gobernador, don Antonio de Cacerbar.

—¡Estuvo V. de chiripa, por mi vida! dijo el aventurero con voz irónica: ése es el hombre a quien salvó V. tan filantrópicamente la existencia.

—¡Le mataré! dijo el joven rugiendo como un tigre.

—¿Tanto es el odio que V. le lleva? preguntó don Jaime fijando una mirada singular en su interlocutor.

—La muerte misma no será parte a extinguirlo. La conducta de ese hombre es inexplicable. Dos días después de haber los juaristas entrado en Puebla, se presentó él de improviso, para desaparecer nuevamente dejando tras sí un largo reguero de sangre.

—Ya daremos con él; ¿quién es el segundo?

—¿Todavía no lo ha adivinado V.?

—Don Melchor ¿no es eso?

—El mismo.

—Está bien; ahora ya sé dónde hallar a doña Dolores; él es quien la robó.

—Es probable.

—¿Y el tercero?

—El tercero es un joven de gallarda y agradable presencia, de voz suave, modales distinguidos, más terrible por sí solo, según dicen, que los otros dos reunidos, y aunque no tiene título oficial, parece disfrutar de un gran poder; pasa por agente secreto de Juárez.

—¿Se llama?

—Don Diego Izaguirre.

—¡Bah! repuso el aventurero sonriéndose, el negocio no es tan desesperado como me temí; triunfaremos.

—¿Lo cree V.?

—Estoy seguro de ello.

—Dios le escuche a V., profirieron las dos damas juntando las manos.

Desde la llegada de Domingo, doña María era pábulo de una preocupación extraordinaria; mientras éste estaba hablando con don Jaime, aquélla le miraba con singular fijeza, y sentía subírsele las lágrimas a los ojos, y el corazón parecía querer saltársele del pecho, sin que pudiese explicarse la emoción que le producía la presencia y el timbre de voz de aquel apuesto doncel a quien, no obstante, veía por vez primera. En vano la buena señora evocaba sus recuerdos para adivinar dónde oyera ya aquella voz cuyo sonido asumía para ella un no sé qué simpático que le llegaba hasta el alma. Doña María estudiaba el hermoso y leal semblante del vaquero cual si en las facciones de éste hubiese querido hallar un parecido fugaz, pero su memoria era un caos; entre lo presente y lo pasado parecía como que se levantase una valla insuperable, cual para demostrarle que se dejaba dominar por una esperanza desatinada, y que el hombre que se encontraba en su presencia le era realmente extraño.

Don Jaime seguía atentamente en el rostro de doña María los diversos sentimientos que iban consecutivamente reflejándose en él; pero fuese cual fuese el concepto que se formara sobre el particular, permaneció frío, impasible e indiferente en la apariencia a las peripecias de aquel drama íntimo que sin embargo debía interesarle hasta más no poder.

Una vez hubieron llegado Loick y López, ensillaron un caballo para Domingo.

—Partamos, dijo el aventurero levantándose; el tiempo apremia.

El joven se despidió de las damas.

—Volverá V. ¿no es cierto, caballero? le preguntó con agasajo doña María.

—Es V. muy bondadosa para conmigo, respondió el vaquero; será para mí una dicha el aprovecharme de tan fina invitación.

Domingo, Loick y López se salieron, y en pos de ellos iba a hacerlo don Jaime, cuando su hermana le asió del brazo para decirle con voz temblorosa:

—Una pregunta.

—Hable V., hermana mía.

—¿Conoce V. al joven ese?

—Mucho.

—¿Realmente es un caballero francés?

—Pasa por tal, respondió don Jaime, mirando fijamente a su hermana.

—¡Qué locura la mía! murmuró la dama soltando el brazo de su hermano y dando un suspiro.

El aventurero se sonrió sin responder.

Poco después resonaron en la calle los cascos de los cuatro caballos lanzados a escape.


[II]

LA SORPRESA

De esta suerte y sin cruzar una palabra galoparon hasta la puesta de sol, en cuya hora llegaron a un rancho ruinoso colocado como un centinela a orillas del camino.

El aventurero hizo un gesto, y los jinetes detuvieron a sus cabalgaduras.

Un hombre salió del rancho, y después de mirar silenciosamente a los recién llegados, entró nuevamente en aquél, hasta que algunos minutos después reapareció por la parte posterior del edificio, conduciendo dos caballos de las bridas.

Dichos caballos iban ensillados.

El aventurero y Domingo echaron pie a tierra: quitaron las alforjas y las pistolas, las colocaron en los arzones de los caballos de refresco y volvieron a montar.

Por segunda vez compareció el hombre del rancho, conduciendo otros dos caballos, y Loick y López se apearon a su vez e imitaron a don Jaime y a Domingo.

El mudo personaje cogió en un haz las cuatro bridas y se alejó tirando de los cuatro caballos.

—¡Adelante! gritó don Jaime.

La carrera empezó de nuevo silenciosa y veloz; y como la noche estaba sombría, los jinetes se deslizaban cual sombras.

Después de andar toda la noche, a las cinco de la mañana relevaron los caballos en un ruinoso rancho.

Aquellos hombres parecían de bronce, pues tras quince horas de vertiginosa carrera a caballo la fatiga no había hecho mella en ellos.

Durante tan largo trayecto, ninguno de los viajeros había pronunciado palabra.

A eso de las diez de la mañana, don Jaime y los suyos vieron brillar, a los deslumbradores rayos del sol, las cúpulas de Puebla.

En menos de veinticuatro horas habían recorrido, al través de caminos impracticables, los ciento veintiséis kilómetros que van de esta ciudad a Méjico.

A media legua escasa de la ciudad, en lugar de continuar avanzando en línea recta, a una señal del aventurero hicieron una conversión y se internaron en un sendero apenas perceptible que cruzaba un soto.

Por espacio de una hora don Jaime cabalgó a la cabeza de sus compañeros, y una vez llegados a un claro en medio del cual se hacía una enramada, aquél detuvo su caballo, se apeó y dijo:

—Hemos llegado; aquí es donde provisionalmente vamos a establecer nuestro cuartel general.

Domingo, López y Loick echaron también pie a tierra y empezaron a desensillar a sus caballos.

—Aguarden Vds., repuso el aventurero; Loick, vas a llegarte a tu rancho, donde en este momento se encuentran el conde del Saulay y sus criados, y les conduces aquí; tú, López, ve por provisiones.

—¿Vamos a aguardarles V. y yo bajo esta enramada? preguntó Domingo.

—No, porque yo me voy a Puebla.

—¿Y sí le conocen a V.?

El aventurero se sonrió.

Don Jaime y el vaquero se quedaron solos, y después de introducir sus caballos en la espesura y quitarles las bridas para que pudiesen ramonear la hierba, aquél dijo al joven:

—Sígame V.

Domingo obedeció, y él y don Jaime se internaron en la enramada.

Dan el nombre de enramada en Méjico a una especie de cabaña informe construida sin arte con ramas de árboles entrelazadas y cubierta con otras ramas y hojas; esas viviendas, de muy pobre aspecto, ofrecen sin embargo un abrigo muy bueno contra la lluvia y contra los rayos del sol.

La enramada a que llegaron don Jaime y Domingo, más bien construida que las demás, estaba dividida en dos compartimientos por un tejido de ramas que subía hasta el techo y dividía la cabaña en dos partes iguales por lo ancho.

Don Jaime pasó, sin detenerse, por el compartimiento primero y entró en el segundo, seguido del vaquero, que desde hacía algunos instantes parecía estar sumergido en profundas reflexiones.

El aventurero apartó un montón de hierbas y de hojas secas, y tomando su machete empezó a cavar el suelo.

—¿Qué hace V.? le preguntó Domingo lleno de admiración.

—Ya lo ve V. estoy desembarazando la entrada de una cueva; ayúdeme V.

El joven y el aventurero pusieron manos a la obra, y a poco apareció una losa ancha y plana en medio de la cual estaba empotrada una anilla.

Una vez hubieron quitado la piedra, quedaron al descubierto dos groseros escalones tallados en la peña.

—Bajemos, dijo el aventurero, después de encender una lámpara.

Domingo tendió una mirada de curiosidad en torno de sí; el sitio donde se encontraba, situado siete u ocho metros debajo del suelo, formaba una especie de sala octagonal bastante capaz a la que afluían cuatro galerías, que conducían a puntos distintos y parecían penetrar en las entrañas de la tierra.

Dicha sala estaba abundantemente provista de armas de todas clases; se veían en ella arneses, equipos, una cama de hojarasca con su manta y hasta una anaquelería con libros suspendida de la pared.

—Ésta es una de mis guaridas, dijo sonriendo el aventurero, y como ésta poseo muchas desparramadas por todo el territorio mejicano. Esta cueva data del tiempo de los aztecas y su existencia me la reveló hace ya muchos años un indio anciano; ya sabe V. que la provincia en que nos encontramos era antiguamente el territorio sagrado de la religión mejicana; de consiguiente en él pululan los templos. Las cuevas, de las que existían gran número, servían a los sacerdotes para trasladarse de uno a otro sitio sin ser descubiertos y dar de esta suerte más valor a los milagros de ubicuidad que ellos pretendían obrar. Más adelante sirvieron de refugio a los indios perseguidos por los conquistadores españoles. Ésta, que por un lado afluye a la pirámide de Cholula y por el otro al centro de la misma ciudad de Puebla, sin mentar otras salidas, fue muchas veces de gran provecho para los insurgentes mejicanos durante la guerra de la independencia. Hoy su existencia es ignorada; V. y yo somos los únicos que en la actualidad la conocemos.

—Dispense V., dijo el vaquero, que había escuchado con el más vivo interés este relato, hay una cosa que no acabo de comprender.

—¿Cuál?

—Hace poco me dijo V. que si por acaso venía alguien, al punto lo sabríamos.

—Efectivamente se lo dije a V.

—No comprendo absolutamente como puede ser eso.

—Es muy sencillo; ¿ve V. esa galería?

—Sí.

—Pues por una especie de abertura de un metro cuadrado poco más o menos, cubierta de malezas e imposible de descubrir, afluye exactamente a la entrada del sendero, único punto por el cual es posible penetrar en el bosque; ahora bien, por un singular efecto de acústica de que no acertaría a dar la explicación, todos los ruidos, sean cuales fueren, aun los más insignificantes, que se producen cerca de dicha abertura, son inmediatamente repercutidos aquí con claridad tal, que con gran facilidad puede conocerse de qué proceden.

—Entonces nada temo ya, repuso Domingo.

—Por otra parte, una vez hayan llegado las personas a quienes estamos aguardando, taparemos la mencionada abertura, que nos será inútil, y entraremos y saldremos por otra galería que se abre a espaldas de V.

Y mientras daba estas explicaciones a su amigo, el aventurero se había quitado algunas prendas de su traje.

—¿Qué hace V.? preguntó Domingo.

—Me disfrazo para ir a informarme y saber en qué punto se encuentran nuestros asuntos en Puebla. Los habitantes de esta ciudad son muy religiosos; en ella abundan los conventos, y me pongo estos hábitos de camaldulense, a favor de los cuales podré librarme a mis comisiones sin temor de que sospechen de mí.

El vaquero se había sentado sobre las pieles, y con la espalda apoyada en la pared estaba meditando.

—¿Qué tiene V.? le preguntó don Jaime, parece que le preocupa y le entristece algo.

—En efecto, estoy triste, respondió el joven, estremeciéndose cual si de improviso le hubiese mordido una víbora.

—¿No le he dicho a V. ya que daríamos de nuevo con doña Dolores?

—Señor, repuso Domingo, estremeciéndose otra vez, poniéndose lívido y levantándose con la cabeza caída sobre el pecho, desprécieme usted, soy un infame.

—¡Un infame! ¡V. un infame! ¡Bah! V. ha mentido.

—No, señor, he dicho la verdad; falté a mis deberes, traicioné a mi amigo, olvidé cuanto V. me recomendó, dijo Domingo. Y luego, dando un gran suspiro, añadió con voz apenas perceptible; amo a la prometida del conde.

El aventurero fijó con expresión indefinible su límpida mirada en el joven, y dijo:

—Ya lo sabía.

—¡Que lo sabia V.! exclamó Domingo estremeciéndose e irguiéndose a la vez como impulsado por poderoso resorte.

—Sí, repuso don Jaime.

—¿Y no me desprecia V.?

—¿Por qué? ¿acaso somos dueños de nuestro corazón?

—¡Pero es la prometida del conde, de mi amigo!

—Dolores le ama a V., profirió el aventurero, haciendo caso omiso de la exclamación del joven.

—¡Oh! profirió éste, ¿y cómo sabré yo si ella me ama, cuando apenas me atreví a confesarme a mí mismo la pasión que yo siento?

Hubo una larga pausa de silencio. Por fin don Jaime, que mientras iba vistiéndose los hábitos de fraile miraba con el rabillo del ojo a su interlocutor, dijo con voz natural:

—El conde no ama a doña Dolores.

—¿Qué dice V.? exclamó el joven con ardoroso arranque.

—He aquí lo que son los enamorados, profirió don Jaime riendo, no comprenden que los demás tengan también ojos para ver.

—Pero el conde debe casar con ella, repuso el joven.

—Debe, replicó el aventurero recalcando con intención la palabra.

—¿No vino ex professo a Méjico con este fin?

—Sí.

—Luego ya ve V. que casará con ella.

—Su conclusión de V. es absurda, repuso el aventurero encogiendo los hombros; ¿por ventura sabe el hombre lo que va a hacer? ¿le pertenece acaso el mañana?

—Pero desde que las desgracias abrumaron a la familia de doña Dolores y a doña Dolores misma, el conde tienta lo imposible para salvar a su prometida.

—Eso demuestra que el conde es un caballero cumplido, y nada más; por otra parte, es primo de la joven, y al procurar salvarla, aun con peligro de su vida y de su fortuna, cumple con su deber.

—La ama, la ama, dijo Domingo.

—Entonces vuelvo la oración por pasiva: doña Dolores no ama al conde.

—¿Usted lo cree así?

—Estoy seguro de ello.

—¡Oh! como pudiese yo persuadirme de semejante supuesto, esperaría.

—Es V. un niño, repuso el aventurero. Ahora parto; aguárdeme V. aquí; pero antes de irme júreme que no se alejará en tanto no esté yo de regreso.

—Se lo juro a V.

—Bien, voy a trabajar para V.; espere; hasta luego.

Y haciendo a Domingo una última señal de despedida con la mano, el aventurero se alejó por una galería lateral.

El joven permaneció inmóvil e imaginativo mientras oyó el ruido de los pasos de su amigo que se alejaba; luego se dejó caer en el lecho de pieles, y murmuró con voz apagada:

—Me dijo que esperara.

Ahora vamos a dejar a Domingo sumergido en reflexiones que, a juzgar por la expresión del rostro del joven, debían ser agradables, y seguiremos a don Jaime en su arriesgada expedición.

El subterráneo estaba situado a una media legua de la ciudad; por lo tanto ésta era la distancia que don Jaime tenía que recorrer bajo tierra para encontrarse en Puebla. Sin embargo, lo largo del trayecto no parecía inquietarle lo más mínimo; seguía a buen andar por la galería, en la que por intersticios invisibles penetraba luz suficiente para que con facilidad pudiese guiarse en medio de los innumerables rodeos que se veía obligado a dar. De esta suerte don Jaime caminó por espacio de tres cuartos de hora, al cabo de los cuales llegó al pie de una escalera compuesta de unos quince peldaños, por la que empezó a subir después de haberse detenido por un instante para recobrar el aliento. Una vez arriba, buscó un resorte, con él que dio casi inmediatamente, apoyó con fuerza los dedos en él, y al punto una enorme piedra se destacó de la pared, giró sobre invisibles goznes y abrió ancho paso. Don Jaime atravesó la abertura, empujó la piedra, que recobró instantáneamente su primitiva posición, y paseó en torno de sí una escrutadora mirada: estaba solo. El sitio donde se encontraba era una capilla de la mismísima catedral de Puebla; la puerta secreta que había librado paso el aventurero, se abría en uno de los ángulos de aquélla y estaba oculta por un confesionario. Las precauciones estaban bien tomadas; no se corría riesgo alguno de ser descubierto.

Don Jaime se salió de la iglesia y se encontró en la plaza Mayor, que, por ser las doce del mediodía, hora de la siesta, se hallaba casi solitaria.

El aventurero se bajó el capuchón hasta los ojos, escondió las manos en sus mangas, y con paso reposado atravesó la plaza diagonalmente, se internó en una de las calles que a ella afluían, y llegó de esta suerte hasta la puerta de una graciosa casa construida entre patio y jardín, la cual parecía surgir del corazón de un bosquecillo de naranjos y de granados en flor. El aventurero abrió dicha puerta, que no estaba cerrada sino con un pestillo, entró y volvió a cerrarla tras sí, y se encontró en una alameda arenosa, sombrada por una bóveda de follaje y que terminaba en la puerta misma de la casa, separada del plan terreno por algunos escalones y coronada de una azotea al estilo mejicano. Oliverio tendió a su alrededor una mirada suspicaz, y vio que el jardín estaba desierto. Entonces siguió adelante, pero en vez de dirigirse hacia la casa, se internó en una alameda lateral, y después de algunos rodeos se encontró ante una puerta excusada que al parecer pertenecía a la servidumbre. Una vez allí Oliverio tomó un silbato de plata que de una cadenita de oro llevaba suspendido al cuello, se lo llevó a los labios y arrancó de él un sonido suave y modulado de cierta manera, a cuyo son y desde el interior de las habitaciones contestó otro parecido, tras lo cual se abrió una puerta y apareció un hombre. El aventurero hizo un signo masónico a éste, que le respondió del mismo modo y entró en pos de él en la casa. Sin pronunciar palabra, aquel hombre guió al aventurero al través de gran número de aposentos, hasta que por fin abrió una puerta, se hizo a un lado para dejar paso franco a su acompañado, y una vez éste hubo penetrado en la pieza, volvió a cerrar, quedándose fuera. El aposento en el cual don Jaime acababa de ser introducido de esta suerte, estaba amueblado con elegancia, en las ventanas había anchas y corridas cortinas que interceptaban los rayos del sol, el piso estaba cubierto con uno de esos blandos petates que únicamente los indios saben labrar, y lo dividía en dos una hamaca de hilo de áloe suspendida por argollas de plata, de grapas del mismo metal, en la que dormía a pierna tendida un hombre que no era otro que don Melchor de la Cruz. Sobre una baja mesa de sándalo y al alcance del durmiente se veían un cuchillo con puño de plata dorada delicadamente cincelado, de ancha, larga y afilada hoja, y un par de magníficos revólveres de seis tiros, en cuyos cañones se leía el nombre de Devisme. Aun en el riñón de Puebla, en su propia casa, don Melchor creía prudente estar preparado contra una sorpresa o contra una traición. A bien que sus temores nada tenían de exagerado, porque el hombre que en aquel instante se encontraba ante él, en aquella pieza, era uno de sus más temibles enemigos. Don Jaime contempló a don Melchor por espacio de algunos segundos, luego avanzó de puntillas hasta la hamaca, tomó las pistolas, las hizo desaparecer debajo de sus hábitos, se apoderó del cuchillo, y luego dio un golpecito al durmiente, que no necesitó de nueva insinuación para despertarse y tender maquinalmente la mano hacia la mesa.

—Es inútil, dijo con despego don Jaime, no están.

Al sonido de aquella voz conocida, don Melchor se levantó como despedido por un resorte, y fijando una mirada hosca en el individuo que estaba inmóvil delante de él, preguntó con voz ahogada por el miedo:

—¿Quién es V.?

—¿Todavía no me ha conocido? respondió con zumba el aventurero.

—¿Quién es V.? repitió don Melchor.

—¡Ah! dijo el fingido fraile, ¿quiere V. estar seguro? en hora buena, mire V.

Al pronunciar estas palabras, el aventurero se echó atrás el capuchón.

—¡Don Adolfo! murmuró el joven con voz sorda.

—¿A qué tal extrañeza? preguntó el aventurero sin dejar el tono de zumba. ¿No me esperaba V.? sin embargo debía V. suponer que vendría a encontrarle.

—Está bien, dijo don Melchor después de unos instantes de reflexión; en definitiva vale más acabar de una vez.

Y se sentó de nuevo en el borde de la hamaca, con la mayor tranquilidad e indolencia del mundo, en la apariencia a lo menos.

—Enhorabuena, profirió Oliverio sonriéndose; prefiero que lo tome V. así. ¡Ea! hablemos, nos sobra el tiempo.

—¿Conque no viene V. con la intención de asesinarme? preguntó el joven con ironía.

—¡Vaya un pensamiento más diabólico se le ha acudido a V., mi querido señor! respondió el aventurero. ¡Yo poner la mano encima de V.! ¡Dios me libre! Éste es negocio del verdugo, y me guardaré de hacer la competencia a tan estimable empleado.

—El caso es, profirió impetuosamente don Melchor, que V. se introdujo en mi casa como pudiera haberlo hecho un bandido, bajo este disfraz, sin duda para asesinarme.

—Vuelve V. a las andadas y esto arguye torpeza; si he venido disfrazado aquí, es porque las circunstancias exigen que tome esta precaución, y nada más; por otra parte, no hice sino seguir el ejemplo de V. Y cambiando inopinadamente de tono, el aventurero añadió: a propósito, ¿está V. satisfecho de Juárez? ¿Le pagó a V. generosamente su traición? He oído cosas de él que me hacen suponer se habrá limitado a hacerle a V. promesas, ¿no es así?

—¿Para decirme esas majaderías, repuso don Melchor con desdén, se introdujo V. furtivamente en mi casa?

—¡No, miserable! exclamó el aventurero levantándose, empuñando un revólver en cada mano, avanzando un paso y midiendo de pies a cabeza y con mirada de desprecio al joven; no, miserable, vine para levantarle a V. la tapa de los sesos como no me revele qué hizo de su hermana doña Dolores.


[III]

LOS PRISIONEROS

Reinaron algunos instantes de silencio amenazador. Aquellos dos hombres, de pie uno en frente de otro, se medían con la mirada.

—¡Ja, ja, ja! profirió don Melchor de la Cruz interrumpiendo el silencio, echándose a reír de un modo estridente y dejándose caer de nuevo sobre el borde de la hamaca; mire V. si me equivocaba, señor, al decirle que se había V. introducido en mi casa para asesinarme.

—Pues no, repuso el aventurero con voz vibrante, después de esconder los revólveres y de morderse los labios con despecho; se lo repito a V., no le mataré, no es V. digno de morir a manos de un hombre honrado; pero le obligaré a que me diga la verdad.

—Pruébelo V., profirió el joven mirando con expresión singular a su interlocutor y encogiendo los hombros con desdén.

Luego se puso a liar un cigarrito de paja de maíz, lo encendió, y lanzando hacia el techo una bocanada de azulado y odorífero humo, añadió:

—Le escucho a V.

—Pues vea lo que le propongo: es V. mi prisionero y no le devolveré la libertad sino a condición de que ponga a doña Dolores, no en mis manos, sino en las del conde del Saulay, con quien debe casar inmediatamente.

—¡Jum! mucho me exige V., querido señor, replicó el joven; observe V. que yo soy el tutor legal de mi hermana.

—¡Cómo su tutor!

—Sí, puesto que nuestro padre ha fallecido.

—¡Qué! ¿don Andrés de la Cruz muerto? exclamó el aventurero levantándose de un brinco.

—¡Ay! sí, respondió hipócritamente el joven levantando los ojos al cielo; hemos tenido el dolor de perderlo anteanoche, y ayer por la mañana le enterraron; el pobre anciano no pudo resistir el cúmulo de desventuras que anonadaron a nuestra familia, el dolor le quebrantó. Su muerte fue conmovedora.

Hubo un momento de silencio, durante el cual Oliverio se paseó por el aposento.

—Sin ambages ni rodeos, dijo prontamente éste deteniéndose delante del joven, ¿quiere V., o no, devolver la libertad a doña Dolores?

—No, respondió resueltamente don Melchor.

—Está bien, repuso con calma el aventurero; peor para V.

En esto se abrió la puerta y un joven de presencia distinguida y de porte elegante entró en el aposento.

—Los acontecimientos podrían tomar un sesgo muy distinto de lo que supone don Adolfo, dijo entre sí don Melchor sonriendo socarronamente al ver al recién llegado.

El cual saludó cortésmente al dueño de la casa, a quien preguntó después de cambiar con él un apretón de manos y de haber dirigido una mirada indiferente al fingido fraile:

—¿Incómodo?

—Al contrario, mi querido don Diego, no podía V. llegar más oportunamente, respondió don Melchor; ¿pero a qué debo el verle a V. a hora tan insólita?

—Vengo a comunicarle a V. una buena noticia. El conde del Saulay, su enemigo personal, está en poder nuestro; pero como es francés y debemos guardar para con él algunas consideraciones, el general ha resuelto enviarle, bajo la vigilancia de una buena escolta, a nuestro ilustrísimo presidente. Otra noticia agradable, V. es el encargado de mandar la escolta esa.

—¡Demonios! exclamó con alborozo don Melchor, es V. lo que se llama un verdadero amigo. Pero ahora me toca a mí: fíjese V. bien en este fraile, ¿le conoce V.? ¿no? Pues este hombre no es otro que el aventurero llamado don Adolfo, don Oliverio, don Jaime y qué sé yo cuántos nombres más, y a quien hace tanto tiempo persiguen en vano.

—¿Es posible? exclamó don Diego.

—Tal como dijo el señor, repuso entonces don Adolfo.

—Antes de una hora, profirió él de la Cruz, será V. fusilado por traidor y bandido.

Don Adolfo encogió con desdén los hombros.

—Es evidente, observó don Diego, que este hombre será fusilado; pero como pretende que es francés, sólo al presidente corresponde decidir de su suerte.

—¡Ah! profirió don Melchor, ¿así pues todos esos demonios pertenecen a esa nación maldita?

—No sé, dijo don Diego; pero lo que sí puedo asegurar a V. es que el hombre ese es duro de pelar, y como tal vez se vería V. en apuros para llevarle a buen recaudo, le mandaré al presidente bajo la vigilancia de una escolta especial.

—Al contrario, repuso don Melchor, si quiere usted darme gusto, tengo empeño en conducirle yo; nada tema, mi amigo don Diego, tomaré tales precauciones, que por muy astuto que sea no se me escapará; lo único que hay que hacer es desarmarle.

El aventurero entregó silenciosamente las armas a don Diego.

En esto entró un criado y anunció que la escolta estaba aguardando en la calle.

—Está bien, dijo don Melchor; en marcha.

El criado entregó un machete, un par de pistolas y un sarape a su amo y le enhebilló las espuelas.

—Ahora podemos partir, dijo él de la Cruz.

—Vamos, profirió don Diego; y volviéndose al aventurero, añadió: don Adolfo o como se llame, pase V. adelante.

El aventurero obedeció sin replicar.

Veinticinco soldados vestidos podríamos decir caprichosamente y casi todos ellos harapientos, estaban, efectivamente, aguardando en la calle e iban bien montados y bien armados. En medio del escuadrón y rigurosamente vigilados, iban el conde del Saulay y sus criados.

Al ver al conde, a don Melchor se le iluminó el semblante; en cuanto a aquél, no se dignó siquiera aparentar que había notado la presencia del hermano de su prometida.

A una señal de don Diego, don Adolfo se subió sobre un caballo que al efecto para él habían preparado, y fue a colocarse a la derecha del conde, con quien cambió un apretón de manos.

—Ahora, amigo don Melchor, dijo don Diego al joven, que a su vez también había montado, buen viaje; yo me vuelvo al gobierno.

—Adiós, contestó don Melchor.

La escolta se puso en marcha.

Eran poco más o menos las dos de la tarde, y como habían ya menguado los grandes calores del día, las tiendas empezaban a abrirse, y los tenderos, de pie en el umbral de sus puertas, miraban, bostezando, pasar los soldados. Don Melchor iba algunos pasos delante del escuadrón; y aunque su postura era fría y comedida, se conocía que hacía esfuerzos para dominar el gozo que experimentaba al verse por fin dueño de sus implacables enemigos.

Tiempo hacía que habían salido de la ciudad la escolta y los prisioneros, cuando el teniente que mandaba la escolta se acercó a don Melchor y le dijo:

—Los soldados están rendidos de fatiga; de consiguiente bueno sería que pensásemos en acampar con objeto de pasar la noche.

—Acampemos, contestó el joven, con tal que sea en sitio seguro.

—No lejos de aquí, repuso el teniente, conozco un rancho abandonado donde nos encontraremos a las mil maravillas.

—Pues vamos allá.

El teniente tomó la dirección de los soldados, los cuales no tardaron en internarse en un sendero apenas abierto al través de un bosque sumamente frondoso, y al cabo de unos tres cuartos de hora llegaron a un extenso claro en cuyo centro se elevaba el rancho de que aquél hablara.

A una orden del teniente, los soldados se apearon más que de prisa; tantos deseos tenían, al parecer, de descansar de sus fatigas.

Don Melchor echó también pie a tierra y penetró en el rancho para informarse del estado en que éste se encontraba; pero apenas hubo dado un paso en el interior del mismo, cuando prontamente se sintió sujetado, envuelto en un sarape, agarrotado y amordazado, sin que le hubiesen dado tiempo de ensayar una defensa inútil. Al cabo de algunos minutos oyó choque de sables y un ruido cadencioso fuera del rancho: los soldados, o a lo menos parte de ellos, se alejaban sin ocuparse más en él. Luego y casi al punto le cogieron por los pies y por los sobacos, le levantaron y se lo llevaron, y después de avanzar algunos pasos con rapidez, le pareció que le hacían bajar por una escalera subterránea, hasta que al cabo de diez minutos le colocaron cuidadosamente en una blanda cama de pieles, a lo que él supuso, donde le dejaron sólo y en medio del más absoluto silencio.

Por fin se oyó un ligero ruido, que fue aumentando gradualmente, ruido al parecer producido por el andar de muchas personas sobre arena.

De improviso todo quedó de nuevo en el mayor silencio. El joven sintió como le levantaban de nuevo y se lo llevaban, en cuya ocupación emplearon sus raptores un espacio de tiempo bastante largo y se relevaron de trecho en trecho, hasta que de nuevo se detuvieron y le depositaron en el suelo. Entonces el prisionero conjeturó, por el aire más fresco y vivo que le hería el rostro, que había salido del subterráneo y se encontraba al raso.

—Desaten Vds. al prisionero, dijo entonces una voz cuyo timbre seco y metálico llamó la atención del joven.

Al punto libraron a éste de las ataduras, de la mordaza y de la venda que le cubría los ojos.

Don Melchor se puso en pie de un salto y miró en torno de sí.

El sitio donde se encontraba era la cúspide de una colina bastante alta, situada en medio de una llanura inmensa. La noche estaba sombría, y a lo lejos, un poco a la derecha, brillaban como otras tantas estrellas las luces de las casas de Puebla.

El joven formaba el centro de un grupo numeroso de hombres; los cuales iban enmascarados y empuñaban en la diestra sendas teas de ocote, cuya llama, movida por el viento, matizaba de sanguinolentos vislumbres las ondulaciones del terreno y les imprimía un aspecto fantástico.

Don Melchor quedó aterrorizado, pues comprendió que se encontraba en poder de los miembros de la misteriosa asociación masónica a la cual él estaba afiliado, y que extendía por todo el territorio de la república mejicana las tenebrosas ramificaciones de sus temibles ventas.

Tal era el silencio que reinaba en la colina, de tal modo parecían estatuas aquellos hombres, en su fría inmovilidad, que el joven oía sordamente los precipitados latidos de su propio corazón.

—Don Melchor de la Cruz, dijo uno de los desconocidos adelantando un paso, ¿sabe usted dónde se encuentra y en presencia de quienes está en este momento?

—Sí, respondió el joven con los labios oprimidos.

—¿Se reconoce V. sujeto a la justicia de los que le rodean?

—Sí; porque tienen de su lado la fuerza, y toda resistencia o protesta de mi parte sería inútil.

—No, no es ésta la razón por la cual está V. sujeto al fallo de estos hombres, y V. lo sabe perfectamente, replicó impasiblemente el enmascarado, sino porque se ha ligado V. espontáneamente a ellos por un pacto, y al hacer este pacto, aceptó V. su jurisdicción y dio el derecho a juzgarle como faltase a los juramentos que voluntariamente les prestó.

—¿Qué me aprovecharía intentar una defensa inútil, repuso don Melchor encogiendo los hombros, si sé que de antemano estoy condenado a muerte? Ejecuten pues sin tardanza la sentencia que ya han pronunciado Vds. tácitamente.

El enmascarado lanzó, al través de los agujeros de su carátula, una mirada abrasadora al joven, y con voz acre y clara profirió estas palabras:

—Don Melchor, no comparece V. ante este tribunal supremo como parricida, ni como fratricida, ni como ladrón, sino como traidor a la patria; le requiero pues para que se defienda.

—No me da la gana, respondió el joven en voz alta y firme.

—Enhorabuena, repuso fríamente el enmascarado; y clavando su antorcha en el suelo y volviéndose hacia los circunstantes, preguntó:

—Hermanos ¿qué castigo merece este hombre?

—La muerte, respondieron con voz sorda los demás enmascarados.

Don Melchor permaneció impasible.

—Está V. condenado a morir, profirió él que hasta entonces había hecho uso de la palabra, y la sentencia será ejecutada en este mismo sitio; tiene V. media hora para ponerse bien con Dios.

—¿Cómo moriré? preguntó con indolencia el joven.

—Ahorcado.

—Tanto da acabar así que asá, dijo don Melchor con irónica sonrisa.

—Y como no nos consideramos en derecho de matar el alma junto con el cuerpo, prosiguió el enmascarado, a no tardar vendrá un sacerdote para que le ayude a V. a bien morir.

—Gracias, profirió lacónicamente el joven.

El enmascarado permaneció inmóvil por espacio de algunos segundos como si hubiese aguardado que don Melchor le dirigiese otra petición; pero al ver que éste seguía encerrado en su silencio, tomó de nuevo su antorcha, se hizo atrás dos pasos, la agitó por tres veces distintas, y luego la apagó con el pie. Todas las demás antorchas se apagaron al mismo instante; se oyó un ligero crujido de hojarasca, y don Melchor se encontró a solas. Sin embargo, el joven no se engañó respecto a esta apariencia de soledad; comprendió que, aunque invisibles, sus enemigos no le perdían de vista.

Por muy templada que tenga el alma, por mucha que sea su energía, por más que una y otra vez haya desafiado a la muerte, el hombre, a los veinte años, es decir, cuando apenas ha puesto la planta en el umbral de la existencia y lo por venir le sonríe al través del prisma embriagador de la juventud, no puede hacer abstracción completa y real de sí mismo y pasar sin transición alguna del ser al no ser, sin experimentar un enervamiento general y súbito de todas las facultades intelectuales y sufrir una angustia horrible y un estremecimiento de músculos espantoso, sobre todo cuando la muerte que viene a arrebatarle lleno de fuerza, de sabia y de juventud, se la dan impasiblemente, de noche, a escondidas por decirlo así y tiene un sello de infamia indecible. Así es que pese a su valor y a su voluntad, don Melchor sufría una espantosa agonía; en la raíz de cada uno de sus cabellos, erizados por el terror, temblaba una gota de sudor frío, tenía horrorosamente contraídas las facciones y le cubría el semblante una palidez lívida y terrosa.

En esto le dieron un golpecito en el hombro, que le hizo estremecer cual si hubiera recibido una descarga eléctrica, y levantando la frente, vio ante sí a un fraile con el capuchón derribado sobre el rostro.

—¡Ah! murmuró el joven poniéndose en pie, ahí está el sacerdote.

—Sí, dijo el fraile en voz baja pero perfectamente perceptible; arrodíllese V., hijo mío, vengo para recibir su confesión.

Don Melchor se estremeció al timbre de aquella voz para él no desconocida, y fijó una mirada ardiente e interrogadora en el fraile, que permanecía inmóvil ante él.

Éste se arrodilló haciéndole seña de que le imitase, y el joven obedeció automáticamente.

Así arrodillados aquellos dos hombres en la desierta cúspide de una colina iluminada apenas por la débil y temblorosa luz de las linternas que no servían sino para hacer más profunda la oscuridad que les envolvía, ofrecían un espectáculo singular y conmovedor.

—Nos están observando, dijo el fraile; imponga V. la impasibilidad a sus facciones y la inmovilidad a sus nervios, y escúcheme, pues no tenemos instante que perder; ¿me conoce usted?

—Sí, murmuró casi imperceptiblemente don Melchor, que sintiendo que tenía un amigo a su lado, recobraba a pesar suyo la esperanza, sentimiento último que se extingue en el corazón del hombre; es V. don Antonio de Cacerbar.

—Disfrazado con estos hábitos, repuso don Antonio, estaba a punto de entrar en Puebla, cuando prontamente me vi rodeado de algunos hombres enmascarados que me preguntaron si era sacerdote, y a mi respuesta afirmativa, dada a todo evento, a fin de no romper un incógnito que es mi única salvaguardia contra mis enemigos, dichos hombres me condujeron aquí. Estremecido de terror por mí por si esos hombres de quienes escapé una vez milagrosamente me conocían, asistí a su condena de V.; pero sobrevenga lo que sobreviniera, he resuelto compartir su suerte.

—¿Trae V. armas?

—No, pero ¿de qué me servirían contra un número tan considerable de enemigos?

—Para hacerse V. matar bravamente en lugar de ser ignominiosamente ahorcado.

—Tiene V. razón, exclamó el joven.

—Silencio, desventurado, profirió don Antonio con viveza; tome V. este revólver de seis tiros y este puñal; yo me reservo para mí igual número de armas.

—Ahora ya no les temo, dijo don Melchor estrechando las armas contra su pecho.

—Así quería verle a V., repuso Cacerbar; los caballos aguardan ensillados allí, al pie de la colina, a la derecha; si conseguimos llegar a ellos, estamos salvados.

—Suceda lo que quiera, le doy a V. las gracias, don Antonio, dijo el joven; y si Dios permite que escapemos...

—Nada me prometa V., interrumpió Cacerbar; ya tendremos ocasión de saldar nuestras cuentas más adelante.

El fraile dio la absolución al penitente, y transcurridos algunos minutos este último se levantó con ademán altivo y tranquilo. Es que estaba seguro de no morir sin vengarse.

De improviso reaparecieron los enmascarados y de nuevo coronaron la cumbre de la colina. Él que hasta entonces había hecho uso de la palabra, se acercó al condenado, aliado de quien se había colocado don Antonio para exhortarle en sus últimos momentos.

—¿Está V. preparado? preguntó a don Melchor el desconocido.

—Sí, respondió fríamente el joven.

—Levanten Vds. la horca y enciendan las antorchas, ordenó él de la carátula.

Entonces hubo un instante de desorden entre los que obedecían a los mandatos del desconocido.

Los iniciados estaban tan convencidos de que toda fuga le era imposible al condenado, y por otra parte era tan poco probable que éste intentase evadirse de su suerte, que por espacio de algunos minutos descuidaron su vigilancia; descuido del que don Melchor y su amigo se aprovecharon.

—Ea, exclamó Cacerbar, derribando al hombre colocado más cerca de él, sígame V.

—Adelante, profirió osadamente don Melchor armando su revólver y empuñando su puñal.

Y precipitándose ambos y con la cabeza baja en medio de los iniciados, descargaron furiosamente sus armas a derecha y a izquierda y consiguieron abrirse paso.

Como todas las acciones desesperadas, la llevada a cabo por aquellos dos hombres se vio coronada de éxito a causa de su insensatez misma; hubo una refriega espantosa, una lucha gigantesca de algunos minutos entre los iniciados sorprendidos de sopetón y los dos hombres resueltos a escapar o a morir con las armas en la mano: luego se oyó un galope furioso de caballos, y una voz burlona que a lo lejos gritaba:

—¡Hasta la vista!

Don Melchor y don Antonio corrían a escape camino de Puebla.

Toda esperanza de alcanzarles era inútil; por lo demás, los fugitivos habían dejado tras sí un surco de sangre: diez cadáveres yacían tendidos en el suelo.

—¡Deténganse Vds.! gritó don Adolfo a los que se disponían a subirse sobre sus caballos; déjenles que huyan; don Melchor está condenado y no evitará su muerte. Luego y como hablando consigo mismo, añadió: pero ¿quién es ese fraile maldito?

León Carral se inclinó hasta el oído de don Adolfo, y le dijo:

—Ese fraile es don Antonio de Cacerbar; le reconocí.

—¡Ah! exclamó con ira el aventurero, ¡otra vez ese hombre!

Algunos minutos después un escuadrón compuesto de unos diez jinetes tomaba al trote largo el camino de Méjico, al mando de don Jaime, u Oliverio, o don Adolfo, como al lector le plazca apellidarle.


[IV]

DON DIEGO

Don Melchor de la Cruz, resuelto a apoderarse a toda costa de la fortuna de su padre, fortuna que el casamiento de su hermana amenazaba hacerle perder para siempre, se había entregado en cuerpo y alma a la política, esperando hallar en medio de los bandos que desde hacía largo tiempo estaban desgarrando a su patria, la ocasión de satisfacer su ambición y su insaciable avaricia pescando a manos llenas en las revueltas aguas de las revoluciones. Dotado de un carácter enérgico y de grande inteligencia, verdadero bandolero político que sin vacilaciones ni remordimientos pasaba de un partido a otro según los beneficios que le ofrecían, siempre dispuesto a servir al que más bien le pagaba, había llegado a hacerse dueño de importantes secretos que le hacían temible para todos y le había conquistado cierto crédito para con los jefes de los partidos a los cuales sirviera uno en pos de otro; espía de la sociedad encumbrada, había sabido meterse en todas partes, afiliarse a todas las hermandades y sociedades secretas, pues poseía por modo imponderable el talento tan envidiado de los más famosos diplomáticos, de fingir con naturalidad asombrosa los sentimientos y las opiniones más opuestas. De esta suerte es como se había hecho admitir entre los miembros de la misteriosa sociedad de Unión y Fuerza, por la que después debía ser condenado a muerte, con la firme resolución, tomada de antemano, de vender los secretos de esta temible asociación, tan pronto se presentase favorable coyuntura. Don Antonio de Cacerbar consiguió, poco tiempo después, que también le recibiesen como a miembro de la asociación mencionada. Estos dos sujetos debían comprenderse a la primera palabra, y tal sucedió. Pronto les unió la más estrecha amistad. Cuando al principio de sus relaciones, y a consecuencia de revelaciones anónimas, don Antonio de Cacerbar, convicto de traición, condenado por la asociación misteriosa y obligado a defender su vida contra uno de los afiliados, cayó herido por la espada de su adversario, que le dejó por muerto en medio del camino, donde, según ya hemos dicho, le encontró Domingo, don Melchor, que de lejos asistía enmascarado a la sangrienta ejecución, resolvió, de ser ello posible, salvar a aquel hombre que tan profundas simpatías le inspiraba. Una vez hubieron partido sus compañeros, y tan pronto le fue posible, corrió con el intento de auxiliar al herido, pero ya no le halló; el acaso, al conducir a aquel lugar a Domingo, le arrebató, con gran pesar suyo, la ocasión tan deseada por él de convertir en su deudor a don Antonio. Más adelante, cuando éste, medio curado, había huido de la gruta donde le cuidaban, los dos amigos se habían encontrado de nuevo, y más afortunado esta vez don Melchor pudo prestar importantes servicios a Cacerbar. El cual a su vez y en muchas circunstancias había hallado el medio de que el joven se aprovechase del crédito oculto de que él gozaba. La única diferencia que entre los dos existía, era que si bien don Antonio conocía a fondo los negocios de su asociado, el fin que éste se proponía y los medios de que pensaba echar mano para conseguirlo, no sucedía lo mismo con don Melchor respecto de Cacerbar, quien permanecía para él un enigma indescifrable. El joven había ensayado muchas veces hacer hablar a su amigo y conducirle a confidencias que le hubieran dado ciertas prerrogativas; pero aun cuando nada consiguiera, no renunció a descubrir más o menos tarde lo que el otro parecía tener tanto empeño en ocultar. El último favor que don Antonio le había prestado, librándole de improviso de la implacable condena de los afiliados de la Unión y Fuerza, había colocado, a lo menos provisionalmente, a don Melchor bajo la dependencia del primero. Don Antonio parecía tomar a pundonor el no recordar al joven el inmenso peligro de que le salvara, y continuó sirviéndole como hasta entonces.

El primer cuidado de don Melchor, al entrar en Puebla, fue dirigirse inmediatamente al convento donde, después de haberla robado, había relegado a su hermana; pero conforme lo presintiera, ésta había desaparecido.

Respecto del particular don Antonio no le había dicho sino contadas palabras, pero de elocuencia terrible: « Sólo los muertos no se escapan. »

Todas las pesquisas que el joven hizo en Puebla fueron infructuosas; nadie pudo o quiso ponerle en antecedentes; hasta la madre abadesa del convento permaneció muda.

—Vámonos a Méjico, le dijo don Antonio; si no está muerta allá la hallaremos.

No es posible imaginar cuanto hizo Cacerbar para descubrir el retiro de doña Dolores; lo que sí es cierto, es que dos días después de su llegada a la ciudad, conocía la vivienda de la joven.

Dejemos por ahora a estos dos personajes, con quienes volveremos a encontrarnos demasiado pronto, y digamos como quedó libre doña Dolores.

Por orden de don Melchor, ésta había sido encerrada en un convento de Carmelitas.

La madre abadesa, a quien don Melchor logró hacérsela suya gracias a una cantidad de dinero muy importante y a la promesa de entregarle otras más cuantiosa todavía si ejecutaba con celo e inteligencia sus recomendaciones, no dejaba que la joven recibiese más visita que la de su hermano, ni le permitía que escribiese carta alguna, ni le entregaba ninguna de las que para ella llegaban al convento.

De esta suerte doña Dolores pasaba los días en medio de la mayor tristeza, en una reducidísima celda, privada de toda clase de relaciones con la sociedad y no conservando ni aun la esperanza de recobrar la libertad. Por lo demás, su hermano le había dado a conocer su voluntad respecto de este punto, exigiéndola que tomase el velo.

Renunciar al siglo, éste era el único medio que don Melchor había hallado para obligar a su hermana a hacerle abandono de bienes.

Sin embargo, el joven, aun cuando se hubiese hecho nombrar tutor de su hermana, no pudiera haber conducido a ésta a un convento sin una autorización escrita del gobernador, autorización fácilmente obtenida y que fue presentada por el secretario particular de su excelencia, don Diego Izaguirre, a la madre abadesa, al ser conducida al convento doña Dolores.

La noche del día en que don Melchor había sido tan diestramente secuestrado por don Adolfo, a quien creía prisionero suyo, a cosa de las nueve de ella, tres hombres envueltos en tupidas capas y montados en sendos y vigorosos caballos, se detuvieron a la puerta del convento, a la que llamaron. La tornera abrió un portillo, cruzó en voz baja algunas palabras con uno de los jinetes que había echado pie a tierra, y satisfecha sin duda de las respuestas que éste le diera, entreabrió la puerta y dio paso al visitador nocturno. El cual entregó entonces las bridas de su caballo a uno de sus compañeros y penetró en la santa casa mientras en la calle le aguardaban éstos. Cerrada la puerta tras el desconocido, éste, acompañado de la tornera, atravesó muchos corredores, hasta que su guía abrió la celda de la abadesa y anunció a don Diego Izaguirre, secretario particular de su excelencia el gobernador. Don Diego, después de cruzar algunos cumplidos, sacó de uno de los bolsillos de su dolmán un paquete y lo entregó a la abadesa, la cual lo abrió y lo leyó rápidamente.

—Perfectamente, señor, dijo ésta, estoy pronta a obedecerle a V.

—Recuerde V. bien, señora, lo que dice la orden que la he comunicado y que me veo obligado a recobrar. Todos, absolutamente todos, añadió don Diego recalcando la palabra, deben ignorar de qué modo ha salido doña Dolores del convento; esta recomendación es importantísima.

—No la olvidaré, señor.

—Es V. libre de decir que se escapó; ahora le ruego se sirva mandar recado a doña Dolores.

La abadesa dejó a don Diego en su celda y fue a buscar personalmente a la joven.

Una vez a solas, Izaguirre rompió en mil pedazos la orden que había mostrado a la abadesa y los arrojó al brasero, cuyo fuego los consumió en un instante.

—Eso me importa, dijo entre sí don Diego mirando como ardían los restos de la orden, que el gobernador se dé un día u otro cata de la perfección con que imito su firma.

No transcurrido un cuarto de hora apareció de nuevo la abadesa, quien dijo a Izaguirre:

—Aquí está doña Dolores de la Cruz; tengo la honra de depositarla en manos de V.

—Está bien, señora, repuso el joven, y pronto espero demostrar a V. que su excelencia sabe, cuando se presenta el caso, recompensar dignamente a las personas que le obedecen sin vacilaciones y desinteresadamente.

La abadesa hizo un humilde saludo y levantó los ojos hacia el cielo.

—¿Está V. dispuesta, señorita? preguntó don Diego a la joven.

—Sí, respondió ésta lacónicamente.

—Entonces hágame V. el favor de seguirme.

—Vamos, dijo la joven envolviéndose en su mantilla y sin despedirse de la abadesa.

Don Diego y doña Dolores abandonaron la celda, y conducidos por la abadesa llegaron a la puerta del convento. Una vez en la cual, la acompañante alejó bajo un fútil pretexto a la tornera, abrió por su propia mano la puerta, y una vez fuera don Diego y la joven, saludó por última vez al secretario del gobernador y volvió a cerrar como si la apremiara el deseo de verse libre de su presencia.

—Señorita, dijo respetuosamente don Diego a la joven, tenga V. la amabilidad de subirse sobre este caballo.

—Señor, repuso doña Dolores con voz triste pero firme, soy una pobre huérfana indefensa, por lo tanto le obedezco sin oponer resistencias inútiles, pero...

—Doña Dolores, dijo entonces uno de los jinetes, nos envía don Jaime.

—¡Oh! exclamó con gozo la joven, es la voz de don Carlos.

—Sí, señorita; de consiguiente tranquilícese usted y monte a caballo sin tardanza.

La joven se subió con ligereza sobre el caballo de don Diego.

—Ahora, señores, dijo éste, ya no necesitan ustedes de mí; adiós, a escape y buen viaje.

Los jinetes desaparecieron como un torbellino.

—¡Cómo corren! dijo riendo don Diego; creo que don Melchor se verá apuradillo para alcanzarles.

Y envolviéndose en su capa tomó pedestremente la vuelta del palacio del gobernador, donde vivía.

Los dos hombres que acompañaban a la joven eran Domingo y León Carral; los cuales, después de haber galopado durante toda la noche, al amanecer llegaron a un rancho abandonado donde les estaban aguardando muchas personas, entre las que doña Dolores conoció a don Adolfo y al conde.

Ahora, rodeada de sus devotos amigos, nada tenía que temer, estaba salvada.

El gozo de la joven, al llegar a Méjico escoltada por sus valientes amigos, fue inmenso, pero lo experimentó imponderablemente mayor al entrar en la casita donde todo estaba anticipadamente dispuesto para recibirla y al arrojarse llorando en brazos de doña María y de doña Carmen.

Don Adolfo y sus amigos se retiraron discretamente, dejando a las damas que se hiciesen sus confidencias.

El conde, a fin de velar más de cerca por la seguridad de la joven, hizo que su ayuda de cámara alquilase una casa situada en la calle misma en que aquélla habitaba y ofreció a Domingo, que aceptó con diligencia, compartir con él su vivienda.

A fin de no despertar sospechas y de no llamar la atención sobre la casa de las tres damas, se convino que Luis y Domingo no irían a ella sino de tarde en tarde y que las visitas serían sumamente cortas. En cuanto a don Adolfo, apenas doña Dolores quedara instalada en su casa, había anudado su vida errante y se hizo nuevamente invisible; a las veces, cerrada ya la noche, se presentaba de improviso en la habitación de los dos jóvenes, cuya mayordomía desempeñaba León Carral, pretendiendo que pues el conde debía casar con su joven ama, éste era el amo y él el mayordomo; el conde, para no disgustar al honrado servidor, había respetado su antojo. En sus raras apariciones, el aventurero departía, por espacio de algún tiempo, sobre asuntos indiferentes, con ambos jóvenes, y luego se separaba de ellos recomendándoles la mayor vigilancia. Nada de particular ocurrió durante el transcurso de muchos días. Doña Dolores, bajo la benéfica impresión de la dicha, había recobrado la alegría y la indolencia propias de su edad; ella y Carmen charlaban de la mañana a la noche en todos los rincones de la casa, y aun doña María, que experimentaba el influjo de alegría tan franca, parecía haber rejuvenecido y de cuando en cuando se le iluminaban sus severas facciones y por los labios le vagaba una sonrisa. El conde y su amigo, que a pesar de las recomendaciones de don Jaime frecuentaban cada vez más a menudo y por más tiempo la morada de las damas, con sus visitas amenizaban la monótona existencia de éstas, reclusas voluntarias que nunca ponían los pies en la calle y vivían en la ignorancia más absoluta de cuanto en torno de ellas pasaba.

Una noche en que, para matar el tiempo, el conde estaba jugando una partida de ajedrez con Domingo, y en que, poco atentos al juego, permanecían uno frente de otro con el codo sobre la mesa y la cabeza en la palma de la mano en actitud del que medita una gran jugada, pero en realidad para pensar en otra cosa, llamaron recio a la puerta de la calle.

—¿Quién diablos puede venir a estas horas? exclamaron los dos a un mismo tiempo y estremeciéndose.

—Es más de media noche, dijo Domingo.

—Como no sea Oliverio, profirió el conde, no sé quién pueda ser.

—Indudablemente será él, repuso Domingo.

En esto se abrió la puerta del aposento y apareció don Jaime.

—Buenas noches, señores, dijo el aventurero, no me aguardaban Vds. a estas horas, ¿no es verdad?

—Siempre le estamos aguardando a usted, amigo mío, respondió el conde.

—Gracias, profirió don Jaime; y volviéndose hacia el ayuda de cámara que le alumbraba, añadió: aderéceme V. algo para cenar, señor Raimbaut.

Una vez éste se hubo salido, don Jaime arrojó el sombrero sobre un mueble, se dejó caer en una silla y empezó a darse aire con su pañuelo.

—¡Uf! dijo el aventurero dirigiéndose a los dos jóvenes, estoy pereciendo de hambre.


[V]

LA CENA

Luis y Domingo contemplaban a don Jaime con sorpresa que en vano trataban de disimular y que a su pesar se les reflejaba en el semblante.

Con ayuda de Lanca Ibarru, Raimbaut bajó una mesa cubierta de platos y la colocó ante don Adolfo.

—Vive Dios, señores, dijo alegremente el aventurero, el señor Raimbaut ha tenido la fina atención de poner tres cubiertos, previendo sin duda que Vds. no se negarían a acompañarme; háganme pues el obsequio de dar por unos instantes tregua a sus pensamientos y vengan a sentarse a la mesa.

—De mil amores, contestaron Luis y Domingo tomando sitio al lado de don Jaime.

El cual empezó a comer con envidiable apetito, mientras hablaba con facundia y animación hasta entonces desconocida de sus amigos. La boca del aventurero era un manantial de agudezas, de frases luminosas y de anécdotas contadas con la finura más exquisita. El conde y Domingo cruzaban continuas miradas, como quien no comprendía jota de aquel buen humor tan singular; porque no obstante la chispa de sus palabras y la soltura de sus maneras, la frente del aventurero permanecía cuidadosa y su semblante conservaba la máscara fríamente burlona que le era habitual. Sin embargo, excitados a pesar suyo por aquella alegría comunicativa a no poder más, no habían tardado todos en olvidar sus preocupaciones y en dar entrada a buen humor tan franco en la apariencia; así es que a poco empezó entre los tres un tiroteo de agudezas y chistes que se confundió con el choque de los vasos y el ruido de los cuchillos y de los tenedores.

Los criados habían sido despedidos y por consiguiente quedadon solos los tres amigos.

—Por mi vida, señores, dijo don Adolfo destapando una botella de champaña, que a mi ver de todas las comidas la mejor es la cena; nuestros padres lo estimaban así y hacían perfectamente; entre las buenas costumbres que se van, ésta es una y pronto la olvidarán del todo. Y a fe que lo sentiré en el alma.

Don Jaime llenó los vasos de sus compañeros, y luego dijo:

—Déjenme Vds. que beba a su salud con este vino, uno de los más preciosos productos de su patria.

Y después de haber chocado, se bebió de un sorbo el contenido de su vaso.

Las botellas se sucedían con rapidez; los vasos estaban tan pronto llenos como vacíos.

Los tres amigos no tardaron en ponerse alegres. Entonces encendieron sendos puros y la emprendieron con el ron de Jamaica, el refino de Cataluña y con el aguardiente de Francia. Luego con los codos en la mesa, envueltos en espesa nube de odorífero humo, los tres hablaron con un poco más de orden, e insensiblemente y sin que de ello se percatasen, su conversación tomó poco a poco un sesgo más serio y más confidencial.

—¡Bah! profirió prontamente Domingo apoyándose en el respaldo de su silla, la vida es buena y sobre todo hermosa.

A este arranque, que caía exabrupto como un aerolito en medio de la conversación, el aventurero se echó a reír de un modo nervioso y áspero, y dijo:

—¡Bravo! a eso le llamo yo filosofía pura. Este hombre, que ignora de quién y dónde nació, que ha crecido como un hongo, y no ha conocido más amigo que a mí, que no tiene dónde caerse muerto, halla hermosa la vida y se congratula de gozarla. Por mi alma que me gustaría oírle desenvolver semejante teoría.

—Nada más fácil, profirió el joven con la mayor impasibilidad; es cierto que no sé dónde nací, pero esto constituye para mí una ventaja: la tierra entera es mi patria. Sea cual fuere la nación a que pertenezcan los hombres, son paisanos míos. También es cierto que no conozco a mis padres; mas ¿quién sabe si asimismo es una dicha para mí? Con su abandono me han eximido del respeto y de la gratitud por los cuidados que me habrían prodigado, y me han dejado en libertad de obrar a mi antojo, sin que tenga que temer sus censuras. No he tenido en mi vida sino un amigo; ha dicho usted bien; pero ¿cuántos hombres pueden vanagloriarse de tener tantos? El mío es bueno, sincero y devoto, lo he tenido siempre a mi lado, cuando de él he tenido necesidad, para gozarse en mis alegrías, entristecerse con mis penas, y sostenerme y unirme con su amistad a la gran familia humana de la que a no ser él estaría desterrado. No poseo donde caerme muerto; verdad innegable también; pero ¿qué me importan a mí las riquezas? Soy fuerte, animoso e inteligente; además ¿no está el hombre condenado al trabajo? Pues cumplo mi cometido como los otros, tal vez más bien que los otros, porque no envidio a nadie y me conformo con mi suerte. Ya ve V., mi querido don Adolfo, que la vida es, para mí a lo menos, como hace poco dije, buena y hermosa, y le reto a V., tan escéptico y lleno de desengaños, a que me demuestre lo contrario.

—Muy bien, repuso el aventurero; todas las razones que acaba V. de exponerme, aunque especiosas y fáciles de refutar, no dejan de parecer muy lógicas; pero no me tomaré el trabajo de discutirlas; lo único que le haré observar a V., es que se equivoca al calificarme de escéptico: desengañado tal vez lo estoy; pero escéptico no lo seré nunca.

—¡Oh! ¡oh! profirieron, a una los dos jóvenes, esto necesita una explicación, don Adolfo.

—Si me la exigen Vds. se la daré, repuso el aventurero; mas, ¿de qué aprovecharía? Voy a hacerles una proposición que a mi ver les placerá grandemente.

—¿Qué proposición es esa?

—Casi es ya de madrugada; dentro de contadas horas amanecerá; Vds. ni yo sentimos sueño. ¿Qué les parece si nos quedásemos aquí mismo y continuásemos hablando?

—Por mi parte acepto, respondió el conde.

—Lo mismo digo, añadió Domingo; pero ¿de qué hablaremos?

—Si Vds. quieren les referiré un lance, o una historia, como les plazca llamarle, que oí hoy mismo y cuya veracidad les abono, ya que él que me la contó es hombre a quien conozco hace muchos años y desempeñó un papel en ella.

—¿Por qué no nos cuenta V. su propia historia, don Adolfo? debe de estar llena de peripecias conmovedoras y de incidentes por demás curiosos, dijo intencionadamente el conde.

—Se equivoca V., mi querido amigo, replicó Oliverio con bondadoso gesto; nada hay más insustancial y despojado de interés que lo que os place apellidar mi historia; poco más o menos es la de todos los contrabandistas; porque, añadió en tono de confidencia, ya saben ustedes que no soy otra cosa. Todos llevamos la misma existencia; nos valemos de mil ardides para pasar las mercancías que nos confían, y la aduana se vale de los mismos medios para impedírnoslo y apoderarse de ellos; de ahí conflictos que a las veces, pero muy poco a menudo, gracias a Dios, resultan sangrientos. Esto es en sustancia la historia que me ha pedido usted, señor conde; ya ve V. que en la esencia no encierra interés alguno.

—No insisto, mi querido don Adolfo, repuso el joven sonriendo; así pues doblemos la hoja.

—Entonces es V. libre de dar comienzo a la historia que ofreció contarnos, dijo Domingo al aventurero.

Oliverio llenó un vaso de champaña con refino de Cataluña, lo vació de un sorbo, y golpeando la mesa con el mango de un cuchillo, dijo:

—Atención, señores, voy a dar principio; pero ante todo debo solicitar su indulgencia por ciertas lagunas y sobre todo por algunos puntos oscuros que aparecerán en mi relato; repito a ustedes que no haré sino relatar lo que me contaron a mí mismo, que por consiguiente hay muchas cosas que las ignoro y que no puedo ser responsable de las reticencias hechas probablemente con intención por el primer narrador, que indudablemente tiene sus razones para callarse ciertos incidentes de esta historia, por lo demás muy curiosa.

—Empiece V., empiece V., dijeron los dos jóvenes.

—Todavía encierra otra dificultad este relato, continuó don Jaime con la mayor imperturbabilidad, y es que ignoro completamente en qué tierra pasó; pero esto no tiene sino una importancia relativa, ya que poco más o menos los hombres son los mismos en todas partes, es decir, movidos y señoreados por vicios y pasiones idénticos. De lo que creo estar cierto es de que los hechos pasaron en el viejo mundo; pero Vds. van a juzgar. Había en Alemania (supongamos que fue en Alemania donde pasó esta verídica historia); había en Alemania, repito, una familia rica y poderosa cuya nobleza se perdía en la noche de los tiempos. Ya saben ustedes, de fijo, que la nobleza alemana es una de las más antiguas de Europa y que entre ella las tradiciones sobre el honor se han conservado casi intactas hasta hoy. Ahora bien, el príncipe de Oppenheim-Schlewig, que así le llamaremos, el jefe de esta familia, era príncipe y tenía dos hijos poco más o menos de la misma edad, pues el mayor no llevaba sino dos o tres años al menor, ambos gentiles de cuerpo y dotados de grande inteligencia; estos dos jóvenes habían sido educados con todo cuidado, bajo la vigilancia directa de su padre. En Alemania no pasa como en América; la potestad del jefe de la familia está muy extendida y no es menos respetada; hay algo realmente patriarcal en el modo como se conserva la disciplina interior de la casa. Los jóvenes se aprovechaban de las lecciones que recibían, pero a medida de los años iban caracterizándose sus inclinaciones, y en este punto pronto les separó una diferencia marcadísima, por más que ambos fuesen caballeros cumplidos, en la acepción vulgar de la palabra. Sin embargo, sus cualidades morales, si puedo expresarme así, diferían de todo en todo: el primero era apacible, afable, servicial, grave, esclavo de sus deberes y sobre todo imbuido en superlativo grado del honor de su apellido; el segundo mostraba gustos diametralmente opuestos; por más que era extremadamente orgulloso y estaba muy más pagado de su nobleza, no reparaba en comprometer el respeto que debía a su apellido, en los garitos más inmundos y entre gente la más soez; en una palabra, llevaba la vida más disipada y borrascosa. El príncipe se condolía a solas del desenfreno de su segundogénito, y para traerle a buen camino le había llamado repetidas veces a su presencia y le había dirigido las más severas amonestaciones. El joven había escuchado respetuosamente a su padre y le había prometido enmendarse, pero en vez de cumplir su promesa, redobló sus escándalos.

Francia declaró la guerra a Alemania. El príncipe de Oppenheim-Schlewig fue uno de los primeros que obedeciendo las órdenes del emperador ingresó en el ejército, en compañía de sus dos hijos, que le seguían en calidad de edecanes e iban a recibir su bautismo de sangre. Pocos días después de su llegada al campamento, el príncipe recibió del general en jefe orden de practicar un reconocimiento. Se trabó con este motivo una seria escaramuza con los forrajeadores enemigos, y en lo más recio de la pelea el príncipe cayó del caballo, muerto; pero lo singular del caso y que nunca pudo explicarse, fue que la bala que acabó con él, le había entrado por entre los hombros, de atrás a delante.

Don Adolfo hizo una pausa y dijo a Domingo:

—Deme V. de beber.

El joven le escanció un vaso de ponche; el aventurero se lo sorbió casi hirviendo, y después de haberse pasado la mano por la frente, pálida y empapada en sudor, anudó su relato en estos términos:

—Los dos hijos del príncipe, que se encontraban a bastante distancia de éste cuando ocurrió la catástrofe, acudieron apresuradamente, pero no hallaron sino el ensangrentado cadáver de su padre. El dolor de los dos jóvenes fue hondísimo, él del primogénito, sombrío, por decirlo así, él del menor, ruidoso. Pese a las más minuciosas pesquisas, fue imposible descubrir como yendo el príncipe al frente de sus soldados, quienes adoraban en él, pudo ser herido por la espalda; esto permaneció siempre envuelto en el misterio. Los jóvenes se separaron del ejército y regresaron a su hogar, tomando el primogénito el título de príncipe y pasando a ser el jefe de la familia. En Alemania el derecho de primogenitura existe en todo su vigor; así pues el menor dependía completamente de su hermano; pero no queriendo éste dejarle en una situación inferior y vergonzosa, le donó la fortuna de su madre, unos cuatrocientos mil duros, le dejó completamente libre de sus acciones y le autorizó para que tomara el título de marqués.

—De duque, querrá V. decir, interrumpió el conde.

—Esto es, repuso don Adolfo, mordiéndose los labios, ya que era príncipe; pero ya sabe usted, añadió con sonrisa amarga, que nosotros los republicanos no estamos muy al tanto de esos títulos pomposos que no nos merecen sino el más profundo desprecio.

—Prosiga V., dijo Domingo con indolencia.

—El duque realizó su fortuna, se despidió de su hermano y partió para Viena, desde cuya fecha el príncipe, que había permanecido en sus tierras en medio de sus vasallos no oyó hablar de su hermano sino muy de tarde en tarde, y aún no de modo que pudiese darle satisfacción alguna. El duque no ponía ya dique a sus desenfrenos, llegando los escándalos a tal extremo, que el príncipe se vio constreñido a tomar una resolución severa y a intimar a su hermano la orden de abandonar inmediatamente el reino; orden que éste obedeció sin replicar. Durante una larga serie de años el duque viajó por Europa, y cuando escribía a su hermano, lo que rara vez acontecía, era para notificarle los cambios que según decía en él se habían operado y la reforma radical de su conducta. Creyese o no en sus protestas, el príncipe juzgó no deber dispensarse de anunciar a su hermano su próxima boda con una noble heredera, joven, hermosa y rica; y tal vez presumiendo que a causa de la distancia el duque no podría concurrir a ella, le invitó a asistir a la bendición nupcial. Si tal creyó, se equivocó de medio a medio, pues el duque llegó la víspera de la boda. Su hermano le recibió con agasajo y le señaló habitación en su propio palacio, y al día siguiente se efectuó la unión proyectada. La conducta del duque fue irreprochable; viviendo en compañía de su hermano, parecía aplicarse en complacerle en todo y en demostrarle a cada paso que su conversión era sincera. En una palabra, desempeñó tan perfectamente su papel, que engañó a todos, y al príncipe el primero; el cual no sólo le devolvió su amistad, sino que no tardó en concederle toda su confianza. Muchos meses hacía ya que el duque había regresado de sus viajes y parecía haber tomado la vida por lo serio y no sustentar sino un deseo: el de reparar sus faltas de la juventud. Acogido en el seno de todas las familias, al principio con cierta prevención, pero con distinción a no tardar, había casi logrado hacer olvidar los deslices de su pasada existencia, cuando no sé a propósito de qué fiesta o de qué aniversario, se celebraron en aquella tierra regocijos extraordinarios. Cumpliendo con su deber, el príncipe tomó, como era natural, la iniciativa de las diversiones y aun a instancias de su hermano resolvió darlas más brillo tomando personalmente una parte importante en las mismas. Se trataba de representar un como torneo, para el cual la primera nobleza de las comarcas circunvecinas, a invitación del príncipe, habían ofrecido con solicitud su concurso. Por fin llegó el día de las justas. La joven esposa del príncipe, bastante adelantada en una preñez laboriosa, movida por uno de esos presentimientos que nacen del corazón y nunca engañan, intentó en vano disuadir a su marido de que bajase a la liza, confesándole en medio de lágrimas que temía una desventura; el duque unió su voz a la de su cuñada para recabar de su hermano que se abstuviera de aparecer en el torneo más que como simple espectador. El príncipe, que creía su honor comprometido en la empresa, fue inquebrantable en su resolución, y después de chancearse y de tildar de quiméricos sus temores, se subió sobre su caballo y partió. Una hora después le llevaron moribundo a su palacio. Por acaso extraordinario, por fatalidad inaudita, el desventurado príncipe había encontrado la muerte en el sitio mismo donde pretendiera hallar el placer. El duque demostró el más profundo dolor por la espantosa muerte de su hermano. Inmediatamente se procedió a abrir el testamento del príncipe, por el cual éste nombraba heredero universal de todos sus bienes a su hermano, siempre y cuando la princesa, cuya preñez tocaba a su fin, no pariese varón, en cuyo caso éste heredaría los bienes y títulos de su padre y permanecería durante su minoridad bajo la tutela de su tío. Al saber la muerte de su marido, a la princesa le asaltaron repentinamente los dolores del parto, y dio a luz una niña.

Anulada por lo tanto la cláusula segunda del testamento, el duque tomó el título de príncipe y se apoderó de la fortuna de su hermano. La princesa, no obstante los halagadores ofrecimientos que le hizo su cuñado, no quiso continuar viviendo, como extraña, en un palacio donde había sido dueña y señora, y se retiró al seno de su familia.

El aventurero hizo una pausa, y luego preguntó a sus oyentes, sonriendo con ironía:

—¿Qué les parece a Vds. la historia?

—Aguardo que haya V. dado fin a ella para manifestarle mi parecer, dijo el conde.

—¿Así pues V. cree que no he terminado? arguyo don Adolfo dirigiendo una mirada límpida y penetrante a Luis.

—Todas las historias se componen de dos partes distintas, replicó éste.

—¿Cuáles?

—La apócrifa y la verdadera.

—Si no se explica V...

—De mil amores; la parte apócrifa es la pública, la que todo bicho viviente sabe y puede comentar y referir a su antojo.

—Corriente, profirió el aventurero; ¿y la parte real?

—Ésta es la secreta, la misteriosa, conocida de dos o tres personas a lo sumo; la piel de cordero arrebatada de encima de los lomos del lobo.

—O la máscara de virtud arrancada del rostro del bandido, exclamó con arranque terrible el aventurero; ¿no es eso?

—En efecto, así es.

—¿Y V. aguarda la parte segunda de esta historia?

—Sí, respondió con gravedad el conde.

Don Adolfo permaneció por espacio de dos o tres minutos con la frente apoyada en la palma de la mano, luego irguió con altivez la cabeza, vació de un trago el vaso que ante sí tenía, y con voz nerviosa y entrecortada, dijo:

—Entonces escuche V., porque por Dios vivo le juro que lo que ahora voy a contar vale la pena de ser oído.


[VI]

REVELACIÓN

Hubo una larga pausa de silencio, durante la cual nuestros tres personajes permanecieron sumergidos en profundas meditaciones.

Por fin don Adolfo rompió el hechizo que parecía encadenarles, y tomando de improviso la palabra, continuó en estos términos:

—La princesa tenía un hermano, en aquel entonces no mayor de veintidós años; era éste caballero cumplido, diestro en todos los ejercicios del cuerpo, valiente como su espada, muy bien quisto de las damas, a las cuales correspondía, y bajo una apariencia de frivolidad escondía un carácter muy formal, una inteligencia privilegiadísima y una energía indómita. El hermano ese, a quien daremos el nombre de Octavio, si a Vds. les place, quería sinceramente a su hermana, por lo mucho que la pobre había sufrido, y él fue el primero que la indujo a que abandonase el palacio de su difunto marido y se volviese al seno de su familia, y a que reclamase su viudedad y rechazase los ofrecimientos del príncipe su cuñado; y es que Octavio, sin que a los ojos de la sociedad cosa alguna justificase la conducta que guardara para con el príncipe, sentía hacia éste la repulsión más viva. Sin embargo, no por esto había dejado de relacionarse con él, si bien es verdad que le visitaba rarísimas veces. Estas entrevistas, siempre frías y molestas para el joven, eran, por el contrario, cordiales y afectuosas por parte del príncipe; el cual con sus cariñosos modales y sus ofrecimientos ensayaba atraerse al joven, cuya repulsión había adivinado. La princesa, retirada entre su familia, educaba a su hija apartada de la sociedad, con ternura y abnegación verdaderamente extraordinarias. Dicha señora no se había quitado el luto desde la muerte de su esposo; pero lo llevaba más aún en el corazón que en el traje, porque la catástrofe que la dejara viuda, la tenía siempre fija en la mente con la tenacidad de los corazones amantes para los cuales el tiempo no avanza. Si alguna vez y por acaso alguno pronunciaba el nombre de su cuñado en medio del retiro en que ella voluntariamente se confinara, la conmovía de improviso un temblor convulsivo, de pálida se tornaba lívida, y sus grandes ojos, abrasados por la fiebre e inundados de lágrimas, se fijaban entonces en su hermano Octavio con singular expresión de reproche y de desesperación, cual si quisiese darle a conocer que era muy tardía la venganza que la prometiera. El príncipe, ya ahora hombre maduro, había reflexionado que él era el último de su estirpe y que por lo tanto era urgente, si no quería que los bienes y los títulos de su familia pasasen a colaterales lejanos, tener un heredero de su apellido; en fuerza de este raciocinio, había pues entablado negociaciones con un gran número de familias principescas del país, y en la época a que hemos llegado, unos ocho años después de la muerte de su hermano, se hablaba mucho del próximo matrimonio del príncipe con la hija de una de las más nobles casas de la confederación germánica. Todas las ventajas se encontraban reunidas en tal alianza, destinada a acrecentar aún más la importancia y riqueza proverbiales de la casa de Oppenheim-Schlewig: la novia era joven y hermosa y por alianza pertenecía a la casa reinante de Habsburgo. El príncipe, pues, daba a esta unión la mayor importancia y hacía cuanto de él dependía para apresurarla. En esto el conde Octavio se vio constreñido, a causa de tener que arreglar ciertos asuntos de interés, a abandonar su residencia y trasladarse por algunos días a una ciudad distante unas veinte leguas escasas. El joven se despidió de su hermana, se subió a una silla de postas y partió. Dos días después y a eso de las ocho de la noche llegó Octavio a la ciudad de Bruneck y se hospedó en una casa de su propiedad, situada en la plaza principal de la población y a contados pasos del palacio del gobernador. Bruneck es una pequeña y linda ciudad del Tirol, construida en la margen derecha del Rienz, y cuya población, compuesta de mil quinientos a mil seiscientos habitantes, ha conservado y todavía conserva en lo presente, las costumbres patriarcales, sencillas y severas de sesenta años atrás. El conde Octavio notó con sorpresa, a su entrada en la ciudad, que en ella reinaba un movimiento inusitado; a pesar de lo avanzado de la hora, las calles que atravesó su silla de posta estaban llenas de una multitud inquieta que iba, venía y corría en todas direcciones dando voces por demás singulares; casi todas las casas estaban iluminadas, y en la plaza ardían grandes fogatas. Tan pronto el conde estuvo en su casa se sentó a la mesa para cenar, informándose, al mismo tiempo, de la causa de aquella efervescencia extraordinaria.

—Ahora voy a decirles lo que el conde Octavio supo: el Tirol es un país sumamente montañoso, es la Suiza del Austria; pues bien, la mayor parte de aquellas montañas sirve de madriguera a numerosas gavillas de bandidos, cuya única ocupación consiste en exigir rescate a los viajeros a quienes su funesta estrella les lleva por aquellos vericuetos, y en entrar a saco en los villorrios y aun en ocasiones en villas importantes. Desde hacía muchos años, un capitán de bandoleros, más diestro y emprendedor que los otros, a la cabeza de una numerosa, resuella y disciplinada gavilla, desolaba la comarca, atacaba a los viajeros, incendiaba y saqueaba las aldeas, y no vacilaba, cuando el caso lo requería, en oponer resistencia a los soldados enviados en su persecución, los cuales, con harta frecuencia, llevaban la peor parte. Dicho bandolero había acabado por infundir tal terror en aquella comarca, que sus habitantes concluyeron por reconocer tácitamente su dominación y le obedecían temblando, persuadidos como estaban de que era imposible vencerle. Como era natural, el gobierno austriaco no quiso admitir este pacto estipulado con salteadores, y resolvió acabar con ellos a toda costa. Durante un espacio de tiempo bastante dilatado, todos sus esfuerzos resultaron infructuosos; aquel capitán de bandidos, maravillosamente servido por sus espías, estaba siempre al tanto de cuanto se maquinaba contra él; así es que dirigía sus movimientos en consonancia con las necesidades, y lograba sustraerse con la mayor facilidad a la persecución de que era objeto y escapar de todos los lazos que le armaban. Pero lo que no consiguiera la fuerza, lo logró por último la traición; uno de los secuaces del Brazo Rojo, que tal era el nombre de guerra del bandido, descontento de la parte que le dieran en el reparto de un cuantioso robo efectuado algunos días antes y creyéndose perjudicado por su capitán, resolvió vengarse de él traicionándole. Una semana después Brazo Rojo fue sorprendido por las tropas, de quienes quedó prisionero al igual que los principales de su gavilla. Los que pudieron apelar a la fuga, desmoralizados por la captura de su capitán no habían tardado en caer en poder de sus perseguidores; de modo que la gavilla quedó completamente destruida. Corto fue el proceso de los bandidos; los cuales fueron condenados a muerte y ejecutados inmediatamente. El capitán y dos de sus principales tenientes fueron los únicos que quedaron por entonces en la cárcel, para que su suplicio fuese más ejemplar. Debían ser ejecutados al día siguiente. Ahí la causa de los regocijos a que se entregaba Bruneck. Los habitantes de las poblaciones circunvecinas habían acudido presurosas para asistir al suplicio del hombre ante el cual por espacio de tanto tiempo temblaran, y a fin de no perder aquel espectáculo para ellos tan atractivo, acampaban en calles y plazas, aguardando con impaciencia la hora de la ejecución. El conde dio poquísima o ninguna importancia a tales noticias, y como estaba fatigado de un viaje de dos días seguidos por caminos intransitables, en cenando se dispuso a acostarse; pero en el preciso instante en que entraba en el dormitorio, pareció un criado que cruzó en voz baja algunas palabras con el ayuda de cámara de aquél.

—¿Qué ocurre? preguntó Octavio, volviendo el rostro.

—Perdone, señor conde, respondió respetuosamente el criado; pero ahí fuera está un hombre que desea hablar con vuecencia.

—¿A estas horas? profirió Octavio con extrañeza; es imposible: ¿apenas llego y ya conocen mi llegada? Diga V. al sujeto ese que vuelva mañana; ahora es demasiado tarde.

—Ya se lo he manifestado, señor conde, y me ha contestado que mañana sería inútil que se viese con vuecencia.

—¡Es extraordinario! ¿qué clase de individuo es ése?

—Un sacerdote, señor conde, y ha añadido que lo que tiene que comunicar a vuecencia es muy grave y que por lo tanto rogaba encarecidamente que vuecencia le recibiese.

Octavio, por demás cuidadoso de tal visita y sobre todo de que se la hicieran a hora tan avanzada, se arregló el traje y se encaminó al salón, anheloso por conocer la clave del enigma. En efecto, en medio del salón le estaba aguardando, en pie, un sacerdote, hombre ya de edad provecta, de larga y cana cabellera que se le desparramaba por los hombros, dándole un aspecto venerable, completado por la expresión de bondad y de tranquila grandeza que se le reflejaba en el semblante. El conde, al verle, le saludó respetuosamente y con el gesto le invitó a que se sentase.

—Dispénseme V., señor conde, respondió el sacerdote inclinándose y permaneciendo en pie. Soy capellán de la cárcel y... ¿V. habrá sin duda oído hablar de la captura de ciertos malhechores?

—Sí, señor, me han dado algunas vagas noticias sobre el particular.

—Muchos de esos desventurados han recibido ya el terrible castigo a que les condenó la justicia humana, y el más culpado de todos, su jefe, debe ser ejecutado a su vez mañana al salir el sol.

—Lo sé, señor.

—El hombre ese, continuó el capellán, próximo a comparecer ante Dios, su juez supremo, al que tiene que dar una cuenta terrible, gracias a mis esfuerzos para inducirlo al arrepentimiento, ha sentido penetrar el remordimiento en el corazón. El arribo de V. a la ciudad, cuya noticia llegó hasta él ignoro como, le ha parecido un aviso de la Providencia, y al punto me mandó a buscar para rogarme que viniese a verme con V.

—¡Conmigo! exclamó el joven lleno de pasmo; ¿Qué conexión puede haber entre yo y ese bandido?

—Lo ignoro, señor conde; respecto del particular nada me ha dicho; lo único que me encargó es que en su nombre le rogase a usted se sirviese ir a verle en su calabozo para escuchar de sus labios la revelación de un secreto de importancia grandísima.

—No sé qué pensar de lo que V. me dice, profirió Octavio, pues no conociendo como no conozco al hombre ese, no comprendo qué punto de contacto pueda tener con la suya mi existencia.

—Es indudable que él va a explicárselo, señor conde, repuso el sacerdote. Si me permite usted un consejo, consienta V. en la entrevista que solicita el reo. Hace muchos años que soy capellán de la cárcel y he visto morir a muchos criminales. El hombre más fuerte y más denodado, ante la muerte se achica y acobarda y tiembla, y perdida toda esperanza en los hombres, la pone en Dios. El desdichado Brazo Rojo, que debe morir mañana, sabe que nada puede sustraerlo al terrible destino que le aguarda; de consiguiente ¿con qué objeto solicitaría, en los umbrales de la muerte, la entrevista esa, si no fuese con él de rescatar por medio de la revelación que quiere hacer a usted, tal vez uno de sus más horrendos crímenes, por más que este crimen sea quizás el más ignorado de todos? Créame V., señor conde, en esto está el dedo de la Providencia; no es el acaso él que le trajo a V. a esta ciudad en el preciso momento de expiación tan terrible; consienta V. en seguirme y en bajar al calabozo donde este desdichado aguarda sin duda con la más viva ansiedad y contando los minutos su llegada de V. Aún suponiendo que esa revelación no asuma para V. la importancia que pretende el reo, ¿se negaría V. a dar este último, consuelo a un hombre que por modo tan fatal va a ser borrado del catálogo de los vivos? Acceda V., señor conde, se lo suplico.

Octavio se decidió por fin, y envolviéndose en una capa se salió de su casa en compañía del sacerdote.

A pesar de la hora avanzada, pues era poco más o menos la media noche, la plaza estaba llena de una multitud que lejos de disminuir iba en aumento con la llegada de nuevos individuos que acudían presurosos de las aldeas circunvecinas.

Octavio y su guía se abrieron con grandes dificultades paso por entre la muchedumbre, hasta llegar a la cárcel, frente a la cual había gran número de centinelas.

El capellán dijo algunas palabras al que de éstos estaba más próximo a la puerta, y él y el conde, seguidos de un carcelero, se dirigieron hacia el calabozo del condenado a muerte. El carcelero, con un farol en la mano, guió silenciosamente a los dos visitantes al través de una larga serie de corredores, y una vez delante de una puerta forrada de hierro, se detuvo y pronunció estas únicas palabras:

—Pueden Vds. entrar.

El capellán y el conde penetraron en el calabozo; y decimos calabozo por ser palabra consagrada por el uso, ya que la pieza en la que aquéllos entraron todo lo parecía menos tal. Era una celda bastante capaz, iluminada por dos ventanas ojivales provistas de fuertes rejas en la parte exterior, y en la cual había una cama, más bien dicho, un catre sobre el que estaba tendido un cuero de vaca, una mesa, gran número de sillas y un espejo colgado del muro. En la testera se veía un altar cubierto de negro, en él que, desde que se dictó la sentencia, el capellán rezaba una misa por la mañana y otra por la tarde.

El condenado estaba en capilla.

Al oír este pormenor, pues la costumbre de poner en capilla a los reos de muerte sólo existe en España y sus colonias, los dos oyentes cruzaron al soslayo una mirada de inteligencia, que pasó inadvertida al aventurero. El cual, sin notar la falta que acababa de cometer, continuó.

—El condenado, que estaba sentado en un taburete, con la cabeza en la palma de la diestra y el codo apoyado en la mesa, y leyendo a la luz de un humoso candil, al entrar los visitantes se levantó con diligencia, y saludando con la cortesía más exquisita, dijo:

—Señores, sírvanse Vds. dispensarme la honra de molestarse unos instantes; pronto van a llegar las personas a quienes mandé a buscar y cuya presencia aquí es indispensable para que luego nadie pueda poner en tela de juicio la veracidad de lo que voy a revelar.

El capellán y el conde hicieron un gesto de asentimiento y se sentaron en las butacas que aquél les acercara.

Los circunstantes guardaron silencio por espacio de algunos minutos, silencio sólo interrumpido por el cadencioso paso del centinela colocado en el corredor para vigilar al condenado.

Brazo Rojo se había sentado de nuevo en su taburete y parecía meditar, cuya circunstancia aprovechó el conde para examinarle detenidamente.

Era el bandido hombre de treinta y cinco a cuarenta años, alto y bien formado y de gestos desembarazados y elegantes. Debido a la costumbre del mando, tenía la cabeza un tanto echada hacia atrás, sus facciones eran abultadas y simpáticas y en su mirada había una fijeza extraordinaria; en cuanto a la fisonomía, es imposible describir el singularísimo sello que imprimía en ella la notable expresión de apacibilidad y de energía que la animaba. Cabellos azulados de puro negros, espesos y ensortijados de suyo, que se le desparramaban por los hombros, formaban marco a su hermoso rostro. El traje que llevaba el reo, de terciopelo negro y de corte excepcional, hacía contraste con la palidez mate de su dueño, y a ser posible realzaba el aspecto simpático de éste.

Transcurridos algunos minutos se oyó ruido de pasos en el corredor, rechinó una llave en la cerradura, se abrió la puerta, y parecieron dos hombres guiados por el carcelero, el cual, después de haberles introducido silenciosamente en el calabozo, volvió a salir, cerrando tras sí la puerta.

El primero de los dos sujetos recién entrados era el director de la cárcel, anciano todavía lozano a pesar de sus setenta años, de facciones sosegadas, aspecto venerable, y cuyos cabellos, canos, poco abundantes y cortados casi al rape en las sienes, por detrás le caían sobre el cuello de su levita. El segundo, militar, un mayor, a juzgar por sus charreteras, frisaba con los treinta, y nada de particular ofrecían sus facciones; era uno de esos hombres nacidos para vestir el uniforme y que en traje de paisano están ridículos.

Ambos saludaron cortésmente, y sin proferir palabra aguardaron a que se la dirigieran explicándoles el porqué de haberles llamado a aquel sitio.

Comprendiéndolo así el reo, éste se apresuró a hacerles sabedores de las causas que le habían obligado a suplicarles a que se presentasen en el calabozo en el momento supremo en que nada debía esperar ya de los hombres.

—Señores, dijo con voz firme Brazo Rojo, dentro de algunas horas habré saldado mis cuentas con la justicia humana y compareceré ante la más terrible de Dios. Desde el día en que empezó para mí la implacable lucha que sostuve contra la sociedad, cometí muchos crímenes, serví a muchos odios y convertí en cómplice de un número incalculable de atentados a cual más odioso. La sentencia que me condena es justa, y aunque resuelto a sobrellevarla con la fortaleza del hombre a quien la muerte no ha arredrado nunca, creo deber confesar a Vds., con la sinceridad más grande y la humildad más profunda, que me arrepiento de mis crímenes, y que lejos de morir impenitente, los expiaré suplicando a Dios, no que me perdone, sino que tome en cuenta mi arrepentimiento.

—Bien, hijo mío, bien, dijo con amor el capellán; refúgiese V. en Dios, su bondad es infinita.

Por espacio de algunos segundos reinó el más profundo silencio.

—En este momento supremo, dijo por fin Brazo Rojo, querría haber reparado los males que he causado; pero ¡ay! es imposible, mis víctimas están muertas y poder alguno humano sería capaz de devolverles la vida que tan traidoramente les quité. Sin embargo, entre los crímenes que sobre mí pesan hay uno, tal vez de todos el más horrendo, que si no puedo repararlo completamente, a lo menos espero neutralizar sus efectos, revelando a Vds. sus siniestras peripecias y divulgando el nombre de mi cómplice. Dios, al conducir de improviso a esta ciudad al conde Octavio, quiso sin duda imponerme esta expiación; por lo tanto me someto a su voluntad, esperando que en cambio de mi obediencia tal vez se apiade de mí. Al suplicarles a Vds., señores, que viniesen aquí, me guió la idea de que la persona más interesada en lo que voy a decir contase con los testigos indispensables, para que después la justicia humana pudiese, sin temor alguno, perseguir al culpado. Así pues, señores, sírvanse Vds. tomar nota de mis palabras, que al umbral del sepulcro les juro serán reflejo de la verdad más pura.

El condenado se calló y se entregó a la meditación como para recoger sus recuerdos.

Los asistentes sentían la curiosidad más viva; el conde, principalmente, ensayaba en vano, bajo una apariencia fría y severa, disimular la ansiedad que le oprimía el corazón; tenía el presentimiento de que por fin iba a ser dueño del impenetrable secreto que hasta entonces envolvía a su familia y cuyo descubrimiento persiguiera inútilmente por espacio de tanto tiempo.

Brazo Rojo escogió, entre los muchos papeles que cubrían su mesa, un cuaderno bastante voluminoso, y después de abrirlo y colocarlo ante sí, dijo:

—Aunque desde la fecha en que ocurrieron los sucesos que aquí se narran, hayan transcurrido ocho años, están tan presentes en mi memoria, que tan pronto supe la llegada del conde Octavio a esta ciudad, me puse a escribirlos circunstanciadamente a vuela pluma. Esta horrorosa historia es la que voy a leerles a Vds., señores; historia a cuyo pie me harán ustedes luego el favor de echar su firma, a fin de dar al manuscrito este la autenticidad indispensable para que el señor conde haga de él el uso que juzgue más conveniente en pro de su familia y para castigo del culpado. Yo no fui sino el cómplice pagado, el instrumento de que se sirvieron para herir a la víctima.

—Esta precaución es muy buena, dijo entonces el director de la cárcel; no hallaremos reparo en firmar esa revelación, sea la que fuere.

—Gracias, señores, profirió el conde; por más que yo ignore los hechos que van a sernos revelados, me asisten sin embargo ciertas razones particulares para tener la cuasi certeza de que lo que voy a saber es de grandísima importancia para la dicha de algunas personas de mi familia.

—Va V. a juzgar de ello, señor conde, dijo el reo, empezando a leer su manuscrito, lo cual duró próximamente dos horas.

Del conjunto de los hechos resultaba: primeramente que la bala que cortara la existencia del príncipe de Oppenheim-Schlewig había partido del fusil de Brazo Rojo, quien al efecto se emboscara entre unas matas, y que el segundogénito del príncipe había pagado al bandido para que cometiera tal asesinato. Una vez en la resbaladiza pendiente del crimen, el joven se había entregado a él en cuerpo y alma, sin vacilación y sin remordimientos, para lograr el fin que se propusiera, que no era sino él de apoderarse de la fortuna paterna. Después de un parricidio, para él nada significaba un fratricidio, y lo llevó a cabo con un lujo de precauciones atroz. Otros crímenes más horrorosos aún, si es posible, los refería el manuscrito, con una verdad de pormenores tal y con apoyo de pruebas tan irrecusables, que los testigos llamados por el reo se preguntaban con espanto si era posible que existiese un monstruo tan atroz y qué horrible castigo le reservaba la justicia divina, de la que él se burlaba con tan horroroso cinismo hacía tantos años. A la princesa, al saber la muerte de su esposo, le habían sobrevenido los dolores del parto y dado a luz, no una niña, como todos creían, sino dos gemelos, uno de los cuales, el niño, fue arrebatado por orden del príncipe con objeto de anular la cláusula del testamento de su padre que transmitía al hijo que debía nacer, caso de ser varón, los títulos y toda la fortuna de la familia.

El conde Octavio, con el rostro sepultado entre las manos, se creía pábulo de una terrible pesadilla; a pesar de las prevenciones que le animaran siempre contra su cuñado, nunca se hubiera atrevido a creerle capaz de cometer impasiblemente y a largos intervalos una serie de crímenes odiosos pacientemente urdidos y meditados a impulsos de la más vil, despreciable e inexcusable de todas las pasiones, la sed de oro. El conde se preguntaba si no obstante las irrecusables pruebas que de esta suerte y de improviso se le venían a las manos, hallaría en todo el imperio un tribunal que se atreviese a asumir la responsabilidad de perseguir tan vergonzosos e inhumanos crímenes. Además, como de hacer pública tal revelación quedaba irremisiblemente deshonrada una familia a la cual estaba entroncada la suya, ¿iba a refluir sobre ésta la deshonra? Todos estos pensamientos bullían en la mente del conde, causándole dolores agudísimos y acrecentando su perplejidad hasta el extremo que no sabía que resolución tomar. En caso tan grave, no se atrevía a pedir consejo a nadie ni buscar apoyo fuera de sí mismo.

—Caballero, dijo Brazo Rojo levantándose y acercándose al conde, tome V. este manuscrito; desde ahora le pertenece.

El conde tomó maquinalmente el cuaderno que le entregaba el reo, quien continuó en estos términos:

—Comprendo su admiración de V. y su espanto, señor; son tan horribles los acontecimientos esos, que a pesar del sello de verdad que revisten, de las circunstancias excepcionales en que han sido escritos, y de la autoridad de las personas que los han firmado después de leídos, corren peligro de ser puestos en duda; así pues quiero ponerlos al abrigo de toda sospecha de impostura, añadiendo al manuscrito lo que se ha dado en llamar piezas de autos y que yo llamaré pruebas irrecusables.

—¿Posee V. pruebas? preguntó el conde estremeciéndose.

—Sí, señor. Sírvase V. abrir esta cartera y en ella hallará veintitantas cartas de su cuñado de usted dirigidas a mí, todas ellas referentes a los hechos narrados en este manuscrito.

—¡Dios mío! ¡Dios mío! profirió el conde juntando las manos; pero volviéndose prontamente hacia Brazo Rojo, dijo: es muy singular.

—Le comprendo a V., repuso el reo sonriendo.

V. se admira de que yo poseyese cartas tan comprometedoras para el príncipe, sin que éste se haya servido de su poderío para hacerme desaparecer y recuperarlas.

—En efecto, dijo el conde, admirado de que el reo hubiese adivinado su pensamiento; el príncipe, mi cuñado, es hombre por todo extremo prudente, y sobre esto tenía interés sumo en hacer desaparecer pruebas tan abrumadoras para él.

—Así es, y no hubiera dejado de hacerlo aun cuando hubiese debido apelar a los medios más expeditos para conseguirlo; pero el príncipe ignora que tales pruebas hayan quedado en mis manos y por qué sucedió así. Voy a explicárselo a V.: cada vez que por escrito me daba una cita, en presencia de él quemaba yo una carta exacta a la que él me había enviado, para demostrarle la buena fe de mi conducta y la confianza que él me merecía; de modo que nunca sospechó que yo las hubiese retenido en mi poder. Luego y en cuanto hubo parido la princesa, suponiendo yo con fundamento que habiendo el príncipe logrado sus propósitos desearía deshacerse de mí, le salí a camino abandonando de repente el país, durando mi ausencia tres años, que los pasé en el extranjero. Transcurrido este período de tiempo, hice circular la voz de mi muerte, componiéndomelas para que esta noticia llegase a oídos del príncipe, con visos de la más exacta verdad. Luego me vine aquí. El príncipe nunca supo como me llamaba yo, porque nosotros, los caballeros de carretera, no sólo tenemos la costumbre de cambiar de seudónimo cada dos por tres, siendo como es para nosotros el incógnito una salvaguardia, sino usar tres o cuatro a la par a fin de establecer respecto de nosotros una confusión gracias a la cual nos encontramos del todo seguros. Así pues, el príncipe, a pesar de todas sus pesquisas, si, lo que ignoro, intentó llevarlas a cabo alguna vez, no logró, no diré descubrir mi paradero, ni aun comprobar mi existencia.

—Pero ¿con qué objeto había V. conservado estas cartas? preguntó el conde.

—Con el muy sencillo de servirme de ellas para obligar al príncipe, por medio del temor a una revelación, a que me proporcionase el dinero que me hiciese falta cuando se me antojase renunciar a mi peligroso oficio; pero como me sorprendieron cuando menos lo esperaba, no pude hacer uso de ellas; y ello no lo siento ahora, se lo aseguro a V.

—Gracias, dijo con efusión el conde; pero en cambio del inmenso servicio que acaba V. de prestarme ¿no me sería dable hacer algo por V. en la situación extrema en que se halla?

Brazo Rojo dirigió al soslayo una mirada en torno de sí, y vio que para dejar al conde en completa libertad de hablar con él, el capellán y los dos militares se habían retirado al rincón más distante del calabozo, donde al parecer conversaban con mucha animación.

—¡Ah! señor conde, dijo el reo con voz apenas perceptible, es ya demasiado tarde; yo hubiera querido...

—Diga V., tal vez pueda yo satisfacer su último deseo.

—No es la muerte lo que me espanta, señor, profirió Brazo Rojo, sino subir al ignominioso cadalso, el verme expuesto en vida a la irrisión y a los insultos de ese populacho al que por tanto tiempo vi temblar ante mí; esto es lo que turba mis postreros instantes y me entristece. Lo que yo quisiera es burlar la expectación de esa multitud frenética que anticipadamente se recrea en mi suplicio, y que llegado el momento de conducirme a él no encontrasen sino mi cadáver. Ya ve V., señor conde, que nada puede hacer en mi favor.

—Se equivoca V., repuso Octavio con viveza; no sólo puedo evitarle a V. el bochorno del cadalso, sino también a sus dos compañeros, si quieren.

—¿No me engaña V.? preguntó el reo, por cuyos ojos pasó un rayo de alegría.

—¡Silencio! profirió el conde; ¿qué interés tendría yo en engañarle, cuando no deseo sino demostrarle mi agradecimiento?

—Dice V. bien; pero ¿de qué medio va V. a valerse?

—Escuche V., esta sortija que ostento en el dedo encierra un veneno activísimo; basta abrir el engaste y aspirar su contenido para caer muerto con la rapidez del rayo y sin padecimiento alguno. Uno de mis antepasados trajo de Nueva España, de donde había sido virrey, esta sortija. Ya sabe V. cuan inteligentes son los indios para componer venenos. Tome V. la sortija.

—¡Oh! gracias, dijo Brazo Rojo, apoderándose de ella y escondiéndosela en el pecho; gracias, señor conde, ha saldado V. sus cuentas conmigo, nada me debe V. ya; al contrario, donándome esta sortija sale V. acreditando. Gracias, gracias; de esta suerte mis pobres amigos y yo evitaremos la suerte ignominiosa que nos espera.

El conde y Brazo Rojo se acercaron entonces a los demás personajes que concurrieran al calabozo, los cuales, al ver que el coloquio que aquéllos sostenían había terminado, cesaron de hablar.

—Caballeros, dijo el reo, con toda el alma les agradezco a Vds. que se hayan dignado asistir a la revelación que mi conciencia me ordenaba hacer; ahora me siento más sosegado, y puedo aguardar tranquilamente los brevísimos instantes que me separan de la muerte. Quisiera pedir a Vds. un nuevo favor, y es que me dejasen pasar los contados segundos que de existencia me quedan, junto a mis dos compañeros que, cual yo, deben morir hoy en el patíbulo.

—Es un consuelo supremo, repuso el capellán.

El director de la cárcel reflexionó por espacio de un minuto, y luego dijo al reo:

—No hallo inconveniente en acceder a sus deseos; voy a dar las órdenes necesarias para que conduzcan acá a sus compañeros y permanezcan Vds. reunidos hasta el momento de la ejecución.

A una orden del director de la cárcel, el centinela llamó al carcelero, que acudió a abrir la puerta del calabozo.

—Adiós, señores, dijo el reo. Él les acompañe.

El conde, después de haberse despedido del capellán y de las otras dos personas, se salió de la cárcel, atravesó la plaza, llena de una multitud inmensa, y se apresuró a entrar en su casa, donde llegó en el preciso instante en que sonaban las seis, hora designada para la ejecución.

De improviso y como por arte de magia imperó el más profundo silencio entre la muchedumbre, un segundo antes tan bulliciosa y movediza; y es que por fin iba a ver cumplida su venganza.


[VII]

EL VENGADOR

No bien hubo llegado a su casa, el conde dictó sus disposiciones para partir inmediatamente, olvidándose por completo del asunto que le llevara a Bruneck. Por otra parte, por muy importante que le hubiese sido el asunto, no hubiera sido parte a retenerle; tal era la priesa que de alejarse sentía aquél.

Sin embargo, no tuvo más remedio que permanecer todavía algunas horas más en la ciudad, por no ser posible disponer de caballos hasta las tres de la tarde.

Octavio se aprovechó de este contratiempo para tomar algún descanso, pues en efecto le rendía la fatiga. A poco de haberse acostado dormía tan profundamente, que no oyó siquiera las desaforadas y furiosas voces que daba la multitud al ver que en lugar de los tres criminales a quienes hacía tanto tiempo estaba aguardando para gozarse en su suplicio y saborear con delicia una venganza tan anhelada, no le entregaban sino tres cadáveres.

En el momento en que el carcelero y los agentes de la justicia entraron en el calabozo de los condenados para conducir a éstos al patíbulo, no hallaron sino tres cadáveres.

Cuando el conde despertó, todo había concluido; las tiendas estaban abiertas y la ciudad ofrecía el aspecto normal.

Octavio preguntó si estaba dispuesto el coche, y al responderle que éste le estaba aguardando a la puerta de la casa, apresuró los últimos preparativos, que pronto estuvieron terminados, y bajó a la calle.

—¿A dónde vamos, excelentísimo señor? preguntó el lacayo descubriéndose.

—A Viena, respondió el conde, acomodándose en el testero del carruaje.

El postillón esgrimió su látigo, y los caballos partieron a escape.

Octavio había reflexionado, y el resultado de sus reflexiones fueron éste: sólo existía una persona bastante poderosa para hacer que le administraran recta y pronta justicia: el emperador; así pues a éste era a quien debía dirigirse. Ahí porque tomó el camino de Viena.

Larga es la distancia que separa a Bruneck de la capital del imperio; así es que en aquellos tiempos en que los caminos de hierro estaban en sus comienzos y no existían sino en ciertas líneas estratégicas muy contadas, los viajes eran largos, incómodos y dispendiosos. Él del conde duró veintisiete días. Lo primero que hizo Octavio al llegar al término que se propusiera, fue informarse respecto de la residencia del emperador, que en aquel entonces se encontraba en Schoenbrunn, situado a una legua escasa de Viena. Para no perder un tiempo precioso, empero, era menester recabar lo más pronto posible una audiencia del emperador, y como Octavio pertenecía a una familia demasiado encumbrada para que le hiciesen esperar, dos días después de su llegada a la capital de Austria, fue recibido en audiencia.

Como ya he manifestado, el palacio de Schoenbrunn se levanta a legua o legua y media de Viena, allende y un poco a la izquierda del arrabal de Mariahilf. Dicho palacio imperial, empezado por José I y terminado por María Teresa, es de construcción sencilla, elegante, graciosa, sin embargo de lo cual no carece de majestad. Se compone de un gran cuerpo con habitaciones del que parten dos alas circulares, y corona el peristilo una escalinata de dos rampas que afluye al piso primero. Paralelos al cuerpo principal del palacio hay algunos edificios bajos destinados a la servidumbre y a las caballerizas, los cuales están unidos a cada uno de los extremos de las alas, dejando únicamente en el eje de la escalinata una abertura no de diez metros, a cada lado de la que se levanta un obelisco. Se llega a Schoenbrunn por un puente echado sobre el Viena, delgado hilo de agua que va a perderse en el Danubio, y a espaldas del palacio se extiende un jardín semicircular en el testero del cual se levanta un mirador situado en la cúspide de un otero sembrado de césped rodeado de umbríos sotos, en los que se disfruta de suavísimo ambiente y del armonioso gorjear de infinidad de pájaros, Schoenbrunn, célebre por haber vivido en él Napoleón I y haber muerto en él, tras dolorosa agonía, el duque de Reichstad, hijo de este famoso capitán, ostenta un sello de indecible tristeza y de indefinible languidez; todo en él es sombrío, melancólico y aflictivo; la corte, con su rigurosa etiqueta y su fausto, apenas si logra de tiempo en tiempo galvanizar aquel cadáver. Como el palacio de Versalles, Schoenbrunn no es sino un cuerpo sin alma, incapaz de volver a la vida bajo esfuerzo alguno.

El conde llegó a Schoenbrunn diez minutos antes de la hora de su audiencia, fijada para mediodía, y una vez ésta hubo sonado, un chambelán de servicio, que le estaba aguardando, le introdujo a presencia del emperador, que se encontraba en un salón particular, en pie y arrimado a una chimenea.

La acogida que el soberano reservó al conde, fue cordial en extremo. La audiencia duró unas cuatro horas, y fue tan secreta, que nadie ha sabido nunca qué pasó entre el emperador y el conde; lo único de que se tiene noticia es que al despedirse los conferenciantes, S. M., en el momento de tender la mano al conde para que éste se la besase, dijo:

—Creo que vale más obrar así; en pro de la nobleza toda, es menester evitar a toda costa el horroroso escándalo que provocaría la publicidad de tan espantosos hechos; no le faltará a V. nunca mi apoyo; vaya V., señor conde, y quiera Dios que con los elementos que pongo en sus manos consiga V. sus propósitos.

El conde hizo una respetuosa reverencia y se volvió a Viena, de la que salió aquella noche misma para tomar la vuelta de su casa.

Al par que Octavio, y por el mismo camino, salió un correo de gabinete, expedido por el emperador.

El aventurero, al llegar aquí de su relato, hizo una nueva pausa, y fijando los ojos en el conde del Saulay, le preguntó:

—¿V. sospecha lo que pasó entre el emperador y Octavio?

—Casi casi, respondió el joven.

—¡Ah! profirió el aventurero con admiración, me gustaría saber el resultado de sus observaciones.

—¿Me permite V. que se lo diga?

—Pues sí.

—Mi querido don Adolfo, repuso Luis, como usted sabe, yo soy noble. En Francia el rey es el primero entre la nobleza de su reino, el primus ínter pares, y tal supongo sucede en todas partes. Ahora bien, todo ataque contra alguno de los miembros de la nobleza hiere tan profundamente al soberano como a los demás nobles del imperio. Cuando el Regente de Francia condenó al conde de Horn a ser descuartizado en la plaza de Greve, por haber robado y asesinado a un judío, respondió a un señor de la corte que intercedió para con él a favor del culpado recordándole que el conde de Horn estaba emparentado con familias reinantes y que era pariente suyo: « Cuando tengo sangre mala me la hago sacar. » Y se volvió de espaldas al solicitante. Esto no obstante, la nobleza mandó sus carrozas a la ejecución del conde de Horn. Lo que V. acaba de referir es poco más o menos lo mismo; la única diferencia que existe es que el emperador, menos enérgico que el Regente de Francia, al par que conocía que era menester administrar justicia, retrocedió ante una publicidad que, según él, debía señalar con un estigma infamante a la nobleza toda de su nación, y, como todos los hombres débiles, se detuvo a la mitad del camino, esto es, dio probablemente una autorización al conde para que éste pudiese valerse de cualquier pretexto para matar o hacer asesinar a su noble pariente, y, una vez suprimido su enemigo, obtener la justicia que reclamaba, ya que, muerto el príncipe, sería fácil restituir a la viuda del primogénito o a su hijo, caso de dar de nuevo con él, los títulos y la fortuna que su tío le arrebatara por modo tan criminal. Esto, a mi ver, es lo que se pactó entre el emperador y el conde en la conferencia celebrada en Schoenbrunn.

—En efecto, señor conde, profirió don Adolfo, así pasó; con la única diferencia que el emperador exigió que las hostilidades no empezasen entre el príncipe y el conde hasta encontrarse ambos fuera del imperio, y que el conde solicitó del emperador le proporcionase todos los medios de acción de que dispusiese a fin de hallar a su sobrino, si por acaso vivía aún, en lo que el soberano consintió. El conde se volvió pues a su palacio, provisto de la autorización de S. M., en la que le confería los poderes más amplios para que prosiguiese su venganza, y además una orden hológrafa para que el conde pudiese reclamar siempre y cuando lo exigiese, el auxilio de todos los agentes imperiales, así en Austria como fuera de ella. Como V. comprenderá sin duda, el conde no estaba del todo satisfecho de las condiciones que le impusiera el emperador; pero conociendo la imposibilidad de conseguir más, tuvo que resignarse.

Octavio hubiera preferido el arrostrar todas las consecuencias de un proceso escandaloso, a la venganza vergonzosa y mezquina que le permitían; pero en provecho de su hermana y de su sobrino valía más que hubiese obtenido esas semiconcesiones a haberse estrellado inútilmente contra una resolución tomada de antemano y una negativa formal. El conde tomó pues inmediatamente todas las providencias para buscar a su sobrino, en cuyas pesquisas debían servirle grandemente las preciosas noticias que contenían los papeles que Brazo Rojo le entregara, y sin decir nada a su hermana, puso manos a la obra sin perder minuto. ¿Qué más les diré a Vds., amigos míos? Las pesquisas del conde fueron largas, duran todavía; sin embargo, la situación empieza a aclararse, ya que Octavio ha tenido la suerte de hallar a su sobrino, a quien nunca más ha vuelto a perder de vista. Éste, aun en la hora presente, ignora los lazos sagrados que le unen al hombre que le ha educado y le ama como un padre; al hombre que ni aun a su propia hermana ha revelado este secreto, por no querer descubrírselo sino en la ocasión misma en que pueda anunciarle que la justicia queda por fin satisfecha y vengado el marido a quien llora hace tantos años. Desde que el conde empezó la persecución del príncipe, los dos enemigos se han encontrado cara a cara, y más de dos veces Octavio ha podido matar al príncipe; pero el vengador no se ha dejado llevar nunca del odio, más bien dicho, su odio le ha dado fuerzas para esperar. El conde quiere, sí, matar a su enemigo, pero antes quiere que éste se haya deshonrado y caiga, no vencido en una lucha noble, sino como el criminal que por fin sufre el castigo a sus maldades.

El aventurero se calló otra vez, y él y sus oyentes guardaron profundo silencio.

La noche tocaba a su fin; al través de las entreabiertas ventanas penetraban ya algunas ráfagas de blanquecina luz, que amortiguaban la de las bujías; sordos rumores anunciaban que la ciudad empezaba a despertarse, y las lejanas campanas de los conventos y de las iglesias llamaban a los fieles a la misa del alba.

El aventurero se levantó y empezó a pasearse por el aposento, dirigiendo de vez en cuando y al soslayo una mirada escrutadora a sus compañeros.

Domingo, arrellanado en su butaca y con los ojos entornados, chupaba maquinalmente una pipa india. El conde del Saulay repiqueteaba con los dedos una tocata sobre la mesa, al par que con el rabillo del ojo seguía las evoluciones del aventurero.

—Conque, dijo por fin e inopinadamente Luis, levantando la cabeza y mirando de hito en hito a don Adolfo, ¿ha terminado V. su relato?

—Sí, respondió lacónicamente el aventurero.

—¿No tiene V. que añadir nada más?

—No.

—Me parece que se equivoca V., y dispénseme que se lo diga.

—No le comprendo a V., mi querido conde.

—Me explicaré, pero con una condición.

—¿Cuál?

—Que no me interrumpa V.

—Concedido; le escucho a V., dijo don Adolfo.

—Sepa, amigo mío, profirió el conde, que el primer rostro simpático que vi al desembarcar en América, fue el de V. Aunque nuestra situación respectiva era muy diferente, el acaso se ha complacido en acercarnos uno a otro con tal persistencia, que lo que en un principio no era entre los dos sino una amistad pasajera, sin saber como ni como no se ha convertido en afecto sincero y profundo. Y aquí encaja decir que un hombre no se une a otro como yo lo he hecho con V., sin estudiar un poco el carácter del individuo que le atrae; tal me sucedió a mí y tal creo le sucedió también a V. Ahora bien, tengo la pretensión de conocerle a V. bastante íntimamente, para sustentar la convicción de que no ha venido V. de improviso a nuestra casa, esta noche, con el único objeto de cenar, más bien dicho, de hacer una francachela impropia de su carácter y de sus costumbres; y digo esto, porque es V. el hombre más sobrio que he conocido. Además, me llama la atención que V., tan parco en el hablar y sobre todo tan celoso en sus secretos, nos haya hecho un relato muy interesante, sí, pero que aparentemente en nada le atañe y debe de tener una importancia muy secundaria para V. Así pues, digo que si V. vino esta noche a pedirnos una cena de la que pudiera haber prescindido perfectamente, aparte la satisfacción que nos causó su visita, fue con el deliberado propósito de hacernos este relato, relato que tal vez le interesa a V. más que a nosotros. De todo lo cual deduzco que todavía tiene V. algo que decirnos, más claro, pedirnos.

—Evidente es, por mí vida, profirió Domingo.

—Ea, sí, repuso el aventurero; todo cuanto sospecha V. es cierto; la cena era un pretexto; no vine sino con el intento de contarles a Vds. la historia que escucharon.

—Gracias a Dios, dijo gozosamente Domingo, a lo menos esto es hablar con franqueza.

—Pero ahora les confieso a Vds. que vacilo; me ha entrado miedo, repuso el aventurero con tristeza.

—¡Miedo V.! ¿y de quién? exclamaron los dos jóvenes llenos de sorpresa.

—Sí, le tengo, respondió don Adolfo, porque esta larga historia toca a su desenlace y este desenlace va a ser terrible. Al venir aquí tenía la intención de solicitar el concurso de Vds.; pero después reflexioné, y al pensar en la juventud, en la dicha y en la indolencia de ustedes, retrocedí ante la idea de envolverles indirectamente en ella, en esta historia terrible, a la cual deben permanecer extraños. Por favor, olviden Vds. cuanto les dije; tómenlo como un relato hecho después de haber bebido.

—No, don Adolfo, exclamó Luis con energía, por mi honor le juro que no sucederá así; y advierto que hablo en nombre mío y en él de Domingo, V. necesita de nosotros; estamos aquí. Ignoro qué interés misterioso tiene V. en ese negocio; ni aun quiero profundizar las causas que le mueven; pero le repito que de prescindir de nosotros en el momento en que va V. a correr un gran peligro que de compartirlo nosotros tal vez pudiera evitarlo, nos demostrará que no siente por Domingo ni por mí afecto ni amistad y que lejos de tenernos por hombres de corazón nos juzga V. muñecos de alfeñique.

—V. exagera, señor conde, profirió don Adolfo; nunca he pensado tal. Lo que hay y vuelvo a repetir, es que envolverles a Vds. en este asunto que para nada les interesa, me hace estremecer.

—Dispense V., arguyó Luis, desde el momento que le interesa a V., también a nosotros; por tanto nos cabe el derecho de inmiscuirnos en él.

El aventurero bajó la cabeza y anudó sus paseos, hasta que transcurridos algunos segundos se detuvo y dijo:

—Está bien, ya que Vds. lo exigen, obraremos de común acuerdo; van Vds. a ayudarme en mi empresa, y espero que triunfaremos.

—¿V. lo espera? pues yo estoy convencido de ello, profirió el conde.

—Entonces partamos, repuso Domingo levantándose.

—Todavía no, dijo el aventurero, pero el momento se acerca; juro a Vds. que no tendrán que aguardar mucho tiempo. Ahora bebamos otro vaso de vino a nuestra salud, y adiós. ¡Ah! se me olvidaba; por si no pudiese venir yo mismo, sepan ustedes que la consigna es ésta: uno y dos hacen tres. ¿Se acordarán Vds.?

—Perfectamente.

—Adiós.

Cinco minutos después el aventurero estaba fuera de la casa.


[VIII]

HORAS DE SOL

La casita del Arrabal en la que doña Dolores había hallado tan seguro patrocinio, entre doña María y doña Carmen, aunque modesta y comparativamente muy poco importante, era una deliciosa habitación alhajada con sencillez suma pero con gusto exquisito. En la parte de atrás, cosa muy rara en la capital de Méjico, se extendía una pequeña, pero bien distribuida huerta, poblada de frondosos árboles que daban sombra y frescor y ofrecían gratísimo refugio contra los ardores del sol de mediodía.

En el corazón de uno de los fragantes bosquecillos que sombraban el huerto era donde se ocultaban las dos jovencitas para hablar con entera libertad y acompañar con sus argentinas carcajadas los alegres gorjeos de los pájaros.

Sólo tres personas habían entrado en aquella casa: el aventurero, el conde y Domingo.

El aventurero, siempre absorto en sus misteriosas ocupaciones, aparecía en ella rarísimas veces. No así los jóvenes. Éstos, durante los primeros días, se habían conformado estrictamente a las recomendaciones de su amigo, no haciendo a las damas sino muy contadas visitas, y aun, puede decirse, de un modo furtivo; pero poquito a poco y arrastrados por el hechizo invisible que les atraía inconscientemente, las visitas fueron menudeando y haciéndose más largas, hasta el extremo que, so pretexto de esto o de lo otro, llegaron a pasar los días casi enteros al lado de las damas. Cierto día, mientras los habitantes de la casita, retirados en el riñón de su jardín, estaban hablando entre sí alegremente, se oyó en la calle un alboroto espantoso, y a poco el anciano criado acudió presuroso y despavorido para advertir a su ama que una gavilla de bandidos, reunidos delante de la casa, exigían que les abriesen la puerta, amenazando con astillarla de no consentir en ello. El conde tranquilizó a doña María, diciéndola que nada temiese, y después de inducirla a que no se moviese del jardín, así como las dos jóvenes, él y Domingo se encaminaron hacia la puerta de la casa. Por casualidad Raimbaut había llegado algunos instantes hacía trayendo una carta para su amo, y por lo tanto su presencia era por demás preciosa en aquellas circunstancias. Los tres hombres se proveyeron de sendos fusiles, y después de haberse puesto de acuerdo en pocas palabras, el conde se acercó a la puerta, en la cual daban repetidos golpes desde fuera, y ordenó al anciano criado que la abriese. Apenas entreabierta ésta, se precipitaron como un alud, en el zaguán, unos diez hombres profiriendo voces y aullidos furiosos; pero de improviso se detuvieron; ante ellos, a unos diez pasos, estaban en pie, inmóviles, tres hombres que les apuntaban las bocas de los fusiles. Los bandidos, que en la confianza de no encontrar resistencia iban casi todos sin más arma que un cuchillo sujeto al cinto, quedaron como clavados en el sitio al ver los fusiles apuntados a sus pechos. La actitud enérgica de aquellos tres hombres les impuso, y tras unos segundos de vacilación se detuvieron cruzando entre sí despavoridas miradas. No era aquello lo que les habían dicho; aquella casita, tan tranquila en la apariencia, encerraba una guarnición formidable. El conde entregó su fusil al anciano criado, y empuñando un revólver de seis tiros, avanzó resueltamente al encuentro de los bandidos. Los cuales, impulsados por un movimiento contrario, empezaron a retroceder paso a paso, hasta que, llegado que hubieron a la puerta, volvieron grupas de un brinco y pusieron pies en polvorosa. El conde cerró de nuevo y con toda tranquilidad la puerta, y después de celebrar con francas risotadas, junto con sus compañeros, la fácil victoria que acababan de alcanzar, se reunieron a las damas, a quienes encontraron acurrucadas y temblorosas en lo más retirado de la huerta. Esta lección había bastado para que nunca más hubiesen vuelto a turbar la tranquilidad de los habitantes de la casita. Sin embargo, doña María, agradecida al servicio que le habían prestado los jóvenes, no sólo no halló ya que éstos le hacían las visitas demasiado largas, sino que cuando éstos, por urbanidad, manifestaban deseos de retirarse, les incitaba a que todavía no se marchasen. A bien que las dos jovencitas unían sus ruegos a los de la dama, con lo que Luis y Domingo se dejaban convencer fácilmente.

A primeras horas de la tarde del día que siguió a la noche en que don Adolfo cenó tan copiosamente con sus amigos, los dos jóvenes, que por regla general se presentaban a las once de la mañana en casa de doña María, todavía no habían parecido.

Doña Dolores y doña Carmen, reunidas en el comedor, hacían que ordenaban y desempolvaban los muebles para no ir al jardín, donde hacía largo rato las estaba aguardando doña María.

Aunque no hablasen, las jóvenes, mientras ordenaban, o más bien, desordenaban los muebles, consultaban a cada punto el péndulo.

—¿V. se explica, Carmencita, dijo doña Dolores haciendo un gracioso mohín, que mi primo no haya llegado todavía?

—Es inconcebible, querida, respondió al punto doña Carmen, y confieso a V. que estoy en zozobra; dicen que en estos momentos la ciudad anda revuelta. ¡Con tal que no les haya sucedido alguna desgracia!

—Sería horrible.

—¿Qué sería de nosotras solas y sin amparo en esta casa, en la que ya hubiéramos perecido asesinadas a no ser ellos?

—Tanto más cuanto para nada podemos contar con don Jaime, que siempre está ausente.

Las dos doncellas exhalaron un suspiro, cruzaron en silencio una larga mirada, y echándose mutuamente los brazos al cuello rompieron a llorar.

Una y otra se habían comprendido: no era por ellas por quien temían.

—¡Ah! ¿conque le amas? preguntó por fin doña Dolores en voz baja y entrecortada al oído de su amiga.

—¡Oh! sí, respondió suavemente doña Carmen, ¿y tú?

—También.

Hecha la confesión, las dos jóvenes nada tenían ya que ocultarse.

—¿Desde cuándo le amas? preguntó doña Carmen.

—No sé; me parece que le he amado siempre.

—¿Y él te ama? siguió preguntando la hija de doña María.

—¡Desde el momento que yo le amo!

—Tienes razón.

Lo que en sí tiene de adorable el amor, es que es esencialmente ilógico; de lo contrario no sería tal.

De pronto las dos jóvenes se irguieron y se llevaron la diestra al corazón.

—Aquí está, dijo doña Dolores.

—Viene, profirió doña Carmen.

¿Cómo lo sabían las jóvenes, cuando en el exterior reinaba el silencio más profundo?

Doña Carmen y doña Dolores abandonaron entonces el comedor, y echaron a correr hacia el jardín como dos palomas despavoridas.

Casi al punto llamaron a la puerta, y sin duda el anciano criado conoció a quien llamaba, pues acudió inmediatamente al llamamiento.

El conde y su amigo entraron.

—¿Están las señoras? preguntó Luis.

—En la huerta, excelentísimo señor, respondió el criado cerrando la puerta.

Las damas estaban sentadas en un bosquecillo: doña María, bordando; las jóvenes, leyendo con mucha atención en la apariencia, con tanta atención, que por más que se sonrojaron súbitamente, no oyeron chillar sobre la arena de las alamedas las pisadas de los visitantes y quedaron grandemente sorprendidas al verles.

Éstos se descubrieron al penetrar en el bosquecillo y saludaron respetuosamente a las damas.

—Por fin han llegado Vds., señores, dijo doña María sonriendo; ¿saben Vds. que estábamos en zozobra?

—¡Oh! repuso doña Carmen repulgando la boca.

—¡Bah! murmuró doña Dolores, esos caballeros habrán sin duda hallado en otra parte ocasión de divertirse, y la aprovecharon.

El conde y Domingo, que no comprendían el lenguaje de las jóvenes, las miraron con sorpresa.

—Ea, locuelas, dijo con blandura doña María, no martiricen Vds. a esos caballeros; les tienen Vds. todos corridos y avergonzados. Si no vinieron antes es porque les fueron imposible.

—Son completamente libres de venir cuando les plazca, profirió doña Dolores con desdén.

—Nos guardaremos muy bien de buscarles quisquillas por tan poco, añadió doña Carmen en el mismo tono.

Los jóvenes, para quien estas últimas palabras fueron el golpe de gracia, perdieron la serenidad.

Las zumbonas jóvenes les miraron por un instante al soslayo, y luego se echaron de improviso a reír de un modo tan franco, que el conde y Domingo palidecieron de despecho.

—¡Vive Dios! exclamó el vaquero, que es demasiada crueldad castigarnos de esta suerte por una falta que no hemos cometido.

—Don Adolfo nos ha retenido a su lado pese a nuestra voluntad, dijo el conde.

—¡Ah! ¿han visto Vds. a don Jaime? preguntó doña María.

—Sí, señora, respondió Luis, ayer a las once de la noche vino a vernos.

Los dos jóvenes tomaron entonces asiento y la conversación continuó en tono festivo.

Doña Carmen y doña Dolores, a quienes les placía apurar la paciencia del conde y de Domingo, por más que en su interior sintiesen que éstos no comprendiesen el sentimiento que dictaba sus reproches, no cesaron en sus pullas.

En cuanto a Luis y al vaquero, no podían experimentar dicha mayor que la de encontrarse al lado de aquellas hermosas y sencillas jóvenes; les embriagaba el fuego de sus miradas; escuchaban con arrobo la suave música de su voz, y no pensaban sino en gozar lo más posible de la grata ventura que les deparaba a tan poca costa el destino.

De esta suerte y con la velocidad del sueño se deslizó la tarde y parte de la noche; y al sonar las nueve, se retiraron a su casa, sin cruzar, durante el camino, una sola palabra.

—¿Tienes sueño? preguntó el conde a su amigo, una vez en su habitación.

—No, respondió éste; ¿por qué me lo preguntas?

—Porque desearía hablar contigo.

—Magnífico; yo también tengo que hablarte.

—¡Ah! profirió el conde, pues mientras nos fumamos un puro cada uno y remojamos las fauces con una botella de grog, podemos explicarnos.

—De mil amores.

Luis y Domingo se sentaron frontero uno de otro, y encendiendo sendos puros, dijo el primero:

—¡Qué día más delicioso hemos pasado!

—¿Cómo no al lado de personas tan amables? repuso Domingo.

—¿Quieres ser franco? dijo prontamente el conde, tomando una resolución repentina.

—Contigo lo soy siempre, ya te consta, respondió el vaquero.

—Pues escucha; tú sabes que apenas hace algunos meses que estoy en Méjico, pero lo que puede decirse ignoras es la causa que me trajo a esta tierra.

—Creo haberte oído decir que llegaste con el intento de casar con tu prima doña Dolores de la Cruz.

—Es verdad; pero lo que tú no sabes es el modo como se convino este matrimonio y las razones que impiden romperlo. Voy a explicártelo sucintamente. Muy niño era yo aún, cuando en virtud de las cláusulas de un pacto de familia me prometieron a doña Dolores de la Cruz, la que ni siquiera sabía yo si estaba en el mundo, y hombre ya, mis padres me requirieron para que cumpliese el compromiso que sin consultarme habían arrostrado en mi nombre. Pese a la repugnancia natural que experimentaba yo hacia unión tan singular con una mujer a quien no conocía, no me cupo sino obedecer, y en su consecuencia abandoné con pesar profundo la vida dichosa, tranquila e indolente que llevaba en París en el seno de mis amistades, y me embarqué para acá. A mi llegada, don Andrés de la Cruz me recibió con el gozo más vivo, me colmó de obsequios, y me presentó a su hija, mi prometida; la cual me reservó una acogida más que fría. Indudablemente doña Dolores no estaba más satisfecha que yo de la unión que la obligaban a contraer con un desconocido, y la mortificaba el derecho que su padre se abrogara disponiendo de su mano sin consultarla, o siquiera sin advertirla; porque, como supe más adelante, doña Dolores ignoraba completamente el pacto estipulado entre las dos ramas de nuestra familia... En cuanto a mí, satisfecho del frío recibimiento de mi prometida, sustentaba la esperanza de que no se llevaría a cabo la boda. Ya sabes tú cuan hermosa es doña Dolores.

—¡Sí lo es! murmuró Domingo.

—Tiene el carácter más encantador y la inteligencia cultivada; en una palabra, reúne todas las gracias y todos los atractivos de la mujer cumplida.

—Sí, profirió Domingo, cuanto dices es la exacta verdad.

—Pues mira, a pesar de todo no puedo conseguir amarla, no puedo; y sin embargo, el deber me obliga a tomarla por esposa, porque la pobre se ha quedado de improviso huérfana, casi arruinada y entregada indefensa al odio de su hermano. Prometido a ella contra mi voluntad, el honor me obliga a llevar a cabo esta unión, última voluntad de su padre al morir, no obstante estar yo enamorado...

—¿Qué quieres decir? preguntó Domingo con voz jadeante.

—Perdóname, amigo mío, respondió Luis; estoy enamorado de doña Carmen.

—¡Oh! gracias, Dios mío.

—¿Qué? no te entiendo.

—También estoy yo enamorado, profirió el vaquero, y tus palabras me han inundado de gozo pues la mujer a quien amo es doña Dolores.

El conde tendió la mano a Domingo, que se echó en los brazos de aquél.

Ambos jóvenes permanecieron largo rato abrazados.

—Esperemos, dijo por fin Luis, desprendiéndose de su amigo y resumiendo con esta sola palabra los sentimientos que bullían en sus corazones.


[IX]

UN HOMBRE DE BIEN

Eran las dos de la tarde. No soplaba la más ligera bocanada de aire; la campiña parecía estar dormida bajo el peso de un sol de plomo, cuyos candentes rayos caían, cual cobre bruñido, sobre la sedienta tierra, y hacían brillar como otros tantos diamantes los guijarros micáceos de una carretera larga y tortuosa que serpenteaba describiendo infinitas sinuosidades al través de una árida campiña sembrada de rocas de un blanco plomizo por las cuales se despeñaba una ígnea cascada de luz deslumbradora.

La atmósfera, del todo transparente, como acontece en los climas privados de humedad, permitía distinguir, limpias y exactas, hasta el último término del horizonte, las diversas desigualdades del paisaje, con una crudeza de tonos y de pormenores que a causa de la falta de perspectiva aérea les imprimía una dureza entristecedora.

En un sitio en que la mencionada carretera se dividía en varias ramificaciones y formaba una como encrucijada, se levantaba una casita de blancas paredes y tejado a la italiana, cuya puerta estaba provista de un portillo formado de troncos de árbol mal escuadrados, que sostenían una mirada provista de un rejado de espesa malla que la cerraba como una jaula.

Aquella casita era una venta.

En el portillo había muchos caballos arrendados, con la cabeza tristemente caída, jadeantes los ijares y cubiertos de sudor, y al parecer tan rendidos por el bochorno del día como por la fatiga.

Acá y allá se veían, con los pies al sol y la cabeza en la sombra, muchos hombres envueltos en sendos sarapes, los cuales estaban durmiendo a pierna suelta.

Dichos hombres eran guerrilleros; un centinela semidormido, apoyado en su lanza y arrimado a la pared, tenía a su cargo el vigilar por las armas de la cuadrilla, puestas en pabellón.

Bajo el portillo había un oficial semitendido en una hamaca a la que con los pies imprimía suave vaivén, mientras con los dedos zangarreaba un jarabe y con voz rajada y baja canturreaba un triste.

En esto salió de la venta un hombrecillo barrigudo y de hinchados carrillos, de mirada maliciosa y burlona fisonomía; el cual, acercándose a la hamaca, saludó respetuosamente al músico improvisado y preguntó:

—¿No quiere V. comer, señor don Felipe?

—Señor ventero, respondió con arrogancia el oficial, me parece que al hablar conmigo podría V. ser un poco más respetuoso y darme el título a que me cabe derecho, es decir, llamarme coronel.

—Perdone V., señoría, repuso el hombrecillo haciendo un nuevo y más reverente saludo, soy ventero y estoy muy poco al cabo de los grados militares.

—No hay de qué, profirió don Felipe. Todavía no quiero comer; estoy aguardando a una persona cuya llegada no puede hacerse esperar.

—Es lástima, señor coronel don Felipe, dijo el ventero, pues se echará a perder la comida que con tanta diligencia he preparado.

—¿Qué quiere V.? Pero ¡voto al chápiro! ponga V. la mesa; he aguardado ya bastante y tengo un apetito que se me lleva.

El ventero saludó y se retiró al punto.

Entre tanto el guerrillero se había decidido a saltar de su hamaca y a abandonar interinamente su jarabe, y después de liar y encender una pajilla de maíz, avanzó indolentemente algunos pasos hacia el extremo del portillo, y con las manos cruzadas sobre los lomos y el cigarrillo en los labios, fijó una mirada escrutadora en el horizonte.

Un jinete envuelto en densa nube de polvo levantada por la rapidez de la carrera de su cabalgadura, se dirigía hacia la venta.

Don Felipe dio un grito de alegría, pues conoció que el personaje aquel era realmente él a quien tanto tiempo hacía estaba aguardando.

—¡Uf! profirió el viajero tirando de las riendas de su caballo delante del portillo y apeándose, ¡válgame Dios! no puedo más; ¡qué calor tan horrible!

A una seña del coronel, uno de los soldados se hizo cargo del caballo y lo condujo al corral.

—Hola, señor don Diego, dijo el coronel al recién llegado tendiéndole la mano a la usanza inglesa, bienvenido sea V.; casi desesperaba de verle. La comida nos está aguardando; y a fe me parece que no le vendrá a V. mal después de la carrera que acaba de dar.

El ventero introdujo entonces en un cuarto retirado a don Felipe y a don Diego, los cuales se sentaron a la mesa y empezaron a comer con voraz apetito.

Durante la primera parte de la comida, nuestros dos personajes, ocupados enteramente en satisfacer un hambre aguzada por larga abstinencia, no cruzaron sino contadísimas palabras; pero calmado, a no tardar, su ardor, se echaron de espaldas sobre el respaldo de sus respectivas butacas profiriendo un ¡ah! de satisfacción, liaron sendos cigarrillos y los encendieron y empezaron a fumar, acompañándose de pequeños sorbos de refino de Cataluña que el ventero había traído como complemento obligado de la comida.

—Ahora que hemos matado el hambre, gracias a Dios y a San Julián, patrón de los viajeros, departamos un poco, mi querido coronel.

—De mil amores, contestó éste sonriendo.

—Pues bien, repuso don Diego, digo que ayer hablé con el general de un asunto que yo contaba proponerle a V.; ¿y sabe V. lo que me contestó? pues me contestó que no lo hiciera, porque V., a pesar de su inteligencia, es un bobo imbuido de las preocupaciones más ridículas y no comprendería el alcance patriótico del asunto que yo quería proponerle, ni vería sino el dinero, que se negaría a aceptar, por más que veinte mil duros no sean moco de pavo. Y terminó con estas palabras textuales: Enhorabuena, ya que le dio V. cita, vaya a encontrarle, y no sea sino por la singularidad del caso, verá como si por casualidad le habla V. del asunto le cierra la boca y le envía noramala, a V. y a sus veinte mil duros.

—¡Jum! murmuró el coronel, a quien la enunciación de la cantidad había dado que pensar.

—Y meditándolo bien, continuó don Diego, que espiaba a su interlocutor con el rabillo del ojo, veo que el general tiene razón; así pues de nada le hablaré a V.

—¡Ah! profirió el coronel.

—Confieso que lo siento; pero como me precisa tomar una resolución definitiva, me iré a encontrar a Cuéllar, que tal vez no sea tan meticuloso.

—Cuéllar es un pillo, exclamó don Felipe con arrebato.

—Lo sé, profirió don Diego con la mayor naturalidad; pero ¿qué me importa que lo sea si dándole una decena de miles de duros anticipadamente estoy seguro de que va a aceptar mi proposición, que por otra parte asume la ventaja de ser sumamente honrosa?

—¡Demonios! repuso el coronel, llenando los vasos y con gesto por demás preocupado; bonita es la suma que V. ofrece; ¡diez mil duros!

—No diez, veinte, querido señor, replicó don Diego; ¿oyó V. bien? No soy yo hombre para meter gratuitamente en un negocio a uno de mis amigos.

—¡Pero Cuéllar no es amigo de V.!

—Dice V. bien; por eso siento tener que dirigirme a él.

—Pero en definitiva, ¿de qué se trata?

—Es un secreto.

—¿No soy yo amigo de V.? Quépale la certeza de que seré mudo como una tumba.

—¿Me promete V. el silencio? preguntó don Diego después de reflexionar un rato, o de hacer que reflexionaba.

—Por mi honor se lo juro a V.

—Entonces nada me veda hablar. Vea V. sencillamente de qué se trata: nada nuevo le contaré a V. si le digo que hay multitud de espías que sirven a la vez a las dos causas y que sin el menor escrúpulo venden a Miramón los secretos de nuestras operaciones militares, mientras se hacen pagar muy bien las noticias que nos proporcionan respecto de las del enemigo. Ahora bien, el gobierno de su excelencia don Benito Juárez, en este momento tiene los ojos abiertos sobre las maquinaciones de dos hombres de quienes se sospecha muy fundadamente que desempeñan este doble papel; pero los individuos de que se trata son astutos si los hay y tienen tan bien tomadas sus providencias, que pese a la cuasi certeza moral que existe contra ellos, hasta la actualidad ha sido imposible conseguir la más insignificante prueba de la verdad: a esos dos hombres convendría desenmascararlos apoderándose de sus papeles particulares, por la entrega de los cuales recibirá, él que los proporcione, quince mil duros inmediatamente además de los diez mil de anticipo. Una vez el general gobernador sea dueño de estas pruebas, no vacilará ya en mandarles al consejo de guerra. Ya ve V. que el negocio es realmente honroso para él que se encargue de darle cima.

—Efectivamente, repuso don Felipe, el adquirir semejante certeza es un acto de patriotismo meritorio. ¿Y quiénes son esos dos hombres?

—¡Qué! ¿no se lo dije a V.?

—Es lo único que se le ha olvidado a V. decirme.

—No crea V. que sean unos pelagatos ni mucho menos: el primero acaba de ser nombrado secretario particular del general Ortega, y si no estoy mal informado, el segundo levantó recientemente una cuadrilla a su costa.

—Pero bien, ¿cómo se llaman?

—Usted les conoce mucho, o a lo menos así lo creo yo; el primero es don Antonio Cacerbar y el segundo...

—Don Melchor de la Cruz, interrumpió con viveza don Felipe.

—¡Ah! ¡lo sabía V.! exclamó don Diego con sorpresa perfectamente fingida.

—La elevación súbita de esos dos individuos, el crédito casi ilimitado de que gozan para con el presidente, me había dado ya que sospechar; nadie comprende el porqué de este repentino favor.

—De ahí que haya quien juzgue necesario dilucidar el asunto asegurándose de un modo positivo que tal son esos sujetos.

—Yo lo sabré, dijo don Felipe, se lo prometo, y las pruebas que me exige, las pondré en manos de V.

—¿De veras?

—Se lo juro a V., tanto más cuanto considero como un deber de hombre honrado el coger a esos pilletes con las manos en la masa. Y luego añadió, sonriendo de un modo particular: nadie posee los medios que yo para conseguir este resultado.

—Ojalá no se equivoque V., coronel, porque de suceder tal como V. dice, creo poder asegurarle que el agradecimiento del Gobierno para con V. no se limitará al dinero del que voy a entregarle parte.

Don Felipe sonrió con orgullo al escuchar esa transparente alusión al grado inmediato, que él tanto ambicionaba.

Al parecer sin que reparase en la sonrisa de su interlocutor, don Diego sacó de una gran cartera una hoja de papel doblado en cuarto y la puso en manos del guerrillero, que se apoderó de ella con gesto de gozo y expresión de rapacidad satisfecha que daba a sus facciones, y esto que las tenía bastante hermosas y correctas, algo de vil y de despreciable.

Aquel papel era una letra de diez mil duros pagadera a la vista, girada contra una gran casa de banca inglesa de Veracruz.

—¿Se va V.? preguntó el coronel a don Diego, al ver que éste se levantaba.

—Sí, siento verme obligado a dejarle a V.

—Hasta la vista, señor don Diego.

El joven se subió nuevamente sobre su caballo y se alejó con rapidez, mientras decía para sus adentros:

—Me parece que esta vez está bien armada la ratonera y que los miserables van a quedar cogidos en ella.

El coronel se había sentado de nuevo en la hamaca y vuelto a zangarrear el jarabe con más bríos que afinación.


[X]

AMOR

Dolores y Carmen estaban solas en el jardín.

Acurrucadas, como dos temerosas currucas, en el interior de un bosquecillo de naranjos, de limoneros y de granados en flor, estaban charlando a cual más.

Doña María, ligeramente indispuesta, se había visto obligada a no moverse de su dormitorio, o a lo menos tal era el pretexto que diera a las jóvenes para no ir con ellas al jardín; pero en realidad se había encerrado para leer una carta importante que don Jaime le mandara por mano de un hombre fiel a toda prueba.

Las jóvenes, libres de toda vigilancia, se aprovechaban de la ocasión para confiarse sus sencillos y suaves secretos, y pocas palabras les bastaron para hacer entre ellas inútil toda explicación. Así es que no acudieron a subterfugios ni a frases de doble sentido, sino que se entregaron a una confianza entera e ilimitada, y fácilmente estipularon ayudarse mutuamente para obligar a los donceles amados a que por fin rompiesen su prolongado silencio y las permitiesen que en el corazón de cada uno de ellos pudiesen leer el nombre de la preferida.

Precisamente éste era el grave e interesante tema sobre el que en tal momento versaba la conversación de las dos jóvenes.

Aunque una ni otra tuviesen ya que confesarse su mutuo amor, con todo y debido a un sentimiento de dignidad inseparable de toda pasión verdadera, vacilaban y retrocedían sonrojándose ante la idea de impeler a los dos jóvenes a que se declarasen.

Doña Carmen y doña Dolores eran verdaderamente sencillas e inocentes, ignorantes de todas las coqueterías y de todas las truhanadas que constituyen la moneda corriente de Europa, pueblo sedicente civilizado, en el cual las mujeres suelen convertir el amor en un juego cruel y a las veces implacable.

Por una de esas casualidades que no se explican y que con tanta frecuencia surgen en la vida real, la conversación de las dos doncellas, era, con ligeras variantes, la misma que el conde y su amigo sostuvieron sobre el mismo asunto.

—Dolores, decía doña Carmen con voz de mimo, V. es más animosa que yo, y más que yo conoce a don Luis, que por otra parte está emparentado con V. ¿Por qué pues se muestra usted tan reservada para con él?

—¡Ay! mi querida amiga, respondió doña Dolores, esta reserva me la impone mi posición. Hoy que me veo abandonada de todos, no me queda más pariente que él, mi prometido de la infancia.

—¿Cómo es posible que haya padres que de esta suerte encadenen a sus hijos, sin consultarles, y les condenen a un porvenir de amarguras? dijo doña Carmen.

—Dicen que en España esto es muy frecuente, querida mía, respondió doña Dolores; por otra parte, ¿a nosotras las mujeres nuestra flaqueza no nos hace esclavas de los hombres, que han conservado para sí el poder supremo? Por más que esta intolerable tiranía nos haga gemir, no nos cabe sino humillar la frente.

—Demasiado cierto es lo que V. dice; sin embargo, me parece que si resistiésemos...

—Seríamos infamadas, y nos señalarían con el dedo, y perderíamos nuestra reputación.

—¿Así pues, y a pesar de lo que le dicta a usted el corazón, determina llevar adelante la boda esa?

—¡Qué quiere V. que le diga! sólo el pensar que el matrimonio ese puede efectuarse, me quita el juicio; sin embargo, no vislumbro como evitarlo. El conde vino de Francia con el único objeto de casar conmigo, y mi padre, al morir, le hizo prometer que no me abandonaría y que llevaría adelante la unión esa. Ya ve V. que existen razones graves si las hay para que me sea imposible evadirme a la suerte funesta que me amaga.

—¿Pero por qué, repuso con fuego doña Carmen, no tiene V. una explicación franca y leal con el conde? De hacerlo así tal vez se allanarían todas las dificultades.

—No digo que no, pero esta explicación no puedo provocarla yo, ya que habiéndome el conde dispensado favores que no se pagan con todo el dinero del mundo, desde la muerte de mi padre, sería una ingratitud contestar con una negativa a una pretensión que bajo todos conceptos me favorece.

—¡Oh! diga V. que le ama, exclamó doña Carmen con resentimiento.

—No, no le amo, replicó doña Dolores con gesto de dignidad; pero tal vez él me ame a mí.

—Pues yo estoy segura de que es a mí a quien ama, profirió doña Carmen.

—Querida mía, repuso doña Dolores sonriendo, respecto del particular nadie está nunca seguro, ni aun cuando se han cruzado los juramentos más solemnes; con tanta más razón pues cuando no pueden justificar que una no se equivoca, ni una palabra, ni un gesto, ni una mirada. Digo pues: una de dos, o el conde me ama, o no me ama y supone que yo le quiero. En uno como en otro caso, mi línea de conducta está trazada: debo aguardar, sin provocarla, una explicación, que forzosamente debemos tener a no tardar. Entonces le juro a V. que me portaré como debo, es decir, franca y lealmente, y si después quedan aún algunas dudas en el corazón del conde, será porque él querrá conservarlas, y no me cabrá sino inclinar la cabeza y resignarme con mi suerte. Esto es cuanto me es posible prometerle a V., Carmen; no me atrevería a obrar de distinta manera; mi dignidad de mujer y el respeto que me debo a mí misma me han trazado una línea de conducta de la que mi honra me dicta que no me desvíe.

—Mi querida Dolores, dijo doña Carmen, aunque siento en el alma la determinación que usted ha tomado, no puedo menos de convenir en que en las circunstancias actuales es la única que le conviene adoptar. ¿Va V. a guardarme rencor por lo que le he dicho? ¡Ay! ¡sufro tanto!

—¿Y yo? profirió doña Dolores; ¿cree V. acaso que yo soy dichosa? ¡Oh! desengáñese V. si tal supone. Tal vez de las dos yo soy la más desventurada.

En esto se oyó rechinar ligeramente la arena de las alamedas.

—Alguien viene, dijo doña Dolores.

—Es el conde, repuso al punto doña Carmen.

—¿Cómo lo sabes tú, querida? preguntó la primera.

—Lo adivino en los latidos de mi corazón, respondió la hija de doña María sonrojándose.

—Viene solo a lo que parece.

—Sí.

—¡Virgen santa! ¿ocurrirá alguna novedad?

—Dios quiera que no.

Luis pareció a la entrada del bosquecillo, solo, saludó a las dos jóvenes y aguardó a que éstas le diesen permiso para pasar adelante.

Doña Dolores le tendió la mano sonriendo, mientras su compañera se inclinaba para ocultar su rubor.

—Bien llegado sea V., primo, dijo doña Dolores tendiéndole la mano y con gesto el más risueño; tarde se deja V. ver hoy.

—Mucho me halaga, prima, repuso el conde, que haya V. advertido este retardo involuntario; mi amigo Domingo, obligado a salir muy temprano esta mañana para un sitio distante dos leguas de la capital, me encargó una comisión que me fue preciso llenar antes de tener la dicha de venir a saludarla a V.

—Buena está la excusa, primo, profirió la joven, y por buena la admitimos Carmen y yo; ahora, siéntase V. ahí, entre las dos, y hablemos.

—Con sumo gusto, prima.

—Luis entró entonces en el bosquecillo y tomó asiento entre las dos jóvenes.

—Permítame V., doña Carmen, dijo el conde inclinándose cortésmente hacia la doncella, que la salude muy respetuosamente y me informe de su preciosa salud.

—Le agradezco a V. la atención, caballero, dijo doña Carmen; a Dios gracias, mi salud es excelente; así quisiera la de mi madre.

—¿Está enferma doña María? preguntó Luis con el interés más vivo.

—Espero que no; sin embargo, está lo bastante indispuesta para no poder salir de su dormitorio.

El conde hizo un movimiento como para levantarse, y dijo:

—Tal vez mi presencia aquí en tales circunstancias parecería importuna; voy...

—No, no se mueva V., caballero; para nosotras no es V. un extraño. Y luego añadió con intención: el ser primo y novio de doña Dolores le autoriza a V. para quedarse.

—Y más, primo, repuso doña Dolores, los innumerables servicios que V. nos ha prestado le dan derecho a nuestra gratitud.

—Así es que suceda lo que quiera, continuó doña Carmen sonriendo, tanto V. como Domingo serán siempre bien llegados a esta casa.

—Me colman Vds. de favores, señoritas, dijo Luis.

—¿No nos cabrá hoy el placer de ver a su amigo de V.? preguntó doña Carmen.

—Antes de una hora estará aquí; pero ¿se va V.?

—¿Por qué me lo pregunta?

—Como veo que se levanta.

—Pronto estoy de vuelta; denme permiso por algunos minutos, dijo la joven. Mientras voy a ver como se encuentra mi madre, Dolores se queda con V.

—Vaya V., señorita, profirió Luis, y sírvase decir a su señora madre cuánto siento su indisposición.

Doña Carmen saludó y desapareció corriendo como un pájaro.

El conde y doña Dolores quedaron solos. Su situación era singular y sobre todo muy engorrosa al encontrarse de improviso en disposición de dar principio a una explicación ante la cual, pese a la urgente necesidad que de celebrarla sentían ambos, los dos retrocedían.

Si para una mujer es difícil confesar al hombre que la galantea, que ella no le ama, más difícil es y más penoso aún cuando tal confesión debe salir de labios de un hombre.

Transcurrieron algunos minutos durante los cuales los dos jóvenes permanecieron silenciosos y se contentaron con cruzar algunas miradas al soslayo. Por fin y como el tiempo iba discurriendo, y el conde temía, de no aprovechar aquella favorable coyuntura, que no volvería a presentarse tal vez nunca más, se decidió a tomar la palabra.

—Y bien, prima, dijo el joven con acento el más natural que pudo fingir: ¿empieza V. a acostumbrarse a esta vida de recluida en que la metieron las desgraciadas circunstancias que llovieron sobre V.?

—Estoy del todo acostumbrada a esta existencia tranquila y reposada, primo, respondió la joven; y si no fuesen los tristes recuerdos que a cada instante me asaltan, le confieso que sería completamente dichosa.

—La felicito a V., prima.

—En efecto, ¿qué me falta aquí? doña María y su hija me quieren, me rodean de cuidados y de atenciones, tengo un pequeño círculo de amigos devotos. ¿Qué más puedo desear en este mundo, donde la verdadera felicidad no existe?

—Envidio su filosofía, prima, repuso Luis; sin embargo, mi deber de pariente... y de amigo, me obligan a hacerla observar que esta situación, por muy dichosa que sea, no puede pasar de precaria, ya que no le cabe a V. esperar pasar el resto de su existencia en el seno de esta encantadora familia. De improviso pueden surgir mil acontecimientos imprevistos que la separen violentamente de ella.

—Es cierto, primo, repuso doña Dolores en voz baja y conmovida.

—Usted sabe, continuó el conde, cuan poco, en esta desdichada tierra, puede uno fiar en lo porvenir; particularmente una joven de la edad y hermosura de V. está expuesta a mil peligros de los que casi le es imposible evadirse. Yo, sino su pariente de V. más cercano, soy el más realmente devoto. ¿V. así lo cree, no es cierto?

—Dios me libre de suponer lo contrario, primo; ya sabe V. cuan profundamente agradecida le estoy por los favores que nos ha dispensado.

—Es muy vaga la palabra agradecimiento, prima, dijo con intención el conde.

—¿Qué otra palabra me sería dable emplear? preguntó doña Dolores, fijando su límpida y hechicera mirada en su interlocutor.

—He dicho mal, dispénseme V., profirió Luis; y es que la situación en que respectivamente nos encontramos es tan singular, que en verdad no sé como expresarme teniendo que hacer yo siempre uso de la palabra; temo serle a V. enojoso.

—No, primo, en este punto esté V. tranquilo, repuso la joven sonriendo; es V. mi amigo, y como tal tiene V. derecho a decirme lo que le plazca.

—El título de amigo que me da V. prima, don Andrés, que Dios tenga en gloria, deseaba...

—Sí, interrumpió con cierto apresuramiento la joven, ya sé a qué alude V.: mi padre sustentaba respecto de mí algunos planes referentes a mi porvenir, que no pudo realizar por haberle sobrevenido la muerte.

—Proyectos que sólo depende de V. él que se realicen, dijo el conde.

Doña Dolores pareció vacilar por espacio de uno o dos minutos, y luego con voz trémula y poniéndose un tanto pálida, repuso:

—Para mí los deseos de mi padre equivalen a órdenes, primo; el día que le plazca a V. exigir mi mano, se la daré.

—¡Prima! ¡prima! exclamó con vehemencia el conde, yo no lo entiendo de esta manera; a su padre de V. le juré no sólo velar por V., sino también labrar su dicha por cuantos medios estuviesen a mi alcance. La mano que está V. pronta a cederme, en acatamiento a la voluntad de su progenitor, no la acepto ni la aceptaré como a ella no la acompañe su corazón de V. Sea cual fuere el sentimiento que V. me inspire no la obligaré nunca a doblegarse a una unión que sería para V. una desventura.

—Gracias, primo, gracias, murmuró la joven bajando los ojos; es V. noble y bondadoso.

—Dolores, dijo el conde tomando suavemente la mano a su prima, y permítame V. que la apellide así, somos amigos ¿no es cierto?

—¡Oh! sí, respondió la joven con voz apenas perceptible.

—¿Pero nada más amigos? añadió Luis titubeando.

—¡Ay! suspiró Dolores.

—Basta, profirió el conde de Saulay; es inútil insistir; es V. libre.

—¿Qué quiere V. decir? exclamó la joven con ansiedad.

—Que la eximo de todo compromiso para conmigo; que renuncio a la honra de hacerla a usted esposa mía, sin por esto abdicar del derecho, si V. lo consiente, de velar por su dicha.

—¡Primo!

—Dolores, V. no me ama, su corazón pertenece a otro; de consiguiente, de llevar adelante la boda, los dos labraríamos nuestra infelicidad. Ya la ha sujetado a V. a bastantes duras pruebas el destino a una edad en que la vida debe estar sembrada de flores. Sea V. dichosa con aquel a quien V. ama. Si de mí dependiese, a no tardar su destino de V. estaría unido al suyo. Nada tema, justificaré el precioso título de amigo que V. me da, allanando los obstáculos que tal vez se opongan al cumplimiento de sus más caros deseos.

—¡Ah! exclamó la joven con los ojos arrasados en lágrimas y estrechando la mano que tenía asida la suya, ¿por qué no le amo a V., tan digno como es de inspirar sentimientos de ternura?

—El corazón tiene estas anomalías, prima; ¿quién sabe? tal vez valga más que suceda así; ahora enjugue V. sus lágrimas, mi querida Dolores; no vea V. en mí sino un amigo abnegado, un confidente fiel, a quien podría V. confiar sus hechiceros secretos si éstos no me fuesen ya conocidos.

—¡Qué! murmuró la joven mirando con sorpresa a su interlocutor, ¿V. sabe?

—Todo, prima; de consiguiente sosiéguese usted. Por otra parte él no fue tan discreto; todo me lo ha confesado.

—¡Me ama! exclamó Dolores, poniéndose en pie; ¿es posible?

En esto se oyó precipitado ruido de pasos fuera del bosquecillo.

—Él mismo va a decírselo a V.

—¡Ah! murmuró la joven cayendo temblorosa sobre el banco del que acababa de levantarse, al ver entrar a Domingo.

—¡Dios mío! profirió éste palideciendo, ¿qué pasa?

—Nada que deba desasosegarle a V., respondió sonriendo el conde; doña Dolores le permite a V. adorarla.

—¡Es cierto! exclamó Domingo abalanzándose a la joven y cayendo de rodillas a los pies de ésta.

—¡Oh! primo, profirió doña Dolores con acento de suave reproche, ¿por qué abusó usted de esta suerte de un secreto?

—Que V. no me había confiado, repuso el conde, pero que adiviné.

—¡Traidor! dijo la joven levantándose prontamente y amenazando a su primo con el dedo; si V. adivinó mi secreto, también adiviné yo él de V.

En pronunciando estas palabras, doña Dolores desapareció con la ligereza de un pájaro, dejando a solas a Luis y a Domingo.

Éste, que no sabía a qué atribuir una fuga tan imprevista, hizo un movimiento como para precipitarse tras la joven; pero el conde le detuvo, diciéndole:

—No te muevas; el corazón de las doncellas encierra misterios que deben no ser descubiertos. ¿Qué más quieres ahora que estás seguro de su amor?

—¡Oh! amigo mío, profirió el joven echando los brazos al cuello de Luis, soy el más dichoso de los hombres.

—Egoísta, le dijo en voz baja el conde; sólo piensas en ti cuando mi alma tal vez llora sin esperanza.

Doña Dolores no había huido tan precipitadamente del bosquecillo más que para coordinar un poco sus ideas, reponerse de la honda conmoción que acababa de experimentar, y dirigirse al encuentro de Carmen; la cual salía de la casa en el instante en que iba a entrar en ella doña Dolores.

La prima del conde, al ver a aquélla, se arrojó en sus brazos y echó a llorar a lágrima viva.

Doña Carmen, asustada del estado en que veía a su amiga, la condujo suavemente a su dormitorio, donde ésta permaneció largo rato antes no pudo contar a su compañera lo que acababa de ocurrir en el bosquecillo, y como la imprevista llegada de Domingo la había obligado, por decirlo así, a confesar su amor.

La hija de doña María, que estaba muy distante de esperar un desenlace tan rápido y sobre todo tan propicio, experimentó un gozo indecible.

No ya más trabas, no más dudas; en lo sucesivo las dos podrían entregarse sin reservas a sus más gratas esperanzas. ¿Qué debían temer ahora que estaban seguras del amor de los dos jóvenes? ¿qué obstáculo podría impedir su pronta unión?

Así raciocinaba doña Carmen, para apaciguar el pudor un tanto alborotado de su amiga a causa de la confesión que inconscientemente se la escapara y la llenaba de vergüenza.

Las doncellas son así; consienten que aquel que las ama adivine su amor; pero consideran como una falta punible el declararlo ante él.

Carmen, que llevaba algunos años a Dolores y por consiguiente era más fuerte contra sus propias emociones, hizo suave burla de la debilidad de su amiga, y poco a poco la hizo convenir en que aun cuando había declarado su amor, no lo deploraba.

Doña Dolores y doña Carmen abandonaron entonces el aposento, y componiéndose el rostro para borrar de él todo vestigio de emoción, se encaminaron al jardín, en él que no hallaron a nadie.


[XI]

SORPRESA

Retrocediendo un poco, referiremos qué había pasado desde el día en que Miramón dispusiera tan libremente del dinero de los bonos de la Convención depositado en el consulado inglés, hasta él en que ha llegado nuestra historia; porque los acontecimientos políticos no solamente no fueron extraños a ella, sino que precipitaron el desenlace de la misma.

Conforme don Jaime predijera a Miramón, el modo inconsiderado con que el general Márquez ejecutara las órdenes que éste le diera, y el acto financiero ilegal de apoderarse de los fondos de la Convención, habían fatalmente manchado el carácter hasta entonces tan puro de toda arbitrariedad y de toda expoliación del joven presidente.

Al saber semejante noticia, los individuos del cuerpo diplomático, entre ellos el embajador de España y el representante de Francia, que más simpatías sentían por Miramón que no por Juárez, debido a la nobleza de su carácter y a su elevación de miras, habían considerado, desde aquel momento, la causa del partido moderado representada por Miramón, como irremisiblemente perdida, a menos de obrarse uno de esos milagros tan frecuentes en las revoluciones, pero del cual nada hacía sospechar la posibilidad. Por otra parte, la cantidad relativamente importantísima de los bonos de la Convección, unida a la que don Jaime pusiera en manos del presidente, no sólo no había sido suficiente para enjugar el déficit, pero ni siquiera a disminuirlo sensiblemente.

La mayor parte del dinero fue empleado en pagar a los soldados; los cuales, como hacía tres meses que no se les repartía la paga, empezaban murmurar y a amenazar con que desertarían en masa.

Pagado el ejército, o poco menos, Miramón abrió banderines de enganche con el objeto de aumentarlo y probar por última vez fortuna en el campo de batalla, resuelto a defender palmo a palmo el poder que libremente le confiaran los representantes de la nación.

Sin embargo, y a pesar de la confianza que fingía, el joven y arriesgado general no se forjaba ilusión alguna respecto de su precaria situación frente a las fuerzas cada vez más considerables y en realidad imponentes de los puros, como se apellidaban a sí mismos los partidarios de Juárez. Así es que antes de jugar su última partida, quiso ensayar el último medio de que aún podía echar mano, es decir, una mediación diplomática.

El embajador de España, a su llegada a Méjico, había reconocido al gobierno de Miramón. A este diplomático acudió pues, en su apuro, el acorralado presidente, con el fin de alcanzar una mediación de los ministros residentes, para intentar por medio de la reconciliación llegar al restablecimiento de la paz, proponiendo someterse a ciertas condiciones, de las cuales copiamos a continuación las más importantes:

Primera: los delegados nombrados por las partes beligerantes, celebrarán una conferencia con los representantes de las potencias europeas y él de los Estados Unidos, para excogitar el modo de restablecer la paz.

Segunda: dichos delegados nombrarán a la persona que deberá regir los destinos de la república, ínterin una asamblea general resuelve las diferencias que dividen a los mejicanos.

Tercera: determinarán asimismo, los repetidos delegados, la forma y modo de convocar al Congreso.

Este oficio, dirigido el 3 de octubre de 1860 al representante de España, terminaba con las siguientes significativas palabras que demostraban claramente el cansancio de Miramón y el verdadero deseo que de concluir con el estado anómalo de la república le animaba:

« Quiera Dios que este convenio, intentado con carácter confidencial, obtenga mejor resultado que los propuestos hasta la fecha. »

Como todo daba pie a suponerlo, esta tentativa suprema de reconciliación fracasó por completo, por una razón muy sencilla y fácil de comprender hasta para aquéllos que vivían alejados de la política.

Juárez, dueño de la mayor parte del territorio de la república, se sentía en su gobierno de Veracruz demasiado fuerte enfrente de su fatigado adversario, para no mostrarse intratable respecto de la esencia del pacto que se le proponía: no quería compartir la situación por medio de concesiones recíprocas, sino triunfar enteramente.

Sin embargo, como valiente león acorralado por los cazadores, Miramón, que no había perdido la fe en su tan a menudo vencedora espada, todavía no desesperaba, o más bien, no quería desesperar. Así pues y con el fin de retener los esparcidos restos de sus últimos defensores, el 17 de noviembre les dirigió un llamamiento supremo, en el cual se esforzó en reavivar las moribundas chispas de su ya perdida causa, ensayando imbuir a los que aun le rodeaban la energía que él conservaba intacta.

Por desgracia la fe se había apagado; así es que sus palabras no hallaron sino oídos cerrados por el interés personal o por el miedo. Nadie quiso comprender aquel grito supremo de agonía de un patriota grande y sincero.

Con todo, era menester tomar una resolución u otra: o renunciar a proseguir la lucha, o tentar nuevamente la suerte de las armas y resistir hasta el postrer aliento.

Esta última fue la resolución que, tras maduras reflexiones, tomó el general.

La noche tocaba a su fin; azuladas ráfagas de luz pasaban a través de las cortinas y hacían palidecer las de las bujías encendidas del gabinete al cual ya una vez hemos conducido al lector para hacerle asistir a la entrevista celebrada entre el general presidente y el aventurero, y al que volvemos a acompañarle para que sea testigo de la nueva conferencia que los mismos interlocutores están celebrando ahora.

Las bujías, casi del todo consumidas, patentizaban que la sesión había sido larga. Miramón y el aventurero, inclinados hasta un inmenso mapa, parecían estudiarlo con la mayor atención, mientras sostenían un animado diálogo.

De improviso el general se irguió con ademán de mal humor, y dejándose caer en una silla de brazos, dijo en voz baja:

—¡Bah! ¿para qué obstinarnos contra la adversidad?

—Para vencerla, general, respondió el aventurero.

—Es imposible.

—¿Y V. desespera? ¿Usted? repuso con intención don Adolfo.

—No desespero, respondió Miramón, muy al contrario, estoy resuelto a hacerme matar si es preciso antes que sufrir la ley que pretende imponerme Juárez, Juárez, que nada sería a no haberle recogido y educado quien V. y yo nos sabemos.

—¿Qué quiere V.? profirió con zumba el aventurero. Tal vez el individuo a que V. se refiere no lo recogió y educó sino con el fin de llevar a cabo una venganza y previendo lo que pasa hoy.

—Todo da a sospecharlo. Nunca hombre alguno ha proseguido con más felina paciencia más tenebrosos proyectos ni cometido más odiosas acciones con más descarado cinismo.

—¿No es el jefe de los Puros? dijo riendo el aventurero.

—¡Maldito sea! exclamó Miramón.

—¿Por qué no quiere V. seguir mi consejo?

—Porque el plan que V. me propone es impracticable.

—¿Y ésta es la única causa que le impide a usted aceptarlo? preguntó con disimulo el aventurero.

—Además, respondió Miramón un tanto turbado, porque lo hallo indigno de mí.

—¡Oh! general, permítame que le diga que usted no me comprendió.

—Usted se chancea, profirió Miramón; le comprendí tan bien, que si se empeña le repetiré textualmente el plan por V. concebido y que, añadió sonriendo, por amor propio de autor tiene tanto empeño en verlo en ejecución.

—¡Ah! murmuró el aventurero con gesto de duda.

—El plan es éste: salir prontamente de la ciudad, sin llevarme conmigo artillería para marchar con más rapidez, y al través de senderos extraviados salir al encuentro del enemigo, sorprenderlo y atacarlo.

—Y derrotarlo, añadió el aventurero con intención.

—¡Oh! ¡oh! profirió el general con acento de duda.

—Es infalible. Note V. que sus enemigos le suponen con razón encerrado en la ciudad, ocupado en fortificarse en ella en previsión del sitio con que le amenazan; que desde la derrota del general Márquez, saben que partidario alguno de V. recorre el campo; que por lo tanto no tienen que temer ningún ataque, y que avanzan confiadamente.

—Dice V. bien.

—Luego, nada más fácil que derrotarlos; la guerra de guerrillas no sólo es la única que V. puede hacer en la actualidad, sino la que ofrece más probabilidades de triunfo. Hostigando incesantemente a sus enemigos, y batiéndolos por grupos, le queda a V. la esperanza de coger de nuevo por los cabellos a la fortuna y de librarse de su competidor. Como en tres o cuatro encuentros lleve V. la ventaja, cuantos le abandonan por creerlo a V. perdido van a agruparse de nuevo y en tropel en torno de V. y el ejército de Juárez desaparece.

—El plan es atrevido, lo veo.

—Y por otra parte le ofrece a V. una gran ventaja.

—¿Cuál?

—La de que si es V. vencido, ennoblece su caída, ya que le coge con las armas en la mano y en el campo de batalla en lugar de dejarse ahumar como una zorra en su madriguera por un enemigo a quien V. desdeña y verse dentro de algunos días obligado a aceptar una capitulación vergonzosa, para evitar a la capital de la república los horrores de un sitio.

El general se levantó y empezó a pasearse por el gabinete, hasta que al cabo de un instante se detuvo delante del aventurero y le dijo con voz afectuosa:

—Gracias, don Jaime, gracias, dijo Miramón, con voz afectuosa; su ruda franqueza de V. me produjo grata impresión, pues me demuestra que a lo menos me queda un amigo fiel en la adversidad. ¡Ea! adopto su plan de V., don Jaime, y hoy mismo voy a ponerlo en obra, ¿Qué hora es?

—Todavía no las cuatro.

—A las cinco habré salido de Méjico.

El aventurero se levantó.

—¿Me deja V., amigo mío? le preguntó el presidente.

—Ya no es necesaria aquí mi presencia, general; así pues con su permiso me voy.

—¿Volveremos a vernos?

—Sí, general, en el momento de la batalla. ¿Dónde piensa V. atacar al enemigo?

—Aquí, respondió Miramón, colocando un dedo sobre un punto del mapa, en Toluca, a donde su vanguardia no llegará antes de las dos de la tarde, avanzando con rapidez, puedo yo estar en Toluca mediado el día y de esta suerte contar con el tiempo necesario para preparar mi ataque.

—El lugar está bien escogido, general; le profetizo a V. la victoria.

—Dios le escuche a V.; por mi parte no creo en ella.

—¿Todavía dura su desaliento?

—No, no es desaliento, sino convicción.

El presidente tendió afectuosamente la mano al aventurero, el cual se despidió y se retiró.

Poco después don Jaime salía de Méjico y corría en campo raso, montado en un caballo que llevaba la velocidad del huracán.


[XII]

LA SALIDA

Como dijera al aventurero, a las cinco de la mañana Miramón salía de Méjico a la cabeza de sus tropas, poco numerosas por cierto, ya que entre infantería y caballería apenas si se componían de tres mil quinientos hombres. Artillería no la llevaba, a causa de tener que efectuarse la marcha por senderos extraviados.

Cada jinete llevaba un infante en la grupa, a fin de facilitar el avance.

Lo que el presidente iba a intentar era un verdadero golpe de mano, y de los más arriesgados, pero que por esta misma razón tenía muchas probabilidades de buen éxito.

Miramón cabalgaba al frente de su ejército, en medio de su estado mayor, con el cual departía alegremente; al verle tan tranquilo y risueño, no parecía sino que ninguna preocupación le entristecía el espíritu, y que al salir de Méjico había recobrado esa dichosa indolencia de la juventud que los cuidados anejos al poder le hicieron olvidar tan rápidamente.

Aunque un tantico fresca, la mañana era heraldo de hermoso día; de la tierra subía una transparente niebla que los rayos del sol, más ardientes por momentos, iba desvaneciendo, y acá y allá, en los llanos, aparecían algunas recuas de mulos, conducidas por arrieros, que se dirigían a Méjico y cruzaban incesantemente la marcha de las tropas.

El suelo, bien cultivado, no ofrecía huella alguna de la guerra; al contrario, la campiña parecía gozar de la calma más profunda.

A lo largo de los caminos se veía a algunos indios, unos conduciendo bueyes a la ciudad, otros llevando a la misma frutas y legumbres, todos diligentes y cantando con indolencia para matar el tedio y distraer la monotonía del camino.

Dichos indios, al pasar por delante de Miramón, a quien conocían perfectamente, se detenían admirados, se descubrían y le saludaban con respeto.

A una orden del presidente los soldados se internaron en senderos extraviados casi intransitables y por los cuales avanzaban a duras penas los caballos. Sin embargo, la marcha se hizo todavía con más rapidez y en medio del mayor silencio.

Miramón y los suyos iban acercándose al enemigo.

A eso de las diez de la mañana el presidente mandó hacer alto para dar un poco de descanso a los caballos y a los soldados el tiempo necesario para almorzar.

Por regla general nada hay tan curioso como un ejército mejicano; todos los soldados van acompañados de su mujer, encargada de llevar las provisiones de boca y preparar las comidas. Estas desdichadas, que arrostran con ánimo sereno todas las espantosas consecuencias de la guerra, acampan a alguna distancia de las tropas cuando éstas se detienen; lo que da a los ejércitos mejicanos la apariencia de una emigración. Mientras dura la batalla, las mujeres permanecen espectadoras impasibles de la lucha, sabiendo anticipadamente que van a convertirse en botín del vencedor; sin embargo, aceptan, o más bien, se someten con filosófica indiferencia a esta dura necesidad.

Esta vez, empero, no sucedió así; Miramón había prohibido terminantemente que mujer alguna siguiese al ejército. Los soldados pues, cada cual se llevó las provisiones de boca preparadas en sus alforjas; precaución que, ahorrando un tiempo considerable, asumía la ventaja de que de esta suerte se evitaba él que tuviesen que encenderse fogatas.

A las once se dio el toque de botasillas, se formaron filas y se anudó la marcha hacia Toluca, lugar donde el presidente resolviera aguardar al enemigo.

El camino, cortado por profundas torrenteras, al través de las cuales no era posible pasar sino a costa de grandísimas dificultades, se hacía casi impracticable; con todo, los soldados no se desalentaban, y es que los que consigo se llevara Miramón constituían la flor y nata de sus partidarios; eran los que acompañado le habían desde el principio de la guerra. No se desalentaban, decimos, antes al contrario, su ardor crecía a medida de los obstáculos, a los que vencían riendo, alentados por el ejemplo de su joven general que iba animosamente al frente de ellos, convirtiéndose de esta suerte en espejo de paciencia y de abnegación.

El general Cobos había sido destacado para salir a la descubierta con veinte hombres decididos a fin de espiar la marcha del enemigo y advertir la presencia de éste, tan pronto le descubriera, a Miramón, replegándose al punto y sin dejarse ver sobre el grueso del ejército.

De improviso el presidente vio a tres jinetes que a escape se dirigían hacia él, y suponiendo lógicamente que los que venían eran portadores de una noticia importante, espoleó a su caballo y salió al encuentro de aquéllos, a los que se reunió bien pronto.

De los tres jinetes aludidos, dos eran soldados, y el tercero, que iba perfectamente montado y armado de punta en blanco, paisano.

—¿Quién es este hombre? preguntó Miramón a uno de los soldados.

—Excelentísimo señor, respondió el interpelado, este individuo se ha presentado al general, solicitando que le condujesen a presencia de vuecencia; dice que es portador de un pliego que debe entregar a vuecencia en persona.

—¿Quién te envía? preguntó el presidente al desconocido que permanecía inmóvil.

—Lea ante todo, vuecencia, esta carta, respondió el paisano sacando de su dolmán un pliego sellado y entregándolo respetuosamente a Miramón.

Éste abrió el pliego y lo recorrió rápidamente con la mirada. Luego fijando con atención los ojos en el desconocido, le preguntó:

—¿Cómo te llamas?

—López, mi general.

—Está bien. ¿Conque está cerca de aquí?

—Sí, mi general, emboscado con trescientos jinetes.

—¿Y te pones a mi disposición?

—Para todo el tiempo que de mí necesite vuecencia.

—Dime, ¿conoces esta tierra?

—Nací en ella, mi general.

—¿Así pues eres capaz de guiarnos?

—A donde le plazca a vuecencia.

—¿Conoces la posición del enemigo?

—Sí, mi general; las vanguardias de las columnas de los generales Berriozábal y Degollado no están sino a media legua de Toluca, donde deben detenerse por largo espacio de tiempo.

—¿A qué distancia nos encontramos de Toluca nosotros?

—Siguiendo este camino, unas tres leguas.

—Mucho es; ¿no hay otro camino más corto?

—Uno hay que acorta dos tercios la distancia.

—¡Canario! exclamó el general, es menester tomar por éste.

—Sí, pero es sumamente angosto, peligroso, casi intransitable para la caballería, y del todo impracticable para la artillería.

—No traigo cañones.

—Entonces ya es posible pasar por él, mi general.

—Nada más deseo.

—Si vuecencia me da permiso me atreveré a hacerle una observación.

—Di.

—El camino es penoso; será preferible pues desmontar a los jinetes, hacer que la infantería vaya a vanguardia y que aquéllos la sigan conduciendo de las bridas a sus caballos.

—Esto va a hacernos perder mucho tiempo.

—Al contrario, mi general, a pie marcharemos con más rapidez.

—Enhorabuena. ¿Dentro de cuánto tiempo estaremos en Toluca?

—Dentro de tres cuartos de hora. ¿Le parece sobrado a vuecencia?

—No; si cumples tu promesa te doy diez onzas.

—Aunque no me guíe el interés, repuso López riendo, estoy tan seguro de no equivocarme, que ya siento el dinero ese en mi bolsillo.

—Ya que es así, dijo Miramón dándole su portamonedas, tómalo en seguida.

—Gracias, mi general, profirió el paisano; ahora partiremos cuando lo ordene vuecencia. Lo que precisa es que los soldados guarden el más absoluto silencio para que de sopetón podamos precipitarnos sobre el enemigo y atacarle sin darle tiempo de reponerse de la sorpresa.

Miramón envió un soldado al general Cobos para darle orden de que se replegara cuanto antes, luego hizo apear a los jinetes, mandó pasar a vanguardia a la infantería, de cuatro en frente, que eran los más que podían pasar en tal disposición, y la caballería desmontada formó la retaguardia.

Una vez el general Cobos se hubo reunido al grueso de las tropas, lo que efectuó sin tardanza, Miramón le puso en pocas palabras al tanto de lo que ocurría.

El presidente, que caminaba a pie, seguido del guía y de su caballo y del de este último, se colocó al frente de sus soldados no obstante los reiterados ruegos de sus amigos para que desistiese de semejante empeño.

—Soy vuestro jefe, decía Miramón a los que le incitaban para que abandonase aquel peligroso puesto, y como tal me corresponde correr el riesgo mayor; mi sitio es éste y en él me quedo.

—¿Nos ponemos en marcha? preguntó Miramón a López.

—Adelante, mi general.

El ejército del presidente anudó el avance en medio del mayor silencio y con rapidez y uniformidad notables.

López no se había equivocado: el sendero que hiciera tomar a las tropas era tan fragoso e intransitable, que los soldados avanzaban a pie con mucha más rapidez que no lo hubieran hecho a caballo.

—¿Está así durante mucho trecho el sendero éste? preguntó el presidente al guía.

—Hasta medio tiro de fusil de Toluca, mi general, respondió el interpelado; una vez allá sube y se ensancha mucho, hasta dominar a Toluca, a donde es fácil bajar aun al galope.

—¡Jum! repuso Miramón, en lo que acabas de decirme hay bueno y malo.

—No comprendo, mi general.

—¡Caramba! bastante claro es, o a lo menos así me lo parece: figúrate que si los puros han colocado un cordón de centinelas en la altura, van a ventearnos y a inutilizar nuestra expedición. Tú no has reflexionado lo que hacías al conducirnos por aquí.

—Pido mil perdones a vuecencia, replicó López; pero los puros saben que ningún cuerpo de ejército recorre el campo, y por lo tanto están en la firme creencia de que nada tienen que temer. Así pues no totean precaución alguna, por considerarlas inútiles. Además, las alturas de que vuecencia me ha hablado están demasiado distantes del sitio donde ellos acamparán y sobre todo demasiado elevadas para que piensen en colocar fuerzas en ellas.

—En fin, murmuró el presidente, a la buena de Dios. Ahora no retrocedo.

Las tropas continuaron avanzando con toda clase de precauciones.

Veinticinco minutos hacía que éstas se internaran en la senda, cuando López, después de haber tendido a su alrededor una mirada investigadora, se detuvo súbitamente.

—¿Qué estás haciendo? le preguntó Miramón.

—Ya lo ve vuecencia, me detengo; al doblar el recodo ese que está delante de nosotros, la senda empieza a subir, y como no nos encontramos sino a tiro de fusil de Toluca, si vuecencia me lo permite voy a ir a la descubierta para cerciorarme de que las alturas no están vigiladas y de que el paso es libre.

—Ve, dijo el general después de haber mirado atentamente a López; aguardaremos tu regreso para continuar el avance; fío en ti.

López se quitó armas y sombrero, que no sólo le eran inútiles, sino que pudieran haberle delatado, y tendiéndose en el suelo, empezó a arrastrarse a la usanza india y no tardó en desaparecer entre las malezas que orillaban la senda.

Ínterin, a una señal del presidente había circulado con rapidez la voz de alto entre las filas, y el ejército se detuvo casi instantáneamente, pasando los generales a formar grupo en torno de Miramón.

Transcurrieron algunos minutos sin que reapareciese el guía, con lo que la ansiedad de las tropas llegó a su colmo.

—Ese hombre nos vende, dijo el general Cobos.

—No lo creo, repuso Miramón; tengo completa confianza en quien me lo envió.

En esto se hizo un hueco en las malezas y por él salió un hombre: era el guía López; el cual, con rostro placentero, centelleante la mirada y firme el paso, se acercó al presidente hasta encontrarse a pasos de éste, saludó y aguardó a que le interrogasen.

—¿Qué ocurre? preguntó Miramón.

—Avancé hasta la cresta misma de la altura, excelentísimo señor, dijo López, y vi claramente el campamento de los puros. Éstos no sospechan la llegada de vuecencia; por lo tanto me parece que vuecencia puede seguir adelante.

—¿Conque no colocaron centinelas en la altura?

—No, mi general,

—Está bien, condúceme hasta la entrada de la senda; quiero inspeccionar el terreno a fin de preparar mi plan de ataque.

—Vamos, dijo López recogiendo su fusil y su sombrero.

Miramón y su guía avanzaron, seguidos, a corta distancia, del ejército.

Como el guía había dicho, todo estaba desierto.

Miramón estudió el terreno con la atención más detenida, y luego murmuró:

—Bravo, ahora sé lo que debo hacer.

Luego, volviéndose hacia su guía, dijo a éste:

—¿Conque tu amo está emboscado de modo que pueda coger por el flanco al enemigo?

—Sí, mi general.

—¿Pero cómo prevenirle para que su ataque coincida con el nuestro?

—Es muy fácil; ¿ve vuecencia aquel árbol solitario cuya cima domina la altura?

—Sí.

—Tengo orden de cortar el trozo superior del mismo en el preciso momento en que vuecencia empiece el ataque; esta señal será la de cargar sobre el enemigo.

—¡Vive Dios! exclamó el presidente, ese hombre nació general; nada le pasa por alto; ve, sube al árbol ese y está preparado; cuando veas que yo blanda la espada, de un machetazo desmóchalo.

—¿Y después qué haré? preguntó López.

—Lo que quieras.

—Está bien, me reuniré a mi amo.

López tomó su caballo de manos del asistente que lo sujetaba de las bridas, y se encaminó tranquilamente hacia el árbol.

Miramón dividió su infantería en tres cuerpos y colocó de reserva a su caballería.

Tomadas ya todas las disposiciones, las tropas empezaron el ascenso de la altura.

—¡Adelante! ¡adelante! gritó Miramón una vez en la cúspide de ésta, mientras blandía su espada y corría a escape cuesta abajo seguido de los suyos.

López, al ver que el presidente blandía su espada, de un sólo machetazo cortó la cima del árbol a que estaba subido, y luego se bajó, montó a caballo y se lanzó en pos del ejército. La aparición súbita de las tropas de Miramón produjo un desorden espantoso en el campamento de los puros, que estaban muy distantes de esperar un ataque tan inopinado y vigoroso, toda vez que sus espías les habían asegurado que en el campo no se veía soldado alguno.

Los puros se abalanzaron a sus armas y los oficiales ensayaron organizar la resistencia; pero antes no hubieron formado filas, las tropas del presidente ya se les habían echado encima y les atacaban con furia a los gritos de:

—¡Viva Méjico! ¡Miramón! ¡Miramón!

Los generales que mandaban a los puros, animosos e inteligentes, se multiplicaban para resistir; a la cabeza de los suyos que ya se habían armado y bien o mal formado filas, abrieron un fuego mortífero ayudados de la artillería que había tomado posiciones.

La acción se hizo empeñada. Los juaristas contaban con la ventaja numérica, y repuestos del pánico que experimentaran al principio, era de temer que de prolongarse el combate iban a tomar la ofensiva.

En esto se oyeron formidables gritos a retaguardia de los puros, sobre quienes se precipitó una nube de jinetes lanza en ristre.

Cogidos entre dos enemigos, los juaristas se creyeron vendidos, se les desvaneció la cabeza y empezaron a desbandarse.

La caballería de Miramón entró en línea de batalla en este momento y cargó reciamente sobre el enemigo.

Entonces la lucha degeneró en matanza; ya no fue combate, sí una carnicería espantosa. Los juaristas, cogidos por frente, flanco y retaguardia, no pensaban ya sino en abrirse paso.

Empezó la retirada, que pronto se convirtió en derrota completa.

El general Berriozábal, el general Degollado, sus hijos, dos coroneles, todos los oficiales del estado mayor, catorce cañones, gran cantidad de municiones y de armas y más de 2,000 prisioneros cayeron en poder de Miramón, que por su parte experimentó unas 18 bajas entre muertos y heridos.

La batalla sólo había durado veinticinco minutos. La caprichosa fortuna concedía una postrer sonrisa a aquel a quien resolviera perder.


[XIII]

TRIUNFO

La imprevista, brillante y completa victoria alcanzada por Miramón sobre aguerridas tropas mandadas por oficiales de nombradía, devolvió súbitamente el aliento y la esperanza a los despavoridos partidarios del presidente de la república.

Se modificó hasta tal extremo el espíritu de los soldados, que éstos no dudaron ya del triunfo de su causa y aun hubo instantes en que llegaron a considerarla casi como definitivamente ganada.

Únicamente Miramón, en medio de la alegría general, no se forjaba ilusiones sobre el alcance de la victoria que consiguiera: para él el nuevo lustre que había añadido a su por tanto tiempo victoriosa espada no era sino el último y brillante resplandor que arroja la antorcha próxima a apagarse.

El general conocía demasiado a fondo la situación precaria a que se veía reducido para sustentar por un solo instante engañosas esperanzas; agradecía sí en su fuero interno, a la fortuna, la última sonrisa que ésta se dignara dirigirle y que le evitaría bajar del poder como un hombre vulgar.

Cuando la caballería lanzada en pos de los fugitivos para impedirles que se rehiciesen se hubo por fin reunido al grueso del ejército, que se había quedado en el campo de batalla, Miramón, después de haber concedido a los suyos dos horas de descanso, dio la orden de regresar a Méjico.

La vuelta del cuerpo expedicionario a la capital distó mucho de ser tan rápida como la ida a Toluca: los caballos, fatigados, avanzaban penosamente; la infantería iba a pie para escoltar a los prisioneros; además, los cañones y la numerosa impedimenta de que se apoderaran y seguían al ejército no podían pasar sino por caminos anchos y expeditos, lo que obligó al general Miramón a tomar por la carretera, ocasionándole esto el retardo de algunas horas.

Eran las diez de la noche cuando la vanguardia del cuerpo expedicionario llegó a las garitas de Méjico.

La noche estaba oscurísima; sin embargo, la capital aparecía en medio de las tinieblas iluminada por un número considerable de luces.

Las buenas como las malas noticias se propagan con rapidez extraordinaria; quien pueda, resuelva este problema casi insoluble, pero lo cierto es que apenas había terminado en Toluca la batalla, cuando en Méjico conocían ya el resultado. El rumor de la brillante victoria alcanzada por Miramón había corrido inmediatamente de boca en boca sin que nadie supiese a quien se lo oyera referir.

A la nueva de aquel inesperado triunfo, se despertó la alegría de todos, el entusiasmo llegó a su colmo y por la noche la ciudad se encontró espontáneamente iluminada.

El ayuntamiento, en corporación, aguardaba al presidente en la entrada de la ciudad para felicitarle; las tropas desfilaron entre dos apretadas vallas formadas por el pueblo, que profería entusiastas aclamaciones, mientras agitaba pañuelos y sombreros y disparaba petardos en señal de regocijo; las campanas, a pesar de la hora avanzada de la noche, sonaban a todo vuelo, y las numerosas tejas de los curas confundidos entre la muchedumbre, demostraban que curas y frailes, tan retraídos el día anterior para con el hombre que siempre les sostuviera, a la noticia de la victoria de Toluca habían sentido súbitamente despertar su adormecido entusiasmo.

Miramón pasó por en medio de aquella compacta multitud, tranquilo e impasible, devolviendo con imperceptible expresión de ironía los saludos que a derecha y a izquierda incesantemente le dirigían, y una vez delante de su palacio, se apeó.

Ante la puerta de éste y un tanto separado de la misma, había un hombre en pie, inmóvil y risueño; era el aventurero.

Al verle, Miramón no pudo reprimir un gesto de alegría, y dirigiéndole hacía él, le dijo:

—Venga V., amigo mío.

Y con estupefacción de la muchedumbre, asió del brazo al aventurero y penetró con él en palacio.

Una vez en el gabinete particular en el cual solía dedicarse al trabajo, el presidente se dejó caer en una silla de brazos, con un pañuelo se enjugó el sudor que le corría por la frente, y exclamó con acento de mal humor:

—¡Uf! estoy quebrantado. Fecunda en peripecias fue la jornada.

—Sí, repuso afectuosamente el aventurero; y me place oírle hablar a V. así, general, pues temía que no le hubiese embriagado el humo de la victoria.

—¿Por quién me toma V.? profirió Miramón. Triste concepto tiene V. de mí si supone que va a cegarme un triunfo que, por muy brillante que parezca, no es sino una victoria más, pero cuyos resultados serán nulos para la causa que sostengo.

—Demasiado cierto es lo que V. dice, general.

—¿Usted cree que lo ignoro? Mi caída es inevitable; lo único que me habrá aprovechado esa batalla será prorrogarla por unos días más. Sí, debo caer, porque a pesar de los gritos de entusiasmo de la muchedumbre, siempre voluble y fácil de engañar, lo que hasta lo presente ha constituido mi fuerza y me ha sostenido en la lucha que he empeñado, me abandonó para más no volver; siento que el espíritu de la nación no está ya conmigo.

—Tal vez exagera V., general. De dar V. dos batallas más como la de hoy, quizá recobre V. cuanto ha perdido.

—El buen éxito de la de hoy se lo debo a V., amigo mío; gracias a la brillante carga que V. dio por retaguardia, el enemigo se desmoralizó y por consiguiente quedó vencido.

—Se obstina V. en verlo todo tenebroso, general; le repito que con otras dos victorias como la de hoy está V. salvado.

—Como me den tiempo las libraré, dijo Miramón. Si en vez de encontrarme solo y acorralado en Méjico pudiese todavía contar con generales devotos en campaña, después de la victoria de hoy todo podía haberse reparado.

En esto la puerta del gabinete se abrió para dar paso al general Cobos.

—¡Ah! ¿es V. mi querido general? profirió el presidente tendiendo la mano al recién llegado y recobrando súbito un gesto risueño. ¿A qué debo tan agradable visita?

—Ruego a su señoría me perdone si me atrevo a presentarme sin haberme hecho anunciar, dijo Cobos; pero tengo que comunicar a vuecencia una noticia grave que no consiente dilaciones.

El aventurero hizo ademán de retirarse.

—Quédese V., le dijo Miramón deteniéndole con el gesto; hable V. general.

—Señor presidente, repuso Cobos, entre el pueblo y los soldados reina el mayor desorden: la inmensa mayoría de ellos pide a grandes voces que sean inmediatamente fusilados por traidores a la patria los oficiales hechos prisioneros hoy.

—¿Cómo? profirió Miramón levantándose como impulsado por un resorte y poniéndose un tanto pálido; ¿qué me está V. diciendo, general?

—Si su señoría se toma la molestia de abrir las ventanas de este gabinete, dijo Cobos, oirá los gritos de muerte que profieren a una el ejército y el pueblo.

—¡Ah! murmuró Miramón, ¡asesinatos políticos cometidos impasiblemente después de la victoria! ¡Nunca consentiré en autorizar crímenes tan odiosos! No y mil veces no; a lo menos por lo que a mí respecta no sucederá. ¿Dónde están los oficiales prisioneros?

—En el patío del palacio, vigilados por guardias de vista.

—Dé V. orden de que inmediatamente los conduzcan a mi presencia. Vaya V., general.

—¡Ay amigo mío! exclamó el presidente con desaliento, tan pronto quedó a solas con el aventurero, ¿qué puede esperarse de una multitud desenfrenada? Y sin embargo, el pueblo mejicano no es malo; lo que le ha vuelto cruel es la larga esclavitud en que ha gemido y las interminables revoluciones de que por espacio de cuarenta años ha sido víctima. Sígame V.; es menester concluir.

Miramón abandonó el gabinete, seguido del aventurero, entró en un salón inmenso donde se encontraban reunidos sus más acérrimos partidarios, y se sentó en un sitial colocado en lo alto de dos gradas, preparado para él en el testero, y los oficiales que habían permanecido fieles a su causa se agruparon al punto a derecha y a izquierda.

A una seña amistosa de Miramón, el aventurero se había quedado al lado de éste, demostrando aparentemente la mayor indiferencia.

En esto se oyeron, fuera del salón, rumor de pasos y refregar de armas, y seguidamente después y precedidos del general Cobos penetraron en la vasta estancia los oficiales prisioneros; los cuales, por más que fingiesen la más completa tranquilidad, no dejaban de experimentar alguna zozobra respecto del fin que les reservaba el destino, pues habían oído las voces que profiriera el pueblo y conocían las malas disposiciones en que contra ellos estaban los partidarios de Miramón.

Él que iba a la cabeza de los prisioneros era el general Berriozábal, joven de treinta años a lo sumo, de rostro expresivo, facciones correctas e inteligentes y andar noble y desembarazado; luego venía el general Degollado, entre sus dos hijos, y por fin dos coroneles y los oficiales que componían el estado mayor del primero de los mencionados generales.

Los prisioneros avanzaron con paso firme hacia el presidente, el cual se levantó con presteza y salió al encuentro de aquéllos, a quienes, después de saludarlos galantemente, dijo:

—Caballeros, deploro que las circunstancias en que por desgracia nos encontramos no me permitan devolver a Vds. inmediatamente la libertad; sin embargo y por cuantos medios estén a mi alcance, procuraré hacerles más suave un cautiverio que espero no será de larga duración. Ante todo sírvanse Vds. recobrar sus espadas que con tanta honra ciñen y de las que siento haberles privado.

Miramón hizo una seña al general Cobos, que se apresuró a restituir a los prisioneros las armas de que les despojaran, y que éstos recibieron con gozo.

—Ahora, caballeros, continuó el presidente, dígnense Vds. aceptar la hospitalidad que les ofrezco en este palacio, donde serán tratados con todas las consideraciones debidas a su desgracia; no exijo sino su palabra de soldados y de caballeros de que no saldrán sin autorización mía, no porque yo dude de su palabra de honor, y sí con el fin de librarles de las tentativas de gentes mal dispuestas respecto de Vds. y agriadas por los sufrimientos de una guerra prolongada. Quedan Vds. pues prisioneros bajo palabra y libres de obrar como más bien les parezca.

—Señor general, profirió Berriozábal en nombre de todos, le agradecemos a V. sinceramente su cortesía para con nosotros; no podíamos esperar menos de su reconocida generosidad. La palabra que V. nos exige, se la damos, y no usaremos de la libertad en que nos deja sino en los límites que V. juzgue conveniente. Prometemos a V. no intentar en modo alguno reconquistar nuestra libertad sin que V. nos haya relevado de la palabra.

Después de cruzarse algunos otros cumplidos entre el presidente y los generales, los prisioneros se retiraron a las habitaciones que les asignaron.

En el momento en que el general Miramón se disponía a entrar nuevamente en su despacho, el aventurero le detuvo con viveza, y designando a un oficial superior que al parecer se esforzaba en esconderse entre los grupos, le dijo en voz baja y trémula:

—¿Conoce V. a ese hombre?

—Ya lo creo, respondió el presidente; hace solamente algunos días que se ha afiliado a mi causa y me ha prestado ya importantísimos servicios; es español y se llama Antonio Cacerbar.

—¡Oh! ya sé como se llama, repuso el aventurero; también yo le conozco hace mucho tiempo por desgracia, general; ese hombre es un traidor.

—¡Bah! V. se chancea.

—Le repito a V., general, que ese hombre es un traidor; estoy seguro de ello.

—No insista V. más, se lo ruego, amigo mío, repuso Miramón con viveza. Buenas noches; hasta mañana. Deseo hablar con V. de asuntos de importancia.

Y después de haber dirigido al aventurero una señal afectuosa con la mano, el presidente penetró en su despacho, cuya puerta se cerró tras él.

El aventurero permaneció inmóvil por espacio de algunos segundos, dolorosamente afectado por la incredulidad de Miramón, y luego murmuró con tristeza:

—¡Oh! Dios quita la razón a los que quiere perder. Ahora todo ha concluido; ese hombre está irremisiblemente condenado, perdida su causa.

El aventurero se salió del palacio, pábulo de las más siniestras previsiones.


[XIV]

EL PALO QUEMADO

Como hemos dicho, el aventurero se salió del palacio de la presidencia. La plaza Mayor estaba desierta; la efervescencia popular se había calmado con la rapidez con que se levantara. Gracias a la intervención de algunos personajes influyentes, los soldados se habían retirado a sus cuarteles, y los léperos y otros ciudadanos del mismo jaez, que componían la mayoría del populacho, al ver que decididamente no quedaba que hacer y que las víctimas a las que codiciaban se les escapaban definitivamente de las manos, después de vociferar por un rato para consolarse acabaron por retirarse también.

Únicamente López había permanecido inmóvil en su puesto. Obedeciendo a una orden del aventurero, había aguardado a éste a la puerta del palacio presidencial.

Cuando López vio abrirse las puertas del palacio, comprendió que únicamente podía salir de él su amo; así es que sin tardanza se reunió a éste.

—¿Qué novedades ocurren? le preguntó el aventurero poniendo el pie en el estribo.

—Nada importante.

—¿Estás seguro?

—Casi casi; sin embargo, ahora que caigo en ello, me parece que vi salir de palacio a un sujeto que no me es desconocido.

—¿Hace mucho?

—Veinte minutos a lo más; pero temo haberme equivocado, porque el sujeto que digo usaba un traje tan distinto del en que le conocí y me ha vagado tan poco el verle, que...

—¿Y a quién creíste reconocer en él? interrumpió el aventurero.

—Tal vez no dé V. crédito a mis palabras si le digo que a don Antonio Cacerbar, mi antiguo herido.

—Al contrario, como que le vi en palacio.

—¡Demonios! entonces siento no haber escuchado su conversación.

—¿Qué conversación? ¿Dónde y con quién habló? Di o te estrangulo.

—A eso voy, mi amo. Cuando don Antonio salió de palacio todavía quedaban algunos grupos en la plaza, y de uno de ellos se separó un hombre para acercarse a aquél.

—¿Conociste quién era el individuo ese?

—No, pues llevaba un amplio sombrero de piel de vicuña derribado sobre los ojos e iba embozado hasta las narices; demás de que en tal instante estaba ese sitio casi ya completamente oscuro.

—Al grano, al grano, dijo el aventurero con impaciencia.

—Don Antonio y el desconocido se pusieron a hablar en voz baja.

—¿Y no cogiste al vuelo palabra alguna?

—Algunas, muy pocas, pero sin ilación.

—Dilas.

—« ¿Conque estaba ahí? » dijo uno. La respuesta no la oí. « ¡Bah! no se atreverá », continuó el primero. Luego siguieron hablando tan quedo, que no oí más. A poco, sin embargo, el primero profirió: « Es preciso ir allá ». « Muy tarde es », replicó el otro, y después no oí más que estas dos palabras: Palo Quemado. Los interlocutores cruzaron todavía algunas más en voz baja, y se separaron, el primero en dirección a los portales y don Antonio dobló a la derecha como si quisiese encaminarse hacia el paseo de Bucareli; pero se habrá detenido en alguna casa, porque no es probable que a estas horas se le haya ocurrido ir a pasearse solo por tal sitio.

—Pronto lo sabremos, repuso el aventurero subiéndose sobre su caballo; dame mis armas y sígueme. ¿Están descansados los caballos?

—Sí, señor, respondió López dando al aventurero un fusil de dos cañones, un par de revólveres y un machete. Según me ha ordenado usted, fui al corral donde dejé nuestros cansados caballos, ensillé al Mono y al Zopilote, que son estos dos, y me vine para aguardarle a V.

—Has hecho bien; adelante.

El aventurero y López se alejaron, atravesaron la desierta plaza, y después de dar algunos rodeos, indudablemente con el propósito de desorientar a los espías que tal vez les acechaban en medio de las tinieblas, se encaminaron hacia el paseo Bucareli.

En Méjico, tan pronto cierra la noche, está prohibido, salvo permiso que se obtiene muy difícilmente, transitar a caballo por las calles; sin embargo, el aventurero se preocupaba poco, al parecer, con semejante prohibición; a bien que su audacia estaba perfectamente justificada por la aparente indiferencia de los celadores que en gran número encontraban a su paso y les dejaban galopar a su antojo sin hacer protesta alguna respecto del particular.

Una vez los dos jinetes estuvieron a bastante distancia del palacio de la presidencia para no temer ya que les siguiesen, cada uno de ellos sacó un antifaz negro de su bolsillo y se cubrió con él el rostro, para evitar que aun en medio de la obscuridad pudiesen conocerles, y luego anudaron la marcha, no deteniéndose hasta que hubieron llegado al paseo Bucareli. Entonces el aventurero tendió a su alrededor una mirada investigadora y dio un prolongado y agudo silbido.

Al punto y de la oquedad de una puerta se destacó una sombra, más bien dicho, un hombre, que avanzó hasta el medio de la calle, donde se detuvo sin proferir palabra.

—¿Pasó alguien por aquí durante los tres últimos cuartos de hora? preguntó el aventurero.

—Sí y no, respondió lacónicamente el desconocido.

—Explícate.

—Vino un hombre que se detuvo delante de la casa que está a la derecha de V., dio dos palmadas, y a poco se abrió una puerta, por la que salió un peón conduciendo de la brida a un caballo pío y llevando sobarcada una capa con vueltas encarnadas.

—¿Cómo pudiste enterarte de tales pormenores estando como está tan oscura la noche?

—El peón traía una linterna. El hombre de que le hablé a V. le dio un sofión por su imprudencia, de una manotada tiró por el suelo la luz, y en pisoteándola se echó la capa sobre los hombros.

—¿Qué traje vestía el hombre ese?

—Uniforme de oficial superior de caballería.

—¿Qué más pasó?

—El militar entregó su sombrero de plumas al peón, el cual entró en la casa para salir de nuevo y al instante trayendo un sombrero de piel de vicuña con golilla de oro, un par de pistolas y un fusil; luego calzó unas espuelas de plata al oficial, que tomó las armas, se puso el sombrero, subió a caballo y emprendió la marcha.

—¿Qué dirección tomó?

—La de la plaza Mayor.

—¿Y el peón?

—Se metió otra vez en la casa.

—¿Estás seguro de que uno ni otro te vieron?

—Lo estoy.

—Está bien, vigila, y adiós.

—Adiós, repitió el desconocido perdiéndose en medio de las tinieblas.

El aventurero y su peón volvieron grupas, y a no tardar llegaron a la plaza Mayor, que atravesaron sin detenerse.

Al parecer, don Jaime sabía qué dirección seguir, pues galopaba sin perplejidades al través de las calles. Cuando llegó a la garita de San Antonio, empezaban ya a entrar en la ciudad algunos hortelanos.

Al encontrarse no seis cientos pasos de la garita, en un sitio donde el camino forma una encrucijada en cuyo centro se levanta una cruz de piedra a la que afluyen seis carreteras bastante anchas pero mal conservadas, el aventurero se detuvo nuevamente y dio otro silbido, a cuyo son se levantó un hombre que estaba tendido al pie de la mencionada cruz y que permaneció en actitud del que aguarda que le interroguen.

—¿Ha pasado por aquí un sujeto montado en un caballo pío y tocado con un sombrero con golilla de oro? preguntó el aventurero.

—Sí, señor, respondió el interpelado.

—¿Hace mucho tiempo?

—Una hora.

—¿Iba solo?

—Solo.

—¿Qué dirección tomó?

—Ésta, respondió el desconocido tendiendo el brazo hacia el segundo camino de la izquierda.

—Perfectamente.

—¿Me voy con V.?

—¿Dónde está tu caballo?

—En un corral próximo a la garita.

—Lejos está; no puedo aguardarte. Vigila. Adiós.

—Vigilaré, repuso el desconocido tendiéndose nuevamente al pie de la cruz.

Los dos jinetes anudaron su marcha.

—Realmente se dirige al Palo Quemado, dijo don Jaime; allá daremos con él.

—Es probable, profirió López con la mayor impasibilidad; y hasta me parece imposible que no lo haya yo adivinado más pronto.

Los dos jinetes galoparon por espacio de una hora, sin cruzar palabra, y al final de ella percibieron a corta distancia una mole sombría cuyo negro bulto se destacaba sobre la menos densa oscuridad del campo que la rodeaba.

—Ahí el Palo Quemado, dijo don Jaime.

—Sí, repuso López.

Ambos avanzaron unos pasos más y se detuvieron.

De improviso un perro se puso a ladrar desaforadamente.

—¡Demonios! es preciso no detenernos, dijo el aventurero, ese maldito animal nos delataría.

Los dos jinetes espolearon a sus monturas y partieron a escape.

Poco después los ladridos del perro degeneraron en sordos gruñidos y por último el animal se calló del todo.

Los jinetes se detuvieron, y don Jaime se apeó y dijo a López:

—Oculta los caballos por ahí cerca y aguárdame.

López, que no era hablador, cumplió sin chistar las órdenes de su amo.

El cual después de haber inspeccionado sus armas con la mayor escrupulosidad para en el probable caso de tener que servirse de ellas estar seguro de que no le darían higa, se tendió en el suelo, boca abajo, como un indio de las altas sabanas, y con movimiento undulatorio, lento y casi imperceptible, avanzó hacía el rancho del Palo Quemado, y poco antes de llegar a éste, vio lo que hasta entonces no advirtiera, o si decimos unos diez o doce caballos arrendados y gran número de hombres que, tendidos en el suelo, estaban durmiendo.

Inmóvil delante de la puerta del rancho y sin duda colocado en tal sitio para velar por la seguridad general, había un hombre armado de una larga lanza.

El aventurero se detuvo: la situación era peligrosa; fueren cuáles fuesen los individuos reunidos en el rancho, no habían descuidado precaución alguna para el caso en que hubieran querido sorprenderles.

Sin embargo, cuanto mayores parecían las dificultades, más comprendía el aventurero la importancia del secreto que él anhelaba sorprender. Por lo tanto y pese al inminente peligro que debiese arrostrar, resolvió saber quiénes eran los miembros de aquella reunión clandestina y por qué se habían congregado.

El lector conoce lo bastante al aventurero a quien le hemos dado a conocer bajo distintos nombres, para adivinar que una vez resuelto a seguir adelante no titubearía en hacerlo.

En efecto, don Jaime puso en obra su plan, pero redoblando la prudencia y sobre todo las precauciones; no avanzando, por decirlo así, sino paso a paso y arrastrándose con la silenciosa elasticidad de un reptil.

Lo que también hizo el aventurero, fue que en vez de dirigirse en línea recta hacia el rancho, lo rodeó con objeto de cerciorarse de que además del centinela colocado delante de la puerta no tenía que temer verse descubierto por alguno que vigilase emboscado en la trasera del edificio.

El aventurero que, según había previsto, notó que el rancho sólo estaba vigilado en la parte delantera, se levantó y examinó los alrededores cuanto se lo permitieron las tinieblas, y descubriendo un corral, cerrado por un seto vivo, que se unía a la habitación, y que al parecer estaba desierto, buscó una abertura por la cual poder deslizarse al interior, lo que consiguió después de algunos minutos de tanteo.

Don Jaime penetró pues en el corral, y siguiendo adelante arrimado al seto, poco después llegó casi hasta el pie de la pared del rancho.

Lo que más admiraba a nuestro excursionista nocturno era que no hubiese sido venteado y perseguido por el perro que por modo tan ruidoso anunciara su llegada.

Ahí lo que había sucedido: los extranjeros reunidos en el rancho, desasosegados por los ladridos del perro y temiendo que éstos no revelasen su sospechosa presencia a los indios que en aquella hora se encaminaban hacia la ciudad para vender sus mercaderías, habían ordenado al ranchero que hiciese entrar al perro en el interior de su casa y le encadenase en sitio bastante recóndito para que desde fuera no pudiese oírse su voz en el caso de que se le antojase anudar sus ladridos.

Este exceso de prudencia por parte de los huéspedes interinos del rancho, permitió al aventurero acercarse no solamente sin que le descubriesen, sino también sin despertar sospecha alguna.

Don Jaime, por más que ignorase la particularidad de que hemos hecho mérito, dio mentalmente gracias a Dios por haberle librado de un vigilante tan incómodo, y siguiendo adelante con los ojos fijos en la pared frontera, llegó a una puerta que por un descuido inconcebible sólo estaba entornada y que cedió a la ligera presión que le imprimió aquél. Dicha puerta daba a un pasillo obscuro, pero un tenue rayo de luz que pasaba al través de las mal unidas tablas de otra puerta, reveló a don Jaime el sitio donde, según todas las probabilidades, estaban congregados los extranjeros.

El aventurero se acercó de puntillas, miró al través de la hendedura, y vio, en medio de una sala bastante capaz, por lo que podía colegirse, una mesa atestada de vasos y botellas, alumbrada solamente por un humoso candil colocado en uno de los esquinazos de la misma, y en torno de ella a tres sujetos embozados en sendas y tupidas capas; los cuales bebían y charlaban como quien está seguro de no ser escuchado.

Don Jaime conoció en seguida a los mencionados sujetos, que no eran otros que don Felipe Neri Irzabal, don Melchor de la Cruz y don Antonio Cacerbar.

—¡Por fin voy a saberlo todo! dijo entre sí el aventurero, estremeciéndose de gozo y prestando oído atento.

Don Felipe, que en aquel instante hacía uso de la palabra, parecía estar un tanto alegre y sostenía con inquebrantable pertinacia una condición que quería imponer a sus dos interlocutores y éstos no querían aceptar en modo alguno.

—No, no, no, y no, señores, decía Irzabal; es inútil que insistan Vds.; no les entregaré la carta que me exigen; soy hombre cabal y esclavo de mi palabra.

—¿Pero no ve V., replicó don Melchor, que si se empeña en conservar en su poder esa carta, que sin embargo debe entregarnos, pues así se lo ordenaron, nos veremos en la imposibilidad de llenar la comisión que nos han conferido?

—¿Qué crédito van a darnos las personas con las cuales debemos entendernos, arguyó Cacerbar, si no podemos demostrarles que estamos para ello debidamente autorizados?

—Esto no me atañe; en el mundo cada cual trabaja para sí; soy hombre cabal y debo velar por mis intereses como por los suyos velan ustedes.

—¿Pero V. no conoce que lo que está diciendo es absurdo? exclamó don Antonio con impaciencia. En este negocio arriesgamos nuestra cabeza.

—Puede, profirió Irzabal; pero cada cual hace lo que más bien le parece. Yo soy hombre cabal, y marcho en línea recta. Vds. no conseguirán la carta a menos que no me den lo que les pido. Nada más entiendo. ¿Por qué, según el pacto estipulado con el general, no le pusieron Vds. al cabo del negocio de hoy?

—Ya le demostramos a V. que esto era imposible, a causa de haber resuelto de improviso esta salida.

—¡Bah! ¡de improviso! Compónganselas ustedes como puedan con el general en jefe; yo me lavo las manos.

—¡Basta de necedades! dijo don Antonio con aspereza. ¿Quiere V. o no quiere entregar a este caballero o a mí la carta que para nosotros le dio el presidente?

—No, respondió sin ambages don Felipe, a menos que me libren Vds. un vale por diez mil pesos fuertes. Ya ven Vds. que es una bicoca.

—¡Jum! murmuró entre sí el aventurero; en efecto, un autógrafo de Juárez es precioso; no lo regatearía yo si me lo ofreciesen.

—Lo que está V. haciendo es un robo indigno, exclamó don Melchor de la Cruz.

—¿Y qué? profirió Irzabal con amarga ironía; si yo robo, Vds. son unos traidores y por lo tanto somos tal para cual.

Cacerbar y de la Cruz, al oír un insulto tan desembozado se levantaron como impulsados por un resorte.

—Partamos, dijo don Melchor; este hombre es un bruto que no quiere atender a nada.

—Lo más expedito es ir a ver al general en jefe para que nos vengue de este borracho, repuso don Antonio.

—Vayan Vds., dijo el guerrillero riéndose socarronamente; vayan, y feliz viaje; yo me quedo con la carta, por la que tal vez encuentre quien me dé un buen pico.

Al oír esta amenaza, don Antonio y don Melchor cruzaron una mirada y llevaron las manos a sus armas; pero después de titubear por espacio de un segundo, encogieron los hombros y abandonaron la sala.

Poco después se oyó, fuera del rancho, el rápido galopar de muchos jinetes que se alejaban.

—Se marcharon, murmuró Irzabal escanciándose un vaso de mezcal, que apuró de un trago; y corren como si el diablo hubiese cargado con ellos... Están furiosos; pero ¡bah! ¿Y a mí que me importa? He conservado en mi poder la carta.

Mientras formulaba en alta voz este soliloquio, el guerrillero puso de nuevo el vaso sobre la mesa; pero prontamente se estremeció: ante él estaba en pie e inmóvil un hombre embozado hasta los ojos en amplia capa y empuñando en cada mano un revólver de seis tiros, cuyos cañones estaban dirigidos al pecho de aquél.

Irzabal hizo un repentino gesto de espanto al ver ante sí una aparición para él tan inesperada.

—¿Qué quiere V.? preguntó el guerrillero, sereno del todo por la sacudida que experimentara.

—Como profiera V. una voz o se mueva, dijo en voz torda el desconocido, le levanto la tapa de los sesos.


[XV]

SALDO DE CUENTAS

Oculto tras la puerta del corredor, el aventurero había oído toda la conversación de los tres sujetos reunidos en la sala, y cuando Cacerbar y Cruz se hubieron levantado, ignorando aquél por qué puerta saldrían los mencionados sujetos, había abandonado su puerta, ido al corral y, hecho un ovillo al pie del seto, aguardado por espacio de algunos minutos; pero al ver que todo continuaba envuelto en el más absoluto silencio, se arriesgó a salir de su escondite, a penetrar de nuevo en el pasillo y a acercarse otra vez a la puerta para mirar al través de la hendedura.

Don Antonio y don Melchor habían salido; en la sala sólo quedaba Irzabal.

El aventurero, en virtud de una resolución tomada sobre la marcha, metió la hoja de su cuchillo entre el pestillo de la cerradura y el cajo, abrió sin ruido y se acercó silenciosamente al guerrillero, a quien se reveló del modo que ha visto el lector en el final del capítulo precedente.

Sin embargo de que el guerrillero era valiente, la repentina aparición del aventurero y la vista de los revólveres apuntados a su pecho le perturbaron.

Don Jaime se aprovechó de este instante de postración, para, sin desmontar sus pistolas, ir a cerrar la puerta por la cual salieran don Antonio y don Melchor, y después de cerrarla por dentro para evitar toda sorpresa, se acercó de nuevo y pausadamente a la mesa, se sentó en un taburete, colocó los revólveres ante sí, y dejando caer el embozo de su capa, dijo:

—Hablemos.

No obstante haber el aventurero pronunciado esta palabra en voz casi suave, Irzabal experimentó una sensación singular.

—¡El Rayo! exclamó éste al ver la negra carátula que cubría el rostro de su interlocutor.

—¡Ja! ¡ja! profirió don Jaime riéndose con ironía, ¿conque me conoce V., don Felipe?

—¿Qué quiere V.? preguntó éste.

—Muchas cosas, respondió el aventurero; pero como nada nos apresura, procedamos ordenadamente.

El guerrillero se escanció un vaso de refino de Cataluña y lo vació de un trago.

—Vaya V. con cuidado, don Felipe, le dijo el aventurero, el aguardiente de España es fuerte, y se sube con facilidad a la cabeza; atento a lo que va a pasar entre V. y yo juzgo prudente que conserve V. clara la razón.

—Dice V. bien, murmuró el guerrillero, cogiendo la botella por el cuello y estrellándola contra la pared.

Don Jaime se sonrió, y liando un cigarrillo, dijo:

—Veo que tiene V. la memoria feliz y me doy el parabién; creí que me había V. olvidado.

—Me acuerdo perfectamente de nuestro último encuentro en las Cumbres, profirió Irzabal.

—Por supuesto que no ha olvidado V. como terminó nuestra entrevista.

El guerrillero palideció, pero no respondió palabra.

—Ea, continuó don Jaime, veo que la memoria le da higa; si quiere V. que le ayude...

—Es inútil, profirió don Felipe levantando la cabeza y tomando al parecer una resolución definitiva; cuando el acaso me permitió ver sus facciones de V., V. me dijo...

—Ya sé, ya sé, interrumpió el aventurero con viveza. Pues bien, voy a cumplir la promesa que le hice.

—Me alegró, repuso Irzabal con desembarazo; en resumidas cuentas no nos morimos sino una vez, y tanto da hoy como otro día. Estoy a sus órdenes.

—No puede V. imaginarse el gozo que experimento al encontrarle en tan belicosas disposiciones, profirió impasiblemente el aventurero; pero hágame V. el favor de refrenar un tanto sus ímpetus. Todo se andará, nada tema; pero por de pronto no se trata de esto.

—¿De qué, pues? preguntó el guerrillero con extrañeza.

—Voy a decírselo a V.

El aventurero se sonrió de nuevo, apoyó los codos en la mesa, e inclinándose ligeramente hacia su interlocutor, preguntó:

—¿En cuánto quería V. vender a sus nobles amigos la carta que para ellos le entregó el señor don Benito Juárez?

Don Felipe fijó en el aventurero una mirada despavorida, y persignándose murmuró:

—¡Ese hombre es el diablo!

—No tal, replicó don Jaime, pero sé muchas cosas, y en particular respecto de V., mi querido señor, y acerca de los innumerables tráficos a que se ha dedicado; sé el ajuste que hizo V. con un tal don Diego, y además, si V. lo desea, le repetiré de pe a pa la conversación que hace poco sostuvo aquí con don Antonio Cacerbar y don Melchor de la Cruz. Pero vengamos a lo que importa: quiero que V. me dé, no que me venda, la carta de Juárez que trae V. en el bolsillo del dolmán y que se negó V. a entregar a los dignos caballeros cuyos nombres acabo de citar, y además de la carta los demás papeles de que es portador y que supongo son de sumo interés.

—¿Y qué pretende V. hacer con los papeles esos? preguntó el guerrillero, que se había ya repuesto algún tanto.

—Esto no le incumbe a V.

—¿Y si me niego a dárselos?

—Se los tomaré a V. quieras que no.

—Caballero, profirió don Felipe con acento de dignidad que sorprendió a don Jaime, no es de hombres valientes como V. amenazar a quien no puede defenderse; por toda arma no traigo sino un sable, mientras V. va provisto de dos revólveres de seis tiros.

—Esta vez aparentemente está V. en lo justo, repuso el aventurero, y la observación de V. sería acertada, como debiese yo servirme de mis pistolas para obligarle a que satisficiese mi demanda; pero nada tema V., don Felipe, el duelo será leal; no cruzaré sino mi machete con su sable, lo que no sólo restablecerá el equilibrio entre nosotros, sino que le proporcionará a V. una ventaja manifiesta.

—¿Realmente obrará V. como dice, caballero?

—Le doy a V. mi palabra; acostumbro a saldar lealmente mis cuentas con amigos y enemigos.

—¿Usted llama a eso saldar sus cuentas? preguntó con ironía don Felipe.

—No puedo llamarlo de otra manera.

—Pero ¿de qué se origina el odio que V. me lleva?

—¿Odio? lo siento igual por V. como por los demás de su calaña, respondió con aspereza el aventurero; en un momento de farfantonería quiso V. verme el rostro para conocerme más adelante, pese a haberle yo advertido que tal curiosidad le costaría la vida. Tal vez le habría olvidado; pero hoy le encuentro de nuevo en mi camino, con la adición de que trae V. encima unos papeles que me son necesarios de toda necesidad y de los cuales estoy resuelto a apoderarme a toda costa. Así pues, si V. se niega a dármelos buenamente, no puedo apoderarme de ellos sino matándole a V., y le mataré. Le concedo cinco minutos para que reflexione y me diga redondamente si persiste en su negativa.

—Es inútil el plazo; desde ahora le digo a V. que mi resolución es inquebrantable y que no conseguirá lo que se propone sino quitándome la vida.

—Está bien, se la quitaré a V., repuso don Jaime levantándose.

Y tomando las pistolas fue a colocarlas sobre una mesa que había en una de las extremidades de la pieza. Luego, empuñando su machete y acercándose de nuevo a don Felipe, le preguntó:

—¿Está V. preparado?

—Antes de medir nuestras armas, respondió el guerrillero, levantándose, quiero dirigirle dos preguntas.

—Diga V.

—¿El duelo que vamos a efectuar será a muerte?

—Ahí tiene V. la prueba, respondió el aventurero quitándose la carátula y arrojándola lejos de sí.

—Basta; en efecto, uno de los dos vamos a sucumbir; supongamos que sea yo.

—Déjese V. de suposiciones; morirá V.

—Admitido, replicó con la mayor impasibilidad don Felipe; y en este caso ¿me promete V. hacer lo que yo voy a pedirle?

—Cuente V. conmigo si lo que va a pedirme está en mi mano hacerlo.

—Está; no se trata sino de que sea V. mi albacea testamentario.

—Lo seré.

—Pues bien, tengo madre y una hermana, joven aún, que viven con bastante escasez en una casita situada no lejos del canal de las Vigas, en Méjico, y las señas exactas de cuyo domicilio hallará V. entre mis papeles.

—Corriente.

—Deseo que, después de mi muerte, ellas sean herederas de mi fortuna.

—Bien, pero ¿dónde radica la fortuna esa?

—En Méjico; todo mi dinero lo tengo depositado en casa de *** y Ca., banqueros ingleses, a cuyo poder lo hacía llegar yo a medida que lo iba reuniendo. Bastará que presente V. mis papeles para que se lo entreguen a V. peso sobre peso.

—¿Nada más?

—Todavía no he concluido; traigo conmigo muchas letras de cambio por valor, en junto, de cincuenta mil duros contra distintos banqueros de la capital. Dichas letras, me hará V. el favor de hacerlas efectivas y añadir su importe al precedente para entregar luego el total a mi madre y a mi hermana. ¿Me jura V. cumplir mis deseos?

—Le doy a V. mi palabra de caballero.

—Fío en V.; ahora no me queda sino dirigirle una pregunta.

—¿Cuál?

—Nosotros, los mejicanos, manejamos con poca destreza el sable y la espada, a causa de estar prohibido por nuestras leyes el duelo; la única arma de que verdaderamente sepamos servirnos es el cuchillo. ¿Consiente V. en que a él nos batamos? A toda la hoja, por supuesto.

—El duelo que me propone V. es más propio de léperos y de bandidos que no de caballeros, arguyó el aventurero; sin embargo, acepto.

—Le agradezco a V. la condescendencia, dijo Irzabal; y ahora a la buena de Dios; me portaré tan bien como sepa.

—Amén, repuso don Jaime sonriendo.

Esta conversación tan tranquila entre dos hombres próximos a degollarse mutuamente, este singular testamento in extremis dispuesto con impasibilidad tanta y cuya ejecución estaba confiada, en caso de muerte de uno de los dos adversarios, al que sobreviviese, es una de las notas salientes del carácter mejicano; porque sépase que estos pormenores son rigurosamente exactos. El mejicano, aunque valiente por naturaleza, teme a la muerte; pero llegado el momento de arriesgar definitivamente su vida o de perderla, nadie acepta con más indiferencia, con más filosofía que él tan dura alternativa, ni lleva adelante con más indolencia este sacrificio que, en los demás pueblos, no hay quien no lo arrostre con espanto, ni quien, al llevarlo a cumplimiento, no se estremezca instintivamente.

En cuanto al duelo, las leyes mejicanas lo prohíben aun entre los oficiales del ejército; de ahí el gran número de asesinatos y emboscadas que se cometen y arman para lavar afrentas recibidas e imposibles de vengar de otra manera. Únicamente los léperos y las gentes del pueblo se baten a cuchillo.

El duelo de esta naturaleza está ajustado a leyes de las que no es permitido separarse; los adversarios estipulan sus condiciones respecto de la longitud de la hoja, a fin de concertar de antemano la profundidad de las heridas que uno a otro van a inferirse. Así es que se baten a una pulgada, a dos, a la mitad o a la totalidad de la hoja según la gravedad de la ofensa. Los duelistas colocan el pulgar sobre la hoja del cuchillo, a la longitud concertada, y empieza la lucha.

Don Felipe y don Jaime se habían desceñido los sables, inútiles ya, y empuñado cada uno el largo cuchillo que todo mejicano lleva en la bota derecha; luego se quitaron la capa y se la arrollaron respectivamente a su brazo izquierdo, para parar los golpes, cuidando de que pendiera un pedazo de ella en forma de cortina, y por fin se pusieron en guardia, con las piernas separadas y ligeramente encogidas, el cuerpo echado hacía adelante, el brazo izquierdo semitendido y la hoja del cuchillo escondida tras la capa.

El duelo empezó al punto con igual encarnizamiento por parte de los dos duelistas, que giraban y saltaban en torno uno de otro, y avanzaban y retrocedían como dos bestias fieras, mirándose de hito en hito, con la boca cerrada y jadeante el pecho.

Era verdaderamente un duelo a muerte.

Don Felipe poseía, por modo extremo, la ciencia de arma tan temible; muchas veces su adversario vio lucir ante sus ojos el azulado brillo del acero y sintió la aguda punta del cuchillo penetrarle ligeramente en las carnes; pero más impasible que el guerrillero, dejaba que éste se fatigase en vanos esfuerzos, aguardando con la paciencia del tigre al asecho, el momento favorable de acabar de un solo golpe.

Varías veces y rendidos de fatiga se habían los duelistas detenido de común acuerdo para embestirse luego con nueva furia.

La sangre manaba de muchas ligeras heridas que mutuamente se habían inferido el guerrillero y don Jaime, y corría por el suelo.

De improviso don Felipe se replegó sobre sí mismo y saltó hacia adelante con la rapidez de un jaguar; pero resbalando en la sangre, se tambaleó, y mientras ensayaba recobrar su equilibrio, el cuchillo de don Jaime desapareció por entero en su pecho.

El desventurado exhaló un apagado suspiro, arrojó una bocanada de sangre y cayó en tierra cual pedazo de plomo.

Don Jaime se inclinó hasta él; estaba muerto: la hoja del cuchillo le había partido el corazón.

—¡Infeliz! murmuró el aventurero; pero él lo quiso.

En pronunciando este lacónico responso, don Jaime registró el dolmán y las calzoneras de Irzabal, se apoderó de todos los papeles de éste, luego tomó otra vez sus revólveres, se puso nuevamente la carátula, y embozándose como pudo en su desgarrada capa, atravesó el seto sin ser visto por el centinela que permanecía ante la puerta del rancho, y una vez hubo llegado a cierta distancia del Palo Quemado, imitó el silbo del búho.

Casi al punto apareció López conduciendo los dos caballos.

—¡A Méjico! dijo don Jaime saltando sobre la silla; esta vez creo tener segura mi venganza.

Los dos jinetes partieron a escape.

El gozo que el inesperado buen éxito de su expedición infundiera al aventurero, le impedía sentir el dolor de los chirlos, ligeros en verdad, que había recibido en el duelo.


[XVI]

RESOLUCIÓN SUPREMA

La primera luz del día empezaba a teñir de ópalo el cielo, en el instante en que los dos jinetes llegaron a la garita de San Antonio.

Hacía ya algún tiempo que éstos habían acortado el andar de sus cabalgaduras, quitado las carátulas y repuesto algún tanto el desorden de sus trajes, sucios y echados a perder por las numerosas peripecias de su carrera nocturna.

A algunos pasos de la garita, don Jaime y López se habían confundido entre los grupos de indios que se dirigían al mercado, de modo que les fue fácil penetrar en la ciudad sin ser notados.

Don Jaime se dirigió inmediatamente hacia la casa en que habitaba en la calle de San Francisco, contigua a la plaza Mayor, y una vez en ella despidió a López, que literalmente se caía de sueño a pesar del que echara mientras su amo estuvo en Palo Quemado, y le dio todo el día para él, citándole únicamente para la noche, y luego se retiró a sus habitaciones, o más bien a su cuarto. Era éste una verdadera vivienda espartana; el mobiliario se componía tan sólo de un cuadrado de madera con un cuero de buey que le servía de cama, una vieja silla de montar que hacía las veces de almohada y una piel de oso negro que reemplazaba al cobertor; una mesa atestada de papeles y de libros, un escabel, un cofre que contenía sus ropas, y un astillero lleno de armas de todas clases, completaban, con algunos arreos colgados de la pared, aquel ajuar, entre él que había también una jofaina en su trípode situada detrás de un sarape colocado en forma de cortina en un rincón del cuarto.

Don Jaime se curó las heridas lavándoselas cuidadosamente con agua y sal, según la costumbre india, luego se sentó a la mesa, y empezó a inspeccionar los papeles de que a tanta costa se apoderara y cuya posesión había puesto en peligro su existencia, y a poco quedó absorto por este trabajo, que al parecer le interesaba en grado sumo.

Por fin, a las diez de la mañana el aventurero se levantó, dobló los papeles, los puso en una cartera que se metió en un bolsillo de su dolmán, se echó un sarape sobre los hombros, se cubrió la cabeza con un sombrero de piel de vicuña adornado de ancha golilla de oro, y en este traje tan elegante como pintoresco se salió de su casa.

Como el lector recordará don Jaime había dado a don Felipe palabra de honor de ser su albacea testamentario; para cumplir esta promesa sagrada salía.

A las seis de la tarde y después de haber entregado la herencia a la madre y a la hermana del guerrillero, don Jaime regresó a su casa, a la puerta de la cual encontró a López que, completamente descansado, le estaba aguardando y había dispuesto para su amo una frugal comida.

—¿Hay novedad? le preguntó el aventurero sentándose a la mesa y empezando a comer con apetito.

—Pocas, mi amo, respondió López, sólo vino un capitán ayudante de campo del excelentísimo señor presidente.

—¡Ah! murmuró don Jaime.

—Sí, continuó López, el señor presidente desea que vaya V. a palacio a las ocho.

—Iré; pero ¿aquí acaban tus noticias? ¿luego no saliste?

—Usted dispense, mi amo, como de costumbre fui a la barbería.

—¿Y qué oíste en ella?

—Sólo dos cosas.

—A ver la primera.

—Dicen que los juaristas avanzan a marchas forzadas contra la ciudad y que no están de ella sino a tres jornadas.

—Es bastante verosímil la noticia; en este momento el enemigo debe de estar operando un movimiento de concentración. ¿La otra?

López se echó a reír.

—¿Por qué te estás riendo, botarate? le preguntó don Jaime.

—La segunda noticia que oí es la que me hace reír, mi amo.

—¿Tan chistosa es?

—¡Canario! va V. a juzgar: dicen que esta mañana fue encontrado muerto de una cuchillada, en una sala del rancho del Palo Quemado, uno de los más temibles guerrilleros de don Benito Juárez.

Don Jaime se rió a su vez y dijo a López que le contara como había pasado este suceso.

—Nadie lo sabe, respondió el criado; parece que ese coronel, porque hay que saber que era coronel, había salido a la descubierta hasta Palo Quemado, donde hizo alto para pernoctar. El rancho lo guardaban centinelas apostados en torno de él, y nadie, excepto dos jinetes, se había introducido en el edificio. Pues bien, una vez fuera del rancho los jinetes esos, que sostuvieron una larga conversación con el guerrillero, éste fue encontrado muerto de una cuchillada en el corazón; lo que da pie a suponer que entre el coronel y los dos desconocidos se habrá levantado una disputa y que éstos lo quitaron de en medio. Sin embargo, ocurrió tan a la chita callando el lance, que nadie oyó nada, ni siquiera los soldados que dormían a pocos pasos de la sala donde ocurrió el conflicto.

—Es singular, en efecto, repuso don Jaime.

—Parece, mi amo, continuó López, que el coronel don Felipe Irzabal, que así se llamaba el guerrillero, era un gran tunante; de él se refieren atrocidades.

—Vaya pues, así nada se ha perdido, y no merece que continuemos ocupándonos en él, dijo don Jaime levantándose.

—No necesita de nuestra ayuda para que el diablo cargue con él, profirió López.

—Es probable, con tal que ya no se le haya llevado. Ahora escucha: me voy a dar una vuelta por la ciudad aguardando que den las ocho; a las diez te encontrarás a la puerta de palacio con dos caballos y armas, por si, como anoche, nos vemos obligados a dar un paseo a la luz de la luna.

—Está bien, mi amo; le aguardaré a V. hasta que salga.

—Si no te necesito haré que te avisen.

—Váyase V. tranquilo, mi amo.

Don Jaime se salió, y, como dijera, fue a dar un corto paseo por los portales de la plaza Mayor, a fin de dejarse caer en palacio a la hora exacta que le habían señalado.

En efecto, a las ocho en punto el aventurero llegó a la puerta de palacio, donde le estaba aguardando un ujier, que le introdujo inmediatamente en presencia de Miramón.

El cual se estaba paseando, triste e imaginativo, por un saloncito contiguo a sus habitaciones particulares.

—Bien llegado sea V., dijo el general al ver a don Jaime, serenándosele el semblante y tendiendo afectuosamente la mano a éste; ardía en deseos de verle a V.; es V. el único hombre que me comprende y con quien puedo hablar sin ambages. Siéntese V. ahí, a mi lado, y departamos.

—Está V. triste, general, profirió el aventurero; ¿le ha ocurrido a V. algún percance desagradable?

—No; pero ya sabe V. que desde hace mucho tiempo no se me presentan con frecuencia ocasiones de estar alegre. Acabo de dejar a mi esposa; la pobre teme, no por ella, sino por nuestros hijos; todo lo ve tétrico y prevé desdichas terribles. Ahí por qué estoy triste.

—Pero ¿por qué no aleja V. a su esposa de la ciudad, general, sobre todo cuando ésta puede verse sitiada de hoy a mañana?

—Se lo he propuesto ya repetidas veces, y he insistido ensayando darle a comprender que el interés de nuestros hijos y su seguridad lo exigían imperiosamente; pero se negó. Ya usted sabe cuánto me quiere; para ella no existen sino yo y sus hijos, y no acierta a resolverse. Respecto de mí, no me atrevo a obligarla a que parta; no sé qué hacer; estoy perplejo.

Miramón volvió la cabeza y ahogó un suspiro.

Los dos interlocutores permanecieron silenciosos por espacio de algunos segundos.

Don Jaime comprendió que correspondía a él dar un nuevo sesgo a la conversación. Así es que preguntó:

—¿Y los prisioneros?

—Por este lado todo está en orden; a Dios gracias nada tienen que temer por su seguridad personal. También les autoricé para que fuesen a ver a los amigos y parientes que tienen en la ciudad.

—Más vale así, mi general; le confieso a V. que por un instante temí por ellos.

—Ahora que puedo hablar con toda franqueza, repuso Miramón, le digo a V. que más temí y o todavía, porque en este asunto peligraba mi honor.

—Dice V. bien; pero vamos a ver, ¿tiene V. algún nuevo proyecto?

Antes de responder, el presidente dio una vuelta por el saloncito y levantó una a una las cortinas para asegurarse de que nadie podía escucharle; luego se sentó nuevamente al lado de don Jaime, y dijo:

—Sí, le tengo; quiero acabar de una vez: o sucumbo o mis enemigos van a quedar quebrantados para siempre más.

—Dios quiera que triunfe V.

—Mi victoria de ayer me ha devuelto sino la esperanza, a lo menos el ánimo; quiero intentar un golpe decisivo. Ahora ya no tengo que andarme con contemplaciones; voy a jugar el todo por el todo; quizá me sonría otra vez la fortuna.

Miramón y don Jaime se acercaron entonces a una mesa en que estaba abierto un inmenso mapa de la confederación mejicana, y en el cual se veían clavados en diferentes sitios gran número de alfileres.

—Don Benito Juárez, continuó el presidente, desde su capital, Veracruz, ordenó la concentración de sus tropas y la marcha de éstas sobre Méjico, donde estamos encerrados, y único punto del territorio que en lo presente ocupamos. Mire V., aquí está el cuerpo de ejército del general Ortega, fuerte de once mil hombres, que viene del interior, esto es, de Guadalajara, replegando a su paso todos los pequeños destacamentos diseminados por los campos. Amondia y Gazza, que han seguido la costa, vienen por Jalapa, al frente de seis mil hombres de tropas regulares y flanqueados a vanguardia, a derecha y a izquierda, por las guerrillas de Cuéllar, de Carvajal y de Irzabal.

—En cuanto a este último jefe, dijo el aventurero, no tiene V. que pensar más en él; está muerto.

—Conformes, pero no por eso dejan de existir sus soldados.

—Es cierto.

—Ahora bien, esos cuerpos de ejército que llegan por diferentes puntos a un tiempo, y que, como les dejemos maniobrar, no tardarán en reunirse y en encerrarnos en un círculo de hierro, componen un efectivo de veinte mil hombres, poco más o menos. ¿De qué fuerzas disponemos nosotros para resistirles?

—Pero...

—Voy a decírselo a V.: echando mano de todos los recursos que nos quedan, no podría yo disponer sino de siete mil hombres, y, a lo más, de ocho mil armando a los léperos, etc.; ejército, como V. confesará, por demás débil.

—En campo raso no diré que no; pero aquí, en Méjico, con los ciento veintitantos cañones de que V. dispone, le es fácil organizar una resistencia formal, y si el enemigo se decide a sitiarle a V., antes no consiga apoderarse de la ciudad correrán torrentes de sangre.

—Cuanto dice V. es verdad, amigo mío, repuso Miramón; pero ya V. sabe que soy humano y comedido. La ciudad no está dispuesta a defenderse, y además carecemos de víveres y no sabemos como procurárnoslos, pues el campo está en poder del enemigo. Excepto una extensión de tres o cuatro leguas al rededor de la ciudad, todo nos es hostil. Ya ve V. que con tan desventajosas condiciones serían imponderables los horrores del sitio y los estragos que sufriría la más noble y hermosa ciudad del Nuevo Mundo. Sólo al pensar en el extremo a que se vería reducida esta desventurada población, el corazón se me parte; nunca consentiré en reducirla a tal extremidad.

—Usted habla como hombre generoso y verdaderamente amante de su patria, mi general, dijo don Jaime, y a fe quisiera que sus enemigos le oyesen expresarse de esta suerte.

—Aquéllos a quienes califica V. de enemigos míos, profirió Miramón, en realidad no lo son, lo sé perfectamente: más de una vez me hicieron personalmente proposiciones ofreciéndome condiciones por demás favorables y honrosas; pero aun cuando caiga, quiero ofrecer una particularidad rara en Méjico: la de un presidente de la república derribado por hombres que le estiman y llevándose en su caída las simpatías de sus enemigos.

—No hace mucho tiempo todavía que de haber V. consentido en apartar de sí a ciertos individuos que no nombro, todo se habría arreglado amistosamente.

—Lo sé como V. mismo, pero hubiera sido una mala acción y no quise cometerla. Los individuos a que V. alude, me son devotos y me quieren; caeremos o triunfaremos juntos.

—Son demasiado nobles los sentimientos de usted para que yo los discuta, mi general, dijo el aventurero.

—Gracias, pero volvamos a lo que estábamos diciendo. No quiero que por mi culpa la ciudad se vea expuesta a la destrucción y al saqueo que forman el obligado cortejo de las poblaciones sitiadas.

—Por desgracia, mi general, es lo más probable que acontecería; pero entonces ¿qué resuelve V.? ¿cuáles son sus proyectos? Es obvio que no piensa V. en entregarse a sus enemigos.

—Por un instante tal fue mi resolución; pero renuncié a ella. Vea V. mi plan; es por demás sencillo. He determinado salir de Méjico con unos seis mil hombres, la flor y nata de mis tropas, marchar al encuentro del enemigo, y sorprenderle y batirle por fracciones antes de que sus diferentes cuerpos hayan tenido tiempo de reunirse.

—En efecto, el plan es muy sencillo y ofrece muchas probabilidades de buen éxito.

—Todo depende de la primera batalla; si la gano, mi triunfo es seguro; de no, mi caída es irremediable.

—Dios es grande, mi general, dijo el aventurero. No siempre la victoria sonríe al número.

—En fin, vivir para ver, profirió Miramón.

—¿Y cuándo determina V. poner en ejecución su plan?

—No tardaré sino el tiempo indispensable de prepararlo todo; antes de diez días. Cuento con usted.

—Suyo soy en cuerpo y alma, mi general.

—Me consta, amigo mío; pero basta ya de política. Ahora, como mi esposa desea vivamente verle a V., hágame V. el favor de venirse conmigo a sus habitaciones.

—Me llena de gozo tan galante invitación, mi general: sin embargo, quisiera haber podido hablar con V. de un asunto muy importante.

—Luego, luego; demos un momento de tregua a los negocios; tal vez se trata de una nueva defección o de algún traidor merecedor de castigo. De algunos días a esta parte llegan a mí sobrado malas noticias para que no anhele gozar de algunas horas de respiro. Los negocios malos dejarlos para mañana, como decía no sé quién.

—Sí, pero a veces mañana es tarde, repuso con intención el aventurero.

—A la buena de Dios, gocemos de lo presente, que es el único bien que le queda a quien no le pertenece ya lo porvenir.

Y tomando del brazo a don Jaime, se lo llevó suavemente, sin que éste se atreviese a resistir más, a las habitaciones de la señora de Miramón, mujer seductiva, cariñosa y tímida, verdadero ángel guardián de su esposo, cuyas grandezas la despavorían, y la cual no se sentía venturosa sino en la vida íntima del hogar, entre sus dos hijos.


[XVII]

JESÚS DOMÍNGUEZ

Una hora después don Jaime salió de palacio y, seguido de López, se fue a la casa del arrabal, en la que encontró al conde y a su amigo que, entregados por completo a su amor e indiferentes a cuanto pasaba en torno suyo, pasaban días enteros al lado de sus respectivas amadas y gozaban, con la dichosa indolencia de la juventud, de lo presente, para ellos tan benigno, sin preocuparse con lo porvenir.

—¡Ah! ¡por fin! profirió gozosamente doña María al ver a su hermano; ¡cuán caro se nos vende V.!

—Los negocios, dijo Jaime sonriendo.

La mesa estaba colocada en medio del comedor, los dos criados del conde, inmóviles delante de los aparadores, se disponían a servir, y León Carral, con una servilleta en el brazo, aguardaba que cada cual ocupase su sitio en torno de la mesa.

—Pues en tan buena coyuntura llego, dijo don Jaime alegremente, por mi vida que no voy a dejarlas a Vds. que cenen solas con esos caballeros, si es que se dignan permitirme que las acompañe.

—¡Qué dicha! exclamó doña Carmen.

Don Jaime, el conde y Domingo ofrecieron respectivamente la mano a doña María, doña Carmen y doña Dolores y las condujeron a las sillas para ellas dispuestas, y luego tomaron asiento a su lado.

La cena fue lo que se debía entre personas que se querían y se conocían de larga fecha, es decir, alegre y llena de animación y de grata intimidad.

Las dos jóvenes no habían experimentado nunca tanta dicha; aquella imprevista fiesta las llenaba de gozo.

Sin que ninguno de los que a la mesa estaban sentados pareciese notarlo, las horas se deslizaban rápidas, hasta que al sonar la medía noche en un péndulo colocado sobre una consola que había en el mismo comedor, las campanadas cortaron súbitamente la conversación.

—¡Virgen santa! exclamó doña Dolores, ¡media noche ya!

—¡Cómo vuelan las horas! dijo con indolencia don Jaime. No hay más, es menester pensar en retirarnos.

Se levantaron todos, y los tres amigos, después de haber prometido visitar de nuevo a las tres reclusas lo más pronto y a menudo posible, se retiraron, dejando a las damas libres de entregarse al descanso.

López estaba aguardando a su amo bajo el zaguán.

—¿Qué ocurre? le preguntó don Jaime.

—Nos están espiando, respondió el peón, conduciéndole hasta la puerta y haciendo correr silenciosamente un postigo sobre una ranura.

Don Jaime miró, y frente por frente de la puerta, casi confundido con la obscuridad que reinaba en una hondura producida por los escombros y los andamios de una casa en reparación, vio a un hombre inmóvil como una estatua y cuya presencia hubiera pasado inadvertida a otro de mirada menos penetrante que la del aventurero.

—Me parece que tienes razón, dijo don Jaime a López; como quiera que sea, es preciso que nos cercioremos de ello; yo me encargo de saber quien es el pájaro ese. Mira, troquemos capa y sombrero y acompaña a estos señores; ese individuo ha visto entrar tres hombres y es menester que vea salir otros tantos. ¡Ea! a caballo y partan Vds.

—A mi ver, dijo Domingo, lo más expedito sería matar a ese hombre.

—El matarlo puede dejarse para luego, repuso don Jaime; ante todo tengo interés en cerciorarme de que realmente es un espía. Nada teman Vds. por mí; antes de media hora estaré con Vds. y les explicaré lo que haya ocurrido entre ese fulano y yo.

—Hasta la vista pues, dijo el conde estrechando la mano a don Jaime.

—Hasta la vista.

Domingo y Luis del Saulay se salieron seguidos de los dos criados de éste, y además de León Carral.

El antiguo servidor de doña María cerró estrepitosamente la puerta tras aquéllos; pero inmediatamente volvió a abrirla sin producir ruido alguno.

Don Jaime se había colocado tras el postigo, desde donde le era fácil observar todos los movimientos del supuesto espía.

Al ruido que produjeron los jóvenes al salir, éste se inclinó vivamente hacia adelante, indudablemente con el objeto de informarse de la dirección que aquéllos tomaban; luego se hundió de nuevo en la penumbra y recobró su marmórea inmovilidad. De esta suerte transcurrió cerca de un cuarto de hora; don Jaime no le perdía de vista. Por fin el desconocido salió de su escondite, tomando toda clase de precauciones, tendió en torno de sí una mirada escrutadora, y tranquilizado por la soledad de la calle, se aventuró a dar algunos pasos; luego tras unos instantes de vacilación avanzó resueltamente hacia la casa, atravesando la calle en línea recta; pero de improviso se abrió la puerta y el desconocido se encontró cara a cara con don Jaime.

El espía o lo que fuese se hizo violentamente atrás e intentó huir, mas el aventurero le asió del brazo, apretándoselo como en un tornillo, y arrastrándole a pesar de la obstinada resistencia que oponía, le condujo hasta el pie de una estatuita de la Virgen que, colocada en un nicho encima de la puerta de una tienda había y ante cuya imagen ardían algunos cirios, y quitando de una manotada el sombrero a su prisionero, le miró atentamente.

—¡Hola! ¿conque es V., señor Jesús Domínguez? dijo don Jaime en voz irónica. Vive Dios que no pensaba encontrarle a V. aquí.

El cuitado miró con ojos lastimeros a aquél en cuyo poder estaba, pero no respondió palabra alguna.

Don Jaime aguardó por espacio de algunos segundos, pero al ver que su prisionero se había encerrado en el más absoluto mutismo, le sacudió con violencia, diciendo:

—¿Vas a responder al fin, gran tunante?

—¡Es el Rayo o es el diablo! murmuró éste con espanto, mientras fijaba su atónita mirada en él que por tal modo sujetado lo tenía.

—Uno de los dos, en efecto, profirió don Jaime con zumba; ya ves que estás en buenas manos. ¿Quieres o no decirme por qué de guerrillero y salteador de caminos te has convertido en espía y quizás y aun sin quizás en asesino en esta capital?

—Mis desventuras me han traído, excelentísimo señor; he sido blanco de la calumnia; mi honra era inmaculada.

—¿Tu honra? el diablo me lleve si creo palabra de lo que dices, repuso el aventurero; te conozco demasiado, pillastre, para que intentes engañarme. ¡Ea! luego y sin tergiversaciones dime la verdad, o te mato como a un zopilote.

—¿Le sería a vuecencia lo mismo apretarme un poco menos el brazo? le tengo ya medio descoyuntado.

—Te suelto, dijo don Jaime; pero como intentes huir, te pesará. Di, escucho.

Domínguez, al sentirse libre de aquel tornillo humano, dio un suspiro de alivio y movió repetidas veces el brazo para restablecer la circulación; luego dijo:

—Primeramente quiero que vuecencia sepa que continúo siendo guerrillero y además que he subido de grado: soy teniente.

—Mejor para ti. Pero vayamos al grano; ¿qué estabas haciendo en aquel escondite?

—Estoy de expedición, excelentísimo señor,

—¿Tú te has venido solo a Méjico para llevar a cabo una expedición? Mira lo que dices, bergante; no consiento burlas.

—Juro a vuecencia, por la parte de paraíso que me corresponde, que le digo la verdad monda; por otra parte no vine solo, mi capitán me acompaña; más bien dicho, vine obedeciendo a una orden terminante de éste.

—¡Ah! ya; y ¿cómo se llama el capitán ese?

—Vuecencia le conoce.

—Puede; pero ¿cómo se llama, repito?

—Don Melchor de la Cruz.

—Me lo temía; ahora lo adivino todo: tú estás encargado de espiar a doña Dolores de la Cruz, ¿no es eso?

—Sí, excelentísimo señor.

—¿Qué más?

—Nada más.

—¡Ah! pillo, mientes.

—Juro a vuecencia que se lo he dicho todo.

—Veo que tendré que echar mano de un gran recurso, repuso don Jaime amartillando impasiblemente una pistola.

—¿Qué está haciendo vuecencia? exclamó Domínguez despavorido.

—Ya lo ves, me preparo a levantarte la tapa de los sesos.

—¿Pero no ve vuecencia que éste no es el modo de hacerme hablar? repuso con candidez Jesús Domínguez.

—Ya, dijo el aventurero, pero sí él de obligarte a callar.

—¡Jum! profirió Domínguez, dispone vuecencia de argumentos tan convincentes, que no hay quien los resista; prefiero decirlo todo.

—Obrarás cuerdamente.

—Pues bien, no sólo tenía el encargo de espiar a doña Dolores, sino también a la señora y a la señorita con quienes vive y a cuantos las visitan.

—¡Zambomba! mucho era para un hombre solo.

—No mucho, excelentísimo señor, pues apenas reciben a nadie.

—¿Y desde cuándo desempeñas tan honroso oficio, canalla?

—Desde hace doce días.

—¿Así pues formabas parte de la gavilla que intentó penetrar a viva fuerza en casa de esas señoras?

—Sí, excelentísimo señor; pero no logramos nuestro objeto.

—Lo sé; pero dime, ¿a lo menos te pagan bien?

—Don Melchor no me ha dado todavía dinero alguno, pero me ha prometido cincuenta onzas.

—Nada le cuestan las promesas a tu capitán: le es más fácil prometer cincuenta onzas que dar diez pesos.

—¿Vuecencia lo cree así? Don Melchor está rico.

—¿Quién, él? está más pobre que tú.

—¡Malo! lo siento, pues todavía no he conseguido economizar sino deudas.

—Como eres un botarate; mereces lo que te está pasando.

—¿Yo, excelentísimo señor?

—¿Quién pues? En lugar de ponerte al servicio de los que podrían pagarte, te afilias a un miserable que no posee donde caerse muerto.

—¿A quiénes se refiere vuecencia? Confieso que tengo los colmillos muy aguzados y que les serviré con entusiasmo.

—¡Lo creo! ¿Pero tú te imaginas que voy a perder el tiempo dándote consejos?

—Sí vuecencia quisiese le serviría a las mil maravillas.

—¿Tú? ¡quita allá!

—¿Por qué no?

—Siendo, como eres, enemigo de las personas a quienes quiero, debes serlo mío.

—¡Cómo yo lo hubiese sabido!

—¿Qué hubieras hecho?

—No lo sé, pero de fijo que no las habría espiado; empléeme vuecencia, se lo ruego.

—Maldito si sirves para cosa buena.

—Sujéteme vuecencia a prueba.

El aventurero hizo como que reflexionaba.

Jesús Domínguez aguardaba con ansiedad.

—No, dijo por fin don Jaime, no puedo contar contigo.

—¡Qué poco me conoce vuecencia! ¡Si vuecencia supiese cuán devoto le soy!

—Ahí una devoción que te nació de repente, profirió don Jaime dando una carcajada. Sin embargo me avengo a hacer un ensayo; pero como me engañes...

—No diga vuecencia una palabra más, le conozco. Nada tema vuecencia, quedará satisfecho de mí. ¿De qué se trata?

—Sencillamente de cambiar de casaca.

—Comprendo; es fácil. Mi amo no dará paso que vuecencia no lo sepa.

—Está bien. ¿No tiene un amigo íntimo don Melchor de la Cruz?

—Sí, excelentísimo, señor, un tal don Antonio Cacerbar: están unidos como los dedos de la mano.

—No harás mal en vigilarle al mismo tiempo.

—Perfectamente.

—Y como todo trabajo merece recompensa, ahí va media onza.

—¡Media onza! profirió Domínguez con gesto radioso.

—Pero como necesitas dinero, voy a adelantarte la paga de veinte días.

—¡Diez onzas! ¡Vuecencia va a darme diez onzas! ¡Oh, es imposible!

—Mira si es posible que ahora mismo voy a dártelas, repuso don Jaime sacándoselas del bolsillo y poniéndolas en la mano de Domínguez, que se apoderó de ellas trémulo de gozo y exclamando:

—Ya pueden despabilarse don Melchor y su amigo.

—Sobre todo sé diestro, pues los dos son muy astutos.

—Ya les conozco; pero se las han con uno más astuto que no ellos; fíe V. en mí.

—Esto te atañe a ti; lo que te digo es que al menor descuido te mando a paseo.

—No habrá para qué.

—Si no recuerdo mal, me has dicho que eres listo de manos.

—En efecto lo soy, excelentísimo señor.

—Pues bien, si por acaso a esos caballeros se les caen algunos papeles importantes, cógelos y tráemelos inmediatamente; porque has de saber que soy muy curioso.

—Basta; si no los hallo en el suelo los buscaré en otra parte.

—Aprobado; pero oye, los papeles te los pagaré aparte; te daré tres onzas por cada uno de ellos si valen la pena. Como te equivoques, peor para ti, pues no cobrarás nada.

—Ya me las compondré para que los dos quedemos satisfechos, excelentísimo señor. ¿Quiere vuecencia decirme ahora dónde le encontraré cuando se me ocurra comunicarle algo o entregarle algún documento?

—De tres a cinco de la tarde me paseo todos los días por las inmediaciones del canal de las Vigas.

—Allá iré.

—Sobre todo sé prudente.

—Como una zorra.

—Adiós y ojo al Cristo.

—Tengo el honor de saludar a vuecencia.

Los dos interlocutores se separaron.

Don Jaime, después de haber ordenado al viejo criado de su hermana, el cual durante la conversación que acabamos de transcribir había tenido la puerta abierta, que entrase y la atrancase fuertemente, se dirigió hacia la vivienda de los jóvenes, frotándose las manos.

El conde y su amigo, inquietos por la larga ausencia de don Jaime, le estaban aguardando llenos de ansiedad, y ya se disponían a salir en su busca cuando éste entró.

Domingo y Luis recibieron al aventurero con muestras del más vivo gozo y le pidieron les enterase de lo que acababa de ocurrir.

Don Jaime, que vio no existía razón alguna para callar a sus amigos lo que pasara, les contó por menudo la conversación que había sostenido con Domínguez y como por fin indujera a éste a traicionar a su amo para servirle a él de espía.

Don Jaime, el conde y Domingo permanecieron reunidos hasta la llegada del día, y al separarse dijo aquél:

—Amigos míos, por singular que les parezca a Vds. mi conducta, no la juzguen todavía; sólo me faltan algunos días para dar fin a la obra que desde hace tantos estoy preparando; suceda lo que quiera, en el momento decisivo lo comprenderán Vds., todo. Tengan pues paciencia, máxime cuando están Vds. más interesados que no suponen en el buen éxito de este negocio, y no olviden que me han jurado estar prontos a prestarme su ayuda en cuanto yo la reclame.

El aventurero estrechó afectuosamente la mano a sus amigos y se fue.

Durante la semana que siguió a aquel día no ocurrió hecho alguno digno de mención.

Sin embargo, en la capital reinaba una inquietud sorda; en calles y plazas se formaban numerosos grupos en los que se comentaban las noticias políticas.

En los barrios comerciales las tiendas se abrían sólo por espacio de algunas horas, y como los indios no acudían sino en muy escaso número a proveer la plaza y aun éstos traían poquísimo, cada día era mayor la escasez de víveres, y más elevado el precio de éstos.

La población era pábulo de una zozobra que nadie acertaba a explicarse claramente; cada uno por sí sentía que la crisis avanzaba a pasos agigantados y que no tardaría en reventar con furor terrible la tempestad tanto tiempo hacía suspendida sobre Méjico.

Don Jaime, aparentemente a lo menos, llevaba la vida ociosa del hombre a quien sus bienes de fortuna ponen a cubierto de todas las eventualidades y para el cual ninguna importancia asumen los acontecimientos políticos; iba y venía de acá para allá por plazas y calles, fumando y prestando oído atento a todas las conversaciones como un papamoscas y aceptando por buenas las monstruosas necedades que propalaban los noticieros de encrucijada, aunque sin decir esta boca es mía. Luego, de tres a cinco de la tarde, se iba a dar una vuelta por las inmediaciones del canal de las Vigas, donde se encontraba con Jesús Domínguez, con quien conversaba largo rato mano a mano, para separarse después mutuamente satisfechos.

No obstante hacía dos o tres días que don Jaime parecía no estar tan contento de su espía, con quien había cruzado palabras mordaces y amenazas encubiertas.

—Amigo Domínguez, dijo el aventurero a su espía a la sexta o séptima entrevista celebrada con él, váyase V. con tiento, pues por lo que husmeo quiere V. jugar con dos barajas; ya sabe V. que tengo buen olfato.

—Señor, profirió Domínguez, le soy a V. fidelísimo; soy incapaz de traicionar a un caballero tan generoso como V.

—Puede; como quiera que sea dese V. por advertido y proceda como tal, y sobre todo no deje de traerme mañana los papeles que me promete hace tres días.

Dicho esto, don Jaime se separó del espía dejando a éste todo atarugado con tal fraterna y sobre todo muy desasosegado respecto del modo como, de no obrar con prudencia, podían revolverse contra él las circunstancias. Porque, hay que confesarlo, el señor Jesús Domínguez no tenía muy tranquila la conciencia: las sospechas de don Jaime no estaban destituidas de fundamento; si el espía no había aún vendida a su generoso protector, no era porque no hubiese pensado en hacerlo, y para un hombre como el guerrillero; del plan a la ejecución no había sino un paso.

Así es que Jesús Domínguez resolvió rehabilitarse en el ánimo de don Jaime por medio de un acto sonado a fin de reconquistar su confianza, dejando para más adelante el abusar de ella. A este efecto se decidió a apoderarse de los papeles que el aventurero le reclamaba y traérselos al día siguiente, resuelto, no obstante, como en ello saliese ganando un buen pico, a robárselos después.

A la tarde siguiente y a la hora convenida, don Jaime se encontraba en el lugar de la cita, y a poco se le reunió Domínguez, quien con los grandes alardes de devoción que tenía por costumbre, le entregó un mazo de papeles bastante voluminoso. El aventurero dirigió una rápida mirada al mazo, lo hizo desaparecer debajo de su capa, y en poniendo una pesada bolsa en la mano del guerrillero, volvió prontamente la espalda a éste sin dignarse escuchar sus protestas de adhesión.

—¡Demonios! murmuró Domínguez, no parece estar hoy muy blando; no le dejemos tiempo de que tome precaución alguna. Por chiripa descubrí donde vive. No hay que perder minuto; voy a contárselo todo a don Melchor, a quien daré a entender que hice lo que hice para inspirar confianza a su enemigo y entregárselo más fácilmente; y como en efecto se lo entregaré, no podrá menos de quedar satisfecho y de felicitarme por mi destreza, ¡Vive Dios! no hay como tener talento, y yo le tengo de veras.

Mientras se dirigía a sí mismo estas alabanzas, Jesús Domínguez, que iba con la cabeza gacha como las gentes que se entregan a la meditación, fue a dar contra dos individuos que caminaban delante de él cogidos del brazo y hablando de sus negocios.

Dichos individuos eran probablemente de carácter poco sufrido porque se volvieron con viveza y dirigieron algunas palabras bastante duras al guerrillero.

El cual, conociendo que era culpado y trayendo como traía consigo una cantidad de dinero considerable, no tenía ganas de hacer un mal negocio, se excusó del mejor modo que supo; pero los desconocidos no quisieron atender razón alguna y continuaron apellidándole bruto, animal y otras lindezas por el estilo.

Por mucha que fuese la paciencia del guerrillero, acabó por perderla, y dejándose llevar de la cólera, echó mano a su cuchillo.

Este gesto imprudente fue causa de su perdición; los desconocidos se abalanzaron a él, le derribaron y le mataron a puñaladas; luego, como la calle teatro de tan poco edificante escena estaba desierta y por consiguiente nadie la había presenciado, los homicidas se alejaron con toda tranquilidad, no empero sin antes haber desvalijado al difunto, al que no dejaron objeto alguno que pudiese identificarle.

Tal fue el fin del señor Jesús Domínguez.

Dos horas después los celadores levantaron el envarado cuerpo del guerrillero, y como nadie le conocía, lo arrojaron sin ceremonia alguna a una hoya abierta en un cementerio, y aquí paz y después gloria.

A don Melchor tal vez le admiró no ver más al guerrillero, pero como era muy problemática la confianza que éste le inspiraba, supuso que Jesús, después de haberse hecho culpado de alguna sustracción, había creído conveniente poner tierra de por medio, y no pensó más en él.


[XVIII]

PRINCIPIO DEL FIN

Miramón no había desperdiciado los contados días transcurridos desde su última entrevista con don Jaime.

Decidido a jugar el todo por el todo, no quiso arriesgarse antes de haber puesto de su lado sino todas las probabilidades de éxito, a lo menos igualado el partido para que la lucha, que debía ser decisiva fuere cual fuese su resultado, favoreciese lo más posible sus proyectos.

No sólo el presidente se ocupaba con actividad suma en reclutar y organizar su ejército y en armarlo de un modo formidable, sino que también, comprendiendo cuan perjudicial le era la sustracción de los seiscientos sesenta mil pesos de la Convención inglesa, efectuada en la casa misma del cónsul de S. M. británica, hacía enérgicos esfuerzos para remediar el mal que le causara este golpe de mano, a cuyo efecto estaba negociando un arreglo por el cual se comprometía a devolver en Londres mismo el dinero de que tan malhadadamente se apoderara; alegando, para paliar esta acción atrevida, que no había sido sino un acto de represalias contra Mr. Mathew, representante del gobierno británico, cuyas incesantes maquinaciones y no interrumpidas demostraciones hostiles contra el gobierno reconocido de Méjico habían colocado al presidente en la situación crítica en que se hallaba; y en prueba de lo que decía citaba el hecho de haberse encontrado, después de la batalla de Toluca, en los equipajes del general Degollado, un plan de ataque de Méjico, escrito de puño propio de Mr. Mathew, acto que por parte del representante de un gobierno amigo constituía una felonía.

El presidente, para dar más fuerza a esta declaración, había mostrado el mencionado plan a los representantes extranjeros que residían en Méjico, y luego hecho traducir y publicar en el diario oficial, lo que produjo todo el efecto que aquél esperaba, esto es, aumentó el odio instintivo de la población contra los ingleses y a él le restituyó algunas simpatías.

Miramón, tras prodigiosos esfuerzos, logró reunir un ejército de ocho mil hombres, pocos por cierto contra los veinticuatro mil que le amenazaban; porque es de saber que el general Huerta, cuya conducta había sido indecisa de algún tiempo a aquella parte, por fin decidiera salir de Morella al frente de cuatro mil hombres, que unidos a los once mil de González Ortega, a los cinco mil de Gazza Amondia y a los cuatro mil de Aureliano Carvajal y de Cuéllar, formaban un efectivo de veinticuatro mil hombres que, en efecto, se encaminaban a marchas forzadas contra la capital, ante cuyos muros no tardarían en presentarse.

La situación iba siendo más y más crítica por momentos. Los vecinos de Méjico, que ignoraban los proyectos de Miramón, eran pábulo del terror más vivo y a cada instante temían ver desembocar las cabezas de las columnas juaristas y sufrir los horrores de un sitio.

Miramón, que ante todo deseaba no perder el aprecio de sus conciudadanos y calmar los exagerados temores de la población, resolvió convocar al ayuntamiento, al cual se esforzó en dar a comprender, en un sentido discurso, que su intención no había sido nunca aguardar al enemigo tras los muros de la ciudad, sino que, por el contrario, estaba resuelto a atacarle en campo raso, y que cualquiera que fuese el resultado de la batalla que se proponía librar, la ciudad no tenía que temer un sitio.

Esta seguridad calmó un tanto los temores de los vecinos de Méjico y detuvo como por arte de magia las tentativas de desorden y los gritos sediciosos que los partidarios de Juárez, escondidos en la ciudad, avivaban en los grupos reunidos en las plazas.

Una vez el presidente creyó haber tomado todas las precauciones que las circunstancias exigían, para atacar al enemigo sin demasiada desventaja, y al mismo tiempo dejar en Méjico las fuerzas necesarias para mantenerla sujeta al deber, reunió un nuevo consejo de guerra a fin de discutir el plan más conveniente para sorprender y derrotar al enemigo. Este consejo de guerra duró muchas horas, y en él se formularon gran número de proyectos, unos, como acontece siempre en tales circunstancias, impracticables, y otros, que de adoptarlos, podían haber salvado al gobierno.

Por desgracia en aquella ocasión el presidente, por lo común tan sensato y prudente, se dejó dominar por su resentimiento personal en lugar de atender al verdadero interés de la nación.

Don Benito Juárez, primer presidente de la república mejicana que desde la proclamación de la independencia haya pertenecido al elemento civil, era abogado. Ahora bien, como éste no era militar y por lo tanto no podía ponerse al frente de su ejército, había fijado su residencia en Veracruz, a la que provisionalmente hiciera su capital, y nombrado a González Ortega general en jefe, confiriéndole latísimos poderes en lo que se refería a la estrategia militar, y reservándose para sí y en absoluto la parte diplomática.

Ortega fue quien venció a Miramón en Silao, y como el presidente no olvidó nunca esta derrota y ardía en deseos de lavar la afrenta que en tal circunstancia recibiera, olvidando su habitual prudencia, contra el parecer de sus más discretos consejeros insistió para que el primer ataque fuese dirigido contra el ejército de Ortega.

Por lo demás, aunque las causas que el presidente alegaba para hacer adoptar semejante resolución eran bastante especiosas, no estaban destituidas de lógica: pretendía que siendo como era Ortega general en jefe y encontrándose al frente del cuerpo de ejército más numeroso, de derrotarle conseguía introducir la desmoralización en el campo enemigo y acabar con éste. Con tanta elocuencia y obstinación sostuvo el presidente su parecer, que acabó por vencer la oposición de los miembros del consejo y hacer adoptar el plan que él concibiera.

Miramón, no queriendo entonces perder tiempo en poner en ejecución su plan, ordenó lo necesario para que al día siguiente pudiese revistar las tropas y fijó la partida para el mismo día a fin de no dejar que se entibiara el entusiasmo de los soldados.

Una vez levantado el consejo de guerra, el presidente se retiró a sus habitaciones, con objeto de tomar sus disposiciones postreras, poner en orden sus asuntos personales y quemar algunos papeles comprometedores que no quería fuesen a parar a manos ajenas.

Algunas horas hacía ya que Miramón estaba encerrado en su gabinete, cuando en hora avanzada de la noche el ujier de servicio le anunció la visita de don Jaime.

—Que entre inmediatamente, dijo Miramón.

El cual, una vez el ujier hubo introducido al aventurero, dijo a éste:

—¿Me permite V. continuar? No me falta sino ordenar algunos papeles.

—Haga V., mi general, respondió don Jaime sentándose en una butaca.

El presidente anudó su por un instante interrumpido trabajo, mientras don Jaime le contemplaba con indecible melancolía.

—¿Conque está V. definitivamente resuelto, mi general? preguntó el aventurero al cabo de un rato.

—Sí, echada está la suerte; y si no fuese ridículo compararme a César, diría que he pasado el Rubicón; voy a presentar batalla a mis enemigos.

—No repruebo la resolución; es digna de V., mi general; pero permítame que le pregunte cuando decide emprender la marcha.

—Mañana, en terminando la revista que he ordenado.

—Bien está, me sobra tiempo para expedir tres exploradores inteligentes que le informarán a usted exactamente de la posición del enemigo.

—Aunque ya se han puesto muchos en camino, dijo Miramón, acepto con gratitud su ofrecimiento, don Jaime.

—Ahora dígame qué dirección piensa V. tomar y el cuerpo de ejército que ha resuelto V. atacar el primero.

—Voy a coger el toro por las astas, respondió Miramón; mi resolución es atacar a González Ortega.

El aventurero movió a un lado y a otro la cabeza; pero no atreviéndose a oponer reparo, se limitó a murmurar:

—Está bien.

El presidente se levantó entonces de su bufete, y yendo a sentarse al lado de don Jaime, dijo con acento jovial:

—Ya he concluido. ¡Ea! adivino que quiere V. hacerme una comunicación importante. Diga usted.

—No se equivoca V., general; hágame V. el favor de enterarse de este papel.

El presidente tomó uno doblado en cuarto que don Jaime le tendió, y después de leerlo sin manifestar la más leve sorpresa, lo devolvió a éste, quien le preguntó:

—¿Ha leído V. la firma?

—Sí, respondió fríamente Miramón, es una carta credencial de don Benito Juárez para que sus secuaces atiendan a Antonio Cacerbar, a cuyo favor está expedida.

—Esto es. ¿Le queda a V. todavía alguna duda respecto de la traición de ese hombre?

—Ninguna.

—Perdóneme V. que le interrogue, general; pero ¿qué determina V. hacer?

—Nada.

—¡Cómo nada! exclamó don Jaime con no fingida sorpresa.

—Nada, lo repito.

—No le comprendo a V., mi general, murmuró el aventurero lleno de estupor.

—Escúcheme V. don Jaime, dijo Miramón con voz suave y penetrante; don Francisco Pacheco, embajador extraordinario de S. M. la reina de España, desde su llegada a Méjico me ha prestado señaladísimos servicios. Después de la rota de Silao, cuando mi situación era de las más precarias, no vaciló en reconocer mi gobierno; después me ha prodigado los más sanos consejos y dado las mayores pruebas de simpatía; su conducta ha sido tan benévola para conmigo, que ha comprometido su posición diplomática, y tan pronto Juárez en el poder, éste le expedirá sus pasaportes. El señor Pacheco sabe esto perfectamente, y sin embargo, ni aun en este instante en que estoy casi perdido ha variado su proceder. Confieso a usted que sólo cuento con él para, en el caso probable de una derrota, conseguir del enemigo buenas condiciones, no para mí, sino para los desgraciados habitantes de esta ciudad y para aquéllos que por amistad hacia mí han arrostrado mayores compromisos últimamente. Ahora bien, el hombre cuya traición me denuncia usted, traición flagrante y que no admite réplica, no sólo es español y ostenta un apellido ilustre, sino que me lo recomendó personalmente el embajador, cuya buena fe indudablemente sorprendieron y que en esta circunstancia ha salido engañado el primero. El objeto primordial del cometido del señor Pacheco, como V. no ignora, es pedir satisfacción de las muchas injurias inferidas a sus compatriotas, y reparación de los vejámenes de que éstos han sido víctimas durante largos años.

—Lo sé, mi general, profirió don Jaime.

—Bien; ¿qué pensaría ahora el embajador si yo sumariase por crimen de alta traición, no sólo a un español perteneciente a la más encumbrada nobleza del reino, sino a un hombre de quien él me ha salido fiador? ¿Cree V. que le halagaría tal procedimiento por mi parte, después de los favores que me ha prestado y de los que pronto tal vez puede aún prestarme? Quizá me diga V. que yo podría hacer uso de esa carta y tratar confidencialmente de este asunto con el embajador; pero el insulto sería aún más grave como obrase yo de esta suerte, como voy a demostrárselo: don Francisco Pacheco es el representante de un gobierno europeo y pertenece a la antigua escuela diplomática de los comienzos de este siglo; por estas y otras razones que me callo, nos tiene a los diplomáticos y gobernantes americanos en un muy mediano concepto: y tan pagado está de su valer, que si yo fuese bastante cándido para demostrarle que se ha dejado burlar por un pillo, se pondría furioso, no porque le hubiesen engañado, sino porque yo habría desenmascarado al engañador, y herido en su amor propio nunca me perdonaría la ventaja que el acaso me daría sobre él. ¿Y qué saldría yo ganando con ello? que convertiría un amigo útil en enemigo irreconciliable.

—Atendibles sondas razones que se digna V. darme, mi general, dijo don Jaime; pero esto no quita que ese hombre sea un traidor.

—Lo es, pero; no tonto; como mañana libre yo batalla y quede vencedor, esté V. persuadido de que continuará siéndome, fiel, como lo hizo ya en Toluca.

—Fiel hasta que se le presente ocasión propicia de traicionarlo a V. definitivamente.

—¿Quién sabe? tal vez de aquí a entonces hallemos como deshacernos de él sin publicidades ni ruidos.

El aventurero reflexionó por espacio de unos segundos, y luego dijo prontamente:

—Me parece haber dado con el modo.

—Deje que primeramente le dirija a V. una pregunta y prométame que va a responderme a ella.

—Se lo prometo a V.

—¿Usted conoce al hombre ese y es su enemigo personal?

—Es verdad.

—Me lo temí; su tenacidad de V. en perderle no me parecía natural. Vamos a ver, dígame V. ahora cuál es su plan.

—Lo único que le detiene a V., según V. mismo me ha confesado, es el temor de indisponerse con el embajador de S. M. católica.

—El único, en efecto.

—Pues, bien ¿y si el señor Pacheco consintiese en abandonar a ese hombre?

—¿Usted lograría semejante?

—Y más si conviniese; haré que me entregue una carta en la cual no sólo abandonará a don Antonio Cacerbar, como éste hace que le llamen, sino que le autorizará a V. para que le encause.

—Me parece que se las promete V. demasiado felices, don Jaime, dijo el presidente con gesto de duda.

—Esto es incumbencia mía, profirió el aventurero; lo principal es que V. no se comprometa para nada y permanezca neutral.

—Tal es mi deseo, y V. comprenderá las graves razones en que me apoyo para ello.

—Sí, mi general, y le doy palabra de que ni siquiera sonará su nombre de V.

—Y a mi vez yo le doy mi palabra de soldado, de que si V. consigue la carta que me ofrece, el traidor será fusilado por la espalda, en medio de la plaza Mayor, aun cuando no me quede sino una hora de poder.

—Se la cojo a V., mi general; por otra parte tengo la firma en blanco que se sirvió V. darme, y yo mismo detendré al canalla tan pronto llegue el momento oportuno.

—¿Tiene V. que comunicarme algo más?

—Usted dispense, todavía tengo que pedirle algo: deseo acompañarle en su expedición.

—Le doy a V. las gracias, acepto con gozo.

—Tendré la honra de reunirme a V. en el momento de ponerse en marcha el ejército.

—Le agrego a V. a mi estado mayor.

—Me es imposible aceptar favor tan señalado, mi general, repuso don Jaime.

—¿Por qué?

—Porque no iré solo, sino que me acompañarán los trescientos jinetes que ya estuvieron conmigo en Toluca; pero a los míos y a mí nos tendrá V. a su lado durante la batalla.

—Desisto de comprenderle a V., amigo mío, dijo Miramón; goza V. del privilegio de obrar milagros.

—Pronto se convencerá V. de la verdad de estas palabras. Ahora, mi general, con su permiso me retiro.

—Vaya V., amigo mío.

Después de haberse ambos interlocutores estrechado afectuosamente las manos, don Jaime se retiró, se reunió a López, que le estaba aguardando a la puerta de palacio, y subiéndose sobre su caballo se fue en derechura a su casa, donde escribió algunas cartas, que mandó inmediatamente a su destino por su peón, y mudando luego de traje, tomó algunos papeles que estaban encerrados en una caja de bronce, consultó su reloj, y al ver que no eran sino las diez de la noche, se encaminó apresuradamente hacia la embajada de España, no muy distante de la casa donde él moraba.

La puerta del palacio del embajador estaba todavía abierta; algunos criados de gran librea iban y venían por los pasillos y por el peristilo, y a la entrada del zaguán estaba de guardia un suizo armado de una alabarda.

Don Jaime se dirigió al suizo este, quien llamó a un lacayo y le indicó que condujese al recién llegado.

El aventurero siguió a su guía, y una vez en una antesala, aquél entregó a un ujier que ostentaba una cadena de plata al cuello y se le había acercado, una carta metida en un sobre con una oblea sólo pegada de un lado, y le dijo:

—Ponga V. esta carta en manos de su excelencia.

Poco después reapareció el ujier, y levantando una cortina invitó al aventurero a que pasase adelante.

Don Jaime siguió a su nuevo conductor, y después de atravesar gran número de salones, penetró en un gabinete donde estaba el embajador, don Francisco Pacheco, el cual salió al encuentro de su visitante, le saludó con galantería suma, y le preguntó:

—¿A qué debo su amable visita, caballero?

—Ruego a vuecencia me dispense, respondió don Jaime haciendo una reverencia, pero no ha dependido de mí el escoger otra hora más a propósito.

—A cualquier hora le plazca a V. venir no me proporcionará sino satisfacciones, profirió Pacheco.

Luego hizo seña al ujier de que acercase asiento a don Jaime y se marchase, y una vez a solas los dos personajes y sentados después de saludarse nuevamente, dijo el embajador:

—Sírvase V. explicarse, señor.

—Ruego a vuecencia me permita conservar el incógnito, aun aquí.

—Enhorabuena, respeto su deseo.

Don Jaime abrió su cartera, sacó de ella un papel y lo entregó abierto al diplomático, diciéndole:

—Dígnese vuecencia enterarse de esta real orden.

Pacheco tomó el papel, y después de haberse inclinado ante su visitante, empezó a leer con la atención más profunda; luego, una vez hubo terminado, devolvió el papel a don Jaime, quien lo dobló y lo metió de nuevo en su cartera.

—¿Lo que V. exige es la ejecución de esta real orden? preguntó el embajador.

Don Jaime, por toda respuesta, movió la cabeza en señal afirmativa.

—Está bien, profirió don Francisco Pacheco.

El diplomático se levantó, se fue a su escritorio, escribió algunas palabras en una hoja de papel autorizada con el escudo de armas de España y el timbre de la embajada, firmó, estampó su sello, y entregando abierto el documento a don Jaime, le preguntó:

—Ahí tiene V. una carta para el excelentísimo señor presidente; ¿quiere V. llevarla V. mismo o prefiere que yo la envíe a su destino?

—Si a vuecencia le es igual, yo me encargo de ponerla en manos del general Miramón.

El embajador dobló la carta, la metió en un sobre y la entregó a su interlocutor, diciendo:

—Quisiera poder dar a V. otras pruebas de mi deseo de servirle.

—Tengo el honor de significar a vuecencia mi gratitud, profirió don Jaime haciendo una respetuosa reverencia.

—¿Me cabrá la satisfacción de verle a V. de nuevo?

—Tendré a mucha honra el volver para ofrecer mis respetos a vuecencia.

El embajador tocó un timbre, a cuyo son apareció el ujier.

Don Jaime y Pacheco cruzaron un nuevo y ceremonioso saludo, y aquél se retiró.


[XIX]

GOLPE DE GRACIA

Al día siguiente el sol se levantó radiante entre oleadas de oro y de púrpura.

Méjico estaba de fiesta, parecía haber vuelto a los hermosos tiempos en que se disfrutaba de calma y tranquilidad; toda la población se había echado a la calle y se encaminaba al paseo Bucareli, profiriendo gritos, entonando canciones y riendo a más y mejor.

En direcciones distintas se oían resonar músicas militares, tambores y trompetas, y continuamente cruzaban galopando por en medio de la multitud oficiales de estado mayor ostentando uniforme lleno de bordados de oro y sombrero de picos adornado de plumas.

Las tropas salían de los cuarteles y se dirigían hacia el paseo, a ambos lados del cual iban formando.

La artillería tomó posiciones frente a la estatua ecuestre de Carlos IV, al que los léperos se obstinan en confundir con Hernán Cortés, y la caballería, fuerte de unos mil cien hombres, se alineó en la Alameda.

Los léperos y los pilluelos se aprovechaban de las circunstancias para distraerse arrojando petardos entre los pies de los paseantes.

A eso de las diez de la mañana se oyó gran clamoreo de voces, que fue acercándose rápidamente al paseo.

Era el pueblo que aclamaba al presidente de la república.

El general Miramón, que llegó rodeado de un lúcido estado mayor, parecía estar satisfecho de la ovación de que era objeto, pues sobre patentizarle que el pueblo seguía queriéndole, le demostraba que éste, con sus aclamaciones, le daba las gracias por la heroica determinación que acababa de tomar, de librar una batalla definitiva en campo raso, en vez de aguardar al enemigo en la ciudad.

Miramón avanzó saludando y sonriendo a derecha y a izquierda, y una vez a la entrada del paseo, los veinte cañones situados en él dispararon a un tiempo, anunciando de esta suerte la presencia de aquél a las tropas que estaban congregadas en aquel sitio.

Entonces se comunicaron de fila en fila y con rapidez algunas órdenes, los soldados se alinearon, las músicas de los regimientos y las bandas de tambores y cornetas dejaron oír sus acordes, el presidente pasó con lentitud por el frente de banderas y empezó la revista.

Los soldados, a quienes la muchedumbre había comunicado su entusiasmo, parecían estar llenos de ardor, y al paso del presidente le adamaban a porfía.

La inspección que pasó el general fue severa y concienzuda; no fue una de esas revistas de parada que los gobernantes ofrecen de cuando en cuando al pueblo para divertirle; al salir de la ciudad, aquellas tropas iban a marchar en derechura al campo de batalla, y de consiguiente se trataba de saber si estaban realmente en estado de hacer frente al enemigo ante el cual debían encontrarse pocas horas después.

Las órdenes de Miramón habían sido ejecutadas con toda escrupulosidad; los soldados estaban bien armados y daba gusto ver su actitud marcial.

Una vez el presidente hubo pasado por delante de las filas dirigiendo acá y allá la palabra a los soldados a quienes conocía o simulaba conocer, antiguo ardid que siempre da buenos resultados porque halaga el amor propio del soldado, se colocó en una de las plazoletas del paseo y ordenó varías maniobras a fin de cerciorarse del grado de instrucción de las tropas, y aun cuando algunas de ellas eran difíciles, tuvo la satisfacción de verlas ejecutadas con una precisión de conjunto por demás satisfactorio.

El presidente felicitó calurosamente a los jefes de los cuerpos, y luego empezó el desfile, yendo las tropas a ocupar sus primeras posiciones, donde levantaron un campamento provisional.

Miramón, que no quería fatigar inútilmente a sus soldados obligándoles a marchar expuestos a los ardorosos rayos del sol, resolvió no salir de Méjico hasta la caída de la tarde.

Entre los oficiales que componían el estado mayor del presidente y que con él regresaron a palacio, estaban don Melchor de la Cruz, don Antonio Cacerbar y don Jaime.

Don Melchor, por más que se admirara de ver en uniforme militar a aquél a quien conocía solamente por don Adolfo, y al cual hasta entonces le supusiera ocupado en hacer el contrabando, le saludó sonriendo con ironía, a cuyo saludo correspondió don Jaime por modo serio y apartándose para no trabar conversación con semejante individuo.

En cuanto a don Antonio, como nunca había visto a don Jaime a rostro descubierto, no reparó en él.

Mientras el presidente entraba en palacio, el aventurero, que se detuviera en la plaza Mayor, se había apeado y reunido al conde del Saulay y a Domingo, a quienes citara para aquel punto, y los cuales no le hubieran conocido a no tomar aquél la precaución de encaminarse a su encuentro.

—¿Sale V. con el ejército? le preguntaron los dos jóvenes.

—Sí, amigos míos, pero pronto estaré de vuelta, respondió don Jaime; por desgracia la campaña será corta. Durante mi ausencia, les recomiendo que redoblen la vigilancia; no pierdan de vista la casa de mi hermana, pues uno de nuestros enemigos se queda aquí.

—¿Solamente uno? preguntó Domingo.

—Sí, pero es el más temible de los dos: aquel a quien tan torpemente salvaste la vida.

—Le conozco; pero que se vaya con mucho tiento, repuso el joven.

—¿Y don Melchor? preguntó el conde.

—Este no nos molestará más, respondió don Jaime con acento singular. ¡Ea! mis queridos amigos, velen Vds. atentamente y no se dejen sorprender.

—En caso necesario recabaremos la ayuda de León Carral y la de nuestros criados.

—Será lo más acertado, y tal vez obrarían ustedes más cuerdamente todavía alojándoles en la casa de doña María. Ahora separémonos, tengo que hacer en palacio. Hasta la vista.

Los tres amigos se separaron.

Don Jaime entró en palacio y se encaminó directamente al gabinete de Miramón, sin que el ujier de guardia, que le conocía, opusiese obstáculo alguno a su paso.

El presidente estaba hablando con varios exploradores, que le daban noticias acerca de los movimientos del enemigo.

Don Jaime se sentó y aguardó con calma a que el presidente hubiese dado fin a su interrogatorio.

Por fin el último explorador terminó su relación y se retiró.

—¿Qué hay, mi amigo? ¿ha visto V. al embajador? preguntó Miramón a don Jaime.

—Sí, mi general; le vi ayer al salir de aquí.

—¿Y la famosa carta?

—Ahí está.

El general hizo un gesto de sorpresa, tomó el papel y lo leyó con rapidez.

—¿Qué tal? preguntó don Jaime.

—No sólo me dejan libre la acción, sino que aun me ruegan que trate con todo rigor a ese individuo. Es maravilloso. Por mi honor le juro que me da V. más que no me ofrecía. Pero dígame, ¿cómo se las ha compuesto V.?

—Sencillamente he solicitado la carta esta, y nada más.

—Es V. el hombre más misterioso que conozco.

Ahora me corresponde a mí el cumplir mi promesa.

—Nada apresura.

—¿No quiere V. ya hacerlo prender?

—Al contrario, pero lo aplazo para cuando regresemos.

—Como V. quiera; mas ¿qué vamos a hacer con él de aquí a entonces?

—Le dejaremos aquí, a las órdenes del jefe de plaza.

—Tiene V. razón, repuso el presidente.

El cual extendió una orden, la selló, y llamando al ujier se la entregó a éste, a quien preguntó:

—¿Está ahí el coronel Cacerbar?

—Sí, excelentísimo señor.

—Que lleve esta orden al jefe de la plaza.

El ujier tomó la orden y partió.

—Ya está, dijo Miramón.

Don Jaime estuvo con el presidente hasta la hora de la partida.

A la caída de la tarde, las tropas empezaron el desfile por la plaza, rodeadas por el pueblo, que no cesaba de aclamarlas, y una vez hubieron desfilado, el general Miramón salió de palacio seguido de su estado mayor.

En la plaza estaba formado un numeroso escuadrón de caballería.

—¿Qué jinetes son esos? preguntó el presidente.

—Mi cuadrilla, respondió don Jaime inclinándose.

Dichos jinetes, que eran en número de trescientos, iban envueltos en gruesas capas y llevaban sombreros de anchas alas que sólo dejaban en descubierto la parte inferior del rostro, cubierta de barba.

En vano el presidente los examinó para descubrir sus facciones.

—No los conocerá V., dijo don Jaime en voz baja a Miramón; las barbas que usan son postizas y el traje que ostentan, un disfraz; pero esté V. seguro de que no por esto dejarán de portarse como buenos en la batalla.

—Lo creo, y le doy a V. las gracias por su ayuda.

El presidente y su estado mayor emprendieron la marcha.

Don Jaime blandió entonces su espada, y los jinetes evolucionaron; y se colocaron a retaguardia.

Al revés de la caballería mejicana, cuya arma predilecta es la lanza, los soldados de don Jaime, llevaban carabina, el sable recto de los cazadores de África franceses y pistolas en las fundas.

A media noche el ejército acampó en medio de la obscuridad, obedeciendo a la orden que de no encender fogata alguna se había circulado.

Tres horas después llegó un explorador, que inmediatamente fue conducido a presencia de Miramón.

—¡Hola! ¿eres tú, López? dijo el presidente conociendo al explorador.

—Sí, mi general, respondió el interpelado dirigiendo una risueña mirada a don Jaime, que estaba sentado al lado de Miramón y fumaba con indolencia un cigarrillo.

—¿Qué novedades ocurren? ¿Traes noticias del enemigo? preguntó el presidente.

—Sí, mi general, y muy frescas.

—Mejor; ¿dónde se encuentra?

—A cuatro leguas de aquí.

—Entonces no tardaremos en verle. ¿Qué cuerpo de ejército es ése?

—Él del general don Jesús González Ortega.

—¡Bravo! profirió con satisfacción el presidente; vales un Perú, muchacho.

Y poniendo algunas monedas de oro en la mano de López, Miramón añadió:

—Toma. Ahora dame algunos pormenores.

—El general Ortega, continuó López, trae consigo ocho mil infantes, tres mil caballos y treinta y cinco cañones.

—¿Lo has visto tú?

—Durante una hora marché con ellos.

—¿En qué disposiciones se encuentran?

—¡Canario! vienen furiosos.

—Está bien. Ve a descansar; puedes dormir por espacio de una hora.

López saludó y se alejó.

—Por fin vamos a vernos las caras, dijo Miramón.

—¿Cuántos soldados trae V. consigo, general? preguntó don Jaime.

—Cinco mil infantes, mil cien caballos y veinte cañones.

—¡Jum! profirió don Jaime, poco es contra once mil.

—No llegan al doble; el valor suplirá al número.

—Dios lo quiera.

A las cuatro se anudó la marcha bajo la guía de López.

Las tropas, transidas de frío, estaban en malas disposiciones.

A eso de las siete de la mañana se dio la orden de alto; el ejército fue colocado en batalla en una posición bastante buena y puestos en batería los cañones.

Don Jaime hizo situar a los suyos detrás de la caballería regular.

A las nueve de la mañana empezó a oírse un tiroteo; eran las avanzadas de caballería que se replegaban ante las cabezas de columna de Ortega que desembocaban en el campo de batalla elegido por Miramón y que cruzaban algunos disparos con ellas.

Nada hubiera sido más fácil al presidente que evitar la batalla; pero anheloso éste de acabar de una vez, no quiso de ningún modo.

Miramón estaba rodeado de Vélez, Cobos, Negrete Ayestarán y Márquez, sus más fieles generales, y al divisar al enemigo, se subió a caballo, recorrió las filas de su pequeño ejército, dio sus instrucciones con firmeza y laconismo, procurando infundir a todos el ardor de que él estaba poseído, y blandiendo su espada gritó en voz vibrante:

—¡A ellos!

La batalla se empeñó inmediatamente.

El ejército juarista, obligado a formar bajo el fuego del enemigo tenía de su parte una desventaja notable.

Los soldados de Miramón, excitados con el ejemplo de su joven jefe, que no tenía entonces más allá de veintiséis años de edad, peleaban como leones y hacían prodigios de valor.

En vano los juaristas se esforzaban en afirmar los pies en las posiciones que habían escogido; una y otra vez eran desalojados de ellas por las vigorosas cargas de sus enemigos. Así es que no obstante su superioridad numérica, los soldados no avanzaban sino palmo a palmo, para tener que ceder luego el terreno conquistado.

Los generales de Miramón, a quienes parecía haber pasado el alma de éste, se multiplicaban, se ponían al frente de sus tropas, las arrastraban en pos y con ellas se metían en lo más recio de la refriega.

Un esfuerzo más, y Ortega se veía obligado a pronunciarse en retirada.

Miramón, con su mirada certera, juzgó la situación inmediatamente. Había llegado el momento de lanzar la caballería sobre el centro de los juaristas a fin de romperlo con una carga decisiva.

—¡Adelante! gritó el presidente.

La caballería vaciló.

Miramón repitió la orden.

Los jinetes avanzaron; pero en vez de cargar, la mitad de ellos se pasó al enemigo para precipitarse luego lanza en ristre sobre la otra mitad que había permanecido fiel.

Desmoralizados por esta súbita deserción, los jinetes no pasados al campo juarista volvieron grupas y se dispersaron en todas direcciones.

La infantería, al verse tan traidoramente abandonada, perdió sus bríos, y por sus filas corrió la voz de ¡traición! ¡traición! ¡sálvese quien pueda!

Inútiles fueron los esfuerzos de los oficiales para obligar a los soldados a que atacasen al enemigo; estaban ya desmoralizados y no pensaron sino en desbandarse.

El ejército de Miramón había desaparecido, y Ortega quedado vencedor una vez más, si bien gracias a una traición indigna llevada a cabo en el momento mismo en que para él estaba perdida la batalla.

Hemos dicho que don Jaime había tomado con su cuadrilla posición detrás de la caballería del presidente.

Como trescientos hombres pudiesen haber cambiado la faz de la batalla, es indudable que aquellos bravos jinetes habrían hecho tal prodigio; aun en el instante mismo de la derrota combatían con sin igual encarnizamiento contra la caballería juarista lanzada en persecución de los fugitivos.

Al prolongar la lucha don Jaime obedecía a un propósito. Testigo de la indigna traición que ocasionara la pérdida de la batalla, había visto al primer oficial que se pasara al enemigo con sus soldados: dicho oficial era don Melchor de la Cruz, y don Jaime, que le conociera, había jurado apoderarse de él.

La cuadrilla del aventurero no la componían jinetes vulgares, como lo habían probado ya y debían probarlo nuevamente.

En pocas palabras don Jaime hizo comprender su intento a los suyos, los cuales profirieron gritos de rabia y atacaron resueltamente al enemigo, trabándose con tal motivo una lucha titánica de trescientos hombres contra tres mil.

La cuadrilla desapareció por completo como si hubiese sido engullida por aquella formidable mole de adversarios.

Luego los juaristas empezaron a oscilar, se abrieron sus filas, y por el boquete que dejaron pasó la cuadrilla llevando consigo y prisionero a don Melchor.

—¡Al presidente! ¡al presidente! gritó don Jaime echando a escape seguido de todos sus parciales hacia Miramón que en vano trataba de reunir algunos destacamentos.

Los generales del presidente, todos amigos suyos, fieles al juramento que prestaran de morir con él, no le habían abandonado.

La cuadrilla dio una última carga para librar al presidente.

El cual, después de haber dirigido una mirada de desconsuelo al campo de batalla, se decidió por fin a escuchar a sus amigos y a emprender la retirada.

De todo su ejército, apenas si al infortunado general le quedaban mil hombres; los demás estaban muertos, o se habían dispersado o pasado al enemigo.

Los primeros momentos de la retirada fueron terribles; a Miramón le ahogaba la pesadumbre, causada, no por su derrota, que ésta la había previsto, sino por la infame traición de que fuera víctima.

Cuando estuvieron bastante lejos para no temer ser alcanzados por el enemigo, el presidente ordenó hacer alto para dar algún descanso a los caballos, y arrimado a un árbol, con los brazos cruzados encima del pecho y la cabeza caída, guardó un silencio lúgubre, que sus generales, inmóviles a su alrededor, no se atrevían a interrumpir.

D. Jaime avanzó, y deteniéndose a dos pasos del presidente, le dijo:

—General.

Al timbre de aquella voz amiga, Miramón levantó la cabeza y tendiendo la mano al aventurero, murmuró:

—¿Es V.? ¡Ah! ¿por qué me obstiné en no escuchar su consejo?

—Lo hecho, hecho está, general, repuso don Jaime; no hay que hablar más de ello; pero antes de abandonar este sitio, tiene V. que cumplir un deber, hacer un castigo ejemplar.

—¿Qué quiere V. decir? preguntó Miramón con extrañeza.

Los otros generales que se habían acercado estaban no menos sorprendidos que su jefe.

—¿Sabe V. por qué fuimos vencidos? preguntó el aventurero.

—Porque nos traicionaron.

—¿Pero V. conoce al traidor?

—No, respondió Miramón con resentimiento.

—Pues yo sí le conozco, pues me encontraba no lejos de él cuando llevó a cabo su infame proyecto, vigilándole, porque tiempo hacía que me inspiraba sospechas.

—¡Qué me importa si no podemos ya apoderarnos de él!

—Se equivoca V., general, repuso D. Jaime; se lo traigo a V.; fui a buscarle en medio de sus nuevos compañeros, como hubiera ido hasta el infierno para cogerlo.

Al escuchar tales palabras, los jefes y soldados experimentaron un estremecimiento de gozo.

—¡Vive Dios! exclamó Cobos, ese miserable merece ser descuartizado.

—Conduzcan acá a ese hombre y se le juzgará, dijo Miramón con tristeza, pues nada más penoso para él que verse obligado a emplear medidas rigurosas.

—Pronto habremos concluido, profirió el general Negrete; morirá como traidor, fusilado por la espalda.

—No se requiere sino probar su identidad y luego hacerle ejecutar, añadió Cobos.

A una señal de D. Jaime, dos soldados condujeron a D. Melchor, atado codo con codo.

El hermano de doña Dolores de la Cruz, estaba pálido y descompuesto y llevaba el traje desgarrado y manchado de sangre y lodo.

Los oficiales se habían constituido en consejo de guerra bajo la presidencia del general Cobos.

—¿Cómo se llama V.? preguntó éste al reo.

—D. Melchor de la Cruz, respondió en voz sorda el joven.

—¿Confiesa V. haberse pasado al enemigo junto con los soldados que estaban a sus órdenes?

D. Melchor no respondió, pero se estremeció de píes a cabeza.

—Al tribunal le cabe el convencimiento de que este hombre es un traidor, dijo Cobos, ¿qué castigo merece?

—Él de los traidores, respondieron unánimemente los oficiales.

—Que le fusilen, dijo el general Cobos.

El reo fue conducido ante el frente de banderas y puesto de rodillas, y tras él y a seis pasos diez cabos formaron pelotón. Luego Cobos se acercó al que iban a ejecutar, y le dijo:

—Cobarde y traidor, eres indigno de la jerarquía a que te habían elevado; por lo tanto, en nombre de todos nuestros compañeros te declaro degradado y expulso de entre la gente de honor.

Un soldado arrancó entonces a D. Melchor las insignias de su grado y con ellas le cruzó el rostro.

A este insulto, el joven lanzó un rugido de tigre, tendió en torno de sí una mirada despavorida e hizo un movimiento para levantarse.

—¡Fuego! gritó el general Cobos.

Resonó una descarga, el reo dio una horrible voz de agonía y cayó boca abajo, revolcándose entre terribles convulsiones.

—¡Remátenle! dijo el presidente movido a compasión.

—No, repuso Cobos con aspereza; que muera como un perro; cuanto más padezca más completa será nuestra venganza.

Miramón hizo un gesto de disgusto y ordenó que tocasen botasillas.

Los fugitivos anudaron la marcha.

Sólo dos hombres habían permanecido cerca del infeliz, contemplándole como se retorcía a sus pies en medio de los más atroces padecimientos: el general Cobos y D. Jaime.

El cual se inclinó hasta el moribundo, le levantó la cabeza y obligándole a fijar en él su vidriosa mirada, le dijo en voz sorda:

—¡Parricida, traidor hacia tu patria y hacia tus hermanos, éstos son los que hoy se vengan; muere como quien eres y llévese tu alma el diablo; tu cuerpo, privado de sepultura, será pasto de las fieras!

—¡Misericordia! exclamó el desdichado cayendo de espaldas, ¡misericordia!

Una postrer convulsión sacudió el cuerpo del joven, sus crispadas facciones cobraron un aspecto horrible, lanzó un rugido y quedó inmóvil.

D. Jaime le empujó con el pie: estaba muerto.

—¡Uno! murmuró el aventurero subiéndose otra vez a caballo.

—¿Qué dice V.? preguntó Cobos.

—Nada, estaba echando una cuenta, respondió D. Jaime riéndose con zumba.


[XX]

CARA A CARA

Cuando Miramón llegó a Méjico, era ya pública la noticia de su derrota.

Entonces ocurrió un hecho singular: el clero y la aristocracia, a quienes Miramón había sostenido y defendido siempre, y la indiferencia y el egoísmo de los cuales sin embargo causaran la ruina y perdición de aquél, ahora deploraban la conducta que habían observado para con el único hombre capaz de salvarles.

Como en aquella hora suprema Miramón hubiese querido hacer un llamamiento a la población, ésta se habría agrupado inmediatamente en torno de él, facilitándole la organización de una vigorosa defensa.

A Miramón ni siquiera se le ocurrió tal pensamiento: disgustado del poder no aspiraba sino bajar de él y retirarse a la vida privada.

Apenas llegado a Méjico, lo que primero hizo el joven presidente fue reunir al cuerpo diplomático extranjero y rogar a los miembros del mismo que interpusieran su influjo para salvar a la ciudad, haciendo cesar un estado de guerra que no tenía ya razón de ser desde el instante que la capital estaba dispuesta a abrir sus puertas a las tropas federales sin disparar un tiro.

Sin pérdida de tiempo fue a entrevistarse con el general Ortega, para alcanzar una capitulación honrosa, una comisión compuesta de los representantes de Francia y España, del general Berriozábal el prisionero de Toluca, y del general Ayestarán, amigo particular de Miramón.

D. Antonio Cacerbar había ensayado unirse a la comisión expresada; y es que, sabedor del triste fin de su amigo Cruz, tenía el presentimiento de que le amagaba una suerte parecida; pero las puertas de la ciudad estaban cuidadosamente vigiladas, y nadie podía salir por ellas sin ir provisto de un pase refrendado por el jefe de plaza. Así pues, D. Antonio no tuvo más remedio que quedarse en la ciudad. Sin embargo, le hizo recobrar un tanto la esperanza una carta, en la cual le dejaban entrever la próxima realización de los proyectos que perseguía hacía tanto tiempo.

Ello no obstante, como D. Antonio Cacerbar era hombre muy precavido por haberle acostumbrado a estar siempre sobre aviso las sombrías maquinaciones a que se entregara durante toda su existencia, al par que permanecía en su casa, como a ello, le invitaban en la carta a que acabamos de hacer referencia, había convocado a ella a una docena de matones de los más desalmados y les había ocultado tras los tapices a fin de estar preparado a todo evento.

Esto sucedía el día mismo del regreso de Miramón a Méjico.

Poco más o menos a las nueve de la noche del mencionado día, D. Antonio estaba en su dormitorio, leyendo, o más bien dicho, ensayando leer, porque su atormentada conciencia no le dejaba la tranquilidad de ánimo necesaria para entregarse a tan inocente distracción, cuando oyó hablar bastante recio en la antesala. Cacerbar se levantó al punto y se encaminó hacia la puerta a fin de indagar la causa de tal ruido, pero no bien iba a abrirla cuando lo hizo otra mano y pareció en el dormitorio el ayuda de cámara de aquél, sirviendo de introductor a muchas personas, nueve en junto, seis hombres enmascarados y embozados en sarapes, y tres damas.

D. Antonio, al ver a los recién llegados experimentó un estremecimiento nervioso, pero rehaciéndose casi instantáneamente, permaneció en pie ante su mesa, probablemente aguardando a que uno de los desconocidos se decidiese a hacer uso de la palabra.

Esto fue lo que, en efecto, sucedió.

—Señor don Antonio, dijo uno de los enmascarados adelantando un paso, aquí le entrego a V. a doña María, duquesa de Tobar, su cuñada, a doña Carmen Tobar, su sobrina, y a doña Dolores de la Cruz.

Al oír estas palabras, pronunciadas con sangrienta ironía, don Antonio se echó atrás, palideció intensamente y en voz en la que se traslucía la emoción, repuso:

—No le entiendo a V.

—¿Conque no me conoce usted, don Horacio? dijo entonces doña María en voz suave; ¿por tal modo me ha desfigurado el dolor que le sea a V. posible negar que yo soy la desventurada esposa del hermano a quien V. asesinó?

—¿Qué significa esta comedia? exclamó don Antonio con arrebato; esta mujer ha perdido el juicio; y V., miserable, que se atreve a chancearse conmigo, váyase con cuidado.

Aquél a quien iban dirigidas estas palabras contestó con una sonrisa de desprecio, y levantando la voz, dijo:

—¿Quiere V. testigos de lo que va a pasar aquí, caballero? ¿Le parece que todavía no somos bastantes para oír lo que va a decirse aquí? Perfectamente: salgan Vds. de sus escondites, señores, y Vds., caballeros, acérquense.

Al mismo tiempo se levantaron los tapices y se abrieron las puertas y unas veinte personas penetraron en el dormitorio.

—¡Ah! ha llamado V. testigos, profirió don Antonio con acento zumbón; pues bien, caiga sobre su cabeza de V. la sangre que aquí va a derramarse.

Y volviéndose hacia los hombres que tras él permanecían inmóviles, les dijo en voz de trueno, al mismo tiempo que se apoderaba de dos revólveres de seis tiros que estaban sobre una mesa situada al alcance de su mano.

—¡Maten Vds. como perros a esos canallas!

Pero nadie se movió.

—¡Quítense todos las máscaras! dijo el personaje que hasta entonces había hablado; ya son inútiles; a ese hombre debemos hablarle a rostro descubierto.

Y arrojando la carátula que le cubría el semblante, sus compañeros le imitaron.

El lector los ha conocido ya: eran don Jaime, Domingo, el conde del Saulay, León Carral, don Diego y el ranchero Loick.

—Ahora, señor, dijo don Jaime, despójese V. de su nombre postizo como nosotros nos hemos despojado de nuestras máscaras. ¿Me conoce usted? soy don Jaime de Vivar, el hermano de su cuñada; veintidós años hace le sigo a V. paso a paso, señor don Horacio de Tobar, espiando todos los de V. y buscando la venganza que Dios me concede al fin, grande y cabal como yo la soñara.

Don Horacio levantó orgullosamente la cabeza, y dirigiendo una mirada de soberano desdén a don Jaime, replicó:

—Y diga V., mi noble cuñado, porque como usted desea renuncio a fingir y consiento en conocerle, ¿qué venganza es esa tan grande y cabal que ha conseguido después de veintidós años? ¿la de obligarme a que yo mismo me dé la muerte? ¡Vaya un provecho! ¿Acaso no está siempre pronto a morir un hombre de mi temple? ¿Qué más puede V.? nada; suponiendo que yo ruede aquí por el suelo, a sus pies, me llevaré conmigo a la tumba el secreto de esa venganza. Secreto que V. ni siquiera sospecha, y cuyos beneficios los reporto yo por completo, porque al morir le legaré una desesperación más profunda que la que en una noche encaneció los cabellos de su hermana.

—Desengáñese V., don Horacio, arguyó don Jaime; esos secretos que V. supone tan ocultos, los conozco todos, y en cuanto a matarle, esta consideración es secundaria en mi plan de venganza; le mataré a V., sí, pero por mano del verdugo, porque ha de saber que morirá V. deshonrado, de muerte infamatoria, en una palabra, de garrote vil.

—¡Mientes, canalla! exclamó don Horacio con rugido de bestia fiera; ¡yo, yo, el duque de Tobar! ¡noble como el rey! ¡yo, perteneciente a una de las más encumbradas y antiguas familias de España! ¡yo morir agarrotado! El odio te trastorna el juicio, estás loco; en Méjico hay un embajador de S. M.

—Sí, replicó don Jaime, pero ese embajador te abandona a todo el rigor de las leyes mejicanas.

—¿Quién, él, mi amigo, mi protector, él que me presentó al presidente Miramón? Esto no es verdad, no puede serlo. Además, soy extranjero y nada tengo que temer de las leyes de esta nación.

—Sí, un extranjero que en Méjico se ha puesto al servicio de un gobierno para venderlo en provecho de otro; la carta que con tanta instancia pedías al coronel don Felipe y que éste no quiso vendértela, me la dio a mí de balde, y las para ti tan comprometedoras cartas que te robaron en Puebla, gracias a don Esteban, a quien no conoces a pesar de ser primo tuyo, en este instante las tiene Juárez. Ya ves pues que por este lado estás irremisiblemente perdido. Por último, tu más precioso secreto, el secreto que tan bien guardado crees, también lo poseo yo: conozco la existencia del hermano gemelo de doña Carmen, y además sé donde está y si quiero puedo hacerle parecer de improviso a tu presencia: mira, aquí está el hombre a quien vendiste tu sobrino, añadió don Jaime designando a Loick, que estaba inmóvil a su lado.

—¡Oh! murmuró el cuñado de doña María, dejándose caer en una butaca y retorciéndose las manos con desesperación, estoy perdido.

—Irremisiblemente perdido, don Horacio, profirió don Jaime con desprecio, pues ni aun la muerte puede salvarte de la deshonra.

—Hable V., por Dios, dijo doña María acercándose a su cuñado; ¿verdad que no me he engañado? ¿que lo que don Jaime me dijo es cierto? en una palabra, ¿que tengo un hijo y que ese hijo es el hermano gemelo de doña Carmen?

—Sí, murmuró don Horacio en voz apagada.

—¡Bendito seas, Dios mío! exclamó doña María con expresión de gozo inefable; pero V. sabe dónde está mi hijo y va a restituírmelo ¿no es verdad? por favor, piense V. que no le he visto nunca y que necesito de sus caricias. ¿Dónde está? dígamelo V.

—¿Dónde está?

—Sí.

—No lo sé, respondió fríamente don Horacio.

La desventurada madre se dejó caer en un asiento y ocultó la cabeza entre las manos.

—¡Ánimo, hermana mía! la dijo don Jaime acercándose a ella.

Por espacio de algunos segundos reinó un silencio fúnebre; en aquel aposento donde se hallaban reunidas tantas personas no se oía más ruido que el de las silbantes respiraciones y el de los ahogados sollozos de doña María y de las dos jóvenes.

—Mí noble cuñado, dijo don Horacio avanzando un paso y en voz firme no exenta de grandeza, hágame V. el favor de rogar a esos caballeros que se retiren a una de las piezas contiguas; deseo hablar a solas con V. y mi cuñada.

—Amigo mío, dijo don Jaime al conde del Saulay, tenga V. la amabilidad de conducir a esas señoritas al salón inmediato.

El conde ofreció la mano a las jóvenes y salió sin proferir palabra, seguido de todos los circunstantes, que a una señal de don Jaime se retiraron silenciosamente.

Únicamente se quedó Domingo, el cual, fijando una mirada de fuego en don Horacio, dijo:

—Como ignoro lo que va a pasar aquí y temo una asechanza, no salgo hasta que expresamente me lo mande don Jaime, pues mi deber es defenderle; hijo adoptivo suyo soy y él es quien me ha educado.

—Puede V. quedarse, señor, profirió don Horacio sonriendo con tristeza, casi pertenece usted a nuestra familia.

—Cuñado, dijo entonces don Jaime, el hijo que V. arrebató a mi hermana, el heredero de los duques de Tobar a quien V. creía perdido, yo lo salvé. Domingo, abraza a tu madre; María, éste es tu hijo.

—¡Madre mía! exclamó el joven arrojándose en brazos de la hermana de don Jaime, ¡madre mía!

—¡Hijo mío! murmuró doña María en voz desfallecida y cayendo sin sentido en brazos del hijo a quien acababa de encontrar.

Fuerte contra el dolor, como todas las naturalezas privilegiadas, el gozo la había vencido.

Domingo levantó a su madre en sus robustos brazos y la colocó en una silla larga; luego, con el ceño fruncido, los ojos preñados de ira y oprimidos los labios, avanzó lentamente hacia don Horacio.

El cual, lleno de terror, con la mirada fija y la frente cubierta de palidez, le veía venir, retrocediendo a compás que el joven iba avanzando, hasta que por fin tocó de espaldas en la pared y se vio obligado a detenerse.

—¡Asesino de mi padre! ¡verdugo de mi madre! exclamó Domingo con acento terrible, infame y canalla, ¡maldito seas!

Ante tal anatema, don Horacio doblegó la cabeza; pero irguiéndose al punto, dijo:

—Dios es justo; mi castigo empieza; yo sabía que mi sobrino vivía; a fuerza de pesquisas había concluido por conocer el paradero de aquel a quien vendí el niño al nacer y que se encubre con el nombre de Loick...

—Sí, repuso don Jaime, y ese Loick a quien la miseria indujera al crimen, arrepentido de su falta me lo devolvió a mí.

—Es cierto, dijo don Horacio con acento entrecortado; ese joven es realmente mi sobrino; tienes las facciones y la voz de mi desventurado hermano.

Don Horacio se cubrió el rostro con las manos; pero rehaciéndose luego, continuó:

—Hermano mío, V. posee casi todas las pruebas de los horribles crímenes que he cometido; y acercándose a un mueble y rompiéndolo, sacó de él un mazo de papeles, que entregó a don Jaime, diciéndole: Aquí tiene V. las que le faltan. Tal vez inconscientemente había ya penetrado en mi corazón el arrepentimiento. Tome V., éste es mi testamento; en él nombro a mí sobrino mi heredero universal, fijando sus derechos de una manera indiscutible; pero no debe ser manchado el apellido de Tobar. Por usted, por su sobrino, cuyo apellido es el mío, no ejecute V. la cruel venganza que ha preparado contra mí; por mi honor, por la honra inmaculada de mis antepasados, le juro que alcanzará V. satisfacción cumplida de los crímenes que cometí y de la amarga existencia a que he condenado a mi cuñada.

Don Jaime y Domingo permanecieron sombríos y silenciosos.

—¿Se negarían Vds. a escucharme? ¿Por ventura no les movería yo a compasión? exclamó don Horacio con ansiedad.

En este momento doña María se levantó de la silla en la que su hijo la colocara, avanzó lenta y automáticamente hacía su cuñado, se interpuso entre éste, su hermano y su hijo, y tendiendo con ademán majestuoso el brazo, dijo en voz impregnada de suavidad inefable:

—Hermano de mi marido, la venganza no pertenece sino a Dios. En nombre de aquél a quien tanto amé y al que su crueldad de V. me arrebató, le perdono los atroces tormentos que me ocasionó y los dolores indecibles a que me condenó por espacio de veintidós años, con todo y ser yo una mujer desventurada e inocente. Le perdono a V., sí, y ojalá Dios le mire a V. con misericordia.

—Es V. una santa, profirió don Horacio cayendo de rodillas; no merezco perdón, lo sé; pero en cuanto dependa de mí y haciendo sacrificio de mi vida, procuraré rescatar los crímenes que cometí.

En pronunciando estas palabras, don Horacio se levantó e hizo ademán de querer besar la mano a doña María; pero ésta retrocedió con gesto de horror.

—Es justo, murmuró con acento triste el despreciado, soy indigno de tocarla a V.

—No, repuso doña María, desde el instante que el arrepentimiento entró en su corazón, no lo es V.

Y tendiendo la dama la mano y volviendo el rostro, don Horacio imprimió en ella un respetuoso beso.

—¿Sólo Vds. van a ser implacables? dijo luego éste con tristeza y dirigiéndose a don Jaime y a Domingo, que permanecían inmóviles.

—Ya no nos queda el derecho de castigar, respondió en voz sorda el aventurero.

Domingo bajó la cabeza guardando un silencio huraño, al ver lo cual doña María se le acercó y le asió suavemente el brazo.

—¿Qué quiere V., madre? preguntó el joven estremeciéndose.

—Yo perdoné a ese hombre, le respondió la buena mujer en voz dulce como una súplica.

—Madre, repuso Domingo con acento de odio implacable, al maldecir yo a ese hombre, mi padre habló por mi boca, y desde el fondo de la ensangrentada tumba donde le tendió ese infame, me dictó la maldición, que quedará impresa en él como estigma indeleble. ¡Ah! Dios va a preguntar a ese asesino lo que al primer fratricida: Caín, ¿qué has hecho de tu hermano Abel?

Al oír estas palabras, pronunciadas con acento terrible, don Horacio cayó desplomado al suelo.

Don Jaime y doña María se habían alejado de él con horror.

Por espacio de largos minutos permaneció don Horacio tendido en el suelo, sin que los circunstantes hiciesen movimiento alguno para socorrerle. Sin embargo, doña María, dando rienda a los impulsos caritativos de su corazón, hizo por fin un movimiento como para acercarse a su cuñado.

—Deténgase V., madre, le dijo el joven; no toque V. a ese infame; su contacto la mancharía.

—¡Le perdoné! repuso en voz débil la dama.

Don Horacio, que poco a poco había ido recobrando los sentidos, se levantó lentamente, con las facciones espantosamente contraídas y llevando impresa en ellas una resolución singular.

—Usted lo exige, dijo volviéndose hacia Domingo; enhorabuena, la reparación será ruidosa.

Y registrando el cajón de una papelera cuya cerradura había abierto valiéndose de una llave que pendiente de una cadenita de oro llevaba al cuello, don Horacio tomó algo que nadie pudo ver, volvió a cerrar el cajón, se encaminó con paso firme hacia la puerta, la abrió de par en par y dijo en voz estridente:

—Entren Vds., caballeros.

En un instante la sala se llenó de gente; únicamente y a una seña de don Jaime, el conde del Saulay y don Esteban se habían quedado en el salón en compañía de doña Dolores y de doña Carmen.

Don Jaime se acercó entonces a su hermana, y ofreciéndole el brazo, dijo:

—Venga V., María, esta escena la está matando; ahora que perdonó V. a ese hombre, debe no permanecer aquí por más tiempo.

Doña María resistió apenas a la invitación de su hermano, el cual la condujo al salón, volvió a entrar inmediatamente y cerró la puerta.

A poco se oyó el rodar de un coche; eran las tres damas que, acompañadas del conde, se volvían a su casa.

Casi a compás resonó choque de armas en el salón.

—¿Qué es eso? preguntó don Horacio con gesto de inquietud.

Se oyó el ruido de pasos de mucha gente, la puerta se abrió de par en par y con estrépito y en el umbral de ella aparecieron multitud de soldados a cuyo frente iba el gobernador de la ciudad, el alcalde mayor y muchos corchetes.

—En nombre de la ley, dijo el gobernador en voz lacónica, es V. mi prisionero, don Antonio Cacerbar; corchetes, apodérense Vds. de este hombre.

—Don Antonio Cacerbar ha dejado de existir, dijo don Jaime interponiéndose con viveza entre los agentes de policía y su cuñado.

—Gracias, profirió éste, gracias por haber salvado la limpieza de mi apellido.

Y volviéndose a los recién llegados, y señalando a Domingo, que permanecía inmóvil, añadió en voz levantada:

—Señores, aquí tienen Vds. al duque de Tobar; yo soy un gran culpado; suplicad a Dios que me perdone.

—Ea, corchetes, exclamó el gobernador, apodérense Vds. de este hombre.

—Vengan por mí, dijo don Horacio llevándose prestamente la mano a la boca.

De improviso el cuñado de doña María palideció, se tambaleó como un borracho y dio consigo en tierra sin proferir un ay. Estaba muerto.

Don Horacio se había envenenado.

—Señores, dijo entonces don Jaime al gobernador y al alcalde mayor, su cometido de ustedes termina ante la muerte del culpado; desde este instante el cadáver de éste pertenece a su familia. Háganme el favor de retirarse.

—Dios perdone a ese desdichado su último crimen, profirió el gobernador; nada nos queda ya que hacer aquí.

Y después de haber saludado ceremoniosamente, el gobernador se salió de la sala y de la casa acompañado de su séquito.

—Señores, dijo entonces don Jaime en voz triste y dirigiéndose a los circunstantes, aterrorizados ante el desenlace singular y rápido de aquella escena, roguemos por el alma de ese gran culpado.

Todos se arrodillaron, excepto Domingo, que permaneció en pie, sombrío y con los ojos ardientemente fijos en el cadáver.

—Domingo, le dijo suavemente su tío, ¿llevas tu odio más allá de la tumba?

—¡Sí! exclamó el joven con acento terrible; ¡sí! ¡maldito sea por los siglos de los siglos!

Los circunstantes se levantaron con espanto; aquel anatema fulminante había helado la oración en sus labios.


[XXI]

EPÍLOGO

EL HACHA

Ínterin, los acontecimientos políticos se desenvolvían con rapidez fatal.

La diputación enviada a conferenciar con el general Ortega había regresado a Méjico sin haber conseguido capitulación alguna, y la situación se hacía más crítica por momentos.

En semejantes circunstancias el general Miramón dio pruebas de una abnegación suma: no queriendo comprometer más a la ciudad de Méjico, resolvió abandonarla aquella misma noche.

Entonces se encaminó a las casas consistoriales y propuso al ayuntamiento que nombrase un presidente o un alcalde interino que por sus relaciones anteriores con el partido victorioso estuviese en estado de salvar la ciudad y de mantener en ella el orden.

El ayuntamiento se dirigió en corporación al general Berriozábal, quien aceptó generosamente tan difícil cometido, siendo primer cuidado de éste rogar al cuerpo diplomático extranjero que armase a sus nacionales, para sustituir por ellos a la desorganizada policía y velar por la seguridad de la población.

Miramón, entre tanto, lo disponía todo para su partida; pero no pudiendo llevarse consigo a su mujer y a sus hijos en una huida cuyas peripecias corrían riesgo de ser sangrientas, resolvió confiar aquellos seres, para él tan queridos, a la embajada de España, donde los recibieron con todas las consideraciones debidas a su deplorable situación.

Como hubiese querido, Miramón podía haberse alejado sin tener nada que temer de los partidarios de Juárez, pues naturalmente simpático, si le miraban algunos como adversario político, nadie le odiaba como enemigo personal.

Repetidas veces habían propuesto a Miramón el dejarle huir solo; pero éste, con la delicadeza caballeresca que constituía una de las cualidades más culminantes de su carácter, se negó aceptar tales proposiciones, no queriendo como no quería abandonar en el último momento a ciertas personas que en pro de él combatieran y se habían comprometido por su causa, al odio implacable de sus enemigos, sentimiento noble, conducta generosa que sus adversarios mismos no pudieron menos de admirar.

Don Jaime pasó parte del día al lado del general, esforzándose en consolarle y ayudándole a reunir en torno de él los dispersados restos, no diremos de su ejército, pues éste había dejado de existir, sino de los diferentes cuerpos que aún estaban indecisos respecto de la causa a cuyo favor se inclinarían.

El conde del Saulay y el duque de Tobar, que así llamaremos a Domingo desde este instante, después de haber pasado la noche en compañía de las damas y hablado con ellas de los singulares acontecimientos del precedente día, se habían despedido de ellas, algo inquietos por la prolongada ausencia de don Jaime, a causa de la confusión que en aquellos momentos reinaba en la ciudad; pero no bien acababan de entrar en su casa y se disponían a entregarse al descanso, cuando Raimbaut, el criado del conde, les anunció a López, el cual se presentó poco después armado de punta en blanco.

—¡Caramba! dijo el duque al verle, vaya un arsenal trae V. consigo, amigo López.

—¿Tiene V. que comunicarnos algo? preguntó el conde.

—Nada más que esto; Dos y uno hacen tres.

—¡Vive Dios! exclamaron a una los dos jóvenes levantándose espontáneamente. ¿Qué hay que hacer?

—Armarse Vds. y sus criados, dar orden de que ensillen los caballos y aguardar.

—¿Así pues ocurren novedades? preguntó el duque.

—Lo ignoro, señor, mi amo se lo dirá a V.

—¿Va a venir?

—Antes de una hora estará presente; me dio orden de que me quedase aquí con Vds.

—Pues aprovéchela para descansar, dijo el conde; nosotros vamos a prepararnos.

Cuando, a las once de la noche, llegó don Jaime, éste encontró ya a sus amigos completamente preparados y armados.

—Partiremos, dijo don Jaime.

—Cuando V. quiera, profirió Luis del Saulay.

—¿Vamos lejos? preguntó el duque.

—Me parece que no, respondió don Jaime; pero tal vez tengan que hablar las armas.

—Mejor, dijeron los dos jóvenes.

—Todavía podemos disponer de media hora, tiempo más que sobrado para que les explique a Vds. lo que pienso hacer, profirió don Jaime. Ya saben Vds. cuan sincera es la amistad que me une al general Miramón.

—Nos consta.

—Pues vean Vds. lo que ocurre: el general ha reunido unos mil quinientos hombres, con cuya escolta imagina llegar con seguridad a Veracruz, donde piensa embarcarse. A la una de esta madrugada se pone en marcha.

—¿A tal extremo han llegado ya las cosas? preguntó el conde.

—Todo ha concluido, respondió don Jaime; Méjico se ha rendido a los juaristas.

—En fin, que se arreglen como puedan; esto no nos atañe.

—Hasta ahora, dijo el duque, no veo qué papel nos toca desempeñar en este drama.

—Voy a decírselo a Vds., repuso don Jaime. Miramón cree poder contar con los mil quinientos hombres que componen su escolta; pero yo estoy persuadido de lo contrario. Los soldados le quieren, es cierto, pero detestan a ciertos personajes que parten con él; y como me consta que se han hecho proposiciones a las tropas para que éstas los entreguen, temo que se dejen convencer y que por la misma causa Miramón caiga prisionero.

—Que es lo que probablemente sucederá, dijo el conde moviendo la cabeza.

—Pues ahí lo que yo quiero evitar, dijo don Jaime con energía, y para ello cuento con ustedes.

—Hace V. bien, profirió Luis.

—No podía V. elegir con más acierto, añadió el duque.

—Perfectamente, continuó don Jaime; de este modo Vds., yo, López, León Carral y los dos criados formamos un efectivo de siete hombres decididos, con quienes será menester contar en el caso de que las circunstancias se presenten desfavorables; demás, la calidad de extranjeros que les ampara a Vds. y el cuidado que han puesto en vivir retirados, nos permitirán coronar nuestra obra, ocultando al general en esta casa.

—Donde estará en completa seguridad, dijo el conde.

—Por otra parte cuanto acabo de manifestarles a Vds. es todavía muy inseguro; las circunstancias nos servirán de guía. Tal vez la escolta permanezca fiel al general; entonces, como nuestro concurso no le servirá de nada, nos retiraremos después de haberle acompañado hasta bastante distancia de la ciudad.

—A la buena de Dios, dijo Luis del Saulay; Miramón asume algo de grande y caballeresco que me ha seducido, y no sentiría que se me presentara coyuntura de serle útil.

—Ahora que nos hemos puesto de acuerdo, profirió el duque, podríamos partir; ardo en deseos de encontrarme al lado de ese valiente general; pero dígame usted, supongo que ante todo ha vigilado por la seguridad de mi madre.

—Nada temas, sobrino, respondió don Jaime; a mi ruego el embajador de España ha colocado una guardia de comerciantes de nuestra nación en la misma casa donde ella mora; tu madre, Carmen ni Dolores tienen qué temer. Por otra parte Esteban está con ellas, y gracias al aprecio en que a éste le tiene Juárez, basta su sola presencia para protegerlas eficazmente.

—Entonces adelante, dijeron los jóvenes levantándose, embozándose en sus capas y armándose.

—Partamos, dijo don Jaime.

Los criados, que estaban ya en su sitio, se unieron a sus amos, y juntos se salieron los siete de la casa, jinetes en sendos caballos, y se encaminaron a la plaza Mayor donde se iban reuniendo las tropas.

Las casas estaban iluminadas y por las calles circulaba una multitud inmensa; pero en la ciudad reinaba la mayor tranquilidad, gracias a las fuertes patrullas compuestas de franceses, ingleses y españoles que la recorrían en todas direcciones y vigilaban con la más generosa abnegación para el mantenimiento del orden durante el intervalo de anarquía que siempre separa la caída de un gobierno de la instalación del que le sustituye.

La plaza Mayor estaba muy animada; los soldados fraternizaban con el pueblo, hablando y riendo como si lo que en tal momento pasaba fuese lo más natural del mundo.

El general Miramón rodeado de un grupo bastante numeroso de oficiales que habían permanecido fieles a su causa, o que demasiado comprometidos para esperar que el vencedor les concediese buenas condiciones, preferían acompañarle en su fuga a quedarse en la ciudad, fingía una tranquilidad y un buen humor que estaba muy lejos de sentir; hablaba con notable soltura, defendiendo sin acritud los actos de su gobierno y despidiéndose, sin dirigir reproche ni recriminación, de aquéllos que por egoísmo le habían abandonado y ocasionado su caída.

—¡Ah! profirió Miramón al divisar a don Jaime y encaminándose hacia él, ¿conque se viene V. decididamente conmigo? Temí que mudase V. de consejo.

—Está V. muy amable, dijo don Jaime riéndose.

—No tome V. a mal mis palabras, repuso el general.

—La prueba de que le acompaño a V. es que le traigo dos amigos que a toda costa quieren seguirle.

—Gracias mil, profirió Miramón; dichoso el hombre que al caer de tan alto puede contar con amigos que le suavicen la caída.

—De esto no puede V. quejarse, general, dijo el conde haciendo una profunda reverencia, porque amigos no le faltan.

—En efecto, murmuró Miramón tendiendo una triste mirada a su alrededor, todavía no me encuentro solo.

Por espacio de algún tiempo la conversación continuó rodando sobre este tema, hasta que dio la una en el Sagrario.

—Partamos, señores, dijo Miramón levantándose y en voz firme, ha llegado la hora de salir de la ciudad.

—Que toquen marcha, gritó un oficial.

Las cornetas dieron la señal, los soldados se subieron a caballo y formaron filas, y la multitud se refugió en los portales.

Luego se restableció la calma como por encanto y sobre aquella plaza inmensa llena de una compacta muchedumbre y materialmente empedrada de cabezas, se cernió un silencio de muerte.

Miramón estaba erguido y firme en su caballo, en medio de sus tropas; don Jaime y sus compañeros habían tomado sitio entre el estado mayor que rodeaba al general.

Después de un momento de perplejidad, el presidente dirigió una triste y postrer mirada al sombrío y silencioso palacio presidencial, en él que no brillaba luz alguna, y luego dio en voz potente la orden de marcha.

Las tropas se pusieron en movimiento, y a compás y de todas partes partieron gritos de ¡viva Miramón!

—Ya me echan de menos, dijo éste inclinándose hasta el oído de don Jaime, y eso que aún no he partido.

Las tropas atravesaron lentamente la ciudad, seguidas de la multitud, que al rendir este último tributo al presidente caído, parecía como si quisiese demostrarle la estimación en que le tenía personalmente.

Por fin a las dos de la madrugada se encontraron los expedicionarios en campo raso, y pronto la ciudad no apareció sino como un punto luminoso en el horizonte.

Las tropas marchaban tristes y silenciosas, y buen rato hacía que emprendieran la caminata, cuando prontamente pareció que en las filas reinase una agitación sorda.

—¡Alerta! algo se prepara, dijo don Jaime en voz queda a sus amigos.

A no tardar la agitación fue en aumento, y en la vanguardia se oyeron algunos gritos.

—¿Qué ocurre? preguntó Miramón.

—Los soldados se sublevan, le respondió don Jaime sin ambages.

—No puede ser, exclamó el general.

Al mismo instante reventó una de gritos y silbidos, entre los que sobresalían estas voces:

—¡Viva Juárez! ¡El hacha! ¡el hacha!

El hacha en Méjico es el símbolo de la federación, y aclamarla es sublevarse, o más bien dicho pronunciarse.

El grito ¡el hacha! recorrió con rapidez todas las filas, hasta hacerse unánime, y pronto llegaron al colmo la confusión y el desorden.

Los partidarios de Juárez, confundidos con los soldados, proferían amenazas de muerte contra los enemigos a quienes no querían dejar escapar, y desenvainando los sables y afianzando las lanzas en el ristre se hizo inminente un conflicto.

—Es preciso huir, general, dijo don Jaime a Miramón.

—¡Nunca! respondió éste; moriré con mis amigos.

—Va V. a perecer asesinado sin lograr salvarse; por otra parte, vea V., ellos mismos le abandonan.

Era cierto, los amigos del presidente se habían desbandado y huían en todas direcciones.

—¿Qué hacer? preguntó Miramón.

—Abrirnos paso, respondió don Jaime.

Y sin dar al presidente lugar a la reflexión.

—¡Adelante! gritó en voz de trueno a los suyos.

Al mismo tiempo los sublevados se revolvían, con las lanzas en el ristre, contra el exiguo grupo en el centro del cual estaba Miramón.

Por espacio de algunos segundos la lucha fue espantosa: don Jaime y sus amigos, bien montados y sobre todo bien armados, consiguieron por último abrirse paso conduciendo al general en medio de ellos.

Entonces empezó una carrera vertiginosa.

—¿A dónde vamos? preguntó el presidente.

—A Méjico, respondió don Jaime; es el único sitio donde no pensarán en buscarle a V.

Una hora después penetraban de nuevo en la ciudad, confundidos con los soldados desbandados que proferían ensordecedores vivas a Juárez y gritando ellos solos más que todos los que les rodeaban.

Ya en la ciudad, Miramón y don Jaime se separaron de sus amigos, pues la prudencia exigía que los fugitivos se retirasen a sus casas uno a uno.

A las cuatro de la madrugada estaban todos reunidos y en seguridad.

Las tropas de Juárez entraron en Méjico sólo algunas horas antes de lo que hiciese el general Ortega.

Gracias a las disposiciones tomadas de con concierto entre el general Berriozábal y los residentes extranjeros, el cambio de gobierno se había operado casi sin conmoción: al día siguiente Méjico parecía tan tranquilo como si en su seno no hubiese ocurrido nada.

Sin embargo, don Jaime no tenía confianza alguna en aquella calma aparente; temía que de permanecer Miramón algunos días en la ciudad no acabase por ser conocida su presencia en ella. Así es que buscaba ocasión propicia para hacerle evadir, y ya empezaba a desesperar de conseguirlo, cuando el acaso le ofreció una, en la que estaba por cierto muy distante de contar.

Habían transcurrido muchos días; la revolución estaba hecha y todo caminaba por su cauce ordinario, cuando por fin Juárez llegó de Veracruz e hizo su entrada en la capital.

Lo primero que, conforme previera Miramón, hizo el nuevo presidente, fue dar una orden de expulsión contra el embajador de España, el legado pontificio y los representantes de Guatemala y del Ecuador.

La ocasión que don Jaime buscaba tanto tiempo hacia, se le presentaba por fin.

Miramón partiría no con el embajador de España, sino con el representante de Guatemala.

Y así sucedió.

La partida de los diplomáticos expulsados se efectuó el mismo día: eran éstos el embajador de España, el legado pontificio, el representante de Guatemala y el del Ecuador; además, el arzobispo de Méjico y cinco obispos mejicanos que componían todo el episcopado de la confederación y habían sido desterrados, se aprovecharon de la escolta del embajador para abandonar la capital.

Miramón, la esposa y los hijos del cual habían partido hacía ya algunos días, seguía, vestido con un disfraz que le hacía de todo punto desconocido, al representante de Guatemala.

En cuanto a Luis del Saulay y al duque de Tobar, tomaron el camino de Veracruz escoltando a doña María y a las dos jóvenes.

Don Jaime, que no quiso abandonar a su amigo, viajaba con éste en compañía de López.

Únicamente don Esteban se había quedado en la capital.

Dos días después el Velasco de la marina de guerra española, hacía rumbo a la Habana, llevando a bordo todos nuestros personajes.

El 15 de enero de 1863 se efectuaron dos bodas en la hermosa capital de la isla de Cuba: la del conde del Saulay con doña Carmen de Tobar, y la del duque de este título con doña Dolores de la Cruz, siendo testigos el embajador de España en Méjico, el general Miramón, el comandante del Velasco y el ex-representante de Guatemala, y oficiante el legado del papa.

FIN

Traducción de Luis CALVO.


[ÍNDICE]
TOMO SEGUNDO
[I.]Complicaciones.
[II.]La sorpresa.
[III.]Los prisioneros.
[IV.]Don Diego.
[V.]La cena.
[VI.]Revelación.
[VII.]El vengador.
[VIII.]Horas de sol.
[IX.]Un hombre de bien.
[X.]Amor.
[XI.]Sorpresa.
[XII.]La salida.
[XIII.]Triunfo.
[XIV.]El Palo Quemado.
[XV.]Saldo de cuentas.
[XVI.]Resolución suprema.
[XVII.]Jesús Domínguez.
[XVIII.]Principio del fin.
[XIX.]Golpe de gracia.
[XX.]Cara a cara.
[XXI.]Epílogo. El hacha.