LAS NOCHES MEJICANAS


[I]

LAS CUMBRES

No existe en el mundo región alguna que ofrezca a los deslumbrados ojos de los viajeros más deliciosas perspectivas que Méjico; sobre todo la de las Cumbres es sin disputa una de las más pasmosas y seductivamente variadas.

Las Cumbres forman una cadena de desfiladeros a la salida de las montañas, al través de las cuales y describiendo infinitas sinuosidades serpentea el camino que conduce a Puebla de los Ángeles, así apellidada por haber los ángeles, según la tradición, labrado la catedral de la misma. El camino a que nos referimos, construido por los españoles, desciende por la vertiente de las montañas formando ángulos sumamente atrevidos, y está flanqueado a derecha y a izquierda por una no interrumpida serie de empinadas aristas anegadas en azulado vapor. A cada recodo de dicho camino, suspendido, por decirlo así, sobre precipicios cubiertos de exuberante vegetación, cambia la perspectiva y se hace cada vez más pintoresca; las cimas de las montañas no se elevan una tras otra, sino que van siendo gradualmente más bajas, mientras las que quedan a la espalda se yerguen perpendicularmente.

Poco más o menos a las cuatro de la tarde del 2 de julio de 18..., en el instante en que el sol, ya bajo en el horizonte, no difundía sino rayos oblicuos sobre la tierra, calcinada por el calor del mediodía, y en que la brisa al levantarse empezaba a refrescar la abrasada atmósfera, dos viajeros, perfectamente montados, salieron de un frondoso bosque de yucas, bananos y bambúes de purpúreos penachos y se internaron en una polvorosa, larga y escalonada senda que afluía a un valle cruzado por límpido arroyo que se deslizaba al través de la hierba y conservaba fresco el ambiente.

Los viajeros, probablemente seducidos por el aspecto imprevisto de la perspectiva grandiosa que tan de improviso se ofrecía a sus ojos, detuvieron a sus cabalgaduras, y después de contemplar con admiración y por espacio de algunos minutos las pintorescas ondulaciones que en último término ofrecían las montañas, echaron pie a tierra, quitaron las bridas a sus respectivos caballos y se sentaron en la margen del arroyo con el objeto evidente de gozar, por unos instantes más, de los efectos de aquel admirable caleidoscopio, sin par en el mundo.

A juzgar por la dirección que seguían, los mencionados jinetes parecían venir de Orizaba y encaminarse hacia Puebla de los Ángeles, de cuya ciudad, por otra parte, no se encontraban muy lejos en aquel entonces.

Los dos jinetes que decimos vestían el traje de los ricos propietarios de haciendas, traje que hemos descrito con sobrada frecuencia para que aquí lo hagamos de nuevo; sólo haremos notar una particularidad característica reclamada por la poca seguridad que ofrecían los caminos en la época en que pasa la presente historia: ambos iban armados por modo formidable y llevaban consigo un verdadero arsenal; además de los revólveres de seis tiros metidos en sus respectivas fundas, llevaban otros idénticos al cinto, y empuñaban sendos fusiles de dos cañones fabricados por Devisme, el célebre armero parisiense, lo que hacía subir a veintiséis los tiros que cada uno podía disparar; esto sin contar el machete que pendía de su costado izquierdo, el cuchillo triangular que llevaban escondido en su bota derecha y el lazo o reata de cuero, colgado de la silla, a la que estaba fuertemente sujetado por una anilla de hierro cuidadosamente remachada.

Indudable era que de estar dotados de un poco de valor, a aquellos hombres les era fácil resistir sin desventaja a un número considerable de enemigos.

Por lo demás, a los dos viajeros parecía no preocuparles el aspecto agreste y solitario del sitio en que se encontraban, sino que departían alegremente semitendidos sobre la hierba y fumaban con indolencia sendos puros de la Habana.

El jinete de más edad, que frisaba con los cuarenta y cinco, si bien aparentaba a lo más alcanzar a los treinta y seis, era de estatura más que mediana, elegante, bien formado, de miembros robustos, trasunto de gran fuerza corporal, facciones abultadas y fisonomía enérgica e inteligente; tenía los ojos negros, vivos, movedizos y de mirar suave, sin embargo de lo cual de tiempo en tiempo y cuando se animaban despedían rayos que imprimían a su rostro una expresión dura y salvaje imposible de expresar; tenía la frente ancha y elevada y sensual la boca; le caía sobre el pecho, espesa y negra como la del etíope, la barba, entre cuyos pelos lucían algunas hebras de plata; la cabellera, abundosa, la llevaba echada hacia atrás y le inundaba los hombros, y su curtido cutis ostentaba el color del ladrillo; en una palabra: a juzgar por la apariencia era uno de esos hombres resueltos, inapreciables en las circunstancias críticas por la confianza que de no verse abandonados por ellos inspiran. Aunque era imposible determinar su nacionalidad, sus movimientos rápidos y sacudidos y su hablar animado, lacónico y salpicado de imágenes, parecían asignarle un origen meridional.

Su compañero, buena cosa más joven, pues no tenía más allá de veinticinco a veintiocho años, era alto, un tanto delgado y de aspecto no enfermizo, pero sí delicado; era elegante y bien formado y de pies y manos que por lo pequeños proclamaban su origen; tenía hermosas las facciones, simpática e inteligente la fisonomía, en la que llevaba impresa una profunda expresión de dulcedumbre, y sus azules ojos, rubia cabellera, y sobre todo la blancura de su cutis, le daban en continente a conocer por europeo de los climas templados recientemente desembarcado en América.

Hemos manifestado que los dos viajeros departían amigablemente, pero no que lo hiciesen en francés, su lengua materna indudablemente a juzgar por el giro de las frases y la pureza en el decir que empleaban.

—Sea V. franco, señor conde, dijo él de más edad, ¿siente haber seguido mi consejo y emprendido este viaje a caballo en compañía de éste su servidor, en lugar de verse traqueado por caminos detestables?

—Muy descontentadizo sería, respondió el joven a quien acababan de dar el tratamiento de conde; he recorrido Suiza, Italia y las márgenes del Rhin, y confieso que nunca he presenciado las deliciosas perspectivas que de algunos días a esta parte y gracias a V. tengo el placer de presenciar.

—Está V. amabilísimo; el paisaje es magnífico en efecto y sobre todo muy variado, añadió el primero con expresión sardónica que pasó inadvertida a su compañero; sin embargo, continuó, ahogando un suspiro, los he visto más hermosos.

—¿Más hermosos que éste? preguntó el conde extendiendo el brazo y trazando un semicírculo en el aire; no es posible, caballero.

—Todavía es V. joven, señor conde, repuso el primer interlocutor sonriendo tristemente; los viajes que ha hecho V. como aficionado no son sino viajes de niño. Éste le cautiva por el contraste que forma con los otros; V., que sólo ha estudiado la naturaleza desde las butacas de la ópera, ignoraba que ésta pudiese reservarle tales sorpresas, y de ahí que su entusiasmo haya de repente subido a un diapasón que le embriaga al contemplar los singulares contrastes que incesantemente se ofrecen a sus miradas; pero si, como yo, hubiese V. recorrido las altas sabanas del interior, las inmensas praderas por las que vagan en libertad los salvajes hijos de esta tierra, a quienes la civilización ha despojado, los sitios que le rodean y que con tanto amor está admirando no le inspirarían sino una sonrisa de desdén.

—Tal vez sea verdad lo que V. dice, Oliverio, contestó el joven; pero por desgracia no conozco las sabanas y las praderas de que me habla y es probable que nunca las pise.

—¿Por qué? replicó con viveza Oliverio; es usted joven, rico, vigoroso y a mi ver completamente libre; luego nada se opone a que lleve a cabo una excursión al gran desierto americano, máxime cuando para poner en ejecución este proyecto trae V. cuanto se necesita. De hacerlo, habrá V. efectuado uno de esos viajes juzgados imposibles y del cual podrá enorgullecerse al regresar a su patria.

—Bien lo quisiera, repuso el conde con ligera amargura; pero por desgracia mi viaje debe terminar en Méjico.

—¡En Méjico! exclamó Oliverio con admiración.

—Sí; sujeto al influjo de una voluntad extraña, no soy dueño de mis acciones. He venido pura y sencillamente para casarme.

—¡Qué! ¿para casarse ha venido V. a Méjico, señor conde? repuso Oliverio como quien ve visiones.

—Y de un modo prosaico, con una mujer a quien no conozco ni me conoce y que de fijo siente por mí tan poco amor como yo siento por ella; estamos emparentados, desde la cuna nos desposaron, y ha llegado el momento de cumplir la promesa hecha en nuestro nombre por nuestros padres.

—¿Luego es francesa la joven con quien va usted a casar?

—No, es española, y aun diré un sí es no es mejicana.

—¿Pero no es V. francés?

—Y de la Turena, respondió el conde sonriendo.

—Entonces, y dispénseme V. la pregunta, ¿cómo es que...?

—Es lo más natural del mundo; y como la historia no es larga y parece V. dispuesto a escucharla, voy a contársela en dos palabras. V. ya sabe que soy el conde Luis Mahiet del Saulay; mi familia, oriunda de Turena, es una de las más antiguas de esta provincia, tanto, que se remonta a los primeros francos. Según la tradición, uno de mis antepasados fue uno de los leudos del rey Clodoveo, quien le donó en pago de sus grandes y leales servicios vastas praderas rodeadas de sauces de donde tiempo después mi familia tomó su apellido. No le cito a V. este origen movido de necio orgullo, pues aunque noble de hecho y armado como tal, a Dios gracias me han inculcado ideas de progreso suficientemente latas para conocer lo que vale un título en la época presente y descubrir que la verdadera nobleza reside en absoluto en la elevación de sentimientos. Sin embargo, le he puesto al corriente de estas particularidades referentes a mi familia para que por modo claro comprendiese V. como mis antepasados, que siempre han desempeñado encumbrados destinos en las diversas dinastías que han ocupado el trono de Francia, llegaron a pertenecer a la rama segunda de una familia española en tanto permanecía francesa la rama primogénita. En tiempo de la Liga, los españoles llamados por los partidarios de los Guisas con los cuales se habían aliado contra Enrique IV, a quien no apellidaban todavía rey de Navarra, por largo espacio de tiempo estuvieron encargados de guarnecer la ciudad de París. Dispénseme si desciendo a pormenores que usted tal vez estime ociosos.

—Al contrario, señor conde, repuso Oliverio, me interesan sobremanera; hágame V. el favor de continuar.

—Como decía, prosiguió el joven, el conde del Saulay que vivía en aquel entonces, era fogoso secuaz de los Guisas, amigo íntimo del duque de Mayena, y tenía tres hijos, dos de ellos varones, que servían en las filas del ejército de la Liga, y una hija, camarista de la duquesa de Montpensier, hermana del duque de Mayena. El sitio de París fue largo, y aun levantado para anudarlo de nuevo Felipe IV, el cual acabó por comprar con dinero contante y sonante la ciudad de que desesperaba apoderarse y que le vendió el duque de Brissac, gobernador de la Bastilla por la Liga. Es de advertir que gran número de oficiales del duque de Mendoza, jefe de las tropas españolas, y aun éste mismo, tenían consigo a sus familias. En una palabra, el hijo menor de mi antepasado se enamoró de una de las sobrinas del general español y pidió y obtuvo su mano, al par que su hermana, a instancias de la duquesa de Montpensier consentía en entregar la suya a uno de los ayudantes de campo del general; y es que la solapada y política duquesa imaginaba, por medio de estas alianzas, apartar la nobleza francesa de aquél a quien ella apellidaba el Bearnés y el hugonote, y hacer sino imposible su triunfo, cuando menos retardarlo. Como indefectiblemente sucede en casos tales, los cálculos de la duquesa salieron fallidos; el rey reconquistó sus dominios y los nobles más comprometidos en los disturbios de la Liga se vieron constreñidos a seguir a los españoles en su retirada, y con ellos abandonar a Francia. Mi antepasado logró fácilmente su perdón del rey, quien más adelante se dignó conferirle un mando de importancia y admitir a su servicio al primogénito de aquél; el menor, empero, a pesar de los ruegos y de las órdenes de su padre, no quiso regresar nunca más a Francia, y se estableció definitivamente en España. Con todo, aunque separadas, las dos ramas de la familia continuaron cultivando sus relaciones y aliándose entre sí. Mi abuelo casó, durante la emigración, con una mujer de la rama española, al igual que yo voy a efectuarlo en la actualidad. Ya ve V. cuan prosaico es esto y cuan poco interesante.

—¿Y V. consentirá en unirse a ojos cerrados, por decirlo así, con una mujer a quien nunca ha visto, ni siquiera conoce?

—¿Qué quiere V.? Además mi consentimiento es inútil en este asunto; mi padre se comprometió solemnemente, y no me cabe sino honrar su palabra. Mi presencia acá demuestra que estoy dispuesto a hacerlo, añadió el joven sonriendo. De poder obrar con entera libertad, tal vez no hubiera yo pactado semejante unión; pero como por desgracia esto no dependía de mí, he debido conformarme con la voluntad de mi padre. Sin embargo, confieso a V. que educado como he sido en la continua perspectiva de ese matrimonio y sabiendo que era inevitable, poco a poco me he ido familiarizando con la idea de contraerlo; así pues el sacrificio no es para mí tan grande como pudiera V. imaginar.

—No importa, repuso Oliverio con cierta aspereza; llévese el diablo la nobleza y el dinero si tales obligaciones imponen; vale más la vida aventurera en el desierto y la independencia pobre; a lo menos uno es dueño de sí.

—Abundo en las mismas ideas; pero a pesar de esto, no me queda sino bajar la cabeza. Ahora permítame que le dirija una pregunta: ¿Cómo se explica que habiéndonos V. y yo encontrado por querer del acaso en la fonda francesa de Veracruz, en el momento de mi llegada a esta ciudad, hayamos simpatizado tan rápida e íntimamente?

—Imposible me sería decírselo a V.; su presencia me gustó a la primera mirada y sus modales me atrajeron; le ofrecí mis servicios, V. aceptó, y juntos nos pusimos en camino para Méjico, una vez en la cual nos separaremos probablemente para siempre.

—No tanto, don Oliverio, no tanto; a mí se me antoja que, muy al revés de lo que V. predice, vamos a vernos con frecuencia y que nuestras relaciones van a convertirse pronto en estrecha amistad.

—Señor conde, repuso Oliverio moviendo repetidas veces la cabeza, V. es noble, rico y ocupa una elevada posición en la sociedad; yo no soy sino un aventurero cuyo pasado ignora V. y cuyo nombre apenas conoce, dando por sentado que él que llevo en este instante sea el mío verdadero; nuestras posiciones respectivas son muy distintas: entre V. y yo existe una línea de demarcación demasiado claramente trazada para que podamos tratarnos de tú a tú. Al encontrarnos de nuevo en medio de las exigencias de la vida civilizada, a no tardarme convertiría en una carga para V.; y esto se lo digo yo, que tengo más edad y más experiencia que no usted respecto del mundo; no insista pues en este punto, y en provecho de los dos permanezcamos cada uno en el sitio que nos corresponde. En la actualidad más soy guía que no amigo, y esta posición es la única que me conviene.

El conde se disponía a replicar a Oliverio, pero éste le asió el brazo con viveza y le dijo:

—Silencio, escuche V.

—Nada oigo, dijo el joven después de haber prestado atención por espacio de algunos segundos.

—No es extraño, repuso Oliverio sonriendo, sus oídos no recogen como los míos todos los ruidos que turban la quietud del desierto: del lado de Orizaba se acerca a todo correr un coche que sigue el mismo camino que nosotros; pronto le verá V. parecer; percibo claramente el retintín de los cascabeles de las mulas.

—Será la diligencia de Veracruz, en la que van mis criados y mis equipajes y a la que precedemos de algunas horas.

—Tal vez, pero me admiraría de que nos hubiese alcanzado tan pronto.

—¿Qué nos importa? dijo el conde.

—Nada en verdad si realmente es la diligencia, respondió el otro tras unos instantes de reflexión; pero por lo que pudiera tronar, bueno es precavernos.

—¡Precavernos! ¿y por qué? repuso el joven con extrañeza.

Oliverio lanzó una mirada de expresión singular a su interlocutor, y respondió:

—Todavía no sabe V. la A de la vida americana: en Méjico la primera ley de la existencia es prevenirse contra las eventualidades probables de una emboscada. Sígame V. y obre conforme me vea obrar.

—¿Vamos a escondernos acaso?

—¡Caramba! exclamó Oliverio encogiendo los hombros.

Y sin proferir nueva palabra, se acercó éste a su caballo, le puso otra vez la brida y se subió sobre la silla con ligereza y garbo que denotaban grandísima práctica, y luego partió al galope hacia un bosquecillo de liquidámbares que se hacía a unos cien metros de distancia.

El conde, dominado a pesar suyo por el ascendiente que Oliverio había tomado sobre él a causa de la singular conducta que observara desde que viajaban juntos, a su vez montó a caballo y se encaminó hacia el bosque.

—Ahora aguardemos, dijo el aventurero cuando ambos estuvieron al abrigo de los árboles; y al cabo de algunos minutos tendió el brazo en dirección del bosquecillo que ellos mismos abandonaron dos horas antes, y añadió lacónicamente: mire V.

El conde volvió maquinalmente la cabeza hacia la dirección indicada y vio salir de entre los árboles unos diez jinetes de tropas irregulares armados de sables y lanzas, quienes penetraron a galope en el valle y tomaron hacia el primer desfiladero de las Cumbres.

—¡Soldados del presidente! ¿qué significa esto? murmuró el joven.

—Aguarde V., repuso el aventurero.

Pronto se oyó claramente el rodar de un carruaje y casi al punto pareció una berlina arrastrada vertiginosamente por un tiro de seis mulas.

—¡Maldición! exclamó el aventurero con ademán de cólera al ver el coche.

El conde miró a su compañero, el cual estaba pálido como un difunto y temblaba convulsivamente de pies a cabeza, y le preguntó con interés:

—¿Qué tiene V.?

—Nada, respondió con aspereza Oliverio.

Detrás del coche, a corta distancia y al galope, seguía otro pelotón que a su paso levantaba nubes de polvo.

Luego jinetes y berlina se internaron en el desfiladero en el cual no tardaron en desaparecer.

—¡Diablo! dijo el joven riendo, a eso llamo yo viajeros prudentes; no hay temor de que los salteadores les desbalijen.

—¿Le parece? repuso Oliverio con ironía mordaz. Pues mire V., se equivoca de medio a medio; antes de una hora se verán atacados, y probablemente por los soldados pagados para que les defiendan.

—¡Bah! es imposible.

—¿Quiere V. verlo?

—Hombre, sí; por la rareza del caso.

—Lo único que le advierto es que ande V. prevenido, pues tal vez tengamos que quemar algunos cartuchos.

—Ya lo supongo.

—¿Luego está V. dispuesto a defender a los viajeros de la berlina?

—Si les atacan, sí.

—Repito que les atacarán.

—Entonces lucharemos.

—Está bien, ¿Es V. buen jinete?

—No se desasosiegue V. por mí.

—Entonces a la buena de Dios. No nos queda sino el tiempo indispensable para llegar; vigile V. bien su caballo, porque por mi alma le juro que vamos a dar una carrera como nunca ha visto V.

Los dos jinetes se inclinaron sobre el cuello de sus cabalgaduras, y soltando la brida al mismo tiempo que hundían las espuelas, se lanzaron tras las huellas de los viajeros.


[II]

LOS VIAJEROS

En la época en que se desenvuelve nuestra historia, Méjico pasaba una de esas crisis terribles, cuyas repeticiones periódicas han reducido poco a poco a esta desventurada nación al extremo en que hoy se encuentra y del que no tiene fuerzas para salir[1]. Ahí en dos palabras los hechos tal cual acaecieron.

El general Zuloaga, nombrado presidente de la república, un día, no se sabe por qué, halló la carga del poder demasiado pesada para sus hombros y abdicó a favor del general D. Miguel Miramón, quien, en virtud de tal abdicación, fue exaltado a la presidencia interina. Éste, enérgico y sobre todo muy ambicioso, había empezado a gobernar en Méjico, cuidando ante todo de hacer aprobar su nombramiento de supremo magistrado de la nación por el Congreso y por el Ayuntamiento, que le eligieron por unanimidad.

Miramón se encontraba, pues, de hecho y de derecho presidente interino legítimo, o si decimos para el tiempo que todavía faltaba discurrir antes de las elecciones generales.

Bien o mal y durante no corto periodo de tiempo, marcharon de esta suerte los asuntos; pero Zuloaga, cansado sin duda de la oscuridad en que vivía, a lo mejor mudó de consejo, y de improviso y en el momento en que menos lo pensaban los mejicanos, dio una proclama al pueblo, se puso en connivencia con los partidarios.

Miramón, a quien no hizo gran mella esta insólita declaración, apoyado como estaba en el derecho que creía asistirle y que el Congreso había sancionado, se encaminó solo a casa del general Zuloaga, se apoderó de él y le obligó a seguirle, diciéndole con burlona sonrisa:

—Ya que V. desea recobrar el poder, voy a enseñarle de qué modo se llega a presidente de la república.

Y conservándole en rehenes, al par que le trataba con cierta consideración y con exquisita finura, le obligó a acompañarle en una campaña que emprendió en las provincias del interior, del lado de Guadalajara, contra los generales del partido contrario que, como hemos manifestado ya, habían tomado el nombre de constitucionales.

Zuloaga no opuso la menor resistencia; pareció resignarse con su suerte y aceptó las consecuencias de su posición hasta el extremo de quejarse a Miramón porque no le confería un mando en su ejército. El presidente interino cayó en el lazo y prometió a aquél que al librarse la primera batalla satisfaría sus deseos; pero a lo mejor, Zuloaga y los ayudantes de campo que le dieran, más para vigilarle que para hacerle los honores de general, desaparecieron de súbito, sabiéndose al cabo de algunos días que se habían acogido al amparo de Juárez, desde donde Zuloaga empezó a protestar de nuevo y con la mayor energía contra la violencia de que fuera víctima y a expedir decretos contra Miramón.

Juárez era un indio cauteloso, astuto y disimulado hasta la exageración; político hábil, fue el único presidente de la república que desde la declaración de la independencia no perteneció al ejército. Nacido en humildísima cuna, a fuerza de tenacidad se elevó escalón a escalón a la suprema magistratura, y conocedor como él que más del carácter de la nación a la cual pretendía gobernar, nadie como él sabía halagar las pasiones populares, excitar el entusiasmo de la plebe. Dotado de una ambición desmedida que escondía cuidadosamente bajo las apariencias de un amor entrañable por su patria, había conseguido crearse poco a poco un partido, formidable en la época de que hablamos. El presidente constitucional había organizado su gobierno en Veracruz, y desde su gabinete y con ayuda de sus generales guerreaba contra Miramón.

Juárez, aunque no reconocido por otra potencia que los Estados Unidos, obraba cual si hubiese sido el verdadero y legítimo depositario del poder de la república; la adhesión de Zuloaga, a quien despreciaba desde lo íntimo de su corazón por su cobardía y por su ineptitud, le proporcionó el arma que necesitaba para llevar sus proyectos a feliz remate; le convirtió, digámoslo así, en bandera de su partido, pretendiendo que Zuloaga debía ante todo ser repuesto en el poder de que se viera violentamente arrebatado por Miramón, y que luego se procediese a nuevas elecciones. Por su parte, Zuloaga no titubeó en reconocerle solemnemente como presidente único, legítimamente proclamado por la elección libre de sus ciudadanos.

El problema estaba planteado con toda claridad: Miramón representaba al partido conservador, o si decimos al partido del clero, de los propietarios más acaudalados y de los comerciantes ricos; Juárez al partido democrático absoluto.

La guerra tomó entonces proporciones formidables.

Por desgracia para guerrear se necesita dinero y esto era lo que faltaba completamente a Juárez; el cual carecía de él por las razones que van de seguida: en Méjico la fortuna pública no está concentrada en las manos del gobierno, sino que cada Estado, cada provincia dispone y maneja los fondos particulares de las poblaciones que constituyen su territorio, de modo que en lugar de depender del gobierno las provincias, el gobierno y la metrópoli son los que sufren el yugo de éstas; las cuales, cuando se sublevan, suspenden los subsidios y colocan al poder en una situación crítica. Demás, las dos terceras partes de la fortuna pública están concentradas en manos del clero, que se guarda muy bien de desprenderse de sus riquezas. Éste, que no paga impuesto ni obligación de ninguna especie, se limita a prestar su dinero a un tipo usurario, con lo que aumenta sus riquezas sin que nunca corra riesgo de perder su capital.

Juárez, si bien dueño de Veracruz, se encontraba pues en situación muy apurada; pero como era hombre fecundo en medios, el hallar dinero no le puso en aprieto. Lo primero que hizo fue apoderarse de la aduana de dicha ciudad, luego organizó cuadrillas o guerrillas que sin escrúpulo alguno asaltaban las haciendas de los secuaces de Miramón, españoles establecidos en la república, ricos casi todos ellos, y las de los extranjeros de todas las naciones en las moradas de los cuales había donde clavar las uñas. Las mencionadas guerrillas no limitaron ahí sus hazañas, sino que extendieron el campo de sus operaciones a los caminos, desbalijando a los viajeros y asaltando los convoyes.

No vigorizamos los colores del cuadro, muy al contrario, los suavizamos; más para ser justos, debemos añadir que por su lado Miramón no ponía reparo en echar mano de los mismísimos medios siempre que se le ofrecía ocasión propicia, si bien tales ocasiones eran raras, ya que su posición no ofrecía las ventajas que la de Juárez para sacar abundante pesca de aquel río revuelto.

Cierto es que los guerrilleros al parecer obraban por su propia cuenta y que públicamente su conducta merecía la reprobación de ambos gobiernos, que en ocasiones fingían perseguirlos hasta con crueldad, pero el velo era tan transparente que nadie se llamaba a engaño.

De esta suerte Méjico se encontraba transformado de hecho en una inmensa caverna de bandidos, en la que la mitad de la población robaba y asesinaba a la otra mitad. Tal era la situación política de aquella desventurada nación en la época a que nos referimos; después, es dudoso que haya cambiado, a no ser para empeorar[2].

El día mismo en que da comienzo nuestra historia, en el momento en que el sol todavía debajo del horizonte empezaba a rayar el oscuro azul del firmamento con deslumbradores haces de púrpura y oro, un rancho, labrado de cañas y aunque vasto parecido a una jaula de gallinas, ofrecía un aspecto animadísimo muy singular en hora tan matinal.

El mencionado rancho, construido en medio de un campo feraz y en situación deliciosa a contados pasos del Rincón Grande, hacía poco lo habían transformado en venta para refugio de los viajeros a quienes les sorprendiera la noche o que, por la razón que fuere, preferían detenerse en ella en vez de continuar hasta la ciudad.

En un espacio de terreno bastante capaz que delante de la venta habían dejado libre se veían amontonados en semicírculo los fardos de muchos convoyes de mulas, y en el centro del semicírculo, los arrieros, acurrucados alrededor de una fogata, acecinaban tasajo para su almuerzo o remendaban las albardas de sus animales que, distribuidos en grupos, comían su pienso de maíz colocado sobre frazadas tendidas en el suelo. Al lado de una diligencia que por causa de una avería en una de sus ruedas tuvo que detenerse en la venta, se veía una berlina atestada de maletas. Gran número de viajeros, que habían pasado la noche al raso envueltos en sus sarapes, empezaban a despertarse, mientras otros iban de acá para allá fumando sendos papelitos; otros, más activos, habían ya ensillado sus caballos y se alejaban al galope en distintas direcciones.

Poco después, el mayoral de la diligencia salió de debajo de su coche donde durmiera escondido en la hierba, echó pienso a sus mulas, curó las heridas que a éstas produjeran los arreos, las unció, y luego se puso a llamar uno a uno a los viajeros; los cuales, despertados por los gritos de aquél, salieron todavía medio dormidos de la venta y se encaminaron a ocupar su sitio en la diligencia. Dichos viajeros eran nueve, y de ellos solamente dos vestían a la europea y a tiro de ballesta se descubría que eran franceses. Los demás ostentaban el traje mejicano y parecían ser verdaderos hijos del país.

En el momento en que el mayoral, americano del norte de pura raza, después de haber logrado, a fuerza de reniegos yankees entreverados de español chapurrado, encajonar bien o mal a los viajeros, empuñó las riendas para emprender la marcha, se oyó el galopar de muchos caballos acompañado de chischás de sables, y una tropa de jinetes vestidos casi a lo militar, aunque muy desastradamente, se detuvo delante del rancho. Dicha tropa, compuesta de unos veinte hombres de facha patibularia, iba al mando de un alférez o subteniente tan miserablemente vestido como sus soldados, pero mucho más bien armado.

Dicho oficial era de elevadísima estatura, enjuto de carnes, amojamado y nervioso, bizco, de fisonomía socarrona, y de color de hollín.

—¡Hola, compadre! gritó al mayoral, temprano se pone V. en camino.

El yankee, tan insolente pocos minutos antes, cambió súbitamente de modales; se inclinó humildemente, contrajo los labios a impulsos de la risa del conejo, y con voz lánguida y meliflua y afectando una alegría que probablemente no experimentaba, respondió:

—¡Válgame Dios! Es el señor don Jesús Domínguez. ¡Vaya un feliz encuentro! no esperaba yo tamaña dicha esta mañana. ¿Acaso viene su señoría para escoltar la diligencia?

—Hoy no; otro deber me trae.

—Razón tiene su señoría; mis viajeros no merecen una escolta tan honorable; son costeños al parecer no muy ricos. Además, me veré obligado a detenerme a lo menos tres horas en Orizaba para recomponer mi coche.

—Entonces adiós y el diablo cargue contigo, repuso el oficial.

El mayoral vaciló un instante, luego, en vez de obedecer la orden de marcha, se bajó rápidamente de su asiento y se acercó al alférez, quien preguntó:

—¿Tiene V. que comunicarme alguna noticia, compadre?

—Una, señor, respondió el mayoral con sonrisa falsa.

—¡Ah! repuso el otro; ¿y qué noticia es esa? ¿buena o mala?

—El Rayo se encuentra más adelante en el camino de Méjico.

Al oír esta revelación el oficial se estremeció imperceptiblemente, pero serenándose al punto, replicó:

—Se equivoca V., compadre.

—Como que le vi como le estoy viendo a usted en este instante.

—Está bien, repuso el oficial, después de uno o dos minutos de meditación; tomaré las precauciones del caso. ¿Y los viajeros que V. conduce...?

—Son unos infelices petates; aparte de dos criados de un conde francés cuyas maletas y cajas llenan por sí solas todo el coche, los demás no merecen que se ocupen en ellos. ¿Tiene V. la intención de visitarles?

—Todavía no lo he decidido; veré, lo reflexionaré.

—Obre V. como más bien le parezca; y ahora dispénseme que le deje, señor don Jesús, pues mis viajeros se impacientan y es menester que me ponga en marcha.

—Vaya V. con Dios.

El mayoral se encaramó a su asiento, zurriagó a las mulas y la diligencia partió con rapidez poco tranquilizadora para los que iban en ella y corrían peligro de romperse los huesos a cada revuelta de carretera.

Tan pronto se encontró solo, el oficial se acercó al ventero, que estaba ocupado en medir maíz a algunos arrieros, y le interpeló con altivez.

—¡Eh! le preguntó, ¿no cobija V. en esta casa a un caballero español y a una dama?

—Sí, respondió el ventero, descubriéndose con temeroso respeto; sí, señor oficial, ayer, un poco después de ponerse el sol, llegó un caballero ya entrado en años acompañado de una joven dama en la berlina esa que ve V. ante la puerta del rancho; traían consigo una escolta. Según los soldados, vienen de Veracruz y se dirigen a Méjico.

—Esto es; a mí me han enviado para que les escolte hasta Puebla de los Ángeles; pero a lo que parece no les apresura ponerse en marcha. Sin embargo, la jornada es larga y no harían mal en darse prisa.

En aquel instante se abrió una puerta interior y entró en la sala común un hombre ricamente ataviado, el cual se levantó ligeramente el sombrero, pronunció la frase sacramental Ave María purísima, y se acercó al oficial, quien, al verle, había avanzado a su encuentro.

Este nuevo personaje era hombre de unos cincuenta y cinco años de edad, todavía lozano, de estatura alta y elegante, nobles y hermosas facciones y fisonomía franca y bondadosa.

—Soy don Antonio de Carrera, dijo el recién llegado, dirigiéndose al oficial; oí las palabras que dirigió V. al ventero, y si no me engaño yo soy la persona a quien tiene V. el encargo de escoltar.

—En efecto, caballero, contestó cortésmente el alférez, el nombre que V. ha pronunciado es el mismo que va escrito en la orden que traigo; estoy completamente a su disposición para lo que guste mandar.

—Gracias, señor; mi hija se encuentra delicada de salud, y de ponernos en camino tan temprano temería perjudicarla; si no halla V. inconveniente permaneceremos aquí algunas horas más, hasta después del almuerzo, al que espero nos concederá la honra de acompañarnos.

—Le doy a V. un millón de gracias, caballero, repuso el oficial, inclinándose cortésmente; pero siendo como soy un grosero, mi sociedad sería muy poco grata para una dama; dispénseme V. pues si rehúso su galante invitación, que le agradezco lo mismo que si la aceptara.

—No insisto, señor, por más que me hubiera complacido tenerle a nuestro lado. ¿Así pues, quedamos en que vamos a pasar aquí todavía algunas horas?

—Cuantas le parezca bien, señor; ya le he dicho que estoy a sus órdenes.

Después de este cambio mutuo de cumplidos los dos interlocutores se separaron; el anciano se fue hacia el interior del rancho y el oficial se salió para instalar el vivaque de sus soldados.

Éstos se apearon, arrendaron sus caballos a sendas estacas y empezaron a vagar de acá para allá fumando y mirándolo todo con la recelosa curiosidad peculiar de los mejicanos.

El oficial dijo algunas palabras al oído de un soldado; el cual, en lugar de seguir el ejemplo de sus compañeros, se subió otra vez a caballo y partió al galope.

A cosa de las diez de la mañana, los criados de don Antonio Carrera uncieron los caballos a la berlina, y poco después salió el anciano dando el brazo a una dama de tal suerte envuelta en su toca y en su manto que era de todo punto imposible descubrir ninguna de sus facciones ni hacer conjetura alguna respecto de la gentileza de su talle.

Tan buen punto la dama estuvo cómodamente instalada en la berlina, don Antonio se volvió hacia el oficial, que se había acercado apresuradamente a él, y le dijo:

—Señor teniente, podemos partir cuando V. quiera.

Don Jesús se inclinó.

La escolta se subió a caballo; el anciano tomó asiento en la berlina, y una vez cerrada la portezuela por un criado que se colocó al lado del cochero, otros cuatro criados bien armados se pusieron en línea detrás del coche.

—¡En marcha! gritó el oficial.

La mitad de la escolta se situó a vanguardia, la otra mitad formó a retaguardia, el cochero azotó los caballos, y coche y jinetes desaparecieron al galope en medio de una nube de polvo.

—¡Dios le proteja! murmuró el ventero persignándose y haciendo saltar en la mano dos onzas de oro que le había dado don Antonio; es todo un noble caballero el anciano ese; por desgracia don Jesús Domínguez va con él y temo que su escolta le sea fatal.

[1] Al escribir en 1868 y a raíz de graves sucesos Gustavo Aimard la presente obra, las apreciaciones que dicho novelista vierte en este párrafo eran congruentes hasta cierto punto. Por fortuna Méjico camina hoy por una senda que en plazo no lejano debe conducirla a la meta de la prosperidad. (N. del T.) de Juárez, quien, como vicepresidente que era cuando la abdicación de Zuloaga, no había reconocido al presidente que a éste sustituyera y se había hecho elegir, por una junta sediciente nacional, presidente en Veracruz, y publicó un decreto en el cual anulaba su abdicación y retiraba a Miramón los poderes que le confiriera para ejercerlos de nuevo él mismo.

[2] Repetimos aquí lo que en la nota precedente. (N. del T.)


[III]

LOS SALTEADORES

La berlina seguía adelante, rodeada de su escolta, camino de Orizaba; pero a poca distancia de esta ciudad dobló a un lado y por una trocha penetró de nuevo en el camino de Puebla y avanzó hacia los desfiladeros de las Cumbres.

Mientras la berlina corría a escape por la polvorosa carretera, los dos viajeros que en ella iban sostenían un coloquio.

La dama que acompañaba al anciano tenía a lo más dieciséis o diecisiete años; de correctas y delicadas facciones, ojos rodeados de largas pestañas que al entornarse trazaban un oscuro semicírculo en sus aterciopeladas mejillas, nariz recta de rosadas y movibles ventanillas, boca diminuta cuyos coralinos labios al entreabrirse descubrían la doble sarta de perlas de sus dientes, barbilla dividida en dos por un hoyuelo, cutis pálido el mate de cuya blancura aumentaban los sedosos rizos de una cabellera de azabache que le encuadraba el rostro y se le desparramaba por los hombros, asumía uno de esos aspectos singulares y simpáticos como únicamente los producen Las tierras equinocciales, y que, no obstante carecer de la delicadeza de contornos de las endebles beldades de los fríos climas del norte, tienen ese irresistible atractivo que hace soñar el ángel en la mujer e impone no sólo el amor, sino también la adoración.

Graciosamente ovillada en un rincón de la berlina y semiescondida en oleadas de gasa, dejaba vagar con ademán pensativo su mirada por el campo y sólo respondía con monosílabos y gesto distraído a las palabras que le dirigía su padre.

El anciano, aunque fingía cierta tranquilidad de espíritu, al parecer no las tenía todas consigo.

—Ya ve V. que esto no se presenta claro, Dolores, decía don Antonio; a pesar de las reiteradas afirmaciones de los jefes del gobierno de Veracruz y de la protección de que hacen alarde de rodearme, no tengo maldita la confianza en ellos.

—¿Por qué, padre? preguntó con indolencia la joven.

—Por un sin fin de razones, y la primera y principal porque soy español. Usted ya sabe que por desgracia en los tiempos que atravesamos, esta cualidad no contribuye sino a aumentar el odio que los mejicanos llevan a los europeos en general.

—Demasiado cierto es lo que V. dice, padre, pero permítame que le dirija un ruego.

—Diga V.

—Pues bien, quisiera que me hiciese sabedora de las apremiantes causas que le han obligado a abandonar súbitamente Veracruz y emprender este viaje conmigo sobre todo, a quien nunca se lleva en sus excursiones.

—Es muy sencillo, hija mía; intereses de monta reclaman mi presencia en Méjico, a donde debo trasladarme cuanto antes; por otra parte, el horizonte político se ennegrece más cada día, y he reflexionado que la estancia en nuestra hacienda del Arenal podría dentro de poco hacerse peligrosa para nuestra familia. He determinado pues, después de haberla dejado a V. en Puebla en casa de nuestro pariente don Luis de Pezal, de quien es V. ahijada muy querida, llegarme hasta el Arenal, recoger allí al hermano de V., Melchor, y llevármelos a Vds. dos a la capital, donde fácilmente podremos hallar una protección eficaz, en el caso, por desgracia facilísimo de prever, en que ocurriera, no una nueva revolución, pues estamos sufriendo una hace ya mucho tiempo, sino un cataclismo que derribaría de repente al poder constituido para poner en su lugar él de Veracruz.

—¿Y éste es el único motivo que le impulsó a V., padre? preguntó la joven inclinándose ligeramente y sonriendo con suavidad.

—¿Qué otro pudiera ser, querida Dolores?

—No sé, por eso se lo pregunto.

—Es V. una niña curiosa, repuso el anciano, riendo y amenazando con el dedo a su hija; V. quisiera que le descubriera mi secreto.

—¿Conque hay un secreto?

—¿Quién sabe? pero en cuanto al particular tendrá V. que resignarse, pues no diré palabra.

—¿De veras, padre?

—Formal.

—Entonces no insisto, pues me consta que cuando toma V. estos humos y frunce el ceño, es inútil machacar.

—¡Ah locuela!

—Pero lo mismo da; sin embargo, me hubiera gustado saber por qué emprendió V. este viaje bajo un nombre supuesto.

—Respecto a esto voy a decírselo a V. de mil amores; mi nombre es demasiado conocido y extendida, por demás, mi fama de hombre rico para aventurarme a ostentarlo por los caminos estando éstos como están infestados de salteadores.

—¿Es ésta la única causa?

—La única, hija mía, y a mi ver bastante poderosa para obligarme a obrar como he obrado.

—Está bien, repuso Dolores moviendo la cabeza con ademán embotijado; y luego, transcurrido un instante, preguntó de improviso: padre, ¿no le parece a V. que el coche va más despacio?

—Tienes razón, respondió el anciano; ¿qué significa esto?

Don Antonio bajó el cristal y sacó la cabeza por la ventanilla, pero nada vio de particular.

En aquel instante la berlina se internaba en el desfiladero de las Cumbres, y la carretera describía tantas revueltas, que la vista no podía extenderse más allá de veinticinco a treinta pasos hacia delante o hacia atrás.

El padre de la dama llamó entonces a uno de los criados que iban a la zaga, y le preguntó:

—¿Qué ocurre, Sánchez? me parece que no andamos tan aprisa.

—Es cierto, señor amo, respondió el interpelado; desde que hemos dejado el llano caminamos más despacio, sin que me explique la causa; los soldados de nuestra escolta parecen estar recelosos, cruzan palabras en voz baja y miran continuamente en torno de sí; es palmario que temen algún peligro.

—¿Acaso intentarían atacarnos los salteadores o los guerrilleros que infestan los caminos? dijo el anciano con mal disimulada zozobra; infórmese V., Sánchez. El sitio estaría bien escogido para una sorpresa; sin embargo, nuestra escolta es numerosa, y a menos que esté en connivencia con los bandidos, dudo que éstos se atrevan a cerrarnos el paso. Vaya V., Sánchez, vaya; interrogue con destreza a los soldados y vuelva para decirme lo que haya sabido.

El criado saludó, tiró de la brida para dejar que se adelantase el coche, y se dispuso a cumplir la comisión que su amo acababa de confiarle; pero casi al punto se reunió de nuevo a don Antonio.

—Estamos perdidos, señor amo, dijo Sánchez con las facciones descompuestas, voz jadeante, que silbaba al pasar por entre sus dientes apretados por el terror, y con el rostro cubierto de palidez cadavérica.

—¡Perdidos! exclamó don Antonio, experimentando una sacudida nerviosa y fijando en su hija, enmudecida por el espanto, una mirada en que se reflejaba todo el amor paternal. ¡Perdidos! V. está loco, Sánchez; a ver, explíquese.

—Es inútil, mi amo, respondió el infeliz con voz entrecortada. Ahí llega el señor don Jesús Domínguez, el jefe de la escolta, quien indudablemente viene a participar a V. lo que ocurre.

—Que venga, repuso don Antonio; por terrible que sea, vale más conocer la realidad que no experimentar una ansiedad semejante.

La berlina se había detenido en una especie de plataforma de unos cien metros cuadrados; don Antonio tendió una mirada fuera del coche y continuó viendo la escolta alrededor de éste; lo único que notó fue que en lugar de veinte jinetes había cuarenta.

El anciano comprendió que se encontraba cogido en una emboscada, que el resistir sería locura, y que para salvarse no le cabría sino someterse. No obstante, como a pesar de su edad estaba todavía en el pleno de sus fuerzas y tenía el carácter enérgico y el alma resuelta, no se dio por vencido de buenas a primeras, sino que determinó sacar el mejor partido posible de su enojosa posición.

Después de haber besado con ternura a su hija, y recomendado que permaneciese inmóvil y para nada interviniese en lo que iba a pasar, en lugar de quedarse en la berlina, don Antonio abrió la portezuela y se apeó con ligereza empuñando un revólver en cada mano.

Los soldados, aunque sorprendidos de esta acción, no hicieron ademán alguno para oponerse a ella y guardaron impasibles el orden de formación en que se encontraban.

Por lo que toca a los cuatro criados del viajero, acudieron sin vacilación a colocarse detrás de éste, con la carabina preparada y prontos a hacer fuego a la primera orden de su amo.

Sánchez había dicho la verdad: don Jesús Domínguez llegaba al galope, pero no solo, sino acompañado de otro jinete.

Este último, que vestía suntuoso uniforme de coronel del ejército regular, era hombre de baja estatura, rechoncho, de facciones lúgubres, bizco y de piel que por su color cobrizo descubría al indio de pura raza.

En el mencionado lúgubre personaje, a quien el viajero viera dos o tres veces en Veracruz, conoció éste inmediatamente a don Felipe Neri Irzabal, uno de los jefes guerrilleros del partido de Juárez; así es que no sin estremecerse de terror aguardó don Antonio la llegada de los dos jinetes. Sin embargo, cuando éstos se encontraron a pocos pasos de la berlina, en lugar de permitirles que le interrogasen, fue él quien primero tomó la palabra.

—¡Hola, caballeros! exclamó con voz altanera, ¿qué significa esto y por qué me obligan Vds. a interrumpir de esta suerte mi viaje?

—Va V. a saberlo, querido señor, respondió con zumba el guerrillero, y para que desde luego sepa a qué atenerse, en nombre de la patria le arresto.

—¿Que V. me arresta? ¿Usted? exclamó el anciano; ¿y con qué derecho?

—¿Con qué derecho? repuso el coronel con fisga de mal agüero. ¡Vive Cristo! que de convenirme podría responder a V. que es con el derecho del más fuerte, y me parece que la razón sería perentoria.

—Efectivamente, replicó el viejo con voz burlona, y supongo que es la única que puede V. invocar.

—Pues se equivoca V., señor mío; no la invocaré; si le arresto es por espía y reo de alta traición.

—¿Está V. en su juicio, señor coronel? ¡Yo, espía y traidor!

—Hace ya mucho tiempo que el gobierno del excelentísimo señor presidente Juárez no le pierde a V. de vista, y como le han vigilado todos los pasos, se sabe por qué ha salido V. tan precipitadamente de Veracruz y qué le lleva a Méjico.

—Me dirijo a Méjico para asuntos comerciales, y esto lo sabe el presidente, como lo demuestra él que de propio puño haya firmado mi salvoconducto y él que voluntariamente y sin que yo la solicitase me haya cedido la escolta que me acompaña.

—Verdad es cuanto V. dice, señor; nuestro magnánimo presidente, a quien siempre repugnan las medidas rigurosas, no quería hacerle arrestar, sino que en consideración a las canas que V. peina, prefería dejarle los medios de escaparse; pero la última traición de V. ha llenado la medida, y aunque de mala gana ha conocido la necesidad de obrar con mano fuerte. Aquí donde me ve, yo he recibido la orden de perseguir y arrestar a V., y le arresto.

—¿Y podría saber de qué traición se me acusa?

—Señor don Andrés de la Cruz, respondió el coronel, nadie como V. debe saber los motivos que le han inducido a sustituir su nombre con él de don Antonio de Carrera.

Don Andrés, pues tal era en realidad su nombre, quedó aterrado al oír a don Felipe Neri Irzabal; pero no porque se sintiese culpado, pues la sustitución se había efectuado con el consentimiento del presidente; le perturbó la doblez de los hombres que le detenían, los cuales, a falta de otras razones, echaban mano de ésta para hacerle caer en un lazo infame a fin de apoderarse de una fortuna que hacía mucho tiempo codiciaban.

Con todo, don Andrés recobró su presencia de ánimo, y dirigiéndose de nuevo al guerrillero, dijo:

—Mire V. lo que hace, señor coronel; yo no soy un cualquiera, y no dejaré que se me expolie impunemente; en Méjico hay un embajador español que me amparará en mis derechos.

—No sé qué quiere V. decir, contestó imperturbablemente don Felipe; si se refiere V. al señor Pacheco, me parece que su protección le reportará poco provecho, ya que el caballero ese que se da el título de embajador extraordinario de la reina de España ha juzgado conveniente reconocer el gobierno del traidor Miramón. Nosotros, pues, nada tenemos que ver con él; su influjo con el presidente nacional es completamente nulo. Demás, no he venido para discutir con V., sino para arrestarle, y le arresto sobrevenga lo que sobreviniere. ¿Quiere V. rendirse o pretende acaso oponer una resistencia inútil? Responda V.

Don Andrés fijó la mirada en los hombres que le rodeaban, y comprendiendo que fuera de sus criados no podría esperar socorro o apoyo de nadie, dejó caer sus revólveres a sus pies, cruzó los brazos y dijo con voz firme:

—Cedo a la fuerza; pero ante todos los que me rodean protesto contra el acto de violencia de que soy víctima.

—Dueño es V., mi querido señor, de protestar cuanto quiera, repuso el coronel; a mí poco me importa. Luego dirigiéndose a don Jesús Domínguez, que tranquilo, impasible e indiferente había asistido a la escena que hemos descrito, añadió: sin pérdida de tiempo hay que registrar minuciosamente el equipaje y sobre todo los papeles del prisionero.

—Muy bien urdido, dijo el anciano encogiendo los hombros; por desgracia tarde piache, caballero.

—¿Qué quiere V. decir? preguntó don Felipe.

—Nada, sino que el dinero y los valores que Vds., pensaban hallar en mis maletas, no están; les conozco a Vds. demasiado, señor, para no haberme prevenido contra lo que en este instante me está pasando.

—¡Maldición! exclamó el guerrillero golpeando con el puño el pomo de su arzón; pero oye, gachupín del diablo, no creas que vas a salir librado a tan poca costa, pues aun cuando deba desollarte vivo, sabré dónde has escondido tus tesoros, te lo juro.

—Pruébelo V., replicó con ironía don Andrés volviéndose de espaldas al guerrillero.

El bandido acababa de revelarse; el coronel, después del exabrupto a que le llevara su avaricia, ya no tenía que guardar miramiento alguno para con aquel a quien pretendía despojar por modo tan audazmente cínico.

—Ello lo veremos, dijo; e inclinándose hasta el oído de don Jesús, le estuvo hablando durante algunos minutos.

Indudablemente los dos bandidos estaban concertando entre sí las medidas más eficaces para constreñir al español a revelar su secreto y a someterse a su voluntad.

—Don Andrés, dijo el coronel al cabo de un instante y con fisga nerviosa, ya que es como V. dice, sería para mí cargo de conciencia interrumpir su viaje; antes de tomar la vuelta de Veracruz iremos juntos hasta su hacienda del Arenal, donde podremos hablar de negocios más cómodamente que en este sitio; lo ruego pues se sirva subirse otra vez a la berlina, y anudar la marcha, máxime cuando su hechicera hija de V., Dolores, indudablemente necesita tranquilizarse.

El anciano, que comprendió el terrible alcance de la amenaza que acababa de dirigirle el bandido, palideció, fijó la mirada en el cielo e hizo un movimiento como para acercarse al coche; pero en el instante mismo se oyó un galope furioso, los soldados abrieron filas despavoridos y un jinete penetró a escape y como el huracán en medio del círculo que se había formado alrededor de la berlina.

Dicho jinete, que llevaba el rostro completamente cubierto con un velo negro, detuvo prontamente a su caballo, y fijando en el guerrillero los ojos, que brillaban cual encendidas brasas al través de los agujeros del velo que le ocultaba, preguntó con voz lacónica y amenazadora:

—¿Qué pasa aquí?

Con arranque instintivo el guerrillero tiró de la brida a su cabalgadura y, sin responder palabra, la hizo retroceder; los soldados y don Jesús Domínguez se santiguaron con terror y murmuraron:

—¡El Rayo! ¡El Rayo!

—Les interrogué a Vds., dijo el desconocido después de algunos segundos de espera.

Los cuarenta y tantos hombres que le rodeaban inclinaron la frente, y haciéndose atrás poco a poco ensancharon considerablemente el círculo, al parecer no muy deseosos de entablar conversación con aquel misterioso personaje.

Don Andrés recobró la esperanza: un presentimiento íntimo le advertía que la súbita llegada del enmascarado iba a cambiar sino del todo su posición, a lo menos a hacerla entrar en una fase más ventajosa para él; demás, le parecía, si bien no le era posible recordar dónde la oyera, conocer la voz del desconocido; así es que mientras los otros iban retrocediendo con temor, él, al contrario, se acercaba al recién llegado con solicitud instintiva, inconsciente.

El jefe de la escolta, don Jesús Domínguez, había desaparecido, emprendiendo vergonzosamente la fuga.


[IV]

EL RAYO

Por los días en que se desenvuelve la presente historia, vivía en Méjico un hombre que gozaba del privilegio de llamar sobre sí la curiosidad general, de atemorizar a todos, y lo que es más notable, de disfrutar de las simpatías de todos. Este hombre era el Rayo.

¿Quién era el Rayo? ¿de dónde venía? ¿qué hacía?

Nadie era capaz de responder con certeza a estas preguntas, sin embargo de lo lacónicas; y esto que Dios sabe el prodigioso número de leyendas que respecto de él corrían de boca en boca.

Ahí en pocas palabras lo que de semejante individuo se sabía con más fijeza:

Hacia fines de 1857, el Rayo había parecido de improviso en la carretera que conduce de Méjico a Veracruz y encargándose de mantener el orden en ella, a su modo, se entiende. Detenía los convoyes y las diligencias, y protegía o ponía a contribución a los viajeros; es decir, en el segundo caso obligaba a los ricos a practicar una ligera sangría a su bolsillo a favor de sus compañeros menos favorecidos de la suerte y constreñía a los jefes de escolta a defender contra los ataques de los salteadores a los individuos a quienes estaban encargados de acompañar.

No había quien pudiese decir si el Rayo era joven o viejo, guapo o feo, castaño o rubio, pues nadie había visto nunca su rostro al descubierto. Por lo que hace a su nacionalidad, era imposible de todo punto adivinarla, pues con igual facilidad y elegancia hablaba el castellano y el francés, como el alemán, el inglés y el italiano.

Aquel misterioso personaje estaba perfectamente informado de todo cuanto ocurría en el territorio de la república; no sólo conocía los nombres y la representación social de los viajeros a quienes le placía detener, sino que respecto de ellos estaba al tanto de ciertas particularidades secretas que muy a menudo les ponían en zozobra.

Con todo, lo más singular del caso, mucho más de lo que hemos expuesto, es que el Rayo iba siempre solo y nunca vacilaba en cerrar el paso a sus adversarios, fuese cual fuese su número. El influjo que sobre éstos ejercía era tal, que su presencia era bastante para cortar toda intención de resistencia y una amenaza de él hacía correr un estremecimiento de terror por las venas de aquéllos a quienes iba dirigida.

Los dos presidentes de la república, mientras se hacían una guerra sin cuartel para suplantarse mutuamente, cada uno por sí había ensayado repetidas veces librar de caballero tan incómodo, y a su parecer competidor peligroso, los caminos; pero todas sus tentativas fueron vanas: el Rayo, no se sabe como, prevenido y perfectamente informado de los movimientos de los soldados enviados en su busca, se presentaba siempre de improviso delante de éstos, desbarataba sus ardides y les forzaba a retirarse vergonzosamente.

Sin embargo, una vez el gobierno de Juárez creyó haber acorralado al Rayo.

Supo dicho gobierno que el misterioso personaje hacía algunas noches las pasaba en un rancho no muy distante del Paso del Macho, y a este punto expidió inmediatamente y con el mayor sigilo un destacamento de veinte dragones, al mando de Carvajal, uno de los guerrilleros más sanguinarios y osados.

Carvajal tenía la orden de fusilar a su prisionero en cuanto le echara el guante, sin duda con el fin de no darle tiempo de intentar una evasión durante el trayecto del Paso del Macho a Veracruz.

EL destacamento partió rápido; los dragones, a quienes se les prometiera una cuantiosa recompensa si lograban llevar a buen fin la escabrosa expedición, iban dispuestos a cumplir con su deber, corridos de que por tan dilatado espacio de tiempo un sólo hombre les hubiese tenido en jaque y ardiendo en deseos de tomar el desquite.

No dos leguas del Paso del Macho los soldados encontraron un fraile jinete en mísera mula, el cual llevaba el capuchón derribado sobre el rostro, y al compás del trote de su montura mascullaba el rosario.

El jefe de la fuerza armada invitó al fraile a que se reuniese con los dragones, invitación que el religioso aceptó no de muy buena gana.

En el instante en que el destacamento, que caminaba un poco a la desbandada, iba a llegar al rancho, el fraile echó pie a tierra.

—¿Qué hace V., padre? le preguntó el jefe.

—Ya lo ve V., hijo mío, respondió aquél, me bajo de mi mula; mis negocios me llaman a un rancho más lejano; siga V. adelante; yo con su permiso me voy a mis quehaceres, dándole las gracias por haberse dignado honrarme con su compañía desde nuestro encuentro.

—Eso no, padre mío, dijo el jefe riendo cavernosamente; no podemos separarnos de esta suerte.

—¿Por qué, hijo mío? preguntó el fraile acercándose al oficial, mientras tiraba de la brida a su mula.

—Es muy sencillo, fray...

—Pancracio, para servir a V., dijo el religioso inclinándose.

—Pues bien, fray Pancracio, necesito de V., o más bien dicho, de su ministerio; en una palabra, se trata de confesar a un hombre que va a morir.

—¿Quién es?

—¿Conoce V. al Rayo?

—¡Virgen santa! ¿que si conozco al Rayo, señor oficial?

—Pues él es quien va a morir.

—¿Le han cogido Vds.?

—Todavía no, pero dentro de pocos minutos le habremos echado la garra; le estoy buscando.

—¿Y dónde se encuentra, si puede saberse?

—Allí, en aquel rancho que desde acá divisamos, respondió el oficial, inclinándose con agrado hasta el fraile y tendiendo el brazo en la dirección que indicaba a su interlocutor.

—¿Está V. seguro de lo que dice, ilustre señor?

—¡Que si lo estoy!

—Pues me parece que V. se equivoca.

—¿Qué quiere V. decir? ¿Acaso V. sabe algo?

—Sí sé, respondió el encapuchado, pues el Rayo soy yo, ladrón maldito.

Y antes que el oficial, aterrado por esta súbita e inesperada revelación, hubiese recobrado su presencia de ánimo, el Rayo le había cogido por una pierna, derribándole al suelo, se subió sobre su caballo, y empuñando dos revólveres de seis tiros cada uno que llevaba ocultos bajo sus hábitos, se precipitaba a escape sobre el destacamento, haciendo fuego con ambas manos a la vez y dando su terrible grito de guerra: ¡El Rayo! ¡El Rayo!

Los soldados, tanto y más sorprendidos que su jefe ante un ataque tan recio y tan imprevisto, se desbandaron y emprendieron la fuga en todas direcciones.

El Rayo, después de haber pasado por en medio de todo el destacamento, del que mató siete hombres y derribó el octavo de un pechugón de su caballo, paró de improviso a su cabalgadura, y después de haberse detenido por espacio de algunos minutos con ademán de reto a un centenar de pasos, al ver que los dragones no le perseguían y que lejos de acudir en auxilio de su jefe no pensaban sino en la fuga, volvió grupas y se encaminó hacia el sitio donde éste yacía tendido e inmóvil como un difunto.

—¡Eh! ¡señor oficial! le dijo apeándose, aquí está su caballo de V.; recóbrele, que le servirá para unirse a los suyos; en cuanto a mí ya no lo necesito, pues me voy al rancho, donde le aguardo si todavía conserva V. el deseo de prenderme y hacerme fusilar. Hasta mañana a las ocho de la mañana me encontrará V. a su disposición: adiós.

El Rayo saludó con la mano al oficial, se subió sobre su mula y se encaminó hacia el rancho, en él que efectivamente entró.

No es del caso añadir que el famoso personaje durmió a pierna tendida hasta que amaneció, sin que el oficial y los soldados, tan encarnizados en la persecución del mismo, se hubiesen atrevido a interrumpir su reposo; lo que hicieron éstos fue tomar la vuelta de Veracruz, sin mirar ni una vez hacia atrás.

Ahí quien era el hombre cuya imprevista aparición en medio de la escolta de la berlina había por tal modo despavorido y amilanado a los soldados.

Por un instante el Rayo permaneció impasible y sombrío frente a los soldados reunidos delante de él, y luego con voz enérgica y clara, dijo:

—Señores, me parece que Vds. han olvidado que nadie sino yo tiene derecho a obrar a su antojo en los caminos de la república.

Y volviéndose hacia el coronel, que se encontraba a algunos pasos inmóvil como una estatua, añadió:

—Señor don Felipe Neri, vuelva V. pies atrás con los suyos; el camino está completamente libre hasta Puebla. ¿Me comprende usted?

—Sí, señor; sin embargo, replicó el coronel titubeando, me parece que mi deber me ordena escoltar...

—¡Cállese V.! exclamó con arrebato el Rayo; escuche V. bien lo que voy a decirle y sobre todo saque provecho de mis palabras: aquéllos a quienes esperaba V. encontrar no lejos de este sitio, no existen ya; casi todos sus cadáveres son en este instante pasto de los buitres. Por hoy han perdido Vds. la partida; créanme pues, vuelvan grupas.

El coronel titubeó espacio de un segundo, luego hizo avanzar algunos pasos a su caballo, y con voz entrecortada por la emoción, dijo:

—Señor, no sé si es V. hombre o demonio para imponer de esta suerte, solo contra todos, su voluntad a hombres valientes; para un soldado nada significa la muerte, cuando al frente del enemigo recibe una bala en medio del pecho; ya una vez he retrocedido delante de V., y no quiero hacerlo otra; máteme V. pues, pero no me deshonre.

—Me place oírlo hablar este lenguaje, don Felipe, replicó con frialdad el Rayo; el valor sienta bien en un militar; a pesar de sus instintos rapaces y de sus hábitos de bandido, veo con gusto que no carece V. de ánimo; no desespero pues de que tarde o temprano me quepa proporcionarle ocasión de desquitarse conmigo, si una bala, al cortar el hilo de su existencia, no interrumpe súbito la corriente de sus buenas intenciones. Ea, añadió el Rayo como tomando una resolución repentina, ordene V. a sus soldados, que están temblando como unas gallinas, que retrocedan una docena de pasos; voy a darle en el acto la satisfacción que desea.

—¡Ah! caballero, exclamó el coronel, ¿consentiría V...?

—¿En jugar mi vida contra la de V.? ¿por qué no? dijo el Rayo con voz zumbona. Usted desea una lección y voy a dársela.

Inmediatamente don Felipe Neri volvió grupas, y dirigiéndose a sus soldados les hizo retroceder, maniobra que éstos ejecutaron con la más laudable solicitud.

Don Andrés de la Cruz, que así llamaremos en adelante al anciano, dándole su verdadero nombre, había asistido como espectador íntimamente interesado a la escena que hemos descrito y en la cual hasta entonces no se atreviera a tomar parte.

Con todo, al ver el cariz que tomaban las cosas, se creyó en el deber de aventurar algunas observaciones.

—Dispense V., caballero, dijo dirigiéndose al misterioso incógnito, le agradezco en el alma su intervención en mi pro, pero permítame le advierta que hace ya sobrado tiempo que estoy detenido en este desfiladero y que desearía continuar mi viaje a fin de poner cuanto antes a mi hija a cubierto de todo peligro.

—Ningún peligro amenaza a doña Dolores, señor, repuso con frialdad el Rayo; este corto retardo no puede en modo alguno acarrearla malas consecuencias; por otra parte, deseo que usted presencie el duelo que va a verificarse aquí y que hasta cierto punto es en pro de su causa; le ruego pues que tenga paciencia. Pero ahí está de regreso don Felipe; pronto estaremos listos. Figúrese V. que apuesta en una riña de gallos; créame, va V. a divertirse.

—Sin embargo..., arguyó don Andrés.

—De insistir va V. a disgustarme, caballero, interrumpió con aspereza el Rayo. A ver, preste usted a don Felipe uno de los magníficos revólveres que consigo trae y sé se los ha remitido desde París el armero Devisme. Supongo que están cargados ¿eh?

—Sí, señor; lo están, respondió don Andrés entregando una de sus pistolas.

Don Felipe tomó el arma, la volvió entre los dedos, y levantando la cabeza con ademán contrariado, dijo:

—No sé servirme de esta clase de armas.

—Pues son muy sencillas, contestó cortésmente el Rayo, y va a conocer perfectamente su mecanismo dentro de un par de segundos; señor don Andrés, hágame V. el obsequio de explicar a don Felipe el sencillísimo manejo de estas armas.

El español explicó el modo de usar el revólver al coronel, quien desde luego se puso al cabo.

—Ahora, señor don Felipe, continuó el Rayo, siempre sereno e impasible, escúcheme V. bien: consiento en darle la satisfacción que de mí solicita, con tal que, sea cual fuere el resultado del duelo que vamos a empeñar, se comprometa a volver grupas al instante dejando a don Andrés y a su hija en libertad de continuar su viaje como más les convenga: ¿acepta V.?

—Acepto, señor.

—Perfectamente; ahora lo que vamos a hacer es echar pie a tierra y colocarnos a veinte pasos uno de otro; ¿le conviene a V. esta distancia?

—Sí, señor.

—Está bien; a una señal mía, pues, dispare V. sobre mí los seis tiros de revólver; yo tiraré luego, pero una sola vez, porque el tiempo apremia.

—Dispense V., señoría, ¿pero si le mato a V. de uno de los seis disparos?

—¡Quía! señor, no va V. a matarme, respondió con frialdad el Rayo.

—¿Usted cree?

—Estoy seguro de ello; para matar a un hombre de mi temple, señor don Felipe, respondió el Rayo con acento de ironía mordaz, es menester un corazón animoso y una mano de bronce, y V. carece de ambas cosas.

Don Felipe no replicó, pero dominado por rabia sorda, pálida la frente y las cejas juntas, fue a colocarse resueltamente a veinte pasos de su adversario.

El Rayo echó pie a tierra, se plantó con arrogancia, irguió la cabeza, avanzó la pierna derecha y cruzó los brazos a la espalda.

En esta posición y enfrente del coronel, dirigió a éste las siguientes palabras:

—Procure V. apuntar bien; los revólveres, por buenos que sean, suelen tener el defecto de enviar las balas un poco altas; no se apresure usted. ¿Está ya? Bravo; puede V. disparar.

Don Felipe no aguardó a que se lo dijeran dos veces, sino que, apretando el gatillo, hizo tres disparos seguidos.

—Demasiado aprisa, demasiado aprisa, gritó el Rayo al coronel, ni siquiera he oído silbar las balas. No se apresure V. tanto y vea de aprovechar las tres balas que le quedan.

Todos tenían la mirada fija en los duelistas y el corazón pendiente de un hilo. Don Felipe Neri, desmoralizado por la impasibilidad de su adversario y el mal éxito de sus disparos, a pesar suyo se sentía fascinado por la negra estatua que ante él se erguía serena y de la que solamente veía, al través de la máscara, brillar los ojos cual ardientes brasas; de cada uno de sus cabellos, erizados de espanto, pendía una gota de sudor; en una palabra, había perdido el ánimo.

Con todo, la cólera y el orgullo devolvieron al coronel la fuerza necesaria para ocultar a los ojos de los asistentes la espantosa agonía que estaba sufriendo; por un supremo esfuerzo de voluntad recobró aparentemente la calma y disparó la cuarta bala.

—Esta vez lo ha hecho V. más bien, dijo con zumba el Rayo, pero todavía ha pasado demasiado alta; a ver la otra.

Exasperado por esta última burla, don Felipe apretó el gatillo, y la bala fue a dar contra la peña escasamente a una pulgada encima de la cabeza del desconocido.

No quedaba sino una bala en el revólver.

—Adelante V. cinco pasos, dijo el Rayo; puede que así no desaproveche el último tiro.

Don Felipe no contestó a este último sarcasmo, pero saltó como una fiera, se colocó a quince pasos e hizo fuego.

—Ahora me toca a mí, dijo con toda tranquilidad el desconocido, retrocediendo para restablecer la distancia primera; pero observo, caballero, que se ha descuidado V. de descubrirse, y ésta es una falta de cortesía que no tolero de ningún modo.

En pronunciando estas palabras, el Rayo empuñó una de las dos pistolas que llevaba al cinto, la amartilló, tendió el brazo, disparó sin tomarse la molestia de apuntar, y el sombrero del coronel, arrebatado por el proyectil, cayó rodando por el polvo.

Don Felipe dio un rugido salvaje y exclamó:

—¡Es V. un demonio!

—No, replicó el Rayo, soy un hombre de alma. Ahora márchese V., le perdono la vida.

—Parto, sí, dijo el coronel; pero sea usted quien sea, hombre o demonio, juro matarle, aun cuando deba perseguirle hasta las profundidades del averno.

El Rayo se acercó a don Felipe, le llevó violentamente aparte asido del brazo, y levantando la máscara que le cubría el rostro le mostró sus facciones, diciendo con voz reconcentrada:

—Va V. a conocerme ¿no es verdad? Lo único que le encargo ahora que me ha visto cara a cara, es que no olvide que nuestro primer encuentro puede ser mortal; márchese V.

Don Felipe se subió a caballo sin replicar palabra, se puso a la cabeza de sus despavoridos soldados, y al galope tomó de nuevo el camino de Orizaba.

Cinco minutos después, en la meseta no quedaban sino los viajeros y sus criados. El Rayo, aprovechando sin duda el momento de desorden y sorpresa producido por el final de la escena que hemos narrado, había desaparecido.


[V]

LA HACIENDA DEL ARENAL

Cuatro días después de ocurridos los acontecimientos de que se hace mérito en el anterior capítulo, el conde Luis del Saulay y Oliverio todavía viajaban mano a mano, pero el lugar de la escena había cambiado por completo. Alrededor de ellos se extendía una inmensa llanura cubierta de feraz vegetación y regada por algunos ríos, en las márgenes de los cuales estaban asentadas las humildes chozas de muchos pueblos de escasa o ninguna importancia; acá y allá estaban pastando algunos rebaños vigilados por vaqueros montados que llevaban la reata en la silla, el machete al cinto y la larga pica en el descanso. En el camino, cuyas amarillentas revueltas resaltaban sobre el color verde del llano, se veían negruzcas manchas, que no eran sino recuas de mulas que se dirigían hacia las nevadas montañas que limitan el horizonte; grupos de árboles gigantescos daban variedad a la perspectiva, y algo a la derecha, en la cúspide de una colina bastante elevada, se erguían orgullosamente los robustos muros de una importante hacienda.

Los viajeros avanzaban a paso corto por las últimas sinuosidades de angosta senda que suavemente bajaba al llano, y al llegar a un sitio en que la cortina de árboles que les interceptaba la vista se separó a uno y otro lado, la perspectiva pareció de repente ante ellos, cual si de súbito la hubiese hecho surgir la prodigiosa varita de un mago.

Al ver el magnífico caleidoscopio que a sus miradas se ofrecía, el conde lanzó un grito de admiración.

—Como sé que es V. hombre de gusto, le preparé esta sorpresa, dijo Oliverio. ¿Qué le parece?

—Admirable; nunca he visto una perspectiva tan hermosa, exclamó el joven con entusiasmo.

—Sí, dijo el aventurero ahogando un suspiro, para una perspectiva echada a perder por la mano del hombre no está del todo mal; pero le repito lo que tantas veces le he manifestado: solamente en las altas sabanas del gran desierto mejicano es posible ver la naturaleza tal cual Dios la ha creado; esto, en comparación, no es sino una decoración de ópera, una naturaleza convencional que no tiene razón de ser y nada significa.

—Convencional o no, replicó el conde riéndose de la humorada de su interlocutor, yo hallo admirable la perspectiva.

—Ya le he dicho que no está del todo mal; pero imagine V. cuan hermoso debió ser este paisaje en los primitivos días del mundo, cuando a pesar de los torpes conatos de los hombres éstos no han conseguido aún echarlo a perder enteramente.

—Por mi vida que es V. un compañero inapreciable, repuso el joven redoblando la risa al escuchar lo que acababa de decir Oliverio; le aseguro que una vez nos hayamos separado, a menudo echaré de menos su agradable compañía.

—Pues prepárese V. a ello, señor conde, contestó el aventurero sonriendo, porque pronto vamos a separarnos.

—¿Cómo se entiende?

—A lo sumo dentro de una hora; pero continuemos andando; el sol empieza a calentar y la sombra de los árboles que se ven allá abajo nos vendrá de perlas.

Los dos viandantes soltaron las riendas a sus caballos y anudaron al paso el descenso casi insensible que debía conducirles al llano.

—¿No siente V. todavía necesidad de dar un poco de reposo al cuerpo, señor conde? preguntó el aventurero mientras liaba con indolencia un cigarrillo.

—De veras, no; gracias a V., este viaje, si bien algo monótono, me ha parecido delicioso.

—¿Monótono ha dicho V.?

—¡Caramba! en Francia se cuentan hechos tan espeluznantes de las tierras de ultramar, donde, según dicen, se encuentra uno con bandidos emboscados a cada paso y no es posible andar diez leguas sin exponer veinte veces la vida, que no sin aprensión desembarcamos los europeos en estas playas. A mí me habían llenado la cabeza de historias capaces de hacer poner de punta los cabellos, y francamente, esperaba sorpresas, emboscadas, combates encarnizados y qué sé yo cuantas cosas más. Pero ya ve V., nada, absolutamente nada ha ocurrido; he hecho el viaje más prosaico del mundo, sin que durante él haya sobrevenido el más leve accidente para poderlo yo referir más adelante.

—Todavía no ha salido V. de Méjico.

—Es cierto, pero esto no quita que vea desvanecidas mis ilusiones; ya no creo en los bandidos mejicanos, ni en los feroces indios; no vale la pena venir de tan lejos para no ver más de lo que uno ve en su propia tierra. ¡Vayan al diablo los viajes! Hace cuatro días íbamos a vernos en un lance, y tan es así, que cuando V. me dejaba a solas, forjaba en mi imaginación los más belicosos proyectos; luego volvía V., al cabo de dos largas horas, y me anunciaba sonriendo que se había equivocado, que nada había visto. No me ha cabido sino tragarme todos mis designios bélicos. Si esto es estar de chiripa, que venga Dios y lo vea.

—¿Qué quiere V.? replicó el aventurero con acento de imperceptible ironía, la civilización se va infiltrando por tal modo entre nosotros, que, salvo algunas ligeras diferencias, hoy nos paremos a las viejas naciones de Europa.

—Chancéese V. y búrlese de mí cuanto quiera, dijo el conde; pero volvamos al asunto.

—Esto pido, señor, replicó el aventurero. ¿Entre otras cosas no me dijo V. que tenía el designio de dirigirse a la hacienda del Arenal, y que si no se desviaba de su camino que conduce directamente hacia Méjico, era porque temía extraviarse en una tierra a la que V. no conocía y en la que dudaba encontrar quien fuese capaz de ponerle nuevamente sobre la pista?

—Efectivamente, caballero.

—Pues bien, las cosas se simplifican extraordinariamente.

—¿Y eso?

—Mire enfrente de V., señor conde, ¿qué ve V.?

—Un magnífico edificio con todo el aspecto de una fortaleza.

—Pues el edificio ese es la hacienda del Arenal.

—¿De veras? ¿No me engaña V.? preguntó el conde.

—¡Para qué! respondió suavemente el aventurero.

—¡Oh! de esta suerte la sorpresa resulta buena cosa más agradable que no supuse.

—A propósito, me olvidaba de una circunstancia que no deja de ser importante para V.: hace ya dos días que sus criados y sus equipajes están en la hacienda.

—Pero ¿quién puso en antecedentes a mis criados?

—Yo.

—¡Cómo V.! si puede decirse que no se ha movido de mi lado.

—Cortos fueron los momentos en que me separé de V., es verdad, pero tuve lo bastante.

—Es V. un amabilísimo compañero, don Oliverio, y le agradezco en el alma las atenciones de que me rodea.

—¡Bah! V. se chancea.

—¿Conoce V. al propietario de la hacienda esa?

—¿A don Andrés de la Cruz? ¡ya lo creo!

—¿Qué tal es?

—¿En lo moral o en lo físico?

—En lo moral.

—Un sujeto de gran corazón y clara inteligencia; prodiga el bien, y atiende a pobres y a ricos.

—Magnífico es el retrato.

—Y me quedo corto. ¡Ah! se me olvidaba decir a V. que don Andrés tiene muchos enemigos.

—¡Enemigos!

—Sí, todos los bribones de la comarca, y a Dios gracias abundan en esta bendita tierra.

—¿Y su hija doña Dolores?

—Es una deliciosa niña de dieciséis años, todavía más buena que hermosa; inocente y pura, sus ojos reflejan el cielo; es un ángel a quien ha placido a Dios colocar en la tierra, sin duda para vergüenza de los hombres.

—V. va a venirse conmigo a la hacienda, ¿no es eso? preguntó el conde.

—No; dentro de algunos minutos tendré el honor de despedirme de V.

—Supongo que para vernos de nuevo cuanto antes.

—No me atrevo a prometérselo a V., señor conde.

Oliverio y el joven caminaron algunos instantes más mano a mano, guardando el más profundo silencio y aguijando a sus cabalgaduras, con lo que se iban acercando rápidamente a la hacienda, cuyos edificios aparecían ya por completo.

Era la del Arenal una de esas magníficas residencias construidas durante los primeros años de la conquista, entre palacio y fortaleza, semejante a las que los españoles levantaban por aquellos tiempos en sus dominios, a fin de mantener a raya a los indios y resistir a las continuas y sangrientas revueltas de éstos.

Las almenas que coronaban los muros de la hacienda proclamaban la nobleza de su propietario, ya que únicamente los nobles gozaban del derecho de almenar sus moradas y de cuyo derecho se mostraban por demás celosos.

La cúpula de la capilla de la hacienda, que sobresalía de las murallas, brillaba a los ardorosos rayos del sol.

A medida que los viajeros iban acercándose, el paisaje iba cobrando nueva vida; a cada paso se encontraban con jinetes, arrieros guiando sus recuas de mulas, indios que corrían llevando bultos a cuestas suspendidos de una correa que les pasaba alrededor de la frente, rebaños conducidos por vaqueros y que iban en busca de nuevo pasto, frailes trotando sobre sendas mulas, mujeres, niños, en una palabra, gente atareada de todos estados y de uno y otro sexo que iban, venían y se cruzaban en todas direcciones.

Al llegar al pie de la colina sobre la cual se asentaba la hacienda y en el instante en que iba a penetrar en la senda que conducía a la puerta principal del edificio, el aventurero detuvo a su caballo, y volviéndose hacia el joven, le dijo:

—Señor conde, hemos llegado al término de nuestro viaje; con su permiso pues me retiro.

—No sin prometerme antes que vamos a vernos de nuevo.

—Me es imposible empeñar tal promesa, señor conde; nuestros caminos son diametralmente opuestos, y por otra parte quizá valdría más que no volviésemos a vernos.

—¿Qué quiere V. decir?

—Nada personal ni ofensivo para V.; permítame que le estreche la mano antes de separarnos.

—De todo corazón, exclamó el joven tendiéndole efusivamente la diestra.

—Adiós, dijo Oliverio; el tiempo vuela y a estas horas debía encontrarme ya muy lejos de aquí.

El aventurero se inclinó sobre el cuello de su caballo y con la rapidez de la flecha se internó en un sendero por él que no tardó en desaparecer.

—¡Vaya un carácter singular! murmuró el joven. ¡Oh! volveré a verle, es menester que así sea.

El conde oprimió suavemente los ijares de su cabalgadura y penetró en el sendero que en pocos minutos debía conducirle a la cúspide de la colina y a la puerta principal de la hacienda.

Oliverio anduvo acertado al decir que al conde le estaban esperando en la hacienda; en efecto, éste vio dos criados que, de pie en la puerta, al parecer acechaban su llegada.

El joven se apeó en el primer patio y abandonó su caballo en manos de un palafrenero que lo condujo a la caballeriza.

En el instante en que el conde se encaminaba hacia una gran puerta sombrada por una marquesina y que daba paso a las habitaciones, don Andrés salió por ella, voló solícito a su encuentro, le estrechó efusivamente contra su corazón, y después de besarle repetidas veces, dijo:

—¡Alabado sea Dios! por fin ha llegado V.; ya empezábamos a estar cuidadosos.

El conde, cogido de improviso, se dejó abrazar y besar sin darse cuenta cabal de lo que le pasaba, ni atinando con quién se las había; pero el anciano, advirtiendo la admiración de su huésped y que éste a pesar de sus esfuerzos no conseguía disimularla del todo, le sacó del aprieto nombrándose y añadiendo:

—Soy su pariente cercano, mi querido conde; su primo; así pues no tenga V. empacho, obre con entera libertad; esta casa y cuanto en ella se encierra está a su disposición.

El joven se deshizo en excusas; pero don Andrés le interrumpió, diciendo en tono festivo:

—¡Válgame Dios! ¿dónde tengo la cabeza? le entretengo aquí contándole mis chocheces y me olvido de que acaba de hacer V. un largo viaje a caballo y por consiguiente de que necesita reposo. Venga V., quiero darme la satisfacción de conducirle yo mismo a sus habitaciones; hace ya muchos días que están dispuestas.

—Mi querido primo, contestó el conde, le agradezco en el alma los agasajos de que me colma, pero creo sería conveniente que me presentase V. a mi prima antes de retirarme.

—Esto no corre priesa, mi querido conde; mi hija se encuentra ahora en su tocador con sus doncellas. Primeramente deje que le anuncie; sé más bien que V. lo que conviene hacer en estas circunstancias. Vaya V. a descansar.

—Como V. quiera, primo; por otra parte le confieso, ya que me hace el favor de dejarme en completa libertad, que no sentiré tomar algunas horas de reposo.

—¿No decía yo? repuso alegremente don Andrés, todos los jóvenes son iguales: no saben de la misa la media.

El hacendero condujo entonces a su huésped a una habitación previamente dispuesta y amueblada con gusto bajo la inmediata inspección de don Andrés; la cual estaba destinada al conde para todo el tiempo que a éste le pluguiese permanecer en la hacienda, y a la que habían sido ya transportadas sus maletas.

Al conde le estaba aguardando su ayuda de cámara.

La habitación que hemos dicho, no era espaciosa, pero estaba muy bien distribuida y, atendidos los recursos del país, ofrecía muchas comodidades. Se componía de cuatro piezas: el dormitorio del conde con su gabinete tocador y cuarto de baños anejo, un estudio que hacía las veces de salón, antecámara y un aposento para los criados, a fin de que aquél pudiese utilizarlos de día y de noche. Por medio de algunos tabiques, la habían separado, hecha del todo independiente de las demás habitaciones de la hacienda, y en ella se penetraba por tres puertas: una que daba al vestíbulo, otra al patio común y otra, de la que partían algunos escalones, que daba acceso a la magnífica huerta de la hacienda, huerta que por lo vasta merecía el título de parque.

El conde, recién desembarcado en Méjico, y que al igual que todos los extranjeros tenía una idea errónea de un país al que no conocía, estaba muy lejos de presumir que en la hacienda del Arenal iba a encontrar una instalación tan cómoda y por tal modo adaptaba a sus gustos y a sus costumbres un tanto graves; así es que se sintió enajenado y dio a don Andrés las más calurosas gracias por la molestia que se tomara para hacerle agradable su estancia en la hacienda, y aun le significó cuan distante estaba de esperar un recibimiento tan amable.

Don Andrés de la Cruz, hondamente satisfecho de este cumplido, se frotó las manos con alegría y se retiró, dejando a su pariente en libertad de entregarse al reposo.

Una vez a solas con su ayuda de cámara, el conde, después de cambiar el traje que llevaba por otro más adecuado a la vida de campo, interrogó a su criado respecto del modo como había efectuado su viaje desde Veracruz y como le recibieran a su llegada a la hacienda.

El mencionado ayudante de cámara, hermano de leche del conde, de quien era devotísimo, tenía poco más o menos la misma edad que éste, y sobre ser robusto, bien formado, de presencia agradable y valeroso, le adornaba una cualidad preciosa en un criado, la de ser ciego, sordo y mudo. Efectivamente, no hablaba sino conminado por orden expresa y aun en este caso era por demás lacónico. El conde le quería mucho y tenía en él ilimitada confianza.

Raimbaut, que así se llamaba el criado, sentía por su amo un respeto profundo, y, siempre esclavo de la etiqueta, no le hablaba nunca sino, en tercera persona. Fuese cual fuese la hora del día o de la noche que el conde le llamase, se presentaba ante él ostentando el severo traje que había adoptado, compuesto de casaca negra, a la francesa, de cuello recto y botonadura de oro, chupa y calzones negros, medias de seda blancas, zapatos con hebilla y corbata blanca. Excepto los polvos, que no llevaba, vestido de esta suerte Raimbaut asumía todas las apariencias de un intendente de encopetado señor del pasado siglo.

El otro criado del conde era un mocetón de unos veinte años, robusto y de musculatura atlética. Ahijado de Raimbaut, que se había encargado de instruirle en las prácticas del servicio, desempeñaba las mecánicas más pesadas y vestía la librea del conde, azul y plata; se llamaba Lanca Ibarru, era adicto a su amo y temía como al fuego a su padrino, a quien profesaba una veneración profunda. Valiente si los hay, astuto e inteligente, empañaban un tanto estas cualidades su glotonería y su afición al dolce far niente.

Corto fue el relato de Raimbaut: nada absolutamente le había pasado sino recibir por conducto de un desconocido una orden de su amo para que en vez de continuar su viaje hasta Méjico se hiciese conducir al Arenal, como así lo había efectuado.

El conde, que vio era cierto lo que el aventurero le dijera, despidió a su ayuda de cámara, se arrellanó en una butaca y abrió un libro; pero a no tardar y apoderándose de él el sueño, se durmió.

A eso de las cuatro de la tarde y en el preciso instante en que el conde se despertaba, Raimbaut entró en el dormitorio de éste y le anunció que don Andrés de la Cruz le estaba aguardando para comer.

El conde dirigió una mirada a su tocado y precedido de Raimbaut, que le servía de guía, se encaminó hacia el comedor.


[VI]

POR LA VENTANA

El comedor de la hacienda del Arenal, espacioso y largo, recibía luz por ventanas ojivales de pintadas vidrieras, sus paredes estaban cubiertas de ensambladuras de roble ennegrecido por los años, que le daban el aspecto de un refectorio de Cartujos del siglo XV, y en medio de él había una gran mesa en forma de herradura, rodeada de bancos excepto en la testera.

Al penetrar el conde del Saulay en la mencionada pieza, casi todos los comensales, unos veinticinco, se encontraban ya reunidos en ella.

Don Andrés, al igual que muchos de los grandes propietarios mejicanos, había conservado en sus posesiones la costumbre de hacer comer con él a sus criados.

Esta costumbre patriarcal, largos años ha caído en desuso en Francia, a nuestro modo de ver era una de las mejores que nos legaron nuestros padres, pues la vida en común estrechaba los lazos que unían los amos a los criados y enfeudaba a éstos, por decirlo así, a la familia, con la que hasta cierto punto compartían la vida íntima.

Don Andrés de la Cruz estaba en pie en la testera del comedor, entre sus hijos Melchor y Dolores.

Respecto de esta última nada diremos, pues el lector ya la conoce; por lo que hace a don Melchor, que vestía el traje mejicano en toda su pureza, tenía poco más o menos la misma edad que el conde, y su aventajada estatura y complexión robusta hacían de él un buen tipo en la acepción vulgar de la palabra. Tenía las facciones varoniles y distinguidas, negra y poblada la barba, grandes los ojos y de mirar fijo y perspicaz, color moreno subido ligeramente aceitunado, voz un tanto áspera y rostro sombrío, que a la más leve emoción cobraba una expresión de amenaza y de altivez terribles. Por lo demás su ademán era noble y exquisitos sus modales.

Una vez el señor de la Cruz hubo hecho las presentaciones, los comensales se sentaron alrededor de la mesa; luego el hacendero hizo colocar al conde a su derecha, al lado de doña Dolores, dirigió una seña a ésta, que dijo el Benedicite, los convidados contestaron amén, y empezó la comida.

Al igual que sus antepasados los españoles, los mejicanos son muy sobrios y no beben durante la comida; únicamente a los postres, cuando sirven los dulces, colocan vasos de agua en la mesa.

Don Andrés de la Cruz, por un exceso de cortesanía, había mandado que sirviesen vino a su huésped francés, el cual era atendido por su ayuda de cámara, que, con grande admiración de los circunstantes, estaba de pie detrás de él.

La comida fue silenciosa a pesar de los repetidos esfuerzos de don Andrés para animar la conversación; el conde y don Melchor se limitaban a cruzar entre sí y de cuando en cuando algunos cumplidos triviales; doña Dolores estaba pálida, parecía sentirse indispuesta, apenas probaba los manjares y no profería palabra alguna.

En comiendo, se levantaron todos y los criados de la hacienda se fueron cada cual a sus quehaceres.

El conde, preocupado a pesar suyo con el frío y compasado acogimiento que le había reservado don Melchor, pretextó la fatiga del viaje para retirarse a sus habitaciones, en lo que don Andrés consintió con repugnancia manifiesta.

Don Melchor y el conde cruzaron un saludo ceremonioso y se volvieron la espalda, y doña Dolores hizo una graciosa cortesía al joven, quien se retiró después de estrechar cariñosamente la mano que su anfitrión le tendió.

Acostumbrado como estaba a vivir en medio de la comodidad y de la elegancia y a las relaciones de la sociedad parisiense, tan saturadas de buen gusto y de aticismo, el conde del Saulay necesitó algunos días para familiarizarse con la existencia triste, monótona y estrecha de la hacienda del Arenal.

No obstante la afectuosa acogida que le había dispensado don Andrés de la Cruz y de las atenciones de que éste le rodeaba incesantemente, el joven no tardó en advertir que su anfitrión era el único que de la familia le miraba con buenos ojos.

Doña Dolores, muy cortés para con él y aun bondadosa en sus relaciones cotidianas o cuando el acaso les reunía, parecía sentirse mortificada en su presencia y apartar todas las ocasiones de hablar a solas. La doncella, tan pronto advertía que su padre o su hermano se salían del aposento donde se encontraban en compañía del conde, interrumpía de improviso la conversación, murmuraba, sonrojándose, alguna excusa y se alejaba, o más bien desaparecía volando, con la ligereza y rapidez de un pájaro, y sin más cumplidos dejaba solo a Luis.

Semejante conducta por parte de una doncella a la que estaba prometido desde la infancia, por quien había cruzado el océano casi contra su voluntad y solamente para honrar la palabra empeñada en su nombre por su familia, era realmente para mortificar a un hombre como el conde del Saulay, a quien su belleza física, su talento y su fortuna no le tenían de ningún modo acostumbrado hasta entonces a verse tratado con tanto desapego y desdén por las damas.

Poco inclinado ya de suyo al matrimonio que su familia quería imponerle y lo más mínimo enamorado de su prima, a quien apenas se había tomado el trabajo de mirar, y a la que, a causa de su indiferencia, estaba tentado a calificar de necia, el conde se hubiera conformado con la repugnancia que la joven parecía experimentar hacia él y aun consolado y felicitado por la ruptura del matrimonio proyectado, si en este negocio no hubiese estado comprometido su amor propio de un modo para él sobrado ofensivo.

Por mucho que fuese el desapego que sintiese por doña Dolores, al conde le humillaban el poco efecto que su porte, sus modales y su boato habían producido en la joven y el modo frío y desdeñoso con que ésta escuchara sus cumplidos y recibido sus regalos.

No obstante anhelar sinceramente que no se llevase a efecto una boda que por mil razones le tenía disgustado, Luis deseaba que sin partir positivamente de él, la ruptura tampoco partiese abiertamente de la joven, y que al mismo tiempo que se retiraba con los honores de la guerra, las circunstancias se presentasen lo bastante propicias para que la que debía ser su esposa sintiese su partida.

Descontento de sí mismo y de cuantos le rodeaban, sintiendo que se encontraba en una situación falsa que era probable iba a convertirse en ridícula dentro de poco, el conde determinó salir de ella lo más antes posible; pero antes de provocar una explicación franca y decisiva por parte de don Andrés de la Cruz, que parecía no sospechar lo más mínimo lo que estaba ocurriendo, el joven determinó saber positivamente a qué atenerse respecto de su prometida; y es que con la fatuidad propia de todos los hombres acostumbrados a no hallar oposición, estaba íntimamente convencido de que era imposible que doña Dolores no le hubiese amado si de su corazón no se hubiese ya apoderado otro hombre.

Tomado que hubo esta resolución y firme en ella, el conde, que por otra parte no sabía como matar el tiempo en la hacienda, se puso a espiar los pasos de la joven, resuelto, una vez adquirida la certidumbre, a retirarse y a tomar sin pérdida de tiempo la vuelta de Francia, a la que cada día encontraba más a faltar y de la que se arrepentía haber salido tan inopinadamente para venir a correr a dos mil leguas de ella un lance tan humillador.

Ya hemos hecho observar que doña Dolores, no obstante su indiferencia para con el conde, se creía obligada a mostrarse si no tan amable como hubiera deseado, a lo menos conforme, cortés y cumplida; ejemplo que don Melchor su hermano se dispensaba de imitar, ya que trataba al huésped de su padre con una indiferencia tal y tan estudiada, que forzosamente el conde tenía que advertirla, aun cuando éste desdeñase darse por entendido y simulase tomar los modales groseros, ofensivos y aun brutales del joven cual sí estuviesen muy en consonancia con las costumbres de la tierra.

Sin embargo, debemos confesar que los mejicanos son de una cortesanía exquisita, que su lenguaje es siempre pulcro y floridas sus expresiones, y que aparte el traje, es literalmente imposible diferenciar un hombre del pueblo de otro perteneciente a la clase encumbrada. Por una singular anomalía, indudablemente hija de su carácter hosco, don Melchor de la Cruz era la antítesis de sus compatriotas; siempre sombrío, compasado, recogido en sí mismo, puede decirse que no abría la boca sino para verter contadas palabras con tono áspero y voz ingrata.

De buenas a primeras, el conde y don Melchor quedaron poco satisfechos uno de otro: el francés pareció excesivamente presumido y muy más afeminado al mejicano, y el mejicano, grosero y vulgar en su traza y lenguaje al francés. Sin embargo, de no existir en realidad más que esta antipatía instintiva, quizás ella hubiera desaparecido, y entre los dos se habrían cimentado relaciones de amistad una vez se hubiesen conocido más a fondo y por consiguiente apreciado más; pero lo que don Melchor sentía por el conde no era indiferencia, ni envidia, sino un odio verdaderamente mejicano.

¿De dónde provenía este odio? ¿qué desconocida particularidad del conde había dado nacimiento a ella? Éste era el secreto de don Melchor.

Por lo demás, el joven hacendero era un arca de misterios y sus acciones tan tenebrosas como su semblante. Gozaba de libertad absoluta y de ella usaba y abusaba para ir y venir, entrar y salir sin dar cuenta de sus pasos a persona alguna. Su padre y su hermana, indudablemente acostumbrados a semejantes genialidades, nunca le preguntaban de dónde venía ni qué había hecho cuando tras una ausencia de siete u ocho días regresaba a la hacienda.

En estas circunstancias, por cierto muy frecuentes, llegaba a la hora del almuerzo.

Don Melchor saludaba con la cabeza a los asistentes y se sentaba a la mesa sin pronunciar palabra, y en comiendo liaba un cigarrillo, lo encendía y se retiraba a sus habitaciones sin hacer caso alguno de los que se encontraban en el comedor.

Comprendiendo don Andrés la inconveniencia y máxime lo poco galante de semejante conducta para con su huésped, una o dos veces ensayó disculpar a su hijo, atribuyendo la falta de cortesía de éste a graves ocupaciones que le absorbían por entero.

—Don Melchor, contestó el conde, es caballero cabal y de conducta correcta; y aun la franqueza de que hace gala, tratándome como amigo y pariente y no como extraño, prueba la amistad que me profesa. Sentiría pues en el alma que por mí modificase lo más mínimo sus costumbres.

El hacendero, que no se llamó a engaño respecto de la aparente mansedumbre de su huésped, juzgó prudente no insistir sobre el particular y no se habló más del asunto.

A don Melchor le temían no sólo todos los peones de la hacienda, sino también, por lo que podía colegirse, su mismo padre.

Era evidente que aquel sombrío joven ejercía sobre cuánto le rodeaba un influjo que quizá por lo oculto era más terrible; pero nadie se atrevía a quejarse. El conde, único que pudiera haber aventurado algunas observaciones, no se tomaba el trabajo de hacerlas, por la sencilla razón de que hallándose de paso, y sólo por algunos días en Méjico y teniéndose por extraño, no le halagaba intervenir en asuntos o en intrigas que no le incumbían ni debían concernirle para nada.

Dos meses hacía que Luis de Saulay llegara a la hacienda, y este periodo de tiempo lo había empleado en leer o en recorrer los alrededores, casi siempre en compañía del mayordomo de don Andrés, sujeto de unos cuarenta años de edad, rechoncho, robusto y de semblante sincero y que al parecer gozaba de ilimitada confianza en el ánimo de sus amos.

Dicho mayordomo, llamado León Carral, había cobrado grande afición al joven francés, cuya liberalidad e inagotable buen humor le tenían cautivado.

Se complacía el buen Carral, durante sus carreras por el llano, en amaestrar al conde en el arte de la equitación, haciéndole comprender los defectos de la escuela francesa y aplicándose en convertirle en lo que él tenía la justificada pretensión de ser, esto es, un verdadero hombre de a caballo, un jinete consumado.

Debemos añadir que el discípulo aprovechó muy mucho las lecciones y que no sólo se había convertido en poco tiempo en habilísimo jinete, sino también, gracias asimismo al mayordomo, en tirador de primer orden.

Siguiendo los consejos de su maestro, hacia poco que el conde adoptara el elegante y cómodo traje mejicano, que le sentaba a las mil maravillas.

Don Andrés de la Cruz se había frotado de gusto las manos al ver que aquél a quien consideraba ya casi yerno suyo tomaba el traje del país, pues esto le demostraba que al conde le animaba el intento de establecerse en Méjico; y aun se asió de esta circunstancia para hacer rodar diestramente la conversación sobre aquello que más le interesaba, o si decimos el matrimonio del conde con doña Dolores. Él del Saulay, sin embargo, siempre ojo avizor, había rehuido, como hiciera ya repetidas veces, este tema escabroso.

—No obstante, es menester que nos expliquemos, murmuraba entre sí don Andrés, moviendo la cabeza y retirándose.

Desde la llegada del conde a la hacienda, a lo menos era la décima vez que el señor de la Cruz se prometía tener con él una explicación; pero hasta entonces el joven había tenido la maña de eludirla.

Un día en que el conde, retirado en su aposento, había leído hasta más tarde que de costumbre, en el momento de cerrar el libro y de meterse en cama levantó por casualidad los ojos y le pareció ver pasar una como sombra por delante de la puerta-ventana que miraba a la huerta.

La noche estaba muy avanzada y hacía ya dos horas que todos los moradores de la hacienda dormían o debían de estar durmiendo.

Luis, sin darse exacta cuenta de los motivos que a ello le impulsaban, resolvió informarse por sí mismo de quien era aquel noctívago que tenía el capricho de pasearse a tales horas. Se levantó pues de la butaca en que estaba sentado, se proveyó de dos revólveres Devisme de seis tiros cada uno que había sobre una mesa, a fin de estar apercibido para lo que pudiese ocurrir, abrió cuan suavemente le fue posible la puerta-ventana y se internó en la huerta, tomando la dirección por la cual había visto desaparecer la sombra sospechosa.

La noche estaba espléndida, la luna difundía sobre la tierra una luz vivísima, y la atmósfera asumía una transparencia tal, que a larga distancia se distinguían claramente los objetos.

El conde, que muy rara vez entrara en la huerta y por consiguiente desconocía las revueltas de la misma, vacilaba en internarse en las alamedas que ante sus ojos se prolongaban en todas direcciones, cruzándose y entrecruzándose, pues por muy hermosa que estuviese la noche, no sentía la más mínima comezón de pasarla al raso.

Se detuvo pues para reflexionar, y de su meditación dedujo que tal vez se había engañado, sido juguete de una alucinación, y que lo que tomara por la sombra de un hombre era la que proyectara una rama de árbol agitada por la brisa nocturna.

No sólo era razonable semejante observación, sino lógica; sin embargo, el joven no se dio por satisfecho, sino que sonriéndose con ironía, en lugar de internarse en la huerta se deslizó con precaución a lo largo de la cortina de enredaderas que de este lado formaba una pared de verdor a la hacienda.

Diez minutos después Luis se detuvo para tomar aliento y orientarse.

—No me he equivocado, aquí es, murmuró el joven después de tender una mirada escrutadora a su alrededor.

E inclinándose hacia adelante, apartó con tiento sumo las hojas y las ramas, y miró; pero casi al punto se echó hacia atrás ahogando un grito de sorpresa. Se encontraba frente por frente de las habitaciones de doña Dolores.

Ésta, apoyada en el alféizar de una ventana, al parecer estaba engolfada en una conversación por demás interesante con un joven situado a dos pies de ella en la huerta.

Al conde le fue imposible conocer a aquel hombre, del que sólo le separaban algunos pasos, primeramente porque estaba vuelto de espaldas y luego porque iba envuelto en una capa que le ocultaba del todo.

—¡Ah! murmuró el conde, no me había equivocado.

A pesar de que semejante descubrimiento le ajaba el amor propio, el conde experimentó una satisfacción íntima al ver realizadas sus sospechas, pues el hombre aquél no podía sino ser un amante.

Con todo, por mucho que los dos interlocutores suavizasen la voz, no hablaban tan quedo que a corta distancia no se les pudiese oír; así es que Luis, si bien tildándose la poco delicada acción que estaba cometiendo, excitado por su despecho y quizá, sin darse cuenta de ello, por los celos, entreabrió las ramas y avanzó de nuevo la cabeza para escuchar.

—Dios mío, decía doña Dolores con acento conmovido, cuando se pasan algunos días sin que le vea a V., la zozobra me mata, siempre estoy temiendo una desgracia.

—¡Diantre! murmuró el conde, pues no le ama poco.

Este aparte le privó de oír la contestación del hombre.

—¿Estoy condenada a vivir mucho tiempo aquí? continuó la joven.

—Tenga V. un poco de paciencia, respondió el desconocido con voz sorda, pronto habrá concluido todo, así lo espero. Y él ¿qué hace?

—Sombrío y misterioso como siempre, respondió doña Dolores.

—¿Se encuentra en la hacienda esta noche?

—Sí.

—¿Arisco como de costumbre?

—Más todavía.

—¿Y el francés?

—¡Ah! murmuró Luis, vamos a ver qué concepto le merezco.

—Es un caballero cumplido, respondió la joven con voz trémula; hace algunos días que le veo triste, o a lo menos lo parece.

—¿Se está aburriendo?

—Me temo que sí.

—¡Pobre niña! dijo para sus adentros el conde, ha advertido que me estoy aburriendo; a bien que cuido poco de ocultarlo. Pero, añadió con fatuidad, ¿me habré engañado por ventura? ¿Y si el hombre ese no fuese un amante? ¿Quién sabe?

Durante este largo soliloquio, los dos interlocutores habían continuado su conversación, que resultó totalmente perdida para el conde.

—Ya que V. lo exige lo haré, dijo la joven, cuando Luis se puso a escuchar de nuevo; ¿pero tan necesario es, amigo mío?

—Indispensable, Dolores.

—¡Demontre! ¡qué familiaridad! murmuró el conde.

—Obedeceré pues, profirió la joven.

—Ahora adiós, he permanecido aquí demasiado tiempo, dijo el desconocido.

Éste se bajó el sombrero hasta los ojos, murmuró «adiós» por última vez y se alejó apresuradamente.

Luis había permanecido inmóvil, estupefacto, en el mismo sitio en que se encontraba; al pasar, casi rozándole la ropa, el desconocido, que sin embargo no reparara en él, una rama le hizo caer el sombrero y un rayo de luna le iluminó de lleno el semblante.

—¡Oliverio! murmuró el conde. ¡Ah! ¡con que a él es a quien ama Dolores!

El joven se volvió a su aposento dando traspiés como un ebrio, trastornado por el descubrimiento que acababa de hacer, y se acostó; pero en vano intentó conciliar el sueño; toda la noche estuvo forjando proyectos a cual más descabellado. Con todo a la madrugada su turbación pareció ceder al cansancio.

—Antes de tomar una resolución definitiva, dijo para sí el conde, quiero celebrar una conferencia con ella; no la amo, es cierto, pero mi honor me exige que le dé a conocer que no soy un necio y que todo lo sé. Hoy mismo voy a solicitar de ella una entrevista.

Más tranquilo, después de haber tomado esta determinación, el conde se durmió, y al despertar vio al pie de su cama a Raimbaut, con un papel en la mano.

—¿Qué hay? preguntó el joven a su ayuda de cámara.

—Traigo una carta para el señor conde, respondió éste.

—¿Serán noticias de Francia? profirió Luis.

—No lo creo, dijo Raimbaut; esta carta se la dio a Lanza una de las doncellas de doña Dolores de la Cruz para que se la entregaran a usted tan pronto como se despertase.

Realmente la mencionada carta era de la hija de don Andrés, y no contenía sino las contadas líneas siguientes, escritas en carácter de letra elegante y un poco trémulo:

«Doña Dolores de la Cruz ruega encarecidamente al señor don Luis del Saulay se sirva concederle una entrevista particular para tratar de un asunto de gran importancia, hoy, a las tres de la tarde, hora en que la misma le aguardará en sus habitaciones.»

—Ahora sí que me quedo del todo a oscuras, dijo el conde.

Y tras un instante de reflexión, añadió:

—¡Bah! tal vez vale más que esta proposición parta de ella.


[VII]

EL RANCHO

El Estado de Puebla está formado por una meseta de más de veinticinco leguas de circunferencia, cruzada por las elevadas cordilleras del Anáhuac.

Los llanos que circuyen la ciudad, muy desiguales, están surcados por multitud de torrenteras, cubiertos de colinas y cerrados al horizonte por montañas que ostentan un sudario de nieves eternas.

Hasta donde alcanza la vista se extienden inmensos campos de maguey, verdaderos viñedos de aquellas comarcas, ya que de esta planta se extrae el pulque, bebida predilecta de los mejicanos.

No existe perspectiva tan imponente como la que ofrecen aquellas enormes pitas de hojas prietas, duras, lustrosas, llenas de temibles espinas, que alcanzan seis y ocho pies de longitud.

Poco más o menos a dos leguas de Puebla, como quien se encamina a Méjico, se encuentra la ciudad de Cholula, en otro tiempo plaza fuerte importante, pero que hoy, decaída de su pasado esplendor, no encierra sino unas doce o quince mil almas.

En tiempo de los aztecas, el territorio que hoy constituye el Estado de Puebla, era considerado por los habitantes como una Tierra Santa privilegiada, como el santuario de la religión. Ruinas importantes y sobre todo muy notables desde el punto de vista arqueológico, atestiguan todavía hoy la verdad de lo que dejamos expuesto; en un espacio muy limitado existen tres pirámides principales, sin contar las ruinas con que a cada paso tropieza el viajero.

De las tres pirámides de que acabamos de hacer mérito, una sobre todo goza de justa celebridad, aquélla a la cual los hijos de la tierra apellidan Monte hecho a mano, o gran teocali de Cholula.

Dicha pirámide, coronada de cipreses y en la cúspide de la cual se levanta hoy una capilla dedicada a Nuestra Señora de los Remedios, está enteramente labrada de ladrillos, mide ciento setenta pies de altura, y, según calcula Humboldt, su base tiene una longitud de mil trescientos cincuenta y cinco, esto es, un poco más del doble que la base de la pirámide de Cheops.

Ampere hace observar, con mucho tacto y primor, que la imaginación de los árabes ha rodeado de prodigios la cuna para ellos desconocida de las pirámides egipcias, cuya construcción hace remontar a la época del diluvio, y que lo mismo acontece en Méjico, al efecto relata una tradición recogida en 1566 por Pedro del Río, referente a las pirámides de Cholula y conservada en los manuscritos de éste existentes hoy en el Vaticano.

Nosotros a nuestra vez copiaremos al célebre sabio trasladando a estas páginas la mentada tradición tal cual él la publicó en sus Paseos por América.

Dice así:

«En tiempo de la última grande inundación, la tierra de Anáhuac (la meseta de Méjico) estaba habitada por gigantes. Los que no perecieron en aquel desastre quedaron convertidos en peces, excepto siete gigantes, que se refugiaron en cavernas cuando las aguas empezaron a bajar. Uno de aquellos titanes, apellidado Xelhua, que era arquitecto, construyó cerca de Cholula, en recuerdo de la montaña de Tlaloc, que había servido de asilo a él y a sus hermanos, una columna de forma piramidal. Celosos los dioses al ver aquel edificio cuya cima se esconde en las nubes, e irritados ante la audacia de Xelhua, fulminaron fuegos celestes contra la pirámide, de lo que se originó la muerte de muchos de los que en ella trabajaban y la interrupción de las obras. Dicha pirámide fue consagrada al dios del aire, Qualzalcoatl.»

¿Quién al leer las líneas que preceden, no creería hacerlo del bíblico relato de la construcción de la Torre de Babel?

Sin embargo, en la descripción esta resalta un error no imputable al célebre Ampere, y que a pesar de nuestra humilde condición de novelista creemos útil rectificar.

Quetzalcóatl, la serpiente cubierta de plumas, cuya raíz es Quetzalli, pluma, y Coatl, serpiente, y no Qualzalcoatl, que nada significa y no es siquiera mejicano o más bien dicho azteca, es el dios del aire, el dios legislador por excelencia: era blanco y barbudo y negra su capa y salpicada de cruces rojas; apareció a Tula, del que fue gran sacerdote; los hombres que le acompañaban vestían traje negro en forma de sotana y, como él, eran blancos.

Atravesaba Cholula el mencionado dios para dirigirse al misterioso país de donde habían salido sus antepasados, cuando los cholulanos le suplicaron que les gobernase y les diese leyes, en lo que consintió, permaneciendo veinte años entre ellos; luego y considerando ya terminada provisionalmente su misión, se fue hasta la desembocadura del río Huasacoalco, una vez en la cual desapareció, no empero sin haber prometido a los cholulanos que días a venir regresaría para gobernarles.

Apenas hace un siglo que los indios, al llevar sus ofrendas a la capilla que, consagrada a la Virgen, se levanta en la cima de la pirámide, elevaban todavía sus preces a Quetzalcóatl, cuyo regreso aguardaban piadosamente.

No nos atreveríamos a afirmar que dicha creencia esté en lo presente extinguida del todo.

La pirámide de Cholula en nada se parece a las de Egipto: cubierta completamente de tierra, forma una frondosa colina, a cuya cúspide es fácil llegar no sólo a caballo, sino también en coche.

En algunos sitios la tierra se ha desmoronado dejando al descubierto los ladrillos cocidos al sol, que para la construcción de la pirámide se emplearon.

En la cúspide de la pirámide y en el sitio mismo en que estaba construido el templo consagrado a Quetzalcóatl, se eleva actualmente una capilla cristiana.

Sentimos que algunos escritores hayan supuesto que el cristianismo ha sustituido un culto bárbaro y cruel. Nunca el pico de la pirámide de Cholula se vio manchado de sangre humana, nunca hombre alguno fue inmolado al dios adorado en el templo hoy destruido, y al cual por toda ofrenda le presentaban productos de la tierra, tales como flores y las primicias de las cosechas, y esto por orden expresa del dios legislador.

Eran las cuatro de la madrugada: las estrellas empezaban a desaparecer en las profundidades del firmamento, el horizonte se teñía de anchas y cenicientas ráfagas de luz que variaban incesantemente y tomaban poco a poco los colores del prisma para fundirse en uno solo rojo cual sangre; quebraba el alba; el sol iba a aparecer.

En este instante salieron de Puebla dos jinetes, tomaron al trote largo la carretera de Cholula, y no medía legua de la ciudad doblaron prontamente hacia la derecha, internándose en un angosto sendero abierto en un campo de agave.

Dicho sendero, pésimamente conservado, como todas las vías de comunicación de Méjico, describía un sin fin de revueltas y estaba cortado por tantas torrenteras, que era imposible transitar por él sin exponerse a cada paso a romperse la nuca. Ora se interponía un arroyo, al que era menester atravesar con agua hasta la cincha del caballo, ora una colina.

Después de veinticinco minutos de una carrera tan erizada de dificultades, los dos jinetes llegaron al pie de una como pirámide groseramente labrada a mano, enteramente cubierta de vegetación y de unos cuarenta pies de altura sobre el nivel del suelo.

En la cúspide de aquella colina artificial se elevaba un rancho de vaquero, al que se llegaba por medio de escalones abiertos a trechos en las vertientes de la misma.

Una vez allí, el desconocido se detuvo y echó pie a tierra, operación que imitó su compañero.

Entonces los dos hombres dieron suelta a sus caballos, hundiendo el cañón de sus fusiles en una fragosidad de la base de la colina, y cogiendo con ambas manos la culata de sus armas hicieron servir a éstas de alzaprima.

Aunque uno ni otro de los dos se esforzaron mucho, una enorme piedra, al parecer completamente adherida al suelo, se movió lentamente, giró sobre goznes invisibles y dejó al descubierto la entrada de una cueva que en pendiente suave penetraba en el suelo, y la cual indudablemente recibía aire y luz por infinidad de imperceptibles intersticios, pues estaba seca y en ella se veía claramente.

—Baja, López, dijo el desconocido.

—¿Y V. se va arriba? preguntó el segundo jinete.

—Sí; dentro de una hora ven a reunirte conmigo, a no ser que me hayas visto antes.

—Perfectamente.

López silbó entonces a los caballos, que vinieron rápidamente al encuentro de sus dueños, y a una señal de aquél, se internaron buenamente en la cueva.

—Hasta la vista, dijo López.

El desconocido dirigió una señal afirmativa a su criado, quien se metió a su vez en la concavidad, e hizo girar nuevamente tras sí la piedra, la cual se adaptó tan perfectamente a la roca, que no dejó vestigio alguno de entrada.

Aquél había permanecido inmóvil y con los ojos fijos en la llanura que le rodeaba, cual si hubiese querido cerciorarse de que estaba completamente solo y nada tenía que temer de las miradas indiscretas.

Una vez en su sitio la piedra que cerraba la boca de la cueva, el desconocido se echó el fusil al hombro y empezó a subir lentamente los escalones y al parecer sumergido en meditación sombría.

Desde lo alto de la colina la vista abarcaba un horizonte extenso: de un lado Zapotecas, Cholula, haciendas y aldeas; del otro, Puebla con sus innumerables cúpulas esféricas y pintadas, que la daban apariencias de ciudad oriental; luego campos de maguey, trigo o agave, por en medio de los cuales serpenteaba, trazando una línea amarilla, la carretera de Méjico.

El desconocido permaneció pensativo por un instante, con la mirada fija en la llanura, completamente desierta en aquella hora matinal y a la que el sol naciente matizaba de irisados reflejos; luego, después de haber exhalado un ahogado suspiro, empujó el zarzo forrado de un cuero de buey que servía de puerta al rancho, y desapareció en el interior de éste.

Desde fuera, el rancho asumía el mísero aspecto de una cabaña casi arruinada; sin embargo de lo cual interiormente ofrecía más comodidades de las que cabía derecho a esperar en una región donde las exigencias de la vida, sobre todo para el pueblo, están reducidas a lo más estrictamente necesario.

La primera pieza, porque el rancho tenía muchas, servía de locutorio y de comedor y comunicaba con un cobertizo colocado en el exterior y que hacía las veces de cocina. Las encaladas paredes del mencionado comedor estaban adornadas, no de cuadros, sino de seis u ocho láminas iluminadas, hechas en Epinal y de las que esta ciudad inunda la tierra; dichas láminas representaban distintos episodios de las guerras del Imperio y estaban pulidamente encuadradas y cubiertas con sendos cristales. En un ángulo, poco más o menos a seis pies de altura y sobre una consola de palisandro con la tapa rodeada de pinchos en los que estaban clavados cirios de cera amarilla, de los cuales ardían tres, había una estatuita que representaba a la Virgen de Guadalupe, patrona de Méjico. Seis equipales, cuatro butacas, un aparador atestado de utensilios caseros y una mesa bastante capaz colocada en medio del comedor, completaban el ajuar de esta pieza, alegrada por dos ventanas con cortinas encarnadas.

El suelo estaba cubierto con un petate de labor delicada.

Se nos olvidaba hacer mención de un mueble asaz importante por su rareza y que en verdad nadie hubiera presumido encontrar en sitio semejante: el mueble a que nos referimos era un reloj de cuclillo, de la Selva Negra, coronado de un pájaro que con su canto anunciaba las horas y las medias horas.

Dicho reloj estaba colocado frente a la puerta de entrada, entre las dos ventanas, y a la derecha del mismo había otra puerta que conducía a los aposentos interiores.

El desconocido, que en el momento de entrar en el comedor no encontró a nadie, dejó su fusil en un rincón de la pieza, colocó su sombrero sobre la mesa, abrió una ventana hasta al pie de la cual arrastró una butaca en la que se sentó, lió un cigarrillo de paja de maíz, le dio fuego y empezó a fumar con la misma tranquilidad e indolencia que hubiera hecho en su propia casa, después de haber consultado el reloj y murmurado:

—¡Las cinco y media! me queda tiempo todavía: tardará en llegar.

Después de haber hablado de esta suerte consigo mismo, el desconocido se echó atrás descansando la cabeza en el respaldo de su butaca, cerró los ojos, soltó el cigarrillo, y pocos minutos después quedó profundamente dormido.

Media hora, poco más o menos hacía que nuestro personaje estaba durmiendo, cuando abrieron con precaución una puerta situada a sus espaldas, y por ella penetró de puntillas en el comedor una hechicera joven de veintidós a veintitrés años a lo sumo, de ojos azules y rubia cabellera, la cual avanzó la cabeza con ademán de curiosidad y fijó una mirada de benevolencia, casi diremos de ternura, en el durmiente.

El rostro de la recién llegada respiraba la alegría y la travesura unidas a una bondad extrema; sus facciones, sin ser correctas, constituían un conjunto coqueto y gracioso agradable a la primera mirada; la distinguía de las otras mujeres de rancheros, indias cobrizas casi todas ellas, un cutis blanquísimo, y ostentaba un traje correspondiente a su clase, pero de limpieza notable y llevado con garbo y sal que le sentaban a las mil maravillas.

La joven se acercó poquito a poco al durmiente, con la cabeza echada hacia atrás y un dedo en los labios, indudablemente con el propósito de recomendar a dos personas que la seguían, un hombre y una mujer entrada en años, que hiciesen el menos ruido posible.

De los dos nuevos personajes que vamos a introducir en escena, la mujer frisaba con los cincuenta y con los sesenta el hombre, y ambos tenían las facciones vulgares y sin expresión, a no ser la de una voluntad enérgica.

La mujer vestía el traje de las rancheras mejicanas; el hombre era vaquero.

Una vez los tres junto al desconocido, se colocaron frente a él y permanecieron inmóviles, contemplando como dormía.

En esto por la ventana penetró un rayo de sol, que fue a dar en el rostro del desconocido; el cual abrió los ojos y se levantó de improviso, profiriendo en francés estas palabras:

—¡Vive Dios! el diablo se me lleve si no me he dormido.

—¿Y qué mal hay en ello, don Oliverio? dijo en el mismo idioma el ranchero.

—¡Ah! ¿están Vds. ahí, amigos míos? profirió Oliverio sonriendo alegremente y tendiéndoles la mano; grato despertar el mío, ya que les encuentro a mi lado. Buenos días, Luisa, hija mía; buenos días, Teresa, y tú, mi viejo Loick, buenos días también. Traen Vds. unos rostros que da gusto verles.

—Siento que se haya despertado V., don Oliverio, dijo la hechicera Luisa.

—Tanto más cuanto estará V. fatigado, añadió Loick.

—¡Bah! ¡bah! ¿quién piensa en ello? ¿Verdad que no sospechaban Vds. encontrarme aquí?

—Dispense V., don Oliverio, dijo Loick, López me había notificado su llegada.

—Ese diablo de López no puede poner freno a su lengua, profirió de buen humor Oliverio; siempre será charlatán.

—¿Va V. a almorzar con nosotros? preguntó la joven.

—Esto no se pregunta, hijita, dijo el vaquero; bueno estaría que don Oliverio se negase a acompañarnos.

—Ea, regañón, no refunfuñes, profirió Oliverio sonriendo, almorzaré con vosotros.

—¡Bravo! ¡bravo! exclamó Luisa.

Y con ayuda de Teresa, que era su madre, así como Loick su padre, la joven empezó a preparar lo todo para el almuerzo.

—Pero ya lo saben Vds., dijo Oliverio; nada mejicano; no quiero oír hablar de la detestable cocina de esta tierra.

—Nada tema, contestó Luisa sonriendo; almorzaremos a la francesa.

—Magnífico; esto dobla mi apetito.

Mientras las dos mujeres iban y venían de la cocina al comedor para preparar el almuerzo y poner la mesa, Oliverio y Loick habían quedado solos al pie de la ventana y sostenían conversación animada.

—¿Y V. siempre satisfecho? preguntó Oliverio a su anfitrión.

—Siempre, respondió Loick; don Andrés de la Cruz es un buen amo; además, como V. sabe, me relaciono poco con él.

—Es cierto; V. sólo se las ha con don León Carral.

—No me quejo de él, pues pese a ser mayordomo es sujeto excelente; nos entendemos a las mil maravillas.

—Mejor que mejor; hubiera sentido lo contrario. Por otra parte, si V. consintió en tomar este rancho se debe a mi recomendación; así pues si ocurriese algo...

—Se lo diría a V. sin ambages, don Oliverio; pero por este lado todo marcha a pedir de boca.

El aventurero fijó una mirada escrutadora en su interlocutor, y profirió:

—¿Conque hay algo que vaya mal por otro lado?

—No digo eso, señor, balbuceó con turbación el vaquero.

—Recuerde V., Loick, dijo Oliverio con severidad y moviendo la cabeza, las condiciones que le impuse cuando le concedí mi perdón.

—Las tengo fijas en mi memoria, señor.

—¿No ha hablado V. a nadie?

—A nadie.

—¿Así pues, Domingo continúa creyendo...?

—Sí, señor, respondió el vaquero inclinando la cabeza; pero no me lleva el más mínimo afecto.

—¿En qué se funda V. para hacer semejante suposición?

—¡Oh! estoy seguro de lo que digo, señor; desde que V. se lo llevó a las praderas, su carácter ha cambiado radicalmente: los diez años que pasó lejos de mí le volteó del todo indiferente.

—Tal vez obedezca a un presentimiento, murmuró sordamente el aventurero.

—¡No diga V. esto, señor! exclamó con espanto Loick; la miseria es mala consejera; muy culpado fui; ¡pero si V. supiese cuán arrepentido estoy de mi crimen!

—Lo sé, y por esto le perdoné. Día llegará en que el verdadero culpado recibirá el castigo que merece.

—Sí, señor, y me estremece a mí, miserable, estar envuelto en este siniestro drama cuyo desenlace va a ser terrible.

—Terrible será en efecto, y V. va a presenciarlo, Loick, profirió en voz enérgica y reconcentrada Oliverio.

El vaquero dio un suspiro que no pasó por alto a su interlocutor.

—No he visto a Domingo, dijo el aventurero, variando súbitamente de tono; ¿duerme todavía?

—Le instruyó V. demasiado bien para que así sea, señor; de todos nosotros es el primero en levantarse.

—¿Cómo pues no se encuentra aquí?

—Salió, respondió con vacilación el vaquero; ¡caramba! tiene ya veintidós años y es libre de sus acciones.

—¡Ya! murmuró el aventurero con acento sombrío.

Luego, moviendo la cabeza, añadió:

—Almorcemos.

El almuerzo empezó bajo tristes auspicios, pero gracias a los esfuerzos de Oliverio, pronto reapareció el buen humor, y el final de aquél fue tan alegre como podía desearse.

De improviso López entró en el rancho, y dijo:

—Señor Loick, ahí está su hijo; no sé lo que trae, pero viene a pie y conduciendo de la brida a su caballo.

Todos se levantaron de la mesa y se salieron del rancho.

A un tiro de fusil, en el llano, se divisaba en efecto un hombre que conducía por la brida a un caballo, en los lomos del cual estaba atado un fardo bastante voluminoso, aunque difícil de distinguir claramente a causa de la distancia que separaba uno de otros.

—¡Es singular! murmuró Oliverio en voz sumamente queda y después de haber examinado atentamente y por espacio de algunos segundos al que llegaba; ¿será él por ventura? Quiero asegurarme de ello inmediatamente.

Y en haciendo seña a López de que le siguiese, el aventurero descendió apresuradamente los escalones, dejando absortos al vaquero y a las dos mujeres, que pronto le vieron correr, seguido de López, por el llano y al encuentro de Domingo.

Éste, al ver a los que hacia él se encaminaban, se detuvo para aguardarles.


[VIII]

EL HERIDO

El silencio más profundo reinaba en el campo; la brisa nocturna había parado por completo. Sólo el incesante susurro de los infinitamente pequeños, dedicados sin reposo a la desconocida labor para la cual los ha creado la Providencia, turbaba la quietud de la noche; por el oscuro azul del firmamento no cruzaba nube alguna; de las estrellas partía una suave claridad, y los rayos lunares difundían sobre la tierra resplandores crepusculares, dando apariencias fantásticas a los árboles y a las colinas, los cuales proyectaban larguísima sombra; por la atmósfera, de limpidez tal que permitía oír el pesado y sacudido vuelo de los coleópteros al girar zumbando en torno de las ramas, cruzaban azulados reflejos, y al través de las altas hierbas, a las cuales iluminaban con su fosfórica luz, revoloteaban millares de luciérnagas. En suma, era una de las templadas y límpidas noches mejicanas, desconocidas en nuestros fríos climas menos favorecidos por el cielo; una de esas noches que sumergen el alma en divagación melancólica y suave.

De improviso surgió una sombra en el horizonte, se agrandó y a no tardar dibujó el bulto negro y todavía indeterminado de un jinete; que tal debió ser a juzgar por el ruido que producía en la endurecida tierra el rápido andar de un caballo.

En efecto, un jinete era él que se iba acercando. Seguía éste el camino de Puebla, semiamodorrado sobre su cabalgadura, a la que puede decirse dejaba avanzar a su antojo, de tal suerte llevaba flojas las riendas, cuando ésta, al llegar a una como encrucijada en medio de la cual se levantaba una cruz, hurtó súbitamente el cuerpo, enderezó las orejas y retrocedió con viveza.

El jinete, inopinadamente arrancado de su sueño, o lo que es más probable, de sus meditaciones, dio un salto sobre la silla y hubiera perdido los estribos a no haber instintivamente recogido al caballo tirando de las riendas con todas sus fuerzas.

—¡Hola! dijo el jinete levantando prontamente la cabeza y llevando la mano a su machete, mientras tendía en torno de sí una mirada de inquietud; ¿qué ocurre? ¿qué significa este pavor, Moreno mío? ¡Ea! sosiégate, nadie está pensando en nosotros.

Pero por más que su amo le dirigía palabras de halago y, al parecer, los dos vivían en muy buena inteligencia, el animal no cesaba de rezongar y daba muestras más y más vivas de sobresalto.

—Esto no es natural, vive Dios; tú no acostumbras a espantarte para nada. Vamos a ver, Moreno, ¿qué ocurre?

El viajero miró de nuevo a su alrededor, pero más atentamente que la primera vez y fijando los ojos en el suelo.

—¡Ah! profirió de pronto el jinete, reparando en un cuerpo tendido en tierras Moreno tiene razón; aquí veo algo, quizás el cadáver de algún hacendero a quien los salteadores habrán dado muerte para despojarle con más libertad, y al cual habrán abandonado luego sin cuidarse más de él, veamos.

Mientras estuvo hablando de esta suerte a media voz, el jinete se apeó; pero como era prudente y probablemente hacía mucho tiempo que estaba acostumbrado a recorrer los caminos de la confederación mejicana, amartilló su fusil y se apercibió al ataque y a la defensa, por si al individuo a quien quería prestar socorro se le ocurría levantarse prontamente para pedirle la bolsa o la vida; eventualidad muy en las costumbres de aquella tierra y contra la cual y ante todo es menester prevenirse.

Se acercó pues el jinete al cadáver, y por un instante le contempló con la más grave atención.

—¡Jum! murmuró el viajero, tan pronto se hubo convencido de que nada debía temer del infeliz que yacía a sus pies, y moviendo repetidas veces la cabeza, ahí un pobre diablo que me parece está muy enfermo; si no está muerto poco le falta. En fin, por sí o por no y aun cuando me parece trabajo inútil, veamos de prestarle auxilio.

Después de este nuevo soliloquio, el viajero, que no era otro que Domingo, el hijo del ranchero de que hemos hablado más arriba, bajó el gatillo de su fusil, dejó el arma en la margen del camino y al alcance de la mano por si ocurría tener que hacer uso de ella, arrendó su caballo a un árbol, y se quitó su sarape con objeto de poder obrar con desahogo.

En tomando calmosa y metódicamente todas estas precauciones, pues era hombre cuidadosísimo en todo, Domingo descolgó las alforjas que colgaban de la grupa de su caballo, se las echó al hombro, se arrodilló al lado del cuerpo tendido, apartó a éste las ropas que le cubrían el pecho, en el que tenía una grande herida, y le auscultó.

Domingo, que era de estatura elevada, miembros armónicos y musculatura de bronce, estaba dotado de gran fuerza corporal y sus movimientos eran ágiles y virilmente graciosos; en suma, era una de esas organizaciones robustas poco comunes doquiera que sea, pero de las que con más frecuencia se encuentran ejemplares en las regiones donde las exigencias de una vida de lucha desarrollan en proporciones sobradas veces excesivas las facultades físicas del individuo.

Veintiocho años le hubiera echado cualquiera a Domingo, a pesar de que aún no había cumplido los veintidós. Facciones hermosas, viriles e inteligentes, grandes y negros ojos de mirar noble, frente despejada, cabellos castaños y ensortijados de suyo, boca grande y de labios un tanto gruesos, bigote arrogantemente atusado, barbilla saliente y angulosa, daban a su fisonomía una expresión de franqueza, audacia y bondad, realmente simpática, al par que le imprimía un sello de indecible distinción. Lo más singular era que aquel hombre, perteneciente a la humilde clase de vaqueros, tenía manos y pies de una pequeñez extremada, particularmente las manos, de irreprochable corte aristocrático.

Tal era en lo físico del nuevo personaje que acabamos de presentar al lector y que está llamado a desempeñar un papel importante en el decurso de nuestro relato.

—Trabajo va a costarle el recobrarse, si es que se recobra, profirió Domingo levantándose después de haber inútilmente ensayado oír los latidos del corazón del herido.

Sin embargo, lejos de perder la esperanza, el joven abrió sus alforjas y sacó de ellas un pedazo de tela, un estuche y una cajita cerrada con llave, mientras sonreía y decía entre sí:

—Por fortuna conservo mis costumbres indias y siempre traigo conmigo mi botiquín.

Y poniendo manos a la obra sin perder momento, sondeó la llaga y la lavó cuidadosamente.

De los amoratados labios de la herida salía la sangre gota a gota.

Domingo destapó un frasco lleno de un licor rojizo, vertió sobre la llaga algunas gotas del mismo y la sangre dejó de manar como por arte de magia.

Entonces y con destreza que demostraba mucha práctica, el joven vendó la herida después de aplicar a ésta con tiento sumo algunas hierbas machacadas y humedecidas con el licor rojizo que ya empleara.

El infeliz no daba señal alguna de vida; su cuerpo seguía conservando la rigidez de los cadáveres; con todo, en las extremidades persistía un poco de sudor, diagnóstico que daba a suponer a Domingo que en aquel pobre cuerpo no se había extinguido aún del todo la vida.

Después de haberlo curado con el amor que hemos visto, el joven levantó un poco al herido y le arrimó a un árbol; luego le dio en el pecho, sienes y muñecas unas friegas de ron mezclado con agua, interrumpiendo de vez en cuando su operación para fijar una mirada cuidadosa en el contraído y lívido rostro del paciente.

Todo, al parecer, debía ser inútil: contracción alguna, ni el más leve estremecimiento indicaban que el herido sustentase un átomo de vida.

Mas ¿existe algo tan firme como la voluntad del hombre que se empeña en salvar a un semejante? Domingo, por mucho que empezase a dudar formalmente del éxito de sus esfuerzos, lejos de desalentarse sintió redoblar su ardor, por lo que resolvió no abandonar la partida hasta quedar plenamente convencido de que todo auxilio era inútil.

Conmovedor era el cuadro que formaban aquellos dos hombres, uno impulsado por el santo amor de la humanidad, encarnizándose, si vale la palabra, en prodigar al otro los más solícitos y paternales cuidados, al pie del redentor signo de la cruz, en medio de un camino desierto y durante una noche tranquila y clara.

Domingo interrumpió de improviso las friegas, y dándose una palmada en la frente cual si de su cerebro hubiese surgido súbito un pensamiento, murmuró:

—¿Dónde diablos tengo la cabeza?

Y empezó a sacar objetos de sus alforjas, que parecían inagotables, tal cantidad de adminículos encerraban, hasta que dio con una calabaza tapada cuidadosamente; luego destapó la calabaza, entreabrió con la hoja de su cuchillo los apretados dientes del herido, y al par que con ansiedad examinaba el semblante de éste, le vertió en la boca parte de lo que contenía la referida calabaza.

Dos o tres minutos después el herido se estremeció casi imperceptiblemente y movió los párpados cual si hubiese intentado abrirlos.

—¡Ah! murmuró Domingo con alegría, lo que es esta vez me parece que voy a triunfar.

Y colocando la calabaza a su lado, anudó las friegas con nuevo ardor.

A los redoblados esfuerzos del joven, el herido exhaló un suspiro suave, sus miembros empezaron a perder su rigidez, y su respiración, aunque débil y entrecortada, se hizo más distinta; las facciones se le aflojaron, los pómulos se le salpicaron de manchas encarnadas, y a pesar de que continuaba con los ojos cerrados, movió los labios cual si hubiese querido proferir algunas palabras.

—¡Bah! murmuró Domingo con acento de satisfacción, todavía no ha muerto, pero de buena habrá escapado si se salva. ¡Bravo! he aprovechado el tiempo. Pero ¿quién puede haberle dado tan furiosa estocada? En Méjico nadie se bate a espada. Por mi alma que si no temiese inferirle injuria, casi me atrevería a asegurar que conozco al individuo que ha aviado de tan mala manera a este infeliz; pero paciencia; como hable, que hablará, el demonio me lleve si por astuto que sea no le hago cantar con quien se las ha habido.

Ínterin, la vida, después de haber por largo tiempo vacilado en penetrar de nuevo en aquel cuerpo al que casi abandonara, había empeñado una lucha encarnizada contra la muerte, a la que por momentos hacía perder terreno; los movimientos del herido iban siendo más y más marcados y sobre todo más inteligentes, y por dos veces había abierto éste los ojos, si bien para cerrarlos otra vez y casi al punto. La mejoría era sensible, y no era ya sino asunto de tiempo él que recobrase la razón.

Domingo tomó un vaso, vertió en él un poco de agua en la que echó contadas gotas del licor encerrado en la calabaza, y lo acercó a la boca del herido, el cual abrió los labios y bebió, dando después un suspiro de alivio.

—¿Qué tal se encuentra V.? le preguntó con interés el joven.

Al son de aquella voz desconocida, el herido se estremeció, hizo un ademán como si hubiese querido repeler una imagen espantosa, y murmuró con voz sorda:

—¡Máteme V.!

—¡Cómo se entiende que le mate! me guardaré muy bien, profirió alegremente Domingo: no me afané en resucitarle para eso.

El herido entreabrió los ojos, tendió una mirada despavorida en torno de sí, y fijándola luego y con espanto indecible en el joven, exclamó:

—¡El enmascarado! ¡el enmascarado! ¡oh! ¡atrás! ¡atrás!

—Fuerte ha sido la conmoción cerebral, dijo entre sí Domingo; es pábulo de una alucinación febril que, de persistir, podría parar en la demencia. ¡Jum! el caso es grave. ¿Qué hacer para aplicar remedio al mal?

—¡Verdugo! prosiguió en voz apenas perceptible el herido, ¡mátame!

—Parece que está aferrado a esta idea, murmuró Domingo; este hombre cayó en una emboscada horrible; su conturbado espíritu sólo le recuerda la última escena de muerte en la que tan desgraciado papel le tocó desempeñar; es menester concluir de una vez y devolverle la tranquilidad necesaria a su salud, o de no está perdido.

—Ya lo sé, dijo el herido, que oyera claramente las últimas palabras pronunciadas por Domingo; mátame pues y acaba con mis padecimientos.

—¡Ah! ¿me oye V., señor? profirió Domingo; perfectamente; entonces escúcheme sin interrumpirme; yo no soy uno de los que le redujeron al estado en que V. se encuentra, sino un viajero a quien el acaso, o más bien dicho la Providencia condujo por este camino para que le auxiliase a V., y aquí estoy para salvarle. ¿Me comprende V.? Así pues, déjese de quimeras y olvide si puede, a lo menos por ahora, lo que ocurrió entre usted y sus asesinos; a mí no me anima otro deseo que él de serle útil, y en prueba de ello, sepa que a no ser el auxilio que le he prestado, en lo presente ya estaría V. muerto y bien muerto; no oponga obstáculos a la tarea ya de suyo tan dificultosa que me he impuesto, y sepa que su salvación desde este momento depende exclusivamente de V.

El herido hizo un movimiento atropellado para levantarse, pero sus fuerzas le engañaron y cayó otra vez, dando un suspiro de desaliento y murmurando:

—¡No puedo!

—Yo lo creo, herido como está V., repuso Domingo, es milagro que la horrorosa estocada que recibió no le haya matado instantáneamente. Ea, no resista más a lo que la humanidad me manda hacer por V.

—¿Si no asesino, quién es V. pues? preguntó con desasosiego el herido.

—¿Que quién soy? un pobre vaquero que le encontró a V. aquí agonizando y tuvo la fortuna de devolverle la vida.

—¿Y V. me jura que le animan buenas intenciones?

—Por mi honra se lo juro a V.

—Gracias, murmuró el herido.

Uno y otro interlocutor guardaron silencio por espacio de algunos segundos, al cabo de los cuales y con reconcentrada energía el herido pronunció estas palabras:

—¡Oh! ¡quiero vivir!

—Comprendo este deseo y le hallo muy natural, dijo Domingo.

—Sí, quiero vivir, porque necesito vengarme.

—Justo es; la venganza está permitida.

—¿V. me promete salvarme?

—Haré cuanto esté en mi mano para conseguirlo.

—Estoy rico y le recompensaré a V.

—¿A qué hablar de recompensa? profirió Domingo moviendo la cabeza. ¿V. cree que la abnegación se compra?. Guarde V. su dinero, señor, pues como no lo necesito de nada me serviría.

—Sin embargo, mi deber...

—Ea, basta sobre el particular, por favor se lo ruego, o de no va V. a inferirme grave ofensa. Al salvarle a V. la vida cumplo con mi obligación, y de consiguiente no me cabe derecho a recompensa alguna.

—Obre V. pues como más bien le plazca.

—Ante todo prométame V. que no va a oponer ninguna objeción a lo que yo estime conveniente hacer en pro de su salvación.

—Lo prometo.

—Así nos entenderemos perfectamente. Pronto va a amanecer, y por lo tanto debemos no permanecer aquí más tiempo.

—¿Y a dónde quiere V. que yo vaya si me siento tan endeble que no puedo menearme lo más mínimo?

—No se apure por eso; le colocaré a V. sobre mi caballo y haciendo marchar éste al paso le conduciré a lugar seguro sin que sufra mucho traqueteo.

—Me entrego.

—Es lo mejor que puede V. hacer. ¿Quiere usted que le conduzca a su casa?

—¿Mi casa? profirió con mal disimulado espanto el herido al par que hacía un movimiento como si hubiese querido huir; ¿así pues V. me conoce y sabe dónde vivo?

—No sé quién es V. ni dónde está su casa.

—¿Cómo quiere V. que esté al tanto de estos pormenores si esta noche es la primera vez que le veo?

—Es verdad, murmuró el herido hablando consigo mismo; estoy loco; ése es hombre de buena fe. Luego, dirigiéndose a Domingo, añadió con voz entrecortada y apenas perceptible: soy un viajero; vengo de Veracruz y me dirigía a Méjico, cuando prontamente me vi atacado, despojado de cuanto poseía y abandonado por muerto al pie de esta cruz donde V. me encontró providencialmente; en este instante no tengo otro domicilio que él que a V. le plazca ofrecerme. Ahí mi historia, sencilla como la verdad.

—Tanto si es verdadera como no, nada me importa, señor, objetó Domingo; no me asiste derecho a inmiscuirme por fuerza en sus asuntos de V. Así pues, ahórrese el trabajo de comunicarme noticias que no le pido; nada me aprovechan, y en el estado en que V. se encuentra no pueden menos de serle perjudiciales, ya por la excesiva aplicación a que le sujetan el espíritu, ya porque le obligan a hablar.

En efecto, gracias solamente a un poderoso esfuerzo de voluntad, el herido había logrado sostener una conversación tan larga; la sacudida que experimentara había sido excesivamente recia y demasiado grave su herida para que a pesar de su ardiente deseo le fuese dable continuar la discusión sin peligro de caer en un síncope más peligroso que no él de que le sacara por modo tan milagroso su salvador. Sintiendo el pulsar de sus arterias, inundadas de sudor las sienes, oscurecida la vista, y que sus ideas, tan trabajosamente coordinadas, se le desvanecían de nuevo, comprendió qua sería locura prolongar su resistencia; se dejó caer pues hacia atrás con desaliento, y exhalando un suspiro de resignación, murmuró en voz débil:

—Haga V. de mí según su voluntad, amigo mío; me siento morir.

Domingo, que con ojos conturbados siguiera los movimientos del infeliz, se apresuró a darle de beber algunas gotas de cordial en él que había vertido un licor soporífero; socorro eficaz para el herido, que pareció recobrar la vida.

—Cállese V., dijo el joven a éste, al ver que quería darle las gracias; ya ha hablado usted sobradamente.

Y envolviéndole cuidadosamente en su capa, le tendió en el suelo y añadió:

—Así está V. bien; no se mueva y vea de dormir mientras yo estudio el modo de llevármele de aquí cuanto antes.

El herido no opuso resistencia; habiendo ya obrado en él el soporífero, sonrió suavemente, cerró los párpados y a no tardar quedó sumergido en sueño tranquilo y reparador.

Domingo, completamente satisfecho, le contempló por un instante, y luego murmuró con no fingida alegría:

—Prefiero verle así que no cual a mi llegada; pero todavía no está salvado. Ahora es menester partir lo más pronto posible si no quiero que me lo impidan los importunos que antes de poco van a infestar este camino.

Domingo desarrendó su caballo, le puso otra vez las bridas, le condujo al lado del herido, y después de haber preparado una especie de cama en la grupa del animal con algunas mantas a las que añadió su sarape, de que se despojó sin vacilar, levantó al paciente en sus nervudos brazos, con tanta facilidad como si hubiese sido un niño, y le colocó con tiento sumo sobre la cama, en la que le acomodó lo más bien que supo, cuidando, al mismo tiempo, de sostenerlo para evitar una caída que indefectiblemente hubiera sido mortal.

Una vez el joven se hubo asegurado de que el herido se encontraba en posición tan cómoda como permitían las circunstancias y sobre todo los deficientes medios de transporte de que disponía, arreó a su caballo, y empuñando las riendas echó a andar sin moverse del lado de aquél para sostener en equilibrio la cama, alejándose en dirección al rancho en el que le hemos precedido de una hora para introducir en él al aventurero.


[IX]

DESCUBRIMIENTO

Domingo seguía adelante paso ante paso, sosteniendo con mano firme al herido tendido sobre la silla de su caballo y vigilándole como una madre a su hijo, sin otro deseo que él de llegar lo más pronto posible al rancho a fin de prestar a aquel desconocido que a no ser él habría muerto por modo tan miserable, todos los cuidados que su estado reclamaba todavía.

No obstante la impaciencia que devoraba a Domingo, por desgracia a éste le era imposible apresurar el paso de su caballo al través de aquellos caminos cruzados de torrentes y casi impracticables, si no quería exponer a grave accidente al herido. Así pues, cuando al encontrarse a dos o tres tiros de fusil del rancho vio que se dirigían corriendo hacia él gran número de personas, si bien de momento no conoció quienes eran experimentó una satisfacción indecible, pues representaban un socorro, y éste, por más que le contrariase confesarlo, le era ya necesario a él y sobre todo al herido, porque hacía ya muchas horas caminaba penosamente al través de senderos intransitables al mismo tiempo que se veía obligado a velar constantemente por aquel a quien por milagro tan incomprensible salvara de una muerte cierta y al que el más leve descuido podía cortar instantáneamente el hilo de la existencia.

Cuando los hombres que corrieron al encuentro de Domingo se encontraron a pocos pasos de él, el joven se detuvo y gritó con el alborozo propio del que se ve libre de una grave responsabilidad:

—Acudan pronto, ¡caramba! tiempo hace que deberían encontrarse Vds. aquí.

—¿Qué quiere V. decir, Domingo? profirió en francés el aventurero. ¿Tan premiosamente necesita V. de nosotros?

—¡Hombre! parece que esto lo desoja a usted; ¿no ve que conduzco a un herido?

—¡Un herido! exclamó Oliverio plantándose de un tremendo salto al lado del joven; ¿de qué herido está V. hablando?

—¡Cáspita! del que como Dios me ha dado a entender he sentado sobre mi caballo y no sentiría verle en un buen lecho, del cual, dicho sea entre nosotros, necesita grandemente; porque si todavía vive, por mi alma que lo debe a un incomprensible milagro de la Providencia.

El aventurero, sin responder, levantó prontamente el sarape que cubría el rostro del herido, a quien por espacio de algunos segundos contempló con expresión de angustia, dolor, cólera y pesar imposibles de describir. Su semblante, palidecido súbitamente, había adquirido tonos cadavéricos, un temblor convulsivo le conmovía todos los miembros, y sus pupilas, fijas en el herido, asumían una expresión singular y parecían fulminar rayos.

—¡Oh! murmuró en voz baja y entrecortada por la tempestad que rugía en el fondo de su corazón, ¡este hombre! ¡Es él! ¡sí, es él! ¡no está muerto!

Domingo, no entendiendo palabra de las que profería Oliverio, miraba a éste con extrañeza y como quien no sabe qué pensar de lo que está viendo, hasta que por fin reventó en cólera, diciendo:

—¡Ah! ¿qué significa eso? ¿Salvo a un hombre Dios sabe como, a fuerza de cuidados y al través de innumerables dificultades consigo conducir hasta aquí al desventurado que a no ser yo hubiera perecido como un perro, y le recibe V. de esta suerte?

—Sí, regocíjate, respondió el aventurero con acento de amargura, has llevado a término una acción loable, y por ello te felicito, amigo mío. Quépale la seguridad de que dentro de poco vas a tocar la recompensa.

—Ya sabe V. que no le entiendo, replicó el joven.

—¡Y qué necesidad tienes de comprenderme, infeliz! profirió con desdén y encogiendo los hombros Oliverio; has obrado a impulsos de tus sentimientos, sin meditar y sin intención oculta; de consiguiente no tengo que echarte nada en cara ni darte explicación alguna.

—¿Pero me hace V. el favor de explicarse de una vez?

—¿Conoces tú a este hombre?

—¿Y de qué le conocería?

—No te pregunto eso; ¿cómo es que no conociéndole nos le conduces al rancho sin prevenirnos?

—Por una razón sencillísima: de regreso de Cholula me encaminaba hacia acá, cuando le encontré tendido en medio del camino, con el hipo de la agonía. ¿Cuál era mi deber? ¿acaso la humanidad no me ordenaba socorrerle? ¿podemos por ventura dejar morir de esta suerte a un cristiano sin hacer cuanto esté en nuestra mano para prestarle ayuda?

—Has obrado bien, Domingo, dijo Oliverio con ironía, y estoy lejos de reprobar tu proceder. Verdaderamente un hombre de corazón no puede encontrar a uno de sus semejantes en estado tan deplorable como tú encontraste a éste, sin auxiliarle. Luego, cambiando súbitamente de tono y encogiendo los hombros con desdén, añadió: ¿Recibiste por ventura entre los cobrizos, con los cuales has vivido durante tan largo espacio de tiempo, tales lecciones de humanidad?

El joven iba a responder, pero se contuvo.

—Basta, profirió Oliverio, el mal está ya causado, no se hable más de ello, López va a conducirle al subterráneo del rancho, donde le cuidará. ¡Ea! López, sin perder momento conduce a este hombre ínterin hablo con Domingo.

López obedeció, sin que el joven opusiese objeción alguna; y es que empezaba a comprender que tal vez su corazón le había engañado arrastrándole con demasiada facilidad a un sentimiento humano hacia un hombre que le era completamente desconocido.

Los interlocutores guardaron prolongado silencio; López, que se alejaba con el herido, había ya desaparecido en el subterráneo.

Oliverio y Domingo permanecían inmóviles e imaginativos uno enfrente del otro.

Por fin el aventurero levantó la cabeza y preguntó al joven:

—¿Has hablado con el hombre ese?

—Sólo crucé con él algunas palabras sin ilación.

—¿Qué te dijo?

—Poco que demostrase juicio; me habló de un ataque de que había sido víctima.

—¿Nada más?

—Poco más o menos.

—¿Te dijo su nombre?

—No, ni yo se lo pregunté.

—Pero debe de haberte indicado quién es.

—Si no recuerdo mal me dijo que hacía poco había llegado a Veracruz y que se dirigía a Méjico, cuando prontamente se vio atacado y robado por individuos a quienes no pudo reconocer.

—¿Nada más te dijo respecto de su nombre y de su representación social?

—Ni una palabra.

El aventurero pareció reflexionar por un instante, y luego repuso:

—Escucha y no des torcida interpretación a lo que voy a decirte.

—De boca de V. lo escucho todo, señor, pues le cabe derecho a decírmelo todo.

—Está bien. ¿Te acuerdas de qué modo nos conocimos?

—Sí, señor; entonces era yo un muchacho ruin, que muerto de hambre y de miseria vagaba por las calles de Méjico; V. se compadeció de mí, y no sólo me vistió y me alimentó, sino que me enseñó a leer, escribir y a calcular y qué sé yo cuántas cosas más.

—Prosigue.

—Luego me hizo V. encontrar de nuevo a mis padres, o a lo menos a las personas que me educaron y que a falta de otros he considerado toda mi vida como si perteneciesen a mi familia.

—¿Qué más?

—¡Caramba! eso lo sabe V. tan bien como yo.

—Puede, pero quiero que me lo repitas.

—Como guste: un día que vino V. al rancho, se me llevó consigo y me condujo a la Sonora y a Tejas, donde cazamos el bisonte; dos o tres años después me hizo V. adoptar por una tribu comanche, y se separó de mí ordenándome que me quedase en las praderas y me dedicase a la vida de batidor de bosques hasta tanto no me comunicase la orden de reunirme a V. de nuevo.

—Perfectamente, veo que tienes buena memoria; continúa.

—Obedeciéndole a V., permanecí entre los indios, cazando y viviendo con ellos, hasta que hace seis meses llegó V. a orillas del Gila, donde me encontraba yo entonces, y me dijo que venía por mí y que le siguiese, lo que hice sin pedir explicación alguna, pues perteneciéndole como le pertenezco, en cuerpo y alma, para nada la necesitaba.

—Continúas sustentando el mismo modo de pensar.

—¿Por qué lo contrario? ¿acaso no es V. mi único amigo?

—Gracias; ¿estás pues resuelto a obedecerme a ciegas?

—Sin vacilar, se lo juro a V.

—Esto es lo que yo quería saber; ahora escúchame a tu vez: el hombre a quien auxiliaste tan neciamente, y dispénsame la expresión, no te dijo palabra de verdad. Lo que te contó no es sino un tejido de imposturas, pues no es cierto que solamente hace algunos días llegó a Veracruz, ni que se encaminaba a Méjico, ni en fin, que le hayan atacado y robado desconocidos. A ese hombre yo le conozco; hace ocho meses que se encuentra en Méjico, vive en Puebla, y fue condenado a muerte por quienes tenían derecho a juzgarle y a los cuales él conoce perfectamente; no fue atacado por sorpresa, sino que le pusieron una espada en la mano y dejándole la facultad de defenderse, facultad de la que se aprovechó, cayendo herido en duelo leal; y por último, no le robaron cosa alguna porque no se las hubo con salteadores, sino con hombres honrados.

—¡Oh! ¡oh! profirió el joven, esto cambia de especie.

—Ahora respóndeme: ¿has contraído para con él compromiso alguno?

—¿Qué entiende V. por compromiso?

—Cuando ese hombre volvió en sí y recobró el uso de la palabra ¿imploró tu protección?

—Sí, señor.

—¿Y qué le respondiste tú?

—¡Caramba! ya comprenderá V. que me era dificilillo abandonar al infeliz en el estado en que se encontraba, máxime después de lo que por él había hecho.

—Bien, bien, ¿y entonces?

—Entonces le prometí salvarle.

—Es decir curarle.

—Así lo entiendo yo.

—¿Nada más?

—Nada más.

—¿Y no hiciste sino prometérselo?

—No, le di mi palabra.

El aventurero se estremeció de impaciencia.

—¿Pero dando por supuesto que se restablezca, dijo el aventurero haciendo un gesto de impaciencia, lo que acá para entre nosotros me parece dudoso, tan pronto haya recobrado la salud te considerarás completamente desligado de él?

—Completamente.

—Entonces del mal el menos.

—¿Sabe V. que no le comprendo pizca?

—Pues entiende que en tu buena acción no has estado feliz.

—¿Por qué?

—Porque el hombre a quien socorriste y al cual prodigaste tan solícitos cuidados es tu mortal enemigo.

—¿Ese hombre mi enemigo mortal? exclamó el joven entre dudoso y admirado; pero si no nos conocemos.

—¡Pobre amigo mío! tú lo supones; pero quépale la seguridad de que no me equivoco y de que te digo verdad.

—¡Es singular!

—Muy singular, en efecto, pero es como acabas de oír; más te diré, el hombre ese es tu enemigo más peligroso.

—¿Qué hacer pues?

—Dejarme que obre; esta mañana me fui al rancho con la intención de decirte que uno de tus enemigos, el más terrible de todos, estaba muerto; pero tú mismo cuidaste de hacerme quedar mentiroso. ¡Bah! quizá valga más que haya sucedido así; Dios hace bien las cosas, sus designios son inescrutables y no nos cabe sino humillar la frente ante la manifestación de su voluntad.

—¿Así pues V. intenta...?

—Confiar la vigilancia del enfermo a López; éste se quedará en el subterráneo, donde se le prodigará toda clase de cuidados. Tú no volverás a ver al herido, porque en lo presente a lo menos, es inútil que entabléis más amplio conocimiento. Ahora a mi vez te doy palabra de que el hombre ese recibirá todos los cuidados que su estado exige.

—Me conformo con lo que V. disponga, repuso Domingo; ¿pero y en cuanto el herido esté sano, qué vamos a hacer?

—Como no es nuestro prisionero, le dejaremos que se vaya tranquilamente. No temas, ya daremos con él fácilmente cuando sea necesario. ¡Ah! se me olvidaba decirte que nadie del rancho debe bajar al subterráneo y hablar con el herido.

—Ya se lo advertirá V. mismo; yo no me encargo de semejante comisión.

—Bien está, se lo advertiré yo mismo; por lo demás, tampoco yo lo veré. Solamente López quedará encargado de él.

—¿Tiene V. algo más que comunicarme?

—Sí, que te vienes conmigo por algunos días.

—¿Vamos muy lejos?

—Ya lo verás; ínterin súbete al rancho y prepara cuanto te sea menester para el viaje.

—Estoy presto, repuso Domingo.

—Tú lo estarás, pero no yo, tengo que comunicar algunas órdenes a López respecto del herido.

—Es verdad; además, es menester que me despida de mi familia.

—Obrarás cuerdamente, porque es probable que tu ausencia sea bastante larga.

—Comprendo, vamos a efectuar una gran cacería.

—A cazar sí vamos, dijo el aventurero con equívoca sonrisa, pero no del modo que tú supones.

—Lo mismo me da; cazaré como a V. le acomode.

—Con ello cuento. ¡Ea! vente, hemos perdido ya sobrado tiempo.

Domingo y Oliverio se encaminaron hacia la colina, llegados a la cual éste entró en el subterráneo y el primero subió al rancho.

Loick y las dos mujeres estaban aguardando al joven en la plataforma, llenos de curiosidad y afanosos por saber el resultado de la larga conversación que éste sostuviera con Oliverio; pero Domingo, que había vivido demasiado tiempo en el desierto para dejar transparentar la verdad cuando le convenía ocultarla, estuvo impenetrable. Todas cuantas preguntas le dirigieron fueron inútiles; no respondió sino con evasivas; así es que su padre y las dos mujeres, perdida la esperanza de hacerle hablar, resolvieron dejarle en paz y que almorzara a sus anchas.

Domingo, que realmente sentía hambre, se asió de este pretexto para dar otro sesgo a la conversación, y entre bocado y bocado anunció su partida.

Loick no hizo objeción alguna, pues estaba acostumbrado a tales inopinadas ausencias.

Poco más o menos media hora después Oliverio penetró en el rancho.

Domingo, al verle, se levantó y se despidió de su familia.

—¿Se lo lleva V.? preguntó Loick.

—Sí, respondió Oliverio, nos vamos por algunos días a la Tierra Caliente.

—Miren lo que hacen, dijo Luisa con zozobra, ya saben Vds. que las guerrillas de Juárez infestan el campo.

—Nada temas, hermanita, profirió el joven abrazándola, seremos prudentes; voy a traerte el corte de fular que tanto tiempo hace te prometí.

—Preferiría que te quedaras, repuso con tristeza la joven.

—Ea, dijo en voz alegre el aventurero, estén ustedes tranquilos, se lo devolveré sano y salvo.

Al parecer los habitantes del rancho tenían grandísima confianza en Oliverio, porque no bien éste les hubo dado tales seguridades, se sosegaron y se despidieron de los dos hombres sin demostrar honda pesadumbre.

Oliverio y Domingo se salieron del rancho, descendieron al valle y se subieron sobre sendos caballos que completamente ensillados y arrendados a un liquidámbar les estaban aguardando.

Después de dirigir un postrer adiós a los habitantes del rancho agrupados en la plataforma, ambos se alejaron al galope, a campo atravieso, en demanda de la carretera de Veracruz.

—¿Conque nos dirigimos a la Tierra Caliente? preguntó Domingo mientras galopaba mano a mano con su compañero.

—No tan lejos, respondió Oliverio; te conduzco a algunas leguas de aquí, a una hacienda en que espero hacerte trabar una nueva amistad.

—Poco cuidado me dan las nuevas amistades.

—Ésta va a serte muy útil.

—Así es distinto. Le confieso a V. que los mejicanos no me son muy simpáticos.

—La persona a quien van a presentarte es francesa.

—Ya varía completamente; ¿pero por qué dijo V. van a presentarme? ¿Acaso no lo hará usted directamente?

—No, sino otra persona a quien tú conoces y hacia la cual te sientes inclinado.

—¿De quién habla V.?

—De León Carral.

—¿El mayordomo de la hacienda del Arenal?

—Él mismo.

—¿Luego nos encaminamos a la hacienda?

—Precisamente a la hacienda no, pero a sus cercanías. He citado al mayordomo para un punto en él que debe aguardarme, y al punto ese es a donde nos dirigimos.

—Entonces adelante: me alegraré de ver nuevamente a León Carral; es un buen compañero.

—Y hombre de corazón y honrado, añadió Oliverio.


[X]

LA CITA

La conducta reservada que doña Dolores guardara para con el conde de Saulay desde la llegada de éste a la hacienda del Arenal, se armonizaba muy poco con los planes de boda proyectados por las dos familias. La joven no había sostenido conversación particular alguna con aquél a quien hasta cierto punto debía considerarlo su prometido, ni siquiera le había demostrado la más inocente familiaridad; al par que se mostraba cortés y aun bondadosa, desde el instante en que se vieran tuvo la maña de levantar una valla entre ella y el conde, valla que éste nunca se había atrevido a franquear, y que, tal vez contra sus deseos, le condenara a no traspasar los límites de la más rígida reserva.

En tales condiciones, y máxime después de la escena de que en la noche precedente había sido testigo, se comprende la estupefacción del joven al enterarse de que doña Dolores solicitaba de él una entrevista.

¿Qué podría decir la joven? ¿Por qué le daba aquella cita? ¿Qué le impulsaba a obrar de tal suerte?

Éstas eran las preguntas que Luis del Saulay se dirigía a sí mismo y que forzosamente quedaban sin respuesta.

No es de extrañar pues que el joven sintiese aguijada por modo imponderable su curiosidad y le devorase la impaciencia, y que sin darse cuenta de ello experimentase cierta satisfacción al oír sonar la hora de la cita.

Como se hubiese encontrado en Francia, en París, en vez de encontrarse en una hacienda de Méjico, de antemano hubiera sabido a qué atenerse respecto del mensaje que recibiera, y podido trazarse un plan de conducta; pero la tibieza de doña Dolores para con él, tibieza no desmentida por un instante, y la preferencia que, según la escena nocturna, parecía dar a otro hombre, alejaban toda suposición de amor. ¿Acaso la joven iba a exigirle que renunciase a su mano y abandonase inmediatamente la hacienda?

¡Singular contradicción la del espíritu humano! El conde, que por semejante casamiento experimentaba una repulsión creciente, cuya intención decidida era celebrar cuanto antes una entrevista, respecto del particular, con don Andrés de la Cruz, y había tomado la resolución firme y decidida de retirarse y de renunciar a la alianza preparada de tan larga fecha y que le disgustaba tanto más cuanto se la impusieran, se sublevó a la suposición de que doña Dolores iba a exigirle una renuncia. Su amor propio vejado, le hizo ver el asunto al través de un nuevo prisma, y el desprecio que, al parecer, la doncella hacía de él, le llenó de ira y de vergüenza.

¡Él, el conde Luis del Saulay, joven gallardo, rico, famoso por su talento y su elegancia, uno de los socios más distinguidos del Jockey-club, uno de los dioses de la moda, de cuyas conquistas se hacía lenguas la flor y nata parisiense, no haber producido en el ánimo de una doncella semisalvaje sino una impresión repulsiva, ni haber inspirado más que fría indiferencia! verdaderamente había para desesperarse. Tal era el despecho que el joven experimentaba, que por un momento llegó a imaginar que estaba enamorado de su prima, y aun se sintió impulsado a jurarse a sí mismo permanecer sordo a los ruegos y a las lágrimas de doña Dolores y exigirle dentro de plazo breve y perentorio la celebración de la boda.

Afortunadamente, empero, el amor propio, que le hiciera tomar una resolución tan extrema, le inspiró de improviso un medio más sencillo y sobre todo más agradable para él, de salir del aprieto.

Después de haberse mirado a sí mismo con halago, se iluminó en el rostro una sonrisa de satisfacción; se halló física y moralmente muy superior, tan superior a los que le rodeaban, que no experimentó ya sino compasión por la doncella, a quien la educación que recibiera la impedían apreciar las innumerables prendas que daban a éste el triunfo sobre sus rivales y comprender la dicha que le proporcionaría semejante alianza.

Acariciando estos y otros pensamientos, el conde salió de sus habitaciones en dirección a las de doña Dolores, y a su paso por el patio, vio, aunque a ello no dio mayor importancia, gran número de caballos ensillados y embridados, a los que sujetaban por las riendas algunos peones.

A la puerta de las habitaciones de doña Dolores había una joven india de cara sucia y ojos chispeantes, la cual, al ver al conde, se sonrió, hizo una gran reverencia y por medio de una seña indicó a éste que podía entrar.

La doncella, seguida de Luis, atravesó muchas salas a pie llano elegantemente amuebladas, y finalmente levantó una cortina de blanco cendal de seda chino bordado de grandes y vistosas flores, y sin pronunciar palabra introdujo al joven en un delicioso tocador primorosamente alhajado.

Doña Dolores, semitendida en una hamaca labrada de hilo de zábila, se entretenía en martirizar a una hermosa cotorra no más gruesa que el puño de un niño, riéndose como una loca a los chillidos de cólera que daba el animalito.

¡Cuán hechicera estaba la joven en la actitud que dejamos transcrita! Nunca el conde la había visto tan hermosa.

Luis, después de haber hecho una profunda reverencia, se detuvo al umbral de la puerta admirado y a la vez estupefacto, de tal suerte, que doña Dolores, al contemplarle, no pudo menos de dar una franca carcajada, que excusó diciendo:

—Dispénseme V., primo, pero en este instante es tan singular la figura de V., que no he sido dueña de reprimirme.

—Ríase V., prima, contestó el joven, adaptándose inmediatamente a aquella alegría que tan distante estaba de esperar; me place en extremo hallarla de tan buen humor.

—No se quede V. ahí, primo, profirió la joven. ¡Ea! venga V. a sentarse aquí, a mi lado, en esta butaca.

El joven obedeció

—Prima, dijo el joven, después de haber tomado asiento, tengo el honor de acudir a la cita que V. se ha dignado darme.

—¡Ah! es verdad, contestó doña Dolores; le doy a V. las gracias por su atención y por su puntualidad.

—Ya comprenderá V., prima, repuso Luis, que no me era permitido demostrar una solicitud excesiva en obedecerla; ¡me cabe tan rara vez la dicha de ver a V.!

—¿Me dirige V. un cargo?

—De ningún modo, señorita; no me asiste derecho alguno para dirigirle eso a que V. le place apellidar cargo; es V. dueña de obrar como quiera, y sobre todo de disponer de mí a su antojo.

—¡Oh! ¡oh! mi querido primo, en cuanto a esto último no lo juraría: si me diese por sujetar a prueba su devoción, creo que me quedaría hecha una mona, esto es, que se negaría V. rotundamente.

—Ya pareció aquello, dijo entre sí Luis; el cual añadió en voz alta: mi único deseo es halagarla a V. en todo, prima, palabra de caballero; sea lo que fuere lo que de mí exija, estoy pronto a obedecerla.

—Pues mire V., don Luis, me dan tentaciones de cogerle la palabra, repuso la joven inclinándose hacia su interlocutor y sonriendo deliciosamente.

—Ordene V., prima, y verá como la obedezco con más diligencia que el más abnegado de sus esclavos.

La joven quedó imaginativa por unos instantes, luego colocó de nuevo en la percha de palisandro a la cotorrita con la que hasta entonces había estado jugando, saltó de la hamaca, fue a sentarse en una butaca no distante de la del conde, y dijo:

—Primo, tengo que pedirle a V. un favor.

—¿A mí? ¿conque puedo serla útil?

—No por eso es muy importante el favor que de V. pretendo.

—Peor.

—Pero creo va a serle grandemente molesto.

—¿Qué me importa la molestia con tal quede usted complacida?

—Gracias, primo; ahora escuche V.: hoy, dentro de algunos minutos, necesito recorrer a caballo un trayecto muy largo; y por razones que V. apreciará pronto, no puedo ni quiero que me acompañe capataz ni criado alguno de la hacienda. Sin embargo, como en la actualidad los caminos no ofrecen seguridad completa y no me atrevo a recorrerlos sola, es menester que para mi protección y defensa, si se presenta el caso, vaya conmigo un hombre cuya presencia quite ocasión a toda sospecha malévola. Ahora bien, ¿consiente V. en acompañarme?

—De mil amores, prima; no tengo sino observarle que siendo como soy extraño en esta tierra y por lo tanto no conociendo los caminos, temo extraviarme.

—No le apure a V. esto, primo; yo soy hija del país y conozco al dedillo esta comarca en un radio de cincuenta leguas.

—Mejor que mejor, prima; sólo me queda decirle que le agradezco en el alma la honra que se digna V. concederme y que me pongo incondicionalmente a sus órdenes.

—Yo soy quien debo darle las gracias, primo, por su exquisita galantería, dijo doña Dolores: los caballos están prestos; vaya V. a calzarse las espuelas, traiga consigo el ayuda de cámara que debe acompañarle y sobre todo no se olviden de lo que más importa, esto es, de armarse bien, porque uno no sabe lo que puede sobrevenir; dentro de diez minutos me hallará dispuesta.

El conde se levantó, saludó a la joven que le contestó con una graciosa sonrisa, y se salió.

—Vive Dios, que es delicioso el caso y divertida la comisión que me confiere, dijo entre sí él del Saulay mientras se encaminaba a sus habitaciones; me produzco el efecto de acompañar pura y simplemente a mi prima a una cita de amor. Pero hasta hoy no he visto claro que nada podía negarla. Por mi vida que es un hechicero diablillo y que si no ando con pies de plomo es fácil que concluya por enamorarme de ella ... si no lo estoy ya, añadió, ahogando un suspiro.

Luis, una vez en su aposento, dio orden a Raimbaut para que se dispusiese a salir con él, lo que el digno servidor hizo con la puntualidad y el silencio que le distinguían, y después de haber enhebillado a sus talones las pesadas espuelas de plata, echado sobre los hombros un sarape, escogido un fusil de repetición y puesto al cinto un par de revólveres de a seis tiros, se encaminó al patio, seguido de su ayuda de cámara, que se había provisto de un verdadero arsenal.

De esta suerte armados, amo y criado se encontraban, sin exageración de ninguna especie, en disposición de hacer cara a catorce o quince hombres.

Doña Dolores, ya subida sobre su caballo, estaba aguardando la llegada del conde, mientras don Andrés, que departía con ella, se frotaba alegremente las manos, íntimamente satisfecho de la buena inteligencia que reinaba entre los dos jóvenes.

—¿Conque van Vds. a dar un paseo? dijo el hacendero al conde; ¡ea! me alegraré que se diviertan muchísimo.

—La señorita se ha dignado invitarme a que la acompañase, contestó Luis.

—Ha hecho bien, y no podía elegir con más acierto.

Mientras cruzaba estas palabras con su futuro suegro, el conde había saludado a doña Dolores y montado a caballo.

—¡Feliz viaje! continuó don Andrés, y sobre todo cuidado con los malos encuentros, pues según he oído decir, las cuadrillas de Juárez empiezan a vagar por las cercanías.

—Tranquilícese V., padre, profirió doña Dolores; y volviéndose hacia el conde y sonriendo de un modo encantador, añadió: en compañía de mi primo nada temo.

—Entonces vayan Vds. con Dios y vuelvan pronto.

—Estaremos de regreso antes de la oración, padre.

Don Andrés dirigió una postrera señal de despedida a los jóvenes, los cuales abandonaron la hacienda.

El conde y doña Dolores galopaban mano a mano, y Raimbaut, como servidor diestro, cabalgaba tras ellos a algunos pasos de distancia.

—Soy yo quien le conduzco a V., primo, dijo la joven en cuanto se hubieron internado en los bosques de liquidámbares que poblaban el llano.

—No me sería posible hallar un guía mejor, contestó Luis con galantería.

—Tengo que hacerle a V. una confidencia, primo, profirió doña Dolores mirando con el rabillo del ojo a su pariente.

—¿Una confidencia?

—Sí; es V. de tan buena pasta, que me avergüenza el haberle engañado.

—¿V. me engañó, prima?

—De un modo indigno, respondió la joven riendo: va V. a juzgar. Le conduzco a un sitio donde nos están aguardando.

—A V., querrá decir.

—No, porque a quien tienen empeño en ver es a V.

—Le confieso a V., prima, que no comprendo pizca; a nadie conozco en esta tierra.

—¿Está V. bien seguro de ello, primo? preguntó la joven con gesto burlón.

—¡Canario! a lo menos así lo creo.

—¿Ve V.? ya duda.

—¡Si V. habla con tal seguridad!

—Porque realmente sé lo que le digo; la persona que le está aguardando a V., no solamente lo conoce, sino que es amigo de V.

—¡Bravo! la madeja se va enmarañando; prosiga V., se lo ruego.

—Poco debo añadir; por otra parte, dentro de pocos minutos vamos a llegar al término de nuestro viaje y no quiero dejarle más tiempo en la duda.

—Está V. muy amable, prima: aguardo pues humildemente que se digne V. explicarse.

—Precisa así, ya que su corazón de V. es tan desmemoriado. ¡Cómo, caballero! ¿es V. extranjero, se encuentra hace contados días en una tierra desconocida; desde que puso V. los pies en ella no ha encontrado V. sino un hombre que le haya patentizado alguna simpatía y ya le ha olvidado V. por tal modo? Permítame V. que le diga, querido primo, que esto no habla muy en pro de su constancia.

—Anonádeme V., prima, merezco sus reproches; le sobra a V. la razón; efectivamente, hay en Méjico un hombre por el cual siento sincera amistad.

—¡Ah! ¿ve V. como no me engañaba?

—Verdaderamente; pero estaba yo tan lejos de sospechar que ese hombre fuese el de que V. me estaba hablando, que le confieso...

—Que ya no se acordaba V. de él ¿no es así?

—Al contrario, prima, mi más vehemente deseo sería verle de nuevo.

—¿Y cómo apellida V. a ese personaje?

—Me dijo que se llamaba Oliverio; sin embargo, no me atrevería a jurar que tal fuese su nombre.

—¿Sería indiscreta si le preguntase a V. el porqué de tan poco favorable suposición? dijo la joven sonriendo con disimulo.

—De ningún modo, prima; pero don Oliverio me pareció un personaje algo misterioso; su modo de obrar se aparta de todo en todo de lo usual. Me parece, pues, que nada habría de extraordinario en que según las circunstancias...

—Se toma un nombre a capricho, interrumpió la joven; tal vez tenga V. razón, tal vez no; respecto del particular nada sé; lo único que puedo decirle a V. es que efectivamente es él quien le está aguardando.

—Es singular, murmuró el joven.

—¿Por qué? es indudable que tiene que comunicar a V. algo de importancia; a lo menos así me ha parecido comprenderlo.

—¿Se lo dijo a V.?

—Claramente no, pero hablando conmigo esta noche, me significó sus deseos de ver a V. lo más antes posible; ahí porque le rogué a V. que me acompañase en mi paseo.

Doña Dolores pronunció estas palabras con un dejo tan ingenuo, que el conde quedó aturrullado y la miró por un instante como si no la hubiese comprendido.

La joven no reparó en la admiración de su acompañante, pues con la mano colocada a guisa de pantalla sobre los ojos, interrogaba la llanura.

—Mire V., dijo doña Dolores al cabo de un instante e indicando con el dedo cierta dirección, ¿ve V. aquellos dos hombres sentados mano a mano a la sombra de aquel grupo de árboles? pues uno de ellos es don Oliverio; apresuremos el paso.

—Enhorabuena, profirió Luis espoleando a su caballo.

Los dos se lanzaron al galope, en dirección de los dos individuos; los cuales habiendo reparado a su vez en los que hacia ellos se encaminaban, se habían levantado para recibirles.


[XI]

EN LA LLANURA

Oliverio y Domingo, después de haber salido del rancho, caminaron durante un buen rato y mano a mano, sin cruzar palabra; el aventurero parecía entregado a la meditación, y el vaquero, por su parte y a pesar de su aparente indolencia no dejaba de estar preocupado.

Domingo, de quien hemos esbozado el retrato físico en uno de los capítulos precedentes, era, en lo moral, una singular amalgama de buenos y malos instintos, si bien casi siempre predominaban en él los buenos: la vida vagabunda que por espacio de largos años llevara entre los indómitos indios de las praderas, había desarrollado en él un gran vigor corporal y desenvuelto una increíble fuerza de voluntad y una energía de carácter inaudita, unidas a un valor a toda prueba y a una sutileza que a las veces asumía todas las apariencias de la doblez. Astuto y desconfiado como un comanche, había traído a la vida civilizada todas las prácticas de los batidores de selvas, no dejándose nunca sorprender por los acontecimientos más imprevistos. A las miradas escrutadoras oponía siempre un rostro impasible y fingía un candor que a menudo engañaba a los más sagaces; sin embargo, por regla general era franco hasta dejarlo de sobras, generoso sin límites, sensible como un niño, y llevaba su devoción hacia aquéllos a quienes quería, hasta el sacrificio, sin reflexión ni segundos fines; pero en contra era implacable en sus odios y de verdadera fiereza india.

En suma, era uno de esos hombres extraños tan propensos al bien como al mal y a los cuales las circunstancias pueden con la misma facilidad convertir en héroes como en bandidos.

Oliverio, que estudiara profundamente el carácter de su protegido, tal vez tanto y más que éste mismo, sabía de qué era capaz, y a menudo se había estremecido al sondear los senos de aquella organización singular ignorada de sí propia; así es que al par que imponía su voluntad a tan indómita naturaleza y la doblegaba a su antojo, como el belorino imprudente que juega con el tigre, preveía el momento en que la lava que hervía sordamente en el fondo del corazón del joven de improviso se desbordaría al impetuoso soplo de las pasiones. Pese pues a la omnímoda confianza que en su amigo parecía tener el aventurero, éste no hacía sino con prudencia suma vibrar en Domingo ciertas cuerdas, guardándose de abrirle los ojos respecto de su fuerza y de revelarle la intensidad de su poder moral.

Después de una carrera de muchas horas, los viajeros llegaron a unas tres leguas de la hacienda del Arenal, al linde de frondoso bosque que orillaba los últimos plantíos de ésta.

—Detengámonos aquí y comamos, dijo Oliverio apeándose; por ahora hemos llegado al fin de nuestro camino.

—Viene a pedir de boca, contestó Domingo, pues le confieso a V. que empiezan a incomodarme los rayos del sol y que no sentiré echarme por un rato en la hierba.

—El sitio no puede ser más a propósito, profirió Oliverio.

Los dos viajeros, después de trabar a sus caballos y quitarles las bridas para que pudiesen pacer a su antojo, se sentaron uno frontero de otro a la sombra del follaje, pusieron a saco sus bien provistas alforjas y empezaron a comer con envidiable apetito.

Oliverio ni Domingo eran grandes habladores; así es que despacharon su almuerzo silenciosamente. Luego el primero encendió un puro, y un calumet o pipa india el joven.

—Y bien, dijo por fin el aventurero, dirigiendo la palabra a Domingo, ¿qué le parece a usted la vida que de algunos meses acá le hago llevar en esta provincia?

—Si vale decir la verdad, respondió el vaquero arrojando una espesa bocanada de humo, la hallo absurda y por demás fastidiosa; mucho tiempo hace que hubiera solicitado de V. me enviase de nuevo a las praderas del oeste, a no caberme la seguridad de que V. necesitaba de mí.

—Es V. un amigo verdadero, profirió Oliverio riéndose y tendiendo la mano al joven; siempre está V. dispuesto a obrar sin hacer observación alguna ni formular el más pequeño comentario.

—Y de ello me vanaglorio: ¿acaso amistad no quiere decir abnegación y devoción?

—Sí, y ahí porque es tan rara entre los hombres.

—Compadezco a los incapaces de experimentar tal sentimiento, pues se privan de un gozo hondísimo; la amistad es el único lazo verdadero que une entre sí a los hombres.

—Para muchos no es sino egoísmo.

—El egoísmo es una variedad de la especie, es la amistad mal comprendida y reducida a proporciones rastreras e ínfimas.

—¡Canario! no le creía a V. tan ducho en la paradoja, ¿Aprendió V. entre los indios estas argucias de lenguaje?

—Los indios son prudentes, señor, respondió el vaquero moviendo la cabeza; para ellos el pan es pan y vino el vino, al contrario de lo que ocurre en las ciudades, en las cuales usted sabe muy bien han logrado por tal modo embrollarlo todo, que el más sagaz no atina a ver claro y el hombre sencillo pierde a no tardar la noción de lo justo y de lo injusto. Deje que me vuelva a las praderas, pues estoy fuera de mi centro en medio de las mezquinas luchas que ensangrientan esta tierra y me llenarían de tedio y asco.

—Bien quisiera devolverle a V. la libertad, amigo mío, pero como ya le he dicho, necesito de V. tal vez para otros tres meses.

—Mucho es.

—Quizás halle V. muy corto este plazo, repuso Oliverio con acento indefinible.

—No lo creo.

—Lo veremos; pero ahora recuerdo que todavía no le he dicho qué espero de V.

—Tiene V. razón, y bueno será que me lo diga a fin de que me sea dable llenar cumplidamente sus deseos.

—Escúcheme V. pues, y voy a ser tanto más lacónico, cuanto me reservo darle explicaciones más circunstanciadas una vez hayan llegado las personas a quienes estoy aguardando.

—Hable V.

—Dos son los individuos que deben reunírsenos aquí, un joven y una señorita; ésta se llama doña Dolores de la Cruz, es hija del dueño de la hacienda del Arenal, tiene dieciséis años de edad, y sobre ser muy hermosa es un tesoro de bondad, de pureza y de sencillez.

—Perfectamente; pero esto nada me importa; ya sabe V. que me cuido muy poco de las mujeres.

—Es verdad; así pues no insisto. Doña Dolores está prometida a don Luis, con quien debe casar.

—Buen provecho le haga; ¿y quién es ese don Luis? supongo que uno de tantos mejicanos hermosote, necio y orgulloso, que gallardea como la mula de un canónigo.

—En esto se equivoca V.; don Luis, conde del Saulay, es primo de doña Dolores y pertenece a la más encumbrada nobleza de Francia.

—¡Ah! ¿es el francés de marras?

—Sí; ha llegado ex profeso de Europa para llevar a cabo el matrimonio con su prima, acordado hace ya mucho tiempo entre las dos familias. El conde Luis del Saulay es un cumplido caballero, rico, bondadoso, amable, instruido, servicial, en una palabra, un compañero excelente por quien me intereso de veras y con quien deseo contraiga V. amistad.

—Si es tal cual V. lo pinta, antes de dos días vamos a ser los mejores amigos del mundo.

—Gracias, Domingo, dijo el aventurero, no esperaba menos de V.

—Mire V., profirió el vaquero, alguien llega; ¡diablos! y vienen volando; dentro de diez minutos los tenemos aquí.

—Son doña Dolores y el conde Luis.

Oliverio y Domingo se levantaron para salir al recibimiento de los dos jóvenes, que, en efecto, llegaban a escape.

—Henos aquí por fin, dijo la joven deteniendo a su cabalgadura con la habilidad de un picador consumado.

Los recién llegados se apearon de un salto, y Luis, después de haber saludado a Domingo, tendió ambas manos a Oliverio, a quien dijo:

—¿Conque vuelvo a verle a V., amigo mío? gracias por haberse acordado de mí.

—¿Acaso suponía V. que le había olvidado?

—Casi me cabría derecho, respondió alegremente el joven.

—Señor conde, dijo entonces el aventurero, ante todo permítame V. que le presente a don Domingo, más que hermano mío, otro yo, y al cual me sería profundamente grato se sirviese usted conceder un poco de la amistad con que se digna honrarme a mí.

—Caballero, profirió el conde inclinándose graciosamente ante el vaquero, siento sinceramente expresarme tan mal en castellano, pero esto no quita que le demuestre el vivo deseo que me anima de verle compartir conmigo la simpatía que desde ahora me inspira.

—No se apure V. por esto, repuso en francés Domingo, hablo con bastante soltura su lengua para darle las gracias por las cordiales palabras que acaba de dirigirme y que le agradezco en el alma.

—Por mi vida que me enamora V.; vaya una sorpresa agradable, exclamó el conde; hágame el favor de aceptar mi mano y considerarme a sus órdenes sin reserva.

—De todo corazón, caballero, y gracias; pronto vamos a conocernos más a fondo, y entonces espero me tendrá V. por uno de sus amigos.

Luis y Domingo, después de haber cruzado estas palabras, se estrecharon efusivamente las manos.

—¿Está V. satisfecho, amigo mío? preguntó doña Dolores al aventurero.

—Es V. un hada, querida niña, respondió Oliverio con emoción y dando un respetuoso beso en la frente de la joven que se inclinó para recibirlo; no puede V. imaginar cuánta dicha me proporciona en este instante.

Y cambiando el tono, añadió:

—Ea, ahora ocupémonos en lo que importa, pues el tiempo apremia; per... todavía falta alguno.

—¿Quién? preguntó la joven.

—León Carral; dejen que le llame.

Y llevándose un silbato de plata a los labios, Oliverio arrancó de él un sonido agudo y prolongado.

Casi al punto se oyó a lo lejos el galope de un caballo, y a poco apareció el mayordomo.

—Venga usted acá, León, le gritó el aventurero.

—Aquí estoy, señor, para lo que guste mandar, respondió el mayordomo.

—Escúcheme V. con atención, repuso Oliverio, dirigiéndose a doña Dolores, pues el caso es grave: me veo obligado a alejarme hoy mismo, y como mi ausencia puede prolongarse por mucho tiempo, me será imposible velar por V. no obstante tener el presentimiento de que la amaga un peligro inminente. ¿Qué peligro es ése? ¿Cuándo se precipitará sobre V.? Ahí lo que no puedo fijar. Lo único que puedo decir es que el peligro es real. Ahora bien, mi querida Dolores, otros harán lo que yo no puedo, y estos otros son el conde, Domingo y nuestro amigo León Carral, devotos de V. los tres y los cuales van a velar por V. como hermanos.

—Me parece que se olvida V. de mi padre y de mi hermano, amigo mío, profirió la joven.

—No, querida niña, al contrario, no me olvido de ellos; pero su padre de V. es un anciano que no sólo no puede proteger a nadie, sino que necesita que lo protejan, que es lo que no dejarán Vds. de hacer si lo reclaman las circunstancias; respecto a su hermano Melchor, ya sabe V., niña, mi opinión, por lo que es inútil insistir sobre el particular; Melchor no podrá o no querrá defenderla. V. no ignora que suelo estar bien informado y que rara vez me equivoco; pues bien, retengan en la memoria todos Vds. lo que voy a decir; sobre todo guárdense de que sus palabras o sus actos puedan dar a sospechar a don Melchor o a cualquier otro habitante de la hacienda que Vds. prevén un peligro; concrétense a velar día y noche para que no les sorprendan y tomen todas las precauciones que las circunstancias exijan.

—Velaremos, yo se lo fío, repuso el vaquero; pero permítame que le dirija una observación, a mi ver oportuna. ¿Cómo voy a componérmelas para penetrar en la hacienda y permanecer en ella sin despertar sospechas? Dificilillo me parece.

—Se equivoca V. contestó Oliverio; nadie, excepto Carral, le conoce a V. en la hacienda ¿no es eso?

—Eso es.

—Pues bien, se introducirá V. en ella vendiéndose por francés, amigo del conde del Saulay, y para mayor seguridad fingirá no entender palabra en castellano.

—Dispénseme V., repitió Luis; algunas veces he hablado a don Andrés de un amigo agregado a la legación de Francia en Méjico, el cual de un momento a otro debe venir a verme en la hacienda.

—Perfectamente, profirió Oliverio; Domingo pasará por tal, y si quiere, que chapurre el castellano; ¿cómo se llama el amigo ese?

—Carlos de Meriadec.

—Está bien; Domingo se llamará Carlos de Meriadec, y mientras permanezca en la hacienda yo me las compondré para que no venga a estorbarle aquél de quién toma el nombre.

—Esto es importante, dijo Luis.

—Nada tema, repuso el aventurero; quedamos pues en que mañana don Carlos de Meriadec llegará a la hacienda.

—En ella será bien recibido, profirió Luis sonriendo.

—A V. no tengo nada que recomendarle, dijo Oliverio dirigiéndose a León Carral.

—Hace tiempo que he tomado mis providencias, no me queda sino ponerme de acuerdo con estos señores, repuso el mayordomo.

—Bravo, ahora separémonos, dijo Oliverio; a estas horas debería ya encontrarme muy lejos de aquí.

—¿Ya nos deja V.? preguntó con emoción doña Dolores.

—Es preciso, hija mía; ánimo, y tenga V. confianza en Dios. Durante mi ausencia él velará por V. Adiós.

El aventurero estrechó por última vez la mano al conde, besó la frente de la joven y se subió sobre su caballo.

—Hasta luego, le dijo doña Dolores.

—Mañana verá V. a su amigo Meriadec, dijo Domingo, dirigiendo una mirada risueña al conde y saliendo al galope tras el aventurero.

—¿Regresa V. con nosotros a la hacienda? preguntó Luis al mayordomo.

—¿Por qué no? respondió éste; creerán que les he encontrado a Vds. durante su paseo.

—Dice V. bien.

Los tres se subieron sobre sus respectivos caballos y tomaron al trote largo la vuelta de la hacienda, a la que llegaron poco antes de ponerse el sol.


[XII]

UN POCO DE POLÍTICA

A fines de 18... los acontecimientos políticos empezaron a desenvolverse con tal rapidez, que aun los hombres de entendimiento más tosco comprendieron que se caminaba a pasos redoblados a una catástrofe inminente.

En el sur, las tropas del general Gutiérrez habían alcanzado una gran victoria sobre el ejército constitucional mandado por el general don Diego Álvarez, el mismo que en otra época presidiera en Guaymas el consejo de guerra que condenó a muerte a nuestro infortunado compatriota y amigo el conde Gastón de Raousset-Boulbón.

Entre los indios pintos la carnicería fue horrorosa; mil doscientos de ellos quedaron tendidos en el campo de batalla.

En poder del vencedor quedaron la artillería y gran número de armas.

Sin embargo, en los mismos días se había iniciado en el interior una serie de acontecimientos opuestos; el primero, la fuga de Zuloaga, el presidente que, después de haber abdicado en favor de Miramón, revocara más adelante su abdicación sin saber por qué, sin consultar a quien quiera que sea y en el momento en que nadie lo esperaba.

EL general Miramón había lealmente ofrecido entonces al presidente del tribunal supremo de justicia hacerse cargo del poder ejecutivo y convocar a los notables para que eligiesen al primer magistrado de la república.

En esto vino a añadirse una nueva catástrofe a los peligros de la situación.

Miramón, a quien sus no interrumpidos triunfos inspiraran tal vez una confianza imprudente, o lo que es más probable aguijado por el deseo de terminar definitivamente de un modo o de otro, había presentado, en Silao, batalla a fuerzas cuatro veces superiores en número a las suyas. La derrota que aquél experimentó fue completa: perdió toda la artillería y aun su existencia corrió inminente peligro; sólo haciendo prodigios de valor y matando por su propia mano gran número de los que le cercaban, consiguió abrirse paso, salir de la refriega y huir a uña de caballo hacia Querétaro, a donde llegó casi solo.

Desde esta ciudad y sin que la suerte adversa le amilanara, Miramón tomó la vuelta de Méjico, cuyos habitantes supieron a la vez de la derrota de éste, su llegada y su intento de someterse a una nueva elección.

El resultado no contrarió las esperanzas del general, quien fue elegido casi por unanimidad presidente por la Cámara de los notables. Miramón, como hombre que comprende lo apremiante de las circunstancias, prestó juramento y entró inmediatamente a desempeñar su cargo.

Aunque, materialmente hablando, el desastre de Silao fue casi nulo, desde el punto de vista moral el efecto fue inmenso.

Miramón, comprendiéndolo así, se ocupó activamente en reorganizar la hacienda, en crearse recursos precarios; pero suficientes para atender a las urgentes necesidades de la situación, en decretar nuevas levas, por fin en tomar todas las precauciones que aconsejaba la prudencia.

Por desgracia, el presidente se veía constreñido a abandonar muchos puntos importantes para concentrar sus fuerzas alrededor de la capital, cuyos habitantes, interpretando mal estos movimientos, se llenaron de zozobra y temieron peligros no lejanos.

En tales circunstancias, el presidente, sin duda con el objeto de dar una satisfacción a la opinión pública y devolver un poco la tranquilidad a la metrópoli, consintió o hizo que consentía en entablar con Juárez, su competidor, cuyo gobierno residía en Veracruz, negociaciones para llegar a la firma, sino de la paz a lo menos de un armisticio destinado a detener provisionalmente la efusión de sangre.

Los hados adversos quisieron que una nueva complicación hiciese imposible toda esperanza de arreglo.

El general Márquez había sido enviado en auxilio de Guadalajara, la cual, según suponían, continuaba resistiendo victoriosamente a las tropas federales; pero de improviso y sin mediar circunstancias que lo hiciese prever, y en pos de haberse los federales apoderado de una conducta de plata perteneciente a varios comerciantes ingleses, se firmó un armisticio entre los beligerantes, al cual es indudable que no fue extraña la mencionada conducta de plata. El general Castillo, gobernador de la plaza, abandonado por la mayor parte de sus tropas, se vio obligado a salir de la ciudad y a refugiarse en el Pacífico: de modo que los federales, libres de este estorbo, se reunieron contra Márquez, le derrotaron y destruyeron su cuerpo de ejército, único que sostenía la campaña.

La situación iba haciéndose pues más y más crítica; los federales, que no encontraban obstáculo ni resistencia en su victoriosa marcha, se desparramaban por todas partes, y estaba perdida toda esperanza de entrar en negociaciones. A pesar de todo era menester luchar.

Por decirlo así, la caída de Miramón no era sino asunto de tiempo; indudablemente lo comprendía en su fuero interno el general; pero nada dejaba transparentar; al contrario, redoblaba su ardor y su actividad para hacer frente a los sin cesar renacientes apuros de la situación.

Después de haber hecho un llamamiento a todas las clases de la sociedad, el presidente decidió por último dirigirse al clero, al cual siempre había sostenido y protegido; éste respondió a su llamamiento, colectó a toda prisa un diezmo sobre sus bienes y resolvió que llevasen a la casa de la moneda sus joyas de oro y plata para que las acuñasen y las pusiesen a la disposición del poder ejecutivo. Por desgracia tales esfuerzos resultaron estériles, pues los gastos aumentaban en proporción de los peligros siempre crecientes de la situación, y pronto el presidente, después de haber empleado inútilmente todos los recursos que le sugería su posición por demás crítica, se encontró con un tesoro exhausto y con la amarga certidumbre de que no había que pensar en llenarlo otra vez.

Hemos ya presentado ocasión de explicar como quedándose como se quedaba con el caudal público en tiempos de revolución, cada uno de los estados de la confederación mejicana, el gobierno, que reside en la capital, se encuentra de continuo en la mayor penuria. Efectivamente, éste no puede disponer, y aun, más que de los fondos del Estado de Méjico, mientras sus competidores, que recorren sin cesar y en todas direcciones el campo, no sólo detienen en los caminos las conductas de plata y se apropian sumas a las veces muy cuantiosas sin escrúpulo alguno, sino que también saquean las cajas de los Estados en los cuales penetran, con lo que se encuentran en disposición de sostener sin desventaja la guerra.

Ahora que sucintamente hemos dado a conocer al lector la situación política de Méjico, anudamos nuestro relato en los primeros de noviembre de 186..., es decir, unas seis semanas después del día en que le hemos interrumpido.

Las sombras de la noche empezaban ya a invadir la llanura; los oblicuos rayos del sol poniente, arrojados poco a poco del fondo de los valles, se agarraban aun a las nevadas cumbres de las montañas del Anáhuac, tiñéndolas de carmín; la brisa se estremecía al través del follaje; algunos vaqueros montados sobre caballos tan indómitos como sus jinetes, aguijaban, al través de la planicie, numerosos rebaños que todo el día habían errado en libertad, pero que al anochecer volvían al corral, y en lontananza resonaban los cascabeles de las mulas de algunos arrieros rezagados que se apresuraban a llegar a la magnífica calzada orillada de corpulentos áloes contemporáneos de Motecuhzoma y que conduce a Méjico.

Un viajero de gallarda presencia, montado en caballo de musculatura férrea y cuidadosamente envuelto en una capa cuyo embozo le subía hasta los ojos, seguía al paso las caprichosas sinuosidades de un angosto sendero que, abierto a campo atravieso, se unía a unas dos leguas de la ciudad, a la carretera de Méjico a Puebla, carretera completamente desierta en el instante que presentamos en escena a nuestro desconocido, no sólo a causa de la aproximación de la noche, sino también y principalmente porque el estado de anarquía en que tanto tiempo hacía estaba hundido el país, había arrojado al campo numerosas pandillas de bandidos que, aprovechándose de las circunstancias y guerreando a su guisa, destrozaban sin distinción de opiniones políticas a liberales y a constitucionales, y, envalentonados por la impunidad, a menudo no se contentaban con maniobrar en las carreteras, sino que ejercían sus depredaciones en las ciudades mismas.

Sin embargo, el viajero de quien estamos hablando parecía preocuparse muy poco con los riesgos a que se exponía, y continuaba indolentemente su peligrosa marcha al mismo paso tranquilo y reposado.

Tres cuartos de hora hacía, poco más o menos, que el incógnito avanzaba de esta suerte, y todavía no se había alejado una legua de la ciudad, cuando al levantar la cabeza advirtió que acababa de llegar a un sitio en que el sendero se dividía en dos ramales que se dirigían en opuestas direcciones; entonces se detuvo marcadamente perplejo, y al cabo de un instante tomó por el ramal de la derecha.

Después de haber seguido por espacio de unos diez minutos esta dirección, el jinete pareció orientarse, y dando un suave espolazo a su cabalgadura la obligó a tomar un trote bastante largo.

Pronto el jinete llegó a un montón de ruinas negruzcas, esparcidas desordenadamente por el suelo y cerca de las cuales se hacía un bosquecillo de árboles cuyas largas ramas sombraban en torno de sí la tierra en una extensa circunferencia. Una vez allí, el desconocido se detuvo, después de haber tendido en torno suyo una mirada escrutadora, indudablemente para convencerse de que estaba solo, se apeó, se sentó cómodamente en un otero de césped, se arrimó a un árbol, se quitó el embozo, dejando el rostro al descubierto y mostrando las facciones pálidas y macilentas del herido a quien vimos conducir al rancho por el vaquero Domingo.

Don Antonio de Cacerbar, que así se llamaba el personaje, no era sino sombra de lo que fue; especie de espectro lúgubre, parecía que toda la vida se le había concentrado en los ojos, que le brillaban con fulgor siniestro, pero en aquel cuerpo tan endeble en la apariencia alentaba un alma ardorosa y una voluntad firme y decidida; aquel hombre, salido vencedor de una lucha encarnizada con la muerte, perseguía con un tesón inquebrantable la ejecución de terribles resoluciones que anteriormente tomara. Apenas curado de su honrosa herida, por demás endeble aún y no soportando sino con grandísima dificultad la fatiga de un largo viaje a caballo, había sin embargo acallado sus padecimientos para acudir, a prima noche, a una cita que él mismo diera para un sitio distante no tres leguas de Méjico. Muy importantes debían ser para él las causas que le impulsaran a dar semejante paso, máxime en el estado de postración en que se encontraba.

De esta suerte transcurrieron algunos minutos, durante los cuales don Antonio, con los brazos cruzados sobre el pecho y cerrados los ojos, se reconcentró, probablemente con objeto de prepararse para la entrevista que iba a celebrar con la persona a quien había venido a buscar a tanta distancia.

Prontamente se oyó ruido de caballos y choque de sables, nuncio de que se acercaba numeroso escuadrón al sitio donde se encontraba don Antonio.

El cual se irguió, dirigió una investigadora mirada hacia donde se oía el ruido, y se levantó sin duda para recibir a los que llegaban.

Éstos, unos cincuenta, se detuvieron cerca de las ruinas, pero no echaron pie a tierra.

Sólo uno de ellos se apeó, puso las bridas de su caballo en manos de un jinete y se acercó apresuradamente a don Antonio, quien, por su parte, se había adelantado a recibirle.

—¿Quién es V.? preguntó Cacerbar en voz baja cuando ya no le separaban del desconocido sino cinco o seis pasos.

—Él que está V. aguardando, señor don Antonio, respondió incontinente el recién llegado, el coronel don Felipe Neri Irzabal, para servir a usted.

—Le conozco; acérquese V., don Felipe.

—Y bien, don Antonio, repuso el coronel, tendiendo la mano a éste, ¿cómo va esa salud?

—Mal, respondió Cacerbar, retrocediendo sin tocar la mano del guerrillero.

Éste no notó el movimiento de su interlocutor, o si lo notó no le dio importancia alguna.

—Viene V. muy acompañado, dijo don Antonio.

—¡Caramba! ¿V. cree que me daría gusto caer en manos de las avanzadas de Miramón? ¡Diablos! como se apoderasen de mí, pronto me ajustarían las cuentas; pero estimo que a pesar de la satisfacción que el vernos reunidos nos proporciona, obraríamos cuerdamente en ocuparnos sin demora en nuestros asuntos, ¿le parece?

—Esto deseo.

—El general le da las gracias por las últimas y exactísimas noticias que le envió usted; así es que ha jurado recompensarle merecidamente tan pronto se ofrezca la ocasión.

—¿Trae V. el papel? preguntó con cierta vivacidad don Antonio, al mismo tiempo que hacía un movimiento de disgusto.

—Sí traigo, respondió el coronel.

—¿Redactado cual pedí?

—Nada falta en él, señor, tranquilícese usted, respondió el coronel dando una carcajada; ¿por dónde andaría hoy la honradez si no se hubiese refugiado entre nosotros? Cuanto estipuló V. lo ha aceptado y firmado el general Ortega, general en jefe del ejército federal, y lo ha refrendado Juárez, presidente de la república. ¿Está V. satisfecho?

—Cuando haya visto el papel le responderé a usted.

—Ello es lo más fácil del mundo; ahí está, profirió el guerrillero sacando de un bolsillo de su dolmán un ancho pliego y entregándolo a don Antonio.

Éste lo cogió con mal disimulada alegría y le abrió con mano temblorosa.

—Me parece que en este instante le va a ser a V. difícil el leerlo, dijo con zumba don Felipe Neri.

—¿Le parece? repuso Cacerbar con ironía.

—¡Demontre! está bastante oscuro.

—No importa, pronto tendré luz, replicó don Antonio, frotando un fósforo contra una piedra y encendiendo una cerilla de rosca que se sacó de la faltriquera.

A medida de la lectura, en el semblante de don Antonio se iba pintando la satisfacción más viva.

—Señor, dijo Cacerbar al coronel, apagando la cerilla, doblando el papel y metiéndolo cuidadosamente en una cartera, dé V. de mi parte las más expresivas gracias al general Ortega; se ha portado conmigo como un caballero cumplido.

—No me olvidaré de dárselas, repuso el coronel haciendo un saludo, sobre todo si puede V. añadir algunas noticias a las que anteriormente ha dado.

—Sí, y por cierto muy importantes.

—¡Ah! profirió el guerrillero frotándose con satisfacción las manos; diga V. querido señor.

—Escuche V.; Miramón no sabe dónde dar de cabeza; no tiene dinero ni sabe ya como proporcionárselo; sus soldados, casi todos ellos reclutas, mal armados y peor equipados, hace dos meses que no reciben paga alguna y el descontento cunde en sus filas.

—Perfectamente. ¡Pobre Miramón! Diga usted pues que está apuradillo.

—Tanto más cuanto el clero, que al principio le prometiera su auxilio le ha negado rotundamente su apoyo.

—Pero ¿cómo está V. tan bien informado, señor? preguntó irónicamente el guerrillero.

—¿Olvida V. que estoy agregado a la embajada española?

—Verdad es, se me había olvidado, dispénseme V.; pero vayamos al grano: ¿qué más sabe V.?

—Las filas de los secuaces del presidente se van aclarando más y más; sus más antiguos amigos le abandonan; así es que para rehacerse un poco ante la opinión pública, ha resuelto intentar una salida y atacar al general Berriozábal.

—Toma, toma, toma, bueno es saberlo.

—Ya está V. advertido.

—Gracias; vigilaremos. ¿Sabe V. más?

—Sí: reducido, como ya le dije a V., al último extremo y queriendo proporcionarse dinero a toda costa, Miramón ha tomado por pretexto el robo de la conducta de Laguna Seca, llevada a cabo por los de V.

—Ya sé, interrumpió el coronel, frotándose las manos, yo soy quien llevé a cabo esa negociación; por desgracia, añadió con pesadumbre, tales redadas pueden cantarse con los dedos.

—Miramón está pues resuelto, continuó don Antonio, a apoderarse del dinero de la Convención, en la actualidad depositado en la legación británica.

—¡Magnífica idea! profirió el coronel; ¡no estarán poco furiosos esos demonios de herejes! ¿Cuál es el hombre de talento que le ha inspirado esa determinación que le enemista irremisiblemente con Inglaterra? Mire V. que los gringos no se chancean en asunto de dinero.

—Por eso le he sugerido yo tal pensamiento.

—Señor, dijo majestuosamente el guerrillero, por este acto merece V. bien de la patria. Pero ¿quiere V. decir que la cantidad es importante?

—No es despreciable.

—¿Cuánto poco más o menos?

—Seiscientos sesenta mil duros.

—¡Carape! exclamó el coronel experimentando un como deslumbramiento; me rindo, lo entiende más que yo. El negocio de Laguna Seca es una bicoca en comparación. ¡Dios me libre! con ese dinero va a poder anudar la guerra.

—Es demasiado tarde; ya hemos cuidado nosotros de que este dinero se gaste en pocos días, repuso don Antonio riendo sardónicamente; fíen Vds. en nosotros.

—¡Dios lo quiera!

—Ahí por ahora cuantas noticias puedo dar, y a mí me parece son importantes.

—¡Yo lo creo! profirió el coronel; en grado sumo.

—Dentro de algunos días espero dárselas más importantes todavía.

—¿En este mismo sitio?

—Sí, y a la misma hora y valiéndonos de la misma seña.

—Conforme; no va a estar poco satisfecho el general, al enterarse de todos esos pormenores.

—Bueno, ahora tratemos de lo demás, del asunto que nos atañe a nosotros dos: ¿qué ha hecho V. desde la última vez que nos vimos?

—Poco; en la actualidad me faltan recursos para llevar a cabo las difíciles pesquisas que me encargó V.

—Sin embargo, la recompensa es cuantiosa.

—No digo que no, contestó distraídamente el guerrillero.

—¿Pone V. en duda mi palabra? dijo con altivez don Antonio mientras lanzaba a su interlocutor una mirada penetrante.

—Tengo por norma no dudar nunca de nada, señor, respondió don Felipe Neri.

—La cantidad es importante.

—Precisamente esto es lo que me da espina.

—No le entiendo a V., don Felipe.

—¡Caramba! profirió el guerrillero, tomando de improviso una determinación, creo que es lo mejor que puedo hacer; escúcheme V.

—Ya escucho.

—Sobre todo no se incomode V., querido señor; ¡qué diablos! los negocios son negocios y deben tratarse lisa y llanamente.

—Abundo en este parecer, prosiga V.

—Bien; V. me ofreció cincuenta mil duros para...

—Ya me lo sé; al grano.

—Al grano pues; y como cincuenta mil duros no son moco de pavo y no cuento con otra garantía que su palabra de V.

—¿No le basta?

—No, señor; ya sé que entre caballeros la palabra es inquebrantable; pero tratándose de negocios, ya es distinto; creo que está V. rico, riquísimo, pues me lo dice V. y me ofrece cincuenta mil duros; pero ¿quién me asegura a mí que en el momento de saldar cuentas y a pesar de su buen deseo esté V. en estado de hacerlo?

Mientras el guerrillero estaba planteando en términos tan descarnados el asunto, don Antonio era pábulo de una cólera sorda que estuvo a punto de reventar Dios sabe cuántas veces; pero por fortuna logró dominarse y conservar su impasibilidad.

—Entonces ¿qué desea V.? preguntó con voz atragantada Cacerbar al coronel.

—En lo presente, nada, señor; deje que terminemos nuestra revolución. Una vez hayamos entrado en Méjico, lo que por V. y por mí espero no va a tardar, me acompañará V. a casa de un banquero conocido mío, quien saldrá garante de los cincuenta mil duros. ¿Le conviene a V.?

—Preciso es; ¿pero de aquí a entonces?

—Tenemos que ocuparnos en asuntos más urgentes; unos días más o menos nada significan; pero ya que por ahora nada más tenemos que comunicarnos, con su permiso me retiro, señor.

—Cuando V. guste, contestó con sequedad don Antonio.

—Beso a V. las manos, querido señor, profirió el coronel; hasta luego.

—Adiós.

D. Felipe saludó cortésmente al español, giró sobre sus tacones, se reunió a los suyos, se subió sobre su caballo, y desapareció a escape al frente de su escuadrón.

En cuanto a don Antonio, tomó imaginativo y al paso la vuelta de Méjico, a donde llegó dos horas después.

—¡Oh! murmuró deteniéndose delante de su morada, que la tenía en la calle de Tacuba, a pesar del cielo y del infierno saldré con la mía.

¿Qué significaban estas palabras siniestras, al parecer resumen de su prolongada meditación?


[XIII]

LOS BONOS DE LA CONVENCIÓN

Los nevados picachos del Popocatepetl se teñían de rojizos reflejos, las últimas estrellas se apagaban en el firmamento y la cúspide de los edificios se vestía de ópalo: quebraba el alba. Méjico dormía aún; por sus silenciosas calles no cruzaban sino a largos intervalos y apresuradamente algunos indios procedentes de los pueblos circunvecinos para vender sus frutas o sus legumbres, y una que otra tienda de pulquero entreabría tímidamente su puerta y se preparaba a servir a los consumidores matutinos la dosis de fuerte licor, prólogo obligado de la labor cotidiana.

En el Sagrario sonaron las cuatro y media, y de la calle de Tacuba salió un jinete que cruzó al trote la plaza Mayor y vino en línea recta a detenerse a la puerta del palacio de la Presidencia, custodiada por dos centinelas.

—¿Quién vive? gritó uno de éstos.

—Amigo, respondió el jinete.

—Pase V. de largo.

—No por mi vida, repuso el jinete; aquí es a donde me llaman mis asuntos.

—¿Quiere V. entrar en palacio?

—Sí.

—Es demasiado temprano; vuelva V. dentro de dos horas.

—Sería muy tarde; necesito entrar ahora mismo.

—¡Bah! profirió en tono de zumba el centinela; y dirigiéndose a su compañero, añadió: ¿Qué dices tú a eso, Pedrito?

—¿Que qué digo? respondió el interpelado, chungueándose también, pues digo que el caballero debe de ser extranjero y que indudablemente imagina que se encuentra a la puerta de un mesón.

—¡Basta de groserías, tunantes! exclamó el jinete; he perdido ya demasiado tiempo, avisen ustedes al oficial de guardia; ¡vivo!

El tono imperativo que empleara el desconocido, produjo, al parecer, honda impresión en los soldados; los cuales, después de haber cruzado algunas palabras en voz baja, y como por otra parte aquél estaba en su derecho y lo que pedía lo preveía su consigna, se decidieron a satisfacerle, llamando a la puerta con la culata de sus fusiles.

Dos o tres minutos después acudió a la llamada un sargento, fácil de reconocer en la rama de vid, insignia de su grado, que ostentaba en la mano izquierda.

En preguntando a los centinelas el porqué de su llamada, saludó cortésmente al jinete, a quien rogó que se aguardase un instante, y se metió dentro otra vez dejando tras sí la puerta abierta; pero casi al punto reapareció precediendo a un capitán que iba de uniforme de servicio.

El jinete saludó al oficial y reiteró la petición que antes dirigiera a los centinelas.

—Siento en el alma no poder complacerle a usted, señor, respondió el oficial; la consigna nos prohíbe terminantemente introducir persona alguna en palacio antes de las ocho de la mañana. Si la causa que le conduce es grave, sírvase volver a la hora que le he indicado y entonces podrá entrar con entera libertad.

—Perdone V., dijo el jinete al capitán, que se disponía a entrar de nuevo en palacio; ¿me permite dos palabras?

—Diga V., señor.

—Es inútil que nadie más que V. me oiga.

—Nada más fácil, repuso el oficial acercándose al desconocido hasta tocarle; diga V.

El jinete se inclinó hasta el capitán y murmuró a su oído algunas palabras que éste escuchó con marcadas muestras de sorpresa.

—¿Está V. satisfecho ahora? preguntó el jinete.

—Sí, señor, respondió el capitán, el cual volviéndose hacia el sargento, que permanecía inmóvil a algunos pasos de distancia, añadió: Abra V. la puerta.

—No hay necesidad; si V. me da su permiso voy a apearme aquí y uno de los soldados cuidará de mi caballo.

—Como V. guste, señor.

El jinete echó pie a tierra, dio las bridas al sargento, que las tomó mientras esperaba que un soldado viniese a reemplazarle, y dirigiéndose al capitán, repuso:

—Ahora si quiere V. colmar su galantería sirviéndome de guía y conduciéndome personalmente al lado de la persona que me está aguardando, me tiene a sus órdenes.

—Yo soy quien estoy a las de V., señor, contestó el oficial, y ya que tal es su deseo, tendré la honra de conducirle.

El desconocido y el capitán penetraron en palacio, dejando tras sí al sargento y a los dos centinelas, que no volvían de su sorpresa.

Precedido del capitán, el jinete atravesó gran número de piezas que a pesar de lo temprano de la hora estaban ya llenas de gente, no de visitantes, sino de oficiales de todas graduaciones, de senadores y consejeros de la Suprema Corte que parecían haber pasado la noche en palacio.

La mayor agitación reinaba en los grupos, compuestos de militares, miembros del clero y representantes del alto comercio, y todos, aunque en voz baja, hablaban con cierta viveza y manifestaban en sus fisonomías un recelo sombrío.

El capitán y su acompañado llegaron por fin a la puerta de un gabinete custodiado por dos centinelas, y por delante de la cual se estaba paseando un ujier que ostentaba una cadena de plata al cuello.

—Ha llegado V., señor, dijo el capitán al desconocido.

—No me queda sino despedirme de V. y darle las más expresivas gracias por su atención, contestó aquél.

El jinete cruzó un saludo con el capitán, que se volvió al cuerpo de guardia.

—Su excelencia no puede recibir en este instante; esta noche ha celebrado consejo extraordinario, y quiere estar solo; éstas son sus órdenes, dijo el ujier saludando con sequedad al desconocido.

—Pues va a hacer una excepción en mi pro su excelencia, repuso cortésmente el jinete.

—Lo dudo, señor, replicó el ujier; la orden es general y no me atrevería a faltar a ella.

El desconocido pareció reflexionar, mientras el ujier le contemplaba admirado de que perseverase en quedarse allí.

—Comprendo, señor, dijo por fin y levantando la cabeza el jinete, cuan sagrada es para usted la orden que ha recibido, y por lo tanto no intento inducirle a que falte a ella; sin embargo, como el motivo que me trae reviste la mayor gravedad, le ruego me dispense un favor.

—Para complacerle haré cuanto sea compatible con los deberes de mi cargo, contestó el ujier.

—Gracias, señor; por otra parte le garantizo que pronto va V. a tener una prueba de que en lugar de recibir V. una reprimenda, su excelencia el presidente le agradecerá que me haya dejado entrar.

—Ya he tenido el honor de hacerle observar señor...

—Déjeme que le explique lo que deseo de V., interrumpió con viveza el desconocido, luego ya me dirá si puede o no hacerme el favor que deseo.

—Dice V. bien.

—Voy a escribir cuatro letras en un pedazo de papel, y el papel ese lo pone V. ante los ojos del presidente, sin pronunciar palabra alguna; si su excelencia no le dice a V. nada, me retiro; ya ve que no es dificultoso lo que solicito y que no quebranta V. de ningún modo las órdenes que ha recibido.

—Cierto es, repuso el ujier sonriendo; pero les doy una interpretación torcida.

—¿Halla V. dificultades?

—¿Tan necesario es que vea V. a su excelencia esta mañana? repuso el ujier, sin responder a la pregunta que acababa de dirigirle el desconocido.

—Señor don Livio, respondió éste en voz grave, porque aunque V. no me conozca a mí yo sí a V.; sé hasta dónde llega su devoción al general; pues bien, por mi honor le juro que es urgente por modo gravísimo que yo le vea sin perder instante.

—Basta, señor, repuso seriamente el ujier, si sólo depende de mí, dentro de un minuto va usted a verle; en esa mesa hay papel, pluma y tinta; escriba V.

El jinete dio las gracias al ujier, tomó una pluma y en gruesos carácteres escribió casi en el centro de una blanca hoja esta sola palabra:

ADOLFO .°.

seguida de tres puntos en forma de triángulo; luego entregó la hoja abierta al ujier, diciéndole:

—Tome V.

—¡Cómo! exclamó aquél con pasmo, V. es...

—¡Silencio! repuso el desconocido llevándose un dedo a los labios.

—Entrará V., dijo el ujier, levantando la cortina y abriendo la puerta, tras la cual desapareció.

Casi al mismo instante se abrió de nuevo la puerta, y del interior del gabinete partió una voz sonora, que no era la del ujier, y que repitió por dos veces:

—Entre V., entre V.

El desconocido penetró en el gabinete.

—El cielo le envía a V., mi querido don Adolfo, dijo el presidente saliendo al encuentro de éste y tendiéndole la mano.

Don Adolfo correspondió efusivamente a las demostraciones afectuosas de Miramón, y se sentó al lado de éste en una silla de brazos.

En el momento que le presentamos en escena, el presidente Miramón, general cuyo nombre circulaba de boca en boca y que con justicia pasaba por el militar más notable de Méjico, como de la república era el mejor administrador, era tan joven que apenas frisaba con los veintiséis, sin embargo de lo cual y en tres años que ocupaba el poder había llevado a cabo muchas grandes y nobles acciones.

En lo físico era elegante y bien formado, francos sus modales, y noble su andar, y sus facciones correctas y llenas de distinción respiraban audacia y lealtad; tenía ancha la frente y arrugada ya bajo el esfuerzo de la meditación; y grandes los ojos, negros y de mirada leal y límpida cuya penetración turbaba a las veces a aquéllos en quienes se fijaba. En el instante en que entró el misterioso personaje en el gabinete de Miramón, éste estaba pálido y una oscura faja le rodeaba los ojos: evidentes señales de un largo insomnio.

—¡Ah! profirió gozosamente el general dejándose caer en su silla de brazos, ahí de vuelta a mi genio del bien; de seguro me trae la dicha que voló.

Don Adolfo movió tristemente la cabeza.

—¿Qué significa este movimiento, amigo mío? preguntó el presidente.

—Quiere decir que temo sea demasiado tarde, general, respondió el interpelado.

—¿Demasiado tarde? ¿Cómo es eso? ¿Acaso no me cree V. capaz de tomar un ruidoso desquite sobre mis enemigos?

—Le creo a V. capaz de todas las acciones nobles y grandes, general, respondió don Adolfo; pero por desgracia la traición le cerca a V. estrechamente y sus amigos le abandonan.

—Le sobra a V. la razón, dijo el general con amargura; el clero y los comerciantes acaudalados, de quienes me he constituido en égida, a quienes he defendido siempre y en todas partes, dejan egoístamente que gaste todos mis recursos en protegerles, sin dignarse venir en mi ayuda. ¡Ah! pronto van a echarme de menos, si, lo que es muy probable, sucumbo por su culpa.

—Es verdad, mi general, y en el consejo que celebró V. esta noche, indudablemente se ha convencido V. definitivamente de las intenciones de esos hombres a los cuales se lo ha sacrificado V. todo.

—Sí, profirió el presidente frunciendo el cejo y recalcando amargamente sus palabras; a cuantas peticiones les he dirigido y a todas mis observaciones, sólo me dieron una respuesta: «No podemos.» No parecía sino que obedecían a un santo y seña.

—¿Entonces su posición de V., general, y dispénseme la pregunta, debe ser por demás crítica?

—Diga V. más bien precaria, amigo mío; el tesoro está completamente exhausto, sin que me sea posible llenarlo de nuevo; el ejército, que hace dos meses no ha recibido paga alguna, murmura y amenaza desbandarse, y mis oficiales se pasan uno tras otro al enemigo, el cual avanza a marchas forzadas sobre Méjico. Ésta es limpia y claramente mi situación, ¿qué le parece a V.?

—Triste, terriblemente triste, general, respondió don Adolfo. Dispénseme V. que le dirija una pregunta: ¿qué piensa V. hacer para contrarrestar el peligro?

En lugar de responder, el presidente dirigió al soslayo una mirada penetrante a su interlocutor.

—Pero antes de seguir adelante, repuso don Adolfo, permítame V. que le dé cuenta de mis operaciones.

—¡Oh! profirió Miramón sonriendo, estoy convencido de que han sido afortunadas.

—Tal espero que va a hallarlas vuecencia. ¿Me autoriza V. para que se las relate?

—Diga, diga V., amigo mío, tengo comezón de saber lo que ha hecho V. en pro de nuestra noble causa.

—Dispense V., general, repuso con viveza don Adolfo, no paso de ser un aventurero y mi devoción radica personalmente en V.

—Bien, bien, yo me entiendo, arguyo Miramón; a ver, diga V.

—En primer lugar, dijo don Adolfo, he logrado arrebatar al general Degollado los restos de la conducta robada por él en la Laguna Seca.

—Bravo, esto es en buena lid; con el dinero de la conducta esa me quitó Guadalajara. ¡Oh! Castillo; en fin, ¿y cuánto poco más o menos?

—Doscientos setenta mil duros.

—No es despreciable la suma.

—¿Verdad que no? Luego sorprendí al bandido Cuéllar, después a su asociado Carvajal y por fin a su amigo Felipe Irzabal, sin mentar algunos secuaces de Juárez a quienes su mala estrella colocó en mi camino.

—En resumen, dijo Miramón, el total de esos encuentros asciende a...

—Más de novecientos mil duros; los guerrilleros del íntegro Juárez saben tundir, obran a sus anchas y se aprovechan para enriquecerse grandemente en este río revuelto; en resumen, le traigo a V. un millón doscientos mil duros que serán conducidos acá antes de una hora, a lomo de mula, y podrá V. ingresarlos en su tesoro.

—¡Pero esto es magnífico! exclamó Miramón.

—Se hace lo que se puede, general, repuso don Adolfo.

—Demontre, si todos mis amigos recorriesen el campo con tan buenos resultados, pronto me vería rico y en estado de sostener vigorosamente la guerra; por desgracia no sucede así, pero esta cantidad añadida a la que he logrado procurarme por otro lado, forman una suma bastante redonda.

—¿De qué otra cantidad está V. hablando, general? ¿Ha hallado V. dinero?

—Sí, respondió con cierta vacilación el presidente; un amigo mío, agregado a la embajada española, me ha sugerido un medio.

Don Adolfo dio un brinco cual si le hubiese mordido una serpiente.

—Cálmese V., amigo mío, dijo Miramón con viveza; sé que es V. enemigo del duque; sin embargo, éste, desde que se encuentra en Méjico, me ha prestado importantes servicios.

El aventurero, que estaba pálido y sombrío, no respondió palabra. En cuanto a Miramón, leal como era y sintiendo necesidad de disculparse de una mala acción hija únicamente de la apurada situación en que se encontraba, continuó:

—Después de la derrota de Silao y cuando todo me abandonaba a la vez, el duque ha logrado hacerme reconocer por el gobierno de España, lo que no puede V. negar me ha sido utilísimo.

—No digo que no, general. ¡Oh Dios! ¿luego es cierto lo que me han dicho?

—¿Y qué le dijeron a V.?

—Que ante la obstinada negativa del clero y del alto comercio de prestarle a V. ayuda y reducido al último extremo, había tomado V. una determinación terrible.

—Es cierto, contestó el presidente bajando la cabeza.

—Pero tal vez no sea demasiado tarde todavía; con el dinero que le traigo ha cambiado su situación de V., y si V. lo consiente, voy...

—Escuche V., dijo Miramón asiendo del brazo a su amigo.

En esto se abrió la puerta.

—¿No he prohibido que se me moleste? dijo el presidente al ujier que estaba inmóvil e inclinado delante de él.

—El general Márquez, excelentísimo señor, respondió el ujier con la mayor impasibilidad.

Miramón se estremeció, le subió al rostro un ligero rubor y dijo:

—Que entre.

El general Márquez se presentó en el gabinete.

—¿Y bien? le preguntó el presidente.

—Ya está, respondió lacónicamente el general; el dinero ha ingresado en el tesoro.

—¿Qué sucedió? repuso Miramón con imperceptible temblor en la voz.

—Vuecencia me envió orden para que con una fuerza respetable me dirigiera a la legación de S. M. británica, exigiese del representante inglés la entrega inmediata de los fondos destinados a pagar a los tenedores de bonos de la deuda inglesa, y les hiciese observar que en las circunstancias actuales vuecencia necesitaba de dicha cantidad para poner la ciudad en estado de defensa; además, en nombre de vuecencia le empeñé mi palabra de que le restituiría la mentada cantidad, que sólo debía ser considerada como un préstamo por algunos días, ofreciéndole, por otra parte, concertar con vuecencia la forma del pago en el modo que a él más le pluguiese. A todas mis observaciones, el representante inglés se limitó a responder que el dinero no le pertenecía, que no era sino el depositario responsable de él y que le era imposible soltarlo. Yo, conociendo que todas mis observaciones iban a estrellarse ante una resolución inquebrantable, después de una hora de pláticas inútiles resolví llevar a cabo la última parte de las órdenes que me habían sido transmitidas: así pues, ordené a mis soldados que rompiesen el sello oficial y las cajas de la legación y me apoderé de todo el dinero que en ellas había, cuidando empero de hacerlo contar por dos veces y ante testigos, para que constase de un modo indudable el importe total de la cantidad que me apropiaba, a fin de devolverla íntegra más adelante. El dinero que me llevé y se encuentra ya en palacio, asciende a un millón cuatrocientos mil duros.

Después de esta narración sucinta, el general Márquez se inclinó como hombre que está convencido de haber cumplido con su deber y que espera las gracias.

—¿Y el representante inglés, qué hizo Entonces? preguntó el presidente.

—Después de haber protestado arrió su pabellón, y seguido de todo el personal de la legación abandonó la ciudad, declarando que rompía toda clase de relaciones con el gobierno de vuecencia, y que ante el inicuo acto de expoliación de que acababa de ser víctima, que así se expresó, se retiraba a Jalapa, en cuyo punto aguardará las nuevas instrucciones del gobierno británico.

—Está bien, general, le doy a V. las gracias; ya tendré el honor de hablar más extensamente con V. dentro de un instante.

Márquez saludó y se retiró.

—Ya lo ve V., amigo mío, dijo el presidente a don Adolfo, es demasiado tarde para devolver el dinero.

—Sí, por desgracia el mal es irremediable.

—¿Qué me aconseja V.?

—General, respondió don Adolfo, se encuentra V. en el fondo de un precipicio; su ruptura de V. con Inglaterra es la desdicha más grande que podía acaecerle en las presentes circunstancias; necesita V. vencer o morir.

—¡Venceré! exclamó fogosamente Miramón.

—Dios lo quiera, repuso el aventurero con tristeza y levantándose, porque solamente la victoria puede absolverle a V.

Se levantó.

—¿Se va V. ya? preguntó el presidente.

—Es preciso; ¿no debo hacer que traigan a palacio el dinero que yo a lo menos he quitado a los enemigos de vuecencia?

Miramón bajó tristemente la cabeza.

—Perdóneme V., general, dijo don Adolfo, he hecho mal al hablar de esta suerte; ¿acaso no sé por propia experiencia que la desgracia es mala consejera?

—¿No tiene V. nada que pedirme?

—Sí, señor, una firma en blanco.

—Tome V., dijo Miramón satisfaciendo inmediatamente los deseos del aventurero; y dígame, ¿volveré a verle a V. antes de su salida de la capital?

—Sí, general; pero permítame dos palabras más.

—Diga V.

—Desconfíe V. del duque español; ese hombre le vende.

Y despidiéndose del presidente, don Adolfo abandonó la estancia.


[XIV]

LA CASA DEL ARRABAL

A la puerta del palacio el aventurero halló su caballo, al que un soldado sujetaba por las bridas, y subiéndose inmediatamente sobre la silla, tiró una moneda al asistente, atravesó de nuevo la plaza Mayor y se internó en la calle de Tacuba.

A eso de las nueve de la mañana las calles estaban henchidas de viandantes, jinetes, coches y carretas que iban, venían y se cruzaban en todas direcciones; en una palabra, la ciudad ofrecía el animado aspecto de las capitales, el febril movimiento propio de los momentos críticos. En los semblantes de todos se reflejaba la turbación, todas las miradas traducían el recelo, todos hablaban en voz baja, todos veían un enemigo en el inofensivo extranjero que el acaso les ponía en su camino.

Don Adolfo, mientras avanzaba rápidamente al través de las calles, no dejaba de observar lo que ocurría en torno suyo; aquella zozobra mal disimulada, aquella creciente ansiedad de la población, no le pasaron inadvertidas. Realmente devoto del general Miramón, cuyo carácter magnánimo, vastos planes y sobre todo el deseo real de labrar la ventura de su patria le habían cautivado, don Adolfo experimentó un pesar íntimo, profundo, al ver aquel abatimiento general del pueblo, la defección de éste hacia el único hombre que en aquellos momentos, de verse lealmente sostenido, podía haber salvado a Méjico del gobierno de Juárez, es decir, de la anarquía organizada por el terrorismo del sable. Don Adolfo continuó adelante, al parecer sin ocuparse en lo que hacía y decía en torno de él la gente agrupada en el umbral de las puertas, en la entrada de las tiendas y en las esquinas, grupos en los cuales no se hablaba sino de la ocupación de los bonos de la Convención inglesa por el general Márquez, en virtud de una orden perentoria del presidente de la república, ocupación apreciada de mil modos distintos.

Sin embargo, don Adolfo, al penetrar en los arrabales encontró más tranquila a la población; y es que en ellos aún no había cundido la noticia y los que la sabían denotaban hacer poquísimo caso de ella o tal vez hallaban muy en su lugar aquel acto arbitrario del poder.

Don Adolfo comprendió perfectamente el contraste: los vecinos de los arrabales, pobres casi todos ellos, pertenecían a la clase más ínfima de la población y por lo tanto eso se les daba de una acción cuyas consecuencias no podían alcanzarles y de la que sólo debían salir perjudicados los comerciantes ricos de la ciudad.

Una vez cerca de la Garita o Puerta de Belén, don Adolfo se detuvo delante de una casa aislada, de modesta aunque no pobre apariencia y cuya puerta estaba cuidadosamente cerrada.

Al ruido de los pasos del caballo se entreabrió una ventana, del interior de la casa partió un grito de alegría, y poco después se abrió de par en par la puerta, por la que entró el jinete.

Don Adolfo atravesó el zaguán y penetró hasta un patio, donde se apeó y arrendó su caballo a una argolla empotrada en el muro.

—¿Por qué toma V. esta precaución, don Jaime? preguntó con voz suave y melodiosa una señora saliendo al patio; ¿acaso tiene V. la intención de dejarnos tan pronto?

—Hermana mía, respondió don Adolfo o don Jaime, tal vez no me sea dable permanecer sino muy poco tiempo aquí a pesar de mi ardiente deseo de conceder a V. muchas horas.

—Bien, bien, hermano, profirió la señora; pero por sí o por no deje V. que José conduzca el caballo al corral donde estará más bien que no en el patio.

—Como a V. le plazca, hermana.

—¿Ha oído V., José? dijo la señora a un criado anciano; conduzca V. al Moreno al corral, estréguelo V. cuidadosamente y échele doble pienso de alfalfa. Y volviéndose a don Adolfo y tomándole el brazo, añadió: venga V., hermano mío.

Don Jaime, que así le llamaremos ahora, no hizo objeción alguna, y ambos penetraron en la casa.

El aposento en el cual entraron era un comedor sencillamente amueblado, aunque con el gusto y limpieza que denotan un cuidado asiduo, y en la mesa había tres cubiertos.

—Almuerza V. con nosotros ¿no es verdad, hermano?

—Con sumo placer, respondió don Jaime, pero ante todo, hermana, démonos un abrazo e infórmeme de mi sobrina.

—Estará aquí dentro de un momento; en cuanto a su primo está ausente, ¿no lo sabe V.?

—Creía que había regresado.

—Todavía no; como a V., nos tiene en zozobra el muchacho, pues lleva una vida muy misteriosa; se va sin decir a dónde, y tras una ausencia, a menudo muy larga, regresa sin manifestar de dónde viene.

—Paciencia, María, paciencia, profirió don Jaime con voz un tanto triste; ya sabe que trabajamos para V. y para su hija. Pronto va a aclararse todo, así lo espero.

—Dios lo quiera, don Jaime; pero en esta casita nos encontramos por demás solas e intranquilas; el país está en un estado deplorable de trastorno, los caminos están infestados de bandoleros, y de consiguiente vivimos en un ay temerosas de que V. o don Esteban no caigan en manos de Cuéllar, de Carvajal o del Rayo, desalmados bandidos respecto de quienes oímos espantosos relatos todos los días.

—Tranquilícese V., hermana; Cuéllar, Carvajal y aun... el Rayo, repuso sonriendo don Jaime, no son tan terribles como quiere suponer la gente; por lo demás, no reclamo de V. sino un poco de paciencia: antes de un mes, se lo repito, habrá cesado todo misterio y cada cual recibido lo que en justicia le corresponda.

—¡Justicia! murmuró doña María dando un suspiro; ¿acaso esa justicia me devolverá mi dicha pérdida, mi hijo?

—Hermana, respondió con solemnidad don Jaime, ¿por qué dudar del poder de Dios? Espere V.

—¡Ay! don Jaime: ¿comprende V. bien el alcance de esta palabra? ¿Sabe V. lo que significa decir a una madre que espere?

—María, dijo don Jaime, ¿necesito repetir que V. y su hija son los únicos lazos que me unen a la vida, que les he ofrecido la mía entera, sacrificando, para verlas a Vds. dichosas un día, vengadas y repuestas en la elevada categoría de que debieran no haber descendido, todos los goces de la familia y todas las excitaciones de la ambición? ¿Si no estuviese a punto de conseguir el fin que desde hace tantos años persigo con tanta perseverancia y con tanta obstinación, me vería V. tan tranquilo y resuelto? ¿Acaso ha olvidado V. quién soy, o ha perdido ya la confianza en mí?

—¡Oh! no, confío en V., hermano mío, exclamó María echando los brazos al cuello de don Jaime; pero por eso mismo vivo en continua zozobra, aun en los instantes en que me dice usted que espere, porque sé que nada hay que pueda detenerle, ni valla que V. no derribe, ni peligro que no arrostre, y temo verle sucumbir en esta lucha insensata sostenida sólo en mi provecho.

—Y en pro de la honra de nuestro apellido, hermana mía, profirió don Jaime; no lo olvide usted, a fin de devolver a un blasón ilustre su empañado brillo; pero volvamos la hoja; ahí viene mi sobrina; de cuanto acabamos de decir no se acuerde V. sino de una sola palabra: espere V.

—¡Oh! gracias, gracias, hermano mío, dijo María abrazándole otra vez.

—Tío, mi buen tío, dijo en este instante una joven abriendo una puerta y encaminándose apresuradamente al encuentro de don Jaime, quien le llenó de besos las mejillas; por fin ha llegado V., bienvenido sea.

—¿Qué es eso, Carmen, hija mía? preguntó cariñosamente don Jaime a la joven; tiene V. los ojos enrojecidos, está V. pálida. ¿Ha llorado usted?

—No es nada, tío, una tontería de mujer nerviosa y turbada. ¿No viene con V. Esteban?

—No, respondió don Jaime con displicencia; no vendrá hasta dentro de algunos días; pero goza de perfecta salud, añadió, cruzando una mirada de inteligencia con doña María.

—¿Le ha visto V.?

—¡Pues no! apenas hace dos días, y aun yo me tengo algo la culpa de su retardo, pues insistí para que todavía no se venga, ya que necesito de él allá abajo; ¿pero no almorzamos? literalmente estoy pereciendo de hambre.

—Sí, al instante, sólo aguardábamos a Carmen; ¡ea! a la mesa, dijo doña María tocando un timbre, a cuyo son compareció el mismo criado que condujera al caballo de don Jaime al corral.

—Puedes servir, José, dijo doña Carmen al anciano.

Los tres se sentaron en torno de la mesa y dieron principio al almuerzo.

Vamos a trazar a vuela pluma el retrato de las dos señoras a quienes las exigencias de nuestro relato nos han obligado a presentar en escena.

La primera, doña María, de porte noble, graciosos modales y suave y triste sonrisa, era todavía hermosa por más que sus facciones, marchitas y fatigadas, ostentasen marcadas huellas de grandes dolores. De cuarenta y dos años apenas, estaba ya completamente cana y su cabellera formaba singular contraste con sus negras cejas y con sus ojos vivos y brillantes, que respiraban la fuerza y la juventud.

Doña María vestía de riguroso luto y su traje le daba una apariencia religiosa y ascética.

Su hija, doña Carmen, tenía a lo más veintidós años y era hermosa como su madre, de la que era el retrato viviente, lo había sido a su edad. Todo en ella era gracioso y lindo; su voz tenía modulaciones de armonía extraordinaria, su pura frente respiraba el candor y de sus grandes y negros ojos, coronados de cejas al parecer trazadas con un pincel y rodeados de largas y sedosas pestañas; emanaba una mirada suave y húmeda, impregnaba de singular atractivo.

El traje de Carmen era por demás sencillo: se componía de un vestido de muselina blanca ceñido a la cintura con una ancha cinta azul y de una toca de blondas.

Tales eran las dos damas.

A pesar de la indiferencia que fingía, el aventurero don Jaime estaba visiblemente inquieto y receloso; en ocasiones permanecía con el tenedor levantado olvidándose de llevarlo a la boca y pareciendo prestar oído atento a ruidos perceptibles solamente para él; otras veces se sumergía en una divagación tan profunda, que su hermana o su sobrina se veían obligadas a volverle a la realidad dándole un golpecito.

—¡Oh! a V. le pasa algo, hermano mío, no pudo menos de decirle doña María.

—Sí, añadió la doncella, esta preocupación no es natural, tío mío, nos preocupa. ¿Qué tiene?

—Yo, nada, les aseguro, contestó él.

—Tío, nos esconde algo.

—Está equivocada, Carmen, no le estoy escondiendo nada, que me sea personal al menos; pero en este momento, existe una agitación tan fuerte en el pueblo, que le admito francamente que temo un catástrofe.

—¿Vendrá tan pronto, entonces?

—¡Oh! No lo creo; sólo que tal vez habrá ruido, reuniones, ¿qué sé yo? Le aconsejo seriamente, si no es absolutamente obligatorio, de no salir de casa hoy.

—¡Oh! Ni hoy, ni mañana, hermano mío, contestó doña María, tiene mucho tiempo ya que no salimos, con excepción de ir a misa.

—Tampoco para ir a misa, a partir de ahora y por algún tiempo, hermana mía, creo que sería imprudente arriesgarse en las calles.

—¿El peligro es tan grande? preguntó ella con inquietud.

—Sí y no, hermana mía, estamos en un momento de crisis donde un gobierno está a punto de caer y de ser reemplazado por otro; usted entiende, no cierto, que el gobierno que cae es impotente hoy de proteger a los ciudadanos; sin embargo, él que lo reemplazará aún no tiene ni el poder ni la voluntad sin duda, de vigilar sobre la seguridad pública, así que, en una circunstancia como ésta, lo más sabio es de protegerse a sí mismo.

—En verdad, me espanta, hermano mío.

—Dios mío, tío, ¿qué pasará con nosotras? exclamó doña Carmen juntándose las manos con temor; esos mexicanos me dan miedo, son verdaderos bárbaros.

—Tranquilícese, no son tan malos como usted lo supone; son niños traviesos, mal criados, peleadores, y es todo; pero al fondo, tienen buen corazón; les conozco desde mucho tiempo, y yo respondo por sus buenos sentimientos.

—Pero usted sabe, tío, el odio que nos tienen, a nosotros los españoles.

—Malamente, estoy de acuerdo que nos hacen llevar con el mal del cual acusan a nuestros padres de haberles hecho, y que nos odian cordialmente, pero ignoran que ustedes y yo somos españoles, las creen hijas del país, lo que es para ustedes una garantía; por lo de don Esteban, pasa por peruviano, y yo, todos están convencidos que soy francés; entonces pueden ustedes ver bien que el peligro no es tan grande como lo suponen, y que en no cometer imprudencias, no tienen nada, por lo pronto, que temer, de todos modos, no se quedan sin protectores, no las dejaré solas en esta casa con un viejo doméstico, cuando hay un catástrofe tan cerca; así que sean tranquilas.

—¿Se va a quedar con nosotras, tío?

—Sería con gran placer, mi querida niña; malamente, no me atrevo prometérselo, me temo que me sea imposible.

—Pero, tío, ¿cuáles son esos asuntos tan importantes?

—Silencio, curiosa, deme un poco de fuego para prender mi cigarro, no sé que he hecho con mi mechero.

—Tome V., dijo Carmen dando un fósforo a su tío; siempre emplea V. las mismas argucias para cambiar la conversación; es V. muy feo.

Don Jaime se echó a reír, y sin replicar a su sobrina encendió el cigarro. Luego, al cabo de unos segundos, dijo:

—A propósito, ¿ha venido alguien del rancho?

—Sí, hace unos quince días Loick y Teresa, su mujer, nos trajeron algunos quesos y dos odres de pulque.

—¿Dijeron algo del Arenal?

—No, en la hacienda no ocurría novedad.

—Mejor.

—Loick sólo habló de un herido.

—¡Ah! ¿y qué dijo?

—No lo recuerdo bien.

—Yo sí lo recuerdo, repuso doña Carmen. En cuanto vea V. a su tío, señorita, me dijo Loick, sírvase decirle que el herido que había mandado depositar en el subterráneo bajo la guarda de López, se ha aprovechado de la ausencia de éste para escaparse, y que a pesar de todas nuestras pesquisas nos ha sido imposible dar de nuevo con él.

—¡Maldición! exclamó don Jaime reventando en ira. ¡Ah! ¿por qué ese necio de Domingo no le dejó morir como una bestia fiera? Ya me presumí que esto concluiría de un modo semejante.

Pero al notar la sorpresa que se pintó en el semblante de las dos damas al oírle proferir tales palabras, don Jaime se calló, y simulando la más absoluta indiferencia, preguntó con la voz más natural del mundo:

—¿Nada más?

—Nada más, respondió la joven, y por cierto que Loick me recomendó eficazmente que no me olvidase de decírselo a V.

—No valía la pena, repuso don Jaime; pero lo mismo da, querida niña, gracias; y levantándose de la mesa, añadió: ahora me veo obligado a dejarlas a Vds.

—¡Ya! profirieron doña María y doña Carmen abandonando con viveza sus respectivas sillas.

—Es preciso. A lo menos que sobrevengan acontecimientos imprevistos, esta noche estoy citado para un sitio muy distante de aquí; pero como no me sea dable volver tan pronto como espero, ya cuidaré de que me sustituya don Esteban, a fin de que no queden Vds. sin protectores.

—¡Ah! será muy distinto, repuso doña María.

—Gracias; pero antes de separarnos hablemos un poco de negocios; ¿han acabado Vds. el dinero que les di la última vez que nos vimos?

—No gastamos mucho, hermano, respondió doña María, sino que vivimos con grande economía; nos queda todavía bastante.

—Mejor, hermana, siempre es preferible que sobre; así pues, como en este momento estoy rico, me he reservado para Vds. unas sesenta onzas de cuyo peso les ruego me aligeren.

Y metiendo la mano en los bolsillos de su dolmán, don Jaime sacó una larga bolsa de seda encarnada, al través de cuyas mallas se veía brillar el oro.

—Esto es demasiado, hermano, ¿qué quiere usted que hagamos con tanto dinero?

—Lo que a Vds. les plazca, hermana; esto no me incumbe. Tomen, tomen.

—Ya que V. lo exige.

—Puede que Vds. hallen cuarenta o cincuenta onzas más de las que he dicho, repuso don Jaime; vayan para alfileres para V. y para Carmen, pues quiero que ésta pueda ponerse elegante cuando se le antoje.

—¡Qué bueno es V., tío! profirió la doncella; estoy segura de que V. se sujeta a privaciones por nosotras.

—Esto no le atañe a V., señorita, replicó don Jaime; lo que yo quiero es verla a V. hermosa; su deber de sobrina sumisa, es obedecerme, sin permitirse hacer observación alguna; ¡ea! denme Vds. un abrazo y adiós; me he entretenido ya demasiado.

Las dos damas le siguieron hasta el patio, donde le ayudaron a ensillar al Moreno, al cual doña Carmen daba terrón de azúcar tras terrón mientras le acariciaba, a lo que el noble animal parecía estar muy agradecido.

En el momento en que don Jaime daba al anciano criado orden de que abriese la puerta, se oyó en la parte de afuera el precipitado galopar de un caballo, y poco después repetidos golpes en aquélla.

—¿Quién será? dijo don Jaime avanzando resueltamente hacia el zaguán.

—¡Tío! ¡hermano! gritaron a una las dos damas, intentando detenerle.

—Soltad, dijo don Jaime inmovilizando con una mirada a su hermana y a su sobrina; sepamos quién es. Y llegando hasta la puerta, gritó: ¿Quién vive?

—Amigo, respondieron desde la calle.

—Es la voz de Loick, dijo el aventurero, abriendo la puerta.

—¡Alabado sea Dios! profirió el ranchero entrando y al conocer a don Jaime, pues él hace que dé con V.

—¿Qué ocurre? preguntó con viveza el aventurero.

—Una gran desgracia, respondió Loick, la hacienda del Arenal ha caído en manos de la pandilla de Cuéllar.

—¡Demonios! exclamó don Jaime, palideciendo de cólera. ¿Y desde cuándo?

—Desde hace tres días.

Don Jaime asió del brazo a Loick, se lo llevó al interior de la casa, y le preguntó:

—¿Tienes hambre? ¿sed?

—Tanto me apremiaba el llegar, respondió el ranchero, que hace tres días que no como ni bebo.

—Descansa y come, repuso don Jaime; luego me contarás lo ocurrido.

Las dos damas se apresuraron a colocar delante del ranchero pan, carne y pulque.

Mientras Loick tomaba el alimento de que tan premiosa necesidad sentía, don Jaime se paseaba descompasadamente de un extremo al otro del comedor.

Se nos olvidaba decir que las dos damas se habían retirado discretamente a una señal de su deudo, dejándolo a solas con Loick.

—¿Has concluido? preguntó el aventurero, al ver que su interlocutor había dejado de comer.

—Sí, respondió el ranchero.

—¿Ahora te sientes con fuerzas para contarme como ha sucedido la catástrofe?

—Estoy a sus órdenes, señor.

—Di pues, te escucho.

El ranchero, después de haber apurado su último vaso de pulque para aclararse la voz, empezó su relato.


[XV]

DON MELCHOR

Vamos nosotros a suplir con el nuestro el relato del ranchero, quien, por otra parte, ignoraba muchas particularidades, ya que no conocía lo ocurrido sino de oídas. Para ello nos es preciso retroceder al momento preciso en que Oliverio, porque el lector indudablemente le ha adivinado en don Jaime, se separó de doña Dolores y del conde a unas dos leguas del Arenal.

Doña Dolores y los que le acompañaban no llegaron a la hacienda hasta poco antes de ponerse el sol.

Don Andrés, inquieto por tan largo paseo, les recibió con muestras del gozo más vivo; pero viéndoles como les había visto a lo lejos acompañados de León Carral, se había tranquilizado.

—No permanezca V. por tanto tiempo fuera de la hacienda, señor conde, dijo a Luis don Andrés con solicitud verdaderamente paternal; comprendo el placer que halla V. en galopar en compañía de la atolondrada Dolores, pero como no conoce esta tierra, puede extraviarse. Demás, en estos momentos los caminos están infestados de merodeadores pertenecientes a todos los partidos que dividen esta desgraciada república, y a estos pícaros tanto les da disparar un tiro contra un hombre como dispararlo sobre un coyote.

—Me parece que V. exagera, señor, replicó Luis; hemos dado un magnífico paseo sin que nada sospechoso haya venido a turbarlo.

Hablando de esta suerte se encaminaron al comedor, donde les estaba aguardando la comida.

Ésta fue silenciosa como de costumbre; la única diferencia que se notaba era que parecía haber desaparecido la indiferencia entre doña Dolores y Luis, pues realmente sostuvieron una animada conversación, lo que hasta entonces no había acontecido.

Don Melchor estuvo hosco y compasado como siempre y comió sin despegar los labios; no obstante, dos o tres veces y admirado sin duda de la buena armonía que parecía reinar entre su hermana y el francés, se fijó en ellos, mirándoles con expresión singular; pero los jóvenes fingieron no reparar en él y continuaron su conversación a media voz.

Don Andrés estaba radiante de gozo, y arrastrado por la grata sensación que experimentaba, hablaba en alta voz, interpelaba a todos y bebía y comía como un hambriento.

Al levantarse de la mesa y en el instante de despedirse, don Luis detuvo al anciano, diciéndole:

—V. dispense, ¿podría escuchar dos palabras?

—Me tiene V. a sus órdenes, respondió don Andrés.

—No sé como explicarme, señor, repuso el conde: temo haber obrado con alguna ligereza y cometido una falta contra los deberes sociales.

—¡Usted! exclamó don Andrés sonriendo; ¡bah! permítame que le diga que no le creo.

—Le agradezco a V. el buen concepto en que me tiene; con todo, debo hacerle a V. juez de mi conducta.

—Si es así, explíquese V.

—El caso es el siguiente: habiendo determinado dirigirme directamente a Méjico, pues ya sabe V. que yo ignoraba su presencia aquí...

—En efecto, interrumpió el anciano; prosiga usted.

—Pues bien, continuó Luis, ignorando, como he dicho, su presencia de V. en la hacienda, había escrito a uno de mis íntimos amigos, agregado a la legación francesa, primeramente para notificarle mi llegada y en segundo lugar para que me hiciese el favor de buscarme habitación. Ahora bien, el amigo ese, llamado el barón Carlos de Meriadec y perteneciente a la más calificada nobleza de Francia, acogió favorablemente mi encargo y se dispuso a satisfacerlo. En esto supe que vivía V. en esta hacienda, y como V. tuvo la exquisita amabilidad de ofrecerme hospitalidad en ella, escribí inmediatamente al barón diciéndole que suspendiese todas sus gestiones, ya que era más que probable que yo me quedaría aquí durante un largo espacio de tiempo.

—Al aceptar V. mi hospitalidad, señor conde, me dio una prueba de amistad y de confianza, de que le estoy agradecidísimo.

—Creía que todo estaba terminado respecto del particular, cuando esta mañana recibí una carta en la cual el barón me participa haber obtenido licencia y su resolución de pasar en mi compañía los días de asueto que le han concedido.

—¡Ah! ¡caramba! exclamó gozosamente don Andrés, buena está la idea, y por ella le daré las gracias a su amigo de V.

—¿Así pues no le parece desempachado el barón?

—¿Qué está V. diciendo? interrumpió con viveza don Andrés; ¿por ventura no es V. casi casi mi yerno?

—Pero todavía no lo soy, señor.

—Gracias a Dios lo será V. pronto. Así pues, aquí se encuentra V. en su casa, y por lo tanto es libre de recibir a sus amigos.

—Aun cuando fuesen mil, dijo con sonrisa sardónica don Melchor, que estaba escuchando esta conversación.

El conde fingió creer en la buena intención del joven y le respondió inclinándose:

—Le agradezco a V. que en la presente circunstancia una su voz a la de su padre; esto me prueba la bien querencia que se digna V. demostrarme cada vez que se le ofrece coyuntura.

Don Melchor comprendió el sarcasmo que escondía la respuesta de don Luis, y haciendo un frío saludo se retiró murmurando algunas palabras incoherentes.

—¿Y cuándo llega el barón de Meriadec? preguntó don Andrés.

—Ya que es preciso hablar claro, respondió el conde, mañana por la mañana.

—Mejor. ¿Y es joven?

—Poco más o menos de mi edad: lo único que hay es que habla muy mal el castellano y apenas si lo comprende.

—Ya hallará aquí con quien hablar en francés, dijo el anciano; hizo V. bien en advertirme; de no nos hubiera cogido desprevenidos. Esta tarde misma voy a dar orden de que le preparen habitación.

—Sentiría en el alma, repuso el conde, ocasionarle a V. la más pequeña molestia.

—No se apure V. por esto; gracias a Dios nos sobra sitio, y hallaremos fácilmente donde instalarle con toda comodidad.

—Me he explicado mal, señor; conozco la espléndida hospitalidad de V. Lo que yo quería decir es que me parece convendría que el barón se instalase en mis propias y holgadas habitaciones para que mis criados pudiesen servirle.

—¡Pero eso va a molestarle a V. mucho!

—Al contrario; mis habitaciones tienen más piezas que no necesito, y él puede instalarse en una; de este modo podremos hablar los dos con entera libertad cuando nos guste. Hace dos años que no nos hemos visto y por lo tanto tenemos que hacernos muchas confidencias.

—¿V. lo exige, señor conde?

—Me encuentro en su casa de V. y por lo tanto nada puedo exigir, respondió Luis; lo que solicito es un favor.

—Pues se hará según sus deseos, repuso don Andrés; esta tarde misma quedará dispuesto todo.

Luis se despidió de don Andrés y se retiró a sus habitaciones; pero casi en pos de él penetraron dos peones cargados de muebles, quienes en un abrir y cerrar de ojos transformaron el salón en cómodo dormitorio.

Una vez a solas con su ayuda de cámara, el conde puso a éste al corriente de lo que debía saber para desempeñar su papel sin ocurrir en equivocaciones, ya que había concurrido a la cita y visto a Domingo.

A eso de las nueve de la mañana del día siguiente, el conde recibió aviso de que un jinete vestido a la europea y seguido de un arriero que conducía dos mulas cargadas de maletas y cofres se acercaba a la hacienda.

Luis, que ni por un segundo sospechó que no fuese Domingo el viajero de que acababan de hablarle, se levantó y se apresuró a acudir a la puerta de la hacienda, en la que ya se encontraba don Andrés a fin de hacer los honores de su casa al extranjero.

El conde no dejaba de experimentar alguna zozobra respecto del modo como el vaquero llevaría el traje europeo, tan mezquino y estrecho y por lo mismo tan difícil de llevar con garbo; pero al ver al gallardo y hermoso joven, que avanzaba gobernando primorosamente a su caballo y ostentando en toda su persona un incontestable sello de distinción, se tranquilizó al punto. Sin embargo, se le acudió una nueva duda, y es que le parecía imposible que aquel elegante jinete fuese el hombre mismo a quien viera el día anterior y cuyos modales francos pero ligeramente triviales le habían inspirado el temor de que no iba a desempeñar satisfactoriamente el papel que le confiaran; mas no tardó en quedar convencido de que realmente era Domingo quien se encontraba en su presencia.

Los dos jóvenes se abrazaron con muestras de amistad la más sincera, y luego Luis presentó a su amigo a don Andrés.

El hacendero, satisfecho de la elegancia y distinción del joven, le acogió cordialísimamente; luego el conde y el barón se retiraron seguidos del arriero, que no era otro que el ranchero Loick.

Descargadas las mulas y colocadas ya las cajas y las maletas en las habitaciones del conde, el barón, que así le llamaremos por ahora, dio una cuantiosa propina al arriero, que se deshizo en bendiciones, y se volvió rápidamente con sus mulas temeroso de encontrarse con algún conocido en la hacienda.

Una vez a solas los dos jóvenes, colocaron a Raimbaut de centinela en la antesala, a fin de no verse sorprendidos, y retirándose al dormitorio del conde dieron comienzo a una larga y seria conversación, durante la cual Luis puso al corriente al barón, trazándole una como biografía de las personas entre las cuales iba a vivir durante algún tiempo; extendiéndose en particular respecto de don Melchor, de quien le aconsejó desconfiase, y recomendándole que no echase en olvido que no sabía sino una que otra palabra castellana y que apenas comprendía esta lengua; éste era punto esencialísimo.

—He vivido mucho tiempo entre los cobrizos, respondió el joven, y he aprovechado sus lecciones; V. mismo va a quedar sorprendido del primor con que desempeñaré mi comisión.

—Le confieso a V. que ya lo estoy, repuso el conde; ha superado V. mis esperanzas.

—V. me lisonjea, señor, dijo el joven; pero no tema, procuraré merecer siempre su aprobación.

—Pero ahora caigo en ello, mi querido Carlos, dijo Luis sonriendo; somos antiguos compañeros de colegio.

—¡Qué! repuso en el mismo tono el barón, si nos conocemos de chiquitines.

—¿Y no le parece a V. que en este caso debemos tutearnos?

—Evidentemente; la perfección de nuestros papeles lo exige.

—Corriente, yo te tuteo y tú me tuteas.

—¡Pues no faltaba más! ¿dos amigos como nosotros no tutearse?

Los dos jóvenes se estrecharon cordialmente las manos, riendo como colegiales en vacaciones.

De esta suerte se deslizó parte del día sin otro incidente que la presentación del barón Carlos de Meriadec, por su amigo el conde Luis del Saulay, a doña Dolores y al hermano de ésta don Melchor de la Cruz, doble presentación en la que el extranjero se portó como comediante consumado.

Doña Dolores respondió con una graciosa y alentadora sonrisa al cumplido que el joven creyó de su deber dirigirla.

En cuanto a don Melchor, se limitó a hacerle una muda reverencia, mientras le dirigía una mirada hosca.

—¡Jum! dijo el barón una vez a solas con el conde, ese don Melchor me produce el efecto de ser un mal bicho.

—Abundo en la misma opinión, contestó sin ambages el conde.

A eso de las tres de la tarde doña Dolores mandó a preguntar a los dos jóvenes si querían dispensarle la honra de hacerla compañía por unos instantes, a cuyo ruego accedieron solícitos.

El conde y el barón se cruzaron con D. Melchor, en el patio; pero éste no les dirigió palabra alguna, y les siguió con la mirada hasta que hubieron entrado en las habitaciones de doña Dolores.

Se deslizó un mes sin que nada viniese a turbar la existencia de los habitantes de la hacienda del Arenal.

El conde y su amigo salían con frecuencia en compañía del mayordomo, ya para la caza, ya sencillamente para pasearse, y algunas veces, aunque muy contadas, junto con doña Dolores.

Ahora que el conde no iba ya solo con ella, la joven temía menos su presencia, y aun en ocasiones parecía ésta serle grata, hasta el extremo de acoger favorablemente sus galanterías, reírse de sus chistes y demostrarle la más omnímoda confianza.

Pero a quien sobre todo demostraba la joven una preferencia marcada, era al barón, sea porque conociéndole no le diese importancia alguna, ya que, por puro capricho de coquetería femenina, se complaciese en jugar con aquella naturaleza de la que no sospechaba la indómita energía y quisiese ensayar en el ingenuo joven el poder de sus hechizos.

Domingo no advertía, o hacía que no, ese ardid de doña Dolores; de una galantería exquisita para con ella, permanecía sin embargo en los estrictos límites que se trazara él mismo, no cuidándose de provocar los celos de un hombre por quien sentía una amistad sincera y sabía estaba a punto de casar con la joven.

Por lo que se refiere a don Melchor, su carácter se fue poniendo más y más sombrío, sus ausencias se hicieron más largas y frecuentes, y en las contadísimas ocasiones en que el acaso le ponía en presencia de los dos jóvenes, respondía silenciosamente a su saludo, sin dignarse dirigirles la palabra; definitivamente la repugnancia que de buenas a primeras sintiera hacia ellos, con el tiempo se había convertido en verdadero odio mejicano.

Entre tanto los acontecimientos políticos iban desenvolviéndose con rapidez más y más creciente; las tropas de Juárez puede decirse que eran dueñas absolutas del campo; los exploradores de este partido habían aparecido ya en los alrededores de la hacienda, y se hablaba vagamente de propiedades españolas asaltadas, pasadas a saco y entregadas a las llamas y cuyos dueños habían sido traidoramente asesinados después de haber exigido un rescate los guerrilleros.

Grande era la zozobra que reinaba en el Arenal: don Andrés de la Cruz, a quien su calidad de español no le inspiraba confianza alguna en lo venidero, tomaba las precauciones más exageradas para no verse sorprendido por el enemigo, en vista de que don Melchor se había obstinado en no abandonar la hacienda y retirarse a Puebla, como él lo propusiera repetidas veces.

Sin embargo, la tenebrosa conducta que desde que el conde se encontraba en la quinta guardaba el joven, su empeño en mantenerse aislado, sus frecuentes y prolongadas ausencias y en primer término las recomendaciones de don Oliverio, cuya desconfianza, indudablemente hacía mucho tiempo despertada por hechos de él solo conocidos, habían determinado la presencia de Domingo en la hacienda, inspiraban sospechas al conde, sospechas a las cuales la antipatía oculta que desde el primer día experimentaba por don Melchor daban casi la fuerza de una certidumbre.

Tras madura reflexión, Luis había resuelto participar sus recelos a Domingo y a León Carral, cuando una noche, a las nueve, al entrar en el patio, se encontró con don Melchor a caballo, que se encaminaba hacia la puerta de la hacienda.

El conde se admiró de que a hora tan avanzada de una noche sin luna don Melchor se arriesgase a salir solo por aquellos campos, a riesgo de caer en una emboscada de los guerrilleros de Juárez, cuyos exploradores sabía él vagaban hacía algunos días por los alrededores de la hacienda.

Esta nueva salida del hermano de doña Dolores, completamente inmotivada en la apariencia, disipó las últimas dudas del conde y le afirmó en su resolución de tomar inmediatamente consejo de sus dos confidentes.

En esto León Carral atravesaba el patio, y al oír que Luis le llamaba, se encaminó apresuradamente a su encuentro.

—¿A dónde va V.? preguntó el conde al mayordomo.

—No lo sé de fijo, señor, respondió León; sin atinar por qué, esta noche me siento más desasosegado que de costumbre y me salía para inspeccionar los alrededores de la hacienda.

—Tal vez sea un presentimiento, dijo el conde imaginativo; ¿quiere V. que le acompañe?

—Cuento salir y batir un poco el campo por las cercanías, repuso ño León Carral.

—Está bien; mande V. que ensillen mi caballo y él de don Carlos y al instante nos reunimos a V.

—Sobre todo, señor, repuso el mayordomo, no traiga V. consigo criado alguno; obremos nosotros solos, pues conviene evitar toda probabilidad de traición. Tengo un proyecto.

—Corriente, dentro de diez minutos nos tiene con V.

—Hallarán Vds. sus caballos a la puerta del primer patio. No necesito recomendarles que se armen.

—Nada tema.

El conde entró en sus habitaciones; después de explicar a Domingo lo que ocurría, ambos salieron al punto y se reunieron al mayordomo; el cual, ya montado, les estaba aguardando delante de la puerta de la hacienda, abierta de par en par.

—Aquí estamos, dijo el conde.

—Partamos, repuso lacónicamente Carral.

El conde y Domingo se subieron sobre sus respectivos caballos, y salieron sin añadir palabra.

Tras ellos se cerró suavemente la puerta de la hacienda.

Los tres jinetes descendieron al trote largo la pendiente que conducía al llano.

—¡Hola! dijo el conde al cabo de un instante, ¿qué significa esto? ¿acaso vamos montados en caballos espectros que no producen ruido alguno al marchar?

—Hable V. más quedo, señor, repuso el mayordomo; probablemente estamos rodeados de espías; en cuanto a lo que despierta tanto su curiosidad, no es sino una sencilla precaución; los cascos de nuestros caballos están envuelto en sacos de piel de carnero rellenos de arena.

—¡Demontre! profirió Luis, entonces nuestra expedición es secreta.

—Sí, señor, y por demás importante, repuso Carral.

—¿Qué ocurre pues?

—Que desconfío de don Melchor.

—¡Hombre! piense V. que don Melchor es hijo y heredero de don Andrés.

—Sí, pero su madre era una india zapoteca, de la que no atino por qué se enamoró mi amo, pues no era hermosa, ni buena, ni tenía pizca de entendimiento, y de ella tuvo a don Melchor. La madre murió de sobreparto, rogando a don Andrés que no abandonase a la pobre criatura; mi amo se lo prometió, reconoció al hijo y le educó, cual si hubiese sido legítimo, y años después obligó a su esposa a tener al niño junto a ella. Don Melchor fue pues educado como si realmente hubiese sido hijo legítimo, tanto más cuanto doña Lucía de la Cruz murió sin haber dado más que una niña a su marido.

—¡Ah! dijo el conde, ahora empiezo a vislumbrar la verdad.

—Todo marchó a pedir de boca durante muchos años; don Melchor, tratado muy bien por su padre, llegó poco a poco a persuadirse de que a la muerte de don Andrés heredaría efectivamente la fortuna de éste; pero hace cosa de un año que mi amo recibió una carta, a consecuencia de la cual tuvo con su hijo una larga y seria conferencia.

—Ya, repuso Luis, dicha carta recordaba a don Andrés el proyecto de matrimonio estipulado entre mi familia y la suya y al par le notificaba mi próxima llegada.

—Probablemente, señor, dijo Carral; pero nada de cuanto pasó entre el padre y el hijo traspiró; lo único que todos notamos fue que don Melchor, que no es alegre ni mucho menos, desde entonces está sombrío y áspero, busca siempre la soledad y no habla con su padre sino cuando a ello se ve obligado. Don Melchor, que no hacía sino cortas y contadas excursiones por el campo, empezó a aficionarse a la caza, y emprendió expediciones que con frecuencia duraban muchos días. La súbita llegada de V. a la hacienda, cuando indudablemente le animaba todavía la esperanza de no verle nunca, ha aumentado por modo indecible sus malas disposiciones, y de ahí que esté yo convencido de que desesperado de ver como se le escapa para siempre de las manos la herencia que desde hace tanto tiempo codicia, no vacilará ni siquiera ante el crimen para apoderarse de ella. Ahí, señor, lo que he creído de mi deber comunicarle; Dios sabe que al hablar no me ha guiado sino la mejor intención.

—Ahora me lo explico todo, ño León Carral, dijo el conde, y como V. estoy persuadido de que don Melchor medita una odiosa traición contra el hombre a quien todo lo debe, contra su padre.

—¿Quieren Vds. saber mi opinión? dijo Domingo; pues bien, yo opino que, si se presenta oportunidad, haríamos una buena obra alojándole una bala en la cabeza; de este modo libraríamos al mundo de un horrible asesino.

—Amén, repuso el conde riendo.

En esto los tres jinetes llegaron al llano.

—Señor, dijo León Carral, dirigiéndose a don Luis, aquí empiezan las dificultades para llevar a cabo la empresa que intentamos; es preciso obrar con la mayor prudencia y sobre todo evitar que nuestra presencia se revele a los invisibles espías que es indudable nos están acechando.

—Nada tema V., repuso el conde, seremos mudos como peces; pase V. adelante, nosotros le seguiremos a la moda de los indios cuando caminan por el sendero de la guerra.

El mayordomo se puso a la cabeza de la fila y los tres empezaron a avanzar con bastante rapidez por senderos que se entrecruzaban y habrían formado una red intrincada para otro menos conocedor del terreno que León Carral.

Como hemos dicho más arriba, la noche aquella era sin luna y el firmamento estaba oscuro como la tinta.

En el campo reinaba el más profundo silencio, sólo interrumpido a largos intervalos por los estridentes gritos de las aves nocturnas.

De esta suerte y sin cruzar palabra los tres jinetes continuaron avanzando durante media hora, al cabo de la cual el mayordomo se detuvo y dijo en voz baja:

—Hemos llegado; apéense Vds.; aquí estamos seguros.

—¿Lo cree V. así? preguntó Domingo; durante nuestra marcha me ha parecido oír gritos de aves nocturnas demasiado bien imitados para que fuesen verdaderos.

—Tiene V. razón, dijo León Carral; son los centinelas enemigos que se dan el alerta; nos han venteado; pero gracias a la oscuridad y a conocer como conozco los vericuetos, por ahora a lo menos hemos despistado a los que han salido en nuestra persecución. Éstos nos están buscando en dirección opuesta a la en que nos encontramos.

—Tal me ha parecido también a mí, profirió Domingo.

El conde escuchaba con avidez, pero en vano, lo que sus compañeros estaban hablando; para él era puro hebreo; por primera vez en su vida el acaso le colocaba en una situación tan singular, y por tanto le faltaba por completo la experiencia; distante estaba de temer que había atravesado todas las avanzadas de un campamento enemigo, pasado a tiro de pistola de los centinelas emboscados a derecha y a izquierda y tal vez se había librado milagrosamente de la muerte un sin fin de veces.

—Señores, dijo el mayordomo, quiten ustedes los sacos a los caballos, ya no los necesitan; yo entre tanto encenderé una antorcha de ocote.

Luis y Domingo, que reconocían tácitamente a Carral como jefe de la expedición, obedecieron.

—¿Está? preguntó al cabo de unos instantes el mayordomo.

—Sí, respondió el conde; pero no vemos pizca; ¿enciende V. la antorcha?

—Ya está encendida, respondió León; pero sería demasiado imprudente mostrar aquí la luz; síganme Vds. tirando a sus caballos de las bridas.

León se puso de nuevo a la cabeza, para guiar a sus compañeros, y los tres anudaron la marcha, pero esta vez a pie.

A poco brilló una luz ante sus ojos, luz que alumbraba lo suficiente para que aquéllos pudiesen ver los objetos que les rodeaban.

Los expedicionarios se encontraban en una gruta natural, abierta en el fondo de un pasadizo bastante tortuoso para que desde fuera nadie advirtiese la luz de la antorcha.

—¿Dónde demonios nos encontramos? preguntó el conde con sorpresa.

—Ya lo ve V., señor, respondió Carral, en una gruta.

—Sí, repuso Luis; mas para conducirnos aquí debía asistirle a V. una razón.

—Una me asistía, señor, contestó el mayordomo, y es que esta gruta comunica con la hacienda por medio de un subterráneo bastante largo; subterráneo que tiene muchas salidas al campo y dos en la hacienda. De estas últimas, una de ellas sólo la conozco yo, y hoy he tapado la otra; pero temeroso de que don Melchor durante sus carreras por el campo haya descubierto la gruta ésta, he querido venir esta noche para cerrarla interiormente por medio de una gruesa pared y de esta suerte evitar que nos sorprendan.

—Muy bien dispuesto, ño León, dijo el conde; cuando V. quiera pondremos manos a la obra; no faltan piedras.

—Primeramente asegurémonos de que no nos han precedido otros.

—¡Jum! difícil me parece, profirió Luis.

—¿Usted cree? repuso Carral con suave ironía.

Y tomando la antorcha que había plantado en un rincón, se inclinó hasta el suelo, pero casi al punto se irguió de nuevo dando un grito de cólera y de rabia.

—¿Qué hay? exclamaron con ansiedad el conde y Domingo.

—Miren Vds., respondió el mayordomo señalando el suelo.

El conde miró.

—Es demasiado tarde, continuó Carral; nos han ganado por la mano.

—Por Dios explíquese V., profirió el conde; nada comprendo de cuanto dice.

—Mira, repuso Domingo mostrando el suelo a don Luis, ¿ves estas pisadas que van en todas direcciones?

—¿Y qué?

—¡Pobre amigo mío! respondió el vaquero, estas pisadas las han impreso los hombres probablemente conducidos por don Melchor, los cuales han tomado este camino para introducirse en la hacienda, donde quizá se encuentran ya a estas horas.

—No, repuso el mayordomo, las huellas son frescas, de pocos minutos. La delantera que nos han tomado es insignificante, porque una vez hayan llegado al final del subterráneo se verán precisados a derribar el muro que yo he construido y que por cierto es robusto; no desmayemos pues; quizá Dios permita que lleguemos a la hacienda a tiempo. Vengan Vds., síganme sin tardanza y dejen los caballos. ¡Ah! divina ha sido la inspiración que tuve de no lapidar la segunda salida.

Agitando entonces su antorcha para reavivar la llama, el mayordomo se precipitó corriendo hacia una galería lateral, seguido de los dos jóvenes.

El subterráneo subía en pendiente suave; el camino que éstos siguieran para venir a la gruta, daba la vuelta a la colina sobre la cual estaba asentada la hacienda; además, les había sido preciso dar numerosos rodeos y marchar con circunspección, es decir, con bastante lentitud, temerosos de verse sorprendidos, lo que les absorbiera un espacio de tiempo considerable; pero ahora era distinto; ahora corrían en línea recta, y en un cuarto de hora hicieron un camino igual al que, a caballo, les había exigido una hora.

Cuando los tres llegaron al jardín de la hacienda, ésta estaba silenciosa.

—Despierten Vds. a sus criados mientras yo toco a rebato, dijo el mayordomo; quizá salvemos la hacienda.

Y León se precipitó hacia la campana cuyas redobladas vibraciones despertaron a no tardar a los habitantes de la hacienda que acudieron inmediatamente al son, medio desnudos y no comprendiendo lo que ocurría.

—¡A las armas! ¡a las armas! gritaban el conde y sus compañeros.

A don Andrés le pusieron en dos palabras al corriente de la situación, y mientras éste hacía conducir a su hija a su habitación bajo la salvaguardia de criados devotos, y organizaba la defensa cuanto lo permitían las circunstancias, el mayordomo, seguido del conde y de Domingo y de los criados del primero, se había encaminado al jardín.

Luis y doña Dolores no habían cruzado sino contadas palabras.

—Me voy a las habitaciones de mi padre, dijo la joven al conde.

—Allá iré a reunirme con V.

—Le aguardo, ¿Nadie más se acercará?

—Se lo juro a V.

—Gracias.

Doña Dolores y el conde se separaron.

Una vez en el jardín, los cinco hombres oyeron claramente los apresurados golpes que los asaltantes descargaban sobre la pared, y se emboscaron a tiro de pistola de la salida, detrás de los árboles y de las flores.

—Para venir de esta suerte a robar a la gente honrada es menester que esos hombres sean unos bandidos, profirió el conde.

—¡Que si lo son! repuso con zumba Domingo, pronto va V. a verlos en la faena de modo que no le quepa a V. duda alguna.

—Entonces mucho ojo, dijo el conde, y recibámosles como se merecen.

Ínterin, en el subterráneo redoblaban los golpes, y a no tardar se desprendió una piedra, y luego otra, y otra, hasta que apareció en el muro una brecha bastante considerable.

Los guerrilleros se precipitaron al jardín dando un aullido de alegría que se cambió al punto en rugido de rabia.

Cinco disparos hechos a un tiempo habían estallado como un formidable trueno.

Empezaba la lucha.


[XVI]

EL ASALTO

Al oír la descarga que les recibiera sembrando la muerte en sus filas, los guerrilleros habían retrocedido llenos de espanto; sorprendidos por aquéllos a quienes imaginaban sorprender, preparados a robar, pero no a combatir, su primer pensamiento fue emprender la fuga.

Los defensores de la hacienda, cuyo número había aumentado considerablemente, el ver el indescriptible desorden que se introdujera entre los asaltantes, no desperdiciaron la ocasión de mandar a éstos una rociada de balas.

Sin embargo, era menester tomar una determinación: o avanzar arrostrando una lluvia de proyectiles, o renunciar al asalto.

El propietario de la hacienda estaba rico, y esto los guerrilleros lo sabían, y no sólo lo sabían, sino que hacía ya mucho tiempo que deseaban apoderarse de estas riquezas de ellos codiciadas y que con razón o sin ella suponían escondidas en la hacienda. Así pues les costaba renunciar a una expedición preparada de larga fecha y de la que tan magníficos resultados se prometían.

Entre tanto las balas iban lloviendo sobre los asaltantes sin que éstos se atreviesen a traspasar la brecha. Los jefes de los guerrilleros, más interesados todavía que no sus soldados en el buen logro de sus proyectos, pusieron fin a la vacilación empuñando resueltamente picos y martillos no sólo para agrandar la brecha, sino para reventar completamente el muro, pues comprendían que solamente por medio de una irrupción súbita e irresistible conseguirían derribar el obstáculo que les oponían los defensores de la hacienda.

Éstos continuaban haciendo un fuego graneado, pero casi todas sus balas se perdían, ya que los guerrilleros trabajaban a cubierto y cuidaban de no mostrarse delante de la brecha.

—Han cambiado de táctica, dijo el conde a Domingo; ahora se ocupan en derribar el muro y dentro de poco van a anudar el asalto; y dirigiendo una mirada de tristeza en torno de sí, añadió: entonces y no siendo capaces de resistir a un ataque vigoroso los que nos acompañan, nos veremos constreñidos a retroceder.

—Tienes razón, amigo, la situación es grave, repuso el joven.

—¿Qué hacer? preguntó el mayordomo.

—¡Ah! profirió de improviso Domingo, dándose una palmada en la frente, se me ocurre una idea: ¿tienen Vds. pólvora en la hacienda?

—Gracias a Dios no nos falta, respondió Carral. ¿Por qué?

—Mande V. traer inmediatamente un barril; de lo demás respondo.

—Fácil es.

—Pues vaya V.

El mayordomo se alejó apresuradamente.

—¿Qué quieres hacer? preguntó el conde a Domingo.

—Ya verás, respondió el joven, despidiendo rayos por los ojos; vive Dios que es magnífica la idea que se me ha ocurrido. Probable es que esos bandidos se apoderen de la hacienda, pues somos demasiado pocos para resistirles y no es para ellos sino asunto de tiempo; mas yo te fío que va a darles que sentir.

—No te comprendo.

—¡Ah! continuó el joven, pábulo de una exaltación febril, quieren abrirse un paso anchuroso, y yo voy a abrírselo, te lo juro.

En este momento regresó el mayordomo trayendo consigo no uno, sino tres barriles de pólvora en un carretón, cada uno de cuyos barriles contenía unas ciento veinte libras de pólvora.

—¡Tres barriles! profirió alegremente Domingo; mejor que mejor; así cada uno de nosotros tendremos el nuestro.

—¿Pero qué vas a hacer? preguntó Luis al vaquero.

—Voy a mandarles a las nubes, respondió éste. ¡Ea! manos a la obra.

Y tomando uno de los barriles le quitó la tapa, operación que imitaron el conde y León Carral.

—Ahora, dijo Domingo dirigiéndose a los peones, despavoridos ante tan siniestros preparativos, haceos atrás, pero seguid disparando sobre ellos.

El conde, Domingo y el mayordomo se quedaron solos con los criados del primero, que se habían negado a separarse de su amo.

En pocas palabras el vaquero puso al corriente de su proyecto a sus amigos.

Éstos se hicieron cargo de los barriles, y deslizándose silenciosamente por detrás de los árboles, se acercaron a la gruta.

Los asaltantes, ocupados en demoler interiormente el muro y no atreviéndose a salir fuera de la brecha a causa del no interrumpido fuego que hacían los peones, no veían lo que pasaba en el jardín; de consiguiente les fue fácil a los cinco hombres llegar hasta al pie mismo de la pared que estaban demoliendo los guerrilleros, sin ser vistos.

Domingo colocó los tres barriles de pólvora junto al arranque del muro, y con ayuda de sus compañeros amontonó sobre los barriles cuantas piedras pudo hallar; luego tomó su mechero, quitó de él la mecha, de la que cortó unos diez centímetros, y la introdujo en uno de los barriles.

—¡Atrás! ¡atrás! dijo a media voz el joven; la pared ya se bambolea y dentro de un instante va a derrumbarse.

Y dando el ejemplo a sus compañeros, se alejó corriendo.

Casi todos los defensores de la hacienda, en número de unos cuarenta, con don Andrés a su frente, estaban reunidos en la entrada de la huerta.

—¿Por qué corren Vds. de este modo? preguntó el señor de la Cruz a los jóvenes; ¿acaso están ahí los bandidos?

—No, señor, respondió Domingo, todavía no, pero pronto va V. a saber de ellos.

—¿Dónde está doña Dolores? preguntó el conde.

—En sus habitaciones con sus criadas; nada tema V. por ella.

—Ea, disparen Vds. dijo Domingo a los peones.

Éstos anudaron un tiroteo infernal.

—Raimbaut, dijo el conde en voz baja a su ayuda de cámara, hay que preverlo todo, váyase usted con Lanca Ibarru y ensillen cinco caballos, uno de ellos para una mujer. ¿Ha comprendido V.?

—Sí, señor conde.

—Luego conducirán Vds. los caballos esos hasta la puerta del extremo de la huerta, y allí y bien armados me aguardarán. Vaya V.

Raimbaut se alejó apresuradamente, tan tranquilo y sosegado como si en aquel momento no hubiese ocurrido nada de extraordinario.

—¡Ah! dijo don Andrés dando un suspiro de pesar, si Melchor se encontrase aquí, cuan útil nos sería.

—Pronto estará, señor, repuso con ironía el conde.

—¿Pero dónde puede estar?

—¡Jum! ¿quién sabe?

—¡Ja! ¡ja! profirió Domingo, allá abajo ocurre algo.

En efecto, las piedras, vigorosamente removidas a los repetidos golpes de los guerrilleros, empezaban a caer en la huerta. La brecha se iba ensanchando rápidamente y por fin se desprendió hacia fuera un lienzo de pared.

Los guerrilleros profirieron un grito atronador y arrojando sus picos y empuñando sus armas se prepararon a invadir la hacienda; pero de improviso se oyó una explosión terrible, la tierra retembló como sacudida por una convulsión volcánica, subió hacia el cielo una nube de humo y en todas direcciones cayó una lluvia de despojos humanos.

Un grito de agonía atravesó el espacio; luego se cernió sobre el lugar de tan horrorosa escena un silencio de muerte.

—¡Adelante! ¡adelante! gritó Domingo.

Los destrozos causados por la mina habían sido terribles; la entrada del subterráneo, completamente revuelta de arriba abajo y cerrada del todo por montones de tierra y de piedras, no había dado paso a ninguno de los asaltantes. Sólo acá y allá y en medio de los despojos se veían los restos desfigurados de los que momentos antes eran hombres. La catástrofe debió de haber sido espantosa, pero de ella guardaba el secreto el subterráneo.

—Alabado sea Dios, estamos salvados, dijo don Andrés.

—Si otros asaltantes no se presentan por otro lado, repuso el mayordomo.

De pronto y como si el acaso hubiese querido hacer buenas las palabras de León Carral, se oyeron formidables gritos acompañados de disparos de armas de fuego, y una llama súbita que se elevó en las viviendas de los criados, iluminó el paisaje con resplandor siniestro.

—¡A las armas! ¡A las armas! gritaron los peones corriendo despavoridos. ¡Los guerrilleros! ¡Los guerrilleros!

Efectivamente, a poco y a la rojiza luz del incendio que devoraba los edificios, los defensores de la hacienda vieron aparecer unos cien hombres que avanzaban a paso de ataque, blandiendo sus armas y dando aullidos de furor.

Al frente de los bandidos aquellos iba un hombre que empuñaba un sable en la diestra y un hacha de viento en la izquierda.

—¡Don Melchor! exclamó el anciano con desesperación.

—Vive Dios, dijo Domingo encarándole su arma no avanzará un paso más.

—¡Es mi hijo! profirió don Andrés desviando el arma de Domingo.

El proyectil fue a perderse en el espacio.

—¡Ah! señor, repuso con frialdad el joven, se arrepentirá V. de haberle salvado la vida.

Don Andrés, arrastrado por el conde y por Domingo, había entrado en sus habitaciones, cuyas aberturas todas quedaron atrancadas en un santiamén por los peones, que hacían desde las ventanas un fuego nutridísimo sobre los asaltantes.

El hijo de don Andrés de la Cruz estaba en inteligencias con los partidarios de Juárez. Reducido, cual el mayordomo lo explicara al conde, a la desesperación por el próximo casamiento de su hermana y la pérdida inevitable de la fortuna de la que por tan largo período de tiempo sustentara la esperanza de ser el heredero único, el joven había atropellado por todo y bajo ciertas condiciones aceptadas por Cuéllar, y que él se reservaba cumplirlas o no una vez logrado sus propósitos, propuso entregar al jefe guerrillero la hacienda, a cuyo efecto se habían tomado todas las medidas conducentes al caso.

Convinieron Cuéllar y don Melchor, que parte de la cuadrilla, dirigida por oficiales resueltos, intentaría una sorpresa por el subterráneo, del que el joven había previamente librado el secreto, y que al mismo tiempo la otra mitad de la cuadrilla, a las órdenes del mismo Cuéllar y guiada por don Melchor, escalaría silenciosamente los muros de la hacienda, del lado de los corrales, pues era indudable que este punto estaría sin defensa para atender a la de los edificios, bastante alejados de aquéllos.

Ya hemos indicado cual había sido el éxito de este doble ataque.

Cuéllar ignoraba todavía que en tal empresa había perdido la primera mitad de su cuadrilla, desaparecida por completo bajo los despojos del derrumbado subterráneo, y con los hombres que le quedaban sostenía un combate encarnizado contra los peones de la hacienda, los cuales sabiendo que se las habían con la pandilla de Cuéllar, el más feroz y sanguinario de todos los guerrilleros de Juárez, y que esta pandilla no concedía cuartel, se batían con el heroísmo de la desesperación.

El combate, sin embargo, iba prolongándose; los peones emboscados en las habitaciones habían parapetado las ventanas con todo lo que hallaran a mano y disparaban a cubierto sobre los asaltantes diseminados por los patios y a los cuales causaban pérdidas sensibles.

A Cuéllar no sólo le tenía fuera de sí la tenaz e imprevista resistencia que encontraba, sino el incomprensible retardo de los soldados de su cuadrilla que habían entrado por la gruta y que desde hacía mucho tiempo debían haberle dado la mano.

El jefe guerrillero había oído la explosión de la mina, sí; pero como entonces se encontraba todavía a bastante distancia de la hacienda y en dirección diametralmente opuesta a la en que ocurriera la explosión, el ruido llegó hasta él sordo e indistinto. Así pues no hizo caso alguno de él; pero la inexplicable tardanza de sus compañeros en aquel momento en que su socorro le era tan necesario, empezaba a infundirle seria inquietud, y se disponía ya a enviar a algunos de los suyos a la descubierta con encargo de activar la llegada de los rezagados, cuando prontamente partieron del interior de las habitaciones desaforados gritos de victoria y en las ventanas aparecieron multitud de guerrilleros agitando alegremente sus armas.

Este triunfo definitivo se debió a don Melchor. Mientras el grueso de los asaltantes atacaba de frente a los edificios, él, acompañado de algunos hombres decididos se había deslizado entre sombras por una ventana baja que en el primer momento de confusión los de la hacienda se olvidaran de atrancar como las demás, se introdujo en el interior y aparecido prontamente a la vista de los sitiados, a quienes su presencia aterrorizó y sobre los cuales se precipitaron los guerrilleros que le acompañaban, blandiendo su sable y empuñando sendas pistolas.

Entonces el combate se convirtió en una horrorosa carnicería; los peones, a pesar de sus súplicas fueron muertos a puñaladas por sus vencedores y arrojados desde las ventanas al patio.

Pronto los guerrilleros inundaron todos los edificios de la hacienda, persiguiendo de aposento en aposento a los peones y asesinándoles desapiadadamente.

De esta suerte llegaron al gran salón cuyas anchas puertas de dos hojas estaban abiertas de par en par; pero una vez allí, no sólo se detuvieron, sino que retrocedieron dominados por un instintivo impulso de horror ante el terrible espectáculo que se les ofreció a los ojos.

El salón estaba iluminado, por multitud de bujías colocadas en todos los candelabros y sobre todos los muebles, y en uno de sus ángulos y con muebles amontonados habían construido una barricada, tras la cual se refugiaron doña Dolores y las mujeres y los hijos de los peones de la hacienda. Delante de la mencionada barricada y a dos pasos de la misma, estaban alineados, en pie e inmóviles, con un fusil en una mano y una pistola en la otra, don Andrés, el conde, Domingo y León Carral, los cuales tenían cerca de sí dos barriles de pólvora abiertos.

—¡Alto! gritó don Luis con voz zumbona; ¡alto, caballeros! si dan Vds. un paso más nos vamos todos por los aires. Háganme Vds. el favor de no atravesar los umbrales de esta puerta.

Los guerrilleros se guardaron muy mucho de desobedecer tan cortés recomendación, pues a la primera mirada habían medido toda la intensidad del peligro que corrían.

Don Melchor pataleaba de ira al verse de esta suerte reducido a la imposibilidad.

—¿Qué quieren Vds.? preguntó con voz atragantada al conde el hijo de don Andrés de la Cruz.

—De V., nada, respondió Luis; tenemos sobrada honra para no tratar con un miserable de su calaña.

—Serán Vds. fusilados como perros, franceses malditos, aulló don Melchor.

—Le reto a V. a que ponga en obra su amenaza, replicó el conde levantando con toda impasibilidad el gatillo del revólver que tenía en la mano y apuntando al barril de pólvora que estaba próximo a él.

Los guerrilleros se hicieron atrás profiriendo gritos de terror.

—No dispare V., no dispare V., exclamaron; aquí viene el coronel.

En efecto, Cuéllar acababa de llegar.

Era Cuéllar un bandido desalmado, afirmación que no sorprenderá a nadie; pero hay que confesar que era valiente como un león.

El coronel se abrió paso entre sus soldados y una vez solo al frente de éstos, se inclinó con gracia ante los cuatro hombres, les inspeccionó con mirada socarrona, lió un cigarrillo y dijo con acento de buen humor:

—Es muy ingenioso el aparato ese que han dispuesto Vds. ahí; les doy mi enhorabuena, caballeros. A esos demonios de franceses se les ocurren unas ideas increíbles; por mi fe, añadió hablando consigo mismo, no hay quien les coja desprevenidos; con ese par de barriles basta para que todos volemos al paraíso.

—Y si no nos avenimos, dijo el conde, no vacilaremos como no hemos vacilado en mandar a las nubes a los soldados que había usted mandado a la descubierta por la gruta.

—¿Qué dice usted? profirió Cuéllar palideciendo.

—Digo, repuso con la mayor calma el conde, que puede V. hacer buscar los cadáveres de sus soldados en el subterráneo y los hallarán a todos, pues todos han quedado en él.

Los guerrilleros se estremecieron de terror al oír tales palabras, y todos guardaron silencio.

Cuéllar se puso meditabundo, y al cabo de un minuto levantó el rostro, del que había desaparecido toda huella de emoción, y tendió una mirada en torno de sí como quien busca algo.

—¿Busca V. fuego? le preguntó Domingo acercándose a él con una bujía en la mano. Encienda V. su cigarrillo, señor.

Cuéllar tomó la bujía que galantemente le alargaba Domingo, y después de encender el cigarrillo, la devolvió a éste dándole las gracias.

—Conque, dijo Cuéllar una vez el joven se hubo reunido a sus compañeros, ¿piden ustedes capitulación?

—Se equivoca V., señor, repuso el conde; no la pedimos, se la ofrecemos a V.

—¿Qué Vds. me la ofrecen? profirió con admiración el guerrillero.

—Sí; porque somos dueños de la vida de usted.

—Usted dispense, arguyó Cuéllar, lo que está diciendo es especioso, porque en el caso de mandarnos a cenar con San Pedro a nosotros también irían Vds.

—¡Caramba! repuso el conde, en esto estamos.

Cuéllar se entregó de nuevo a la meditación, y poco después dijo:

—Vamos a ver, no perdamos el tiempo en un tiroteo de palabras; hablemos como hombres; ¿qué quieren Vds.?

—Voy a decírselo a V., respondió el conde.


[XVII]

DESPUÉS DE LA BATALLA

Cuéllar estaba fumando indolentemente el cigarrillo que pocos momentos antes encendiera, con la mano izquierda apoyada en su largo sable, cuya vaina descansaba en el suelo.

En el modo como estaba en pie el bandido, a la puerta del salón y dejando vagar al acaso su mirada, de suavidad felina, y despidiendo por boca y narices espirales de azulado humo, había un no sé qué seductivo.

—Vds. dispensen, señores, dijo; pero antes de pasar adelante es menester que nos pongamos completamente de acuerdo. Así pues, permítanme una ligera observación.

—Hable V., señor, dijo el conde.

—Pactemos, repuso Cuéllar, lo quiero y aun lo pido; como Vds. ven, soy muy acomodaticio; pero recomiendo que no me exijan imposibles, pues en este caso me vería constreñido a negárselos. No necesito decirles que si están Vds. decididos, también lo estoy yo, y que si bien deseo llegar a una transacción ventajosa para ambas partes, por quien soy les juro que de mostrarse demasiado exigentes preferiré volar con Vds., con tanta más razón cuanto tengo el presentimiento de que tarde o temprano terminaré mi vida como eso y no me pesaría irme al diablo en tan buena compañía.

Por más que Cuéllar pronunciara estas palabras con ademán risueño, el conde no se llamó a engaño respecto de la expresión decidida del hombre con quien se las había.

—¡Oh! señor, dijo éste, mal nos conoce usted si nos supone capaces de pedirle imposibles; lo único que hay es que queremos aprovecharnos de nuestra buena posición.

—Y yo se lo aplaudo de todas veras, caballero, repuso el guerrillero; mas como es usted francés y sus compatriotas nada temen, he creído de mi deber hacerle esta observación.

—Quépale a V. la certeza, señor, contestó el conde, fingiendo la misma tranquilidad que su interlocutor, que lo que vamos a exigir estará muy puesto en razón.

—¡A exigir! repitió Cuéllar, recalcando estas palabras.

—Sí, señor; pero no vamos a obligarle a que nos restituya en la posesión de la hacienda, porque nos consta que si saliese V. de ella sería para atacarnos de nuevo mañana.

—Es V. muy sagaz, señor; pero vengamos a lo que importa.

—A eso voy; ante todo va V. a devolvernos los pobres peones que han escapado de la matanza.

—No hallo dificultad.

—Junto con sus armas, sus caballos y lo poco que poseen.

—Convengo en ello.

—Don Andrés de la Cruz, su hija, el mayordomo León Carral, mi amigo, y yo y todas las mujeres y los niños refugiados en este salón, seremos libres de retirarnos a donde más nos acomode, sin temor a que nadie nos importune.

—¿Qué más? dijo Cuéllar haciendo una mueca.

—V. dispense, ¿acepta?

—Sí, señor, acepto. ¿Qué más?

—Mi amigo y yo somos franceses, y, que yo sepa, Francia no está en guerra con Méjico.

—Pero puede llegar día que sí, repuso Cuéllar en son de burla.

—Tal vez, pero ínterin, estamos en paz y tenemos derecho a su protección de V.

—¿No se han batido Vds. contra nosotros?

—Dice V. bien, pero en legítima defensa; desde el momento que nos atacaron, debíamos defendernos.

—Conforme; prosiga V.

—Queremos tener el derecho de llevarnos con nosotros, sobre nuestras mulas, cuanto nos pertenece.

—¿Nada más?

—Poco falta; ¿acepta V. estas condiciones?

—Las acepto.

—Perfectamente, ahora sólo falta llenar una formalidad.

—¡Una formalidad! ¿cuál?

—La de los rehenes.

—¡Cómo se entiende rehenes! ¿No les he empeñado a Vds. mi palabra?

—Sí, señor.

—¿Pues qué quieren Vds. más?

—Ya se lo he dicho a V., rehenes; V. comprenderá perfectamente, señor, que no me arriesgaré a confiar la vida de mis amigos y la mía propia, no diré a V., pues ha empeñado su palabra y la estimo buena, pero si a sus soldados que, como valientes guerrilleros que son no sentirían escrúpulo alguno, dado que cometiésemos la majadería de ponernos en sus manos, en hacernos satisfacer un rescate u otra cosa peor; V., señor Cuéllar, no manda tropas regulares, y por severa que sea la disciplina que mantenga en su cuadrilla, dudo que llegue al extremo de hacer respetar los prisioneros que caen en su poder, cuando V. no puede defenderlos con su presencia.

Cuéllar, interiormente halagado por las palabras del conde, sonrió con agrado y dijo:

—¡Jum! lo que acaba V. de manifestar puede ser verdad hasta cierto punto. Pero terminemos de una vez; ¿cuáles y cuántos son los rehenes que V. exige?

—Uno sólo, señor, respondió el conde; ya ve V. si somos contentadizos.

—En efecto, pero ¿quién es ese rehén?

—V., señor, respondió sin ambages el conde.

—¡Canario! respondió Cuéllar con risa zumbona, no tiene V. mal gusto; efectivamente les bastaría a Vds. con éste.

—Por eso no queremos otros.

—Pues es muy sensible.

—¿Por qué?

—Porque rehúso, demontre, ¿Y quién me serviría de fiador a mí?

—La palabra de un caballero francés, respondió con arrogancia el conde, palabra que nunca se ha empeñado en vano.

—Por mi vida, repuso Cuéllar con la mansedumbre que sabía adoptar tan bien cuando lo requerían las circunstancias, y le hacían tomar por el hombre más bueno del mundo, acepto, caballero, y suceda lo que quiera siento comezón de poner un poco a prueba la palabra esa de que tan orgullosos están los europeos. Quedamos pues en que yo les sirvo de rehén. Ahora espero me diga cuánto tiempo debo permanecer entre Vds., pues esto es para mí muy importante.

—No exigimos de V. sino que nos acompañe hasta la vista de Puebla; una vez allá quedará usted libre. Si le place, puede V. tomar una escolta de diez hombres para regresar con seguridad.

—Conforme, conforme, estoy a sus órdenes, caballeros, profirió Cuéllar. Y volviéndose hacia don Melchor, dijo a éste: V. se queda aquí durante mi ausencia para vigilar que todo vaya bien.

—Sí, contestó sordamente don Melchor.

El conde, después de haber dicho algunas palabras en voz baja al mayordomo, se dirigió de nuevo a Cuéllar.

—Señor, le dijo, hágame V. el favor de ordenar que conduzcan acá a los peones; luego, mientras V. permanezca con nosotros, ño León Carral irá a disponerlo todo para nuestra partida.

—Está bien, contestó el guerrillero; puede el mayordomo ir a cumplir sus quehaceres. Y dirigiéndose a los suyos y designando a Carral, añadió: este hombre es libre; conduzcan acá a los peones.

Poco después entraron en el salón unos quince pobres diablos con el traje hecho jirones y cubiertos de sangre, pero armados, según pacto estipulado previamente.

Dichos quince hombres eran los únicos que quedaban de los defensores de la hacienda.

Cuéllar penetró luego en la pieza en cuyo umbral hasta entonces había permanecido, sin que a ello le invitaran, y fue a colocarse detrás de la barricada.

Don Melchor, que comprendió lo falso de su posición, ahora que se veía solo frente por frente de los sitiados, se volvió para retirarse; pero entonces don Andrés se levantó, e interpelándole con voz vibrante e imperiosa, le dijo:

—Deténgase V., Melchor, no podemos separarnos de esta suerte; ahora que ya no debemos volver a vernos en este mundo, es necesario, indispensable, una explicación suprema entre los dos.

Don Melchor se estremeció al oír aquella voz; palideció, e hizo un movimiento cual si quisiese huir; pero deteniéndose prontamente y levantando con arrogancia la frente, dijo:

—¿Qué quiere V. de mí? hable, ya le escucho.

Por espacio de algunos segundos el anciano permaneció con los ojos clavados en su hijo con singular expresión de amor, cólera, dolor y desprecio, y haciendo por fin un esfuerzo sobre sí mismo, tomó la palabra en estos términos:

—¿Por qué quiere V. marcharse? ¿acaso porque le horroriza el crimen que ha cometido, o bien porque la rabia se ha apoderado de su corazón al ver abortado su parricidio y salvado a su padre a pesar de todos los esfuerzos que V. ha hecho para arrancarle la vida? Dios, que ha permitido que no consiguiese V. el completo triunfo de sus proyectos, me castiga por mi debilidad hacia V. y por el sitio que había V. usurpado en mi corazón; caro pago mi error; pero por fin ha caído la venda que me cubría los ojos. Váyase V., miserable, marcado con un estigma indeleble; ¡maldito sea V.! y esta maldición que sobre V. fulmino pese eternamente sobre su corazón. ¡Márchese V., parricida! desde ahora deja V. de ser hijo mío.

Sin embargo de su audacia, don Melchor no pudo aguantar la mirada fulgurante que su padre fijaba implacablemente en él; se le cubrió de lívida palidez el rostro, le conmovió el cuerpo un temblor convulsivo, inclinó la cabeza bajo el peso del anatema, retrocedió lentamente sin volverse, como arrastrado por una fuerza superior a su voluntad, y desapareció por en medio de los guerrilleros, que le abrieron calle impulsados por un sentimiento de horror.

En el salón reinaba un silencio fúnebre; y es que aquellos hombres, sin embargo de ser tan poco impresionables, experimentaban el influjo de la terrible maldición pronunciada por un padre contra su hijo culpado.

Cuéllar, que fue el primero que recobró su presencia de ánimo, dijo a don Andrés:

—Ha hecho V. mal en inferir a su hijo y en presencia de todos tan cruel afrenta.

—Le comprendo a V., profirió el anciano con tristeza; ¿pero qué me importa que se vengue si para siempre más mi vida está quebrantada?

E inclinando la cabeza sobre el pecho, don Andrés cayó en sombría y profunda meditación.

—Vele V. por él, dijo Cuéllar al conde; conozco a don Melchor, y sé que es un verdadero indio.

En esto doña Dolores, que hasta entonces permaneciera temerosamente escondida en medio de sus criadas, detrás de la barricada, se levantó, apartó algunos muebles, pasó sin hacer ruido al través de la abertura que ella misma acababa de practicar y fue a sentarse al lado de don Andrés; el cual no se movió, ni la había visto venir, ni oído como se sentaba cerca de él.

La joven se inclinó hasta su padre, le cogió amorosamente las manos, le besó en la frente, y con voz melodiosa e impregnada de ternura indecible, le dirigió estas palabras:

—Padre, mi buen padre, ¿no le queda a V. por ventura una hija que le quiere y le respeta? No se deje V. abatir de esta suerte por el dolor. Míreme, padre mío, por la Virgen Santísima; soy su hija. ¿Acaso no me quiere a mí que le amo tanto?

Don Andrés levantó el rostro, bañado en lágrimas, y abrió los brazos, en los que doña Dolores se precipitó dando un grito de gozo.

—¡Oh! profirió el anciano con ternura inefable, ¡cuánta ingratitud la mía al dudar de la infinita bondad de Dios! ¡Me queda mi hija! ¡No estoy ya solo en la tierra! ¡Todavía puedo ser dichoso!

—Sí, padre, repuso doña Dolores, Dios ha querido sujetarle a V. a prueba, pero no nos abandonará en nuestra pesadumbre; sea V. fuerte contra el infortunio, deje a su hijo entregado a su arrepentimiento, levante V. la terrible maldición que ha fulminado contra él, y permítale que vuelva arrepentido a sus plantas. ¡Oh! estoy convencida de que su acción no es sino hija de un momento de extravío; porque ¿cómo no amaría a V., tan noble tan grande y tan bueno?

—No me hables nunca de tu hermano, replicó don Andrés con hosca energía; para mí ha dejado de existir ese hombre. No tienes hermano alguno ni lo has tenido nunca. Perdóname que te haya engañado dándote a entender que el miserable ese formaba parte de nuestra familia; no, ese monstruo no es hijo mío; yo mismo he padecido error al suponer que por sus venas circulaba la misma sangre que por las mías.

—Padre, por Dios, sosiéguese V.

—Ven, hija mía, repuso don Andrés estrechando entre sus brazos a la joven, no me abandones, necesito sentirte ahí, a mi lado, para no creerme solo en el mundo y para tener la fuerza de sobrellevar mi desesperación. ¡Oh! repíteme que me quieres; no puedes comprender cuánto alivia mi corazón y suaviza mi dolor él que me lo digas.

Los guerrilleros se habían desparramado por la hacienda, saqueando y devastando, rompiendo muebles y forzando cerraduras con destreza que demostraba larga práctica. Solamente, según el pacto estipulado, habían sido respetadas las habitaciones del conde.

Raimbaut e Ibarru, relevados de su larga facción por León Carral, se ocupaban activamente en cargar sobre el lomo de algunas mulas los cofres y las maletas de Luis y de Domingo; y aunque los guerrilleros les habían mirado por espacio de algunos instantes con gesto socarrón y haciendo burla del modo desmañado como los dos criados cargaban las mulas, acabaron por ofrecer su ayuda a Raimbaut, ayuda que éste no tuvo reparo en aceptar. Entonces se vieron a aquellos hombres que sin el menor escrúpulo se hubieran entregado al latrocinio robando los objetos valiosísimos que encerraban las maletas y los cofres que los criados del conde estaban cargando, ocuparse con ahínco en transportarlos con cuidado sumo, y sin que ni por un segundo les asaltase la idea de apoderarse ni por el valor de un céntimo.

Gracias pues al inteligente concurso de los secuaces de Cuéllar, los equipajes del conde y de Domingo estuvieron en poquísimo tiempo cargados sobre tres mulas, y León Carral no tuvo ya que cuidar sino de que ensillasen los caballos necesarios para emprender el viaje, lo que fue ejecutado en un santiamén, gracias asimismo a la buena voluntad que en ir a buscar los caballos al corral y conducirlos al patio pusieron los guerrilleros.

Entonces León Carral penetró de nuevo en el salón y anunció que todo estaba dispuesto para la partida.

—Cuando Vds. quieran, señores, dijo Luis.

—Adelante.

Los que en el salón se encontraban fueron saliendo uno a uno escoltados por los guerrilleros, que daban grandes voces, si bien y al parecer contenidos por el respeto que les inspiraba su jefe no se atrevían a pasar a vías de hecho.

Una vez a caballo los que debían abandonar la hacienda, así como diez guerrilleros al mando de un oficial destinados a escoltar al coronel a su regreso, Cuéllar dirigió la voz a sus soldados, recomendándoles que obedeciesen ciegamente a don Melchor de la Cruz, mientras él estuviese ausente, y luego dio la señal de marcha.

Entre hombres, mujeres y niños, la pequeña caravana se componía de sesenta individuos, únicos que sobrevivieron a los doscientos que moraban en la hacienda.

Cuéllar iba a la cabeza de la caravana, a la derecha del conde; luego seguían doña Dolores, que iba entre su padre y Domingo; los peones, que conducían las acémilas de carga bajo la dirección de León Carral y de los dos criados del conde, y los guerrilleros cerraban la marcha.

El convoy bajó al paso por la colina y pronto se encontró en el llano.

Eran las dos de la madrugada poco más o menos; todo estaba envuelto en tinieblas, y los tristes viajeros, abrigados con sus sarapes y tiritando de frío, tomaron por la carretera de Puebla, a la que llegaron en veinte minutos; luego apresuraron el andar, en la esperanza de que al salir el sol o a lo menos a las primeras horas de la mañana llegarían a la ciudad, que no se encontraba sino a unas cinco o seis leguas de distancia.

Prontamente una luz vivísima tiñó de rojizos resplandores el cielo e iluminó el campo en una grande extensión.

La hacienda estaba ardiendo.

A este espectáculo, don Andrés dirigió una mirada triste hacia atrás y lanzó un suspiro profundo, pero no profirió palabra alguna.

Únicamente hacía uso de la palabra Cuéllar; el cuál trataba de demostrar al conde que la guerra tenía tristes necesidades; que hacía ya mucho tiempo que don Andrés había sido denunciado como secuaz devoto de Miramón, y que la toma y destrucción de la hacienda no eran sino el resultado de la malquerencia del hacendero hacia Juárez; cosas todas a las cuales el conde, que comprendía la inutilidad de discutir sobre tal tema con semejante sujeto, no se tomaba el trabajo de replicar.

De esta suerte y por espacio de unas tres horas, los viajeros continuaron su camino, sin que incidente alguno viniese a interrumpir la monotonía de su viaje.

Apareció la aurora y a su primera luz se divisó en lontananza el sombrío contorno de las cúpulas y los altos campanarios de Puebla.

El conde hizo detener a la caravana, y luego dijo a Cuéllar:

—Señor, ha cumplido V. lealmente el pacto que habíamos estipulado, por lo que en mi nombre y en el de mis desgraciados amigos le doy las gracias; no nos encontramos más que a unas dos leguas de Puebla, es ya de día, y por lo tanto es inútil que siga acompañándonos.

—En efecto, señor, repuso Cuéllar, creo que ahora pueden Vds. prescindir de mí, y ya que me dan su permiso, voy a dejarles, reiterándoles la expresión de mi pesar por lo ocurrido. Por desgracia no soy yo quien mando, y...

—Basta, por favor se lo ruego, interrumpió el conde; lo pasado es irreparable; por lo tanto y a lo menos en la hora de ahora, es excusado hablar más del asunto.

—¿Me permite V. dos palabras? dijo Cuéllar en voz baja e inclinándose.

El joven se acercó al guerrillero.

—Antes de separarnos, dijo éste a Luis, quiero hacerle una advertencia.

—Diga V.

—Todavía se encuentran Vds. lejos de Puebla, a donde no llegarán en menos de dos horas; estén Vds. alerta; vigilen el campo en torno de sí.

—¿Qué quiere V. decir, señor?

—Nadie sabe lo que puede ocurrir; le repito que vigilen Vds.

—Adiós, señor, repuso con indolencia el joven, devolviendo el saludo al guerrillero.

Después de haberse despedido cortésmente de sus compañeros de viaje, Cuéllar se puso al frente de sus soldados y se alejó al galope, no sin haber antes y por medio de un gesto significativo recomendado la prudencia al joven.

—¿Qué tienes? preguntó Domingo acercándose a Luis, al ver el ademán pensativo con que éste miraba alejarse a los guerrilleros.

El conde respondió a su amigo contándole lo que Cuéllar le había dicho al separarse.

—Aquí hay gato encerrado, profirió el vaquero frunciendo las cejas; como quiera que sea la advertencia es buena y no obraríamos cuerdamente si la despreciásemos.


[XVIII]

LA EMBOSCADA

Después de la partida del guerrillero, la caravana siguió marchando por espacio de algunos minutos más en medio del más profundo silencio.

Sin embargo, las últimas palabras proferidas por Cuéllar habían producido efecto; el conde y el vaquero se sentían desasosegados, y a pesar suyo y sin atreverse a comunicarse sus sombríos pensamientos, avanzaban con excesiva prudencia, venteando el aire, por decirlo así, estremeciéndose al más leve ruido sospechoso que se levantaba en los jarales.

Eran un poco más de las cinco de la mañana, hora en que la naturaleza parece por un instante recogerse y en que la luz y las tinieblas luchan con fuerzas casi equilibradas, se funden una en otra y producen ese vislumbre opalino cuyas vaporosas tintas dan a los objetos una apariencia vaga e indeterminada, un sí es no es fantástica. De la tierra subía un vapor ceniciento, produciendo una neblina transparente que los rayos del sol, más y más cálidos, iban disolviendo a trechos, iluminando parte del paisaje y dejando la otra envuelta en sombras; en una palabra, no era ya de noche, pero tampoco de día.

A lo lejos aparecían las numerosas cúpulas de los edificios de Puebla, resaltando confusamente sobre el sombrío azul del firmamento; los árboles, lavados por el abundante rocío de la noche, eran más verdes y al extremo de cada una de sus hojas temblequeaba una gotita de agua cristalina, mientras sus ramas, movidas por la brisa matinal, se entrechocaban suavemente produciendo misteriosos susurros; ya los pájaros, apelotonados al amparo del follaje, preludiaban por lo bajo sus alegres conciertos, y los bueyes silvestres levantaban acá y allá la cabeza por encima de las altas hierbas lanzando sordos mugidos.

Los fugitivos seguían un tortuoso sendero encajonado entre tierras removidas para el cultivo del agave y las cuales limitaban el horizonte a un círculo por demás restringido para que a aquéllos les fuese permitido vigilar los alrededores con todo el cuidado que tal vez hubiera sido necesario para la seguridad general de la caravana.

—Amigo mío, dijo el conde acercándose a Domingo e inclinándose ligeramente sobre su silla, no me explico la causa, pero experimento gran zozobra; la despedida de ese bandido me impresionó profundamente, pues me parece que presagia una desgracia cercana, terrible e inevitable, sin embargo de que el encontrarnos a cortísima distancia de la ciudad y de que el sosiego que reina a nuestro alrededor debieran tranquilizarme.

—Precisamente éste sosiego, repuso también en voz baja Domingo, me llena, como a ti, de indecible congoja; igualmente presiento yo una desgracia; nos encontramos en medio de un avispero, de un sitio el más a propósito para una emboscada.

—¿Qué hacer? preguntó el conde.

—No sé, respondió Domingo, la situación es dificultosa; sin embargo estoy porque redoblemos la prudencia. Haz que don Andrés y su hija pasen a vanguardia, advierte a los peones que estén ojo avizor y con el dedo en el gatillo de sus fusiles, y tú estás presto a la menor señal de alarma; yo, ínterin, salgo a la descubierta, y si el enemigo nos persigue, sabré despistarles pero no perdamos segundo.

Hablando de esta suerte, el vaquero se apeó, y después de haber arrojado a un peón las bridas de su caballo, se puso el fusil debajo del brazo izquierdo, trepó a la pendiente de la derecha y a poco desapareció al través de las malezas que orillaban el sendero.

Una vez a solas, el conde se preparó a seguir inmediatamente los consejos de su amigo, por lo que formó una retaguardia con los peones más decididos y más bien armados, a quienes intimó la orden de vigilar con atención suma los bordes del sendero, procurando al mismo tiempo disimular la gravedad de los acontecimientos que preveía, para no acobardarlos.

El mayordomo, cual si hubiera adivinado la zozobra del conde y participado de sus sospechas de un ataque próximo, había colocado a don Andrés y a doña Dolores en medio de un pequeño grupo de criados leales de los que asumiera el mando, y apresurando el andar de los caballos había dejado entre él y el grueso de la caravana un intervalo de cien pasos.

Doña Dolores, rendida por el cúmulo de terribles emociones que experimentara en el transcurso de aquella noche, no había prestado mucha atención a las disposiciones tomadas por sus amigos, sino seguido maquinalmente el nuevo impulso que la dieran y probablemente sin que tuviese conciencia del nuevo peligro que la amenazaba ni pensase más que en velar por su padre, cuyo estado de postración se hacía más alarmante por segundos.

En efecto, desde su partida de la hacienda y a pesar de los ruegos de su hija, don Andrés no había pronunciado una palabra; pálido, con la mirada fija y sin ver, la cabeza inclinada sobre el pecho, el cuerpo conmovido por persistente temblor nervioso y sumergido en profunda desesperación, dejaba a su caballo el cuidado de conducirle, sin que en la apariencia supiese a donde iba; tal había quebrantado el dolor, su energía y su voluntad.

León Carral, adicto en cuerpo y alma a su amo y a su joven ama y comprendiendo cuan incapaz de oponer la menor resistencia seria el anciano en el caso probable de un ataque, había recomendado en primer término a los servidores a quienes escogiera para que sirviesen de escolta a don Andrés y a doña Dolores, que no le perdiesen de vista y que en el momento de la lucha ensayasen por cuantos medios les fuese posible salir de la refriega y ponerlos al abrigo de todo riesgo; luego y obedeciendo a una señal que le dirigiera el conde, volvió grupas y se reunió a éste.

—Por lo que veo, a V. le han asaltado iguales presentimientos que a mí, dijo Luis al mayordomo.

—¡Ah! repuso éste moviendo la cabeza, don Melchor no abandonará la partida antes no la haya ganado o perdido definitivamente.

—¿Le cree V. capaz de preparar a su padre una emboscada tan horrible?

—Ese hombre es capaz de todo.

—¡Entonces es un monstruo!

—No, repuso el mayordomo, es un mestizo, un envidioso y un orgulloso que sabe que únicamente la fortuna puede darle la apariencia de consideración que codicia, y para alcanzarla no reparará en los medios.

—¿Ni en el parricidio?

—Ni en el parricidio.

—Lo que V. me dice es espantoso.

—¿Qué quiere V., señor? es así.

—A Dios gracias nos acercamos a Puebla, y una vez en la ciudad nada tendremos que temer.

—Sí, pero todavía no nos encontramos en ella, y V. conoce tan bien como yo el proverbio.

—¿Qué proverbio?

—De la mano a la boca se pierde la sopa.

—Espero que esta vez no se cumplirán sus temores.

—Así lo deseo; pero ¿no me había llamado usted, señor?

—En efecto, tengo que hacerle una recomendación.

—Diga V.

—Dado que nos ataquen, exijo que nos abandone V. a nuestras propias fuerzas y que a uña de caballo se dirija hacia Puebla llevándose consigo a don Andrés y a su hija. Tal vez de esta suerte le quede a V. tiempo de ponerlos en seguridad al amparo de las murallas de la ciudad.

—Le obedeceré a V., señor; no pondrán la mano en mi amo sin antes pasar por encima de mi cadáver. ¿Tiene V. más que comunicarme?

—No, vuélvase V. a su sitio, y a la buena de Dios.

El mayordomo saludó al conde y se reunió de nuevo al pequeño escuadrón en el centro del cual iban don Andrés y doña Dolores.

Casi al mismo instante Domingo reapareció en lo alto de la margen del sendero, y subiendo otra vez sobre su caballo, se colocó a la derecha del conde.

—¿Has descubierto algo? preguntó éste al vaquero.

—Sí y no, respondió Domingo a media voz.

El joven tenía el rostro sombrío y fruncido el ceño, lo que redobló la zozobra del conde, que dijo:

—Explícate.

—¿Para qué si no me comprenderías?

—Puede que sí.

—Pues oye: a derecha, a izquierda y a retaguardia la llanura está completamente desierta; adquirí de ello la certidumbre. El peligro, si verdaderamente existe, no es de temer sino que se nos eche encima durante el trayecto que nos separa de la ciudad.

—¿Qué te lo da a suponer?

—Indicios para mí seguros y que mi dilatada costumbre del desierto me ha dado a conocer a la primera mirada; en la región en que nos encontramos, los hombres descuidan por regla general todas las precauciones tomadas en las praderas y el olvido de una sola de las cuales acarrearía indefectiblemente la muerte inmediata del imprudente cazador o guerrero que habría de esta suerte denunciado su presencia a sus enemigos; aquí es fácil reconocer las pistas y más fácil todavía el seguirlas, porque son perfectamente visibles, aun para el más inexperto. Escucha bien lo que voy a decirte: desde el Arenal, no diré que nos haya seguido, pues la palabra no es exacta en las presentes circunstancias, sino flanqueado a derecha un numeroso escuadrón que a lo más a tiro de fusil galopaba en la dirección que nosotros; el escuadrón ese, sea el que fuere, a media legua de aquí hizo una conversión sobre la izquierda, cual si quisiese aproximársenos, luego apresuró el paso, se nos adelantó y se internó, a nuestro frente, en este mismo sendero, de modo que en este momento le seguimos.

—¿Qué infieres de esto?

—Que la situación es grave, crítica, y que por muchas que sean las precauciones que tomemos, temo que la partida será superior a nuestras fuerzas; mira como va angostándose gradualmente el sendero, como van escarpándose las márgenes del camino; ahora nos encontramos en un cañón, y dentro de quince o a lo más veinte minutos llegaremos al sitio donde este cañón desemboca en el llano, que es donde estoy seguro nos aguardan los que nos están acechando.

—Lo que me dices es más claro que la evidencia, amigo mío, repuso el conde; pero como por desgracia no contamos con medio alguno para eludir el peligro que nos amaga, no nos cabe sino seguir adelante a pesar de los pesares.

—Esto es lo que me desazona, profirió Domingo ahogando un suspiro y dirigiendo al soslayo una mirada a doña Dolores; como únicamente se tratase de nosotros, pronto habríamos resuelto la dificultad, pues somos hombres y pereceremos matando; pero, ¿acaso nuestra muerte salvará a ese anciano y a su inocente hija?

—A lo menos intentaremos lo imposible para que no caigan en manos de sus perseguidores.

—Nos acercamos al punto sospechoso; apresuremos el paso para estar preparados a todo evento.

Pocos minutos después llegaron a un lugar donde el sendero, antes de desembocar en el llano, formaba un recodo bastante áspero.

—¡Atención! dijo el conde en voz baja.

Todos afirmaron el dedo en el gatillo de sus fusiles.

Una vez doblado el recodo, la caravana se detuvo de improviso dominada por un estremecimiento de terror y de sorpresa.

La entrada del cañón estaba interceptada por una fuerte barricada hecha con ramas, árboles y piedras, y tras ellas había unos veinte hombres inmóviles, y en actitud amenazadora; además, a los rayos del sol levante se veían brillar las armas de otros individuos que a derecha y a izquierda coronaban las alturas.

Delante de la barricada y en ademán altanero había un jinete, que no era otro que don Melchor.

—A cada puerco le llega su San Martín, caballeros, dijo éste sonriendo con ironía; ahora soy yo quien mando y voy a imponer condiciones.

—Mire V. lo que hace, señor, replicó el conde sin desconcertarse y adelantando algunos pasos; entre su jefe de V. y nosotros hemos celebrado lealmente un pacto, y el infringirlo sería una traición cuya deshonra caería por entero sobre aquél.

—¡Bah! repuso don Melchor, nosotros somos guerrilleros y hacemos la guerra a nuestra guisa sin preocuparnos con él que dirán; así pues, en vez de entrar en una discusión ociosa y que al fin no les reportaría a ustedes resultado favorable alguno, me parece que lo más propio del caso es ponerles al corriente de las condiciones bajo las cuales consentiré en cederles el paso.

—¿Condiciones? replicó Luis, no aceptaremos ninguna, caballero, y si no consiente en dejarnos pasar, le obligaremos a ceder por graves que para V. y para nosotros deban ser las consecuencias de la lucha.

—Pruébenlo ustedes, respondió don Melchor con la misma irónica sonrisa.

—A eso vamos.

Don Melchor encogió los hombros y volviéndose hacia sus secuaces dio la orden de hacer fuego.

Se oyó una horrorosa detonación y sobre la caravana cayó una lluvia de plomo.

—¡Adelante! ¡adelante! gritó el conde.

Los peones se abalanzaron a la barricada dando aullidos de cólera.

La lucha estaba empeñada, lucha terrible, espantosa, porque los peones sabían que no podían esperar cuartel de sus feroces enemigos; así es que combatían haciendo prodigios de valor, pero no para vencer, lo que no creían posible, sino para no sucumbir sin venganza.

Don Andrés se había arrancado de los brazos de su hija, que inútilmente intentara detenerle, y armado de sólo un machete arrojándose en lo más recio de la pelea.

El ataque de los peones había sido tan impetuoso, que del primer empuje llegaron al lado opuesto de la barricada. Entonces los dos bandos, demasiado próximos uno a otro para hacer uso de sus fusiles y de sus pistolas, echaron mano del arma blanca.

Los guerrilleros situados en las alturas estaban reducidos a la inacción, temerosos de herir a sus mismos compañeros.

Don Melchor estaba muy distante de esperar una resistencia tan tenaz por parte de los peones, pues gracias a la ventajosa posición que eligiera, había creído conseguir fácilmente la victoria y contado con una sumisión inmediata. Lo que ocurría desbarataba todos sus cálculos; empezaba a ver claras las consecuencias de su acción: Cuéllar, que indudablemente habría hecho la vista gorda respecto de una traición consumada sin derramamiento de sangre, no le perdonaría que hubiese hecho matar de un modo tan necio a sus soldados más aguerridos.

Tales pensamientos redoblaban la rabia de don Melchor.

La caravana, horriblemente diezmada, no contaba ya sino con algunos hombres en estado de combatir; los demás estaban muertos o heridos.

Don Andrés, a quien le habían matado el caballo, a pesar de perder abundante sangre por dos heridas seguía combatiendo con sin igual bravura; pero de pronto dio una voz terrible, un grito de desesperación: don Melchor, brincando como un tigre, se había precipitado sobre el grupo en medio del cual se refugiara doña Dolores. Derribando a los peones que encontró a su paso, el hijo de don Andrés cogió a la doncella, la colocó atravesada sobre el arzón de su caballo, pese a la resistencia que ésta opuso, y salvando todos los obstáculos huyó a escape sin ocuparse más en el combate que sostenían sus compañeros.

Los cuales, al verse abandonados, renunciaron a una lucha ya sin objeto para ellos, y obedeciendo indudablemente a una orden previa se dispersaron en todas direcciones, dejando a los peones libres de continuar su camino hacia Puebla si así lo deseaban.

Don Melchor había con tal rapidez llevado a término el rapto de doña Dolores; que nadie lo advirtió hasta que el grito de desesperación de don Andrés hubo dado la señal de alarma.

Sin calcular el peligro a que se exponían, el conde y el mayordomo se habían lanzado en persecución de don Melchor; pero éste, montado como iba sobre un caballo de precio, llevaba a las fatigadas cabalgaduras de sus perseguidores una delantera considerable y que por instantes iba siendo mayor.

Domingo dirigió una mirada a don Andrés, que yacía tendido en tierra, y levantándole suavemente le dijo:

—Fíe V. en mí, señor, yo salvaré a su hija.

El anciano juntó las manos, miró al joven con indecible expresión de gratitud, y se desmayó.

Domingo se subió de nuevo sobre su caballo, y hundiéndole las espuelas en los ijares, dejó a don Andrés en manos de sus criados y a su vez echó tras el raptor.

El vaquero no necesitó sino un instante para convencerse de que don Melchor, más bien montado que no él y sus amigos, no tardaría en encontrarse fuera de todo alcance.

En cuanto a don Melchor, galopó en línea recta durante un trecho, luego refrenó prontamente su caballo cual si se hubiese levantado de improviso un obstáculo ante él, y doblando a la derecha cambió de dirección como si quisiese acercarse a sus perseguidores.

Luis y el mayordomo intentaron entonces cerrarle el paso, mientras Domingo, por su parte, detenía a su caballo, se apeaba y preparaba su fusil.

Según la dirección que entonces seguía, don Melchor debía pasar a unos cien metros de él.

El vaquero se santiguó, apuntó su arma e hizo fuego.

Herido en la cabeza, el caballo de don Melchor cayó muerto arrastrando al jinete en su caída.

En aquel mismo instante aparecieron en lontananza unos treinta guerrilleros, que a escape se dirigían al lugar de la emboscada.

Cuéllar iba al frente de ellos.

Por mucho que el conde y el mayordomo se hubiesen apresurado a dirigirse al sitio donde don Melchor cayera, Cuéllar llegó antes que ellos.

D. Melchor se levantó molido de la caída y se inclinó hasta su hermana para ayudarla a levantarse; pero ésta estaba desmayada.

—¡Vive Dios! señor, dijo Cuéllar con acento hosco, que es V. un gran compañero; practica V. la traición y arma emboscadas con raro talento; pero, el diablo me apriete el gañote antes de hora si V. y yo cabalgamos por más tiempo juntos.

—No es ocasión de bromearse, señor, repuso el joven; esta doncella, que es mi hermana, está desmayada.

—¿Y quién tiene de ello la culpa, gritó brutalmente el guerrillero, sino V., que con el fin de robarla no sé con qué objeto, me ha hecho matar veinte hombres entre los más resueltos de mi cuadrilla? Pero le juro a V. que esto no continuará así.

—¿Qué quiere V. decir? preguntó con altivez D. Melchor.

—Quiero decir que desde ahora me va V. a hacer el singular favor de irse a donde le dé la gana con tal que no sea conmigo, y que desde este mismísimo instante rompo con V. toda clase de relaciones. ¿Le parece a V. bastante claro?

—Sí, señor, respondió el joven, así es que no voy a abusar más de su paciencia; proporcióneme V. los caballos necesarios para mi hermana y para mí y le dejo.

—El diablo cargue conmigo si le proporciono a V. cosa alguna; cuanto a esa señora, ahí vienen unos jinetes que mucho me temo se opongan resueltamente a que V. se la lleve consigo. Don Melchor se puso lívido de rabia; pero comprendiendo que por su parte era imposible toda resistencia, cruzó los brazos sobre el pecho, irguió orgullosamente la cabeza y esperó.

En efecto, el conde, el mayordomo y Domingo llegaban corriendo.

Cuéllar dio algunos pasos en dirección a los jóvenes, los cuales, no conociendo como no conocían las intenciones del guerrillero y temerosos de que se declarase contra ellos, experimentaban alguna zozobra.

—Llegan Vds. oportunamente, les dijo Cuéllar, apresurándose a tranquilizarles; espero que no me han hecho Vds., la injuria de suponer que yo he intervenido en algo en la emboscada en que han corrido riesgo de perecer.

—No lo hemos sospechado ni por un segundo, señor, contestó cortésmente el conde.

—Gracias por el buen concepto que les merezco, señores, repuso Cuéllar; pero díganme, supongo que vienen Vds. a reclamar a esta señorita, ¿no es eso?

—Sí, señor.

—¿Y si yo me opusiese a que se la llevaran ustedes? preguntó con arrogancia don Melchor.

—Le levantaría a V. la tapa de los sesos, interrumpió con toda calma el guerrillero; créame V., no intente luchar contra mí, y aprovéchese de la buena disposición de ánimo en que me encuentro en este instante para tomar las de Villadiego, pues podría ocurrir que a no tardar me arrepintiese de esta última prueba de bondad que le doy y le abandonase a sus enemigos.

—Está bien, profirió don Melchor con amargura, me retiro ya que a ello me veo obligado; y midiendo con despreciativa mirada al conde, añadió: Volveremos a vernos, señor, y espero que entonces si no están enteramente de mi lado las fuerzas, a lo menos las probabilidades serán iguales.

—Respecto del particular ya ha padecido usted error, replicó Luis, y tengo sobrada confianza en Dios para creer que en adelante sucederá lo mismo.

—¡Veremos! profirió sordamente don Melchor, retrocediendo algunos pasos como para alejarse.

—¿No quiere V. saber qué resultado ha tenido para su padre la emboscada? preguntó entonces Domingo con acento de amenaza al joven.

—¡Padre! exclamó don Melchor con voz rencorosa, no le tengo.

—Es verdad, repuso con asco el conde, porque V. le ha matado.

Don Melchor se estremeció, le cubrió el rostro palidez cadavérica, una sonrisa amarga le contrajo los delgados labios, y tendiendo una mirada venenosa sobre los que le rodeaban, profirió con voz atragantada:

—Acepto esta nueva injuria. ¡Paso! ¡Paso al parricida!

Todos retrocedieron con horror, siguiendo con mirada despavorida a aquel monstruo que en la apariencia se alejaba tranquilo y sosegado a campo atravieso.

—Ese hombre es un demonio, murmuró el mismo Cuéllar, santiguándose.

Gesto que fue piadosamente imitado por sus soldados.

Doña Dolores, levantada con todo cuidado por Domingo, fue colocada sobre el caballo del conde, y los jóvenes, escoltados por Cuéllar, regresaron al lado de don Andrés, cuyas heridas le habían curado los peones como Dios les diera a entender.

Éstos, por orden del conde, labraron unas angarillas con algunas ramas, las cubrieron con sus sarapes y luego colocaron en ellas al anciano, que continuaba desvanecido, y a su hija a un lado.

—Siento más que no pueda V. imaginar, dijo entonces Cuéllar dirigiéndose al conde, este desdichado acontecimiento, pues por más que este hombre sea español y por lo tanto enemigo de Méjico, el triste estado a que le veo reducido me inspira verdadera compasión.

Los jóvenes dieron las gracias al agreste guerrillero por esta muestra de simpatía, se separaron definitivamente de él y tomaron de nuevo y en medio de la mayor tristeza el camino de Puebla, a donde llegaron dos horas después, acompañados de muchos parientes del señor de la Cruz, los cuales, advertidos por un peón a quien mandaron exprofeso, habían salido a su encuentro.

FIN DEL TOMO PRIMERO

[ÍNDICE]
TOMO PRIMERO
[I.]Las cumbres
[II.]Los viajeros
[III.]Los salteadores
[IV.]El Rayo
[V.]La hacienda del Arenal
[VI.]Por la ventana
[VII.]El rancho
[VIII.]El herido
[IX.]Descubrimiento
[X.]La cita
[XI.]En la llanura
[XII.]Un poco de política
[XIII.]Los bonos de la Convención
[XIV.]La casa del arrabal
[XV.]Don Melchor
[XVI.]El asalto
[XVII.]Después de la batalla
[XVIII.]La emboscada