EL TRATO.
Los dos aventureros caminaban alegremente al lado uno de otro, charlando acerca de la lluvia y el buen tiempo, dándose mutuamente malicias del desierto, es decir, de las cacerías y de las escaramuzas con los indios, y hablando de los sucesos políticos que, desde hacía algunos meses, habían adquirido cierta gravedad y una importancia peligrosa para el gobierno mejicano.
Pero mientras charlaban así sin tino, dirigiéndose mutuamente preguntas cuyas respuestas no se tomaban el trabajo de escuchar, su conversación no tenía más objeto que el de ocultar la secreta preocupación que les agitaba.
En su discusión precedente cada uno de ellos había querido andar con astuciosas tretas, procurando arrancarse mutuamente sus secretos, el cazador maniobrando para inducir al soldado a cometer una traición, y éste deseando más que nada venderse y obrar en tal concepto. De esta lucha de astucia resultó que los dos se encontraron de igual fuerza, y que cada cual obtuvo el resultado que ambicionaba.
Pero, para ellos, la cuestión no estribaba precisamente en esto: como sucede con todos los caracteres viciados, el buen éxito, en vez de satisfacerles, suscitó en su mente una multitud de sospechas. John Davis se preguntaba a sí mismo qué causa habría inducido al dragón a hacer traición tan fácilmente a los suyos sin estipular desde luego ventajas importantes para sí, porque en América todo se cotiza y la infamia, sobre todo, produce mucho.
El dragón, por su parte, juzgaba que el cazador había creído con sobrada facilidad sus palabras, y no obstante los modales afectuosos de su compañero, cuanto más se acercaba al campamento de los merodeadores de fronteras, más se aumentaba su malestar, porque comenzaba a temer que había ido a dar de cabeza en un lazo y que se había fiado con sobrada imprudencia de un hombre cuya fama estaba muy lejos de tranquilizarle.
He ahí la disposición de ánimo en que los dos aventureros se hallaban el uno respecto del otro una hora escasamente después de haber abandonado el sitio en que se encontraron de un modo tan fortuito.
Sin embargo, cada cual ocultaba con el mayor cuidado sus recelos en el fondo de su corazón; nada dejaban traslucir exteriormente. Por el contrario, aumentaban su cortesía y su urbanidad el uno para con el otro, tratándose más bien como hermanos queridos y gozosos por volver a verse después de una ausencia prolongada, que como hombres que dos horas antes se habían hablado por primera vez.
Hacía próximamente una hora que se había puesto el sol, y la noche cerraba por completo cuando llegaron a poca distancia del campamento del Jaguar, cuyas hogueras brillaban en medio de la oscuridad, reflejándose con efectos de luz a cual más fantásticos sobre los objetos inmediatos, y dando al paisaje agreste de la pradera un carácter de salvaje majestad.
—Ya hemos llegado, dijo el cazador parando su caballo y volviéndose hacia su compañero; nadie nos ha visto: todavía puede V. retroceder sin temor de que nadie le persiga. ¿Qué decide usted?
—¡Canario! Compañero, respondió el soldado encogiéndose levemente de hombros con expresión desdeñosa, no he venido hasta aquí para volverme atrás desde la entrada del campamento. Permítame V. que le diga con el debido respeto que su observación me parece cuando menos singular.
—Era deber mío hacérsela a V.: ¿quién sabe si mañana se arrepentirá V. del paso aventurado que hoy Va a dar?
—Es muy posible; pero ¿qué quiere V.? Correré ese riesgo: mi determinación está adoptada y es invariable. Así pues, sigamos adelante en nombre de Dios.
—Como V. guste. Antes de un cuarto de hora estará V. en presencia del hombre a quien desea ver; se explicará con él, y habré cumplido mi cometido.
—Y solo me restará dar a V. infinitas gracias, dijo el soldado interrumpiéndole con viveza. Pero no permanezcamos aquí más tiempo, que podemos llamar la atención y convertirnos en blanco de alguna bala, lo cual confieso a V. que me agradaría muy poco.
El cazador, sin responder, hizo sentir la espuela a su caballo, y continuaron avanzando.
Al cabo de algunos instantes se encontraron en el círculo de luz proyectado por la llama de las hogueras; casi en seguida se oyó el ruido que se produce al amartillar un rifle, y una voz brusca les gritó que se detuviesen al momento.
La intimación, a pesar de no ser del todo cortés, era, sin embargo, muy perentoria, y los dos aventureros juzgaron prudente obedecerla.
Entonces salieron de los atrincheramientos varios hombres armados, y uno de ellos, dirigiéndose a los dos forasteros, les preguntó, quiénes eran y qué buscaban a una hora tan inoportuna.
—Somos amigos, respondió el cazador, y queremos entrar cuanto antes.
—Todo eso está muy bien, repuso el otro; pero si no dicen VV. sus nombres, no entrarán tan pronto, y mucho más cuando uno de VV. viste un uniforme que no está muy bien mirado entre nosotros.
—Está bien, Ruperto, respondió el americano; soy John Davis, y creo que ya me conoce V. Así pues, franquéeme V. el paso sin más tardanza, y yo respondo del señor, quien tiene que comunicar al jefe un asunto de la mayor importancia.
—Sea V. muy bienvenido, John, y no se enfade: ya sabe V. que la prudencia es la madre de la seguridad.
—Sí, sí, dijo el americano riendo, V. nunca se compromete por obrar de ligero, compadre.
Entraron en el campamento sin encontrar más obstáculo.
La mayor parte de los merodeadores de fronteras dormían tendidos en torno de las hogueras; únicamente unos cuantos centinelas vigilantes, colocados en los límites del campamento, velaban por la común seguridad.
John Davis echó pie a tierra, invitando a su compañero a que le imitase; luego, haciéndole una seña para que le siguiese, se adelantó hacia una tienda de campaña, al través de cuya lona se veía brillar una luz débil y temblorosa.
Cuando el cazador hubo llegado a la entrada de la tienda, se paró, y después de dar dos palmadas, preguntó con voz contenida:
—¿Duerme V., Jaguar?
—¿Es V., John Davis, mi buen compañero? preguntaron en seguida desde adentro.
—Sí Señor.
—Entonces entre V., que le aguardo con impaciencia.
El americano levantó la cortina que cubría la entrada y penetró en la tienda; el soldado se deslizó detrás de él, y la cortina volvió a caer.
El Jaguar, sentado sobre un cráneo de bisonte, hojeaba una correspondencia voluminosa a la luz de un candil; en un rincón de la tienda se veían extendidas dos o tres pieles de oso, que sin duda estaban destinadas a servirle de lecho. Al ver a los que llegaban, el joven dobló sus papeles y los metió en una cajita de hierro cuya llave se guardó en el pecho; en seguida levantó la cabeza y fijó una mirada inquieta en el dragón.
—¿Qué es eso, John? dijo: ¿nos trae V. prisioneros?
—No, respondió el cazador; este soldado deseaba a toda costa ver a V. por ciertas razones que él mismo explicará, y he creído que debía complacerle.
—Bien, dentro de un momento nos entenderemos con él. Y V., ¿qué ha hecho?
—Lo que V. me había encargado.
—Según eso, ¿ha alcanzado V. un completo buen éxito?
—Completo.
—¡Bravo! Amigo mío. Cuénteme V. eso.
—¿Para qué dar ahora pormenores? respondió el americano señalando con una ojeada al dragón que permanecía inmóvil e impasible a pocos pasos de distancia.
El Jaguar lo comprendió y dijo:
—Es cierto. Veamos ahora qué viene a ser este hombre.
Y dirigiéndose al soldado, añadió:
—Acérquese V., amigo.
—A la orden de V., mi Capitán.
—¿Cómo se llama V.?
—Gregorio Felpa. Soy dragón, como puede usted verlo por mi uniforme.
—¿Por qué motivo deseaba V. verme?
—Por el deseo de prestar a V. un servicio importante.
—Doy a V. gracias; pero, por lo general, los servicios cuestan sumamente caros, y yo no soy rico.
—Llegará V. a serlo.
—Así lo deseo. Veamos, ¿cuál es ese gran servicio que intenta V. prestarme?
—Voy a explicarme en pocas palabras. Toda cuestión política presenta dos aspectos: esto depende del punto de vista bajo el cual se la considere. Yo soy nacido en Tejas, e hijo de un norteamericano y de una india, lo cual equivale a decir que aborrezco con toda mi alma a los mejicanos.
—Al grano, al grano.
—A eso voy. Siendo soldado, aunque contra toda mi voluntad, el general Rubio me ha encargado que lleve al capitán Melendez un despacho en el cual le cita para un sitio en que debe reunirse con él a fin de evitar el Río Seco, en donde dicen que tiene V. intención de emboscarse para apoderarse de la conducta de plata.
—¡Hola! ¡Hola! dijo el Jaguar, quien escuchaba ya con suma atención; pero ¿cómo conoce V. el contenido de ese despacho?
—De una manera muy sencilla. El general tiene en mí la mayor confianza y me ha leído el despacho, porque a mí es a quien ha encargado que sirva de guía al capitán Melendez para dirigirse al sitio de la cita.
—Según eso, ¿hace V. traición a su jefe?
—¿Es ese el nombre que da V. a mi acción?
—Hablo colocándome en el lugar del general.
—¿Y colocándose V. en el suyo?
—Cuando hayamos arreglado el asunto, se la diré a V.
—Bueno, respondió el dragón con tono indiferente.
—¿Tiene V. ahí ese despacho?
—Aquí está.
El Jaguar lo cogió, lo examinó atentamente dándole algunas vueltas, e hizo el ademán de abrirlo.
—¡Deténgase V.! exclamó el soldado con viveza.
—¿Por qué?
—Porque si le abre V., ya no podré entregársele a la persona a quien está destinado.
—¿Cómo dice V. eso?
—No me entiende V., replicó el soldado con una impaciencia mal disimulada.
—Así lo creo, respondió el Jaguar.
—Solo le pido a V. que me escuche durante cinco minutos.
—Hable V.
—El punto en que el general cita al capitán Melendez es la laguna del Venado. Antes de llegar a ese sitio hay un desfiladero bastante angosto y muy fragoso.
—Le conozco, es el desfiladero del Palo Muerto.
—Bueno. Se emboscará V. en él, a la derecha y a la izquierda, entre los matorrales, y cuando pase el convoy, le atacará V. por todos los lados a la vez. Es imposible que se escape, si, como supongo, adopta V. bien sus disposiciones.
—Sí, el sitio es muy favorable para un golpe de mano; pero ¿quién me responde de que el convoy pasará por ese desfiladero y no por el del Río Seco?
—Yo.
—¿Cómo V.?
—Sí por cierto, puesto que yo he de servir de guía.
—Ahora sí que ya no nos entendemos.
—Al contrario, nos entendemos muy bien. Voy a separarme de V.; iré a reunirme con el capitán a quien entregaré el despacho del general; que quiera que no, se verá obligado a tomarme por guía y le llevaré a poder de V., con la misma seguridad con que se conduce a un novillo al matadero.
El Jaguar dirigió al soldado una mirada que parecía que quería penetrar hasta lo más profundo de su corazón.
—Es V. un mozo muy atrevido, le dijo por fin; pero, en concepto mío, arregla V. demasiado bien las cosas a su antojo. Yo no le conozco a V.: ésta es la primera vez que le veo y (perdóneme que le hable con tanta franqueza) es para fraguar una traición. ¿Quién me responde de la fidelidad de V.? Si soy bastante necio para dejarle marchar tranquilamente, ¿quién me asegura que no se volverá contra mí?
—Mi propio interés ante todo: si merced a mi auxilio se apodera V. del convoy, me pagará quinientas onzas de oro.
—No es demasiado caro. Sin embargo, permítame V. que le haga todavía otra observación.
—Hágala V.
—Nada me prueba que no le hayan prometido a V. el doble por apoderarse de mí.
—¡Oh! ¡No! dijo el soldado con energía.
—¡Cáspita! Oiga V., cosas más singulares se han visto, y por poco que valga mi cabeza, confieso a V. mi debilidad de tenerla mucho apego. Así pues, le advierto que si no tiene mejores garantías que darme, queda deshecho el negocio.
—¡Sería lástima!
—Ya lo sé; pero la culpa es de V. y no mía. Debía V. haber adoptado mejor sus medidas antes de venir a buscarme.
—¿Con que nada podrá convencerle a V. de mi buena fe?
—Nada.
—Veamos, es preciso concluir, exclamó el soldado con impaciencia.
—Eso es lo que más deseo.
—¿Queda bien convenido entre nosotros que me dará V. quinientas onzas de oro?
—Sí, si por mediación de V. me apodero de la conducta de plata.
—Desde luego.
—Pues se las prometo a V.
—Basta; sé que nunca falta V. a su palabra.
Entonces se desabrochó el uniforme, cogió una bolsita colgada de su cuello con una cadena de acero, y se la presentó al cabecilla diciéndole:
—¿Conoce V. esto?
—Sí por cierto, respondió el Jaguar santiguándose devotamente, es una reliquia.
—Bendecida por el Papa, como lo prueba este certificado.
—Es cierto.
El dragón se quitó la reliquia y la puso en manos del Jaguar; luego, cruzando el pulgar de la mano derecha con el de la izquierda, dijo con voz firme y acentuada:
—Yo, Gregorio Felpa, juro sobre esta reliquia cumplir fielmente todas las cláusulas del trato que acabo de estipular con el noble capitán denominado el Jaguar: si falto a mi juramento, renuncio desde hoy y para siempre a la parte que espero tener en el paraíso, y me consagro a las llamas eternas del infierno. Ahora, añadió, guarde V. esa reliquia preciosa; a mi regreso me la devolverá.
El capitán, sin contestar, se la colgó inmediatamente al cuello.
¡Contradicción singular del corazón humano! ¡Anomalía inexplicable! Esos hombres, esos indios, paganos en su mayor parte no obstante el bautismo que han recibido, y que a pesar de fingir que observan ostensiblemente las reglas de nuestra religión, practican en secreto los ritos de su culto, tienen viva fe en las reliquias y los amuletos; todos llevan alguna al cuello en una bolsita, y esos hombres disolutos y perversos, para quienes nada hay sagrado, que se ríen de los sentimientos más nobles, y cuya vida entera trascurre imaginando picardías y maquinando traiciones, profesan tan profundo respeto a aquellas reliquias, que no hay ejemplo alguno de que un juramento prestado sobre una de ellas haya sido falseado nunca.
Explique quien quiera este hecho extraordinario: en cuanto a nosotros, nos limitamos a consignarle.
Ante el juramento prestado por el dragón, las sospechas del Jaguar se desvanecieron inmediatamente para ser sustituidas por la confianza más completa.
La conversación perdió el tono ceremonioso que hasta entonces había tenido; el soldado se sentó sobre un cráneo de bisonte, y los tres hombres, puestos ya de acuerdo, discutieron en la mejor armonía los medios más oportunos que debían emplearse para no sufrir un descalabro.
El plan propuesto por el soldado tenía una sencillez y una facilidad de ejecución que garantizaban su buen éxito; por eso fue adoptado en su totalidad, y la discusión solo versó ya sobre los pormenores.
Por último, a una hora bastante avanzada de la noche se separaron con el objeto de disfrutar algunos momentos de un descanso indispensable entre las fatigas del día que acababa de trascurrir y las que tendrían que soportar en el siguiente.
Gregorio durmió, como suele decirse, a pierna suelta, es decir, sin interrupción.
Unas dos horas antes de que saliese el sol, el Jaguar se inclinó hacia el soldado y le despertó: éste se levantó en seguida, se restregó los ojos, y al cabo de cinco minutos estaba tan ágil y dispuesto como si hubiese dormido cuarenta y ocho horas seguidas.
—Ya es tiempo de marchar, le dijo el Jaguar a media voz; John Davis ha cuidado y ensillado ya por sí mismo vuestro caballo. Venga V.
Salieron de la tienda. En efecto, el americano tenía de las riendas el caballo del soldado. Éste se puso en la silla de un salto, sin valerse de los estribos, para demostrar que estaba perfectamente descansado.
—Sobre todo, dijo el Jaguar, observe V. la mayor prudencia, tenga sumo cuidado con sus palabras y con sus más mínimos gestos, porque va V. a tener que habérselas con el oficial más valiente y más experimentado del ejército mejicano.
—Fíe V. en mí, Señor Capitán. ¡Canario! La recompensa es demasiado buena para que yo me exponga a echar a perder el negocio.
—Una palabra todavía.
—Diga V.
—Arréglese V. de modo que el convoy no llegue al desfiladero hasta el anochecer, pues la oscuridad entra por mucho en el buen éxito de una sorpresa. Y ahora, ¡adiós y buena suerte!
—Deseo a V. otro tanto.
El Jaguar y el americano escoltaron al dragón hasta los últimos atrincheramientos con el fin de dar el santo y seña a los centinelas avanzados, quienes, a no ser por esta precaución, y viendo el uniforme que Gregorio vestía, sin duda alguna le habrían hecho fuego desapiadadamente.
Cuando hubo salido del campamento, los dos hombres le siguieron con la vista durante todo el tiempo que pudieron distinguir su negra silueta, deslizándose como una sombra entre los árboles del bosque, en donde no tardó en desaparecer.
—He ahí lo que se llama un pícaro redomado, dijo John Davis; es más astuto que una zorra. ¡Vive Dios! ¡Qué tuno tan hediondo!
—¡Eh! Amigo mío, respondió el Jaguar, se necesitan hombres de ese temple. Sin eso ¿qué sería de nosotros?
—¡Es verdad! Esos hombres son necesarios como la peste y la lepra. Sin embargo, sostengo mis palabras: ¡es el pícaro más completo que he visto en toda mi vida, y bien sabe Dios que en el curso de mi existencia he visto desfilar por delante de mí una colección magnífica!
Algunos minutos después, los merodeadores de fronteras levantaban el campo y montaban a caballo con el fin de dirigirse al desfiladero para el cual habían dado cita a Gregorio Felpa, el asistente del general Rubio, quien había depositado en él una confianza a que tan acreedor se hacía en todos conceptos.