LA MANADA.
La noche estaba espléndida. El cielo, de un azul oscuro, se veía tachonado por millones de estrellas que derramaban una luz dulce y misteriosa.
El silencio del desierto era interrumpido por mil ruidos melodiosos y animados; leves resplandores que se filtraban por entre las hojas de los árboles corrían sobre la fina yerba a manera de fuegos fatuos. En la orilla opuesta del río algunos robles secos y carcomidos se alzaban cual fantasmas, y la brisa agitaba sus largas ramas cubiertas de plantas trepadoras; mil rumores cruzaban el espacio; gritos incalificables salían de las madrigueras invisibles de la selva; se oían los suspiros ahogados del viento entre las hojas, el murmullo del agua sobre los guijarros de la playa, y ese ruido, en fin, inexplicable de las oleadas de la vida, ruido que procede de Dios, y al que hace ser aún más imponente la soledad majestuosa de las llanuras americanas.
El cazador se dejaba arrastrar, a pesar suyo, por la omnipotente influencia de aquella naturaleza primitiva que le rodeaba: al encontrarse aislado así en ella, por todos los poros percibía su savia fortalecedora; todo su ser se estremecía y se identificaba con la escena sublime a que asistía; apoderábase de él una melancolía dulce y serena: tan lejos de los hombres y de su mezquina civilización, se sentía más cerca de Dios, y su fe cándida se aumentaba con toda la admiración que le causaban los secretos medio revelados de los grandes arcanos de la naturaleza, secretos que sorprendía, por decirlo así, en el acto.
Y es que el alma se engrandece, y los pensamientos se ensanchan con el contacto de esa vida nómada, en la que cada minuto que trascurre produce peripecias nuevas e imprevistas, en la que a cada paso ve el hombre el dedo de Dios señalado de una manera evidente en los paisajes ásperos y grandiosos que le rodean.
Así esa existencia de peligros y de privaciones tiene, para los que la han ensayado una vez siquiera, encantos y embriagueces inexplicables, alegrías incomprensibles, que hacen que siempre se las eche de menos, porque solo en el desierto es donde el hombre siente que vive, donde tiene la medida de sus fuerzas, y donde se le revela el secreto de su poder.
Así trascurrían las horas con rapidez para el cazador, sin que el sueño llegase todavía a cerrar sus párpados; ya la fresca brisa de la mañana hacía estremecer las altas copas de los árboles y rizaba la tersa superficie del río, en cuyas aguas plateadas se reflejaban las grandes sombras de sus accidentadas orillas. En el horizonte, anchas fajas rosadas anunciaban la próxima salida del sol; el búho, oculto en la enramada, había saludado por dos veces con su grito melancólico la vuelta del día: eran próximamente las tres de la madrugada.
Tranquilo abandonó el rústico asiento en que hasta entonces había permanecido en completa inmovilidad, sacudió el entorpecimiento que se había apoderado de él, y dio algunos paseos por la playa con el fin de restablecer la circulación de la sangre en todos sus miembros.
Cuando un hombre, no diremos se despierta, porque el buen canadiense ni un solo instante había cerrado los ojos durante el trascurso de aquella larga velada, pero sacude el entorpecimiento en que le han sumido el silencio, las tinieblas y sobre todo el frío penetrante de la noche, necesita algunos minutos antes de que consiga entrar de nuevo en posesión de todas sus facultades y restablecer el equilibrio en su cerebro: esto fue lo que le sucedió al cazador. Sin embargo, acostumbrado hacía muchos años a la vida del desierto, aquel espacio de tiempo fue menos largo para él que para cualquier otro, y muy luego recobró la plenitud de su inteligencia, sintiéndose tan despejado, y con la mirada tan penetrante y el oído tan sutil, como en la noche anterior. Disponíase, por lo tanto, a despertar a su compañero, que seguía durmiendo con ese sueño bueno y reparador que en este mundo solo disfrutan los niños y los hombres cuya conciencia está pura de todo mal pensamiento, cuando de improviso se paró, prestando atento oído con marcada inquietud.
Desde las escondites profundidades del bosque que formaba un espeso cortinaje detrás de su campamento, el canadiense había oído alzarse un ruido inexplicable que aumentaba por momentos, y que muy luego adquirió las proporciones de los violentos estampidos del trueno.
Este ruido se acercaba cada vez más: eran patadas secas, fuertes y apresuradas, estremecimientos y roces de árboles y de ramas, mugidos sordos que parecían sobrehumanos, en fin, un rumor incalificable, espantoso, indefinible, que, acercándose ya bastante, resonaba como el ruido sordo y continuo de una gran masa de agua cuando va a producir una inundación.
Quoniam, que había despertado sobresaltado por aquel tumulto singular, estaba de pie, con su rifle en la mano y la vista fija en el cazador, dispuesto a obrar a la primera señal, aunque sin adivinar lo que pasaba, con la imaginación embotada todavía por la pesadez del sueño, y poseído de ese terror instintivo que se apodera del hombre más valiente cuando comprende que le amenaza un peligro terrible y desconocido.
Así trascurrieron algunos minutos.
—¿Qué haremos? murmuró Tranquilo con vacilación, procurando, aunque inútilmente, explorar con la mirada las profundidades de la selva y adivinar lo que ocurría.
De pronto resonó a corta distancia un silbido agudo.
—¡Ah! exclamó Tranquilo haciendo un movimiento de alegría y alzando súbitamente la cabeza, por fin voy a saber a qué atenerme.
Y llevándose los dedos a la boca, imitó el grito de la garza. En el mismo instante se precipitó un hombre fuera de la selva, y dando dos saltos de tigre llegó junto al cazador.
—¡Ooah! exclamó; ¿Qué hace aquí mi hermano?
Aquel hombre era el Ciervo-Negro.
—Le estaba a V. aguardando, jefe, respondió el canadiense.
El piel roja era un hombre de veintiséis a veintisiete años, de estatura mediana, pero muy bien proporcionada; llevaba el gran traje de guerra de su nación, y estaba pintado y armado como para ir a una expedición. Su semblante era hermoso; su fisonomía inteligente y leal revelaba valor y bondad, y en todas sus facciones se reflejaba una majestad suprema.
En aquel momento parecía que se hallaba poseído de una agitación tanto más extraordinaria, cuanto que los pieles rojas consideran como punto de honra el no dejarse conmover nunca por suceso alguno, por terrible que sea; sus ojos lanzaban relámpagos, sus palabras eran breves, su voz tenía un acento metálico.
—¡Pronto! dijo, hemos perdido ya demasiado tiempo.
—Pues ¿qué sucede? preguntó Tranquilo.
—¡Los bisontes! dijo el jefe.
—¡Oh! ¡Oh! exclamó Tranquilo con terror.
Había comprendido: aquel ruido que estaba oyendo hacía algún tiempo, le producía una manada de bisontes que venía del este, y se dirigía probablemente a las praderas altas del oeste.
Lo que el cazador había adivinado tan pronto necesita serle explicado brevemente al lector, a fin de que pueda comprender el peligro terrible a que de improviso se hallaban expuestos nuestros personajes.
Llámese manada, en las antiguas posesiones españolas, a una reunión de varios millares de animales salvajes. Los bisontes, en sus emigraciones periódicas durante la estación de los amores, se reúnen algunas veces en manadas de quince o veinte mil cabezas, que forman una tropa compacta, y viajan juntos; aquellas reses caminan siempre en derechura delante de sí, oprimiéndose unas contra otras, trasponiendo y derribando cuantos obstáculos se oponen a su paso. Desgraciado el temerario que intentase detener O variar la dirección de su furibunda carrera, porque sería destrozado y molido como paja bajo los pies de aquellos animales estúpidos, que pasarían por cima de su cuerpo sin tan siquiera verle.
Así pues, la posición de nuestros personajes era muy crítica, porque la casualidad les había colocado precisamente en frente de una manada que llegaba sobre ellos con la rapidez del rayo.
Toda fuga era imposible; no había que pensar en ello, y la resistencia era aún más imposible.
El ruido se acercaba con una rapidez espantosa; ya se oían clara y distintamente los mugidos salvajes de los bisontes mezclados con los aullidos de los lobos rojos y con los ásperos maullidos de los jaguares, que iban saltando por los flancos de la manada y cazando a los rezagados o a los que se apartaban imprudentemente a la derecha o a la izquierda.
Con un cuarto de hora más que trascurriese, nuestros tres hombres quedaban perdidos; pues la espantosa masa aparecía barriéndolo todo en su paso con esa fuerza irresistible de la fiera, a la que nada puede vencer.
Lo repetimos, la posición era crítica.
El Ciervo-Negro se dirigía al punto de cita que él mismo había designado al cazador canadiense; ya no distaba más que tres o cuatro leguas del sitio en que pensaba encontrar a su amigo, cuando su oído ejercitado percibió el ruido de la furibunda carrera de los bisontes. Cinco minutos le bastaron para comprender la inminencia del peligro que amenazaba al cazador: con esa rapidez de decisión que caracteriza a los pieles rojas en los casos apurados, resolvió avisar a su amigo y salvarle o perecer con él; entonces se lanzó a la carrera, salvando con vertiginosa rapidez el espacio que le separaba del sitio de la cita, sin tener más que un pensamiento fijo, el de tomar una gran delantera a la manada, de modo que el cazador pudiese salvarse: desgraciadamente, por rápida que fuese su carrera, y los indios son afamados por su fabulosa agilidad, no pudo llegar bastante a tiempo para poner en salvo a aquel a quien quería librar.
Cuando el jefe, después de haber avisado al cazador, hubo reconocido la inutilidad de sus esfuerzos; verificóse en él una reacción súbita; sus facciones, animadas por la inquietud, recobraron su rigidez habitual; una sonrisa triste arqueó sus labios desdeñosos, y se dejó caer al suelo murmurando con voz sombría:
—¡Wacondah no ha querido!
Pero Tranquilo no aceptó la posición con igual resignación y fanatismo; el cazador pertenecía a esa raza de hombres enérgicos cuyo carácter, de un temple muy fuerte, nunca se deja abatir, y que luchan hasta el último instante.
Cuando vio que el piel roja, con el fatalismo propio de su raza, abandonaba la partida, resolvió hacer un esfuerzo supremo e intentar un imposible.
A veinte pasos más allá del sitio en que el cazador había establecido su campamento, había varios árboles derribados por el suelo, muertos de vejez, y, por decirlo así, amontonados unos sobre otros; luego, detrás de aquella especie de atrincheramiento natural, se alzaba un grupo de cinco o seis robles aislados de todos los demás, y que formaban como un oasis en medio de los arenales de la orilla del río.
—¡Alerta! gritó el cazador. Quoniam, recoja V. toda la leña seca que pueda, y véngase acá; jefe, haga V. lo mismo.
Los dos hombres obedecieron sin comprender, pero tranquilizados por la sangre fría de su compañero.
En pocos momentos quedó amontonada sobre los árboles derribados una cantidad considerable de leña seca.
—¡Bueno! gritó el cazador; ¡Vive Dios! Aún no se ha perdido todo: ¡buen ánimo!
Llevando entonces a aquella hoguera improvisada los restos de la lumbre que había encendido en su campamento para combatir el frío de la noche, atizó y avivó el fuego con materias resinosas, y en menos de cinco minutos una ancha llamarada se alzó oscilando hacia el cielo, y formó una cortina espesa y de más de diez metros de extensión.
—¡En retirada! ¡En retirada! exclamó el cazador; ¡Seguidme!
El Ciervo-Negro y Quoniam se precipitaron en pos de él.
El canadiense no fue muy lejos; cuando hubo llegado al grupo de árboles de que hemos hablado, trepó al más corpulento con sin igual destreza y agilidad, y muy luego sus compañeros y él se encontraron encaramados a cincuenta metros de altura, cómodamente establecidos sobre fuertes ramas, y ocultos por completo entre las hojas.
—Así, dijo el canadiense con la mayor sangre fría; éste es nuestro último recurso. En cuanto aparezca la columna, fuego sobre los flanqueadores; si el resplandor de las llamas asusta a los bisontes, nos salvamos; si no, no nos quedará más remedio que morir. Pero al menos habremos hecho todo lo posible para salvar nuestras vidas.
El fuego encendido por el cazador había tomado proporciones gigantescas; se había ido extendiendo, inflamando las yerbas y los arbustos, y aunque estaba demasiado lejos de la selva para poder incendiarla, muy luego formó una cortina de llamas de cerca de un cuarto de milla de longitud, y cuyos resplandores rojizos teñían a lo lejos el cielo y daban al paisaje un aspecto de grandiosidad imponente y salvaje.
Los cazadores, desde el sitio en que se habían refugiado, dominaban aquel océano de llamas, que no podía alcanzarles, y se cernían, por decirlo así sobre él.
De pronto se oyó un crujido horrible, y en el linde de la selva apareció la vanguardia de la manada.
—¡Atención! exclamó el cazador echándose el rifle a la cara.
Los bisontes, sorprendidos de improviso por la vista de aquel muro de llamas que se alzaba súbitamente ante ellos, deslumbrados por el resplandor del fuego, y al mismo tiempo abrasados por aquel calor tan fuerte, vacilaron por un instante como si se hubiesen consultado, y en seguida se precipitaron hacia adelante con un furor ciego, lanzando bramidos de cólera.
Sonaron tres tiros.
Los tres bisontes que iban más adelantados cayeron revolcándose en las angustias de la agonía.
—Estamos perdidos, dijo Tranquilo fríamente.
Los bisontes seguían avanzando.
Pero muy luego el calor llegó a ser insoportable; el humo, lanzado por la brisa en dirección de la manada, cegó a las reses, y entonces se verificó una reacción; hubo un momento de parada, seguido muy pronto de un movimiento de retroceso.
Los cazadores, con el pecho anheloso, seguían con una mirada ansiosa las singulares peripecias de aquella escena terrible. Era una cuestión de vida o muerte para ellos la que en aquel momento se decidía; su existencia estaba colgada de un hilo, por decirlo así.
Entre tanto la imponente masa seguía avanzando. Los animales que guiaban a la manada no pudieron resistir al empuje de los que les seguían; fueron derribados y pisoteados por los que venían detrás; pero estos, abrumados a su vez por el calor, quisieron también retroceder; en aquel momento supremo algunos bisontes se desbandaron a derecha e izquierda, y esto bastó para que los demás les siguiesen; entonces se establecieron dos corrientes, una por cada lado del fuego, y la manada, cortada en dos, pasó como un torrente que ha roto sus diques, reuniéndose en la playa y vadeando el río en columna cerrada.
Era un espectáculo horrible el que ofrecía aquella manada huyendo aterrada y lanzando gritos de terror, perseguida por las fieras y encerrando en su centro el fuego encendido por el cazador, que parecía un faro lúgubre destinado a iluminar el camino.
Muy luego se echaron los bisontes al río, que atravesaron en línea recta, y su prolongada columna oscura serpenteó en la opuesta orilla, en donde no tardó en desaparecer la cabeza de la manada.
Los cazadores estaban salvados, merced a la presencia de ánimo y sangre fría del canadiense; sin embargo, todavía permanecieron ocultos durante dos horas entre las ramas que les cobijaban.
Los bisontes continuaban pasando por derecha e izquierda. El fuego se había apagado por falta de alimento; pero ya estaba dada la dirección a las reses, y al llegar a la apagada hoguera, que no era ya más que un montón de cenizas, la columna se dividía por sí sola y desfilaba por ambos lados.
Al fin apareció la retaguardia, hostigada por los jaguares que saltaban por sus flancos, y después todo concluyó. El desierto, cuyo silencio había sido turbado por un instante, volvió a caer en su habitual tranquilidad. Solo una ancha senda trazada en medio del bosque y sembrada de árboles destrozados atestiguó el paso furibundo de aquella tropa desordenada.
Los cazadores respiraron; a la sazón podían abandonar sin peligro su fortaleza aérea y bajar de nuevo al suelo.