RESUMEN POLÍTICO.
Antes de ir más lejos, diremos en pocas palabras cual era la situación política de Tejas en el momento en que pasa la historia que hemos acometido la empresa de referir.
Desde el tiempo de la dominación española los habitantes de Tejas revindicaron su libertad con las armas en la mano; pero después de varios triunfos y reveses, fueron definitivamente derrotados en la batalla de Medina, dada el 15 de agosto de 1813, fecha nefasta, por el coronel Arredondo, jefe del regimiento de Extremadura, al cual se había agregado la milicia del estado de Coahuila. Desde aquella época hasta la segunda revolución mejicana, el Tejas permaneció humillado bajo el intolerable yugo del régimen militar, y entregado sin defensa a los incesantes ataques de los indios Comanches.
En varias ocasiones habían formulado pretensiones los Estados Unidos respecto de aquel país, sosteniendo que las fronteras naturales de Méjico y de la confederación eran el Río Bravo. Pero obligados en 1819 a reconocer ostensiblemente que sus pretensiones eran infundadas, buscaron un medio indirecto para apoderarse de aquel rico territorio y enclavarle en sus fronteras.
Entonces fue cuando desplegaron esa política astuta y pacientemente maquiavélica que al fin había de hacerles triunfar.
En 1821, los primeros emigrados americanos hicieron su aparición tímidamente y casi de incógnito en los brazos, desmontando las tierras, colonizando a la sordina, y tornándose en pocos años tan poderosos que en 1824 habían hecho ya progresos bastante grandes para formar una masa compacta de cerca de cincuenta mil individuos. Los mejicanos, ocupados incesantemente en luchar unos contra otros en sus interminables guerras civiles, no comprendieron la trascendencia de la emigración americana que ellos mismos habían estimulado en su principio.
Apenas habían trascurrido ocho años desde la llegada de los primeros americanos a Tejas, y ya éstos componían casi toda su población.
El gabinete de Washington no ocultaba ya sus proyectos y hablaba claramente de comprar a Méjico el territorio de Tejas, en el cual había desaparecido casi por completo el elemento español para ceder el puesto al espíritu emprendedor y mercantil de los anglo-sajones.
El gobierno mejicano, despertando por fin de su prolongado letargo, comprendió el peligro que le amenazaba de la doble invasión de los habitantes del Misuri y del Tejas en el estado de Santa Fe. Quiso contener la emigración americana; pero era demasiado tarde: la ley promulgada por el congreso de Méjico fue impotente, y no se detuvo la colonización a pesar de los puestos mejicanos diseminados por la frontera, y encargados de detener a los emigrados y obligarles a retroceder.
El general Bustamante, presidente de la república, comprendiendo que muy pronto tendría que luchar con los americanos, se preparó silenciosamente para el combate, y bajo diferentes pretextos fue dirigiendo al Río Rojo y a la Sabina varios cuerpos de tropas que no tardaron en formar un contingente de mil doscientos hombres.
Sin embargo, todo estaba tranquilo en la apariencia; nada hacía prever la época en que comenzaría la lucha, cuando una perfidia del gobernador de las provincias orientales la hizo estallar de repente en el momento en que menos se pensaba.
He aquí el hecho:
El comandante de Anáhuac, sin ningún motivo plausible, mandó arrestar y meter en la cárcel a varios colonos americanos.
Los habitantes de Tejas habían aguantado hasta entonces, sin quejarse, las innumerables vejaciones que les hacían sufrir los oficiales mejicanos; pero al ver este último abuso de fuerza, se alzaron como de común acuerdo y se presentaron armados delante del comandante, exigiendo con amenazas y gritos de cólera que inmediatamente se pusiese en libertad a sus conciudadanos.
El comandante, harto débil para resistirse abiertamente, fingió conceder lo que le pedían; pero hizo presente que necesitaba dos días para llenar cierta formalidad y poner a cubierto su responsabilidad.
Los insurgentes accedieron a concederle aquel plazo; y el oficial lo aprovechó para hacer que a toda prisa acudiese a auxiliarle la guarnición de Nacogdoches.
Esta guarnición llegó en el momento en que los insurgentes, fiando en la palabra del gobernador, se retiraban a sus casas.
Furiosos por haber sido burlados tan pérfidamente, volvieron atrás e hicieron una demostración tan enérgica, que el oficial mejicano se consideró muy dichoso con evitar el combate y restituir los prisioneros.
En este intermedio, un pronunciamiento hecho en favor de Santa Anna derribó del poder al general Bustamante a los gritos de «¡Viva la Federación!»
Lo que más temía Tejas era el sistema del centralismo, del cual nunca habría obtenido su reconocimiento como Estado separado, y por lo tanto la población de Tejas se mostró unánime en favor del federalismo.
Los colonos se sublevaron, y uniéndose a los insurgentes de Anáhuac, que aún estaban con las armas en la mano, marcharon resueltamente sobre el fuerte Velasco, al cual pusieron sitio.
El grito seguía siendo «¡Viva la Federación!» pero esta vez ocultaba el grito de «¡Viva la Independencia!» que los de Tejas, harto débiles, no se atrevían a lanzar aún.
El fuerte Velasco estaba defendido por una reducida guarnición mejicana, mandada por el valiente oficial llamado Ugartechea.
En aquel sitio extraordinario, en el que los sitiadores no respondían a los cañonazos de la fortaleza sino con tiros de carabina, los de Tejas y los mejicanos hicieron prodigios de valor, y mostraron inaudito encarnizamiento.
Los colonos, diestros tiradores, emboscados detrás de enormes trincheras, tiraban como al blanco y cortaban a balazos las manos de los artilleros mejicanos cada vez que se disponían a cargar sus piezas. A tal extremo llegaron las cosas, que el comandante Ugartechea, viendo caer mutilados a sus soldados más valientes, se sacrificó y él mismo puso manos a la obra. Los de Tejas, que cien veces hubieran podido dar muerte al valeroso comandante, sorprendidos al ver tan heroico valor, cesaron el fuego, y Ugartechea se rindió por fin, renunciando a una defensa que era ya imposible.
Este triunfo llenó de júbilo a los colonos; pero Santa Anna no se dejó engañar por el objeto de la insurrección de Tejas; comprendió que el federalismo encubría un movimiento revolucionario muy pronunciado; y lejos de fiarse de las apariencias de adhesión de los colonos, en cuanto su poder se hubo consolidado lo suficiente para permitirle obrar con energía contra ellos, despachó a toda prisa al coronel Mejía con cuatrocientos hombres para que restableciese en Tejas la autoridad mejicana ya muy debilitada.
Después de muchas vacilaciones y manejos diplomáticos, sin resultado posible entre gentes cuya arma principal por ambas partes era la perfidia, estalló por fin la guerra con furor; se organizó en San Felipe una comisión permanente de seguridad pública, y se llamó al pueblo a tomar parte en la lucha.
Sin embargo, la guerra civil no había estallado todavía oficialmente, cuando al fin apareció el hombre que debía decidir la suerte de Tejas y a quien estaba reservada la gloria de hacerle ser libre: nos referimos a Samuel Houston.
Desde aquel momento la insurrección tímida y circunscrita de Tejas se convertía en una revolución. Sin embargo, en la apariencia el gobierno mejicano seguía siendo dueño legítimo del país, y a los colonos naturalmente se les denominaba insurgentes y se les trataba como tales cuando caían en manos de sus enemigos, lo cual equivale a decir, que sin ninguna forma de proceso se les ahorcaba, ahogaba o fusilaba, según el sitio en que eran cogidos se prestaba a uno de estos tres géneros de muerte.
En el día en que comienza nuestra historia habían llegado a su colmo la exasperación contra los mejicanos y el entusiasmo por la noble causa de la independencia.
Unas tres semanas antes había tenido efecto un encuentro formal entre la guarnición de Bejar y un destacamento de voluntarios de Tejas mandado por Austin, que era uno de los jefes más afamados de los insurgentes; los colonos, no obstante su ignorancia de la táctica militar y su inferioridad numérica, se batieron con tanto valor y manejaron tan bien su único cañón, que las tropas mejicanas, después de haber sufrido pérdidas muy graves, se vieron obligadas a retirarse precipitadamente sobre Bejar.
Este encuentro fue el primero que verificó en el oeste de Tejas después de la toma del fuerte de Velasco, y decidió el movimiento revolucionario, el cual se comunicó con la rapidez con que se incendia un rastro de pólvora.
Entonces en todas partes alzaron tropas las ciudades para unirse al ejército libertador, la resistencia se organizó en grande escala, y algunos jefes de partida audaces comenzaron a recorrer el territorio en todas direcciones, haciendo la guerra por su cuenta y sirviendo a su manera la causa que abrazaban y que suponían defender.
El capitán D. Juan Melendez, rodeado por todas partes de enemigos tanto más temibles cuanto que le era imposible conocer su número y adivinar sus movimientos, encargado de una misión en extremo delicada, teniendo a cada paso el presentimiento de una traición que le amenazaba sin cesar, sin saber donde, como, ni cuando caería sobre él, tenía que emplear precauciones extremas y una severidad implacable si quería conducir a buen puerto la carga preciosa que le estaba confiada; por eso no vaciló ante la necesidad de imponer un castigo ejemplar a fray Antonio.
Hacía ya mucho tiempo, que pesaban graves sospechas sobre el fraile; su conducta ambigua había producido inquietud y dado margen a sospechas nada favorables para su honradez.
D. Juan; se había, propuesto aclarar sus dudas en la primera ocasión que se le presentase. Ya hemos dicho de qué modo lo logró haciendo una contra-mina, es decir haciendo espiar al espía por otros más diestros que él, y colándole casi in fraganti.
Sin embargo, debemos hacer al digno fraile la justicia de decir que para nada entraba la política en su modo de proceder; no, sus pensamientos no se elevaban a tanta altura: sabiendo que el capitán se hallaba encargado, de escoltar una conducta de plata, solo procuró hacerla caer en un lazo para tener una parte en sus despojos y hacer su fortuna de un solo golpe, con el fin, de procurarse los goces de que hasta entonces había estado privado sus pensamientos, no habían ido más lejos; el buen hombre era simplemente un ladrón en despoblado, pero nada tenía de personaje político.
Le abandonaremos, por ahora, para seguir a los dos cazadores a quienes debía el rudo castigo que recibió y que abandonaron el campamento tan luego como hubo terminado la ejecución.
Estos dos hombres se habían alejado con presuroso paso, y, después de bajar silenciosamente de la colina, se internaron en un poblado bosque en donde les aguardaban, comiendo con la mayor tranquilidad su pienso, dos magníficos caballos de las praderas, mustangs medio salvajes, de ojo vivo y remos finos y fuertes; estaban ensillados y dispuestos para ser montados.
Después de haberles quitado las trabas con que estaban maneados, los cazadores les pusieron los frenos, montaron, y clavándoles las espuelas, partieron a rienda suelta.
Así corrieron durante mucho tiempo, tendidos sobre el cuello de sus caballos, sin seguir ningún camino trazado, pero siempre en línea recta, sin cuidarse de los obstáculos que encontraban al paso y que trasponían con inaudita destreza; por último, una hora antes de salir el sol se detuvieron.
Habían llegado a la entrada de una garganta, flanqueada en ambos lados por elevadas colinas, primeros estribos de las montañas cuyas fragosas cumbres parecía que dominaban perpendicularmente la campiña.
Los cazadores echaron pie a tierra antes de internarse en la garganta, y después de haber maneado sus caballos ocultándolos en unos carrascales, comenzaron a explorar los alrededores con la sagacidad y cuidado de los guerreros indios cuando buscan un rastro en el sendero de la guerra.
Sus pesquisas fueron por mucho tiempo infructuosas, lo cual era fácil conocer por las exclamaciones de disgusto que algunas veces proferían en voz baja; por último, al cabo de más de dos horas, merced a los primeros rayos del sol que, al salir, había disipado súbitamente las tinieblas, vieron ciertas huellas casi imperceptibles que les hicieron estremecerse de júbilo.
Libres ya, al parecer, de la preocupación que les atormentaba, fueron a donde estaban sus caballos, se tendieron indolentemente en el suelo, y buscando en sus alforjas sacaron de ellas todo lo necesario para un modesto almuerzo que comieron con el apetito terrible propio de hombres que habían pasado toda la noche cabalgando a escape tendido por montes y valles.
Desde su partida del campamento mejicano, no había mediado una sola palabra entre ambos cazadores, quienes parecía que obraban bajo la influencia de una preocupación profunda que hacía inútil toda conversación.
Por lo demás, es una cosa notable la mudez de los hombres acostumbrados a la vida del desierto: pasan días enteros sin pronunciar una palabra; no hablan sino cuando la necesidad les obliga a ello, y la mayor parte de las veces sustituyen las palabras con la mímica, que tiene sobre aquellas la incontestable ventaja de no denunciar la presencia de los que de ella se sirven a los oídos de los enemigos invisibles que están de continuo en acecho y dispuestos a precipitarse como aves de rapiña sobre los imprudentes que se dejan sorprender.
Cuando el primer apetito de los cazadores se hubo aplacado algún tanto, aquel a quien el fraile había llamado John encendió su corta pipa, la colocó en un ángulo de su boca, y pasando a su compañero la bolsa del tabaco, le dijo a media voz, como si hubiese temido que le oyesen:
—¿Qué tal, Sam? ¿Me parece que hemos salido bien, eh?
—En efecto, tal creo, John, respondió Sam inclinando afirmativamente la cabeza. Es V. astuto como un diablo, amigo mío.
—¡Bah! dijo el otro con desdén, no hay mucho mérito en engañar a esos brutos de mejicanos; son muy bestias.
—De todos modos el capitán ha caído en la red con una gracia particular.
—¡Eh! No era al capitán a quien yo temía, porque hace mucho tiempo que he sabido congraciarme con él, sino a aquel fraile maldito.
—Si no llegamos tan a tiempo, es muy probable que nos hubiese birlado el negocio; ¿no es verdad, John?
—Tal creo, Sam. ¡Vive Dios! Me reía con toda mi alma al verle retorcerse bajo los chicotazos.
—En efecto, era un espectáculo hermoso; pero ¿no teme V. que llegue a vengarse? Esos frailes son rencorosos como demonios.
—¡Bah! ¿Qué podemos temer de semejante gusano? Nunca se atreverá a mirarnos frente a frente.
—No importa; bueno es estar en guardia. Nuestro oficio es escabroso, ya lo sabe V.; y puede suceder que algún día ese maldito animal nos juegue una mala pasada.
—¡Bah! Déjese V. de eso, lo que hemos hecho ha sido propio de una guerra de buena ley. Esté V. seguro de que el fraile, en una ocasión análoga, no habría dejado de hacer lo propio con nosotros.
—Es verdad. Entonces, ¡vaya al diablo! y con tanto más motivo, cuanto que la presa que codiciamos no podía llegar con más oportunidad para nosotros. Nunca me hubiera perdonado el dejarla escapar.
—¿Permaneceremos emboscados aquí?
—Es lo más seguro. Siempre tendremos tiempo para reunirnos con nuestros compañeros cuando veamos asomar la recua por la llanura. Además, ¿no tenemos una cita en este sitio?
—Es verdad, ya no me acordaba.
—Y mire V., en hablando del lobo, ahí viene justamente nuestro hombre.
Los cazadores se levantaron con viveza; cogieron sus armas, y se escondieron detrás de una roca con el fin de hallarse dispuestos para cualquier evento.
Oíase el galope rápido de un caballo que se acercaba por momentos; muy luego desembocó de la garganta un jinete, hizo saltar a su caballo hacia adelante, y se detuvo tranquilo y altivo a dos pasos de distancia de los cazadores.
Estos se lanzaron fuera de su escondite y se adelantaron hacia él con el brazo derecho extendido y la mano abierta en señal de paz.
El jinete, que era un guerrero indio, correspondió a estas demostraciones pacíficas haciendo flotar su manto de piel de bisonte; en seguida echó pie a tierra, y sin más ceremonia fue a estrechar amistosamente las manos que le tendían los cazadores.
—Bienvenido, jefe, dijo John; le aguardábamos a V. con impaciencia.
—Miren mis hermanos al sol, respondió el indio; el Zorro-Azul es puntual.
—Es verdad, jefe, nada hay que decir: tiene usted una exactitud notable.
—El tiempo a nadie aguarda; los guerreros no son mujeres: el Zorro-Azul quisiera celebrar consejo con sus hermanos pálidos.
—Corriente, repuso John, la observación de V. es justa, jefe; deliberemos. Anhelo ya entenderme definitivamente con V.
El indio saludó gravemente a su interlocutor, se sentó en el suelo, encendió su pipa y comenzó a fumar con recogimiento; los cazadores se colocaron a su lado, y como él permanecieron silenciosos todo el tiempo que duró el tabaco contenido en sus pipas.
Al fin el jefe sacudió la ceniza de la suya en la uña del dedo pulgar y se dispuso a hablar.
En el mismo instante se oyó una detonación, y una bala llegó silbando a cortar una rama casi encima de la cabeza del jefe.
Los tres hombres se levantaron de un salto, y cogiendo sus armas se dispusieron a rechazar valerosamente a los enemigos que tan de improviso les atacaban.