I

Para a tratar con acierto esta materia se necesitaría ser un médico inteligente é imparcial, porque hay prácticas y medicamentos al parecer puramente supersticiosos, que los curanderos no pudieran aplicar sino llevados de su pedantería y atrevimiento, hijos de su ignorancia. Y, sin embargo, curan, y es porque, examinados bien, tienen su razón de ser. ¡Cuántos casos de enfermedad no hemos visto con nuestros propios ojos, desahuciados por hábiles médicos, y curados después con pasmosa facilidad por aquellos á quienes consideraran meros charlatanes!

¿Y quién duda que muchos de los curanderos indios conocen ignoradas virtudes de las plantas de Filipinas, todas las cuales, sin excepción, son medicinales?

Repito: para hablar con acierto del objeto de estos artículos, se necesitaría ser un médico, lo que yo no soy, y sin embargo, el. Sr. Director de El Comercio me lo ha suplicado, segun dice, para ayudar á los encargados de redactar cartillas higiénicas; y como no puedo eludir el encargo de mi Director y buen amigo, salga lo que saliere, allí vá el primer artículo, que tratará del mangkukulam[1].

Es éste, según el vulgo, una persona que tiene pactos con el demonio. Posee una muñeca que le sirve de instrumento para dañar á sus enemigos[2]; si quiere que éstos padezcan dolor terrible de cabeza, vientre u otra parte, no tiene mas que picar con una aguja la cabeza, vientre, etc., de la muñeca. Y el individuo á quien se quiere dañar, sentirá dolores hasta morir, si así place al mangkukulam, en las partes picadas, y no le salva la distancia á que se halla de aquel.

En las provincias tagalas, siempre que alguno se vuelva maniático, loco ó por cualquier causa, delirante, se atribuye el mal á imaginarios mangkukulam y dicen sus parientes lo siguiente ó cosa parecida.

—Seguramente aquel fulano á quien riñó en tal día ó no le dió dinero ó causó algún disgusto, es mangkukulam, y hé aquí los efectos de su venganza.

Entonces acuden á los curanderos que tienen la especialidad de echar del cuerpo al mangkukulam. Suponen que éste invisiblemente vá al lecho del paciente, y le aprieta el cuello ó produce su enfermedad y que si se azota ó golpea al paciente, no siente él los golpes sino el mangkukulam.

En un caso ocurrido en Malabon á cierta jóven, los curanderos aconsejaron martirizar á la paciente, pues, como vá dicho, no sufre los martirios sino el mangkukulam, y con ellos se consigue ahuyentarle.

La familia se conformó con el aconsejando tratamiento, y la enferma fué clavada, azotada cruelmente y martirizada hasta que se escapó el mangkukulam, digo, el alma de la paciente á la eternidad, y los curanderos y la familia de la difunta fueron á parar con toda su humanidad al presidio de Bilibid.

Pero no escarmenaron los malaboneses: sufrió fuerte calentura un tal Bruno (en 1864) y, naturalmente, deliraba; se le ocurrió á la familia lo del mangkukulam y llamaron á los curanderos ad-hoc. Le sometieron á toda clase de martirios; el pobre gemía y gruñía; le hacían soplar por un tubo de caña y después el médico mandaba salir al mangkukulam.

El enfermo, delirante, contestaba cualquier cosa y creían que el que respondía era el mangkukulam y no el enfermo.

Había muchos curanderos, se relevaban unos á otros y cada uno aplicaba su propio tratamiento.

—¿Cuántos sois?—preguntaba uno al enfermo—y éste contestaba:—Tres.

—¡Tres!—exclamaba entonces el curandero—¡ya vén Vds! Efectivamente, está dominado por mangkukulam, y ¡qué muchos! A muchos enemigos, muchos también y eficaces remedios. Venga un ramo del lipang kalabao (Urtica ferox, Spr.) que mata de comezon.

Y le iban á asesinar atrozmente al pobre enfermo, si no hubieran sido aprehendidos con tiempo por agentes de la autoridad. Después se curó el enfermo por sí sólo.

Diz que los curanderos contra-mangkukulam conocen á los verdaderos muertos, porque es de saber que el mangkukulam no mata, sino que aprieta el cuello á uno, y porque éste parece estar muerto, es enterrado, á pesar de estar vivo.

Cuentan de muchos, al parecer cadáveres, resucitados por los curanderos. Uno de estos casos ocurrió en Meycauayan, según quien asegura haberlo visto con sus propios ojos (sic.)

Yo iba—dice este tal—con el curandero á una casa mortuoria, encontramos en ella un cadáver que estaban festejando con comilonas y libaciones. El curandero, después de observar largo rato el cadáver, dijo que no estaba muerto sino que un mangkukulam, le impedía respirar y lo veía. Pidió agua herviente, echóla sobre el cadáver, y …… éste resucitó!

Como se supone, el mangkukulam fué el que se coció y murió efectivamente, y por eso se curó el que parecía estar muerto. Asi fué, en efecto, porque después se encontró en otro lugar un hombre asesinado, pero que antes de morir pudo declarar que fué muerto por el curandero en tal hora en que justamente bañó con agua herviente al cadáver supuesto.

De modo que, matando al mangkukulam que daña, cesan los efectos de su poder. Así lo creen los tagalos y pampangos no ilustrados. Y esta creencia les hace cometer asesinatos algunas veces, matando á inocentes, á quienes suponen ser mangkukulam.

Allá por los años 1840, uno de la Pampanga, hizo asesinar á casi toda una familia que creía á pié juntillas que era de mangkukulam y que eran la causa de la enfermedad que aquejaba á su madre. El pobre fué ahorcado en Manila, habiéndose justificado plenamente el móvil de su delito.

¡Ay del que el vulgo crea ser mangkukulam! Cuando, menos lo piensa, es denunciado y citado en el tribunal ó juzgado local por los parientes de algún enfermo, cuyo mal le atribuyen.

En cierta ocasión fueron demandados en el tribunal de Navotas dos supuestos mangkukulam (padre é hijo) y el demandante llevaba como testigo al médico «contra-mangkukulam

Preguntado éste por el gobernadorcillo en qué fundaba sus sospechas, contestó:

—Sí, señor; estoy muy convencido de que éstos han hecho kulam (daño) al paciente.

—Pruébalo.

—Ahora mismo; aquí tengo dos piedrecitas que esos mangkukulam no tendrán reparo en poner en sus bocas, si es cierto que no lo son.

Y diciendo ésto, alargó una piedrecita al hijo. Éste no vaciló en aceptar y la iba á meter en su boca, cuando el padre se la arrebató impidiendo tenazmente que lo hiciera, entre sollozos.

—¡Ah!—exclamó entonces con aire de triunfo el curandero;—¡ya vé V., señor capitán! ¿No está V. convencido aún de que sean tales mangkukulam?

—Tienes razón;—contestó el cándido gobernadorcillo, que estaba muy demudado y le hororizaba el juzgar y tener en su presencia á unos mangkukulam. Pero en fin, sacando fuerzas de su confusión y miedo, añadió en tono solemne:

—Efectivamente, si no lo fuérais, ¿porqué temeriais meter en vuestra boca esas piedrecitas? ¡Ah! Os condeno á que cureis al que habeis dañado. ¡Cuidado con no cumplir en seguida este mandato mio y cuidado si vosotros, vengándoos de mi justicia y autoridad, me haceis experimentar el menor mal. Os haré crucificar y quemar en la plaza.

—Señor,—contestó el padre,— nosotros ganamos con honradez nuestro sustento, aunque seamos pobres; odiamos camorras, nos alejamos de la chismografía del vecindarío y nos encerramos solitos en nuestra casa, y de esto ha deducido ese pícaro que en nuestra casita rendimos culto al demonio y tenemos pactos con él. El curandero es el pillo: gana la morisqueta diaria con su charlatanismo, á muchos ha embaucado, muchos le tienen por malo; y ¿cómo no habiamos de temer que esas piedrecitas estén envenenadas por ese que es capaz de todo, para que si las tragarnos y morimos, pueda decir que Dios ó sus piedras milagrosas nos han castigado, y sí no las tragamos por justificado temor, pueda decir que somos mangkukulam, como pretende ahora? Mire V. bien, señor capitan, que el dilema está bien carpinteado y con semejantes medios engaña al vecindario; pero su ingénio indica gran perversión de su sentido moral.

—Miren Vds. qué listo el mangkukulam—interrumpió el curandero;—no le oiga V., señor capitan, que le está inspirando su amigo el invisible. ¡A crucificarles, á quemarles vivos!

—A crucificarles, á quemarles—repitió el pueblo.

Ignoro por qué no les crucificaron y quemaron vivos, cuando el pueblo y el mismo gobernadorcillo estaban convencidísimos de que aquellos eran verdaderos mangkukulam.