IV

AMORÍOS

Los malaboneses, especialmente los solteros, tienen cierto gusto, como los ilocanos, en poner versos en los cuatro lados de sus pañuelos, ya en castellano, ya en tagalog. Hé aquí una muestra.

«Amor eterno te juro»

«Nos enlaza este pañuelo»

«De boda cual santo velo»…

«¡¡¡Perderá vida el perjuro!!!»

Por lo regular declaran su amor con una carta, escrita unas veces en tagalog y otras en castellano.

Su estilo es muy diferente de los conocidos; en la carta campea el verdadero filipinismo, que viene á ser una especie de estilo oriental, basado sobre su gran afición á la mitología griega y á un lenguaje extraordinariamente florido y grandilocuente.

Allá va una muestra:

«¡Oh, mi ángel adorado!…

Mi pensamiento disfrutaba de las delicias de la tranquilidad y las tiernas alas de un dulce y dorado sueño cobijaban mis sentidos, cuando Vénus se presentó á mi fantasía llevando en sus brazos á su hijuelo Cupido (contadas son las cartas en que no se invoquen los nombres de los mitológicos dioses del amor). La diosa ostentaba un resplandeciente manto real, su mirar de fuego me iba dando vida, de sus labios de carmin respiraba yo un perfume embriagador, y en fin, mis ojos contemplaban extasiados aquella divina hermosura y no parecía si no que su lumbre era reflejo de aquellos astros, que enriquecían su imperial diadema; pero … ¡qué dolor en cambio de tanta dicha!

«¡Oh Venus y Cupido!… ¿Habeis venido para arrancarme el suave aroma de la esperanza pronosticando mi infeliz destino?… ¡Oh! creo que no, pues sois dioses inmortales de la ¡hermosura y del amor, pero no de la desesperación y del pesar eterno! Dirigid, pues, mis ojos á la morada de un ángel de la caridad quién pueda endulzar un tanto la amargura de mis dolores!!…

«¡Ah sí, señorita de mi vida! Encaminé mi vista en busca de aquella belleza soñada, y un día, sin duda el más venturoso de toda mi vida, se presentaron á mis ojos esos encantos que adornan á V.; y su hermosura que tanto me encanta y enloquece, ¡ay!… esa es la que ví en mis sueños de oro; y si desea V. admirar la beldad de Venus, no tiene más que mirarse en el espejo y en su rostro propio verá fielmente retratados las gracias de esa diva, cuya hermosura hechiza á todos los dioses del Sagrado Olimpo … ¡Qué gloria, pues, no esperimentaron mis ojos, al ver en V. realizada su ideal y fantástica perfección; pero ¡¡qué dolor no sufre mi corazón, en cambio, al advertir que soy indigno de amarla con todo el ardor de una febril y sincera pasión!!

«¡Ah, jóven divina! abra V. sus oidos á los ayes de mi alma tiernamente enamorada. ¡A V. amo!… y acoja por piedad los votos, que pongo respetuosamente á sus piés, advirtiéndola que la vida sin su amor, para mi sería imposible.

«Su cordial amante—X.»

La malabonesa jóven ó jamona que recibe tan elocuente metrallazo, se queda muy esponjada, según locución de aquí, que nos parece gráfica.

En los casamientos, el novio debe regalar en la víspera de la boda á su futura un aderezo y un juego de vestidos.