CAPÍTULO IV.
Partida de Mitilene. — Descripción de la Eubea. — Llegada a Tebas.
Al día siguiente nos dieron prisa para embarcarnos y salimos de Mitilene con sentimiento. Al dejar el puerto, la tripulación cantaba himnos en honor de los dioses y en voz alta les dirigía sus votos para que nos diese próspero viento. Cuando hubimos doblado el cabo de Malea, situado al extremo meridional de la isla, tendieron la vela, y nuestra travesía fue dichosa y sin acontecimientos.
Empezábamos a descubrir la cumbre de una montaña llamada Oché y que domina a todas las de la Eubea. «Esta isla», me dijo Fanes, capitán de la nave, «se extiende a lo largo del Ática, la Beocia, del país de los locrios y de una parte de la Tesalia; pero su anchura no es proporcionada a su longitud. Produce mucho trigo, vino, aceite, frutas, cobre y hierro; excelentes puertos, ciudades opulentas, ricas mieses que proveen muchas veces a Atenas; todo esto junto a su ventajosa posición, dan motivos para creer que el que se hiciese dueño de esta isla, pondría fácilmente trabas a las naciones vecinas. Menos súbditos que aliados de los atenienses, a favor de un tributo que les pagamos, podemos gozar en paz de nuestras leyes y de las ventajas de nuestra forma de gobierno. Podemos convocar en fin asambleas generales en Calcis, para tratar en ellas de los intereses y pretensiones de nuestras ciudades».
Habiendo dado el capitán sus órdenes a la tripulación, doblamos el cabo meridional de la isla y entramos en un estrecho cuyas playas nos ofrecían por ambos lados ciudades más o menos grandes; pasamos por cerca de los muros de Caristo y de Eretria y arribamos en fin a Calcis.
Esta ciudad está situada en un estrecho, o corto brazo de mar, llamado Euripo. Aquí se ve insensiblemente un fenómeno cuya causa no se ha comprendido todavía. Con frecuencia, durante el día y la noche, las aguas del mar suben y bajan alternativamente al norte y mediodía, y gastan el mismo tiempo en bajar que en subir. En ciertos días parece que el flujo y reflujo están sujetos a leyes constantes, como el océano, pero muy luego se advierte que no guardan regla alguna.
Calcis está construida en la falda de una montaña del mismo nombre. Los altos y frondosos árboles que se elevan en las plazas y en los jardines preservan de los ardores del sol a los habitantes, y les surte de agua un manantial abundante llamado la fuente de Aretusa. La ciudad está hermoseada con un teatro, gimnasios y pórticos, templos, estatuas y pinturas. Pasamos allí la noche, y al amanecer del día siguiente arribamos a la costa opuesta al pueblo de Áulide, lugarcillo cerca del cual hay una gran bahía, donde la escuadra de Agamenón estuvo mucho tiempo detenida por los vientos contrarios.
Desde Áulide pasamos a Antedón por un camino muy llano. Es una ciudad pequeña, con una plaza cubierta de árboles en la cual brotan muchas fuentes, y está rodeada de pórticos. Quedábanos que andar aún más de ciento sesenta estadios para llegar a Tebas, pero nos acercamos en breve a esta gran ciudad por el camino de la llanura. Al aspecto de la ciudadela, que descubrimos desde larga distancia, Timágenes no pudo contener sus sollozos. La esperanza y el temor se pintaron alternativamente en su rostro, porque al ausentarse de su patria dejó en ella a sus padres, un hermano y una hermana, y dudaba si tendría el dulce placer de encontrarlos todavía. Llegamos a Tebas, y las primeras noticias clavaron el puñal en el seno de mi amigo. Los autores de sus días habían fallecido de pena a causa de su ausencia, su hermano había muerto en una batalla, y su hermana, que casó en Atenas, tampoco existía ya, y había dejado un hijo y una hija solamente. Su dolor fue extremado, pero le mitigaron no obstante en algún modo los consuelos que le prodigaron sus conciudadanos y en particular Epaminondas.