CAPÍTULO XLI.
Ideas generales sobre la legislación de Licurgo.
Hacía ya algunos días que me hallaba en Esparta sin que nadie lo extrañase. Me introdujeron a presencia de los dos príncipes que ocupaban el trono, el uno era Cleómenes, nieto de aquel rey Cleómbroto que murió en la batalla de Leuctra, y el otro Arquidamo, hijo de Agesilao. El primero era amante de la paz: el segundo solo respiraba guerra y gozaba de mucho crédito. Allí conocí a aquel Antálcidas que treinta años antes ajustó un tratado entre la Grecia y la Persia. Pero de todos los espartanos, Damonax, en cuya casa estaba yo hospedado, me pareció el más tratable y más ilustrado.
Un día que le molestaba con preguntas, me dijo: «Juzgar de nuestras leyes por nuestras costumbres actuales, es lo mismo que juzgar de la hermosura de un edificio por un montón de ruinas». «Pues bien», respondí yo, «pongámonos en el tiempo en que esas leyes estaban en vigor. ¿Creéis acaso que sea fácil justificar los reglamentos extraordinarios y raros que ellas contienen?». «Respetad», me dijo, «la obra de un genio, cuyas miras son siempre nuevas y profundas, y que ha dado con sus leyes un nuevo carácter a su nación.
»Un cuerpo sano y un alma libre, es todo lo que la naturaleza destina al hombre para hacerle feliz, y estas son las ventajas que, según Licurgo, deben servir de fundamento a nuestra dicha. De aquí conoceréis ya la causa por la que nos prohibió el casar a nuestras hijas muy temprano; porque ellas no se crían a la sombra de sus rústicos techos, sino a los ardientes rayos del sol, en el polvo del gimnasio, en los ejercicios de la lucha, de la carrera, del venablo y del disco. Debiendo dar ellas ciudadanos robustos al estado, es preciso que se formen en una constitución fuerte para comunicarla a sus hijos.
»Desde nuestra más tierna infancia damos agilidad, soltura y fuerza a nuestro cuerpo con el trabajo y los combates no interrumpidos, porque un régimen severo disipa las enfermedades de que el cuerpo es susceptible. Aquí se ignora las necesidades facticias, y las leyes han tenido cuidado de proveer a las necesidades reales. El hambre, la sed, los sufrimientos, las muertes, todos estos objetos de terror se miran entre nosotros con una indiferencia que en vano la filosofía procura imitarla.
»Licurgo, restituyéndonos los bienes de la naturaleza, ha querido asegurárnoslos dando por contrapeso a nuestras pasiones el amor de la patria con su energía, su plenitud, sus arrebatos y aun su delirio mismo. Este amor es tan ardiente y tan impetuoso que en sí solo reúne todos los intereses y movimientos de nuestro corazón, y no queda ya en el estado más que un espíritu y una voluntad.
»En el resto de la Grecia, los hijos de un hombre libre están confiados al cuidado de un hombre que no lo es o no merece serlo; pero ni los esclavos ni los mercenarios son a propósito para educar espartanos: la patria misma es quien ejerce esta función tan importante. Nos deja sin embargo en los primeros años bajo la dirección de nuestros padres; pero luego que somos capaces de comprensión, hace valer altamente entre nosotros sus derechos; y sus miradas nos buscan y nos siguen por todas partes. De su mano recibimos el alimento y el vestido; de su parte asisten a nuestros juegos los magistrados, los ancianos y los ciudadanos todos; se inquietan por nuestros defectos, procuran descubrir en nuestras palabras o acciones algunas semillas de virtud, y nos enseñan en fin con su tierna solicitud que el estado nada tiene tan precioso como nosotros.
»Uno de los principales magistrados nos tiene continuamente reunidos a su vista, y si se viese en la precisión de ausentarse por un momento, todo ciudadano puede ocupar su puesto y ponerse a nuestro frente. Auméntanse los deberes con los años: la naturaleza de las instrucciones se mide según los progresos de la nación, y las pasiones que despuntan son comprimidas con la multitud de los ejercicios, o hábilmente dirigidas hacia objetos útiles al estado. Desde el mismo instante que empiezan a desplegar su furor, dejamos de comparecer en público, y lo hacemos únicamente en silencio, con el pudor en la frente, la vista baja, y las manos metidas bajo del manto, como unos iniciados que se destinan al ministerio de la virtud; el amor de la patria debe introducir el espíritu de unión entre los ciudadanos, y el deseo de agradarle inspira la justa emulación. Aquí la unión no será turbada por las tempestades que en otras partes la destruyen. Licurgo nos ha preservado de casi todos los motivos de la envidia, porque casi todo lo ha hecho igual y común entre nosotros. Todos los días somos llamados a convites públicos donde reina la decencia y la frugalidad. Cuando las circunstancias lo exigen, me está permitido servirme de esclavos, carruajes, caballos y todo cuanto pertenece a cualquier otro ciudadano.
»Los reglamentos de Licurgo nos disponen para una especie de indiferencia hacia los bienes cuya adquisición cuesta más disgustos que placeres proporciona la posesión de ellos. No conocemos otra moneda que la de cobre, y su volumen y peso es tal que descubrirían a cualquier avaro que quisiera ocultarla a la vista de sus esclavos. Si un particular escondiese en su casa oro o plata, no podría sustraerse a las pesquisas de los oficiales públicos ni a la severidad de las leyes. Nosotros no conocemos ni las artes, ni el comercio, ni los demás medios de multiplicar las necesidades y desgracias de un pueblo. ¿Y qué habíamos de hacer nosotros de la riqueza? Tenemos cabañas, vestidos y pan. Tenemos hierro y brazos para servir a nuestros amigos y a la patria, tenemos almas libres, vigorosas, incapaces de tolerar la opresión de los hombres y de las pasiones nuestras. Estos son nuestros tesoros.
»Miramos como una debilidad el amor excesivo a la gloria, y como un crimen el de la celebridad. No tenemos ningún historiador, ningún orador, ningún panegirista, ninguno de aquellos monumentos que únicamente sirven para atestiguar la vanidad de una nación. Los pueblos que hemos vencido dirán a la posteridad nuestras victorias, y enseñaremos a nuestros hijos a ser tan valientes y virtuosos como sus padres. El ejemplo de Leónidas, siempre presente a su memoria, les atormentará día y noche. Preguntadles, y la mayor parte os referirán de memoria los nombres de los trescientos espartanos que perecieron con él en las Termópilas. Desde que sale el sol hasta que se pone, desde nuestros primeros años hasta los últimos, siempre estamos sobre las armas, y aun observando una disciplina más exacta que si estuviésemos en su presencia. Volved la vista a todas partes y os parecerá estar más bien en un campamento que en una ciudad, pues solo veréis muchas evoluciones, ataques y batallas. A este espíritu militar se atienen muchas de nuestras leyes. Siendo jóvenes todavía, vamos a cazar todas las mañanas, y en lo sucesivo siempre que nos lo permiten nuestras tareas, pues Licurgo nos recomendó este ejercicio como una imagen del peligro y la victoria.
»Mientras los jóvenes se entregan a él con ardor, les está permitido recorrer los campos y quitar cuanto les acomode. El mismo permiso tienen en la ciudad, y son dignos de elogios si no se les convence de hurto, pero si lo fuesen, son reprendidos y castigados. Esta ley ha suscitado censores contra Licurgo. Parece en efecto que debía inspirar a los jóvenes el gusto al desorden, al latrocinio, pero únicamente produce en ellos actividad y destreza; en los demás ciudadanos más vigilancia, y en unos y otros más hábito de prever los designios del enemigo, ponerle acechanzas y preservarse de las suyas.
»No olvidéis», me dijo Damonax al concluir, «que nuestra conversación solo ha versado sobre el espíritu de las leyes de Licurgo y las costumbres de los antiguos espartanos».