CAPÍTULO XLVIII.

Servicio militar de los espartanos.

Los espartanos están obligados a servir en el ejército desde la edad de veinte años hasta la de sesenta, y pasado este término están exentos de tomar las armas, a no ser que entre el enemigo en la Laconia.

Cuando se trata de levantar tropas, los éforos por medio de los heraldos mandan a los ciudadanos, desde la edad de veinte años hasta la que señala el edicto, que se presenten a servir en la infantería pesadamente armada o en la caballería, y se hace el mismo requerimiento a los operarios destinados a seguir al ejército.

Estando divididos en cinco tribus los ciudadanos, se ha repartido la infantería pesada en cinco regimientos, cada uno con cuatro batallones y dieciséis compañías. Consta cada batallón de doscientos sesenta hombres; y aun de quinientos doce. Además de los cinco regimientos existe un cuerpo de seiscientos hombres escogidos, que han decidido algunas veces la victoria. Las principales armas de un infante son la pica y el escudo; no cuento la espada, que es únicamente una especie de puñal que llevan en el cinto, y así es que fundan toda su esperanza en la pica. Decía un extranjero al ambicioso Agesilao: «¿Dónde fijáis los límites de la Laconia?». «En la punta de nuestras picas», le respondió.

Los infantes cubren su cuerpo con un escudo de bronce ovalado, escotado por ambas partes, y a veces por una sola, que termina en punta por ambos extremos, y tiene las letras iniciales del nombre de Lacedemonia. Por esta señal se reconoce la nación, pero es necesaria otra para reconocer al soldado, que está obligado a volver del combate con su escudo, bajo pena de infamia: consiste pues en que lleva grabado en el campo de esta arma el símbolo que le es propio. Uno de ellos se expuso a las chocarrerías de sus amigos escogiendo por emblema una mosca de tamaño natural. «Me acercaré tanto al enemigo», les dijo, «que él distinguirá esta insignia». El soldado se viste con una casaca roja, cuyo color se ha preferido a los demás a fin de que el enemigo no vea la sangre que hace derramar.

El día de la batalla, el rey, a imitación de Heracles, inmola una cabra mientras tocan las flautas la sonata de Cástor. En seguida entona el himno del combate, y todos los soldados con la frente coronada, lo repiten en coro. Después de este momento, tan terrible como hermoso, se peinan, asean el vestido, limpian sus armas, instan a los oficiales para que los lleven al campo del honor, se animan ellos mismos con rasgos de alegría, y marchan formados al compás de la flauta que excita o modera su valor. El rey se coloca en la primera fila, rodeado de cien jóvenes guerreros que deben, bajo pena de infamia, exponer la vida por salvar la del monarca, y de algunos atletas que ganaron el premio en los juegos públicos de la Grecia, y miran este puesto como una distinción la más gloriosa.

Es ignominioso para todo hombre el emprender la fuga, y entre los espartanos lo es hasta el pensarlo. Los ejemplos de cobardía, tan raros en otro tiempo, entregan al delincuente a todos los horrores de la infamia, de modo que no puede aspirar a ningún empleo; si está casado, ninguna familia quiere enlazar con la suya, y si no lo está, no puede enlazar con ninguna, porque parece que esta mancha es capaz de mancillar a toda su descendencia.

Los que mueren en el combate son enterrados como los demás ciudadanos, con el vestido encarnado y un ramo de olivo, símbolo de las virtudes guerreras entre los espartanos. Si se han distinguido, ponen sus nombres en sus sepulcros, y algunas veces la figura de un león; pero el que ha recibido la muerte volviendo la espalda al enemigo, queda privado de sepultura.

En la caballería no entran más que hombres sin experiencia, que carecen de vigor o celo. El ciudadano rico es quien suministra las armas y mantiene el caballo. Si este cuerpo ha logrado algunas ventajas, las ha debido a los soldados extranjeros de caballería que Lacedemonia tomaba a sueldo. En general los espartanos quieren mejor servir en la infantería porque, persuadidos de que el verdadero valor basta por sí mismo, quieren pelear cuerpo a cuerpo. Estaba yo cerca del rey Arquidamo cuando le presentaron el modelo de una máquina nuevamente inventada en Sicilia para lanzar los dardos, y después de haberla visto y examinado detenidamente, dijo: «Se acabó el valor».