CAPÍTULO XXIX.
Continuación de la biblioteca. — La astronomía y la geografía.
Se fue Calias luego que hubo concluido su discurso, y Euclides, dirigiéndose a mí, me dijo: «Hace mucho tiempo que he mandado buscar en Sicilia la obra de Petrón de Hímera, quien no solamente admitía la pluralidad de los mundos, sino que contaba ciento ochenta y tres. Siguiendo el ejemplo de los egipcios comparaba el universo a un triángulo: ponía sesenta mundos a cada lado y los tres restantes en los tres ángulos. En medio del triángulo es el campo de la verdad: allí, en una inmovilidad profunda, residen los ejemplares y las relaciones de las cosas que han existido y de las que existirán. Alrededor de estas esencias puras está la eternidad, de cuyo seno emana el tiempo que, semejante a un arroyo inagotable, corre y se difunde en esta multitud de mundos».
«Antes que vuestros filósofos», interrumpí yo, «hubiesen producido a lo largo tanta multitud de mundos, habían conocido con todos sus pormenores el que nosotros habitamos, y creo que no hay entre nosotros un cuerpo, del cual no hayan determinado la naturaleza, la magnitud y el movimiento». «Cada uno de ellos ha fundado su sistema. Habiéndose atrevido a decir Anaxágoras, en tiempo de nuestros padres, que la Luna era una tierra casi semejante a la nuestra y el Sol una tierra inflamada, lo tuvieron por impío y se vio en la precisión de huir de Atenas, pues el pueblo quería poner estos dos astros en la clase de los dioses».
«¿Y cómo se ha probado», dije yo, «que la Luna es semejante a la tierra?». «No se ha probado», me respondió, «pero así se ha creído. Hubo uno que dijo: “si hay montes en la Luna, la sombra de ellos en su superficie será quizás las manchas que a nuestra vista se ofrecen”. Al punto se dedujo que en la Luna había montañas, valles, ríos, llanuras y muchas ciudades. A continuación ha sido preciso conocer sus habitantes que, según Jenófanes, pasan su vida lo mismo que nosotros. Según algunos discípulos de Pitágoras, las plantas son allí más bellas, los animales quince veces más grandes y los días quince veces más largos que los nuestros». «Y sin duda», le dije yo, «serán los hombres quince veces más inteligentes que los de nuestro globo. Esta idea divierte mi imaginación. Como quiera que la naturaleza es todavía más rica por las variedades que por el número de las especies, distribuyo a mi arbitrio en los diferentes planetas varios pueblos que tienen uno, dos, tres o cuatro sentidos más que nosotros. En seguida comparo los genios con los que la Grecia ha producido, y os confieso que compadezco a Homero y a Pitágoras». «Demócrito», respondió Euclides, «ha salvado su gloria de este paralelo humillante. Persuadido quizás de la excelencia de nuestra especie, ha resuelto que los hombres son individualmente los mismos en todas partes; y, según dice, existimos a un mismo tiempo y de la misma manera sobre nuestro globo, sobre el de la Luna y en todos los mundos del universo».
«Se conviene generalmente hoy día», continuó Euclides, «en que los astros son de una forma esférica. En cuanto a su magnitud, no hace mucho tiempo que Anaxágoras decía que el sol es mayor que el Peloponeso, y Heráclito que solo tiene un pie de diámetro».
Después de largas correrías por el cielo volvimos a la tierra, y dije a Euclides: «En verdad que no hemos traído grandes verdades de tan largo viaje. Seremos sin duda más felices sin salir de entre nosotros, porque la mansión que habitan los hombres debe serles perfectamente conocida».
Euclides me preguntó que cómo podía sostenerse en equilibrio en medio de los aires una masa tan pesada como la tierra. «Esta dificultad jamás se me ha ocurrido», le respondí, «quizás sucede con la tierra lo mismo que con las estrellas y los planetas». «Para estos», replicó Euclides, «se han tomado precauciones a fin de evitar su caída; se les ha sujetado fuertemente a unas esferas más sólidas, tan trasparentes como el cristal, de suerte que las esferas giran y con ellas los cuerpos celestes; pero no vemos alrededor de nosotros ningún punto de apoyo para suspender la tierra. ¿En qué consiste, pues, que no se sumerge en el seno del fluido que la rodea? Es, dicen algunos, porque el aire no la rodea por todas partes; la tierra es como una montaña, cuyos cimientos o raíces se extienden sin límites hasta el seno del espacio, y nosotros estamos en la cumbre, donde podemos dormir tranquilamente. Otros hacen plana su parte inferior, a fin de que pueda reposar en un número mayor de columnas de aire o nadar sobre el agua. Pero en primer lugar, está casi demostrado que la tierra es de forma esférica. Por otra parte si se escoge el aire para sostenerla, este es muy débil; y si es el agua, se pregunta ¿en qué se apoya este líquido? Nuestros físicos han hallado en estos tiempos una vía más sencilla para desvanecer nuestros temores. En virtud de una ley general, dicen ellos, todos los cuerpos pesados propenden hacia un punto único, que es el centro del universo, centro de la tierra. Preciso es, pues, que las partes de esta en lugar de alejarse de este medio, se estrechen unas sobre otras para aproximarse.
»De aquí es fácil concebir cómo los globos que habitan alrededor de este globo, y aquellos en particular que se llaman antípodas, pueden sostenerse sin dificultad, déseles la posición que se quiera». «¿Y creéis», le pregunté, «que efectivamente hay hombres cuyos pies estén opuestos a los nuestros?» «Lo ignoro», respondió. «Aunque algunos autores han dejado descripciones de la tierra, es cierto que nadie la ha recorrido y que hasta ahora únicamente se conoce una ligera porción de su superficie. Debemos reírnos de su presunción cuando se les ve asegurar, sin la menor prueba, que la tierra está por todas partes rodeada del océano y que la Europa es tan grande como el Asia».
Pregunté a Euclides cuáles eran los países conocidos de los griegos y tuvo la bondad de satisfacer la curiosidad mía del modo siguiente: «Pitágoras y Tales dividieron el cielo en cinco zonas: dos heladas y dos templadas, y una que se extiende a lo largo del ecuador. Los hombres no pueden existir sino en una parte pequeña del globo, porque el exceso del frío y del calor no les ha permitido establecerse en las regiones cercanas a los polos y a la línea equinoccial, y así es que no se han multiplicado sino en los climas templados. No hay fundamento para dar en muchos mapas geográficos una figura circular a la porción de terreno que ocupan, pues la tierra habitada se extiende mucho menos del mediodía al norte que de oriente a poniente. Al norte del Ponto Euxino, tenemos las naciones escíticas, de las cuales unas cultivan la tierra y las otras andan errantes por sus vastos dominios; más allá habitan diferentes pueblos y entre otros los antropófagos. A la otra parte de este pueblo suponemos que hay desiertos inmensos.
»Al este, las conquistas de Darío nos han dado a conocer las naciones que se extienden hasta el Indo. Se dice que más allá de este río hay una nación tan grande como el resto del Asia, la cual es la India, de la que una pequeña parte está sometida a la Persia y lo restante está desconocido. Hacia el nordeste, más arriba del mar Caspio, hay varios pueblos cuyos nombres se nos ha trasmitido, añadiendo que los unos duermen seis meses seguidos, que los otros no tienen más que un ojo y que otros en fin tienen pies de cabra. Juzgad, pues, por estas relaciones acerca de nuestros conocimientos geográficos.
»Por la parte del oeste, hemos penetrado hasta las columnas de Heracles, y tenemos una idea confusa de las naciones que habitan las costas de la Iberia. El interior del país nos es absolutamente desconocido. Más allá de las columnas se abre un mar llamado Atlántico, y que, según las apariencias, se extiende hasta la parte oriental de la India; pero no concurren a él otras naves que las de Tiro y de Cartago, las cuales aún no se atreven a alejarse de la tierra; porque después de haber pasado el estrecho, unas bajan hacia el sur costeando el África y las otras dan vuelta hacia el norte.
»Se han hecho varias tentativas para extender la geografía por la parte del mediodía. Se dice que por disposición de Necao, que reinaba en Egipto cerca de doscientos años hace, partieron del golfo de Arabia unas naves tripuladas de fenicios y volvieron a Egipto dos años después por el estrecho de Cádiz. Se añade que otros navegantes han dado vuelta a esta parte del mundo, pero estas expediciones, aun suponiéndolas verdaderas, no han tenido resultado alguno. Después se contentaron con frecuentar las costas tanto orientales como occidentales del África, y en estas últimas establecieron los cartagineses un gran número de colonias. En cuanto a lo interior de este vasto país, hemos oído hablar de un camino que lo atraviesa todo, desde la ciudad de Tebas en Egipto hasta las columnas de Heracles. Se asegura también que existen muchas naciones grandes en esta parte de la tierra, pero de ellas solo existen los nombres.