CAPÍTULO XXXI.
Desavenencias entre Dionisio el joven, rey de Siracusa, y Dion su cuñado. — Viaje de Platón a Sicilia.
Desde que yo me hallaba en Grecia había recorrido las principales ciudades; pero poco satisfechos de estos viajes Filotas y yo, nos determinamos a recorrer con mayor detención todas las provincias, empezando por las del norte.
La víspera de nuestra marcha comimos en casa de Platón, adonde fui en compañía de Apolodoro y de Filotas. Allí encontramos a Espeusipo, su sobrino, a muchos de sus antiguos discípulos, y a Timoteo, tan celebrado por sus victorias. Dijéronnos que Platón estaba encerrado con Dion de Siracusa, que acababa de llegar de esta ciudad y que, precisado a dejar su patria seis a siete años antes, había vivido mucho tiempo en Atenas. A breve rato salieron a reunirse con nosotros, y Platón me pareció al principio inquieto y pensativo, pero en breve se manifestó otra vez según su genio naturalmente sereno, y mandó sacar la comida.
Reinaban en la mesa la decencia y el aseo. Algunos de los convidados se retiraron temprano y Dion les siguió luego. Quedamos todos prendados de su aspecto y sus discursos, y Platón nos dijo: «En la actualidad es víctima de la opresión, pero quizás lo será algún día de la independencia». Instole Timoteo para que se explicase y, accediendo a sus deseos, lo hizo en estos términos: «Hace treinta y dos años que, por razones y motivos largos de contar, tuve que hacer un viaje a Siracusa, donde a la sazón reinaba Dionisio. Quiso conocerme este príncipe, trató de colmarme de favores, esperando de mí lisonjas, y solo oyó verdades de mi boca. Omito hablaros ni de su favor que arrostré, ni de su venganza de que me costó trabajo evadirme. Entonces hice a favor de la filosofía una conquista de que debe honrarse, y es Dion, el mismo que acaba de salir de aquí: su hermana Aristómaca fue una de las dos mujeres con quienes Dionisio se casó en un mismo día. A las pláticas que yo tuve con Dion deberá su patria la independencia, si algún día es tan dichosa que puede recobrarla. Su alma, superior a las demás, se abrió a los primeros rayos de la luz, e inflamándose de repente con un violento amor a la virtud, renunció sin titubear a todas las pasiones que le habían antes degradado. Desde este momento se estremeció al pensar en la esclavitud a que su patria estaba reducida, y después de la muerte de Dionisio, cuya tiranía había durado treinta y ocho años, se aprovechó de la ocasión para trabajar por la felicidad de la Sicilia, dando sabios consejos al joven Dionisio, hijo y sucesor de este príncipe. Poco satisfecho con instruirle, velaba también en cuanto a la recta administración del estado; pero por más que quiso hacer, sus enemigos lograron precipitar a Dionisio en los más vergonzosos excesos. Esto no obstante, consiguió ponerme en gracia del príncipe, tanto que uno y otro me escribieron varias cartas expresivas instándome para que fuese a Siracusa.
»Con la esperanza de realizar mis ideas relativas al mejor gobierno, y establecer el reino de la justicia en los dominios del rey de Sicilia, me decidí a emprender el viaje. Hallé la corte de Dionisio llena de disensiones y turbulencias, siendo Dion al mismo tiempo el blanco de atroces calumnias». Al oír esto, Espeusipo interrumpió a Platón diciendo: «Mi tío no se atreve a contaros los honores que le hicieron, ni las satisfacciones que tuvo a su llegada. El rey le recibió al saltar en tierra, y habiéndole hecho subir en una carroza magnífica tirada de cuatro caballos blancos, le llevó en triunfo en medio de un pueblo inmenso que ocupaba la playa; mandó que a cualquier hora se le permitiese la entrada en palacio, y ofreció un pomposo sacrificio en acción de gracias por el beneficio que los dioses concedían a la Sicilia. En breve se vieron anticiparse los cortesanos a la reforma, desterrar el lujo de sus mesas y estudiar con afición las figuras geométricas que varios maestros describían en la arena extendida en las salas mismas del palacio».
«Los pueblos, atónitos al ver tan súbita mudanza, concibieron las esperanzas más halagüeñas, pero en breve llegaron a destruirlas los partidarios de la opresión. Me acusaron», añadió Platón, «de que favorecía la filosofía contra los intereses del trono, y despertaron las antiguas prevenciones contra Dion, mi amigo. Durante los primeros meses de mi mansión en Siracusa dediqué todo mi conato a destruirlas, pero lejos de conseguirlo, veía debilitarse el crédito de Dion de día en día.
»Cayó por casualidad en manos de Dionisio una carta que Dion escribió a los generales de Cartago, con quien la Sicilia estaba en guerra. El rey ocultó al principio su descontento, y aun se esforzó a fingir dándole pruebas de bondad; pero un día le llevó a la orilla del mar, le echa en cara su traición, y sin permitirle que hable una palabra, le hace embarcar al punto en una nave que al momento se hizo a la vela. Esta acción fue como un rayo que dejó absorta a la Sicilia y consternó a los amigos de Dion, temiendo todos que descargase también sobre nosotros. Pero a esta tempestad violenta sucedió de repente una profunda calma. El rey, lejos de perseguir a los amigos del proscrito, no perdonó medio alguno para tranquilizarlos, procurando consolarme a mí en particular y exhortándome a quedar a su lado; pero yo insistía siempre en esta alternativa: o el regreso de Dion o mi despedida. No pudiendo vencer mi resistencia, me hizo trasladar a la ciudadela en su mismo palacio. Cautivo y con guardias de vista vi a Dionisio manifestarme mayor terneza y cariño, y siendo nuestras pláticas cada día más frecuentes, corrió la voz de que yo era el único depositario del favor del monarca, cuya opinión me hizo odioso al pueblo y al ejército, que me imputaban los desarreglos del príncipe y las faltas de la administración pública. Estaba muy ajeno de ser yo el autor de nada de esto, pues a excepción de algunos preámbulos de ley, en los cuales trabajé desde mi llegada a Sicilia, había rehusado mezclarme en los negocios públicos, aun en aquel tiempo en que podía aliviar del peso de ellos a mi fiel compañero. En vano pedía yo el fin de su destierro y el mío, cuando se encendió la guerra con Cartago. Llamaron la atención de Dionisio nuevos cuidados, y no teniendo ya pretexto alguno para detenerme, consintió en mi partida, para lo cual hicimos una especie de tratado. Yo prometí volver a su lado luego que se hiciese la paz, y él me dio palabra de que volvería Dion al mismo tiempo. Tan pronto como aquella se realizó, escribió a este para que retardase un año su regreso, y a mí para que apresurase el mío. Le contesté inmediatamente que mi avanzada edad no me permitía emprender tan largo viaje, y que faltando él a su palabra quedaba yo libre de la mía; mas no por esto dejó de escribirme con mayor instancia, ya por sí directamente o ya por medio de mis amigos de Sicilia, unas veces por los filósofos de Italia y otras particularmente por Arquitas, que se había ido a Siracusa.
»Me pareció, en fin, que no debía ya resistir a tantas solicitudes. Costome mucho sentimiento el tener que dejar de nuevo mi retiro e ir en la edad de cerca de setenta años a hacer frente a un déspota altanero, cuyos caprichos son tan borrascosos como los mares que me era preciso atravesar; pero me hice cargo de que no hay virtud sin sacrificio. Espeusipo quiso acompañarme, y yo acepté sus ofrecimientos, lisonjeándome de que los atractivos de su genio seducirían al rey, si la fuerza de mis razones no podían convencerle. Partí en fin y llegué a Sicilia felizmente.
»Manifestose Dionisio enajenado de contento, como también la reina y toda la real familia. Tuve muchas conferencias con este príncipe relativas al destierro de Dion, pero no pude conseguir que hiciese una reconciliación necesaria a la prosperidad de su reino. Al cabo, tan cansado como él de mis importunaciones, empecé a quejarme de un viaje tan infructuoso como molesto. Estábamos en verano y quise aprovechar la estación para volver a mi patria. Valiose entonces de cuantas seducciones son imaginables para detenerme, y por último me prometió una de sus galeras; pero como quiera que al mismo tiempo era árbitro de retardar los preparativos, pasó la estación favorable para navegar sin que pudiese embarcarme.
»No me era posible escapar por el jardín sin conocimiento del centinela que guardaba la entrada. El rey, dueño de mi persona, empezaba ya a no reprimirse, y procedía sin miramiento alguno a la venta de los bienes de Dion, a pesar de la palabra que me dio de conservárselos, verificose la enajenación de una parte como quiso, sin dignarse hablarme de esto ni escuchar mis quejas. Mi situación se hacía más crítica de día en día; me vi precisado a salir del palacio, y me prohibieron no solo toda comunicación con mis amigos sino también el acercarme al rey. Únicamente oía hablar de sus quejas, de sus reconvenciones y de sus amenazas. Diéronme aviso de que corría riesgo mi vida, y en efecto unos satélites del tirano dijeron que me darían muerte si me encontraban. Hallé por fortuna un medio para enterar de mi situación a Arquitas y los demás amigos de Tarento. Antes de mi llegada les había dado Dionisio palabra de que podría dejar la Sicilia cuando me acomodase, y ellos me habían dado también la suya en garantía de la del monarca. La reclamé en esta ocasión, y de allí a poco tiempo llegaron unos diputados de Tarento, los cuales, después de haber desempeñado una comisión que había servido de pretexto para su embajada, consiguieron por fin la libertad mía.
»A mi regreso de Sicilia desembarqué en Élide y fui a los juegos olímpicos, donde Dion me prometió que se hallaría. Le conté el resultado de mi misión, e indignado de los nuevos ultrajes que yo acababa de recibir, exclamó de repente: “No se debe ya conducir a Dionisio a la escuela de la filosofía; sí a la de la adversidad, y yo voy a abrirle el camino de ella”. En el discurso de tres años me he valido de diversos pretextos para tenerle en la inacción; pero acaba de declararme que ya es tiempo de volar al socorro de su patria. Los principales habitantes de Siracusa, los de la servidumbre, solo esperan su llegada para romper el yugo. Yo he visto sus cartas; no piden ni tropas ni dinero, sino su nombre para autorizarlos y su presencia para reunirlos. Va otra vez al Peloponeso; allí levantará soldados, y luego que haya hecho sus preparativos, pasará a Sicilia».
Tal fue la relación de Platón. Nos despedimos de él, y al siguiente día partimos para la Beocia.