CAPÍTULO LXV.

Sócrates.

Sócrates era hijo de un escultor llamado Sofronisco, y de Fenareta; su madre era partera. Fijó alternativamente su atención en el estudio profundo de la naturaleza, las ciencias exactas y las bellas letras. Dejose ver en un tiempo en que dos clases de hombres se encargaban de recoger o esparcir nuevas luces: unos eran los filósofos, cuya mayor parte pasaban su vida meditando sobre la formación del universo y la esencia de los seres; y los otros los sofistas, que a favor de algunas nociones superficiales y de una elocuencia pomposa se entretenían en discurrir sobre todos los objetos de la moral y de la política, sin aclarar ninguno. Sócrates concurrió a oír a unos y otros, pero miró como inútiles las meditaciones de algunos filósofos y como peligroso el método de los sofistas que sostenían todas las doctrinas sin adoptar ninguna. De aquí dedujo que el único conocimiento necesario a los hombres era el de sus deberes; la única ocupación digna de los filósofos, la de instruir en ellos; y sometiendo al examen de la razón nuestras relaciones con los dioses y nuestros semejantes, se atuvo a aquella teología sencilla cuya voz habían escuchado las naciones tranquilamente después de una larga sucesión de siglos.

Este grande hombre no manifestó su modo de pensar con respecto a la naturaleza de la divinidad, pero se explicó siempre con claridad sobre su existencia y su providencia. Reconoció un Dios único autor y conservador del universo, e inferiores a él unos dioses formados por su mano, revestidos de una parte de su autoridad y dignos de nuestra veneración.

No se detuvo a indagar el origen del mal, que reina en el orden moral como en el físico, pero conoció los bienes y los males que constituyen la dicha y la desdicha del hombre, y fundó su moral sobre este conocimiento.

Penetrado de su doctrina, la cual enseña que la verdadera dicha del hombre consiste en la virtud, concibió el proyecto tan extraordinario como interesante de destruir, si era aún tiempo de ello, los errores y las preocupaciones que son la causa de la desgracia y la vergüenza de la humanidad. Viose pues un simple particular, sin nacimiento, sin crédito, sin ninguna mira de interés o de gloria, encargarse del penoso cuidado de instruir a los hombres y conducirlos a la virtud por medio de la verdad; nunca trató de mezclarse en los asuntos del gobierno, pues tenía que cumplir con otras obligaciones más nobles, y así decía que formando buenos ciudadanos multiplicaba los servicios que debía a su patria.

No teniendo intención ni de anunciar sus proyectos de reforma, ni de precipitar su ejecución, no compuso obra ninguna, ni hizo alarde de reunir a sus oyentes en horas determinadas. Pero en las plazas y en los paseos públicos, en las tertulias distinguidas y en medio del pueblo, aprovechaba cualquier ocasión para instruir en sus verdaderos intereses al magistrado, al artesano, al labrador, en una palabra a todos sus hermanos; pues bajo este aspecto miraba a todos los hombres.

Sus lecciones eran verdaderamente conversaciones familiares en que daban materia para ellas las circunstancias. Unas veces leía con sus discípulos los escritos de los sabios que le habían precedido, repitiendo la lectura porque sabía que, para perseverar en el amor del bien, suele ser preciso convencerse de nuevo de las verdades de que uno está convencido; otras veces explicaba la naturaleza de la justicia, de la ciencia y del verdadero bien. «Perezca», exclamaba entonces, «la memoria del primero que se atrevió a hacer distinción entre lo justo y lo útil».

Habiendo nacido con una ciega inclinación al vicio, fue durante su vida el modelo de todas las virtudes. Le costó trabajo reprimir la violencia de su carácter, pero al fin le hizo invencible su paciencia. El mal genio de Jantipa, su esposa, jamás turbó la quietud de su alma ni la serenidad que se notaba en su frente. Levantó un día la mano contra su esclavo y se contuvo, diciendo: «Si no fuera porque estoy encolerizado...». Había prevenido a sus amigos que le advirtiesen cuando notasen alguna alteración en la voz o en el semblante.

A pesar de su pobreza, no quiso paga alguna por las lecciones que daba, ni aceptó nunca las ofertas de sus discípulos. Algunas personas ricas de la Grecia le instaron para que se fuese a su casa, mas él se excusó, y cuando Arquelao, rey de Macedonia, le ofreció un acomodo en su corte, lo rehusó también bajo pretexto de que no se hallaba en disposición de volverle beneficio por beneficio.

Esto no obstante, no era desaliñado en lo exterior, aunque siempre indicaba la medianía de su fortuna. Este aseo era conforme con las ideas de orden y decencia que dirigían sus acciones, y el cuidado que tenía en la conservación de su salud era también correspondiente al deseo que tenía de conservar su ánimo libre y tranquilo. En aquellas comidas en que el placer degenera a veces en licencia, sus amigos admiraban siempre su frugalidad, y en su conducta respetaban sus enemigos la pureza de sus costumbres.

Sirvió en varias campañas, y en todas dio ejemplo de valor y de obediencia. Así es que en el sitio de Potidea se le vio sufrir el frío más riguroso, y andar descalzo por el hielo cuando los soldados no se atrevían a salir de sus tiendas. En la batalla de Delio fue de los últimos que se retiraron al lado del general, marchando despacio y siempre peleando, hasta que habiendo visto al joven Jenofonte rendido de cansancio y caído del caballo, lo tomó a cuestas y le puso en salvo. El general, llamado Laques, confesó después que hubiera podido contar con la victoria si todo el mundo se hubiese portado como Sócrates.

Solía divertirse algunas veces hablando de la semejanza que tenían sus facciones con las del dios Sileno. Era de genio festivo y placentero, de carácter firme y consecuente; tenía gracia particular para hacer la verdad palpable e interesante: sus discursos carecían de adornos pero no de elevación, manifestándose siempre en ellos la propiedad en las palabras así como el enlace y la exactitud de las ideas. Decía que Aspasia le había dado lecciones de retórica, dando a entender sin duda que a su lado había aprendido a explicarse con más gracia. Tuvo amistad con esta mujer célebre, con Pericles, Eurípides y los hombres más distinguidos de su siglo, pero sus discípulos fueron siempre sus verdaderos amigos; estos le adoraban, y yo mismo los he visto enternecerse al acordarse de él mucho tiempo después de su muerte.

Mientras conferenciaba con ellos, les hablaba frecuentemente de un genio que lo acompañaba desde su infancia y cuyas inspiraciones jamás le inducían a emprender cosa alguna, antes bien le solían contener cuando iba a ejecutar. Si le consultaban sobre algún proyecto que podía tener algún mal resultado, se hacía oír la voz secreta, y si había de salir bien, guardaba silencio. Entonces tomaba sin duda sus presentimientos por inspiraciones divinas, y atribuía a una causa sobrenatural los efectos de su prudencia o de la casualidad.

Jamás tuvieron los atenienses con este gran filósofo las consideraciones de que era digno. Aristófanes, Eupolis y Amipsias le pusieron en ridículo sacándole al teatro, tratando así de burlarse de su pretendido genio y de sus largas meditaciones. Aristófanes le representó suspendido del suelo, asimilando sus pensamientos al aire sutil y ligero que respiraba, invocando las diosas tutelares de los sofistas, las Nubes, cuya voz creía oír en medio de las nieblas y tinieblas que le rodeaban. Era preciso desconceptuarle con el pueblo, y para ello le acusa el poeta de enseñar a los jóvenes a despreciar a los dioses y engañar a los hombres.

Dicen que Sócrates no se desdeñó de asistir a la primera representación, porque semejantes insultos no alteraban su constancia, ni más ni menos que los otros acontecimientos de su vida. «Yo debo corregirme», decía, «si las reconvenciones de estos autores son fundadas, y si no lo son, despreciarlas».

Veinticuatro años habían pasado ya desde la representación de Las Nubes, pareciendo que había pasado también para él el tiempo de las persecuciones, cuando recibió la inesperada noticia de que un joven llamado Meleto acababa de denunciarle al segundo arconte como a un enemigo de los dioses y un corruptor de la juventud, pidiendo contra él la pena de muerte. Sirviéronse de Meleto, como instrumento de su odio, otros dos acusadores más poderosos llamados Ánito y Licón.

El denunciador, persiguiendo a Sócrates como a un impío, debía prometerse que le perdería porque el pueblo admitía siempre con calor esta clase de acusaciones; por otra parte, persiguiéndole como a un corruptor de la juventud, a favor de una acusación tan vaga, podía recordar por incidencia y sin riesgo alguno las opiniones que el acusado había manifestado contra el gobierno popular, establecido desde la expulsión de los treinta tiranos, entre los cuales se contaba Critias, uno de los discípulos de Sócrates. Mantúvose este quieto durante los primeros trámites de la causa, pero sus discípulos atemorizados se apresuraron a conjurar la tempestad. El célebre Lisias hizo en su favor un discurso persuasivo y capaz de conmover a los jueces, pero Sócrates, aunque reconoció los talentos del orador, no encontró en el discurso el lenguaje vigoroso de la inocencia. Un amigo suyo llamado Hermógenes le rogó un día que trabajase en su defensa, y Sócrates respondió: «Me he ocupado en ella desde que respiro... Examínese mi vida entera y en ella se hallará mi apología. La posteridad se pronunciará entre mis jueces y yo: hará recaer el oprobio sobre su memoria y cuidará de la mía, y me hará la justicia de creer que, lejos de pensar en corromper a mis compatriotas, únicamente me he dedicado a hacerlos mejores».

Estas eran sus disposiciones cuando le citaron para comparecer ante el tribunal de los heliastas, al cual acababa de remitir el proceso el arconte rey, y que en esta ocasión se compuso de quinientos jueces. Meleto y los demás acusadores habían plenamente concertado sus planes, y en sus arengas, sostenidos de todo el prestigio de la elocuencia, habían reunido con mucho estudio todas las circunstancias a propósito para prevenir a los jueces. Voy a referir algunos de sus alegatos.

Primer delito de Sócrates: Que no admite las divinidades de Atenas, aunque según la ley de Dracón, todo ciudadano está obligado a honrarlas.

Segundo delito de Sócrates: Que pervierte la juventud de Atenas.

Muchos amigos de Sócrates tomaron su defensa: otros escribieron en su favor, y Meleto hubiera quedado vencido si no hubiesen acudido en su auxilio Ánito y Licón.

Defendiose el acusado para obedecer a la ley, pero lo hizo con la firmeza de la inocencia y la dignidad de la virtud. La mayor parte de los jueces eran gentes ordinarias, sin luces ni principios: unos tuvieron su firmeza por un insulto, otros se ofendieron de los elogios que se dio a sí mismo, y habiendo procedido a la sentencia le declararon reo y convicto. Sus enemigos ganaron por la diferencia de algunos votos, y aun hubiesen tenido menos y hubiera recaído sobre ellos el castigo si Sócrates hubiese hecho el más leve esfuerzo para conmover a sus jueces.

Según la jurisprudencia de Atenas, era menester segunda sentencia para imponer la pena. Meleto en su acusación pedía la de muerte, y Sócrates podía escoger entre una multa, el destierro o el encierro perpetuo; pero tomando otra vez la palabra, dijo que se encontraría culpable si se impusiese a sí mismo el castigo más leve, cuando, en recompensa de los grandes servicios que había hecho a la república, era acreedor a que le mantuviesen en el Pritaneo a expensas del público. Al oír esto, ochenta de los jueces que habían votado a su favor se pusieron de parte del acusador, y se pronunció una sentencia de muerte, expresando que terminase el veneno los días del acusado.

Sócrates la oyó con la serenidad de un hombre que toda su vida había estado aprendiendo a morir. Cuando salió del palacio para ir a la cárcel, no se advirtió alteración alguna en su semblante ni en su andar, y viendo él que sus discípulos le acompañaban vertiendo llanto: «¿Y por qué», les dijo, «no habéis llorado hasta hoy? ¿Ignorabais que cuando la naturaleza me concedió la vida, me condenó a perderla?». Al mismo tiempo vio pasar a Ánito, y dijo a sus amigos: «¡Mirad cuán envanecido y altivo está de su triunfo! Pero ignora que la victoria queda siempre para el hombre virtuoso».

El día siguiente de su sentencia, el sacerdote de Apolo puso una corona en la popa de la galera que lleva todos los años a Delos las ofrendas de los atenienses, y desde que se hace la ceremonia hasta que ha vuelto la nave, la ley prohíbe que se ejecute ninguna sentencia de muerte. Con este motivo pasó Sócrates treinta días en la cárcel rodeado de sus discípulos, los cuales para aliviar su dolor iban todos los días a recibir sus miradas y sus palabras, que a cada instante creían oírlas por la vez postrera.

Un día al despertarse, vio sentado junto a su cama a Critón, que era uno de los que él más quería, y le dijo: «¿Por qué habéis venido hoy más temprano que otros días?». «Por una novedad fatal, no para vos, sino para mí y vuestros amigos: la novedad más cruel y más horrible que puede haber». «¿Ha vuelto la nave?». «Ayer tarde la vieron en Sunio, hoy llegará sin duda, y mañana será el día de vuestra muerte». «Sea en hora buena, pues tal es la voluntad de los dioses».

Entonces Critón le participó que, unido con otros amigos, había tomado la resolución de sacarlo de la cárcel, que todo estaba dispuesto para la noche próxima, y que le proporcionarían en Tesalia un cómodo retiro para vivir tranquilo. «¡Ay, mi querido Critón!», le respondió, «vuestro celo no está conforme con los principios que siempre me he propuesto seguir y que nunca abandonaré a pesar de los tormentos más rigurosos. Habiendo declarado que preferiría la muerte al destierro, ¿crees tú que yo iría, siendo infiel a mi palabra así como a mi deber, a mostrar a las naciones lejanas a Sócrates proscrito, humillado, convertido en infractor de las leyes y enemigo de la autoridad, por conservar algunos días más la vida entre pesares y deshonra? ¿Iría yo a perpetuar la memoria de mi debilidad y de mi crimen, y no atreverme a pronunciar las palabras de virtud y de justicia sin avergonzarme de mí mismo y excitar contra mí las más agudas recriminaciones? No, amigo mío; estaos quietos, y dejadme seguir el camino que me han señalado los dioses».

A los dos días de esta conversación, pasaron a la cárcel los once magistrados encargados de la ejecución de las sentencias de los criminales, le quitaron las cadenas y le notificaron que había llegado la hora de su muerte. Entraron después de esto muchos discípulos suyos, y hallaron a su lado a Jantipa, que tenía en brazos a su hijo menor, y apenas ella los vio, exclamó con voz interrumpida de sollozos. «¡Ay, ved ahí por última vez a vuestros amigos!». Sócrates suplicó a Critón que la llevasen a su casa, y la sacaron de allí, dando gritos dolorosos y arañándose la cara.

Jamás se mostró a sus discípulos con tanta serenidad y espíritu. En su última conversación les dijo que a nadie le es permitido atentar contra su vida, porque estando en la tierra como colocados en un puesto, no debemos dejarle sin permiso de los dioses; que en cuanto a él, conformándose con su voluntad, suspiraba el momento que le pondría en posesión de la dicha que había tratado de merecer por su conducta. Pasando de aquí al dogma de la inmortalidad del alma, lo fundó en una multitud de pruebas que justificaban sus esperanzas.

Luego entró en un cuartito para bañarse, a donde le siguió Critón, y los demás amigos se quedaron hablando de los discursos que acababan de oír y del estado a que iba a reducirles su muerte.

Presentáronle sus tres hijos, dos de los cuales eran de edad muy tierna, y habiendo hecho algunas prevenciones a las mujeres que los habían llevado, las despidió, y volvió a juntarse con sus amigos.

A breve rato entró el carcelero que le llevaba el veneno. «Estoy cierto», dijo a Sócrates, «de que no me atribuís vuestro infortunio, pues harto conocéis a los autores. Quedad con dios, y procurad someteros a la necesidad». Las lágrimas apenas le permitieron acabar, y se fue a un rincón de la cárcel para derramarlas libremente. «Adiós», le respondió Sócrates, «seguiré vuestro consejo», y volviéndose hacia sus amigos les dijo: «¡Qué buen corazón tiene este hombre! Mientras he estado aquí ha venido algunas veces a darme conversación... Mirad cómo llora... Critón, es preciso obedecerle; que traigan el veneno si está preparado, y si no, que lo preparen al momento».

Critón le hizo presente que el sol no se había puesto todavía, y que otros habían tenido la libertad de prolongar su vida algunas horas más. «Tendrían sus razones», contestó Sócrates, «y yo tengo las mías para obrar de otro modo».

Entonces Critón dio sus órdenes, y cuando todo estuvo pronto, un criado le trajo la copa fatal, y Sócrates le preguntó qué era lo que tenía que hacer. «Pasearos después de haber tomado la pócima», respondió el hombre, «y echaros boca arriba cuando sintáis que os flaquean las piernas». Entonces, sin inmutarse y con mano firme tomó la copa, dirigió sus oraciones a los dioses y la llevó a sus labios.

En aquel terrible momento quedaron suspensos y horrorizados los ánimos de todos, y derramaron lágrimas espontáneamente, aumentándose los sollozos al oír los lamentos del joven Apolodoro, que, después de haber llorado todo el día, andaba por la cárcel dando espantosos alaridos. «¿Qué es lo que hacéis, amigos míos?», les dijo Sócrates con la mayor serenidad. «Mandé salir de aquí a las mujeres para no ser testigo de semejantes debilidades: cobrad ánimo; siempre he oído decir que la muerte debía ir acompañada de buenos augurios».

En tanto, no dejaba de pasearse, pero luego que sintió pesadez en sus piernas, se echó en la cama y se tapó con el manto. El criado mostraba a los circunstantes los progresos sucesivos del veneno: heló sus pies y manos un frío mortal, y estaba cerca de insinuarse en el corazón, cuando Sócrates levantó el manto y dijo a Critón: «Debemos un gallo a Esculapio; no olvidéis el cumplimiento de este voto». «Quedaréis satisfecho», respondió Critón, «¿pero no tenéis otra cosa que advertirnos?». No respondió. Un instante después hizo un leve movimiento; el criado le destapó, recibió su última mirada y Critón le cerró los ojos.

Así murió el hombre más religioso, el más virtuoso y feliz, el único quizás que, sin temor de que le desmintieran, pudo decir en alta voz: «Nunca cometí la menor injusticia, ni con mis obras ni con mis palabras».