CAPÍTULO LXXII.
Descripción de Samos. — Polícrates.
Cuando se entra en la rada de Samos, se ve a la derecha el promontorio de Poseidón, en cuya cumbre hay un templo consagrado a este dios; a la izquierda están el templo de Hera y muchos edificios hermosos esparcidos por entre los árboles que dan sombra a las orillas del Ímbraso; y enfrente, la ciudad situada a lo largo en parte del mar y en parte de la ladera de un monte que se eleva por el lado del norte. Esta isla tiene seiscientos estadios (cerca de 20 leguas) de circunferencia.
La ciudad sobresale entre todas las que poseen los griegos y los bárbaros en el continente inmediato. Se apresuraron a enseñarnos las singularidades. La más admirable de todas es el templo de Hera, construido, según dicen, hacia el tiempo de la guerra de Troya, y reedificado en estos últimos siglos por el arquitecto Reco. Es de orden dórico, y aunque hay otros más elegantes, no he visto ninguno tan vasto como este. Está situado a corta distancia del mar, en las márgenes del Ímbraso, en el mismo sitio que la diosa honró con sus primeras miradas. Se cree, en efecto, que nació bajo uno de aquellos arbustos, llamados agnus castus, que son muy comunes en aquella ribera. Este edificio tan respetable ha gozado siempre del derecho de asilo.
La estatua de Hera nos ofreció los primeros ensayos de la escultura. El sacerdote que nos acompañaba nos dijo que anteriormente un simple leño recibía en aquellos santos lugares el homenaje de los samios; que entonces representaban en todas partes a los dioses con troncos de árboles o con piedras, ya cuadradas ya de figura cónica; que estos monumentos toscos subsisten todavía, y los veneran en muchos templos antiguos y modernos, servidos por ministros tan ignorantes como los escitas bárbaros que adoran una cimitarra.
Preguntamos al sacerdote qué significaban dos pavos reales de bronce puestos al pie de la estatua, y nos respondió que estas aves gustan mucho de la isla de Samos, que las han consagrado a Hera, que las representan en la moneda corriente, y que de esta isla han pasado a la Grecia. También le preguntamos para qué servía un cajón en que estaba plantado un arbusto. «Es», nos respondió, «el mismo agnus castus que sirvió de cuna a la diosa; tiene todo su verdor», añadió, «y no obstante es más viejo que todos esos árboles sagrados que hace tantos siglos se conservan en diferentes templos». Habiéndole preguntado, además, que por qué estaba la diosa con vestido de boda, nos dijo: «Porque se casó en Samos con Zeus. La prueba de ello es clara», añadió, «pues tenemos una fiesta en que celebramos el aniversario de su himeneo».
Vimos después aquella confusión de estatuas que rodean el templo, y entre ellas contemplamos tres colosales, obra del célebre Mirón, puestas en una misma base, y representando a Zeus, Atenea y Heracles. Vimos también las de Apolo de Telecles y de Teodoro, dos artistas que habiendo adquirido los principios del arte en Egipto, aprendieron de sus maestros a asociarse para ejecutar una misma obra; el primero vivía en Samos y el segundo en Éfeso. Después de haberse convenido en las proporciones que debía tener la figura, el uno se encargó de la parte superior y el otro de la inferior, y reunidas después, vinieron tan bien, que cualquiera las tendría por obra de una misma mano. Preciso es convenir, no obstante, en que Apolo es más recomendable por la exactitud de las proporciones que por las bellezas de los pormenores; pero entonces no había hecho todavía grandes progresos la escultura.
La historia de los samios suministra rasgos interesantes para la de las letras, de las artes y del comercio. Entre los hombres célebres que ha dado esta isla citaré a Creófilo, que dicen mereció el reconocimiento de Homero, dándole acogida en su miseria, y el de la posteridad, conservándonos sus escritos; y a Pitágoras, cuyo nombre bastaría para ilustrar el siglo más hermoso y el mayor imperio. A continuación de este, aunque en grado inferior, pondremos a dos contemporáneos suyos, que son Reco y Teodoro, escultores hábiles en su tiempo, y que después de haber perfeccionado, según se dice, la regla, el nivel y otros instrumentos útiles, descubrieron el secreto de forjar las estatuas de hierro y nuevos medios para fundir las de cobre.
La tierra de Samos no solamente tiene propiedades de que hace uso la medicina, sino que se convierte también, bajo la mano de muchos artífices, en vasos muy estimados en todas partes.
Samos nunca ha dejado de aumentar y ejercitar su marina. Así es que salieron muchas veces de sus puertos, y durante algún tiempo sostuvieron la libertad contra los esfuerzos de los persas y de las potencias de la Grecia, deseosas siempre de reunir a su dominio la marina de los samios; pero también se vio más de una vez suscitarse disensiones civiles en su seno, y después de largas contiendas, terminar con el establecimiento de la tiranía, que es lo que sucedió en tiempo de Polícrates.
Hacen uso para mantener al pueblo en la obediencia, ya de fiestas y de espectáculos, ya de la violencia y la crueldad; distraerle del sentimiento de sus males, conduciéndole a célebres conquistas, y del de sus fuerzas, sujetándole a trabajos penosos; apoderarse de las rentas del estado y algunas veces de las de los particulares; rodearse de satélites y de un cuerpo de tropas extranjeras; encerrarse en caso necesario en una fuerte ciudadela; saber engañar a los hombres y burlarse de los juramentos más sagrados; tales fueron los principios que dirigieron a Polícrates después de su elevación, de modo que pudiera intitularse la historia de su reinado: Arte de gobernar, para el uso de los tiranos.
Atento siempre a consolidar su poder, no lo estuvo menos a proteger las letras. Reunió cerca de su persona a los que las cultivaban, y en su biblioteca las mejores producciones del entendimiento humano. Entonces se vio un contraste extraordinario entre la filosofía y la poesía. Mientras Pitágoras, incapaz de sufrir la presencia de un déspota bárbaro, huía lejos de su patria oprimida, Anacreonte traía a Samos las gracias y los placeres. Se grangeó fácilmente la amistad de Polícrates, y celebrole con su lira, con el mismo ardor que si hubiese cantado el más virtuoso de los príncipes. A Polícrates, feliz en todas sus empresas, le parecía que nada le quedaba por desear. Sus pueblos se acostumbraban al yugo, se creían felices por sus victorias contra los rebeldes y las tropas de Lacedemonia y de Corinto; y dichosos por su fasto y los soberbios edificios que erigió a sus expensas, olvidaban la muerte que su príncipe dio a su hermano, el vicio de su usurpación, sus crueldades y sus perjurios. Él mismo no se acordaba ya de los sabios consejos de Amasis, rey de Egipto, con quien le habían unido tiempo hacía los vínculos de hospitalidad. «Vuestras prosperidades me espantan», escribía en una ocasión a Polícrates. «Deseo a las personas que estimo una mezcla de bienes y de males; porque una divinidad celosa no sufre que un mortal goce de una felicidad inalterable. Tratad de buscaros algunos trabajos y reveses para oponerlos a los favores obstinados de la fortuna».
Polícrates, sobresaltado por estas reflexiones, determinó consolidar su dicha haciendo un sacrificio que le costase algunos momentos de pesar. Llevaba en el dedo una esmeralda engastada en oro, en la cual Teodoro, de quien ya he hablado, grabó no sé qué asunto, obra tanto más preciosa, cuanto que el arte de grabar en piedra se hallaba todavía en la infancia entre los griegos. Embarcose pues en una galera, se alejó de la costa y echó al mar el anillo; pero de allí a pocos días se lo entregó uno de sus oficiales que le había encontrado en el vientre de un pez que compró. Al punto dio noticia de este suceso al rey Amasis, quien desde este momento cortó toda comunicación con Polícrates.
Verificáronse al cabo los temores de aquel rey, pues mientras Polícrates meditaba la conquista de la Jonia y de las islas del mar Egeo, el sátrapa de una provincia inmediata a sus estados y sometida al rey de Persia logró llevarle a su gobierno, y después de haberle dado muerte entre horribles tormentos, mandó que atasen su cuerpo a una cruz levantada en el monte Mícala, enfrente de Samos.
Después de su muerte experimentaron los isleños toda clase de tiranía; la de uno solo, la de los ricos, la del pueblo, la de los persas y de las potencias de la Grecia. Las guerras de Lacedemonia y de Atenas hicieron prevalecer entre ellos la oligarquía y la democracia. Los atenienses, haciéndose en fin dueños de la isla, la dividieron algunos años hace en dos mil porciones distribuidas por suerte entre otros tantos colonos encargados de cultivarlas. Neocles era uno de ellos, y se estableció en la isla con Queréstrata, su mujer. Aunque era mediano su haber, nos obligaron a aceptar hospedaje en su casa, y sus obsequios y los de aquellos habitantes prolongaron nuestra estancia en Samos.
Unas veces pasábamos el brazo de mar que separa la isla de la costa del Asia y nos divertíamos en cazar por el monte Mícala, y otras disfrutábamos del placer de la pesca al pie de este monte, hacia aquel paraje donde los griegos ganaron sobre la escuadra y el ejército de Jerjes aquella famosa victoria que consolidó el reposo de la Grecia.
A la vuelta de un corto viaje que hicimos para gozar de estas diversiones, encontramos a Neocles ocupado en los preparativos de una fiesta, y a Queréstrata recién parida. Acababa de poner nombre a su hijo, y le había dado el de Epicuro.[4] En tales ocasiones, los griegos tienen costumbre de convidar a comer a sus amigos: el convite fue numeroso y muy lucido; yo estaba a la cabecera de la mesa, entre un ateniense muy hablador y un samio que no decía palabra.
[4] Este es el célebre Epicuro que nació en el año tercero de la olimpiada ciento nueve (341 años antes de J. C.). En aquel año nació también el poeta Menandro.
Al principio fue muy estrepitosa la conversación entre los convidados, y en nuestro lado vaga y sin objeto, pero luego se hizo más sostenida y seria. El samio tenía aspecto sereno y continente grave, y estaba vestido de una ropa tan blanca como aseada. Yo le ofrecí sucesivamente vino, pescado, vaca y un plato de habas, pero nada admitió; no bebía más que agua ni comía más que hierbas. «Es un rígido pitagórico», me dijo al oído el ateniense, y de repente, levantando la voz: «hacemos mal en comer estos peces», dijo, «porque al principio habitábamos como ellos en el seno de los mares. Sí, nuestros primeros padres han sido peces; y no se puede dudar esto, pues lo dijo el filósofo Anaximandro. El dogma de la metempsicosis me da escrúpulos sobre el uso de las viandas; comiendo esa vaca me expongo a ser antropófago. En cuanto a las habas, es la sustancia que más participa de la materia animada, cuyas partículas son nuestras almas. Tomad flores de esta planta cuando empiezan a negrear, ponedlas en un vaso, metedlo debajo de tierra, quitad la cubierta a los noventa días, y hallaréis al fondo del vaso la cabeza de un niño. Pitágoras hizo este experimento».
Todos empezaron a dar carcajadas a costa de mi compañero de mesa, pero él guardaba silencio. «Mucho os apuran», le dije. «Bien lo conozco», respondió, «pero no contestaré nada: mal haría en tener razón en este momento..., refutar seriamente lo ridículo es aún mayor ridiculez. Pero no corro ningún riesgo con vosotros. Neocles me ha enterado de los motivos que habéis tenido para emprender tan largos viajes, sé que sois amantes de la verdad, y yo no tendré reparo en decírosla». Acepté su ofrecimiento, y después de comer tuvimos la conversación siguiente.