CAPÍTULO LXXVII.

Continuación del viaje a Delos. — Sobre las opiniones religiosas.

Interrumpió el discurso de Filocles un joven llamado Demofonte, a quien vimos conversar con un filósofo de la escuela de Elea, y habiéndose informado del asunto de que tratábamos: «No esperéis vuestra felicidad», nos dijo, «sino de vosotros mismos: yo también tenía mis dudas y acaban de aclarármelas. Sostengo, pues, que no hay dioses o que no se mezclan en las cosas de acá abajo».

«Hijo mío», respondió Filocles, «he visto muchos que, seducidos en tu edad por esa nueva doctrina, la han abjurado luego que no han tenido interés en sostenerla». Demofonte protestó que jamás se contradiría, y extendiose sobre los absurdos del culto religioso, insultando con desprecio la ignorancia del pueblo y mofándose de nuestras preocupaciones. «Escuchad», replicó Filocles, «nosotros no nos tenemos por infalibles, y por eso no debes tratar de humillarnos. Si estamos en el error, tu deber es el de ilustrarnos o compadecernos; porque la verdadera filosofía es dulce, compasiva y sobre todo modesta. Explícate claramente». «La naturaleza y el acaso», respondió el joven, «han ordenado todas las partes del universo, y la política de los legisladores ha sometido la sociedad a ciertas leyes. Estos misterios están ya descubiertos.

»Ahora bien», continuó Demofonte, «yo os pregunto si la sana moral podrá jamás estar conforme con una religión que únicamente propende a destruir nuestras costumbres, y si la suposición de un montón de dioses injustos y crueles no es la idea más extravagante que jamás ha podido caber en el entendimiento humano. Nosotros negamos su existencia; vosotros los habéis degradado vergonzosamente y sois más impíos que nosotros».

«Esos dioses», respondió Filocles, «son obra de nuestras manos, pues tienen nuestros vicios, y nos indignan más que a ti las debilidades que se les atribuye; pero si llegásemos a purificar el culto de las supersticiones que le desfiguran, ¿estarías dispuesto a dar a la divinidad el culto que le debemos?».

Demofonte. Probad que existe y que cuida de nosotros, y yo me postraré delante de ella.

Filocles. A ti te toca probar que no existe, pues niegas un dogma en posesión del cual están todos los pueblos desde tiempo inmemorial. Preguntas qué monumento atestigua la existencia de la divinidad, y yo respondo: el universo, el brillo deslumbrante y la marcha majestuosa de los astros, la organización de los cuerpos, la correspondencia de esa inmemorable cantidad de seres; en fin, ese conjunto y esos pormenores admirables que todos tienen el sello de una mano divina en que todo es grandeza, sabiduría, proporción y armonía, y añadiré el consentimiento de los pueblos, no para subyugar con la autoridad sino porque su persuasión, siempre conservada por la causa que la ha producido, es un testimonio incontestable de la impresión que han hecho siempre en los ánimos las bellezas encantadoras de la naturaleza.

»La razón, de acuerdo con mis sentidos, me manifiesta también el más excelente obrero en la obra más magnífica. Veo que anda un hombre, y de aquí deduzco que tiene interiormente un principio activo; sus pasos le conducen a donde quiere ir, e infiero que este mismo principio combina sus medios con el fin que se propone. Apliquemos este ejemplo. Toda la naturaleza está en movimiento, luego hay en ella un primer motor. Este movimiento está sujeto a un orden constante, luego existe una inteligencia suprema.

Demofonte. Estas pruebas no han contenido entre nosotros los progresos del ateísmo.

Filocles. Los debe únicamente a la presunción y a la ignorancia.

Demofonte. Los debe a los escritos de los filósofos. No ignoráis su modo de pensar sobre la existencia y la naturaleza de la divinidad.

Filocles. Se les tiene por sospechosos y se les acusa de ateísmo porque no respetan en nada las opiniones de la multitud, y porque aventuran unos principios cuyas consecuencias no prevén; porque explicando la formación y el mecanismo del universo servilmente adictos al método de los físicos, no llaman en su auxilio una causa sobrenatural. Los hay, aunque en corto número, que desechan formalmente esta causa, y sus soluciones son tan incomprensibles como insuficientes.

Demofonte. Se nos habla ya de un solo dios y ya de muchos; yo no veo pues, menos imperfecciones que opiniones en los atributos de la divinidad. Su sabiduría exige que ella mantenga el orden sobre la tierra, y sin embargo triunfa en ella el desorden. Es justa y yo padezco sin merecerlo.

Filocles. Desde el origen de las sociedades, se supuso que cuidaban de la administración del universo unos genios colocados en los astros; y viendo que parecían revestidos de gran poder, obtuvieron los homenajes de los mortales y se olvidaron casi en todas partes de adorar al soberano por rendir adoración a sus ministros. A pesar de esto, se conserva siempre su memoria entre los hombres y de ello encontrarás huellas más o menos conocidas en los más antiguos monumentos, y testimonios más formales en los escritos de los filósofos modernos. Véase la preeminencia que Homero concede a uno de los primeros objetos del culto público. Zeus es el padre de los dioses y de los hombres. Recorre la Grecia, y encontrarás al Ser único adorado en Arcadia desde tiempos remotos, bajo el nombre del Dios bueno por excelencia; en muchas ciudades, bajo el del Altísimo o Grandísimo.

»Escucha después a Timeo, Anaxágoras y Platón: el Dios único es quien ha ordenado la materia y producido el mundo. Escucha a Antístenes, discípulo de Sócrates: son adoradas muchas divinidades entre las naciones, pero la naturaleza solo indica una sola. Escucha en fin a los de la escuela de Pitágoras. Todos han considerado el universo como un ejército que se mueve a voluntad del general, como una vasta monarquía en que la plenitud del poder reside en el soberano.

Demofonte. Si el orden del universo emana de un Dios único, ¿por qué hay tantas desgracias y crímenes en la tierra? ¿Dónde está su poder, si no puede impedirlos? ¿Dónde su justicia, si no quiere?

Filocles. Ya me esperaba esta objeción que en todos se ha hecho y hará, y que es la única que se puede oponer. Si todos los hombres fuesen felices, no se rebelarían contra el autor de sus días; pero ellos padecen a su vista, y parece que él los abandona. Aquí mi razón confusa consulta a las tradiciones antiguas, y todas deponen a favor de una providencia. Pregunta a los sabios, y casi todos están de acuerdo sobre el fondo del dogma, pero titubean y están discordes en el modo de explicarlo. Hay algunos que dejan caer sobre estas tinieblas un rayo de luz que las ilumina. ¡Débiles mortales!, exclaman; cesad de mirar como males verdaderos la pobreza, la enfermedad y las desdichas que os vienen de afuera; estos accidentes que vuestra resignación puede convertir en beneficios, no son más que la consecuencia de las leyes necesarias a la conservación del universo. Entráis en el sistema general de las cosas, pero no sois más que una parte. Fuisteis ordenados al todo y el todo no fue ordenado a vosotros.

»Así pues, todo está bien en la naturaleza, excepto en la clase de seres donde todo debería estar mejor. Los cuerpos inanimados siguen sin resistencia los movimientos que se les imprime. Los animales, privados de razón, se entregan sin remordimiento al instinto que los arrastra. Los hombres son los únicos que se distinguen tanto por sus vicios como por su inteligencia. ¿Obedecen a la necesidad, como el resto de la naturaleza? ¿Por qué pueden resistir a sus inclinaciones? ¿Por qué recibieron estas luces que los extravían, este deseo de conocer a su autor, estas nociones del bien, estas preciosas lágrimas que les arranca una bella acción, este fin el más funesto (si no es el más bello de todos), cual es el de enternecerse por las desgracias de sus semejantes? A la vista de tantos privilegios que los caracterizan esencialmente, ¿no deben deducir que Dios, por vías que no está permitido a nosotros sondear, ha querido hacer fuertes pruebas de la facultad que tienen de deliberar y de elegir? Sin duda, si hay virtudes en la tierra, también hay en el cielo una justicia. El que no paga un tributo a la regla, debe una satisfacción a la regla. Empieza su vida en este mundo y la continua en una mansión en la que el inocente recibe el premio y el culpable expía sus crímenes hasta que se haya purificado.

»Ve aquí, Demofonte, el modo con que nuestros sabios justifican la providencia. No conocen otro mal que el vicio para nosotros, ni otro desenlace al escándalo que produce que un porvenir en que todas las cosas estarán en su lugar. Preguntar ahora por qué Dios no lo impidió desde el principio es preguntar por qué se ha hecho el universo según sus miras y no según las nuestras.

Demofonte. La religión no es más que un tejido de ideas pequeñas, de prácticas minuciosas.

Filocles. Ya he dicho que el culto público está torpemente desfigurado, y que mi objeto era exponerte sencillamente las opiniones de los filósofos que han reflexionado sobre las relaciones que tenemos con la divinidad. Duda de estas relaciones, si eres tan ciego que no las conoces; pero no digas que es degradar nuestras almas el separarlas de la masa de los seres, darles origen y destino el más brillante, y establecer entre ellas y el Ser supremo una comunicación de beneficio y de reconocimiento. ¿Quieres una moral pura y celestial que eleve tu espíritu y tus sentimientos? Estudia la doctrina y la conducta de Sócrates que únicamente vio en su sentencia, su prisión y su muerte los decretos de una sabiduría infinita, y no se dignó de abatirse hasta quejarse de la injusticia de sus enemigos. Contempla al mismo tiempo con Pitágoras las leyes de la armonía universal, y pon esta pintura ante tus ojos; regularidad en la distribución de los mundos, regularidad en la distribución de los cuerpos celestes, concurso de todas las voluntades en una sabia república, concurso de todos los movimientos en una alma virtuosa; todos los seres trabajando de acuerdo en la conservación del orden, y el orden conservando el universo y sus menores partes; un Dios autor de este plan sublime, y unos hombres destinados a ser por sus virtudes sus mismos cooperadores. Jamás hubo un sistema en que tanto resplandeciese el genio: nunca hubo cosa que diese idea más alta de la grandeza y la dignidad del hombre.