QUINTA CARTA DE APOLODORO.

El estado de la Grecia me tiene en un continuo sobresalto. Sus pueblos están debilitados y corrompidos. No hay leyes, no hay ciudadanos, no hay ya ideas de gloria ni amor alguno al bien público; por todas partes hay viles mercenarios por soldados, y bandidos en lugar de generales. Nuestras repúblicas no se reunirán ya nunca contra Filipo; sufrimos los insultos de este príncipe con el mismo valor que nuestros padres arrostraban los peligros, y la elocuencia impetuosa de Demóstenes no podrá sacarnos del letargo en que estamos sepultados.

Observad cómo Filipo, único confidente de sus secretos, solo dispensador de sus tesoros, general el más hábil de la Grecia y soldado el más valiente de su ejército, concibe, prevé, ejecuta por sí mismo; siempre está prevenido, se aprovecha de los acaecimientos cuando puede y cede a ellos cuando es preciso. Observad la perfecta disciplina de sus tropas siempre en continuo ejercicio, en todos tiempos al frente de ellas; haciéndolas marchar y contramarchar con una prontitud asombrosa desde la una a la otra parte de su reino, y que han aprendido de él, en fin, a no encontrar diferencia alguna entre invierno y verano, entre fatiga y descanso. Observad que si en lo interior de Macedonia se ven señales de los estragos de la guerra, él encuentra recursos abundantes en sus minas de oro, en los despojos de los pueblos que subyuga, y en el comercio de las naciones que empiezan a concurrir a los puertos, de que se ha apoderado en la Tesalia. Observad como desde su entronizamiento no tiene más que un objeto, que posee la constancia necesaria para seguirlo con lentitud, que no da el primer paso sin meditarlo, ni el segundo sin estar asegurado del acierto del primero; que es ansioso, insaciable de gloria, yendo a buscarla en los peligros, en la pelea, en los parajes donde se vende a precio más costoso. Observad, por último, que dirige siempre sus operaciones según los tiempos y los lugares: opone a las frecuentes sublevaciones de los tracios, ilirios y otros bárbaros, combates y victorias; a las naciones de la Grecia tentativas para probar sus fuerzas, apologías para justificar sus empresas; el arte de dividirlas para debilitarlas, y el de corromperlas para someterlas.

En vano nos lisonjeamos de que pasa el tiempo en los excesos y la disolución. Es inútil que la calumnia nos le represente como al hombre más despreciable y disoluto. El tiempo que gastan otros soberanos en aburrirse, él lo dedica a los placeres; el que ellos dedican al deleite, él lo dedica a cuidar de su reino. ¡Pluguiese a los dioses que, en lugar de los vicios que le atribuyen, tuviese defectos; que fuese obstinado en su opinión sin atender a la elección de sus ministros y generales, y que no tuviese vigilancia ni consecuencia en sus empresas! Filipo tiene quizás el defecto de admirar a los hombres de talento como si él no tuviese más que todos ellos. Un gran pensamiento le seduce, pero no le gobierna.

Mi querido Anacarsis, cuando yo reflexiono en la inmensa carrera que Filipo ha recorrido en tan pocos años, cuando pienso en este conjunto de prendas eminentes y de circunstancias favorables a su ambición, no puedo menos de concluir que nació para avasallar a la Grecia.