II

La comedia novelada de D. Eugenio Sellés, Icara, con satisfacer plenamente en la lectura, deja, no obstante, en nuestro espíritu el sinsabor que deja una vida truncada que nos pareció encaminarse á muy otro destino. No quiere esto decir que la serenidad del libro convenga menos, para una obra de serio y noble arte, que el bullicio de los teatros. Obras hay, en forma dramática, que nada ganarían al afrontar las luces de la batería: muchas de Byron; los admirables poemas de Browning; algunas comedias, quizás las mejores, de Musset. Pero Icara, no; se advierte, desde luego, que nació para el teatro, y todo en ella pide la expresión vigorosa que sólo en la representación escénica puede lograr la verdadera obra dramática. Icara se malogra en el libro. Y cuando público, crítica y empresarios se lamentan de que faltan autores y obras en consecuencia, ¿qué razones hay, que la razón no alcanza, para que Icara no haya sido representada? Descontemos la razón de méritos: tiene la obra muy sobrados, literarios y teatrales. Interesante asunto, de una importancia social que se sobrepone á lo que pudiera parecer de efímera actualidad. En cuanto á los papeles, razón suprema muchas veces para la admisión de una obra, nada dejan que desear al lucimiento de los actores. ¿Atrevimientos? Es el autor de Icara bien probado señor de la pluma, para temer groserías de pensamientos y de lenguaje en obra suya. ¿Por qué, entonces, Icara no ha sido representada? No ha muchos días nos ofreció una espléndida empresa minuciosa estadística de las obras representadas por su compañía; todo ello para blasonar, á más de un trabajo constante, de una amplitud de criterio que sería laudable si estuviéramos seguros de que era sincera. Lo cierto es que, sin contar las que han dejado de escribirse, en la seguridad de que no hubieran sido admitidas por ninguna empresa, acaso las mejores obras dramáticas de estos últimos años impresas andan sin haber logrado el favor de ese amplio criterio. Díganlo las tragedias bárbaras de Valle-Inclán Aguila de blasón y Romance de lobos; dígalo Icara; díganlo, del teatro extranjero, las verdaderas obras de arte: unas, traducidas para ser publicadas; otras, no traducidas por no perder el tiempo; mientras las empresas se desviven por traernos cualquier «comedieta» sin importancia ó cualquier dramón, al que se ha concedido demasiada. No es que me parezca mal, y cada uno en su casa es muy dueño de hacer lo que mejor le parezca y más crea que le conviene; pero no se pretenda darnos plaza de tontos, haciéndonos creer, cuando sólo se atiende á los legítimos ingresos de la contaduría, que se piensa, sobre todo, en los altos intereses del Arte.


El batallador obispo de Jaca, él pelea en Madrid y la diócesis á la puerta, se opone, en nombre de la religión cristiana, á la cremación de los cadáveres. No sabemos en qué texto sagrado podrá fundarse. No será, ciertamente, en el bíblico de la destrucción por el fuego ¡ay, Teresita! de las ciudades nefandas Sodoma y Gomorra. Si fuere, por dificultarse con la cremación, el prodigio final de la resurrección de la carne, grave ofensa de la divinidad, nos parece suponer que ha de serle más difícil resucitarnos de unas pavesas que de un montón de huesos. El que nos hizo de la nada, aun de la nada volverá á sacarnos, y, francamente, no valía la pena de molestarse.

No era preciso que el señor obispo de Jaca tronara desde tan alto contra la cremación. Sin consideraciones religiosas de tanto peso, ya basta contra ella la natural y humana repugnancia á desaparecer de modo tan terminante. Queremos aferrarnos á la vida hasta en la muerte; de ahí esa vanidad de monumentos funerarios, los epitafios rimbombantes, las esculturas que perpetúen nuestra forma mortal. Los más descreídos en la imperecedera existencia del alma creen todavía en lo imperecedero de la materia al través de transformaciones; acaso creen que aun han de renacer, con los jugos de la tierra, en la flor, en la mariposa; que su «yo», su soberbio «yo», ha de existir por siempre, aunque algo desperdigado. ¿Cómo es posible que al morir se anule por siempre tanta grandeza? ¡Perderse así nuestras opiniones políticas, nuestros entusiasmos artísticos, nuestras preocupaciones sociales! ¡Saber que nuestro juicio particular sobre los más notables contemporáneos no significará ya nada en la armonía universal! ¡Que habremos oído el vals de los besos de El conde de Luxemburgo para no recordarlo en toda una eternidad! ¿Qué significaría entonces esta vida nuestra? No es cosa de perder, por una medida de higiene y de estética como la cremación, las posibles transformaciones de nuestro cuerpo miserable. No defraudemos á los gusanos. ¡Es tan numerosa la fauna de los sepulcros! Hay libros muy interesantes en que se estudia. Hay gusanos especialistas de cada parte de nuestro apetitoso individuo: unos, para el corazón; otros, para roernos los sesos; otros, los más golosos, tienen á su cargo, como los del romance, «donde más pecado había». Tienen nombres distintos, nombres científicos, sonoros y expresivos. ¡Oh, es muy curioso! ¡Animalitos! ¡Hermanos gusanos!—como diría San Francisco.—La cremación sería una estafa para ellos. Dejemos á la Naturaleza completar su obra; sólo ella es sabia, sólo ella sabe lo que nos conviene. De este modo, las cenizas de Alejandro podrían tapar un barril de cerveza, como razona Hamlet en el cementerio. ¡Pobre príncipe! Aunque al morir sólo desea el silencio, como suprema paz para su espíritu, antes había soñado para sus cenizas la posible utilidad de tapar barriles. Todo, menos desaparecer del todo y para siempre.

He aquí por qué la cremación tiene tan pocos partidarios. Entre una sepultura en la tierra y una pequeña urna en poder de nuestros allegados... La tierra nos ofrece mayor seguridad. La familia puede que perdiera la urna en una mudanza.