XII
A la carta abierta que me dirige Caramanchel sólo he de contestar que, al referirme á la crítica, tratándose de El rey Lear, no me refería á la crítica de actualidad, sino al conjunto de críticas referentes, á las obras de Shakespeare. En todas ellas la excepción, por ser excepción, confirma la opinión general, se considera al rey Lear como víctima de sus dos hijas mayores, sin tener para nada en cuenta la desconsiderada conducta del rey con su hija menor, Cordelia. Regania y Gonerila son odiosas; pero es mucho cuento que sobre ellas caiga toda la culpa de las desdichas de su padre. Yo siempre he sentido cierta simpatía por Judas y por Pilatos cuando, en los sermones de Semana Santa, caen sobre ellos, desde esos púlpitos, los mayores improperios y los más terribles anatemas. No puedo por menos de considerar que si todo lo que sucedió en la Pasión y Muerte de Jesús estaba así ordenado; si Jesús sabía de antemano que Judas había de venderle y Pilatos entregarle al pueblo judío, Judas y Pilatos fueron víctimas del papel que les había tocado en suerte, y no hay para qué insultarlos cuando, sin su intervención, no hubieran podido cumplirse las Escrituras. Y ahí es nada; siendo Escrituras y cosa del pueblo judío, ¿cómo habían de dejar de cumplirse? Buenos son los judíos para no hacer cumplir sus escrituras. Del mismo modo Regania y Gonerila me inspiran compasión en fuerza de verlas tan maldecidas.
En cuanto á que nada nuevo puede decirse de Shakespeare y de sus obras, la crítica universal es buena demostración de lo contrario. Continuamente se publican estudios biográficos y críticos que aportan nuevos é interesantes datos al copioso caudal de la literatura shakespiriana.
Lo del carácter infantil y la sencilla psicología de los personajes de Shakespeare no lo dije como reproche, antes como excelencia de sus obras. Pero ¿hay nada más sencillo que la psicología de Otello? ¿Nada más infantil que su credulidad ante las burdas maquinaciones de Yago? ¿Hay nada más infantil que la conducta de Yago? Un malvado que nos avisa él mismo de que es un malvado. ¿Hay nada más infantil que Romeo y Julieta? Ni sería bien que fuera de otro modo. El mismo Hamlet, considerado como prototipo de la complejidad psicológica, ¿hay nada más ondulantemente rectilíneo, valga el contrasentido? No soy en nada opuesto, antes muy partidario, de las polémicas literarias, cuando se entablan sin animosidad personal y con la cortesía que Caramanchel no olvida nunca aun en sus críticas más apasionadas.
Respecto á Garavaglia, yo sólo quise hacer constar que si un actor español hubiera representado el Hamlet tan desdichadamente como el actor italiano, la rechifla hubiera sido soberana. Aparte las mutilaciones y alteraciones del texto, no justificadas por conveniencias escénicas, dígase qué momento de acierto tuvo Garavaglia en toda la obra. Falsa y en oposición con el texto su llegada á las murallas del castillo de Elsingor, cuando viene á esperar la aparición de su padre. Se presenta poseído ya del mayor espanto, y el texto indica, por lo contrario, que Hamlet, natural ó forzadamente, habla de cosas triviales como para distraer su pensamiento. Con el modo de entender Garavaglia la situación, además de tener que mutilar el texto, el momento de la aparición pierde toda su terrible grandeza.
Además, dado el carácter de Hamlet, que, aun después de ver y de oir al espectro de su padre, duda de la realidad de la aparición, debe llegar á las murallas del castillo creyendo que el espectro no ha de aparecerse; por eso mismo es mayor su espanto al verle aparecer.
Por este orden, pudiera citar caprichosas interpretaciones en cada situación de la obra. Sin duda Garavaglia estudió esta obra más cuidadoso de producir un efecto momentáneo de originalidad, de sugestión sobre el público. Si valiera mi consejo, yo le diría á Garavaglia con toda lealtad que, por algún tiempo, debiera dejar de representar el Hamlet y estudiarlo de nuevo, más atento al texto original que á los efectismos teatrales. Así hizo Talma muchas veces cuando creyó haberse equivocado en la interpretación de una obra.
Si los tiempos fueran de creer en presagios y en agüeros, bien podía dar qué pensar á los mejicanos la espantosa sacudida de terremotos que ha sucedido á la caída de D. Porfirio «Imperator». Quiera Dios, y quieran también los mejicanos, que esos materiales terremotos no sean anuncio de otras sacudidas en el orden público, económico y político de la que fué de nombre gran República y ahora puede serlo de nombre y de hecho. Aun no es llegado el día en que la fiel balanza de la Historia pueda pesar los méritos y las culpas de D. Porfirio. Como todos los grandes tiranos, fué la paz á su hora. Achaque es de todos los tiranos no conocer la hora en que ha de empezar á ser la justicia. Llegan á la suprema dictadura en momentos de perturbación de la conciencia pública; impone el orden, más que su propia fuerza, la misma fuerza del desorden, que ha llegado á ser intolerable, y no aciertan á darse cuenta como Chantecler, de que ellos sólo fueron el gallo que cantó á la hora de salir el sol, pero el sol no estaba sujeto á su quiquiriquí. La eterna historia de todos los tiranos; pero mala maestra debe ser la Historia cuando ninguno aprovecha sus avisos ni sus enseñanzas.
Alguien dirá que Méjico debía alguna gratitud á D. Porfirio, y que los mejicanos acaso debieron respetar su ancianidad, dejándole morir en su sitio. Los mejicanos responderán que también D. Porfirio debió respetar la mayor edad de Méjico. Es error de padres severos creer que los hijos son siempre niños. No aprendemos á calcular por nuestra edad la edad de los que hemos visto nacer. La dictadura había envejecido; el pueblo había dejado de ser niño. Esperemos que, en pleno uso de su razón, sepa justificar que puede gobernarse por sí solo.
En cuanto á D. Porfirio, bien pueden quedarle muchos años de vida para meditar en la realidad lo que no supo aprender en la Historia.
En una casa del mejor tono se celebra una suntuosa fiesta. De pronto, uno de los invitados se acerca al señor de la casa, dando muestras del mayor disgusto.
—Yo no hubiera querido decirle á usted nada; pero es tan horrible... Usted no puede saber quién es todo el mundo; recibe á tanta gente... Pero debe usted saberlo: aquel caballero, al parecer, tan distinguido...
—¿Qué?
—Acaba de quitarme el reloj.
—¿Qué me dice usted? ¿Está usted seguro?
—Sí, señor, sí; lo he visto, no me cabe duda; ha sido él.
—Descuide usted. Tendrá usted su reloj. Voy yo mismo...
—De ningún modo. Yo sólo quería advertirle á usted... pero no le diga usted nada; sería una escena violenta, desagradable.
—Déjeme usted, déjeme usted.
Al poco rato el señor de la casa vuelve y entrega su reloj al invitado; el invitado se deshace en excusas.
—¡Por Dios! Yo deploro... ¡Cuánto siento!... ¡Qué disgusto!... ¿Habrá sido una escena horrible?... ¿Qué le ha dicho usted? ¿Qué ha dicho él?... He debido callarme...
Y el señor de la casa, imperturbable:
—No se preocupe usted. Se lo he quitado sin que se enterara.