XIV
La revista Je Sais Tout abrió concurso para conceder un premio al más elegante ó al más práctico figurín de traje masculino. El resultado del concurso no ha sido muy brillante. La inventiva, ninguna. En el capítulo de las elegancias, todo es volver á la moda del año 30; en el capítulo del trapillo diario, no salimos de los modelos generalmente adoptados para campo, caza, automóvil, canoa ó aeroplano. De donde se deduce que la moda, tanto femenina como masculina, no es algo caprichoso que puede imponerse por dictadura: es producto de elaboración social; á la que todos contribuímos. Obra de evolución; nunca de revolución. En la moda, más que en nada, se observa el serpenteo, avance y retroceso alternados; que es el andar de la humanidad, según la escuela positivista.
La fantasía de un sastre, el humor de un dandy, no cambiarán la tendencia niveladora del traje masculino en nuestro tiempo. La aspiración social es la confusión de clases. Va desapareciendo el sombrero de copa, que ha venido á quedar en algo así como prenda de uniforme honorario, para lucirlo sólo en determinadas solemnidades. La levita sigue la suerte de su inseparable aditamento el sombrero de copa. Desaparece también la capa, y el sombrero flexible, intermedio entre la gorrilla y el hongo, iguala al artesano con el artista y al obrero con el empleado.
Por desgracia, la nivelación va también por dentro, y si desnivel hubiere, no está la mayor altura por lo más alto. Es posible que, si os volvéis en la calle al escuchar alguna palabrota, os encontréis con un señorito. El alcoholismo disminuye por días entre las clases populares; en cambio, ¡hay cada manga aristocrática en todas las aristocracias, y en la intelectual las más holgadas! Si hoy viviera Horacio, tendría que rectificar lo de: pauperum tabernas.
Mucho preocupa á las clases directoras cualquier huelga de obreros, al fin pasajera... ¡Si fueran á preocuparse por la constante huelga de señoritos! ¡Y quién sabe cuáles son más perturbadores de la vida social! ¡Y si holgaran sólo los incapaces, los verdaderamente inútiles! Al fin esos no pueden rendir mejor tributo al bien general, que el de consumir lo más pronto posible su hacienda y su vida. Pero ¡cuánta capacidad, cuántos buenos ingenios malogrados en esa huelga de voluntades pobres con inteligencias ricas! Cierto que el ambiente moral en nada favorece ni alienta al luchador; que es tierra la nuestra en que todo se le perdona al ocioso y nada al que trabaja. Pero ese ambiente ¿es causa, ó efecto? ¿No sería un lucido sport, no tan arriesgado como la aviación, el de sobreponerse á ese ambiente?
El Congreso Eucarístico va á presentarse muy bien. Esas tramoyas á lo divino requieren mucho gasto. Por fortuna, entre los fieles católicos figura la gente más adinerada. Convendría saber si tienen dinero por haber sido fieles católicos, ó si son fieles católicos porque tienen dinero. Yo no sé si continuará siendo más fácil que entre un camello por el ojo de una aguja que un rico en el reino de los cielos; pero un camello cargado de dinero entra por todas partes. Si el reino de los cielos se gana también por violencia, según textos sagrados, ¿no ha de producir su efecto amenazador, así en la tierra como en el cielo, ese alarde de número y de numerario, ese recuento de fuerzas con que nos asombrarán los buenos católicos? No, no están solitos, como los gallegos del cuento. Aunque el día en que les faltara el dinero puede que no estuvieran tan acompañados. Acaso faltarían los figurantes, parte la más lucida del espectáculo. Nos presentarán sus carrozas de gala, sus automóviles, su servidumbre, hasta sus colonos y sus guardas jurados y tal vez sus pastores, como en Belén. Hay que movilizar todas las fuerzas, como en un día de elecciones reñidas.
¡Pobres ilusos! Con estas aparatosas exhibiciones creen haber puesto el mejor pararrayos sobre el tinglado social que les cobija. ¡La Fe los salve!
La Exposición de perros y gatos será durante unos días, y desde el punto de vista de los perros y de los gatos, exposición de personas distinguidas. Si los perros y los gatos tienen un poco de imaginación, ¿por qué no han de creer que son ellos los espectadores, y señoras y caballeros los expuestos?—¡Qué amable es toda esta gente!—pensarán tal vez.—Se molestan en venir para que los veamos.
Para el perro y el gato de lujo la sociedad elegante es muy conocida. Los perros y los gatos son los que mejor viven en ella. Los criados lo saben: antes que á los señores hay que tener contentos al perro ó al gato favoritos.
Pero los perrazos de campo ¿qué pensarán de nuestra sociedad? ¿Volverán á sus soledades monteses llevando el germen de una revolución social? En adelante ¿no mirarán con más simpatía al lobo? ¿Y el día en que los perros se unieran á los lobos?... ¡Bah! Todavía quedarían los pastores, que, aunque dejaran de ser perros, no sabrían ser lobos.