XVII

Aquella Theroigne de Mericourt, intrépida amazona de la Revolución francesa, que, á consecuencia de una formidable azotina, administrada en público y á lo pajarero, se volvió loca de remate, bien parece un símbolo de lo que años después y por muy parecidos motivos había de sucederle á Francia.

¡Lástima de nación! Desde que, para desgracia de todo el mundo latino, fué derrotada por Alemania, apenas ha vuelto á dar señales de juicio. Ella, la encantadora, la atractiva, la adorable, se tornó hosca y atrabiliaria. Nos entristeció la vida con una literatura y un arte, que en futuras historias literarias se llamará de la derrota. Su delirio persecutorio tuvo su crisis aguda y terrible en aquel asunto Dreyfus, aun palpitante con el nombre de cuestión judía. ¿No es una pena ver renovarse, en la nación que debía ser faro del mundo civilizado, cuestiones de la Edad Media, y en la moderna, patrimonio de pueblos atrasados como Rusia? Con la inquietud y el malestar de su derrota, con el dolor de su mermado territorio, la nación que fué siempre más generosamente romántica en su política, á última hora y en plena República democrática se vé atacada de furia conquistadora y pone en juego artimañas y habilidades políticas, desacreditadas ya en todo el mundo, hasta en Inglaterra. Por fortuna, ya va siendo verdad práctica y practicada, que la honradez es la mejor política. Honesty is the best policy, que han dicho siempre los ingleses, por si los demás gustaban de practicarlo. Pero en estos últimos tiempos hay que convenir en que no son los ingleses los que se creen llamados á intervenir para poner orden en los desórdenes interiores de cualquier pueblo.

Y ahora, la conducta de Francia con España, ¿puede justificarse de ningún modo? Eramos buenos para tapadera de codicias; somos un estorbo á la hora en que se destapan. Mal corresponde, mal ha correspondido siempre Francia á nuestra debilidad por ella. Porque lo cierto es que nunca hemos podido odiarla; hemos sido con ella como esos enamorados de poco carácter, más rendidos á una mujer cuanto más lo desprecia y más se burla de ellos.

Hasta cuando hemos peleado con ella no hemos dejado de admirarla, y nuestro odio se personalizaba en los soberanos ó en los ministros, dejando siempre á salvo nuestra invencible simpatía por la nación francesa. Durante la guerra de la Independencia, la más nacional de cuantas sostuvimos contra Francia, el odio popular se fijaba sobre Napoleón y á él sólo se hacía responsable de la injusta guerra.

Hoy tampoco, aunque no haya un Napoleón en quien fijarse, no queremos ni podemos suponer que es toda Francia nuestra enemiga. Preferimos culpar á unos cuantos políticos, á unos cuantos periódicos, á una parte del organismo, irritada todavía por la funesta derrota, impaciente de glorias y desquites, vengan por donde vengan y sea como sea. Involuntariamente fuimos ocasión ó pretexto para el desastre. Quizás no nos lo han perdonado todavía, aunque parece que lo hayan olvidado muy pronto.


Los más terribles desengaños proceden casi siempre del desconocimiento de la realidad. En la supresión de los Consumos debimos limitarnos á considerar su aspecto estético y nada más. Todos los procedimientos para extraer dinero, como para extraer muelas, son desagradables, pero aquél lo era sobremanera, y aunque algunos aristocráticos escritores opinan que sólo habían de padecer sus molestias matuteros y gente de poco más ó menos, sólo el verlo ya era repugnante; había de salir más caro cualquier otro impuesto y podía darse por bien empleado. Pero hay quien no se conforma con este aspecto artístico y aspiraba ¡loca ceguedad! á un abaratamiento rápido y simultáneo de las subsistencias. ¡Qué desconocimiento del corazón humano en general y de los proveedores en particular!

En todo lo referente á subsistencias, los madrileños estaremos destinados de por vida al papel de víctimas en las aplaudidas obras de repertorio La corte de los venenos y Robo y envenenamiento.

Sobre todo, el inocente y parvulillo boquerón ha causado más estragos en estos días que un espantable cetáceo ó aquella mitológica serpiente de mar, tan socorrida como notición de los veranos del antiguo régimen. De la leche no hablemos, porque es antigua enemiga nuestra, y yo creo que la que produce los cólicos es la poca expendida en buenas condiciones, por la falta de costumbre. Cada madrileño llevamos un Mitrídates en esto de irnos haciendo día por día á ingerir toda clase de tósigos.


No sé hasta qué punto la pasión de partido podrá influir en los encomios ó en las censuras á la obra Carlos II y su corte, cuyo primer tomo acaba de publicar D. Gabriel Maura y Gamazo. Muy lamentable sería que la pasión interviniera al juzgarla, ocultando al público el verdadero mérito de la obra, haciendo creer á unos y á otros que se trataba de una obra toda conservadora. El autor es de los que merecen no pertenecer á ningún partido. En pocos libros de historia parecerá menos el amigo de Platón antes que de la verdad, sin que peque tampoco de esa glacial indiferencia que tan mal sienta en todo arte, aunque este arte sea el de historiar, más cercano á la ciencia.

Bien dice, sobre la noble serenidad del historiador, la simpática emoción del artista. Buena muestra es la descripción del bautizo del príncipe Carlos, modelo de narración histórica y poética al mismo tiempo.

Lo que no comprendemos es, cómo después de leer cualquier libro de historia, hay quien suspira y vuelve los ojos á cualquier tiempo pasado. A ese no le daría mayor castigo que decirle: ¿En qué siglo, en qué época de las pasadas hubiera usted querido vivir? Y cuando hubiera elegido, poderle decir: ¿Sí? Pues va usted á vivir ocho días en ella, nada más que ocho días, y luego, vuelva usted á contarme cómo le ha ido.