II
Distinguidos escritores y críticos de Arte han solicitado, para la próxima Exposición Nacional de Bellas Artes, una instalación destinada á exponer obras de don Ignacio Pinazo.
Tan de justicia es la demanda que, sin duda, la inmediata respuesta será la concesión, y aun ha de parecemos tardía, pues quizás hubiera debido anticiparse á la petición el ofrecimiento en este caso.
En la inquietud algo anarquista de nuestra moderna pintura, entre oscilaciones de la moda, influencia de fuertes individualidades, titubeos de los unos y afirmaciones prematuras de los otros, Pinazo ha sido de esos grandes y seguros artistas que, fieles á la realidad objetiva del Arte, sobre modas y gustos pasajeros, son como estrellas fijas guiadoras infalibles del derrotero cierto.
No quiere decir que la moda no sea legítima en arte y que no tenga sus encantos. La moda es siempre expresión de una modalidad espiritual en el tiempo, y por ser documento interesante en la Historia del Espíritu Humano, también puede serlo en la Filosofía del Arte.
Mas si nada pierde una mujer hermosa con ir vestida y adornada al gusto del día, y aun lo gracioso del atavío es picante realce de la hermosura á los ojos vulgares, solicitados por lo llamativo del adorno antes que por la verdad de la hermosura, no es menos cierto que, si el adorno es gracia, sólo la desnudez es verdad.
Un figurín es muy poco; una hermosa mujer, bien vestida, es algo; una mujer desnuda y muy hermosa, es hermosa de veras.
Pues de esta sólida hermosura es la obra de Pinazo. Por las obras de otros pintores han dejado figurines y modas sus gracias y sus artificios; en unas, eso fué toda su razón de ser; de otras, quizás por haber atendido demasiado á lo pasajero no quedó todo lo que debiera haber quedado. En Arte sólo sobrevive lo que es vida, lo que es Espíritu.
La obra de Pinazo es algo más que un figurín, y la exposición de sus obras puede ser saludable enseñanza para tantos jóvenes artistas en camino de perderse desorientados; unos, por andar á la última moda; otros, por sacar moda nueva, como no se haya visto, si es posible.
Hay obras de arte de contemplación recomendable contra neurastenias artísticas, como el campo y el mar y sus aires puros contra la neurastenia física.
Las obras de Pinazo son de estas obras privilegiadas; obras de salud, de fuerza, de verdad, como las de Velázquez, sus hermanas mayores.
En París han andado á cachetes un autor y un crítico por un quítame allá esa obra. El autor es M. Caillavet, fecundo colaborador de M. Flers, con algunas infidelidades, como es natural en toda colaboración, ya sea matrimonial, ya literaria; el crítico es M. Mas, del periódico Comedia; y la obra en cuestión es Primerose, representada en la Comedia Francesa.
En los Círculos teatrales de París ha sido sabrosa comidilla el incidente. Unos ponen por Tenorio y otros por Mejía. No estoy seguro, pero me atrevería á jurar, supuesto el compañerismo entre gente de letras, que los autores estarán á favor del crítico y los críticos á favor del autor. Los actores, naturalmente, á favor del autor y del crítico, en presencia de cada uno de ellos, y en ausencia... deseando que no hubieran quedado ni las plumas del uno y del otro.
En París, como en todas partes, la crítica teatral peca de benévola. Su mayor injusticia consiste, quizás, en tratar con igual benevolencia á todo el mundo. En este caso particular M. Caillavet no ha tenido razón para incomodarse. M. Mas es un fanático admirador de la Comedia Francesa. Considera dicho teatro como una preciosa institución nacional y vela celoso por sus prestigios y por sus excelencias. M. Mas cree que el teatro Francés no puede ser como otro teatro cualquiera, atento sólo á lo productivo del negocio; cree que son más elevados sus deberes y sus atenciones. Se lamenta de continuo porque los actores de la Comedia andan desperdigados por esos mundos y dificultan con sus continuas ausencias la esmerada interpretación de las obras. Deplora que las actrices del severo teatro conviertan la clásica escena en escaparate exhibitorio de atrevidas creaciones modistiles, y truena contra el predominio de las obras modernas sobre el repertorio clásico de Corneille, Racine y Molière.
Lo mismo que ahora contra Primerose, la obra de Flers y Caillavet, ha protestado contra otras muchas obras de Lavedan, de Donnay, de Bataille, de Hervieu.
Era un sistema, y ya se sabe que contra un sistema sólo es posible otro sistema. Como las bofetadas no pueden ser un sistema, el mejor de todos era el seguido por los demás autores y por el administrador de la Comedia Francesa, M. Claretie, hombre de mundo y de teatro: Dejar decir y... ¡que critiquen!, como decía Pina Domínguez al cerrar con ímpetu la portezuela de su elegante berlina.
Monsieur Mas sostiene, con razón, que sólo por tratarse de un teatro subvencionado se permitía protestar contra el excesivo número de representaciones de Primerose.
Monsieur Claretie opina que, no sólo de la subvención oficial vive su teatro, y con números, vencedores siempre de las letras, puede demostrar que el público prefiere las obras modernas á las de Corneille, Racine y Molière.
En un país republicano y democrático el sufragio universal es la razón suprema.
Y en cuestiones de Arte es en lo único que estará de acuerdo la aristocracia con la democracia. Votarán siempre por la vulgaridad y por la tontería.
En un salón se notaría gran diferencia entre una duquesa y una cocinera. En el teatro, si hay alguna, es en ventaja de la cocinera.