VII

Es la Academia Española institución tan aristocrática y conservadora, que tiene á gala no dejarse guiar en sus acuerdos y en sus determinaciones por nada que trascienda á dictado de la opinión pública y democrática. Por esto, tal vez sea contraproducente el movimiento general de la opinión á favor de la candidatura de la condesa de Pardo Bazán para ocupar uno de los sillones académicos vacantes.

Aunque tanto blasonan de su mayoría, cuando les conviene, es axioma de nuestras clases conservadoras que la mayoría no tiene razón nunca. Pero es, claro está, cuando se trata de la otra mayoría. En España, tratándose de literatura, la mayoría, por desgracia, es una mayoría relativa, que solo puede considerarse mayoría como D. Hermógenes consideraba numerosos los tres ejemplares vendidos de El cerco de Viena, con relación á uno. La opinión general ¡se interesa tan poco por estos asuntos! Tener cinco mil lectores en España, ya es ser un escritor popular. Como nuestro poeta más popular hemos celebrado siempre á Zorrilla, y, aparte Don Juan Tenorio, ¡cuántos de los que conocen la obra ignoran el nombre de su autor! De sus restantes obras, ¿qué razón puede dar el pueblo, lo que se llama el pueblo?

La Academia Española debiera, pues, atender de vez en cuando indicaciones de la opinión, sin temor á verse atropellada por el vulgo y mucho menos por el populacho. Los que se preocupan en España por la literatura, aun los más vulgares, ya constituyen una aristocracia.

En el caso de la condesa de Pardo Bazán no podrá atribuirse la demanda á espíritu sectario de ninguna clase. La condesa de Pardo Bazán ha sido siempre una gran señora de las Letras, y ya que tan mal parece á nuestras clases conservadoras el escritor metido en política—cuando esta política no es la suya, por supuesto, pues á los suyos bien les celebran el civismo y la literatura,—no se dirá en esta ocasión que la política y el sectarismo y las pícaras ideas desnaturalizan el puro desinterés artístico de lo solicitado.

¿Qué puede oponerse á la concesión? Fundar la negativa en el sexo de la ilustre escritora sería notoria injusticia, y ni siquiera puede alegarse como tradición. Justamente las primeras Academias de España, aquellas Academias de poesía, famosas en lo antiguo, eran presididas y congregadas por mujeres y las más nobles y discretas damas concurrían á ellas. Los Juegos Florales, las Cortes de Amor, origen de las modernas Academias, por la mujer tuvieron vida y espíritu.

Por lo mismo que las Academias son instituciones aristocráticas, conservadoras, y está bien que así sea y esa es toda su razón de ser, yo creo que nada puede aristocratizarlas tanto como el ingreso de las mujeres distinguidas.

Sin negar ni desconocer el mérito de algunos escritores, indicados á cada vacante por la opinión pública, no dejo de conocer que su sitio no está en la Academia; desentonan. La Academia no debe atender sólo al mérito literario. No es en círculo tan selecto como una Academia, es en cualquier reunión de café, y hay escritores de gran talento y de grandes merecimientos á quienes no se les puede tolerar de contertulios...

Por eso está muy justificada la resistencia de la Academia Española á ciertos nombramientos.

Ahora, tratándose de la condesa de Pardo Bazán, ninguna oposición lo estaría.

¿Se teme que, una vez abierta la puerta á las mujeres, no habría marisabidilla ni literata de las perniciosas que no se creyera con el mismo derecho á ser académica? Esta objeción lo mismo reza con los hombres. ¡Pues sí que hay entre los escritores varones alguno que no se crea academizable!

Nos quejamos á todas horas de la inferior cultura y capacidad de la mujer, y cuando alguna mujer sobresale entre todas, la negamos el debido premio á sus merecimientos á pretexto de que es mujer.

Hay, además, una razón patriótica para que la condesa de Pardo Bazán sea nombrada académica. Muy pronto ha de ir á la República Argentina, quizás á otras Repúblicas americanas. Son pueblos progresivos, donde la mujer es el alma de la cultura, donde se tiene muy triste idea de nuestro atraso y de nuestro espíritu tradicionalista. Conviene, ya que una infanta de España fué nuestra embajadora política con todos los honores, que nuestra embajadora literaria vaya rodeada de todos los prestigios y pueda dar testimonio, no sólo de lo que puedan valer las mujeres entre nosotros, de esto se basta la ilustre escritora para responder, sino de algo que significa más para nosotros: de cómo sabemos honrarlas y enaltecerlas. Cuando al saber y al talento se le regatean satisfacciones en su patria, por donde va, más que grandezas, va atestiguando mezquindades.


Se anuncia el estreno de una refundición, reducción, adaptación, ó como quiera llamarse, de El barbero de Sevilla, de Rossini, con destino á los teatros de zarzuela española y de género chico.

Hay quien clama contra esto, que le parece atentado y profanación contra la ópera de Rossini.

No lo creo así. Si las obras musicales fueran profanadas en cuanto no se presentan en toda su integridad y en su marco adecuado, profanadas están todos los días en interpretaciones detestables, en ejecuciones parciales, en sextetos, pianos, discos fonográficos, etc.

Popularizar y vulgarizar estas obras en condiciones decorosas me parece obra muy laudable. Sobre que el interés del refundidor y el de los artistas que han de interpretar estas refundiciones, han de tener en cuenta con quién y hasta dónde pueden atreverse. Seguramente, á nadie se le ocurrirá reducir El ocaso de los dioses ni La Walkiria.

Pero la música ligera y alegre de El barbero, ¿por qué no ha de oirse en nuestros teatros de zarzuela? En Romea oímos la «Quinta sinfonía», de Beethoven, entre las danzas de la Tórtola de Valencia.

El teatro Real es teatro caro. Hay muchos que no pueden ir á la montaña; hay que llevarlos á la montaña—El barbero no son los Andes—aunque sea en pedacitos.

Créanlo esos críticos celosos del respeto debido á una obra. No es tan grave falta descender una ópera al género chico como elevar el género chico á categoría de ópera.