XL

Á los que andábamos á gatas—primeros animalitos femeninos á los que acude el hombre en su vida—cuando Juana Granier estrenaba el famoso «Petit Duc» del Maestro Lecoq, no puede por menos de rejuvenecernos el saber que la graciosa «divette» aún se halla en condiciones de dar juego por esos mundos y de favorecer según unos, de perturbar según otros, las relaciones diplomáticas entre Francia y Alemania.

Las mujeres no pueden soportar los irreparables ultrajes del tiempo, como dijo el trágico, y no tienen razón para lamentarse. La mejor edad para las mujeres empieza á los cuarenta años. Recuérdese qué mujeres son las reinas de la moda, del arte y la galantería en París. Sarah, la inmortal Sarah, que á sus años, á sus años había de ser, representa á la «Pucelle» de Orleans muy á satisfacción del público; Mme. Bartet, la divina, que tampoco es de ayer por la tarde, y aún interpreta las ingenuas de Musset y la Antígona de Sófocles; Cecilia Sorel, algo más nuevecita, por comparación, por eso no representa damitas jóvenes, pero también con lo suyo, muy bien llevado, eso sí; la Réjane, á quien el divorcio ha rehecho una segunda juventud, y en otro orden de ideas recordemos á Carolina Otero, á Émilienne d'Alençon, á Colette Willy, ahora en dimes y diretes con su marido por un quítame allá esas colaboraciones, que tanto les han producido en uno y en otro género. La más elemental discreción impide citar ejemplos de casa. Pero aquí, como en Francia, como en el mundo todo, á excepción de los países salvajes, el «jamonismo» impera. Esto habla muy alto en favor de la espiritualidad masculina, que aprecia en más lo cultivado por el saber y la experiencia, que lo natural sin apresto. También puede significar ilusión de creerse ellos más niños al aprender que con enseñar. La mujer tiene más vocación docente que el hombre. Verdad es que no han fatigado tanto su inteligencia durante el día. Además, en el camino del amor, como por los caminos de la vida, es menos frecuente alcanzar al que nos lleva delantera en la misma dirección, que encontrarse con el que viene en dirección contraria. Y el que va con nosotros y adonde nosotros, ¿qué noticias puede darnos? En cambio, el que regresa puede darnos informes interesantes y provechosos.

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Gómez Carrillo comenta, y me dedica sus comentarios, el nuevo «sport» á que se han entregado los elegantes de París. Novedad de retorno, como todas las novedades; porque en otros tiempos, cuando la fuerza física era plebeya y la cultura del espíritu noble—tiempos hubo en que fué todo lo contrario, y así va el mundo,—fueron muchos los grandes señores y damas aficionados á representar comedias. Luis XIV dignábase danzar en los intermedios de algunas farsas de Molière; María Antonieta representó, en lo más florido de su corte, «El matrimonio de Fígaro», con una inconsciencia propia de una cabecita que había de truncar la guillotina; Catalina de Rusia tuvo un teatro en su palacio y dejó todo un repertorio de obras, si no escrito, á lo menos inspirado por ella. Claro es que entonces no hacían lucro los señores de sus gracias y de sus aficiones; como tampoco lo hacían de los productos de sus fincas y de sus tierras. Pero ahora, cuando escudos nobiliarios son el mejor anuncio de un vino ó de unas conservas, ¿por qué no ha de sacarse producto de todo?

Dolencia del siglo es el «exhibicionismo». La prensa moderna, causa ó efecto de este gran impudor público, con sus informaciones íntimas, con sus fotograbados, con su persecución incesante de la actualidad en todas las esferas sociales, nos ha quitado á todos la «miaja» de vergüenza que nos hacía reservar ciertas gracias para el sagrado de la intimidad. Ahora, cuando la gran señora y el noble caballero saben que todo el mundo ha de saber si pintan, si esculpen, si representan comedias, si voltean sobre un caballo ó si hacen cuadros plásticos en familia, ¿por qué no solicitar directamente el aplauso y la admiración? Y como el dinero es la medida y tasa de todo, ¿cómo no buscar en el dinero la verdad de ese aplauso y de esa admiración?

En los primeros momentos podrá perjudicar á los verdaderos artistas la invasión de los nobles actores, pero pronto vendrá el desengaño. El verdadero público no es adulador. Sabido es el caso de aquella dama de continuo celebrada de hermosa entre las hermosas por cuantos formaban su círculo, y como un día quiso probar el atractivo de su hermosura en lugar donde se cotiza sin galanterías, padeció el más cruel desengaño. Á todas las sacaban á bailar menos á ella. Al otro día despidió con cajas destempladas á todos sus adoradores. El público se encargará de desengañar á muchos de estos artistas, y si alguno triunfa con arte verdadero, ¡bien venido sea! Y aun los que destrozan las comedias... ¡De todos modos habían de destrozarlas, con su charla y su crítica insustancial, desde sus palcos ó desde sus butacas. En el escenario, siquiera pueden aprender lo que cuesta divertir á un público. Algo más que disponer una comida ó una «soirée». Todos debiéramos ser un rato algo de todo. Una indulgencia y una tolerancia universal harían entonces del mundo un Paraíso; algo aburrido, eso sí, como todos los paraísos.