XVII

Y ¡aun hay vanidosos! Esto pensaba yo el otro día, ante el mausoleo de Chueca, inaugurado con... ¿solemnidad? ¡Oh, sí! Demasiada solemnidad.

Amables oradores, lisonjeros poetas nos hablaron del pueblo allí presente para honrar á su músico... ¿El pueblo? Yo no le ví por ninguna parte. Allí no estábamos mas que los precisos operarios, el grupo de siempre, los de obligación. Y no todos. Las bellas artistas de nuestros teatros alegaron en disculpa de su ausencia, la hora inconveniente; hora de ensayos ó de sección «vermouth»... ¡Vaya por Dios! ¿Para qué mejor ocasión juzgarán las empresas que valía la pena de conceder un día de asueto á sus artistas?

Y esto por Chueca, el popular, el glorioso entre todos. ¿Se entera usted, señor don Nadie? Usted, el que cree haber conquistado el derecho á la inmortalidad, con una crónica colorista ó con un soneto cincelado; usted, el que apenas se digna saludar á los amigos, y va usted, por esas calles, despreciando las baldosas que pisa; indigno pedestal de su grandeza... ¿No le aprovechará á usted de nada esta lección y tantas otras? ¡Cúrate vanidad!, como dice el Rey Lear. Aprende que no es preciso salir de España para que el nombre de Cervantes sea ignorado; que de Zorrilla, el popular poeta, no hay, fuera del consabido círculo, quien sepa más allá del «Tenorio»; y yo sé de personas bastante cultas, que confundieron al poeta con el político.

¡Cómo nos engañamos unos á otros con esto de la popularidad! Se lamentaba un buen señor, indignamente puesto en ridículo por su esposa... ¡Ya ve usted! ¡Todo Madrid lo sabe!—¡Bah!—le consolaba un amigo;—¿todo Madrid? Váyase usted á Carabanchel.

¿Es usted popular? Pues pregunte, pregunte al primero que pase por la calle... Y aun queda mucho mundo y otros mundos... y ¡aun hay vanidosos!

* * *

El reglamento del Teatro Español—por fin, es Español,—aun no esta aprobado oficialmente, y claro está que cuanto de él se anticipe, estará expuesto á rectificaciones. Mas, como una vez aprobado, sería tarde para ponerle peros, es preferible pecar de anticipado, llamando la atención sobre algunas ligeras enormidades anunciadas, que aun es tiempo de rectificar.

Primeramente se anuncia que el cuadro de artistas se dividirá en dos, uno dramático y otro cómico. ¿Á qué esa división? En el Teatro Francés puede estar justificada, porque en Francia la tragedia clásica es un género aparte, y es tragedia desde antes de levantarse el telón hasta que termina, sin mezcla de comedia alguna. Pero en el Teatro Español, aparte media docena de tragedias á lo clásico, de que vale mas no acordarse, lo mismo en el teatro antiguo que en el moderno, lo trágico y lo cómico se entremezclan de tal manera, no ya en cada obra, sino en cada personaje, que esa división entre actores dramáticos y cómicos sólo puede conducir á promover un conflicto por obra.

Se reparte «El alcalde de Zalamea». ¿Que cuadro debe representarlo? ¿El dramático? ¿El cómico? El papel de Don Lope de Figueroa, ¿es trágico? ¿es cómico?

¡Así que nuestros actores necesitan mucho para clasificarse y rechazar papeles que no creen de su cuerda! Yo soy del cuadro dramático—diría alguno,—y en este papel que me han repartido hay dos chistes y una situación cómica. Yo estoy aquí para hacer reir—diría el otro,—y al personaje que represento se le muere un tío, que no le deja nada, en el segundo acto. Suprima, suprima la comisión ese articulito. Compañía una; dramática y cómica. Nada de clasificaciones. Jóvenes, los jóvenes; actores de carácter, los veteranos; graciosos ó tristes, según pida el carácter de los personajes. Nada de damitas con cuarenta años de servicios, poniendo la boca chiquita para decir: ¡papá y mamá! Nada de galanes jóvenes con bisoñé y dentadura postiza. Esto en cuanto se refiere á la organización de la compañía.

La otra pequeña atrocidad es la siguiente: El criterio para retirar las obras del cartel no será otro que el ingreso en taquilla. ¿Sí? Pues ¡vive Dios! que para eso no hacía falta teatro subvencionado, y ese criterio es el de cualquier empresario negociante y aun no tan á punta de perro chico. Según ese criterio, muy expuestos estarán Lope de Vega, Calderón y el mismísimo Shakespeare, á tener que ceder el sitio más que á paso á cualquier bufonada ó melodrama de público. Todos creíamos que, justamente, la subvención sería para eso; para imponer una obra de arte, cuando el dinero del público no bastara á sostenerla.

Con ese criterio, el Museo de Pinturas ya debiera de estar cerrado ó haberse sustituído por un «cine»; ¡si se fuera á juzgar del mérito de Velázquez por el número de entradas vendidas para ver sus cuadros!

Claro es que no hay autor vivo que no crea sus obras del más soberano arte, y todos pretenderían verlas perpetuarse en el cartel, á costa del Estado. El criterio del ingreso es el más seguro... La obra de usted es una obra de arte, pero no da tres pesetas... ¡Mal, muy mal van á pasarlo nuestros clásicos, con Shakespeare, Molière, Ibsen, etc., en el nuevo Teatro Español!

Los vivos, los verdaderos vivos, menos mal, ya se ingeniarán para tomarle el aire al abono, al público y á la dirección artística; y el teatro subvencionado será... un teatro más. Y es lo menos malo que puede sucederle.

Conste que en nada de lo dicho, hay el menor deseo de destripar el cuento. Muy pocos se habrán interesado, mejor dicho, desinteresado tanto como yo, por el nuevo teatro. Por lo mismo, quisiera verle nacer en las condiciones más viables y, si de mí dependiera, su vida sería larga y próspera. ¿No es de agradecer todo esto? Porque, en fin, que recen y practiquen los creyentes, que algo esperan, después de todo, bien está... Pero, ¿los que no creemos y rezamos? Y eso me pasa á mí con el Teatro Español... ¡Á ver si no es virtud!