XX

Moral del último—esperemos que aun sea el último—crimen. Los periódicos se recriminan unos á otros por sus indiscreciones y juicios temerarios; naturalmente, los más clamorosos en lamentarlas son los que siempre están más dispuestos á recoger cualquier especie del arroyo.

Una vez más salen á relucir las deficiencias de nuestras leyes procesales, en cuanto se refiere á supuestas culpabilidades y prisión preventiva. Y una vez más, nadie será osado á poner remedio. Lo de considerar á todo sospechoso como criminal es antiguo achaque de la Señora Justicia. Y aun peor al sospechoso que al verdadero criminal, que á éste, en fin, cuando ya está convicto y confeso, siempre se le agradece el descanso de tanta molestia como ocasionó su captura, y al otro, en cambio, á cada negativa se le pone peor gesto y se le considera como criminal más empedernido.

Y es de notar, también, el mayor respeto que inspira todo delincuente cuanto mayor sea la fechoría cometida. Así, tal vez el raterillo primerizo no escape de una buena solfa, como primera diligencia; pero á un feroz asesino nunca le faltará un admirador que le obsequie con un suculento «beefsteak», para que reponga sus fuerzas, después de una declaración emocionante.

El buen burgués, por su parte, también moraliza á cada crimen de estos sensacionales; habla de la corrupción de costumbres, se promete mayor cuidado en la selección de sus relaciones y más severidad con el pariente derrotado, que de vez en cuando suele pedirle dos pesetas:—Cuando venga el señorito Fulano, dicen á la criada, dígale usted que no estamos en casa, y no abra usted la puerta.

Las criadas ven á un posible asesino en toda persona regularmente trajeada; no se arriesgan á franquear la puerta sin minuciosa inspección por el ventanillo, y en resumen, las casas estarán mejor guardadas por unos días y los parientes pobres se morirán de hambre más pronto. Y esta es toda la moral de estos crímenes, en que todo el mundo sólo atiende á los hechos, los hechos brutales, unánimemente reprobados por los buenos burgueses, á la hora de la digestión, ligeramente entorpecida por algo así, entre indignación y miedo.

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Los congresistas de la Paz, los creyentes en la eficacia de los tribunales arbitrales, para dirimir pacíficamente toda cuestión internacional, estarán encantados con el feliz éxito del arbitraje argentino, entre el Perú y Bolivia. Ambas modernas y civilizadas repúblicas, acudieron muy humildemente y bien dispuestas á respetar el fallo del presidente de la República Argentina. ¡Para que vea el viejo mundo europeo cómo arreglamos estos asuntos los del nuevo! Pero, apenas se enteraron los de Bolivia de que el fallo no les era todo lo favorable que ellos apetecían, ¡adiós mi árbitro y adiós mis procedimientos modernos!

No es el primer caso en las repúblicas americanas, y en alguno de estos enojosos arbitrajes anduvo la vieja madre España de por medio y como ahora, la república que se creyó perjudicada puso el grito en el cielo. Por donde, si el árbitro toma su divino papel en serio, en vez de un disgusto y de una guerra, pueden resultar dos guerras y muchos disgustos.

Pasarán muchos años hasta que el cañón deje de ser el gran pacificador y el supremo árbitro. Para ello será preciso ante todo que las naciones no se preocupen tanto de añadir unas leguas de tierra á su territorio; como si la nación más floreciente no tuviera ya bastantes incultas y despobladas.

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Muy moderno también, muy europeo, muy culto y muy lindo, el bando de nuestro señor alcalde; enderezado, con la mejor intención, á proteger á los animales. Muy bien está el bando, que los animales deben agradecer tanto como debiera ofendernos á las personas. Porque, ¿quién duda que si bien está el bando, mucho mejor estaría que no hubiera habido necesidad de dictarlo? Por eso mismo creo muy poco en su eficacia. ¿Buenos sentimientos por ordeno y mando? Á otra puerta. Fué siempre la nuestra de las más cerradas á toda blandura con los animales. Y cuanto más cerca el hombre de la Naturaleza, cuando más parece que debiera sentir la simpatía por sus compañeros de trabajo, más duro se muestra con ellos. Parece que ya no debiera tratarse de compasión sino de interés propio. ¡Pues hay que ver cómo trata el labriego á su yunta y el carretero á sus mulas y el traficante á su infeliz borrico! Pero, lo que ellos dirán en su disculpa: ¿Estamos nosotros mejor tratados? ¿Cuándo la misma Naturaleza, con sus rigores, siempre en contra del logro de nuestro trabajo; cuando los demás hombres son tan crueles con nosotros, vamos á ser nosotros más piadosos con los animales?

Para la pobre gente, esto del amor á los animales, es un lujo de afectividad imposible para ella, como todo lujo. Para la gente rica suele ser una dulce forma de misantropía. Se ama á los animales... porque los animales no suelen ser ingratos, porque no dan malas contestaciones, porque los manejamos mejor que á los hombres y los tenemos más sujetos á nuestra voluntad. No hay que fiar mucho en la bondad de estos ricos que aman demasiado á los animales.

Amarlos en justa proporción, tratarlos, no tan mal como á los criados ni mejor que á tantos niños desvalidos, sería lo justo, lo natural, lo que debiera hacer innecesario ese bando, en todo país digno de llamarse cristiano y civilizado. Pero... con la excepción de San Francisco de Asís, nuestra religión no fué nunca muy dulce con los animales. Recuérdese cómo en la Biblia, casi siempre les toca á ellos pagar el pato en los sacrificios. Isaac se salva; pero en su lugar se sacrifica á un pobre corderillo. En el mismo Evangelio, de más suave doctrina, Jesús lanza á la legión de demonios, expulsada de un poseído, sobre una piara de cerdos, que corre á arrojarse al mar, alocada por los malos espíritus. ¡Pobres cochinos! ¿Qué culpa tenían ellos?

El origen superior atribuído al hombre por nuestra católica doctrina, limita el sentimiento de fraternidad universal entre el hombre y los demás seres de la creación. No hay en la religión cristiana ninguna plegaria tan hermosa como aquella del Budha: ¡Dios mío, librad del dolor á cuanto existe!