XXXI
Impacientes por recibir una ovación, los autores de la obra representada, con mejor éxito para la interpretación que para la obra, han querido aprovechar un aplauso arrancado por los intérpretes, para dar la obra por terminada; cuando en realidad, sólo estábamos en un final de acto. Ya nos disponíamos todos á regocijarnos con el fin de fiesta, cuando por orden superior ha vuelto á levantarse el telón con gran descontento de algunos impacientes. Todo por no haber rehusado modestamente los autores, aplausos prematuros, como es uso y costumbre, con la consabida fórmula: Los autores suplican al público reserve su juicio hasta la terminación de la obra. ¡Poco seguros deben de estar de su éxito personal, cuando tales impaciencias revelan! Gracias á que el público es bonachón de suyo y está ya resignado á todo, pero no es bueno jugar con él á este tira y afloja, porque cuando menos se espere, pudiera tirar las butacas al escenario.
Todos confiamos en que el éxito será brillante, aunque la obra no dé grandes rendimientos. Pero aquí se trabaja por el arte. Cuando todo esté apaciguado, nosotros sostendremos un ejército de ocupación, los ingleses y los franceses explotarán las minas, y los alemanes explotarán á todos, vendiéndoles sus géneros. Nuestros capitalistas continuarán prestando al Estado y á los particulares en buenas condiciones, los trabajadores continuarán emigrando y no hacia el Rif, precisamente, porque serán tan torpes que no se habrán dado cuenta todavía de que nuestro porvenir está en África, como dijo la buena reina Isabel la Católica, que no sabemos por qué empeñaría sus joyas para descubrir América.
Está visto que nuestra historia es una lamentable serie de equivocaciones, y mientras apuntamos al pájaro que está en el aire, dejamos escapar al que teníamos en la jaula.
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Las sufragitas de Londres son unas fieras y no reparan en gasto ni sacrificio para salirse con la suya. Encarceladas las más recalcitrantes, decidieron dejarse morir de hambre, para que su muerte pesara siempre sobre la conciencia de los hombres, sus perseguidores, políticos, se entiende, que de perseguirlas en otro orden de ideas, no serían ellas las que se dejaran morir de hambre.
Ello es que los médicos y empleados de la cárcel, se vieron precisados á violentarlas—en el mejor sentido de la palabra,—echándolas de comer como quien ceba pollos. Y ahora ellas protestan como un solo hombre contra ese atropello en tan mala forma. ¡Si el atropello hubiera sido integral! Lo que dirán ellas: No sólo de pan vive el hombre, y la mujer mucho menos. Pero el hombre es bárbaro y tiránico hasta cuando quiere ser compasivo. Las atraca para no dejarlas morir de hambre material y grosera, y no repara en otros ayunos más espirituales, que acaso, remediados á tiempo, hubieran evitado la excitación política de esas denodadas mujeres. Pero el hombre, bárbaro y tiránico para esos ayunos espirituales, sólo tiene una despectiva frase: Á falta de pan buenas son tortas. Y esto lo saben bien las sufragitas.
Y ¿por qué no conceder á las mujeres todos los derechos, civiles y políticos? Aunque ellas con uno solo se contentarían y mejor si era de los civiles.
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Como los teatros serios aun no han inaugurado su temporada, y los semiserios ofrecen tan pocas novedades, el público llena los salones de varietés. Por poco dinero se siente uno sultán de un sin fin de odaliscas dispuestas á divertirle con danzas y canciones. Cierto que las hay del tiempo de Muley el Abbas, pero con las luces y el colorete, y considerando la eternidad del tiempo, aún dan su golpe. ¡Ojalá!—pensarán algunos de los contemporáneos al contemplarlas—que uno pudiera darlo lo mismo.
Los estudiantes, recién llegados para emprender sus tareas del curso, acuden presurosos á iniciarse en los placeres de estos paraísos artificiales, y desde luego empiezan á tomar apuntes.
Los tangos y los garrotines se suceden, y lo que es peor, se parecen. La juventud relincha y patea, la formalidad se congestiona, los acomodadores están pálidos y ojerosos. Las odaliscas se deshacen por complacer al público, y lo mismo sonríen á un aplauso que á una grosería; allí todo es lo mismo. Lo que ellas dirán, parodiando al torero: Mas grosera es el hambre.
Alguna vez pasa una ráfaga de belleza ó de arte, y el público guarda respetuosa compostura. Para que el público respete hay que empezar por respetarle... pero en seguida vuelve el garrotín, vuelve el tango, vuelve la canción grosera y las patadas y los dicharachos, y un matrimonio de burgués aspecto que, sin duda, entró allí por ver de todo, se levanta antes de que termine el espectáculo y sale presuroso.
—Ese señor se lleva á su señora. ¡Si no la trajera á estos sitios!
—Pero, ¿usted cree?—dice otro mejor informado.—Si es ella la que le trae á él, y es ella la que se le lleva... Y es un matrimonio que se lleva muy bien.
—Ya lo creo. Aplicado así el cine es un espectáculo moralizador y reconstituyente.