XXXIV
Si en España no pensara una el bayo y otra el que lo ensilla, y el bayo mejor que el palafrenero, en poco hubiera estado no tener nuestro poquito de asunto Dreyfus, con su guerra civil ideal, al grito de ¡Patria, patria! de una parte, y de otra al de ¡Humanidad, humanidad! Por fortuna, ó por desgracia, no hay asunto que nos interese más de cuatro días, y á las cuestiones ideales se sobreponen las personales, que son las que más nos preocupan. Todo cede ante el interés de los nuevos nombramientos. La designación de un gobernador importa más que nada; dentro de poco las elecciones, y vamos viviendo.
En el extranjero, aunque en apariencia parezca un disfavor, nos hacen el favor todavía de juzgarnos fanáticos luchadores por las ideas... Sí, sí; ¡buenas ideas nos dé Dios! ¡Personas, personas y personas! como diría Hamlet, si hubiera nacido español. Somos realistas, en el sentido filosófico de la palabra. Aquí las personas no son símbolo de nada, sino de su persona misma. Se dirá que hay pocas personas capaces de elevarse hasta el símbolo. Pero, no; son creyentes los que faltan, no son santos. Con un poco de devoción no es difícil levantar altares.
Ahora, digamos: ¿Por qué siendo el pueblo más indiferente en todo, en Religión, en Política, en Arte, nos damos traza para parecer á los extraños un pueblo intolerante y fanático? ¿Es todo desconocimiento de los extranjeros, ó no habrá algo de culpa por nuestra parte? Esto es lo que debe interesarnos más que todos los dimes y diretes de casa y de fuera de casa. ¿Por qué somos una cosa y parecemos otra? Ó ¿es que nosotros mismos no nos damos cuenta de lo que somos ni de lo que parecemos? Es lo que importa averiguar. Nada más triste que la inconsciencia para los pueblos y para las personas. Fanáticos por una idea, tuerta ó derecha, todavía podemos parecer grandes; inconscientes de todas, sólo podemos parecer ridículos.
* * *
¿Quién había de decirnos, pocos días antes que, en esta próxima conmemoración de los difuntos, nuestro más fervoroso responso sería por el partido conservador? ¡No somos nada! Á bien que los conservadores podrán consolarse con la idea de que en este país no se puede ser cosa mejor que difunto. Por algo, entre nosotros, tiene su conmemoración tanto de fiesta pagana, con su bulliciosa visita á los cementerios, el vistoso adorno de sepulturas, sus buñuelos de viento y sus representaciones del «Tenorio», á modo de auto sacramental, más regocijado que severo. Tierra de un glorioso pasado, nuestro mayor consuelo está en los muertos. Hay quien llora todavía por Felipe II, y quien suspira por no haber conocido á Doña Juana la Loca.
Al político joven y bien intencionado se le abruma con el recuerdo de Cisneros, y al escritor novel se le aplasta con la balumba de nuestra literatura clásica. Inútil escribir después de Cervantes; vano esfuerzo pintar después de Velázquez.
Lo que puede uno hacer de más provecho es... hacerse el muerto. Esto es lo que acaso no comprende el partido conservador, que ahora quiere mostrarse más vivo que nunca. ¡Gran desconocimiento de sus intereses! La agitación de tantos años de mando no puede por menos de haber alterado su organismo. Nada mejor que el reposo y el silencio. Es el mejor sistema curativo para la neurastenia. Crean en mi consejo desinteresado: cuanto más quietecitos y más muertos parezcan, más pronto lograrán nuestra admiración. Los vivos molestan á todo el mundo. Los muertos sirven para que medio mundo moleste al otro medio, recordando las virtudes de los difuntos. Procuren sacar todo el partido posible de su papel de muertos, que es el más airoso en esta tierra de los recuerdos... y de los olvidos fáciles. Ellos deben saber mejor que nadie cómo una corona de difunto puede convertirse en aureola.
* * *
Entre todos los personajes de nuestro teatro ninguno despierta tanta simpatía como Don Juan Tenorio. Ningún otro podría soportar la periódica reaparición con tanta seguridad de aplauso. ¡Es tan español este Don Juan, de Zorrilla, de quien hay que creer en empresas y amoríos, más por lo que dice que por lo que hace, como á casi todos nuestros políticos!
Y de un pueblo que adora á Don Juan, ¿no podrá decirse como á él mismo su amada: «Con Don Juan te salvarás ó te perderás con él?» Confiemos, como Don Juan, en la infinita misericordia divina que le abrió las puertas del cielo, no por sus acciones, seguramente, sino por los bellos versos en que supo decirlas. ¿Por qué no han de pesar tanto en la justicia divina las bellas palabras como las buenas obras?