V

El mes de Enero suele ser fecundo en calamidades. Para que sepamos á qué atenernos durante todo el año. Es un modo de anunciarse. Queda la duda, en estas primeras calamidades del año, de si pertenecen al año entrante ó serán saldo del anterior, que no quiso marcharse sin soltarlas. Lo cierto es que la Naturaleza, como una gata cualquiera, anda fuera de sí y desatinada en este primer mes del año. Tempestades, inundaciones, lluvias torrenciales de gracias, condecoraciones y entorchados, y el cometa apocalíptico, y Chantecler en puerta. ¡Vaya un añito!

La inundación de París retrasa una vez más el acontecimiento que sólo pudiera consolarnos: el estreno de Chantecler, antes retrasado por la discusión que pudiéramos llamar del huevo de Mme. Simone. Se comprende en una actriz recién divorciada y recién vuelta á casarse el escrúpulo en poner un huevo, sobre cuya pertenencia pudiera haber dudas.

Por fortuna, el poeta no peleó por el huevo ni por el fuero, y la postura se supondrá entre bastidores, lugar más conveniente para posturas difíciles, en la vida como en el teatro.


Luego diremos que aquí no hay libertades y que el clericalismo nos domina. En Inglaterra, la nación traída siempre á cuento, cuando de libertades se trata, no pudo representarse, hasta ahora, la ópera de Saint-Saens Sansón y Dalila porque su asunto bíblico escandalizaba los sentimientos religiosos. Sobre la Salomé, de Strauss y de Wilde, creo que todavía pesa la prohibición. Los ingleses sólo han consentido en ver la danza de Salomé separada del texto y de la partitura. ¡Parecen tontos! ¿Verdad?

Aquí, donde nos quejamos á todas horas de la presión clerical, triunfa La corte de Faraón, opereta del todo bíblica, sin protestas de nadie. Yo he visto en primera fila á muchos graves señores de los que suelen ser ornato de cofradías y procesiones. En Inglaterra se enseña ahora á los niños la Historia por medio de representaciones teatrales. ¿Por qué no ha de enseñarse la Biblia por el mismo sistema? No hay en La corte de Faraón mayores atrevimientos que en el Sagrado libro. Los autores han estado muy hábiles en quitar crudezas. A las artistas nadie les agradecería que ocultaran las suyas. ¡Admiremos al Señor en sus obras! No será tan difícil hallar un sentido místico á la canción babilónica, que pronto oiremos en labios de muchos senadores; como al Cantar de los cantares y á otros pasajes no menos escabrosos.

Lo malo es que la Iglesia católica haya perdido aquel buen humor y aquel sentido artístico que fueron todo el espíritu del Renacimiento. ¡Ah, el bribón de Lutero, que la obligó á volver á tomar en serio su divino papel, que ya empezaba á ser humano!

Ahora llueven imprecaciones y anatemas sobre el Arte y sobre los artistas. Los tiempos son difíciles. La competencia comercial es muy dura. No hay bastante público para todos. ¡Y el Teatro y la Iglesia son espectáculos tan caros! Por fuerza tienen que perjudicarse mutuamente.


Pérez Galdós, el maestro glorioso, consagrado por el monumento inmortal de toda su obra, y Ricardo León, escritor joven, con razón estimado entre los buenos, coinciden, no en lo exterior, sí en lo interno, en sus dos últimas novelas: El caballero encantado y Alcalá de los Zegríes. Novelas de símbolo, de alegorías, que nos hablan de España, de sus glorias pasadas y de su futura gloria posible. Quizás ¡señales de los tiempos! con mayor fe en la del viejo maestro que en la del poeta joven.

Son los dos libros precioso documento para el estudio de nuestra psicología nacional.

Limítome al acuse de recibo y á mi particular aplauso, sin invadir la sección «Revista literaria», en la que escritor de toda mi consideración y respeto sabe, con admirable acierto y con respeto á las personas, que cada vez va siendo más raro, distribuir elogios y censuras.


De la excelente acogida al Teatro para los niños y del interés con que un público, si no tan numeroso como fuera de desear, todo lo selecto que puede pedirse, sigue sus representaciones, nada me satisface tanto como el buen éxito obtenido por las lecturas de poesías. ¡Versos, poesía! Eran una especie de coco para las empresas teatrales. Hoy ya empieza á creerse en ellos, y todo hace presumir un glorioso renacimiento de la poesía en el teatro.

¿Por qué en el teatro Español, en el de la Princesa, que cuentan con admirables intérpretes de los poetas, no inaugurar una serie de veladas poéticas, que seguramente tendrían su público?

Oímos muchas veces quejarse á unos y á otros de que el público no está educado; esto sirve de pretexto para rechazar muchas obras de indudable mérito. Corriente, el público no está educado; pero ¡si nadie se toma el trabajo de educarle! Es mucho más cómodo y provechoso llevarle el humor y no luchar con él. Pero los que pueden permitirse ese lujo con menos riesgo están más obligado á ello. A todos nos toca un pedacito del mundo en que podemos hacer algo útil y provechoso, y no es desde un escenario donde menos puede hacerse por la cultura y la educación, que es hacer por la Patria.