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Francisco de Curel, uno de los pocos autores dramáticos franceses sin ribetes de negociante, aseguraba, en reciente indagatoria sobre la llamada «crisis» del teatro, que el teatro, en fuerza de tanto querer ser negocio, va dejando de serlo, y acabará por arruinar á cuantos empresarios sean ó fueren.

Ya no basta para satisfacer las exigencias del negocio teatral con la obra razonable, la obra razonablemente aplaudida y celebrada; es preciso la «gran atracción», como en número de circo; la obra que avive todas las curiosidades, como crimen misterioso; la obra de «gran público», público que pueda llenar durante cien representaciones un teatro.

¿Fueron así las tragedias de Esquilo y de Sófloques? ¿Las obras de Shakespeare? ¿Las de Lope y Calderón, obligados á una fecundidad sólo disculpable por la efímera vida de cada obra en su tiempo? ¿Es posible hacer obra de arte sincera, sentida, «nueva», con esa preocupación comercial del gran número de representaciones, consecuencia de no reparar en los medios de llamar la atención? Mujer y obra de arte que andan por el mundo á llamar la atención, ¿no merecen el mismo nombre?

¡Cuánta noble idea de comedia malograda por la consideración: «No será obra de público, no dará dinero... No será obra simpática!... ¿Adónde voy yo con esta obra?» ¡Oh, autores noveles! ¡Envidiáis á los que vosotros llamáis consagrados! Vosotros, por lo mismo que las empresas no confían en vosotros, podéis atreveros á todo. Si alguna obra os admiten, tened por seguro que la empresa ensayará otra al mismo tiempo, para sustituir á la vuestra en el caso probable de un fracaso. No gastará en ponerla, ni las actrices encargarán á París trajes y sombreros, ni los actores esperarán revelarse en la creación de sus papeles... Para los autores consagrados, ¡qué enorme responsabilidad la suya! ¡La obra de las esperanzas, de las ilusiones, la clave fundamental de una temporada, ó por lo menos de gran parte de la temporada!... La equivocación de un autor consagrado es la ruina para una empresa, la desilusión de actrices y actores, el descrédito de un modisto, la zozobra en muchos humildes hogares de tramoyistas, acomodadores, etcétera. ¡Legión pavorosa de espectros, presente al concebir la obra, al planearla, al escribirla!... ¿Esa frase?... no; es peligrosa. ¿Ese chiste?... ¡tremendo! ¿Ese final?... ¡de poco efecto! ¡Eso es atrevido! ¡Eso no está garantizado por el aplauso! ¡Oh, la gloriosa inconsciencia de las primeras obras, las que un empresario recibía con displicente desconfianza!...—Tenemos ahí una obra de un chico que empieza... Una cosita; no está mal... Allá veremos... Mientras llega la obra de...—aquí un gran nombre.—¡La obra de la temporada!

¿Comprendéis el lucido papel que podía hacerse cuando, por azares de la fortuna, la «cosita» sin importancia pasaba á ser la obra de la temporada? ¿Comprendéis la grave responsabilidad cuando la obra de la temporada es... una cosa de mucha importancia, que no le importa al público? ¿Sabéis de la tristeza de las cumbres, cuando se mira á un lado ó al otro y todo es cuesta abajo?

¡Juventud, divino tesoro!, más divino porque puede ser derrochado pródigamente, porque es sólo nuestro... En la vejez, nuestro dinero, nuestro arte, nuestra vida, todo, ya no es sólo nuestro; hay quien puede pedirnos cuenta de todo ello... ¿Es posible un artista con consejo de administración? ¿Comprendéis que, por no soportarlo, pueda romperse la pluma á lo mejor de la vida, como dirán muchos de los que, unos por admirar, por envidiar otros, no supieron nunca compadecer al que vieron en alto?


¡Oh, maestro! Leí vuestra carta, en la que adivino toda vuestra tristeza. Es la tristeza de Jesús, cuando al aconsejar al joven neófito que repartiera toda su hacienda entre los pobres, si pretendía seguirle, vió cómo el joven le volvía la espalda, incapaz del sacrificio. Así visteis llegar á muchos presuntos discípulos; grandes admiradores, á los que abrísteis el raudal de vuestro corazón y de vuestra inteligencia... Y los visteis después alejarse desdeñosos, malcontentos, murmuradores, porque en vuestra bondad, ellos sólo buscaban un elogio, un «bombito» en forma de prólogo ó juicio crítico; de vuestro entendimiento, que se hiciera traición para celebrar sus errores y sus tonterías, y le ayudáseis al «buen parecer», que basta para andar entre las gentes... Ellos, como Esaú, vendieron su primogenitura por un plato de lentejas...

¡Cada vez más solo, maestro¡ ¡Es verdad! ¿Quién no ha sentido esa gran tristeza de ofrecer lo que mucho valía, y ver cómo ellos preferían lo de ningún valor?

Ofrece uno toda la vida, y ellos sólo piden una recomendación, un elogio—algo del momento—. Ofrece uno la verdad de su corazón: ellos sólo querían una mentira.


Próximo el primer aniversario de la muerte del maestro Chapí, no es de temer que empresarios, artistas, la Sociedad de Autores, España entera, en fin, necesiten de mejor estímulo que la proximidad de esa fecha para conmemorarla de un modo digno. La deuda es grande. Suspendida quedó, por la muerte, la función proyectada en honor del maestro; contratiempos de todo género impidieron las representaciones en esta temporada de Margarita la Tornera... Es empeño de honra vencer á tanta fatalidad, á la misma inexorable de la muerte, que sólo el amor vence... cuando el olvido no es segunda muerte. Pero ¿habremos olvidado tan pronto? O ¿será la envidia la única que recuerde? Cosa sería entonces de admirarla como una virtud, si ella sola logra vencer á la admiración y al cariño de cuantos decían admirar y querer al gran artista, al hombre honrado, al que, en tierra de bien nacidos, no es posible que hubiera dejado una sombra de odio ni de envidia.