XLI

Cuenta Gracián en su Criticón—perdone Azorín que me entre por sus dominios—que, cuando españoles, portugueses, ingleses y holandeses descubrían y se posesionaban de vastos territorios en el Nuevo Mundo, acudió Francia en queja al supremo tribunal de la justicia divina, lamentándose de haber sido olvidada en el reparto. Y el alto tribunal contestó á la querella: «¿Y qué necesidad tienes, ¡oh, Francia! de unas Indias? ¿No tienes ya bastantes Indias con España? Toda su riqueza y la de sus Indias viene, al fin, á ser tuya; que los españoles te la ofrecen gustosos, á cambio de tus baratijas.»

Aparte de que Francia no se halla hoy tan desprovista de territorios coloniales, nuestra situación tributaria no ha cambiado mucho, y aun somos unas ricas Indias para nuestra buena vecina y no tan buena aliada. Hasta el premio «gordo» de Navidad aprendió el camino, y este año se pasó á los franceses. ¡Hay para armar otro Dos de Mayo! Tal vez más justificado que el otro, que, al fin, entre unos buenos millones y unos infantes simples no hay comparación posible. ¡De salud sirvan! ¡Bon profit, messieurs! Y á ver si alguna de nuestras Oteros de exportación es la alcaldesa de Mostóles de esos milloncejos, y algún maquereau de casa, que también los exportamos excelentes, se encarga de reintegrarnos, en todo ó en parte, de ese renegado premio. Pero ya verán ustedes como lo único que nos llega, en compensación, es algún artículo de costumbres españolas poniéndonos de vuelta y media por la inmoralidad de nuestra lotería.


Nadie más obligado que los tradicionalistas á celebrar las fiestas tradicionales, y así la minoría parlamentaria, representante de las viejas ideas, no ha querido que se suspendieran las sesiones de Cortes sin hacer la Pascua y sin dar su inocentada. La sesión permanente ha tenido de una cosa y de otra. Por fortuna, los señores diputados son gente de buen humor y se han divertido en la sesión nocturna más que un hortera en baile de máscaras. Chirigotas, cuchipanda, amiguitas en la tribuna; no han faltado más que las serpentinas. Y los de la obstrucción, ¡Jesús, qué graciosos! De público, muy bien: todo el de las últimas secciones de los cines. Con sesiones nocturnas tan divertidas se acababa con la inmoralidad de esos espectáculos, corruptores de la ancianidad y que tantas falsas alarmas pueden producir en algunos apacibles tálamos. Los de fuera, que en este caso es el público que paga, pensando, aunque la ley del «candado» sea muy conveniente, que tal vez no fuera malo una ampliación aplicable á ciertas agrupaciones y á algunos oradores.


A propósito de inmoralidad y de candados. Distinguidas señoras pretenden que los Poderes públicos intervengan en la moralización del teatro. ¡Ay, señoras mías! Y ¿quién tiene la culpa de eso que ustedes llaman licencia y escándalo? Pues la educación que dan ustedes á sus hijos. ¡Cómo!—exclamarán ustedes, indignadas.—¡Una educación cristiana, en colegio de Padres religiosos! ¿A eso llama usted mala educación? ¿Esa puede ser la causa de que una señora decente no pueda siquiera leer los anuncios de la sección de espectáculos? Sí, señoras mías, nobles y honestas damas: la Iglesia, que en otro tiempo tuvo manga muy ancha con el Arte y era maestra y depositaria de buena literatura, hoy más que nunca, asustadiza de la funesta manía de pensar, no educa el gusto ni el sentimiento artístico de los jóvenes encomendados á sus enseñanzas; anatematiza todo arte, toda literatura que no sea de propaganda en favor de sus ideas, cada vez menos amplias, más intransigentes. En sus clases de literatura se habla más del Padre Coloma que de Cervantes; no se inspira afición y respeto, sino horror y desconfianza á los nombres más ilustres y gloriosos. Mientras la sujeción y la tutela de los maestros dura... menos mal: no leen á Pérez Galdós; pero tampoco van á recrearse con una de esas empecatadas obrillas de título equívoco y de inequívoco mal gusto. Pero al verse libres, ¿qué tendrá mayor atracción para ellos? ¿Una obra de verdadero arte, que no sabrán apreciar porque no les educaron el gusto para ello, ó el espectáculo grosero, el de los chistes á su alcance, del que nadie les apartó con energía porque una blanda absolución les tranquilizó antes por este pecadillo que por la lectura de una obra enemiga? ¿Qué importa que la carne se turbe si no se turba el pensamiento? Lo que los buenos Padres quieren son almas y pensamientos... lo demás ¿qué importa? Lo demás se lava y se plancha y queda como nuevo para un matrimonio ventajoso, para un alto cargo y, sobre todo, para un ejemplar testamento con especiales mandas y legados piadosos.

Hay una juventud incapaz de sentir emociones de arte, porque no la educaron en el sentimiento de sus delicadezas. No os quejéis á los Poderes públicos, señoras mías: tenéis los hijos que os merecéis, y vuestros hijos tienen los espectáculos que se merecen. El Arte en general, el teatro en particular, no son causa de nada; son el efecto natural de muchas causas.

¡Ah! El año pasado tuve, con el concurso de otros autores, el costoso capricho de iniciar un teatro para niños. No solicitamos licencia del ordinario, ni pedimos el visto bueno de ninguna cofradía, porque no hay conciencia, por enlodada que estuviera al roce de las miserias humanas, que no sepa por sí misma, bien claramente, el respeto que se debe al alma de un niño. Acudieron madres y niños de la clase media y de las clases populares... A la sociedad elegante no tuve el gusto de verla por allí. Sus automóviles y sus coches lujosos estaban á la puerta de otros teatros de garrotín y desvergüenza. Se comprende que acudan á que la autoridad les moralice el teatro los que no saben contenerse en su curiosidad por las inmoralidades.