XLIII
La regia munificencia ha dado una oportuna lección á la Real Academia Española. Arbitro, administradora y dispensadora de premios, padece la ilustre Corporación, como vieja tacaña, la manía de hacer comiditas con las cantidades confiadas por gentes respetuosas de los prestigios oficiales, á los buenos oficios y mejor voluntad, de la sabia y la docta del esplendor, el brillo y la fijeza.
¡Dos mil pesetas para un solo escritor!—habrá pensado la vieja rica.—¿Para qué necesita tanto dinero un hombre solo? Y ¡literato y poeta! Para que se acostumbre mal ó lo eche en vicios, como adquisición de libros, viajes ó cualquier otra perturbación de la inteligencia. Nada, nada; con 1.000 pesetitas á cada uno, podemos hacer á dos felices. Y mucho es que no han repartido la cantidad en bonos de á peseta para dar un día feliz á toda la bohemia literaria. Bien está que, entre los académicos, haya quien disfrute, por diferentes conceptos y prebendas, pingües beneficios, sin pensar en repartir de ellos; pero esos otros escritores de la calle... ¿para qué quieren el dinero? El dinero embota el entendimiento; lo saben bien muchos académicos. La necesidad sirve de espuela al ingenio; el dinero, tal vez sólo de albarda.
Recuerda Parmeno en el Heraldo que los académicos están encargados también de conceder algunos premios á las mejores obras dramáticas escritas ó publicadas cada año, y que este premio no se ha concedido desde muy larga fecha. ¿Por qué? La suspicacia de Parmeno señala los motivos probables. Fuera ridículo no recoger la alusión á mi persona, por la modestia de no aceptar un adjetivo laudatorio. Pero yo creo que Parmeno está equivocado. Para optar á esos premios es condición precisa que el autor, por sí mismo ó por otra persona, la presente y someta al juicio de la Academia. Ni por mí, ni por persona autorizada por mí, he presentado yo nunca una obra mía á ese concurso. Primero, porque no tuve nunca la presunción de que una obra mía fuera la mejor de las representadas en temporada alguna. Después, porque al día siguiente de obtener el premio, la obra valdría lo mismo. Ya sabemos que los premios oficiales, con muy buen acuerdo, han de atender sobre todo á la ortodoxia de la obra. Esos premios han de ser siempre para los poetas—como dijo Heine,—que no tienen de poetas más que el ser virtuosos. Claro es que se puede ser virtuoso y ser buen poeta; pero también se puede lo contrario; porque yo creo que la virtud del poeta es... ser poeta. De otro modo, borraríamos de la lista á Cervantes, á Lope, á Shakespeare, á Byron, á Shelley—dejo á otros, y no de los peores,—todos gente poco disciplinada en su vida y en sus opiniones, difíciles de encasillar en partidos políticos, que pueden hacer gloria de su fama.
El artista que campa por sus respetos no espera nunca protección oficial. Con ese no pueden atarse dos cuartos de cominos—piensa el dispensador de mercedes.—Los cintajos y las distinciones son para el sometido. ¿Fulano?—dicen.—Sí, gran talento. ¡Si sentara la cabeza! Fulano tal vez sienta la cabeza, y aquel día quizás deja de tener talento, que el talento no es para sentado.
Cuenta Plutarco, de no sé qué general griego ó romano, quien, viendo combatir con furioso denuedo á uno de sus soldados, acercósele al terminar de la batalla y, admirado de su valor, quiso informarse de quién era. Supo entonces que aquel valiente era el hombre más desgraciado del mundo, por carecer de todo, y, que tan desesperada era su vida, que sólo buscaba la muerte. Concedióle el general riqueza y galardones, dióle mando y honores; y en otra batalla, á pocos días, vió cómo, en cobarde fuga, arrojaba las armas y corría á esconderse en lugar seguro. Acudió el general á reprenderle por su cobardía, y él entonces: ¿Qué te admira?—le dijo.—Ayer estaba desesperado; nada tenía que perder, nada me importaba la vida... Hoy soy feliz, soy rico... La muerte me asusta.
Y es que todo combatiente, soldado ó poeta, bien está sin premio. El valor y la inteligencia han de ser indomables, y las golosinas son grandes domesticadoras.
A despecho de los verdaderos aficionados á la buena música, el intérprete se sobrepondrá siempre á la obra, y S. M. el Divo se alzará sobre Wagner en alas de Pussini. Mejor dicho, Puccini se alzará sobre Wagner en alas del divo. Ni estos falsos dioses tendrán nunca su ocaso, mientras vayan unidos, ni el Ocaso hallará nunca sus dioses mientras divas y divos prefieran la gloria personal á la pura gloria de someterse á no brillar como astros teatrales.
¿Por qué esa afición de los grandes actores y de los grandes cantantes á las malas comedias y á las malas óperas? ¿Es que su vanidad queda más satisfecha no consintiendo que la obra se sobreponga al intérprete? ¿No será posible hallar un gran artista que se resigne á interpretar verdadero arte? Mientras Wagner padece su ocaso, el tenor Anselmi impone á la admiración la Tosca y Romeo y Julieta. Las abonadas sueñan con Mario Cavaradossi, con Romeo, con Des Grieux. Algunas sueñan con que Anselmi cante el dúo de los besos de El conde de Luxemburgo. Pueden pedirle que lo cante en la noche de su beneficio. El beneficio del tenor, naturalmente.
Una historieta que refiere un periódico francés. Un padre acaudalado satisfacía con esplendidez todos los gastos de su primogénito; pero sorprendíale que, sobre la cantidad entregada mensualmente, el mozo le pidiera siempre un importante suplemento.
—¿No lo tienes todo pagado? ¿Qué significa esto?
—Esto significa, papá, que hay gastos... gastos, en fin, cuya justificación no debo detallarte, aunque tú debes comprenderla.
—Sí, lo comprendo; pero mira, para saber á qué atenerme, me pides lo que necesitas y, para justificarlo, me dices: «Gastos de caza, tanto», y no hay más que hablar.
—Convenido.
La partida quedó desde luego asentada en esta forma mensualmente. El respeto quedaba á salvo.
Con gran sorpresa observó el padre que la partida dejó de figurar en cuenta durante dos ó tres meses.
—Vaya—pensó.—¿Dónde cazará ahora mi hijo, que no me cuesta nada?
Pero cuál no sería su desencanto al leer, al cabo de cierto tiempo, esta nota de gastos suplementarios: «Al armero, 2.000 pesetas».