XLV
Los primeros pantalones femeninos, en su aspecto callejero y visible, han tenido un ruidoso fracaso; pero los modistos y modistas franceses, como si obedecieran á un alto mandato de la Divinidad, insisten en que nada podrá oponerse al triunfo definitivo de los calzones. Peores principios tuvieron otras modas, al fin universalmente aceptadas. Los primeros miriñaques, los primeros sombreros de copa, no lograron mejor éxito en sus comienzos. No podrá decirse que esta moda es señal de los tiempos modernos, ni uso impuesto por la vida en los pueblos civilizados; pues más que un avance hacia lo porvenir, trae á nuestra imaginación el recuerdo de Turquía y de Marruecos, y, ya más cerca de nosotros, la evocación teatral de La conquista de Madrid y El tributo de las cien doncellas, memorias de los buenos tiempos zarzueleros, que no son ¡ay! para rejuvenecer á nadie.
Todo será que la vista se acostumbre. La caricatura y el teatro, pretendiendo ridiculizar la nueva moda, serán sus mejores propagandistas. Después las pastorales de algunos obispos y las predicaciones anatematizadoras, acabarán por decidir el éxito. En cuanto las mujeres crean que la moda es invención del demonio, no dudarán en aceptarla, seguras de que el demonio es muy inteligente en tentaciones.
En realidad, la moda nada tiene de impúdica. El aire y la lluvia pierden su imperio sobre ella; acabaron los graciosos efectos de falda recogida. Es una moda que, por su nombre, pantalones, promete más que cumple. Es más; que ha de dejar muchas promesas incumplidas, por dificultades de tiempo y de ocasión. A no ser, por lo que tiene de ley la moda, que pueda también decirse de ella: «Hecha la ley, hecha la trampa». Pero, hasta ahora, la trampa no parece por ninguna parte. Los modelos lucidos hasta hoy son de tanta seguridad como una caja de caudales. Quizás sea ésta la más clara señal de su modernidad. O acaso estén próximos los días, pronosticados por San Pablo, en que los hombres se subirán á los árboles por huir de las mujeres; y si ellas dan en trepar para perseguirlos, claro está que el pantalón es necesario.
Los sastres también pretenden, por su parte, dar algún golpe de efecto en la indumentaria masculina. Unos vuelven los ojos al año 30, otros reniegan de toda tradición y abren concursos entre dibujantes para hallar algo nuevo. Pero lo nuevo no parece; es casi seguro que volveremos á las modas del año 30; por lo menos, en los trajes de sociedad. Para los trajines de la vida diaria, el automóvil, la caza, el aeroplano, impondrán la moda con sus necesidades. Seremos de un siglo por el día y de otro por la noche. ¿No es así toda la vida moderna? ¿En quién de nosotros no vive, no piensa, no se agita la vida de cien generaciones futuras, que nos dice sin cesar: «¡Adelante, adelante!»? ¿Sobre quién no pesa la muerte de otras tantas generaciones pasadas, que nos dicen: «¿Por qué luchar, por qué inquietarse?» Por fortuna, la acción contradice á cada paso á nuestro pensamiento y nuestro pensamiento es constante contradicción de nuestras acciones.
El doctor Decref ha informado, con gran conocimiento de causa, en la Sociedad de Higiene, sobre la higiene en el teatro. Si grandes deficiencias puede advertirse en los teatros mejor acondicionados, en la parte destinada al público, que, al fin, es el que paga y puede gritar, aunque no grite lo que debiera, ¿qué no será en la parte destinada á los artistas y dependencias, que nada pagan y si gritaran no cobrarían? De éstos principalmente se ha cuidado el doctor Decref en su información, y bien pueden estarle agradecidos los interesados.
Ahora que, si la intención es buena, nunca la mala práctica puede oponerse con mayor razón á la generosa teoría. Los teatros por dentro son lugares en que toda infección debe tener su natural microbio; pero sin duda los que, por necesidad ó por gusto, pasamos lo mejor de nuestra vida en ellos, hemos logrado, por el mismo procedimiento, la inmunidad que logró Mitridates contra los venenos.
Casos de longevidad extraordinaria, muy frecuentes entre los actores dramáticos, son un verdadero escarnio contra todos los preceptos higiénicos. Y en cuanto á conservación y buen parecer, ¿en qué otra profesión puede llegarse á nada parecido? No ya entre mujeres del pueblo, envejecidas á los treinta años, aun entre damas de la aristocracia, muy cuidadas y muy bien prendidas, no se observa lo que es natural y corriente entre las actrices: una apariencia de juventud que llega á confundirse con la juventud misma. Hay actrices que le hacen á uno dudar de su fe de bautismo. Y ¡cómo se complacen y se recrean en humillarnos, con su invencible naturaleza y un poco de colorete por cómplices! Cuantos más años vienen sobre ellas, más los desafían invulnerables. Con un vestido blanco de lo más vaporoso y una pamelita de paja ornada de capullos de rosa, triscando por la escena, con la boquita fruncida y los ojos entornados, ¡cómo saben conmovernos llorando sus amores contrariados! ¡Papá! ¡Mamá! ¡Primito! ¡Tiíta!
¿Y los galanes? ¿No es también admirable su estado de conservación?
Sólo en el teatro y en la política se es joven á los cincuenta años. Lo que prueba que nada significa el aire que se respira y el ambiente en que se vive. Acaso unos teatros muy higienizados y una atmósfera política muy purificada no permitieran esas perpetuas juventudes que son gala de tantos escenarios y de tantos Gobiernos.
FIN